Una canción
Chousokabe tocó timbre en el departamentito, ansioso como estaba y agitado por haber corrido para tomar el tren y llegar hasta allí.
Por unos largos segundos, nadie respondió. Se quedó mirando la puerta con expresión de confusión. No había querido ir al instituto para quedarse más con Motonari, pero éste lo había convencido de asistir a clases. Le había asegurado que se levantaría e iría a trabajar.
Pasaban de las cuatro, una hora más tarde de la salida usual del trabajo de Mouri; pero si no estaba en su casa, ¿dónde estaría?
Finalmente oyó pasos arrastrados que se acercaban a la puerta y las llaves girando en la cerradura. El joven contador abrió con esfuerzo y se sorprendió ampliamente de verlo allí, despeinado, con la ropa algo desarreglada por las prisas y respirando agitado.
–Qué... ¿Qué estás haciendo aquí? –balbuceó, parpadeando. Tenía los ojos hinchados, la nariz rosada y las mejillas rojas. Apretaba un pañuelo de papel con la mano libre.
–Terminé las clases y vine... ¿Estás bien? –se interrumpió a sí mismo, viendo de pronto el estado del otro y estirando la mano para acariciar su mejilla.
–S-S... –tartamudeó, abriendo más la puerta para dejarlo entrar. La sala estaba hecha un mar de papeles abollados. Motochika se quedó atónito al ver los pañuelos usados.
–¿Estás resfriado…? –preguntó un tanto incrédulo, siendo que para él era raro enfermar.
–No... –se apartó de la entrada para dejarlo pasar–. Te... Te vas a enojar si te lo digo –murmuró, cerrando la puerta tras él.
Chousokabe cambió su semblante agitado y juguetón por uno serio, y lo miró fijamente.
–¿Qué pasó…?
–Traté de salir hoy, pero... no pude –respondió Motonari, quebrándose y llevando las manos al rostro. Comenzó a llorar fuertemente, apoyándose contra la puerta y doblándose en dos.
Motochika tiró su mochila al suelo y lo abrazó con cariño y preocupación.
–Dime, ¿qué es lo que pasó? –acariciaba su cabello tratando de tranquilizarlo–. No llores, estoy contigo...
–Me... Me llamaron del trabajo –decía Motonari entre hipos llorosos–, querían saber qué... me había pasado, dije que estaba en-enfermo... pero me siento horrible... horrible, y te extrañé... te extrañé todo el día y... y... no pude controlarlo...
Se aferró a la espalda del muchacho sin dejar de lagrimear.
–Y me... me siento muy mal... pero me... siento peor... de estarte presionando... así... –no pudo hablar más, por lo que se dedicó a llorar al final.
El muchacho suspiró, un poco aliviado de que no fuera algo más grave, y poco a poco arrastró al hombre hasta que quedaron sentados en el suelo junto a la puerta, sin soltarlo en su abrazo.
–Vamos, tranquilo... –decía acariciando su cara, sonriéndole con ternura–. ¿Por qué te sientes mal? Creí que estabas feliz por cómo iban las cosas... ¿Qué es lo que te molesta? –terminó besando la frente del contador.
–No-No lo sé –lloriqueó Mouri, pasándose las manos por el rostro una y otra vez–. Su-Supongo que pensé de-demasiado en todo... y... no quiero... no quiero perderte... –respiró fuerte por la nariz–. Y te dije... que fueras a la escuela, pero yo... no fui a trabajar.
–Toooorpe –soltó el otro, dándole una palmada suave en la frente–. Si te dije que voy a estar contigo siempre que quieras... –se tiró sobre él, abrazándolo y quedando su cabeza sobre su pecho, escuchando los latidos de Mouri–. No tienes porqué dudar cada vez que nos separemos, yo te amo... Y no pretendo dejarte solo.
Motonari respiró despacio, tratando de calmarse.
–Pero puedes cansarte... como ella se cansó...
