Los personajes de esta serie no son de mi propiedad.

NOTA: Este capítulo es del presente, podría decirse.

3 –

La mujer miraba con disimulada diversión a la chica que tenía en frente. Parecía haber sido víctima de alguna clase de espejismo o testigo de un hecho imposible. La vio totalmente inmóvil, sin proferir una palabra, con los ojos como platos y la boca entreabierta en una expresión de incredulidad. Llevaba en las manos un pequeño refractario con aluminio encima. Sin embargo, más allá de lo raro que era tener visitantes a tan temprana hora, lo que más le causaba gracia era el evidente sonrojo que portaban sus mejillas. No por el frío de la mañana, sino por el simple hecho de haber abierto la puerta del dojo ante su llamado.

– Buenos días, ¿puedo ayudarle en algo? –le dijo en un tono dulce con una sonrisa en los labios.

Vio como la chica se estremeció al escuchar el saludo, después de balbucear algo que le fue ininteligible, agachó la cabeza y estiró ambos brazos poniendo el refractario frente a sus ojos. Olía a comida recién hecha.

– Soy amiga de Umi, Sonoda Umi. Traje piroshki para ustedes.

La mujer abrió los ojos y tras un momento de sorpresa, le permitió pasar.

En el primer momento en el que entró en el recinto, sus ojos se abrieron del asombro. Era un lugar enorme. Había, por lo que alcazaba a ver, cuatro edificios de arquitectura japonesa tradicional, construcciones de madera y techos de teja negra, con ventanales enormes y las orillas de los tejados ornamentados con pequeñas figuras metálicas. Todos eran de colores sobrios, desprendiendo elegancia e imponencia. Se encontraban posicionados de manera que lograban hacer un camino en zigzag con piedras de diferentes tamaños y colores; uno de ellos se encontraba a mayor distancia que los otros 3. Por los alrededores se podía ver todo tipo de arbustos y flores, desde arces, azaleas, camelias, arrayanes, pinos enanos, hasta bambú para interiores. Creando contraste con la seriedad de los inmuebles, algunas glicinas hacían de las suyas a la sombra de las construcciones. El paisaje era solemne.

Siguió caminando al paso de la mujer que iba delante, la observó detenidamente, delineando las curvas que se ocultaban en el yukata que vestía. Se perdió por un momento en el grácil modo que tenía para caminar, como si flotara. Se sonrojó ligeramente cundo se dio cuenta que le estaban mirando de soslayo, con una sonrisa enigmática.

– Debe ser Ayase-san, ¿estoy en lo correcto? –le dijo la mujer, ladeando ligeramente la cabeza para encarar a la rubia, quien asintió–. Es raro que las amigas de Umi vengan aquí, salvo Honoka y un par de veces Kotori. ¿Mi hija te invitó?

Oh no, no podía decirle que se había autoinvitado, que en realidad Umi nunca le había pedido que fuera y mucho menos a tan temprana hora. Quizá sigue dormida. Le asustó ese fugaz pensamiento creyendo que tal vez despertó a la familia Sonoda en un día de descanso, después de todo era sábado. Pero al ver a la que, ahora estaba segura, era la mamá de Umi, lo dudaba. La mujer estaba pulcramente vestida.

Escuchó una suave risa que la sacó de sus pensamientos. Se habían detenido enfrente del tercer edificio. Cerca de ahí podía escucharse el ligero golpeteo del bambú sobre alguna piedra, seguramente se trataba de alguna fuente.

– Mi hija está entrenando en estos momentos con su padre –le dijo mirando al recinto que se encontraba a su lado derecho.

Una vez en silencio se podía escuchar cierto murmullo. Voces, cigarras y el fluir del agua. Sentía como por dentro empezaba a hervirle la sangre.

– Permítame un momento.

La mujer siguió su camino con el refractario que la rubia le había ofrecido unos minutos antes. Desapareció en la entrada del último edificio, para regresar con las manos vacías. Se paró justo a unos pasos de Eli.

