Capítulo 3. Un rencuentro casi mortal.
Me desperté a la mañana siguiente por el sonido de la alarma en el sofá. Intenté enfocar la vista, estaba completamente desubicada, como si me hubiera pasado toda la noche bebiendo y ahora me tocase aguantarla resaca. Miré a la derecha y vi a Artax durmiendo placenteramente. Maldito perro suertudo, pensé. Me incorporé sobre mi misma y ahí fue cuando lo sentí: un dolor punzante, como si me clavaran 500 agujas en la cabeza y estas me atravesaran el cerebro de punta a punta. Me llevé las manos a la cabeza, el dolor era insoportable.
Caminé como pude hasta la cocina, saqué una botella de agua del frigorífico y dos pastillas del armario. Las tragué como si fueran agua bendita. No era muy fan de medicarme, pero era eso o aguantar que con cada parpadeo sintiera como si un pájaro me picase el cráneo.
Me daba miedo entrar al baño y mirarme en el espejo. Al hacerlo, mis temores se confirmaron: palidez (mucho más de la habitual), ojeras, ojos hinchados y labios color ceniza. Vamos que, si me llegase a ver Tim Burton en este momento, me fichaba sin pensárselo dos veces para protagonizar la secuela de la novia cadáver. Saqué mi kit personal de emergencias y después de darme quinientas capas de maquillaje y dos tubos enteros de colirio, podría decirse que conseguí parecer medio persona.
Me observé en el espejo durante cinco minutos más, preguntándome cómo podía haber llegado a este extremo. Ya conocía la respuesta, en vez de compartir las cosas con las personas que me quieren para hacerlas más llevaderas, me dedicaba a guardarme todo dentro de mí. Así día tras día y, quieras o no, eso te acaba convirtiendo en una bomba de relojería que puede estallar cuando menos te lo esperas. Sólo esperaba que el cúmulo de cosas no me llevase a hacer ninguna tontería que, dada mi situación, no lo descartaba.
Al menos, hoy tenía la tarde libre. Necesitaba urgentemente un día de relax así que decidí que la tarde me la dedicaría sólo y completamente a mí. — Haré sesión de belleza y me mimaré para recuperar fuerzas. — pensé. Eso siempre me ayudaba. Me puse encima los primeros jeans que encontré, una sudadera a juego con los sneakers y me hice una coleta alta. Todavía sigo dando gracias a los dioses porque el estilo sport se pusiera de moda, es tan cómodo.
Al entrar por la puerta del edificio de la empresa, me encuentro con Milk como cada día. La sonreí y di los buenos días.
— Buenos días, Bulma. — dijo Milk— ¿Cómo te encuentras? Ayer te fuiste pronto y Goku se quedó preocupado. Comentó que saliste un poco agitada ¿ocurre algo?
— Claro que no — sonreí mintiendo descaradamente— sólo que me encontraba realmente cansada, no hace falta más que mirarme para ver que llevo un par de días durmiendo fatal, ¿no crees? — volví a sonreír enmascarando mi mentira para que no se preocupase.
— Oh, está bien. — dijo Milk no muy convencida— la verdad es que si que se te nota el rostro cansado, deberías cuidarte un poco más y dormir bien. Ya sabes que si ocurre algo o para lo que necesites, estoy aquí, ¿lo sabes, no?. Recuerda que puedes contar conmigo.
— Claro, Milk — sonreí sinceramente — y tú sabes que te lo agradezco de todo corazón pero tranquila, que no me pasa nada. — mentí una vez más y me marche a mi oficina. Debería dejar de ser tan reservada y masoquista, me reproché mentalmente. Aunque también sabía que no hacía nada para cambiarlo.
Ese día en el trabajo fue completamente nulo, no había conseguido avanzar nada, mis párpados parecían de hormigón y no lograba concentrarme más de cinco minutos seguidos. Ya en el coche, metí la llave en el contacto y me dirigí a casa. Antes de subir paré en la tienda de animales para comprar la comida del perro. Rebusqué en las estanterías, la encontré y me dirigí hacia la caja a pagar.
— Buenas tardes, Bulma ¿lo de siempre, verdad? — me sonrió, yo asentí en silencio y le devolví la sonrisa. Derek era el dueño de la tienda, parecía tener más o menos mi edad, rubio de ojos verdes, no muy alto pero muy guapo de cara y como se podía esperar, un incondicional amante de los animales.