–Tsk, me ofende que me compares con alguien tan débil... –comentó, molesto–. Ya te lo dije, yo no espero que me des algo que no tienes, ¡yo quiero dártelo todo! Te quiero a ti, así como eres.
Mouri se quedó unos segundos en silencio y luego rompió a llorar de nuevo, provocando que Motochika se jalara los cabellos con desesperación.
–¡Lo ves! –exclamó el joven, gimoteando–. Te dije... que te enojarías...
–No estoy enojado... Sólo... me hace pensar que dudas de lo que siento por ti, cuando en realidad trato de mostrarte todo lo que soy... –contestó en voz baja, arrastrándose por el suelo para alcanzar su cara y besar sus labios–. Te amo, Motonari, no dudes de mí... No me gusta... –continuó besando sus labios suavemente, abriéndose paso con la lengua a través de ellos–. Te amo...
Las lágrimas de Mouri y la lengua del chico ahogaron su respiración, pero no intentó librarse de unas ni del otro.
Luego de algunos segundos, Motochika lo dejó y descendió un poco, apoyando la oreja contra su corazón. Latía de prisa, inquieto.
–Lo siento... Debo irme, hoy... no puedo quedarme –le dijo con suavidad, acariciando sus brazos–. Pero prométeme que mañana irás a tu trabajo. Si lo haces, yo seguiré yendo a la escuela.
–Está bien –suspiró Motonari–. Te lo prometo.
–Mañana vendré luego de la escuela y me quedaré contigo todo el tiempo que quieras.
Aquella aseveración le dolía; normalmente no sabía dónde iba a estar o qué iba a estar haciendo al día siguiente, él ya era así, impredecible...
Se alejó del edificio del joven con una sensación de angustia en su pecho.
Caía el atardecer cuando llegó a su casa. Tal como había dicho, era un lugar de no muy buen ver. Sus compañeros no estaban, probablemente habrían salido, por lo que podría disfrutar de cierta paz por un rato.
Sin embargo, al momento de ingresar a su habitación, se quedó helado en la puerta que acababa de abrir. Un hombre y una mujer esperaban sentados sobre su cama. Habían organizado todo su cuarto, el cual era un total desastre la última vez que lo había visto.
La pareja vestía de forma elegante y refinada. El sujeto era corpulento y llevaba un traje negro, camisa color lila y corbata púrpura; cabello oscuro y ojos azules como zafiros. La mujer, de cabellos canos, tenía puesto un largo vestido rojo oscuro de mangas largas, zapatos de raso y un chal dorado sobre los hombros.
–Motochika –dijo ella, cubriéndose el rostro con las manos. Se levantó de la cama y se acercó a él, abrazándolo con afecto.
–Hijo –murmuró el hombre, poniéndose de pie nuevamente.
Motochika, aunque sorprendido, pronto recupero un sentimiento de nada, que era lo que siempre había alrededor de ellos.
–¿Qué hacen aquí…? –dijo alejando a la mujer suavemente, para pasar a aventar su mochila y camisa sucia en un rincón.
–¿Dónde estabas? –cuestionó el padre–. Te hemos estado llamando todo el fin de semana... Tu celular está apagado, asumo... Estuvimos aquí el sábado, cuando llegamos, el domingo, hoy en la mañana... ¿Qué has estado haciendo, que no te dejaste ver? –exigió.
–He estado ocupado... Escuela... Amigos... Cosas –contestó sin encararlos–. ¿A qué viene el interés? ¿De repente se acordaron de que tienen un hijo?
–No digas eso, mi niño –la mujer tomó una de las manos del chico entre las suyas–. Sabes que tenemos mucho que atender en el extranjero. Todo es por ti, para que tengas un mejor futuro.
El muchacho la miró con una ceja arriba, con una patente expresión de "Sí, claro".
–Bien, ya me encontraron, ya vieron que estoy bien, ¿Qué más necesitan? Tengo tarea y cosas que hacer...
–Preguntamos a tus compañeros de... pensión –dijo el padre, con cierta dificultad–, y dijeron que nadie te vio por aquí ni en los lugares donde usualmente se reúnen. Te lo preguntaré una vez más. ¿Dónde estabas?
