El calor sofocante, el ambiente cargado de la habitación. Un hielo fundiéndose lentamente por su cuello. El peso de otro cuerpo encima del suyo, la lengua de Jane llevándola una y otra vez lejos, muy lejos de allí…

"¡Jefa!"

La voz de Rigsby la sacó de su ensoñación. Pestañeó varias veces para volver a la realidad. Y esa realidad se materializó en el parking del motel. De nuevo el sol caía sin piedad sobre sus cabezas, aunque una suave brisa relajaba el ambiente.

"Jefa, ¿estás bien?"

"Sí, ¿Qué decías?"

"Van Pelt nos ha llamado pero dice que no ha encontrado nada. El apartamento de la víctima estaba prácticamente vacío, como si hubiera acabado de mudarse."

"Bien. Llévate a Cho y a Jane y a ver que encontráis por los alrededores. Yo vuelvo a Sacramento."

Lisbon dio media vuelta y se marchó como si el tema no fuera con ella. Rigsby y Cho se miraron pero no dijeron nada. Van Pelt se había ganado el reconocimiento de la casa y hablar con los vecinos ella sola, tan solo por preguntar por qué había gritado esa mañana.

Rigsby sacó el teléfono y marcó el número de Jane, que sonó hasta cinco veces antes de saltar el buzón de voz.

"Jane, Lisbon quiere que nos acompañes al pueblo. Está que trina ¿qué le has hecho?"

Colgó el teléfono y con una mirada más a su compañero se metió en el coche para ir al pueblo.

Lisbon, ya en su coche, cumpliendo con todos los oscuros propósitos de Jane sin saberlo, superaba el límite de velocidad permitido por la ley.

"¿Cómo se a atrevido a hacer algo semejante!?" – le gritaba a la carretera, vacía, interminable – "¿No tiene principios? Ha tenido que recurrir a juegos sucios para poder llevarme a la cama. ¡No me imaginaba que pudiera hacer eso!¡Nunca!¡Nunca le perdonaré! Esto se ha acabado. Me marcharé de la brigada…. No, espera, ¡es él el que se va a marchar! Me da exactamente igual que resuelva casos. ¡A ver como resuelve este! Le diré al capitán que no lo soporto más, que nos ha puesto en peligro de muerte, que es un peligro para si mismo!

"¿Y que es lo que harás una vez que él se haya ido, estúpida?"

La Teresa Lisbon atada con cadenas de lujuria a la pata de un diván de color rojo, habló por fin después de haber permanecido dormida en su interior.

"¿Qué es lo que harás? ¿Correr a esconderte en un rincón como estás haciendo ahora? ¡Esto no es propio de mi!"

"No estoy huyendo – respondió la Lisbon de cola de caballo, cara despejada y americana a cuarenta grados a la sombra - estoy corriendo en sentido opuesto para no caer en la tentación de meterle una bala entre ceja y ceja."

"No digas bobadas. Estás huyendo" – se contradijo a si misma, con un aletear de pestañas y una sonrisa bordada de carmín.- "Y es comprensible porque has pasado de tener una vida sexual completamente nula a un torrente de pasión rubio y de ojos azules. Gracias a ese pequeño empujón he podido salir. ¡Por fin!"

"Él lo hizo en contra de mi voluntad"

"¿Seguro? ¿En contra de tu voluntad? Eres una agente de policía. Por muy poco que quieras hacerlo ver, tienes autocontrol. De hecho lo tienes todo. Si tu quisieras, lo habrías parado."

Dio un volantazo justo a tiempo para no atropellar a un pájaro que se había parado en medio de la carretera. Kilómetros de tierra inerte y había decidido darle un susto de muerte a ella. Pero fue por eso, cuando el corazón le volvió a su ritmo habitual, cuando pensó en la situación.

"Lo querías, lo deseabas más que nada en este mundo. Estaba en tus oscuros pensamientos. Estaba aquí conmigo. Admítelo." Continuó la voz aterciopelada de su interior, que en ese momento daba vueltas al diván, tirando de la cadena.

"No puedo hacer eso" se contradijo ella misma.

"¿Por qué no?¿Qué es lo que te impide ser franca contigo misma?¿Qué vas a conseguir con reprimirlo todo?¿No ha llegado el momento en que puedes ser feliz?"

"Esto no me va a hacer feliz. No un hombre. No una relación."