– Acompáñeme, por favor.

Se encaminaron a la entrada del lugar y en el genkan la mujer se descalzó y pasó sus pies desnudos a la madera del suelo. Eli la imitó, bajo los tenis se ocultaban unas calcetas coloridas. Se volvió a sonrojar cuando se dio cuenta que la mayor se divertía con la imagen que daba. Siguieron caminando por un pequeño pasillo. El frío empezaba a calarle por los pies. Los ruidos se hacían más nítidos a cada paso.

– Están en práctica de kendo –le dijo en voz baja antes de entrar al área de entrenamiento–. Pasaremos al tokonoma y de ahí podrás ver lo que resta.

Siguieron su camino por las orillas hasta llegar a un pequeño espació con suelo de tatami. Se sentaron sobre sus piernas con la espalda totalmente recta. Frente a ellas había dos personas vestidas con un uniforme oscuro para kendo. Eli supo inmediatamente quién era Umi. Lo más evidente era la diferencia en las constituciones, la otra persona era robusta y más grande.

Quizá fuera la delicada figura, o la firme postura de su cuerpo, probablemente el confiado agarre del shinai, sus certeros pasos o la agresividad que de repente la poseía; pero había algo en todo ello que le daba una imagen totalmente distinta de la peliazul. Era como si de repente todas sus inseguridades se hubieran desvanecido, como si un autorreconocimiento le hubiera pegado de imprevisto. Era algo totalmente diferente a la Umi que manejaba el arco con maestría, o a esa que estaba rodeada de sus amigas, o a aquella que siempre tenía el placer de hacer sonrojar. Involuntariamente sus mejillas se encendieron.

Dos pasos atrás, uno pequeño adelante, el constante contacto de ambos sables. Un rápido movimiento, agresivo, directo, pero bloqueado. Se escuchó un "bien" proveniente de una voz masculina. De nuevo empezaba el juego, era parecido a un baile, un paso a un lado, luego dos al frente y ahí entraba de nuevo el golpe. O el intento de, porque de nuevo fue obstaculizado por el sable de la menor. ¡Bien!

– Hace unos días, Umi fue capaz de vencer a su padre –siguió mirando al frente aunque sabía que la chica volteó a verla por un instante–. Desde entonces, Katashi ha estado entrenando con ella bastante.

Volvían a la danza, una especie de seducción, y tras un grácil y ágil movimiento, ahora Umi estaba atacando. Fue bloqueada y tambaleó por un instante. El mayor aprovechó esa oportunidad para contraatacar, y la chica se lo impidió de una manera que a todos sorprendió. Su trastabillar lo convirtió en una ventaja para evadir el golpe, pero su desplazamiento fue parecido a un paso de baile. De repente, se escuchó el bambú golpear la rejilla del protector, dándole la victoria.

Umi volvió a ponerse en posición, pero al ver a su padre bajar el shinai, procedió a hacer lo mismo.

– Gracias por la práctica de hoy, maestro –hizo una pequeña reverencia.

– Buen trabajo –le dijo con voz ronca, quitándose el men, dejando al descubierto un rostro de facciones fuertes, un cabello negro azulado y un par de ojos oscuros.

La peliazul volvió a erguirse, procedió a quitarse la protección del rostro y la cabeza, para sacudirla ligeramente y dejar caer unas gotas de sudor. Tenía el rostro ligeramente sonrosado, su cabello estaba amarrado por la parte media y baja. Volteó el cuerpo para ir a la zona de vestidores y en ese momento su cara empezó a arder.

Su madre iba caminando en su dirección con una sonrisa que expresaba lo divertido que le parecía el asunto, pero eso no le importó, porque no pudo apartar la mirada de ese par de celestes que seguían en una especie de transe. Cuando sintió que le tocaban el hombro, dio un respingo y soltó un grito sofocado.