—Ehhh, verás Bulma, llevo varias semanas meditando algo y,...esto... he pensado que quien no arriesga no gana y bueno... yo me preguntaba si tú, si a ti te gustaría quedar algún día para tomar algo — dijo Derek ruborizándose— como amigos, claro.
¿Cómo amigos? Já, claro, este se creía que yo había nacido ayer, pero bueno, el chico era guapo y simpático asique por qué no darle la oportunidad. — Claro que si, un finde me llamas y podemos salir por ahí un rato, pero como amigos claro — me reí guiñándole un ojo.
Su alegría era más que palpable, me respondió con un genial tan efusivo que sin poder evitarlo su cara subió tres tonalidades más del rojo que ya tenía. Es mono, pensé.
Me despedí y salí para casa dispuesta a comenzar con mi ritual de belleza curativo. Saludé a Artax que se encontraba correteando por la terraza y entré directa al baño para prepararlo todo.
Bajé la intensidad de las luces, coloqué un par de velas aromáticas alrededor de la bañera y las encendí mientras el agua iba subiendo de nivel. Puse música suave y eché sales de baño a frambuesa. Me desprendí de todas las piezas de ropa que llevaba y lentamente fui introduciendo cada parte de mi cuerpo en la bañera. Dios, era como estar en el paraíso. Noté como todos mis músculos se relajaban, se aliviaba la tensión acumulada y mi mente se dejaba llevar por aquel aroma afrodisíaco. Debí tirarme media hora dentro del agua porque al salir tenía los dedos de mis manos completamente arrugados.
Salí de la bañera y puse una toalla enrollando mi cuerpo. Comencé a secarme el pelo y una vez terminado saqué la plancha para dejármelo completamente liso. Entré en mi cuarto y me dejé caer en la cama cubierta sólo por la toalla. Intenté mantenerme despierta pero el cansancio pudo conmigo y al estar tan relajada me dejé llevar arropada por los brazos de Morfeo.
Me desperté sobresaltada por los ladridos que pegaba Artax, miré al reloj y vi que eran las ocho menos veinte, supuse que estaría impaciente por salir. Me levanté y noté un olor extraño; ¿a qué narices olía? pensé. Mis ojos se abrieron súbitamente, quemado, olía a quemado. Las imágenes llegaron a su cabeza como una ola rompe en el mar: ella saliendo del baño dejando la plancha del pelo conectada y encendida. Escuchó una pequeña explosión producida por todos los productos inflamables que guardaba en el baño lo que provocó que comenzara a sonar la alarma de incendios en todo el edificio. Presa del pánico, cerré las ventanas y salí dejando la puerta cerrada como dice el protocolo, sin preocuparme ni siquiera por cómo iba vestida. Bajaba por la escalera con mis vecinos cuando me di cuenta de algo demasiado importante para mí, Artax estaba en la terraza. Pegué un pequeño grito y eché a correr escaleras arriba sin escuchar a nadie, nadando contra la gente.
Al llegar busqué a Artax en la terraza pero no lo vi por ningún lado y sin miedo alguno comencé a buscarlo con la casa en llamas. Lo encontré asustado, arrinconado en un rincón de mi habitación. — Oh dios Artax, lo siento tanto, vamos chico, tenemos que salir de aquí. — mientras pronunciaba esas palabras, el fuego creció y nos dejó encerrados.
— Mierda, mierda. No, joder, no — grité auxilio con todas mis fuerzas.
Noté como la habitación se iba inundando por el humo y comencé a toser, escuchaba a Artax gemir en pena y lo abracé llorando — Lo siento Artax, esto es todo culpa mía, yo...— la tos no me dejó hablar más. Así que, ¿así es como todo terminaba?
Mientras esto ocurría en el apartamento de Bulma, fuera del edificio, los bomberos habían llegado. Preguntaron rápidamente al presidente si el edificio había sido evacuado o quedaba alguien dentro. El hombre nervioso consiguió decir que había visto a todos bajar pero, al echar una ojeada a la gente se dio cuenta que faltaba alguien. Aquella chica de ojos y cabello celeste que tan simpática era.