–¿Te preocupa que estuviera en algún lugar que pudiera manchar tu reputación, oh, señor presidente de la compañía Chousokabe? –preguntó ausente mientras escarbaba en uno de sus cajones, buscando ropa para bañarse–. No te preocupes, fui al parque de diversiones...
–Me preocupa que hagas cosas estúpidas –lo cortó el hombre–. No creas que no sé con qué clase de personas tratas...
–Vivo en donde elegí, pago mis cuentas, compro mi ropa, me alimento. Ven a quejarte de mi vida cuando hagas algo por ella –el chico se encogió de hombros, sentándose en una silla cercana a la cama que normalmente solía estar llena de ropa y basura, para sacarse los tenis–. Por cierto, esa "clase de personas", han hecho más por mí en estos últimos tres años de lo que tú podrías ameritarte en toda mi infancia –terminó, levantándose para ir a darse una ducha.
–Motochika, no digas eso, sólo... nos preocupamos por ti –intervino la madre, conciente de que su marido no sabía tratar con su hijo–. Sólo queremos que estés bien... Y la verdad es que te extrañamos mucho.
–¿Después de tres años se dan cuenta que me extrañan? Vaya, qué halago –salió del cuarto sin prestarles más atención.
La señora apretó las manos en el pecho, con expresión compungida. Motochika entró a ducharse, dejando que el agua helada ahuyentara su enojo. Con suerte se darían cuenta que no eran bienvenidos y se irían pronto.
–Kunichika... –se quejó la madre–. Te dije que debíamos haberlo llevado con nosotros esta vez... Desde que... Desde que perdió el ojo está tan distante de nosotros...
–Él se lo buscó y lo sabes, se fuga con sus amigos, queda tuerto y… ¿no me deja levantar cargos contra el muchachito ése? Es un estúpido... –replicó indignado el señor.
–Sabes que Masamune era muy buen amigo suyo. Eso que les pasó fue un accidente –replicó su esposa.
–Deja de defenderlo, mujer, ¿no ves que desde que se juntó con él empezaron los problemas? Y pensar que viven juntos en este cuchitril... No quiero pensar la vergüenza que siente Terumu... –sus quejas se vieron interrumpidas por una cancioncita de rock, junto a un "vrrr" característico de un celular vibrando.
–Oh, es su teléfono –la mujer miró hacia la mochila de su hijo.
Sin siquiera pensarlo un segundo, Kunichika sacó el aparato y miró la pantalla.
–Motonari-kun –leyó, entrecerrando la mirada azul.
Llevó sus dedos por la superficie y presionó el botón verde.
–¿Sí? –dijo con voz calmada.
–Hola... –se oyó del otro lado–. Disculpa que te moleste así, simplemente... no puedo dejar de pensar en ti –era una voz masculina, bastante joven–. Sé que te prometí que lo intentaría, que dejaría de llorar... pero te me haces tan patente, todo el tiempo, que...
La voz se quedó en silencio unos segundos al no obtener respuesta. Motochika salía del baño, envuelto en una toalla oscura, cuando vio a su padre con su celular en la mano.
–¿Qué demonios haces con mi teléfono? –dijo casi gritando, haciendo que escuchara el hombre del otro lado de la línea–. Kunichika, devuélveme mi teléfono... –agregó, en un tono amenazante.
–¿Kunichika? ¿Qué clase de trato es ése para con tu padre? –cuestionó el hombre, comenzando a enojarse. Su hijo le arrebató el aparato, pero Mouri ya había colgado.
El chico ignoró al hombre, revisando el historial de llamadas para descubrir que había sido llamada del contador.
–Diablos...
–Motochika –su padre lo tomó por la muñeca y lo obligó a mirarlo–. ¿Quién es Motonari?
El muchacho lo retó con la mirada, sin apartarla ni un momento mientras decía fuerte y claro:
–Mi amante...
