CAPÍTULO 3: Un café

Santana entreabrió los ojos. La luz que se filtraba por las cortinas la obligó a cerrarlos de nuevo. Eso era lo que más odiaba de trabajar de noche y dormir de día: el sol nunca la dejaba descansar a sus anchas. Por más que cerrara las cortinas, el sol siempre se colaba por algún resquicio dispuesto a tocar las narices. Era como tener un foco en plena cara.

Murmurando por lo bajo, trató de levantarse pero pronto se dio cuenta de que un brazo ajeno alrededor de la cintura que se lo impedía. Confusa, miró a su dueño, que en aquel momento roncaba boca abajo, con la cabeza hundida en la almohada, justo a su lado. Tardó cerca de diez segundos en recordar quién era. Vale, rememorando: había salido a comer fuera (porque no le daba la gana de cocinar, básicamente) y lo había conocido en la cafetería que solía frecuentar. Hasta ahí bien. Cuatro palabritas, un par de copas, algún tonteo y allí estaban. Perfecto, todo cuadraba.

Santana se masajeó las sienes con cansancio. Tenía que dejar de beber; sería uno de sus propósitos para el año nuevo (aunque luego nunca los cumplía, pero en fin). Volvió a mirar al muchacho. ¿Cómo cojones se llamaba? ¿Daniel? ¿Dariel? ¿O era David? Empezaba por "D", eso seguro.

- Joder –murmuró, apartando el brazo del chico con bastante poca delicadeza.

El muchacho se sobresaltó un poco y rápidamente levantó la cabeza. Santana lo observó mientras se frotaba lánguidamente los ojos con cara de no saber muy bien dónde estaba.

- Buenos días –dijo finalmente con voz soñadora.

- Buenas tardes, querrás decir –lo corrigió Santana, mirando de reojo el viejo despertador que descansaba sobre la mesita de noche. Las siete. Bien, aún era pronto.

El chico se inclinó sobre la latina para darle un beso, pero la muchacha se apartó. Él la miró dolido.

- Qué mal carácter gastas recién levantada, ¿no?

Santana arqueó una ceja. Eso era lo que no soportaba de la mayoría de sus polvos. El post-coito. El momento "besitos y arrumacos". Aquello no iba con ella, no se sentía a gusto en aquel tipo de intimidad. Ella necesitaba el sexo pero podía perfectamente prescindir de los mimitos posteriores. Que se comprasen un peluche si querían abrazar a algo.

- Tengo que ir a trabajar –dejó caer.

El muchacho sonrió con prepotencia y trató de acercarse de nuevo a su rostro.

- Casi parece que me estés echando –susurró, con voz juguetona.

- Es que eso es exactamente lo que estoy haciendo, Daniel -su voz podía haber congelado un charco. La sensibilidad no era su fuerte.

El chico clavó su mirada en ella con fastidio y se levantó de la cama.

- En el fondo sois todas unas zorras –siseó, cargándose los pantalones y la camisa al hombro.

Santana sonrió por lo bajo. Si le dieran un centavo cada vez que alguien empleaba esa palabra con ella posiblemente sería millonaria.

- Cierra la puerta al salir –fue su única contestación.

El chico caminó hacia la puerta con aires de ofendido, desnudo, y con la ropa aún en las manos.

- Por cierto –dijo, antes de salir-. Me llamo Dennis, no Daniel.

Y dicho esto, se marchó dando un portazo. Santana miró divertida la puerta por dónde se había ido. Bueno, al menos había acertado en algo: su nombre empezaba por "D".

0o0o0o0o0

- ¿Por qué no me habías dicho que conocías a Rachel Berry?

Santana fusiló a Alice con la mirada. No hacía ni dos minutos que había llegado y ya empezaba el interrogatorio.

- No lo consideré un dato relevante.

- ¿Estás de coña, no? –Alice abrió la boca, sorprendida-. Sabes que me encantó el musical. Es más, te comenté lo profundamente emocionada que salí de él y lo mucho que me cautivó la protagonista. Fue…

Santana levantó ambas manos, pidiéndole que se callara. Lo recordaba, claro que lo recordaba, estuvo hablando del maldito musical una semana entera. Pero estaba haciendo un esfuerzo por tratar de olvidar todo lo sucedido ayer y la verdad es que su jefa no se lo estaba poniendo precisamente fácil.

- Alice… no te ofendas pero no quiero hablar de ello –dijo, midiendo sus palabras, ya que su impulso inicial fue mandarla directamente a la mierda-. Y además, no es el momento. Mira cómo tenemos el bar.

Su jefa rodó los ojos. Conocía bien a Santana y sabía que no iba a sonsacarle nada. Al menos por ahora. Además, hacía más de dos minutos que había una chica en la barra haciéndole señas de que quería pedir algo.

