Capítulo 3

Arthur no necesitó llegar a las puertas de la ciudad para notar que algo no andaba bien en su ciudad. Cargado con todos los extraños objetos que quería compartir con los ciudadanos de Halloween, el no muerto alargó la zancada para poder llegar antes a la plaza, temiéndose toda clase de escenarios. Ninguno, sin embargo, como el que se encontró. Apenas le vieron, los más pequeños se emocionaron hasta el punto de correr a su alrededor, gritando a los cuatro vientos que había vuelto a la ciudad. Reunidos en la plaza estaban algunos de los monstruos más influyentes a excepción de él, que hablaban con un desconsolado alcalde hasta que escucharon los infantiles gritos.

―¿Dónde te habías metido, Arthur?―le recriminó Ludwig.

―Es largo de contar―le contestó altivo, sin soltar el gran saco en el que llevaba todos los objetos.

―Te hemos buscado por todos los sitios que se nos han ocurrido.

―Incluso hemos tenido que drenar el lago―interrumpió al alcalde uno de los vampiros.

―Pero si tú no has hecho nada, Vladimir―se quejó Elizabetha, sentada junto con las otras dos brujas en el suelo de la plaza.

―Apenas quedan 363 días para Halloween―volvió a recriminarle el alcalde, haciendo caso omiso de los comentarios de los otros.

―Convoca una asamblea general y os contaré a todos lo que me ha pasado―le cortó Arthur.

―Hay demasiadas cosas para organizar aún ¿de dónde quieres que saque el tiempo para eso?―Ludwig se mostraba cada vez más nervioso.

El autoproclamado Rey de Halloween se fijó en ese momento en todos los planos que rodeaban al rubio.

―Me da igual de dónde saques el tiempo, Ludwig. Pero convoca a todos los ciudadanos para asamblea general ahora mismo―elevó la voz mientras miraba iracundo al alcalde a quien no le quedó más remedio que acatar las órdenes de Arthur.

El sonido de las campanas resonó por toda la ciudad, indicando que habría una reunión.

Incluso en la distante casa del hombre del saco, podían escucharse sin problemas los tañidos de las campanas llamando a todos los habitantes.

―Eso significa que hay reunión. ¿No piensas prepararte?―Lily apartó los ojos de la ventana para centrarlos en Wendy, quien le hablaba mientras se colocaba el gorro de bruja.

―¿Acaso puedo salir sin más?

―Claro que no, pero tampoco puedes quedarte sola y Gilbert está demasiado ocupado como para andar de niñera―habló Peter, mirándola burlón.

La muñeca no hizo ningún gesto aun cuando le dolió el hecho de que el albino considerara el estar con ella como un castigo.

―Así que le dice a tres niños que se hagan cargo de mí.

―Te vamos a vigilar nada más―Ernald pasó a su lado como un torbellino, buscando algo ente las estanterías.

―Y no dudes en que tomaremos las medidas necesarias para que no nos lo pongas difícil. No queremos pagar con el enfado de Gilbert si se entera de que su nuevo juguete se ha largado―la bruja abrió la puerta, provocando que las campanadas se escucharan con mayor intensidad.

Lily sabía cómo era estar bajo la presión de enfadar a la persona encargada de ti, por lo que sintió la suficiente pena por los tres niños como para no escapar. Cosa que tampoco se había planteado seriamente, teniendo en cuenta que el único lugar al que podría ir era de vuelta al laboratorio de Vash, donde la esperaría el científico más que cabreado y una muy larga temporada encerrada en la torre.

Mientras los cuatro andaban hacia la gran sala a la que todos los monstruos se dirigían, Lily escuchó varios retazos de conversaciones. De esta forma, en el momento en el que entró a la gran sala ya tenía una ligera idea de lo que había pasado mientras ella estaba en casa de Gilbert. Tras la desaparición de Arthur, ahora éste había vuelto y había hecho convocar una reunión urgente. La muñeca estaba ansiosa por saber qué era esa cosa tan urgente, aunque una parte de ella seguía en la casa del hombre del saco, preguntándose qué era lo que le mantenía tan ocupado tanto rato. Ella siempre había pensado que no salía de casa, ya que apenas se le solía ver por la ciudad, pero estaba equivocada, ya que tampoco parecía pasar más tiempo del necesario allí.

