NA: Aún ahora lo vuelvo a pensar e insisto. Jamás le perdonaré a Rumiko que haya matado a Bankotsu xD Sobre el título… no, no recuerdo haberlo sacado de algún lugar. Creo que es mío.
Muchas Gracias por sus revies a: Jimena-chan, Serena tsukino chiba.
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III. Eternos Amantes
Kagome tardó tres días en recuperar el habla. En los cuales, sus pasadas batallas pasaron como un débil susurro de un día, una burla del tiempo. No logró sentir tristeza, siquiera agonía por el ser perdido. Era un vacío quebrantado por una voz sin idioma.
Superficialmente, lo único significativo médicamente fue la huída de su voz. Escarbando un poco en su mirada, se notaban pupilas insípidas. Declarada viva por un corazón latente en su pecho, y débiles parpadeos de vez en cuando.
Un lunes, temprano en la mañana, la delgada línea de la cordura fue rebasada por una locura desmesurada, casi ilícita para un ser humano.
Su primer acto fue incorporarse violentamente en su cama. El chocolate de sus ojos tomó un malicioso brillo. Después de su despertar, se sentó en su escritorio. Recargó las manos en la superficie, y agachó la mirada, como suelen hacer los genios al pensar en su próximo desvarío.
Así duró hasta medio día, el tiempo continuaba su marcha.
Sintió el cariño del sol filtrándose en la ventana, huyendo a las montañas.
"Cobarde." Pensó.
Cuando el grito se atragantó en su garganta, agolpándose para salir. Kagome cayó en cuenta. Sí, estaba viva. Estaba despierta. Y él no volvería.
La desmesurada explosión de sentimientos llegó a oídos de la familia de la joven, quienes salieron de sus camas para controlar la situación. La madre de Kagome bajó las escaleras sigilosamente, avistando solo una sombra ruidosa que salía hacía el jardín.
La siguió hasta su destino: el pozo.
Intentó en vano ahogar un sollozo. Sólo como una madre podía actuar ante esa situación. Cayó sobre sus rodillas. ¡Pobre de su Kagome-chan! Lo que menos deseaba había sucedido: su hijita había enloquecido.
Aunque comía, dormía (la mayor parte del tiempo) y lograba mantener una conversación coherente con los habitantes de la casa, era tácita la fragilidad de su mente. La había mantenido alejada del pozo, pero sus esfuerzos fueron niebla sobre el mar.
–No es cierto…¡No es verdad! —grito lanzándose al interior del pozo, como soñaba hacer desde hacía un tiempo.
Y la voz de la fría madrugada, comenzó a escarbar. Tiraba del suelo con sus uñas, arrancando lodo en cada bocanada de aire.
–Tengo que pasar, déjame pasar. Por favor, déjame pasar. —repetía como si se tratase de una oración.
De vez en cuando paraba. Se rendía ante la evidencia de su realidad. Se enterraba en un rincón de su agujero, emitía ruidos más dignos de un animal que de una persona. Se abrazaba, y se daba cuenta de cuanto había cambiado su cuerpo, de ahora diecisiete años perdidos. Después de estos descansos, volvía a su frenesí.
La señora Higurashi habría matado por pasar inadvertido aquel momento. Por encontrarse en cuerpo de una madre normal, con una hija igualmente normal. Aunque debía aceptar que su voz sonaba bastante normal.
–Mamá,… ¿Cuánto tiempo piensas dejarla hacer eso?
–El necesario, Sôta.
Dicho esto, dio media vuelta y se sentó en el sofá de su sala. Admiró la quietud de su hogar, la obscuridad penetrando íntimamente en cada recoveco oculto. Sintió húmedo su rostro. Era la casa serena, sin ella.
Le era difícil pensar en la situación, mucho menos había espacio en su cabeza para una solución. Comenzó a sedarse con pensamientos vanos y recuerdos divertidos de cuando eran felices. Nada funcionó. Su concepción de la situación seguía confusa e indecente para salir del túnel sin luz que atravesaba a tropezones.
Llamar a un doctor habría sido patéticamente correcto. Seguir exhibiendo su comportamiento iba en contra de su naturaleza.
Sentía un sabor amargo en su boca. Detestable, parecido a fierro. También se sentía con derecho de declinar sus ánimos en momentos precarios como aquél. Simplemente siguió el ritmo de su destino.
Cotidianamente, todo padre sabría por qué su hija estaría llorando en una situación así. Pero el abuelo de Kagome notó algo singular en el dolor de su hija hacía su nieta. La tristeza era mero protocolo de una sociedad desbaratada. Así que, a falta de una razón venía una pregunta.
–¿Por qué lloras… así?—interrumpió.
La respuesta tardó. Fue hueca y sosa.
–Porque… porque desde que se cayó.—comenzó como dama de mundo.—mi vida a sido un infierno. Dos años de vivir en el hospital, olvidándome de mi vida. De pasar fechas importantes en una sala, con una persona que no siente que estás ahí. Que no te escucha. Y ahora que despierta, quiere regresar. Kagome ya no es de aquí. Ahora que despertó… Sigue otro infierno para todos nosotros. ¡Soportando su locura! Este incidente me sigue lastimando.
El silencio cayó pesado, pero sanador. Alimentando un sentimiento consumado, un secreto obvio en una persona cansada.
–Si es así.—Irrumpió su padre.—Será mejor decir adiós.