- Te libras por ahora –le susurró, alejándose-. Hola guapa, ¿qué quieres?

Santana bufó con tanta fuerza que se apartó varios mechones de la cara. ¿Tan difícil se le hacía a Alice entender que lo que necesitaba era actuar como si nada hubiese pasado? Hasta un niño de cinco años se hubiera dado cuenta de que estaba tratando de evitar el tema. Qué poca inteligencia emocional, coño.

Santana suspiró. Con un poco de suerte, no volvería a ver a Rachel; si la chica era lista (y le constaba que lo era), fingiría que nunca se habían encontrado de nuevo y todo seguiría igual que siempre.

- ¿Me pones un café, por favor?

A Santana se le resbaló el vaso que estaba fregando, que fue a parar estrepitosamente contra el suelo. Por algún extraño milagro de la naturaleza no se rompió. Maldiciendo por lo bajo, se agachó a recogerlo.

- ¿Qué cojones haces aquí otra vez? –preguntó en voz alta, antes incluso de darse la vuelta.

- Pedir un café –Rachel tenía ambos codos apoyados contra la barra y una sonrisa petulante bailaba en su cara. Estaba otra vez enfundada en aquella especie de uniforme de espía, formado por una boina, unas gafas de sol y en esta ocasión, había añadido una bufanda hasta el cuello. De no ser por su voz chillona, posiblemente no la hubiera reconocido.

"Dios, ¿por qué me castigas de esta manera?"

- Te creía más inteligente, Berry –Rachel arqueó una ceja con elegancia-. Si lo fueras, te habrías dado cuenta ayer de que lo último que me apetecía es que volvieras a pasarte por aquí.

Rachel se encogió de hombros.

- Bueno, éste es un País libre y a mí me apetece un café, así que… ¿me lo sirves, por favor?

Santana sintió que le hervía la sangre. ¿Se estaba burlando de ella acaso?

- Tú lo que estás pidiendo a gritos es una buena hostia, enana. Y no creo que a tu fiel público le guste verte con un moratón en el ojo.

Rachel se echó a reír. Aquello sólo sirvió para enfurecer más a Santana. Para su suerte (o para su desgracia), Alice pasó por detrás suyo en aquel momento y le puso la mano en el hombro.

T- ienes que ir a cantar, Santana –le susurró con cara de circunstancias-. Ya me encargo yo del café.

¿Cantar? ¿Qué? Ah, sí. Era miércoles.

Santana le arrojó el trapo con el que estaba secando los vasos a la cara y le dedicó una última mirada cargada de odio. Rachel se quitó el trozo de tela de las narices y la dejó otra vez sobre la mesa como si nada.

- ¿Cantar? –preguntó, confusa, mirando a Santana.

La latina no se molestó en contestarle. Salió de la barra, pasó por su lado y saltó decididamente sobre el escenario, una sencilla tarima con un micrófono sobre ella y una cortina roja de fondo. Nada más hacerlo, el bar entero estalló en aplausos. Por el rabillo del ojo vio como Rachel daba un respingo.

- ¡Buenas noches! –gritó Santana, llevándose el micro a los labios. Se oyeron nuevos vítores y gritos-. Se recuerda a los presentes que no está permitido arrojar objetos inanimados a la preciosa cantante, ya sean vasos, botellas o prendas de ropa usadas –las palabras de la muchacha provocaron más de una risa entre la improvisada audiencia.

La música empezó a sonar por unos altavoces que había al pie del modesto escenario y de repente, todo el mundo se calló.

Seems I'm losing my voice

Sinking under the noise

Watching all my choices fading

Silence getting too loud

Trying to drown out the crowd

Of all these doubts I'm facing

Hey you, it's me

I am down here on my knees

En el bar únicamente se oía la voz de Santana, superpuesta a la tenue melodía que salía de los altavoces. Nadie hablaba, nadie comentaba, nadie reía. Todo el mundo tenía los ojos fijos en el escenario, clavados en aquella mujer que entonaba las notas con una precisión casi sublime.

Can you hear me calling?

See me falling, falling at your feet?

Crying out for help, I got no one else

Tell me you know what I need.

I am barely breathing, begging please.

Trying to believe

Oh can you hear me?

Elevó la última nota con insultante facilidad, haciendo que uno de los chicos que había al pie del escenario silbase con fuerza sin poder contenerse.

Oh, I'm standing out here alone

And I can't do this on my own

Cuando la canción terminó, hubo unos dolorosos segundos de silencio hasta que una de las chicas de la barra se decidió a aplaudir. Lentamente; una palmada, dos, tres. Pronto el bar entero la siguió, coreando gritos y vítores a medida que se recuperaban del estupor.