Arthur se aclaró la garganta, antes de subir al escenario con determinación. Sentados ante él, se encontraban todos los habitantes de la Ciudad de Halloween al completo. De hecho, el mismo Arthur se sorprendió de ver a Lily, quien apenas salía de su casa, allí. Aunque le extrañó no verla con Vash sino con los tres chicos de Gilbert.

―¡Escuchadme todos!―exclamó Arthur, consiguiendo que su público se callara y le prestase atención casi al momento―. Os voy a hablar de la Ciudad de la Navidad.

La gente le miró, expectante, y el Rey del Mal comenzó a hablar. Les relató cómo era la Ciudad a la que había ido a parar, remitiéndose a todo lo que Francis le había contado. Sin embargo, no todo fue tan fácil como él creía. A cada cosa que explicaba, alguien le preguntaba si era malo, o si tenía fines relacionados con la maldad. A Arthur estas interrupciones no le molestaron mucho. De hecho, le gustaba ser el que les explicase sobre La Navidad, y todo lo diferente que era de Halloween.

Una vez la reunión hubo terminado, Arthur suspiró, sintiéndose desanimado. Tenía la impresión de que, a pesar de los emocionados que se veían los ciudadanos con la Navidad, no había explicado del todo bien lo que era la Navidad.

Cuando llegó a su casa esa noche, Arthur se puso a investigar sobre la Navidad de manera científica. Si no podía comprenderla de la manera en que Francis había intentado explicársela, él mismo intentaría entenderla a su manera.

A la mañana siguiente, con las energías renovadas, Arthur se dirigió hacia la casa de Vash. El científico estaba de bastante mal humor (peor que de lo normal), ya que Lily se había escapado. Sin embargo, Arthur recordó haber visto a la muñeca de porcelana la noche anterior en la asamblea general… De todas formas, se lo calló. No quería meter en más problemas a Lily.

―¿Qué necesitas?―preguntó Vash, en un intento de ser amable. Arthur era el Rey de Halloween, y le caía bastante bien, como a todos (exceptuando, quizás, a Gilbert).

―Unos instrumentos. Es para la Navidad.

Eso pareció animar a Vash, quien asintió y acompañó a Arthur a su laboratorio. Una vez allí, éste tomó todo lo que consideró necesario, sin recibir ningún impedimento por parte del científico. Con eso, volvió a su casa, donde le aguardaba Flying Mint Bunny, y se dispuso a sacar de su maletín todo lo que había adquirido en el laboratorio.

―Ya he vuelto―anunció Arthur con entusiasmo.

Tras una serie de experimentos fallidos, desde intentar observar acebo al microscopio y acabar aplastándolo, pasando por examinar el tejido de un par de peluches, hasta intentar derretir un bastón de caramelo, Arthur se llevó las manos a la cabeza con desesperación.

―¿Pero qué quiere decir?―se preguntaba frustrado el Rey de Halloween, cada vez más seguro de que la Navidad no era tan sencilla como se la había pintado Francis.

Se pasó toda la noche en vela, intentando averiguar qué era lo que le fallaba. Se le hizo de día con sus cavilaciones, aunque no le importó.

Había algo, no sabía el qué concretamente, que le hacía pensar de nuevo en todo el asunto navideño. Había algo que no terminaba de encajar. Recapituló, en un momento de sangre fría: Sabía ya cómo era la fiesta, y lo que se hacía en ella. Lo había explicado al resto de los habitantes de la Ciudad de Halloween en una asamblea general, y parecían haberlo entendido… Entonces, ¿dónde estaba el problema?

De repente, las palabras de Francis resonaron en su cabeza, dándole la respuesta.

"Ya sabes, siempre vestido de rojo, que lleva regalos a los niños en Nochebuena. Con una risa más que característica."

"Hace eso porque... bueno, pues porque tiene que compensar a los niños por portarse bien durante todo el año."

¡Era cierto! Francis le había hablado del protagonista de la Navidad… ¡Pero no le había dicho ni su nombre, ni cómo hacía para llevar los regalos a los niños!

