Disclaimer: Of course de los courses nada es mine, I would like to pero Tite Kubo stole mi idea...
Bue, según veo en mis reviews varias de ustedes sufrieron colapsos nerviosos, pero ¡no se preocupen! No llorarán en dos o tres capítulos más.. muajjajajajja (:
Jeje, pero en serio! Gracias a todas aquellas que dedicaron uno o dos minutos de sus preciadas y valiosas vidas para escribir reviews: Hinamori-chan21, wings-of. the-moon (no me había fijado que tu nombre salió cortadito en el otro cap, espero que ahora aparezca (: ), Aoi-Chan Moe Oni, Any-chan15, MrCarhol, RoseWeasley13 (mención honrosa para tí: ¡fuiste mi review número 10 :D!) y velka98; comprendo su dolor, y perdón por las lágrimas..
una canción.. mmmh, cuando estaba escribiendo escuchaba Chasing Cars de Snow Patrol.. le viene un poquito :D
Sin más, aquí el tercer capi... enjoy!
"Cuando el orgullo grita,
es el amor que calla"
F. Gerfant
"Aquél que es demasiado pequeño,
tiene un orgullo demasiado grande"
Françoise-Marie Arouet Voltaire
El sol aún no salía cuando Matsumoto recibió el mensaje de la Capitana de la cuarta división.
Se vistió tan rápido como pudo mientras luchaba con la tristeza, y se dirigió al escuadrón cuatro, específicamente a la habitación que le habían asignado a Hinamori. Antes de entrar, tomó todo el aire que sus pulmones podían contener para intentar serenarse, y se secó las lágrimas con la palma de la mano, aunque éstas no dejaban de aflorar de sus celestes ojos.
Encontró a su Capitán despierto, y con la mano aún aferrada a Hinamori, con la esperanza de que sólo estuviera dormida y que, tarde o temprano, despertaría.
Rangiku se acercó y se agachó al lado de la silla de Hitsugaya, de modo que sus ojos quedaron a la misma altura, y lentamente, posó una mano sobre las suyas.
Toshiro tenía el ceño fruncido y una expresión seria; incluso podría decirse que tenía el mismo semblante de cada día. Pero Matsumoto notó algo más: una densa aura de tristeza lo rodeaba, como una gran nube negra alrededor suyo. No lloraba, quizá ya lo había hecho, y tenía ojos sólo para Hinamori.
Ella, en cambio, se había sumido en el sueño eterno con el semblante sereno, como si durmiera tranquila después de muchas horribles noches. Rangiku podría jurar que no la había visto tan hermosa desde hace muchísimo tiempo.
La rubia mujer soltó un sollozo ahogado e intentó acallarlo tapándose la boca, pero ya era tarde: se había roto la tranquila atmósfera.
Fue entonces cuando Toshiro pareció darse cuenta de la presencia de su Teniente, y más aún: que lloraba. Y Matsumoto no era de las que lloraban en compañía. Prefería hacerlo a solas. Ni siquiera había derramado una lágrima por la muerte de Gin en su presencia.
Sólo podía significar una cosa: Hinamori se había ido. No la volvería a ver. No volvería a escuchar su risa ni verla sonrojarse; no volvería a probar sus dulces labios ni a sujetarla entre sus brazos. No volvería a oler su fragancia, ni a protejerla, ni a ayudarle a ponerse de pie cada vez que cayera. Ya no escucharía su voz... no experimentaría de nuevo el gozo de mirarla a los ojos y perderse en ellos...
Se había ido. La había dejado partir y le había dejado el alma rota en mil pedazos y el corazón destrozado.
La había perdido, pero no quería admitirlo.
Matsumoto se sobresaltó al sentir el brazo de su Capitán en su espalda y su frente en su hombro.
La abrazaba. Por primera vez lo vió sólo como a un niño necesitado de un abrazo. ¿Qué más podía pedir? Había perdido a su mejor amiga, y al mismo tiempo a la mujer que amaba. Dos pájaros de un tiro. Pero, ¿cómo podía su Capitán ser tan orgulloso y no derramar ni una sola lágrima?
Recordó el dolor que le había causado la pérdida de Gin... esa puñalada directa al corazón que sintió al verlo allí, agonizante en el suelo, indefenso. ¿Sentía su Capitán lo mismo por Hinamori? Si había muerto hace sólo una hora, ¿cómo era que su Toshiro no lloraba?
Rangiku posó tímidamente la mano en la nuca de su serio Capitán y cerró los ojos en un nuevo intento por serenarse, y así se mantuvieron largo rato, abrazados, y los tres de la mano.