Los ojos de Kunichika se abrieron ampliamente mientras su madre ahogaba un gemido y se cubría nuevamente la boca con las manos.
–Pero... –dijo la mujer–. Motonari... es nombre de hombre.
–Oh, adivinaste, pero creo que tu esposo lo notó desde que atendió una llamada que no le interesaba –agregó Motochika, mordaz–. ¿Pueden salir? Me quiero vestir.
El padre iba a decir algo más, pero ella lo tomó de la mano y lo obligó a abandonar la habitación.
–Motochika, hijo –la madre volteó a verlo–, ven a casa, por favor... Hablemos de esto... De lo que necesites que entendamos...
–No hay nada de qué hablar, es mi vida y la viviré del modo que mejor me plazca. ¿Quieres aceptarlo? Bien, ¿no te gusta? Qué lástima –replicó su hijo, dándoles la espalda y dejando caer la toalla, demostrándoles que su presencia no le importaba.
La mujer se llevó la mano al rostro, respirando resignada. ¿Qué habían hecho mal, para que su hijo no los respetara siquiera? Reconociéndose derrotada, la pareja abandonó la pensión.
Después de vestirse y golpear la pared hasta que sus puños sangraran, Chousokabe se tiró en la cama y llamó al joven oficinista. Tuvo que hacer tres intentos antes de recibir respuesta.
–Hola... –la vocecita de Motonari apenas se escuchaba por el auricular.
–Hola... Escucha, lo de hace un rato... –suspiró, pues no sabía si su padre le había dicho algo–. Llamaste en un mal momento, disculpa si paso algo desagradable...
–Quién... ¿Quién es Kunichika? –preguntó el joven, que sostenía su teléfono con manos temblorosas.
–Es... Es mi padre, o al menos es lo que dice él –se rió con sus propias palabras–. Parece que decidieron que era hora de dignarse a ver a su hijo –añadió, sin darle la menor importancia–. Y bien… ¿Por qué habías llamado? ¿Te pasó algo?
Un suspiro mezclado con lamento fue todo lo que obtuvo por respuesta.
–Motonari... ¿Estás bien?
–Sabía que acabaría por darte problemas con ellos –gimoteó. Chousokabe pudo escuchar cómo se limpiaba la nariz.
–Ya te lo dije, no importa lo que puedan pensar, por favor… no llores... O tendré que ir a asegurarme de que lo entiendas... –amenazó, sonriendo tiernamente a la nada de su habitación.
–Acabarías odiándome de todas formas... –el joven oficinista tanteó con la mano hasta que encontró un pañuelo de papel limpio–. Odiarías que esté llorando todo el tiempo...
–Deja de decir eso, no hay manera de que te odie, creí que había quedado claro hace rato... Te amo, Mouri Motonari, deja de dudar de mí...
Revisó la hora en el reloj de pared, viendo que era muy tarde para regresar al apartamento del contador.
–¿Quieres que pase a verte antes de la escuela…?
Mouri se quedó en silencio algunos segundos.
–¿Puedo ir yo allá? –se atrevió a preguntar al fin.
–Oh... Uh... Claro... –contestó el otro, no muy convencido–. Sólo dime a qué hora, para recogerte en la parada del autobús... No quiero andes solo estando aún oscuro por acá...
–Saldré ahora... Estoy vestido.
–¿A-Ahora? –Motochika se levantó como haciendo énfasis en la sorpresa, aunque nadie pudiera verlo–. Es-Está bien.
–A menos... A menos que no quieras que vaya, yo... lo entenderé si no quieres –añadió Motonari.
–¡No, no! Ven... Sería muy agradable tenerte aquí... Es sólo que me sorprendió, porque el domingo no quisiste acompañarme... Si sales ahora… Hmm, bien, te espero en la parada, ¿recuerdas dónde debes bajarte?
–No quiero avergonzarte frente a tus amigos –musitó el joven, cohibido.