Saltando, literalmente, de la silla de su escritorio donde estaba sentado, una sonrisa malévola se dibujó en la cara de Arthur, teniendo por fin su respuesta. Se dirigió hacia la ventana de la habitación, desde donde prácticamente podía verse toda la ciudad, y anunció con un grito.

―Está decidido. Este año, la Navidad será nuestra.

Quienes le habían escuchado, que eran prácticamente casi todos los habitantes de la ciudad de Halloween, le aplaudieron emocionados. Por su parte, Arthur ideó rápidamente en su cabeza un plan: Volvería a la Ciudad de la Navidad y le preguntaría a Francis sobre el "Rey" de la Navidad. Después de todo, el rubio le había caído bien. De hecho, más que bien… Era algo que no le había pasado antes. Apenas había estado pocas horas con él y sentía que podría estar el resto de la eternidad con él, literalmente. Sin embargo, ese Francis parecía mortal, lo cual era una pena… Apartando ese último pensamiento de su mente, Arthur salió a toda prisa de su casa y se dirigió hacia el bosque, después de haber avisado a unos cuantos que estaría fuera otro par de días.

El camino hasta las tierras remotas, en donde se encontraba ese curioso claro con los árboles con puertas, se le hizo demasiado largo. No recordaba que lo fuera tanto… Estuvo corriendo hasta que llegó allí (una de las ventajas de estar muerto: podía correr ilimitadamente sin cansarse, por lo cual no tenía que hacer ninguna parada para descansar), y nada más llegar, abrió con ganas la puerta de la Navidad. Como la vez anterior, el árbol se lo tragó y cayó en una especie de dimensión espacio-tiempo. Cuando por fin aterrizó en la tan ansiada Ciudad de la Navidad, Arthur se puso a correr como loco por las calles de ésta, buscando a Francis a base de gritos, esperando que eso surtiera el efecto deseado.

Escuchando cómo alguien le llamaba a gritos, Francis dejó uno de los muchos regalos que se le amontonaban para dar el visto bueno y se asomó por la ventana. Al reconocer al extraño ser que se hacía llamar Rey de Halloween, no pudo menos que sonreír, pensando que podría evadirse un rato de la monotonía que le rodeaba.

―¿Me buscabas?―le preguntó a Arthur nada más salió de la fábrica, teniendo que elevar la voz para hacerse oír.

―¡Francis!―exclamó Arthur, con una amplia sonrisa y soltando un suspiro de alivio por haber encontrado finalmente a la persona a la que iba buscando―. ¡Necesito hablar urgentemente contigo!

―Ya veo que tienes prisa―le sonrió de vuelta, intentando no fijarse en el puñal que tanto le llamaba la atención―. ¿Qué pasa?

―¿Te acuerdas que me hablaste del "Rey de la Navidad"?―preguntó, haciendo comillas con los dedos―. ¿Cómo se llama realmente?

―¿Por qué te interesa saberlo?―le preguntó de vuelta, algo a la defensiva.

―Es... simple curiosidad. Caí en la cuenta de que no me habías hablado de él en profundidad. Ni cómo viste, ni cómo es que lleva regalos a los niños... ya sabes, cómo es que hace su trabajo en general.

―Se me sigue haciendo raro que no sepas nada de él, pero bueno, creo que podré explicarte en rasgos generales lo que hace―le contestó, obviando el presentimiento de que algo no iba del todo bien.

―¡Sí!―exclamó emocionado, acercándose un poco más a Francis.

El de ojos azules comenzó a andar, volviendo a poner algo de distancia entre ambos.

―Su nombre es... bueno, es conocido como Santa Claus y, como ya sabes, se dedica a recorrer las distintas ciudades repartiendo regalos a los niños durante toda Nochebuena.

―¿Cómo lo hace tan deprisa? Es decir, ¿no tiene ningún truco para eso?―preguntó entusiasmado, sin darse cuenta de lo distante que estaba el otro.

―Claro que tiene un truco―Francis sonrió para sí―. Recorre los cielos en un trineo tirado por sus renos, que son capaces de volar a gran velocidad.

Arthur asintió, pensativo.

―Bien... ―susurró para sí―. ¿Y lleva alguna ropa distintiva o algo?