– ¿Quién es ella? –preguntó su padre.

– Ayase Eli –contestó su madre en el momento en que llegó a su lado.

– ¿Está interesada en el kendo? Nos vendría bien un nuevo integrante.

– Lo dudo, pero estoy segura de que algo del dojo le interesa –dijo mirando de soslayó a su hija y luego a la rubia. Volvió su rostro a su esposo, empezó a ayudarle a quitarle parte de la armadura–. Trajo comida. Creo que estaría bien por hoy darle un descanso a Umi, Katashi.

– Si así lo quieres, no tengo problema, Shizuko –le dedicó una leve sonrisa. Luego dirigiéndose a Umi, le dijo en tono serio–. Ve con tu amiga, es grosero dejarla sola.

Umi asintió y empezó a caminar a paso lento hacia donde se encontraba la rubia. Podía escuchar los murmullos de sus padres, el sonido seco de sus pies en la madera, y, extrañamente, su corazón se le antojaba muy ruidoso. Respiró hondo antes de llegar. Por primera vez era consciente del frío que sentía en la planta de los pies, pero su cuerpo se sentía peculiarmente cálido. Con el sable en una mano y el men en uno de sus brazos, se paró enfrente de Eli, quien ahora la miraba con la boca ligeramente abierta y las cejas alzadas.

– Bu-buenos días –tartamudeó, cosa que le sorprendió.

– ¡Eso fue increíble! –dio un brinco que la puso de pie en un solo movimiento y la tomó por los hombros.

– Eh… este… amm, gracias –desvió la mirada–. Tengo que quitarme el uniforme y darme una ducha. Lo siento.

Y antes de ella pudiera protestar, Umi se había alejado. La vio compartir unos cuantos diálogos con sus padres, la imagen de los 3 juntos era bastante singular. Parecía haber heredado la belleza y gracia de su madre, pero todo el carácter de su padre, junto con ese profundo y penetrante mirar. La timidez, quién sabe de donde habría surgido.

Observó como la peliazul y su padre se alejaban, en su lugar, su madre regresaba con ella. La miró, le sonrió y en un gesto con la mano, le invitó a acompañarla.

– En un momento regresaran –anunció–. Mientras, podríamos ir a la cocina. Por favor, acompáñeme, Ayase-san.

– Eli –le dijo firmemente– Sólo Eli, y le agradecería que no me hablara con tanto formalismo.

La mujer la miró por un instante. Luego asintió y sonriéndole le dijo.

– Puedes llamarme Shizuko, Eli.

Siguieron caminando hasta el fondo de las inmediaciones, se adentraron en el edificio donde la vio desaparecer momentos antes con el refractario. Se sorprendió del interior del lugar. Había varios rollos de pergaminos colgando sobre las paredes, con varias letras y algunos dibujos antiguos. Por la casa se encontraban esparcidos varios arreglos de ikebana. Había pequeñas mesas de madera, en una de ellas se encontraban un rollo de papel pergamino y botes de tinta perfectamente ordenados. Una de las paredes estaba oculta por libreros repletos.

Se sintió fuera de lugar. Todo eso le era totalmente ajeno a lo que ella alguna vez hubiera conocido. Shizuko la miraba con un interés peculiar, parecía estar analizándola, cosa que le incomodó aún más. Sonriendo nerviosamente, una vez dentro de una pequeña habitación, se sentó sobre un cuadro de tatami, mirando directamente a la puerta que daba la entrada.

– Traeré un poco de té, ¿gustas?

Eli asintió y esperó en silencio a que la mujer regresara. El lugar estaba inmaculado, totalmente ordenado y tan tranquilo que le abrumó un poco. Los nervios empezaron a carcomerla, deseaba que Umi regresara pronto. Shizuko volvió con una bandeja, donde, aparte del té, traía unas galletas. Se sentó a un costado de la rubia.