Con una sonrisa de oreja a oreja, y tras susurrar un casi inaudible "gracias", Santana desvió su mirada hacia la barra. Rachel tenía la boca ligeramente entreabierta y aunque Santana no podía verle los ojos por culpa de las oscuras gafas, sabía que expresaban la misma sorpresa que el resto de su cara. Un extraño regocijo se apoderó de ella. Dejar boquiabierta a una famosa estrella de Broadway no era algo que hiciese todos los días.

Cuando volvió a meterse dentro de la barra, aún había gente aplaudiendo. Santana no podía dejar de sonreír. Ni el tener a Rachel Berry ahí sentada podía amargarle aquel momento. Después de cantar, nada lo hacía. Era una de las pocas cosas que realmente provocaban en ella aquella sensación de felicidad.

Alice se acercó a ella, ostentado también una sonrisa de medio lado.

Santana, hija mía, cada día te creces más -tuvo que elevar la voz para hacerse oír entre los gritos.

Santana se encogió de hombros con fingida indiferencia y volvió a su tarea de servir bebidas, hasta que vio que Rachel, unos metros más allá, le hacía señas para que se acercase. Dudó un momento pero finalmente fue hacia donde estaba.

- Qué.

Rachel le hizo un gesto con el dedo para que se inclinase. Con fastidio, Santana obedeció, más por saciar su curiosidad que por otra cosa. Unos instantes después, tenías los labios de Rachel prácticamente en la oreja.

- Me alegra mucho que no hayas dejado de cantar –susurró, extrañamente emocionada. Has estado estupenda, Santana… como siempre.

Quizás fuese el aire que se escapaba de entre los dientes de Rachel y le hacía cosquillas en la oreja, o tal vez fuera la ternura que impregnaba las palabras de la muchacha, pero el caso es que Santana no pudo evitar estremecerse. Se irguió rápidamente y, cruzándose de brazos, clavó en ella la mejor de sus miradas despectivas.

- Que no todos seamos super-estrellas de Broadway como tú no significa que hayamos dejado de amar la música.

Rachel parecía haber desarrollado con los años una especie de inmunidad a los comentarios de Santana, porque la sonrisa dibujada en su rostro se mantuvo allí, férrea. Aquello sólo puso más nerviosa a la latina, que no estaba acostumbrada a la amabilidad altruista.

- ¡¿Dios, puedes quitarte esas malditas gafas? Me crispa los nervios no ver los ojos de la persona con la que hablo.

Rachel frunció un poco el ceño.

- Prefiero llevarlas –dijo mientras jugueteaba con la taza de café, aún intacta-. Así es más difícil que me reconozcan.

Santana puso los ojos en blanco.

- No eres el centro del Universo, los fans no se te van a tirar encima o a hacerte la ola sólo por quitártelas –aunque recordando al chico de la noche anterior, la verdad es que no hubiese puesto la mano en el fuego.

- No es por los fans, es por los paparazzis –se llevó la taza de café a los labios, aunque sin llegar a beber, rehusando enfrentarse a la mirada inquisitoria de Santana-. Últimamente me los encuentro en todos lados… hasta en la puerta de mi casa. No me dejan en paz. Ayer entré en el bar sólo para despistar a uno de ellos.

- Vaya, yo creí que habías atracado un banco y que huías de la policía –comentó Santana con mordacidad, recordando lo asustada que parecía cuando entró.

Lo cierto es que últimamente el nombre de Rachel se oía por todos lados. Santana evitaba prestar demasiada atención pero era inevitable cuando aparecía hasta en la sopa (fuera coñas, no le extrañaría que alguien comercializara algún caldo de sobre con su cara).

La cabeza de Rachel inclinada sobre la taza de café y sus labios fruncidos no eran una buena señal. Supuso que el tema de los paparazzis le afectaba más de lo que en un principio imaginaba, motivo por el cual Santana decidió quedarse calladita. Desde luego, no pensaba dar pie a que le soltara un drama sobre lo horrorosa que era su vida por culpa de los periodistas. Agradeció enormemente el que un chico se acercase para pedirle una cerveza porque así pudo alejarse de ella.

Sin embargo, no pudo evitar lanzarle miradas furtivas durante más de media hora. Concretamente, hasta que ella se levantó para irse. Había permanecido todo el tiempo perdida en sus pensamientos, sin ni siquiera alzar la cabeza. Miró un momento en dirección a Santana y le enseñó un dólar que al momento dejó sobre la barra. Santana asintió y la vio salir por la puerta con paso lento.

Se preguntó si volvería a pasarse por allí. Ojalá no, deseó Santana. Sin embargo, aunque se negara a reconocerlo, aquel último encuentro le había dejado un regusto agrio en el estómago que no terminaba de gustarle.

Cuando fue a recoger la taza de Rachel, se dio cuenta de que estaba llena.