―Va de rojo y blanco. Son colores bastante navideños, y lleva un gorro con una bola por el que todo el mundo le reconoce―se giró para mirar al habitante de Halloween.

―Mmm parece algo muy sencillo, ¿no? Aunque quizás podrías mostrarme una imagen o algo similar para hacerme mejor a la idea.

―¿Todo esto es simple curiosidad?―escrutó con la mirada a Arthur.

―Por ahora sí. Es parte de una…sorpresa.

Francis sonrió ante esto, inocente.

―Bueno, si es una sorpresa supongo que está bien. Hace poco he estado mirando los retoques del traje, así que tengo por aquí los bocetos de estos, les puedes echar un vistazo si quieres―le tendió unos papeles sintiéndose mucho más tranquilo ahora que creía saber que las intenciones de Arthur no eran malas.

Tomándolos con determinación, el Rey de Halloween dibujó una sonrisa maliciosa.

―Gracias. ¿Puedo quedarme uno? Me será muy útil.

―Yo te he dado mucha información sobre Santa Claus, ahora quiero saber más sobre ti. Es justo ¿no crees?―dijo, dejando que Arthur cogiera los papeles.

―Pregunta lo que quieras―dijo ensanchando su sonrisa, mirándole a los ojos. Tomó los papeles y los guardó, pensando que ya podía irse... Aunque realmente se sentía bastante bien estando allí, charlando con Francis.

Francis quedó pensativo. Había algo en Arthur tan distinto a lo que siempre había conocido que no sabía por dónde empezar.

―Bueno, ya sé más o menos tu historia. ¿Cómo eras antes de morir? Supongo que en algo te habrá cambiado.

―¿Antes?―preguntó Arthur, perdiendo la sonrisa progresivamente―. No... no me acuerdo bien. Fue hace mucho tiempo. Solo sé que al morir me condenaron para siempre―dijo, mirando el puñal en su pecho―. En vida no era nadie popular. Era un don nadie... Fue estando ya muerto que me convertí en alguien importante.

―¿Preferirías volver a ser mortal si eso fuera posible?

―Sí―admitió con ensoñación, agachando la mirada―. En mi ciudad hay personas que están vivas y suelo envidiarles a veces... Me gustaría volver a sentir mi corazón latir, o tener que parar de correr porque mis pulmones no dieran para más... La muerte es muy monótona realmente―confesó, con amargura en sus palabras―. No sabes la suerte que tienes de estar vivo, Francis...―murmuró, alzando la mirada y posándola en los ojos azules del otro.

Francis sintió casi como suyo el dolor en las palabras del otro. Nada acostumbrado a la tristeza, sintió al mismo tiempo curiosidad y un deseo casi irrefrenable de hacer realidad el deseo de Arthur. Sin embargo, lo único que pudo hacer fue sostenerle la mirada y hablar de forma muy suave.

―Nunca hay que perder la esperanza de que ocurra lo que deseas.

Arthur asintió, aunque sabía que su deseo era irrealizable...

―De todas formas, en Halloween no te va mal ¿verdad?―volvió a preguntar Francis, intentando encontrar algo con lo que él mismo pudiera consolarse.

Asintió de nuevo, recuperando la sonrisa.

―Eso es lo bueno de estar muerto; En Halloween soy el Rey.

Francis sonrió también, aunque no del todo seguro de si merecía la pena estar muerto pero tener importancia dentro de una ciudad.

―Bueno, ¿y qué estabas haciendo antes de que llegara yo?―preguntó, cambiando de tema, sabiendo que ya debería irse, pero no quería.

―Estaba revisando algunos de los nuevos juguetes de esta Navidad―dijo, haciendo una mueca de desagrado―. Aunque no es que me guste especialmente ese trabajo.

―¿Por qué no? Se supone que a ti te encanta todo esto de la Navidad y hacer felices a los niños.

―Claro que me gusta, pero eso no quita que el estar horas enteras revisando regalos que ya han sido revisados con anterioridad se me haga algo monótono―dijo, algo culpable―. Realmente tu visita ha terminado con lo que se presagiaba como un día bastante aburrido.

―Te entiendo. En mi ciudad suelo repasar los planes para cada Halloween con Ludwig, y cada año se me hace más aburrido..―suspiró, antes de sonreír levemente―. Pero bueno, es bueno conocer a alguien de otra fiesta con quien puedo desconectar de todo.