–Tsk, yo no quiero que ellos me avergüencen a mí frente a ti –el colegial lo dijo mas para sí mismo que para el otro–. Aún no están aquí... Anda, no quiero que llegues tan tarde. Te espero ahí. ¿Vale?
–Sí... Saldré enseguida. Adiós –replicó Mouri tímidamente.
–Te espero... –Chousokabe colgó suspirando hondo. Agradecía mentalmente que, al menos con la visita de sus padres, su cuarto quedara limpio.
Contó el tiempo que le tomaría llegar al contador y lo esperó en la parada como prometió. Llevaba puesta una chamarra ligera en color púrpura y fumaba un cigarrillo, apoyado en el muro.
El bus llegó luego de varios minutos y una figura pequeña y menuda se bajó de él. Tenía puesta una chaqueta marrón oscura, bufanda color ocre y pantalones en verde oscuro.
Luego de que se alejara el transporte, Motochika tiró su cigarro y se acercó al joven, dándole un beso rápido sobre los labios.
–Vamos, está haciendo frio y no es bueno andar solos tan tarde por estas calles...
Temblando, Motonari estiró el brazo y tomó la mano del chico con sus dedos fríos.
–Guíame... –susurró, dejando salir una estela blanca de sus labios.
El menor le sonrió y caminó tranquilamente, sosteniendo con fuerza la mano de su pareja. El trayecto no fue largo, pero tuvieron que dar muchas vueltas. El contador vio a muchos vagos tirados en callejones, y a jóvenes que parecía que lo matarían a uno por el puro gusto de hacerlo. Cuando llegaron al pequeño lugar, Motochika abrió la puerta para él. Los recibió una voz rasposa.
–Hey, Chika, tus padres estuvieron aquí el fin de semana –dijo un joven que lavaba los trastes, sin voltear a verlos pues sabía de quién se trataba.
–Sí, ya me encontraron... ¿Dónde está Keiji? –contestó "Chika", mientras le indicaba a Mouri con una mano cuál era la puerta de su habitación.
Motonari observó a los dos muchachos con una ingenua expresión en su rostro.
–Ducha, ¿quieres cenar? Matsu mandó con él mucha... –el chico se detuvo, volteando a ver a su compañero que se quitaba los zapatos, con otra persona parada junto a él.
Lo observó de pies a cabeza con una ceja levantada, causándole escalofríos al contador, que vio que el muchacho, al igual que Motochika, era tuerto.
–Ya cené, gracias... ¿Quieres algo, Mouri? –hablaba el de pelo cano, sin prestar atención a los dos castaños.
–N-No –replicó, tomando una actitud casi desconocida para Chousokabe. De pronto parecía muy frío.
Motochika volteó a verlo, confundido, y luego miró a su amigo, quien se giró y siguió con su labor sin decir más.
Mouri saludó al otro muchacho con un escueto "Mucho gusto" y se metió a la habitación que el chico le había indicado. Motochika entró detrás y cerró la puerta tras de sí, pero aún podían escuchar el sonido de la bañera y del fregadero. Era un lugar pequeño y con paredes casi de papel, solía decir Keiji, su otro compañero.
–Siéntate donde gustes –comentó el muchacho, mientras se quitaba la chaqueta y la aventaba en un rincón.
El mayor se sentó en el borde de la cama, muy tenso aún, sin decir nada.
–Se llama Date... Él... Es alguien especial, disculpa sus modales...
–¿Es él el amigo con el que...? –murmuró Motonari.
–Sí –cortó Motochika, no siendo un tema que quisiera tocar de nuevo–. Keiji te agradará, es una persona muy divertida –se acercó para quitarle la bufanda con una sonrisa.
El contador dejó que deshiciera el nudo y se quitó el saco, acomodándolo sobre una silla a los pies de la cama.
–Quizás... Quizás sea mejor que me vaya, tal vez no fue buena idea venir –dijo luego de unos segundos, tras sentarse en la cama.