– Listo, espero te estés sintiendo a gusto, no solemos tener visitas –rio suavemente.

– Todo esto es sorprendente, a pesar de los años que he vivido aquí, aún no deja de asombrarme la cultura japonesa–dio un pequeño sorbo a su taza.

– Mi hija me ha hablado de ti –ante esa declaración, como respuesta recibió un sonrojo–. Es bueno por fin conocerte.

Shizuko le preguntó lo básico de intereses que una madre puede tener hacia los amigos de sus hijos. Edad, estudios, aspiraciones, familia, gustos e intereses. Sin embargo, sus preguntas eran estratégicas, no sólo por su interés hacia la verdadera naturaleza de la relación que tenía con su hija, también por la manera en que la rubia contestaba sus preguntas.

Todos aquellos datos proporcionados ya los sabía, recordaba las primeras veces que su hija la mencionó. No es que realmente la relación entre ellas fuera estrecha, sino que Umi solía hablar más con su madre, que con su padre. No era cosa de confianza, sino de actitudes.

La primera vez que pronunció aquel nuevo nombre, le sorprendió la agría manera en la que se expresó sobre la chica, diciendo que era una petulante y engreída, para después llegar con la desazón por el hecho de que la directora Minami había armado un grupo con integrantes de los 3 grados, para trabajar en un proyecto que ayudaría a la escuela. Posteriormente, las impresiones de su hija fueron cambiando. Primero hablaba en la misma proporción sobre todos los integrantes –salvo de Honoka y Kotori que ya eran sus conocidas amigas–, luego sus pláticas iban derivando con más frecuencia hacia Eli. No es tan terrible, es una persona muy astuta, incluso lista, podría decirse interesante, fue bailarina, tiene una hermana pequeña a la que se ve que adora, es muy divertida. Increíble. Fue testigo de ese transitar de un extremo a otro en los pensamientos de su pequeña en cuestión de meses, hasta que el día en que terminó el segundo año de preparatoria y pasó a ser vicepresidenta del consejo, ese nombre dejó de estar en su boca. El silencio perduró casi medio año, hasta que un día la vio salir de casa anunciado que iría a verla.

Y frente a ella se encontraba Eli Ayase, la razón de sus entrenamientos más pesados entre semana, de que sus tareas, quehaceres y responsabilidades estuvieran terminadas en tiempo y forma, todo para tener el fin de semana libre. Y estaba casi segura que también a aquella chica se debía el cambio de sus ropas e incluso de algunas de sus actitudes. Le sonrió, mientras la escuchaba detenidamente hablar sobre su abuela.

– Entonces, no eres japonesa.

– No, legalmente no. Nací en Rusia –soltó una suave risa–. Aunque mi abuela se casó con un hombre japonés, decidieron residir en Rusia. Luego mamá también contrajo matrimonio con un japonés y los primeros años estuvimos en Rusia, hasta que mi padre fue capaz de comprar un departamento aquí.

– Ya veo, entonces ahora viven con su padre.

– No, el murió hace algunos años. Mi madre decidió seguir trabajando aquí.

– Mis condolencias por lo de tu padre –le dijo inclinándose un poco.

– No era una persona muy afectiva, así que estamos bien –dijo desviando la mirada.

En ese momento la puerta se deslizó, dejando entrar al padre de Umi. Verlo sin el uniforme de kendo era algo totalmente distinto. Tenía una constitución fuerte y estaba fornido. Lucía una tez apiñonada, su cabello era demasiado corto, pero espeso, al igual que sus cejas, y oscuro como sus ojos. Miró a la chica y con un movimiento de cabeza la saludó. Se acercó a su mujer, quien le preguntó:

– ¿Y Umi?

– No lo sé, pensé que estaría con ustedes –contestó con una voz ronca–. Debemos almorzar para abrir el dojo.

– Ve a buscar a Umi, por favor, Katashi –le dijo con un tono dulce, el hombre asintió y desapareció por donde había entrado–. Eli, ¿me ayudarías con el piroshki?