―¿No te sientes culpable al pensar eso? Eres el Rey de Halloween y aún así quieres desconectar de todo―preguntó a Arthur, bastante interesado en la respuesta de este.

―En realidad no... No sé cómo será el rey de aquí, Santa Clavos creo que dijiste que se llamaba, pero yo personalmente creo que es demasiada responsabilidad ser el protagonista de una fiesta y estar ahí pendiente durante todo el año de que todo vaya bien hasta el último momento. Es... demasiado―bufó, agobiado de oírse a sí mismo―. Es un no parar, y es bueno poder escaquearse de vez en cuando.

Francis hizo una mueca extraña al escuchar mencionar a Santa de esa manera, pero supuso que había escuchado mal.

―Vale, visto así tienes razón. Supongo que todos tenemos derecho a descansar de nuestras respectivas fiestas por lo menos durante un tiempo.

―Bueno…―murmuró, mirando alrededor―. Me encanta estar aquí, ¿sabes? Pero tengo que volver ya.

―¿Ya?―preguntó, algo decepcionado el de ojos azules―Bueno, recuerda que puedes venir siempre que quieras.

―Lo mismo te digo, eres bienvenido en la Ciudad de Halloween―le sonrió Arthur―. ¡Hasta pronto!

Francis se despidió de Arthur con la mano, preguntándose si volvería a verlo de nuevo (cosa que ya tenía ganas de que sucediera), o incluso si merecería la pena ir a Halloween para visitarle.

Muy lejos de allí, de nuevo en la ciudad de Halloween, Lily se dedicaba a merodear por la casa de Gilbert. Como era de esperar, después de la reunión convocada por Arthur, había vuelto a casa del albino sin crear ningún tipo de problema a los niños. Esa noche ni siquiera había visto a su captor, cosa que comenzaba a inquietar a la chica. Debido a eso, se había propuesto investigar qué era lo que podría hacer Gilbert todas las horas que pasaba fuera de casa y alejado de la ciudad.

Aprovechando que Peter, Ernald y Wendy estaban "trabajando", como solían llamar al hecho de ir a la ciudad a molestar al máximo número de monstruos posibles, Lily se dedicó a buscar algún tipo de información útil, aunque no encontró nada de especial interés más allá del hecho de que la organización de la casa era mucho más compleja de lo que había supuesto. Siguiendo una serie de pasillos y escaleras descendentes, la muñeca llegó a una puerta que nunca antes había visto, bastante camuflada con el resto de las paredes. Es más, si no hubiera estado entreabierta seguramente la chica no se habría percatado de su presencia. Sin embargo, el pequeño rayo de luz que salía del interior le llamó la atención. Dentro de la sala todo parecía estar iluminado con luces de neón. Lily se quedó unos segundos en la puerta, observando con curiosidad a su alrededor, algo cegada aún por el contraste entre la oscuridad general de la sala y el brillo en todos los objetos.

―No creo haberte dado permiso como para entrar aquí―la voz fría de Gilbert sobresaltó a la muñeca.

El hombre del saco llevaba la capucha hacia abajo por lo que Lily pudo ver con claridad la frialdad de sus palabras reflejada en sus ojos.

―N-No sabía qué era―se justificó ella, algo intimidada.

―El daño ya está hecho―el albino se acercó a ella, que seguía clavada cerca de la puerta―. Aunque nunca me han gustado demasiado los curiosos, quizás haga un excepción contigo.

Lily asintió, intentando asimilar las últimas palabras que había dicho Gilbert ¿acaso acababa de decir que le gustaba? No, eso era una idea estúpida.

―¿Es aquí donde te escondes cada día?―le preguntó, al notar los ojos rojos sobre ella.

―¿Esconderme?―Gilbert bufó―. Claro que no, lo que pasa es que allí arriba todo es demasiado aburrido, demasiado correcto. Aquí, sin embargo, puedo hacer lo que me dé la gana.

―Por mucho que puedas hacer, si estás solo, te aburrirás más―le contestó sin pensar, dejando hablar a su propia experiencia.