—Oh, santo dios — dijo en un susurro. — La muchacha... la muchacha del quinto, la vi bajar pero no está. Es una niña joven de cabellos azules, ella y su perro han debido de quedar atrapados.
—¿Cabellos azules? —pensó el bombero.— ¿No será..? No puede ser. —¡Chicos!— gritó el bombero a sus compañeros — Tenemos que sacar a una mujer y a un perro que supuestamente se encuentran en el quinto piso así que empezaremos por allí. Id con cuidado y paremos este fuego.
Apenas podía respirar, la vista se me nublaba y no escuchaba a Artax quejarse más. Cuando notaba que ya perdía el conocimiento, sentí que unos brazos fuertes me alzaron del suelo y colocaron una mascarilla. Atiné a ver a mi salvador y juré distinguir el rostro de mi desconocido de la sudadera. Oh dios, ya estaba delirando o ¿será verdad que existe el cielo?, pensé. — Mi perro...— fue lo último que logré balbucear antes de caer plenamente inconsciente.
Abrí los ojos lentamente con pesadez y miré a mi alrededor. ¿Dónde me encontraba?. La habitación no me era familiar, no había más que una cama, un televisor, las paredes pintadas de verde y un monitor de constantes vitales. Estaba en la habitación de un hospital, me encontraba bastante confundida, me dolía la garganta y respiraba con dificultad. De pronto, me vinieron a la cabeza todos los recuerdos de golpe y con un grito ahogado me llevé una mano a la boca.
Alguien llamó a la puerta, al no obtener respuesta, abrió y entró. Supuse que sería un doctor pero estaba muy equivocada. Ahí, delante mía, los ojos de un hombre chocaron con los míos. Parecía sorprendido por encontrarme despierta. Me sonrió y dijo —Vaya, ya estas despierta. bueno debería presentarme, soy Vegeta.
O-H D-I-O-S M-I-O, virgen santa de los montes y las alturas, pensé. Era real,no me lo había inventado, es mi hombre de la sudadera, solo que ahora en vez de sudadera llevaba una camiseta ajustada y los pantalones de bombero. Madre mía, un dios griego a su lado se quedaba en enclenque. Luego recuerdo:
—Tu...tu... tu sudadera— murmuré mientras un par de lagrimas rodaban por mi rostro.
Vegeta sonrío —¿En serio? ¿Eso es lo que más te preocupa ahora?jajaja.
— No, yo...— confundida y avergonzada comencé a mirar a todos lados frenéticamente, dónde estaba Artax. No, por favor, me empecé a temer lo peor. Mis ojos se pusieron vidriosos solo de pensarlo y miré a Vegeta en busca de respuestas.
— Tranquila — dijo Vegeta con un tono suave intentando calmarme. — A tu perro conseguimos sacarlo a tiempo pero está bastante crítico. Aún así el veterinario ha dicho que se va a recuperar pero hay que darle tiempo.
— Todo por mi culpa...— dije soltando aun más lagrimas saladas.
— Ey, no no, — dijo Vegeta acercándose a mí. Me agarró la mano y continuó — Lo importante es que todo el mundo está bien. Tienes que centrarte en eso y no te castigues más. Un accidente puede tenerlo cualquiera.
Sus palabras me reconfortaron, mi corazón latía con fuerza al sentir su contacto, aun así, no podía parar de sentirme culpable. Vegeta soltó mi mano. Creía que ya se marchaba cuando, por el contrario, se sentó en la cama y cogiéndome, me arropó en sus brazos. Yo me dejé llevar por su abrazo, apoyé la cabeza en su duro pecho, lo agarré con fuerza y deje que su respiración pausada me tranquilizase. Él apoyo su mejilla en mi cabeza y dibujó círculos con una de sus manos en mi espalda.
No sé por cuánto tiempo estuvimos abrazados, sólo sabía que no quería que nunca acabara. Pero como siempre, todo lo bueno llega a su fin, los dos nos separamos al oír como se abría la puerta.
Un Goku con expresión preocupada entró corriendo por la puerta. Su cara, al ver que me encontraba bien y toparse con esta escena, cambió de preocupada a divertida.
— Ejem... ¿interrumpo algo?— dijo riéndose.
Fin del capítulo. Por fin tenemos a mi querido vegeta en escena :D:D
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Hasta que nos volvamos a leer :):)
Besitos, Paula.