"Pero eso no es lo que te ha dado, ni te ha pedido. Solo ha jugado a un juego contigo, a uno en el que tú llevas ventaja."

"¿Qué quieres decir?"

La Lisbon echada ahora sobre el diván, alzando sus piernas en el aire, se carcajeó.

"¿No es esto una pregunta retórica? Al fin y al cabo, estás hablando contigo misma"

"Él tiene mucho mas a perder que yo."

"Sentimentalmente hablando."

"No es necesario que tenga una relación romántica, que al fin y al cabo, es lo que acabó por separar a Rigsby y a Van Pelt."

"Porque ellos no querían renunciar a su trabajo"

"Al igual que yo no lo voy a hacer."

"Entonces… ¿cuál es el problema? ¿Por qué no coger lo que nos está dando?"

"Por las consecuencias"

"¡Deja de pensar de una vez en las consecuencias! Toda nuestra vida nos la hemos pasado pendiente del bien y del mal. Separando ambos con la delgada línea de la razón. Piérdela. Quítame esta cadena que nos apresa. Perdámonos con él."

"Sigo enfadada por lo que me hizo. Tomó ventaja de una situación en la que yo no era del todo consciente."

"Pero estabas ahí de todos modos. Estabas aquí conmigo. Era tu boca, nuestra boca la que besaba. Era nuestro cuerpo el que acariciaba. Lo recuerdas claramente."

"Si"

"Lo recordamos y queremos repetirlo. Queremos llegar más allá. Queremos hacerle pagar."

Lisbon sonrió por primera vez ese día. En su coche, de camino a Sacramento, después de su a medias monólogo y diálogo interior, se sintió mucho mejor.

Liberó las piernas de la mujer encadenada al diván rojo, que besó sus propios labios y tomó la parte izquierda del volante, mientras la otra mujer se quitaba la americana para dejarla en el asiento del acompañante, y ponía su mano libre en la parte derecha del mismo.

Era eso lo que necesitaba. Unos momentos de esa soledad que tanto apreciaba. Asimiló la situación. Los cambios con la edad, eran más difíciles de digerir, sobretodo los relacionados con otra persona. Y era un horror imaginar desde su perspectiva la idea de la intimidad con Jane.

Pero él no había venido con un ramo de flores y un anillo. Bien visto. Ella no sabría que hacer con esas cosas. Él había ido directamente al grano, y había cogido lo que había querido coger.

No quería pensarlo demasiado pero quizá, en algún momento tendría que agradecérselo. Aunque se le antojaba mucho más atractiva la idea de castigarlo.

Llamó a Cho con el manos libres en cuanto se hubo serenado para ponerse de nuevo al mando de la situación. Que planeara esposar a Jane al cabecero de su cama no significaba que tuviera que dejar de ser profesional. Dio las instrucciones para ultimar los detalles puesto que le había comunicado que Jane había desvelado que conocía al asesino. No le hizo mucho caso a lo que le explicaba. Se lo veía venir. Justo desde que vio que se escondía algo en la chaqueta después de revisar al cadáver.

Pisó a fondo el acelerador. Si conocía bien a Jane, y estaba segura de que así era, él se las apañaría para llegar antes que ella para recuperar el control. En efecto así había sido. Pero ella estaba llena de decisión. Las cosas iban a ser distintas a partir de ahora.


Jane, por su parte, sabía que había hecho bien a hacerse el desaparecido en combate. Al menos durante las primeras horas. Como todos los demás, oyó el grito de Lisbon, aún cuando en esos momentos, seguía teniendo su sabor en los labios. Sabía que ella estaría molesta un buen rato hasta que llegara el momento en que se diera cuenta que todo el placer que sintió, ganaba por puntos al simple hecho de que estuviera enfadada. Suponía que si se veían, ella se mostraría esquiva y distante, así que prefirió desaparecer para que ella decidiese por si misma volver a la oficina. Que cogiese el coche, y en la soledad de la carretera, pensara en él. En todo lo que le dio y en todo lo que le negó.

El próximo paso, efectivamente, era no darlo.

Era esperar a que la semilla implantada con ese "lo has tenido en tus manos, lo has probado pero no estabas realmente para sentirlo" hiciera mella.

Ahora era necesario, completamente primordial, que ella tuviera unos instantes para pensar en él. Que imaginara todas las promesas que hubo esa noche y que las hiciera realidad en su mente.