– Por supuesto –carraspeó.

Fueron hacia la cocina y para su tranquilidad, era como cualquier otra. Sonrió.

– Perdona a Umi, no suele entrenar a la vista de otras personas. Siempre lo hace antes de abrir el dojo o después de cerrarlo.

Eli se le quedó mirando y entendió que quizá el hecho de haber ido egoístamente y presenciar el entrenamiento, pudo haber abatido a la peliazul. Se sintió mal consigo misma, quizá lo mejor sería pedir disculpas y retirarse. Pero decidió no hacerlo, le parecía injusto que Umi pudiera acerarse a ella sin siquiera preguntarle. Frunció ligeramente el ceño, cosa que no pasó desapercibida para Shizuko.

– Es cuestión de timidez, no te agobies por ello –le sonrió mientras le apretaba el hombro a Eli a modo de consuelo–. Incluso con nosotros es tímida.

Ambas rieron y empezaron a calentar la comida. Eli le explicó a grandes rasgos que el piroshki era una comida tradicional rusa que consistía en empanadas de carne y que incluso había de frutas u otras cosas. Le platicó sobre la preparación y en ello confesó que había recibido ayuda de su madre y su hermana. El ambiente empezaba a ponerse cálido, quizá fuera el calor que desprendía el horno. Katashi entró y dedicándole una mirada cómplice a Shizuko, miró severamente a Eli.

– Umi está en la sala de estar, la encontré sentada cerca de la fuente. Por favor, Eli-san, si no se disculpa contigo házmelo saber.

La rubia lo miró un poco consternada.

– Katashi… –reprimió la mujer.

– Le ha faltado el respeto, eso no es digno de un Sonoda.

– Ayúdame con la comida, ándale.

El hombre volvió a asentir ante lo que decía la mujer. Shizuko miró a Eli, y con un movimiento de su mano le indicó que podía ir a donde estaba Umi. Eli se paseó con sus calcetas coloridas por la madera de la casa, hasta que encontró la figura de la peliazul, mirando hacia el suelo. Parecía estar hablando consigo misma, cosa que no le extrañó, muchas veces la vio balbucear sus pensamientos mientras trabajaba o escribía.

Se sentó a su lado y dedicándole una sonrisa, acarició su cabeza. Umi la miró con nerviosismo y un evidente sonrojo. No pudieron decirse nada porque su padre entraba con lo que sería el almuerzo. Se sentaron los cuatro en la mesa y comieron con una plática amena que era encabezada por Katashi. Hablaba de lo orgulloso que estaba de su hija, que en un principio fue una "chillona" que no aguantaba ni el frío. Siempre fue severo con ella, pero sólo como su maestro, como su padre era algo totalmente distinto. Mencionó algunos de sus logros en caligrafía, kendo, arco y danza tradicional, así como la admiración que sentía hacia su hermana cuando era pequeña. La nombrada sólo estaba encogida en su lugar, con el rostro totalmente encendido, que hasta podría verse humo salir de su cabeza. Y casi explota en el momento en que su padre la tomó con una de sus firmes manos para abrazarla.

– Es mi tesoro –y con eso se comió su sexta empanada. Todos rieron a excepción de Umi.

– Muchas gracias por la comida, Eli, estaba muy rica –le dijo Shizuko mientras se abrazaba a su esposo que comía con una cara de niño que acaba de probar por primera vez el helado. La familia de Umi era divertida.

– No fue nada –les sonrió a ambos.

– Con permiso –era la primera vez que escuchaban hablar a Umi, quien se paró tomando la mano de Eli y se la llevó lejos de ahí.

Ambos padres se miraron uno al otro y con una sonrisa compartida, siguieron tranquilamente sentados.