Luego de tres días, ni una sola lágrima había aflorado de sus ojos, no después de derramar un par a su lado. Aún no podía asimilar lo ocurrido.
Se desvelaba en las noches pensando en ello, pensando en qué hizo mal. Le había cuidado cautelosamente, entonces ¿cómo se la arrebataron de las manos tan rápido?
Matsumoto suspiró y miró preocupada a su Capitán. Había vuelto a su jornada habitual, pero aún así se le notaban unas marcadas ojeras, las que no pasaron desapercibidas por su subordinada.
– Taicho, ¿por qué no duerme un poco?
Hitsugaya no levantó la mirada del documento que leía. Es más, ignoró olímpicamente a su Teniente.
– Al menos... tómese el día libre.
Nada. Ni una palabra afloraba de sus labios.
– Taicho, por favor... no tiene que hacer esto tan pronto... – ya estaba. Esa fue la chispa que encendió la polvora.
Hitsugaya levantó su indiferente mirada.
– ¿Tan pronto de qué? – se le notaba una nota de furia en la voz.
– Taicho... por favor...
– Tú no entiendes nada, Matsumoto – y volvió los ojos al papel, aunque no lo leía. Sintió cómo su Teniente abandonaba la oficina. Entonces, descargó su puño contra el escritorio y se refregó los ojos, tratando de despertar de esa pesadilla.
– Veamos, ¿qué tenemos aquí?
Hitsugaya ya se había dado cuenta de la presencia de Renji en su oficina, por lo que ni se inmutó en cuanto éste habló sorpresivamente. Así que siguió leyendo como si nada.
– Matsumoto me dijo que algo te sucedía.
– No sé de qué hablas – contestó fríamente.
Renji suspiró irritado y se dejó caer en un sofá.
– Hablo... de Hinamori.
Al oír su nombre, Toshiro sintió un nudo en la garganta, pero lo ignoró.
– Sé que soy – continuó Renji – la última persona que esperarías que dijera esto – se incorporó –, pero... es bueno, ya sabes, desahogarse con otras personas. No lo guardes todo dentro de tí.
– No tengo nada que decir al respecto.
– Sí, tienes que – Renji se situó en frente del escritorio de Hitsugaya –. Comprendo lo que sientes... Hinamori también era mi amiga...
– Demonios – murmuró, poniéndose de pie y rodeando el escritorio para quedar cara a cara con Renji y habló, con los dientes apretados –. Abarai, eso es lo único que le he escuchado decir a la gente desde hace tres días, pero, ¿sabes algo? – golpeó el escritorio con el puño – No... tienen... idea. ¡Y tú tampoco! – explotó. Ya estaba harto de que todo el mundo le dijera lo mismo –. ¡NADIE COMPRENDE LO QUE ME PASA! ¡CREEN HACERLO, PERO NO!¡LA ÚNICA PERSONA QUE PODRÍA ENTENDERME ESTÁ...!
Antes de que terminara la oración, Renji le propinó un fuerte golpe en la mejilla.
– No vuelvas a decir que nadie te comprende – dijo, irritado –. No sabes de qué mierda estás hablando. Piensa, por el amor de Dios. Mide tus palabras antes de decirlas. Hinamori también era mi amiga. También de Matsumoto, de Kira de Hisagi... y créeme, la echan de menos... la echo de menos, y más de lo que tú crees...
– No es lo mismo – dijo Hitsugaya, mirándolo a los ojos.
Terco.
Furioso, Renji lo tomó del cuello del haori.
– ¡Deja de ser tan terco, maldita sea! – mientras hablaba, lo zarandeaba violentamente –. ¡Mira a tu alrededor! ¡Ella se ha ido! ¡Y no volverás a verla nunca! – lo soltó bruscamente –. Es eso, ¿verdad? No quieres admitir que la echamos de menos, porque no quieres admitir que ha muerto...
– Cállate... – Hitsugaya habló amenazadoramente bajo.
– ¿Por qué tendría que callarme? ¡Sabes que tengo razón! Ahora dime, ¿qué diría Hinamori si te viera en ese estado...?
– ¡Cállate, Abarai! – exclamó Toshiro con los puños apretados. Pero el pelirrojo continuó hablando:
– ¡...patético, Hitsugaya! ¡Se-ha-i-do...!
Entonces, perdiendo los estibos, Hitsugaya le propinó un golpe en la nariz, la cual, luego de un horrible crujido, se quebró. Renji puso ambas manos sobre ella, tratando de detener la hemorragia.