–Es tarde, no dejaré que te vayas, es peligroso... –completó la frase abrazándolo e impulsándose con sus piernas para quedar los dos acostados en la cama individual–. Sé que es pequeño el lugar, pero no pasaras frío y lo de Date... En serio, no le des importancia, es un poco quisquilloso en lo que a nueva gente refiere...
–No sé qué puedan pensar los demás, yo no quiero molestarte a ti –susurró Motonari, cuyo aliento tibio olía a dientes recién lavados.
–Si no quieres molestarme, entonces no me pidas que te deje ir haciendo tanto frio –dijo Motochika, incorporándose para besarlo y tironear una manta que descansaba a sus pies.
Tapó a ambos, quedándose apoyado sobre su codo, admirando la cara del contador y acariciando su cabello.
–¿Por qué eres tan bueno conmigo? –preguntó éste lentamente, llevando su brazo sobre la cadera de Chousokabe.
–¿En serio te lo tengo que repetir? –cuestionó el chico, juguetón, agachándose para morder el lóbulo de su oreja–. Porque te amo...
Besó su mejilla y lo abrazó, apoyando la cabeza en su hombro.
–Te debo aburrir, diciendo siempre lo mismo –murmuró Mouri, escondiendo la nariz en la ropa de su compañero–, pero... tengo miedo, Motochika.
–¿Confías en mí…? –preguntó en un tono que sonaba serio, mientras lo abrazaba fuerte y se giraba para dejar al contador acostado sobre su cuerpo.
Motonari se sonrojó de súbito.
–Quiero hacerlo... –susurró–. Es sólo que... tanto ruido a nuestro alrededor...
El muchacho se apoyó en un codo para poder besar cómodamente al otro, y con la otra mano empezó a viajar bajo su camisa.
–Confía en mí... Siempre... Siempre que lo quieras... estaré contigo –metió la mano bajo el pantalón para apretar su trasero.
Moviendo su codo, Motochika se dejó caer de espaldas de nuevo para quitar con ambas manos la camisa de Mouri.
–Motochika... –el nombre se escapó con un gemido–. Están... Tus amigos están en la sala...
–Creí que no te importaba que alguien lo supiera –lo retó el chico en broma, mientras desabrochaba su pantalón.
Motonari no podía colorearse más de lo que ya estaba.
–¿Quieres que me oigan gritar...?
–No... Eso es algo que sólo yo quiero escuchar... –replicó sensualmente el otro, deslizando ambas manos por el cuerpo de Mouri, arrancando con ello el pantalón junto a la ropa interior–. Así que tendremos que ser silenciosos –se impulsó para levantarlos a ambos y sacarse la camisa, dejando caer sus pantalones deportivos y boxers.
Mouri admiró la figura desnuda del joven, que presentaba dos cicatrices en un costado. Extendió su delicada mano para delinearlas. Motochika no pudo evitar el escalofrío que recorrió su cuerpo entero por el ligero contacto en esa parte de piel tan sensible, llevando su mano para alejar la del otro.
El rápido movimiento asustó por un momento a Motonari, pero no dejó que eso lo desalentara. Se levantó sobre sus rodillas para alcanzar la cara del muchacho y besarlo, mientras paseaba su otra mano por la cabellera despeinada y grisácea. Chousokabe se separó un poco y bajó de la cama para encender una pequeña grabadora sobre su ropero. Si bien planeaba ser silencioso, un poco de música siempre podría amortiguar cualquier ruido rebelde.
Motonari estaba de rodillas sobre la cama, con el rostro sonrosado y los labios enrojecidos. Su cabello castaño bailaba despeinado sobre su rostro, volando cuando respiraba con fuerza.
La voz rasposa que sonaba en la radio aumentaba colosalmente el grado de sensualidad a toda la escena. Movido por el sonido y la imagen frente a sus ojos, Chousokabe empujó suavemente por el pecho al contador, haciéndolo recostarse sobre su espalda y sentándose a un lado para delinear en su pecho patrones circulares con las yemas de los dedos, terminando en sus pezones y pellizcándolos suavemente. Siguió deslizando sus dedos hasta el ombligo, en ningún momento cortando la conexión visual que tenían.