Umi cerró la puerta de su cuarto con fuerza. Seguía nerviosa por toda la plática vergonzosa que su padre había dado sobre ella cuando era pequeña. Eran cosas que nadie debía saber, mucho menos Eli. Inhaló profundamente y exhaló lentamente. Llevó una de sus manos a su pecho. Abrió los ojos, frente a ella tenía a una rubia pestañeando con curiosidad. Bufó y desvió la mirada.

– Debiste haberme avisado.

– Lo siento –rio con nerviosismo–, quería sorprenderte.

– Pues lo lograste –le dedicó una mirada pesada, luego la suavizó y le sonrió.

Eli le correspondió la sonrisa. Miró a su alrededor, era la primera vez que estaba en el cuarto de Umi, podía ver el orden que gobernaba todo el lugar desde que había entrado. Tenía un librero a reventar, inclusive había libros en otros lados cuidadosamente ordenados. Tenía un escritorio en una de las orillas y ahí encima estaba una laptop. Del otro lado se encontraba una cama perfectamente hecha. No había gran cosa, podría decirse que de todos los cuartos que había visto, ese era el más soso y opaco.

– Tu cuarto es…

– Antes era una biblioteca. Cuando era pequeña solía venir aquí con mi abuela muy seguido, me encantaba este lugar, tanto que le pedí a mi padre que pasara mi cuarto aquí –se acercó a una de las paredes–. Mi cuarto era más pequeño, por lo que algunos libreros tuvieron que acomodarse en otros lados.

– ¿Has leído todos esos? –dijo señalando al estante.

– Sí, y los que están en la sala de estar. Todos, en realidad –se sonrojó ligeramente y desvió su mirada.

– ¿Por qué harían una biblioteca en un lugar tan sobrio?

Umi no contestó la pregunta con palabras, deslizó el fusuma al que se había acercado y dejó que la luz entrara. En el exterior se veía un pequeño porche con vista a un pequeño jardín donde se encontraba una fuente de bambú. El paisaje era sencillamente hermoso. Eli se acercó y saliendo, se dio cuenta de porque a la peliazul le gusta aquel lugar. El sonido del agua, junto con los suaves golpeteos, el canto de las cigarras y el aroma fresco. Se sentó en las orillas del porche, dejando que parte de su cuerpo fuera calentado por los rayos del sol.

– Todo esto es hermoso –giró la cabeza para mirarla.

– Bueno –se rascó la mejilla–, cuando vives aquí te acostumbras a todo. El lugar está hecho así porque es un dojo, principalmente. Pero esta parte en especial siempre me sorprende.

La menor se sentó a un lado de la rubia. Se quedaron en silencio por un momento, disfrutando del pequeño espacio en el que se encontraban. Desde hace algunos meses se había acostumbrado a que Eli guardara silencio para disfrutar de ciertas cosas. Le miró el rostro, todas aquellas facciones infantiles habían desaparecido y a veces se mostraban momentáneamente como fantasmas, sobre todo cuando algo le admiraba. Su capacidad de sorpresa era tan grande, que a veces se preguntaba si realmente habría algo que le dejara impasible.

– Umi –la nombrada volteó–, eres increíble.

Las mejillas de la peliazul se tiñeron ligeramente de rojo, aún no se acostumbraba a los constantes halagos que le hacía la rubia. Parecía como si tratara de convencerla de que aquello era cierto, aunque ella fervientemente no lo creyera así. Había entrenado duro, estudiado constantemente, y sí, se había sobreexigido. No era increíble, había trabajado en ello.

– Umi –le dijo mientras tomaba un mechón de su cabello y se lo llevaba a la nariz, cerró los ojos y aspiró el aroma dulce de la otra– ¿Cuál es tu intención con todo esto?

– ¿Perdón? –abrió los ojos de sorpresa.

– Sí, hay algo que no entiendo y quisiera saber –la miró a los ojos–. ¿Por qué decidiste buscarme en aquel entonces, después de que no me hablaras por bastante tiempo? Sinceramente pensé que ya no querías verme.