Cuando volviera a la ciudad, y decidió que en breves momentos les daría a sus compañeros las pistas necesarias para cerrar el caso, tendría esa conversación pendiente con ella.

Se había dado prisa en dejarlo todo zanjado para marcharse a la ciudad a primera hora de la mañana.

Un sobre contenía su resolución de caso. No iba a ser la primera vez ni la última. Sabía que les dejaba el marrón a sus compañeros, pero tenía algo mucho más interesante entre manos. Se marchó justo después de oír como ella ordenaba a Van Pelt que se marchara al pueblo. Supuso que la joven se había interesado por lo que le había ocurrido. Aquel grito no había dejado indiferente a nadie. No pudo hacer más que sonreír para sus adentros, y encogerse un poco en anticipación.

Ella se había enfadado. Había ido con sumo cuidado en hacer las cosas. Por eso le había dedicado la primera noche. Si hubiera tomado ventaja de la situación, ella no se lo habría perdonado. Nunca. Jamás en la vida. Pero le había dado a probar lo que le iba a dar mas adelante. Así se había asegurado que entonces sería ella la que vendría a él.

Puede que para vapulearlo al principio, pero la había soñado entregándose por propia voluntad. Ella vendría. Podía estar seguro. Lo podía sentir en la punta de sus dedos, que se morían por volver a tocarla.

Podía imaginar como había ido todo. Como ella tendría una lucha interna para saber que hacer. Como lucharía con todas sus fuerzas para mantenerse serena y templada. Y podía sentir como fallaría en ello. Como no sabría encajar esa situación y necesitaría hacer una lista de los pros y los contras. Seguramente cogería el coche y volvería a la ciudad, a un sitio lo mas alejado posible de él para que sus sentimientos no interfiriesen en el caso. Ella siempre era práctica.

Él volvió en un autobús que tomó en el pueblo, y le llevaba unas dos horas de ventaja. Sin haber dormido mucho esa noche, cerró los ojos y apoyó la cabeza contra el cristal. Recordó la suavidad de su cuerpo y se estremeció. En pocos minutos, se había quedado dormido.


Al llegar a la brigada, Lisbon agradeció por encima de todas las cosas, el invento del aire acondicionado y la seguridad que le proporcionaban las cuatro paredes de su despacho.

Llegó a última hora de la tarde, después de la última resolución por teléfono con Cho, al que había dejado por fin al mando.

Sus compañeros se estaban marchando ya para dar el relevo a los del turno de noche.

Ella anunció al entrar, pues todos la creían en medio del desierto, que venía a rellenar unos informes para acelerar el papeleo. Uno de sus compañeros, rió sonoramente.

"Informes, sí. Eso mismo dijo Jane cuando llegó y aún no lo he visto bajar para ponerse a escribir una sola palabra." – dijo uno de los agentes mientras recogía.

"¿Jane está aquí?" preguntó Lisbon desconcertada. Contaba con que al menos ahí podría sorprenderlo.

"Sí, sigue en el desván. Puede que esté durmiendo. Tenía aspecto de haber pasado la noche en vela."

Contra todo pronóstico se sonrojó. Hacía años que no se sonrojaba. Justo desde aquél día en que él jugó a leerle la mente delante de los demás.

Con solo una palabra de despedida, se dio media vuelta y entró en su despacho. Cerró las persianas y se sentó en su silla, intentando recomponerse, respirando hondo y diciéndose a ella misma que podía con esa situación.

Escuchaba unos pasos ocasionales, que identificó como los del servicio de limpieza. El chico de seguridad que hacía la primera ronda, que de hecho había entrado en su despacho a ver que hacía ahí y nadie más durante un buen rato.

En su mente, recorrió os pasillos hasta las escaleras que subían al desván. Subió los escalones decidida y abrió la puerta para encontrarlo a él estirado en el improvisado camastro. Se sentó a horcajadas encima de él y sin darle tiempo a siquiera preguntarle, se inclinó para besarlo.

En su mente todo era mucho más fácil. Por eso cuando salió de su despacho y encaró el pasillo que llevaba a las escaleras, cambió de dirección a la cocina y pensó en prepararse un café. Quizá un trago de tequila le hubiera calmado los nervios pero no quería volver atrás por si le asaltaban las ganas de quedarse encerrada allí.