El cuerpo del joven de ojos pardos empezó a calentarse de una forma que él mismo no podía imaginar ni concebir. Una sensación extraña, quemante como una brasa, le recorrió el estómago y el bajo vientre. No podía despegar la vista del rostro de Motochika, embelesado por los cabellos claros que caían sobre su piel.
Cuando llegó a la entrepierna, Chousokabe acarició la erección con el costado de su mano y le sonrió a su querido, inclinándose para besar sus labios puramente.
Motonari gimió en voz alta al sentir el contacto, siendo su voz ahogada por la lengua tibia del muchacho. Estiró los brazos y sus manos delgadas se aferraron de la musculosa espalda del tuerto, apretando los dedos y atrayéndolo hacia sí.
La radio cambiaba de canción. Suaves notas de guitarra y profunda percusión llenaron el cuarto mientras el contador se entregaba poco a poco, aflojando todo el cuerpo y derramándose sobre el colchón, protegido por su devoto amante. La voz de la grabadora se volvía más suave.
–Moon,Iwonderwhysoquiet...
–Apaga... Apaga las luces, por favor... –pidió Mouri, respirando agitado.
Motochika se levantó sonriendo y dejó el cuarto a oscuras, distinguiéndose sus figuras sólo por la pálida luz que entraba por la ventana. Regresó a su lado, colocándose sobre él con cuidado.
–Hey moon, I bet u'll be shinnin' up there... –susurró a la par de la canción, contra el oído del castaño.
Motonari abrió los ojos de golpe, entreabriendo los labios y soltando una exhalación nerviosa. Algo salpicó las piernas de Chousokabe.
El muchacho rió tranquilamente y besó su cuello.
–Eso fue rápido...
Chousokabe bajó a su pecho y mordisqueó las clavículas, mientras con una mano acariciaba la cintura y bajaba ignorando el ahora flácido miembro, para juguetear con sus testículos suavemente.
El de cabello castaño respiraba con fuerza, aferrado aún a la espalda de Motochika y con los ojos perdidos en la oscuridad del techo.
–L-Lo siento... –murmuró, pero los dedos del chico le hacían sentir un millar de sensaciones diferentes, todas a la vez.
Su lengua ahora jugueteaba con los rosados pezones del contador, rió con la disculpa y respondió dejando que su aliento golpeara con la piel húmeda:
–¿Si sigo cantando para ti volverás a venirte?
–Ha... Hazlo... –pidió débilmente Mouri, tratando de no jadear en voz alta–. Sigue cantando...
–I know nothing could ever stay in forever... –continuó cantando en susurros, acariciando el creciente miembro de su compañero, trepando a la altura de su cara otra vez cuando estuvo completamente levantado–. Like the sun and you moon, can never get closer ever... –el tibio aliento tras las palabras pegaban contra los labios de Mouri, mientras la mano de Chousokabe apretujaba ambos miembros juntos–. Ima ni... ah... mo nakidashisou na... –jadeaba cerrando los ojos, mientras aumentaba la velocidad en su mano.
–Ah... Mo... Moto...chika... –Mouri apretaba los ojos, con todo el cuerpo tenso. Se mordió los labios con fuerza y dejó escapar un largo quejido de placer, amortiguado por su boca cerrada–. Mmmh...
Por un momento, Chousokabe perdió la continuación de la canción en las sensaciones, tenía su cuerpo hirviendo. Agarró la mano de Mouri, llevándola a su miembro, para masturbarse uno al otro. Apoyó la frente contra la de Motonari y continuó con su ojo apretado.
–Hey, moon, am I wro... ong... –trataba de seguir, subiendo la voz inconscientemente junto con la velocidad en los movimientos–. I still...
Se olvidaron de la música. Entregados a su labor, no notaron el final de la canción, o la que le siguió, o la que siguió después de ésa.