– ¡No es así! –le espetó–. Tu amistad significa mucho para mí… yo quería… seguir así.

Eli no le quitó los ojos de encima. Umi hizo un esfuerzo sobrehumano para no esconderse o desviar la mirada, sabía que estaba roja cual semáforo. No le importaba, quería que no quedara duda en lo que decía, porque era algo difícil de creer después de lo que había hecho. No lo habló con su madre, ni tampoco con su padre, lo había platicado con su hermana, quien fue al dojo en vacaciones después de que Eli se graduara.

Su hermana se había casado cuando ella apenas iba en secundaria y decidió irse a vivir lejos de casa. Siempre regresaba en vacaciones y ella mostraba sus intactas habilidades. Umi desde pequeña había entrenado a su lado y cuando se fue, no pudo hacerlo con otros niños de su edad; para no dejarlo, su padre le ayudó.

En una ocasión su hermana había sido testigo de la manera en la que fallaba en sus prácticas con el arco. Aun cuando su técnica y estilo habían mejorado lo suficiente hasta alcanzar los de la mayor, a quien siempre había mirado. Se acercó a ella preguntándole que le abrumaba, nunca había sido capaz de mentirle a su hermana, ni a nadie. Nunca le dijo que se trataba de Eli, a quien había ya mencionado algunas veces, pero le dijo que había alguien que se le había declarado y que en vez de sentir pánico o vergüenza, se había disculpado porque le dolía la idea de corresponder sus sentimientos. La mayor le dedicó una sonrisa que le decía "sé a qué te refieres". Platicando con ella se dio cuenta del error que había cometido al alejarse de la persona que le confundía, cuando en realidad tenía que estar cerca para poder entenderlo. No podía decirle a Eli sobre aquella decisión egoísta.

– Ya veo –le dijo Eli con cierta desilusión en su tono– ¿Y tú crees que esté funcionando todo eso de la amistad?

– ¿A qué te refieres? –ella lo sabía.

– ¿Estás consciente de que todavía me gustas? –era algo que una vez, hablando con Nozomi, ella le había preguntado sobre su situación con Umi.

La otra se sobresaltó ante tal declaración y de nuevo su corazón empezó a latir con un brío inusitado. Pasó una de sus manos a su pecho, estrujó su playera y cerró los ojos con fuerza. Craso error. Cuando volvió a abrirlos Eli la miraba con los ojos entornados en una expresión que no supo definir, estaba cerca de ella, con ambas manos en la madera del suelo, acercándose paulatinamente a su rostro. Volvió a cerrar los ojos con tanta energía que frunció el ceño. Podía sentir la respiración de la rubia cerca de su rostro. El corazón se le iba a salir de su caja torácica, le rompería las costillas, y le dolería el justo momento en que la distancia se volviera nula. Eso sentía. Quería llorar, gritar o salir corriendo. Pero se quedó ahí, esperando.

Volvió a abrir los ojos para ver a su compañera acostada en el porche, con los ojos abiertos mirando al techo y ambos brazos sosteniendo su cabeza.

– ¿Pensaste que te besaría? –sin girarse, la miró.

Umi se sonrojó de coraje. Se levantó del lugar donde se encontraba sentada y la observó desde arriba. Eli tenía una expresión de lo más inocente, su sonrisa era tan genuina y divertida, que eso sólo la molestó más.

– Iré por un poco de jugo de naranja, espérame –y dándose la vuelta, dejó a Eli con su sonrisa.

– Yo sí quería un beso –dijo, sin saber que había sido escuchada.

Se quedó mirando al cielo, con una de sus manos se hizo sombra para que la luz del sol no le diera directamente a los ojos. Ella estuvo a casi nada de depositarle un beso, pero se acobardó y no sólo eso, algo dentro de ella le hizo sentir culpable por toda la situación. Quizá sería el primer beso de Umi, pero para ella no sería el primero.