Ella también se había tirado días completamente sola, sin poder hacer nada mejor que quedarse tumbada sobre el colchón o idear nuevas formas para escapar del laboratorio de Vash. Al darse cuenta que Gilbert también era como ella en ese aspecto, sintió que algo más le unía a él. Por lo menos hasta que el hombre del saco soltó una carcajada.

―Puedes pensar que me tiro aquí los días solo si eso te hace sentir mejor, muñequita.

Lily frunció las cejas, confundida.

―Si alguien más hubiera estado aquí, la voz habría corrido por toda la ciudad.

―A lo mejor nadie de los que entran aquí vuelve a salir―Gilbert le sonrió, provocando que un escalofrío recorriera su espalda, aunque no era mala sensación―. Uno no se gana la fama sin hacer nada.

La muñeca miró de reojo a la puerta que ella misma había dejado entreabierta. Salvo que ahora estaba completamente cerrada. Dejó de intentar ser sutil, girándose para comprobar que sus ojos no la estaban engañando.

―¿Cómo has hecho eso?―le preguntó a Gilbert, aun mirando en dirección a la puerta.

―Ya te he dicho que, aquí dentro, hago lo que quiero―le susurró al oído, al que se había acercado aprovechando el despiste de la otra.

Lily dio un pequeño paso hacia atrás de manera involuntaria, acto del que se arrepintió en el mismo momento al darse cuenta que había puesto distancia entre ambos. Gilbert, sin embargo parecía divertido con eso.

―¿Tanto miedo te doy, acaso?―le preguntó, sonriendo burlón.

Muy pocas veces Lily había visto sonreír al hombre del saco, pero cada vez que lo hacía se sentía más atraída hacia él de manera casi aterradora.

―No eres el más aterrador de la ciudad.

―Solo porque no voy por ahí dándomelas de importante no quiere decir que no lo sea. De todas formas, tampoco parece importante realmente eso, Lily―dijo, pronunciando lentamente su nombre y dando un paso hacia ella, volviendo a recortar la distancia que la muñeca había puesto antes entre ambos.

―N-No―esta simple respuesta necesitó de toda la concentración de Lily, quien notaba que se iba a deshacer en pedazos como siguiera mucho tiempo más así.

―Ya me lo imaginaba―volvió a sonreírle antes de alejarse de nuevo de ella―. Ya han llegado los mocosos. Será mejor que subas de nuevo.

Lily tardó unos segundos en asimilar las palabras del otro y unos cuantos más en ser capaz de formar una respuesta más o menos coherente.

―La puerta está cerrada.

―¿Estás segura?―desde arriba llegó el ruido de un golpe seco seguido muy de cerca de un grito, casi con toda seguridad obra de Wendy.

Lily se giró para mirar la puerta, que estaba abierta de nuevo.

―Vamos, largo. Antes de que me arrepienta de que seas la primera en salir de aquí por tus propios medios―la muñeca asintió, aunque Gilbert ya le había dado la espalda.

En cuanto salió a la oscuridad de la escalera, la puerta se cerró tras ella con un portazo.

Aún con la cabeza hecha un lío con todo lo que acababa de pasar, Lily recorrió de nuevo todos los pasillos y escaleras hasta llegar a la zona de la casa donde los tres niños se dedicaban a pelar entre ellos, como siempre.

―... lo dijo Ludwig―estaba diciendo Peter cuando la chica llegó al salón.

―Pero si todavía no ha aparecido Arthur. Va a ser una pérdida de tiempo―se quejaba Ernald, que se había tumbado en el desvencijado sillón.

―Supongo que llegará a tiempo, esta vez no está tan desesperado por el retraso de los planes como la última.

Ernald se levantó, negando con la cabeza.

―Está bien, pero solo si dejáis de dar el coñazo de esa manera.

―Tengo entendido que requiere la presencia de todos los habitantes de la ciudad―intervino Lily, a la que no habían visto hasta ese momento.

―Sí, bueno, pues supongo que nos toca llevarte de nuevo―dijo Peter, que parecía el más entusiasmado de los tres por todo lo de la Navidad.

―¿Gilbert no irá?

―No―dijo Wendy―. No le gusta recibir órdenes, y menos de alguien como Arthur.