El de cabellos castaños movía la mano con fuerza, con rapidez, provocando una quemazón desesperante en la entrepierna del estudiante. El estímulo en su cuerpo, sumado a la excitación que le producía el tocar a Motochika, hizo que olvidara todo lo que lo rodeaba y abriera bien grande la boca para jadear largamente y en voz muy alta.
–¡Motochi...kaaaaaaah! –el estruendoso gemido sonó por toda la habitación y probablemente se oyó fuera de ella.
El muchacho apretó la mano con la que se apoyaba, sintiendo el líquido tibio salpicando su pecho.
–T-Tte... Ah, amo... –suspiró, viniéndose casi a la par.
El cambio de una canción a otra coincidió con el final de ambos, dejándolos por un momento en un silencio tan sólo cortado por sus jadeos.
Motonari tenía aún el miembro de Chousokabe atrapado en su mano, sosteniéndolo sin fuerza pero sin dejarlo ir. Una nueva canción reemplazaba a la anterior y la voz aguardentosa de antes matizaba un ritmo de guitarra y percusión tan invitador como el anterior:
–Nee,darlin',please,please,nee...oitekanaide...please,please,nee,onegai...
El oficinista movió las manos y sostuvo con ellas el rostro de su amante. Llenó sus labios de tiernos besos.
–Te amo, te amo, te amo... –repetía, entre cada beso–. Motochika... Te amo tanto...
Chousokabe se dejo caer, aplastándolo por un momento. Lo abrazó y rodó sin soltarlo, con una amplia sonrisa.
–Yo también te amo...
Estaban llenos de semen y pegajosos, pero a ninguno de los dos parecía importarle, mientras se besaban dulcemente.
Las canciones se sucedían una tras otra mientras la pareja descansaba, acariciándose y recorriéndose despacio, cadenciosamente.
–Nosepreocupen,queseguimosconnuestramaratóndeIshiharaTakamasa–san,esteartistaquetantonoshacautivadoatodos,enhonoralnuevodiscoquepresentarámuyprontoenelestadiode...
Motonari se apoyaba ahora sobre el muchacho, con la cabeza inclinada sobre su hombro y besando suavemente su cuello.
–Motonari... –llamó el chico, lleno de afecto–. Quiero hacerte el amor... Oírte llamar mi nombre con toda tu fuerza... Que sólo pienses en mí... –añadió, girándose para quedar una vez más sobre él.
Un escalofrío recorrió al joven de ojos pardos, quien tuvo que hacer mucha fuerza para no tener un orgasmo inmediato.
–Quiero ver tu cara mientras entro en ti... –por algún motivo, en ese instante le excitaba mucho estar diciendo todo lo que le quería hacer.
Esa voz estaba llevando al límite a Motonari. La música, acelerada y agresiva, estaba moviendo sus instintos más bajos.
–Omaerazeninoregaaishiteyaruze!
Las manos de Motochika recorrían sus piernas y acariciaban despacio sus glúteos mientras se posicionaba.
–Torokeruyounaamaikonomelodyto...
–Ah... –gimió Mouri, abrazándolo con fuerza.
–ShibirerukuraikitsukuBI–TOdedakishimete...
–Ha-Hazlo... Hazme tuyo...
–Kigafureruhodonandomoikaseteyaruze!
Chousokabe se relamió y apretó los dedos sobre los muslos de su delicada presa.
–Nantena.
Entró despacio pues, aun con todo el deseo que lo invadía, la poca razón que le quedaba temía hacerle daño. La fricción que la estrecha entrada le provocaba le hizo gemir desde el pecho, sonando como un gruñido. Se quedó estático unos momentos, permitiéndole al otro acostumbrarse a la invasión… sólo lo que pudo resistir antes de comenzar a moverse.
La cara con delicadas facciones se apretujaba en placer y dolor, sonrojada totalmente.
–S-Sólo... Sólo yo quiero ver esta parte de ti... –rogó el muchacho, aumentando la velocidad.
El largo gemido proferido por Mouri lo llenó de cálidas y deliciosas sensaciones. Ésa era su voz más pura e íntima.