Cerró los ojos, regresando su mano a la posición de antes detrás de su cabeza. Lo recordaba perfectamente, todo pasó en uno de esos días donde se debatía sobre lo que sentía por la peliazul, estaba tan absorta en su pensamiento que no fue consciente de que su compañera había llegado y que, de hecho, le estuvo hablando por un rato. De repente, le plantó un beso en la boca, uno suave, una caricia. Parecía ser la única forma de hacer que Elicchi regresara al mundo de los vivos, eso fue lo que Nozomi le había dicho. Por ello no se molestó y tampoco había pensado en eso hasta que tuvo a unos centímetros los labios de aquella persona a quien a veces desvestía con la mirada. Se sonrojó ligeramente, quizá se había vuelto un poco pervertida.

El cansancio le abrumó, había dormido casi nada por hacer sus tareas. El sonido del agua y el constante golpeteo del bambú le arrullaron. El clima era demasiado cálido. Escuchó el crujir de la madera, sabía que Umi regresaría, pero abrir los ojos le parecía una tarea muy agotadora, los parpados le pesaban, el cuerpo igual. El alma, ella estaba en alguna parte siguiendo los pasos de la otra. La bandeja chocó con la madera, y el sonido llegó a sus oídos. Unos segundos, en los cuales un aire frío le acarició el rostro; se hizo la sombra.

Abrió los ojos con ímpetu cuando sintió que sus labios eran invadidos por otros y su rostro era delicadamente presionado por dos manos. Vio a la peliazul de rodillas, con el cuerpo inclinado hacia el suyo, los ojos suavemente cerrados y un sonrojo que le cubría hasta las orejas. ¡Sonoda Umi estaba besándola! Era un beso suave y demasiado torpe, quizá impregnado de miedo e inseguridad. No duró ni 5 segundos, separó sus labios y vio la mirada furiosa que le dedicaba la dulce miel.

– ¡S-s-servida! –le lanzó.

Eli se quedó tumbada en el suelo como si de repente el sol le hubiera derretido los sesos. Estaba roja, como nunca antes Umi hubiera presenciado. Se levantó con vigor en un sólo movimiento hasta quedarse en pie, no volvió la vista, ni siquiera de soslayo. Estaba aturdida, avergonzada, molesta y feliz, absurdamente feliz.

– Yo… recordé que tengo algo que hacer –dio la vuelta y empezó a caminar apresuradamente– ¡Adiós!

Umi pestañeó unas cuantas veces, hasta que su sonrojo había desaparecido. Se levantó apresuradamente y salió corriendo de su habitación. Eli se encontraba ya en la sala de estar despidiéndose de ambos padres, que la miraban con desconcierto, para luego mirarse entre ellos. La rubia salió con prisa y luego vieron correr a su hija. La siguieron y fueron testigos de la carrera de ambas en el sendero a la entrada del dojo. Umi ni siquiera se molestó en volverse a poner los zapatos e iba descalza por el suelo corriendo.

– ¡Eli! –gritó, pero la rubia no volteó.

Se recargó en la puerta de entrada, viendo correr a la otra a lo lejos. No saldría a la calle descalza, ni mucho menos para hacer una persecución. Respiró agresivamente hasta que consiguió controlar su respiración. Su corazón seguía latiendo con fuerza. Dolía. Cerró la puerta, se recargó en ella y se deslizó hasta terminar sentada. Por alguna razón se sentía derrotada.

Tonta, tonta, tonta… mi primer beso, ¡Eli baka!

N/A: Espero, en serio, no estar haciéndoles pasar un mal rato con lo de los tiempos xD

Bueno, no tengo mucho que decir :3 me gustan las historias lentas jeje ojalá y la estén disfrutando como yo al escribirla. Muchas gracias por los comentarios, los nuevos seguidores y favoritos, me llenan el corazón de dicha ;u;

¡Hasta la próxima!