Abrió el armario superior y se estiró para coger una taza del estante que quedaba más arriba. Como no llegaba, se estiró un poco más, hasta que una mano amiga, pasó por encima de la de ella y cogió la taza. La dejó en sus manos.

La presencia, el calor que transmitía el cuerpo que había pegado a su espalda, era vergonzosamente familiar.

"Gracias" dijo simplemente.

"Eres muy bajita" contestó él.

"Jane…"

"Oh, vamos Teresa, no vamos a volver a eso ahora. No después de tantos años. No después de que hayas gritado mi nombre…"

"Gritar tu nombre es lo que nos ha traído aquí."

Él podía notar su desagrado en la voz. Ella podía notar su sonrisa.

"Prueba otra vez" la animó.

Ella dejó la taza sobre el mármol y se giró sobre sus pies. Lo encaró firme y segura. Al verlo, se esfumó todo rastro de duda.

"Patrick"

"No ha sido tan difícil"

"Habla por ti"

Él se dedicó a observarla, simplemente, durante unos instantes.

"Si te quedas ahí durante mucho tiempo, la gente comenzará a hacer preguntas"

"Estamos solos"

Lisbon advirtió el tono de su voz. El mensaje implícito en palabras vanas. Él continuó.

"Debo confesar que esperaba encontrarte un poco más hostil."

"No te confíes. Pagarás por lo que has hecho. Solo voy a esperar el momento adecuado."

"Tienes que saber que en ningún momento pretendí ofenderte" respondió a una pregunta que ella no había hecho, pero que tenía que contestar de todos modos.

"No me he sentido ofendida. Extrañada. Engañada. Y hasta un poco ultrajada. Pero no lo considero como una ofensa. Simplemente no lo entiendo."

"No tienes que entenderlo. Puedes tomar lo que te he dado y lo que espero darte, o puedes rechazarlo. Aunque eso no entra dentro de mis planes."

"¿Por qué ahora?¿Por qué así?"

"Porque entre tenerlo y no tenerlo, ambos sabemos que es mejor la primera opción. Somos adultos, Teresa, simplemente, ¿por qué negarlo más tiempo?"

Lisbon sabía que él tenía razón. Siempre la tenía.

"Nunca aquí. Nadie lo debe saber. Nunca." Respondió ella, aceptándolo completamente, pero imponiendo sus normas.

"¿Quieres esconderte?" preguntó él, que parecía desilusionado.

"No se trata de eso. Pero conoces las normas de la brigada. Si alguien se entera, tendremos mil ojos puestos sobre nosotros. Y todos pensarán todo aquello que no es. Y tendremos problemas. Y yo no quiero tener problemas."

"Suena divertido" dijo rodando los ojos.

"No tiene que sonar divertido. Debe sonar importante."

"No te preocupes Teresa…"

"Nada de Teresa en el trabajo. Y me preocuparé si es…"

Él la cortó con un beso. Él ya sabía todo lo que ella iba a decir. E iba a seguir sus absurdas normas todo el tiempo que ella quisiera. Al menos de la manera en la que él solía seguir las normas…

Profundizó el beso un poco más. Al cabo de unos segundos ella reaccionó y se lo devolvió. Mordió muy suavemente sus labios y acarició su lengua con la de él, en un vaivén amoroso.

Ella se aventuró a subir las manos por sus brazos y él la tomó por la cintura. Si seguía mucho más se iba a perder de nuevo. Así que tendría que esperar hasta el próximo asalto.

"Hasta mañana Lisbon, que tengas dulces sueños." Y se marchó por donde había venido. Igual de rápido y silencioso.

Ella se quedó atónita. No sabía si echarse a reír o llorar. Casi estuvo a punto de arrepentirse de todo, pero un súbito deseo de reorganizar su casa la detuvo…. Pronto tendría visita…


Continuará


Muchas gracias por los comentarios, sois maravillosos! 3

Lamento haber tardado tanto en subirlo, pero el trabajo me consume demasiado tiempo y cuando llego a casa hago muerte súbita T_T

Este capítulo es muy suavecito, sí, pero necesario, quería expresar un poquito como se va a tomar la situación cada uno de los personajes. Luego de esto.. ¡mambo! ;)

Tengo mucho material "hot" que mostraros en breve. Hasta pronto!