―¿Acaso no quieres ir con nosotros?―Ernald la miró de brazos cruzados, acusándola.

―No, nada de eso. Solo era curiosidad―se justificó Lily, sonriendo e intentando sonar conciliadora.

La muñeca no habló mucho más con los tres chicos mientras les esperaba.

Durante el camino a la ciudad, los tres chicos se dedicaban a hacer distintas conjeturas sobre lo que podría haber ideado Arthur para ellos, Lily tampoco participó en esta conversación, aún con la cabeza en todo lo que había hecho y dicho Gilbert.

En la plaza de la ciudad, una larga cola (ordenada minuciosamente por Ludwig) crecía por momentos.

―Ah, por fin llegas, Lily―se le acercó el alcalde, tachando algo de una lista―. Y vosotros tres ¿qué se supone que hacéis aquí?

―Dijiste que teníamos que venir todos, así que hemos venido―le contestó Wendy, sonando bastante insolente.

―Bueno, como sea; si formáis cualquier tipo de problema estáis fuera―Ludwig se alejó murmurando algo que ninguno pudo escuchar.

Los cuatro se pusieron al final de la fila, que rápidamente se siguió llenando hasta que comenzó a dar la vuelta a la plaza.

―Vash, al principio de la cola. Arthur te está esperando―se pudo escuchar la voz de Ludwig.

Lily se tensó, sabiendo que no sería fácil que el científico la descubriera si seguía de pie en mitad de la plaza; la muñeca se escabulló entre las sombras hasta que no fue capaz de ver a Vash.

Arthur, en la zona en la que se solían dar los discursos el día de Halloween, se dedicaba a repartir tareas a todos los componentes de la fila.

―¿Y se supone que este niño está llorando?―se rió Vlad al escuchar el supuesto sollozo del muñeco que le tendía el otro.

―Bueno, eso me han dicho. Me preguntaba si serías capaz de mejorarlo.

―Claro, solo necesito una grabadora y algún crío que no pueda dormir una noche―el vampiro sonrió, dejando ver los dos afilados colmillos.

―Eso pensaba―Arthur le tendió el muñeco―Espero ver los resultados lo más pronto posible.

Mientras Vlad se alejaba, aún riéndose del patético llanto del muñeco; llegó Vash, colándose entre la gente.

―¿Qué se supone que tengo que hacer?―preguntó nada más se hubo colocado delante del Rey de Halloween.

Arthur tardó unos momentos en contestar, rebuscando entre los objetos amontonados a su alrededor hasta encontrar lo que buscaba.

―¿Ves esta imagen?―le preguntó, mientras se la tendía a Vash, quien la estudió con el ceño fruncido―. Se supone que es gracias a estos renos que Santa Clavos es capaz de llegar a todas las casas en una sola noche.

―Quieres que haga unos cuantos―Vash asintió para sí―. No es nada difícil. Ni siquiera necesitan de algún tipo de inteligencia más allá de saber volar ¿cierto?

―Exacto, solo necesito que puedan volar y que respondan a mis órdenes.

El científico asintió, estudiando el dibujo unos segundos más antes de alejarse, tan centrado ya en cómo haría a los renos como para despedirse de Arthur.

A este tampoco le importó demasiado el hecho de que el científico se fuera sin más. Había que repartir aún demasiadas tareas.

―Arthur, están aquí los chicos de Gilbert―le dijo Ludwig, que se había acercado mientras hablaba con Vash―. ¿A ellos también les has llamado?

―Claro que nos ha llamado, sino no perderíamos el tiempo viniendo hasta aquí―le interrumpió Ernald.

De entre los monstruos aparecieron los tres niños, quienes, sin ganas de esperar, había decidido colarse hasta llegar al principio.

―Sí, los he llamado yo. Tengo una misión importante para ellos.

―¿No te caíamos mal?―le preguntó Wendy, con los ojos clavados en el montón de objetos a espaldas del mayor.

Arthur se agachó hasta quedar a la altura de los tres niños y les susurró lo que tenían que hacer de forma que nadie, ni siquiera Ludwig, se enterara de la misión que les había encomendado.

―Y una cosa más―les paró cuando los tres se disponían a irse―. Gilbert no puede saber nada de esto. Tiene que quedar en secreto.