– ¡Mierda! – murmuró –. Éste es el precio por abrirte los ojos.
Pero Toshiro no lo escuchaba. Al parecer necesitaba eso: golpear a alguien. Porque entonces enfrentó la realidad. Al parecer, Renji había logrado su cometido.
– Tsk – Renji se dió media vuelta –. Iré al escuadrón cuatro. Me rompiste la nariz, desgraciado. – Cuando llegó a la puerta, se volteó y dijo: – Deberías ir a descansar. Y piensa. Piensa en esta conversación... piensa en ella. – Sin más, se volteó de nuevo, y una vez más Hitsugaya quedó completamente solo.
Se sentía... extraño. Libre, de algún modo, como si le hubieran quitado un gran peso de encima. Llegó a la conclusión que le había costado una nariz rota: no quería mostrar sus emociones hacia los demás porque simplemente creía que no había motivo para ello. Pero se equivocaba; sí que había un motivo. Ese motivo era la persona más importante de su vida...
– Hinamori – impotente, pero más tranquilo, posó ambas manos sobre el escritorio, mientras unas tímidas lágrimas le corrían por las mejillas.
Porque esa jovencita había vencido lo que ni cien Zampakutos juntas: su orgullo.
En esa posición lo encontró Matsumoto, quien entró no sin un dejo de temor en sus pasos.
– Lo... siento, Taicho – se excusó, mirando el suelo –. Pero... creo que usted necesitaba hablar con alguien más... fuerte que yo.
– Matsumoto... no regresará, ¿cierto? – preguntó más bien retóricamente, volteándose.
Rangiku se sorprendió al ver lágrimas asomando de los ojos turquesa de su Capitán. Se acercó y lo abrazó, sin saber muy bien que contestar.
Increíblemente, Hitsugaya se dejó abrazar.
Hubo una larga pausa de silencio.
– No regresará, Taicho – murmuró de pronto. Lo tomó de los hombros y lo miró a los ojos –. Pero,... ¿sabe algo? Eso no significa que tenga que olvidara. Puede que Hinamori ya no esté aquí – dijo, señalando su entorno –. Pero sí estará aquí – puso un dedo en la sien de Hitsugaya – y aquí – bajó el dedo hasta su corazón.
Aunque no le gustara admitirlo, Matsumoto tenía razón. Puede que ya no volviera a ver a Hinamori, pero había vivido tantos y maravillosos recuerdos que atesoraría para siempre en su cabeza... y en su corazón.
– Matsumoto.
– ¿Taciho?
Hitsugaya miró al suelo, avergonzado.
– Gracias.
– De nada Taicho. Ahora, hágame un favor a mí y a toda la Sociedad de Almas y vaya a dormir un rato. Yo... yo me haré cargo del trabajo – agregó, con una mueca de asco.
– Gracias – repitió Toshiro, verdaderamente agradecido.
Caminó pesadamente a la salida de su oficina.
– Oiga, Taicho – lo detuvo Matsumoto.
El aludido se giró.
– Yo... yo también la hecho de menos.
Hitsugaya sonrió de medio lado y abandonó la oficina. Una vez solo, estiró los brazos hacia el cielo aflojando los músculos.
Quizá dormiría un poco: realmente lo necesitaba. Luego iría a hacerle una visita a Renji para tres cosas: una, romperle nuevamente la nariz (por haberlo golpeado). Dos, pedirle disculpas por haberle roto la nariz dos veces. Y tres, agradecerle por ayudarlo a abrir los ojos.
– Parece un duraznito... – la madre miraba emocionada a su recién nacida hija.
– Entonces, que se llame Momo – aportó su marido, sentándose al lado de su mujer.
– Momo... me gusta. Hinamori Momo...
Ay, Momo. Si supieras el vuelco que dará tu vida cuando cumplas dieciocho años...
Y este capítulo termina con un merecido CHAN CHAN...
Fue cortito, lo sé.
Bueno, aclaro un par de cosas:
- uno, y como se habrán dado cuenta, las reencarnaciones tienen el mismo nombre, físico y carácter que sus vidas pasadas (:
- y dos, el fic entero será lleno de flash backs y leseras por el estilo, por lo que algunas cosillas se aclararán más adelante, como esa misteriosa conversación que tuvieron Momo y Toshiro antes de que ella muriera. Por su paciencia, gracias (:
Así que, creo que eso es todo...
Próximo Cap: Tiempo.
Gracias por leer!