―Claro que sí, Arthur, no le diremos ni una palabra―dijo Peter rápidamente, provocando la risa de los otros dos niños. Esto dejó algo intranquilo al mayor, aunque rápidamente se olvidó para seguir con la asignación de las tareas.

Lily veía cómo se iba acortando la distancia entre Arthur y ella. Hacía rato que los niños se habían ido. La muñeca supuso que, debido a la emoción de tener algo que hacer, se habían olvidado de ella. Pero tampoco le importaba porque sabía que iba a acabar volviendo con Gilbert.

Cuando Roderich (el músico por excelencia de Halloween) se hubo alejado con una nueva canción para practicar, le llegó el turno a la muñeca de porcelana.

―Lily, hacía bastante que no te veía por aquí―le saludó Arthur alegremente―. Supuse que vendrías con Vash.

―Sí, bueno es que ha habido un pequeño problema respecto a eso―dijo, algo nerviosa de lo que el no muerto pudiera decirle a Vash si le veía.

―Bueno, lo que he pensado para ti es algo de suma importancia―le tendió el boceto de la ropa que Francis le había dado en la ciudad de la Navidad.

La muñeca lo miró, curiosa.

―Esta ropa, necesito que la cosas para mí. Sé que eres la más habilidosa en cuanto a hilo y aguja se trata.

―Está bien―Lily sonrió, extendiendo la blanca mano hacia el papel para que Arthur se lo entregara.

Sin embargo, el Rey de Halloween dudó un momento, sorprendiéndose al darse cuenta de que no quería dejarle algo que Francis le había dado, a ella.

―¿Pasa algo?―le preguntó, al notar la duda del chico.

―No, no―Arthur negó con la cabeza, dándole el dibujo rápidamente y sonriendo de manera algo forzada.

Una vez Lily tuvo el boceto en las manos, se alejó de la plaza de la ciudad rápidamente. No quería que nadie que hablara con Vash (quienes no eran demasiado, a decir verdad), notara su presencia.

Cuando llegó a casa de Gilbert se sorprendió al ver que, el desorden habitual, ahora era incluso mayor.

―Nos tenemos que ir a nuestra misión súper secreta―le dijo Peter en cuanto entró por la puerta.

―Así que estaremos fuera unos días―terminó por decir Ernald, quien ya no parecía tan reticente como antes.

Lily sintió que el estómago se le revolvía al pensar que estaría unos días a solas con Gilbert en la casa.

―Así que Santa Clavos―el albino apareció hablando con Wendy.

―Sí, Arthur dijo que no te dijéramos nada. Así que hemos supuesto que lo mejor era decírtelo.

―Sí, habéis hecho bien.

Una vez hubieron cogido todo lo que pensaban que era imprescindible, los tres niños salieron de la casa, peleando sobre cómo deberían raptar al tal Santa Clavos.

―Yo creo que lo mejor será engañarle para que venga con nosotros, total, no parece muy inteligente―decía Peter.

―Eso no dará resultado, lo mejor será usar la violencia. Así seguro que no opone ningún tipo de resistencia.

―No seas tonto, Ernald―Wendy negó con la cabeza―. Si le traemos medio muerto Arthur se cabreará. Lo mejor será un rapto clásico. A base de saco cerrado.

Con esta última idea de la chica (no sin antes un larga discusión en la que no faltaron los insultos y los gritos), los tres acabaron dándose por satisfechos.

Gracias a las indicaciones de Arthur no tuvieron problema en encontrar el claro con todos los troncos que llevaban a las distintas festividades, ni tampoco la puerta que les llevaría a la ciudad de la Navidad.

Una vez allí, sin embargo, sí que tuvieron algún problema a la hora de encontrar a Santa Clavos, ya que tampoco se parecía demasiado a las indicaciones que Arthur les había dado sobre cómo debía de ser el Rey de la Navidad.

Como los tres esperaban, el momento del rapto en sí fue bastante sencillo, incluso algo insultante para los tres monstruos, que iban esperando un desafío mayor.

Orgullosos de haber cumplido con lo que se les había encomendado de manera tan rápida, se dirigieron de vuelta a su ciudad, donde los preparativos para la Navidad ya habían dado comienzo.