Casamentera
Una historia en el universo de Dragon Ball
Escrito por Iluvendure
El universo y los Canon Characters no me pertenecen, son propiedad de Akira Toriyama, Shueisha y Toei Animation. Dragon Ball © 1984 Akira Toriyama
El Cortejo (tercera parte)
Hagamos un pequeño paréntesis…
... ...
La verdad es que la Princesa Serpiente estaba pensando que no había sido tan buena idea presentarse ante el Dios de la Destrucción.
No estaba muy segura de que fuera ayudarla.
Primero, porque parecía un engreído bastante egoísta y caprichoso, como un oyente decepcionante. Segundo, (aunque disimulado con colonia rancia) ella se había percatado de un ligero hedor a coñac, lo que quería decir que el eterno destructor no se encontraba precisamente en sus mejores facultades lucidas.
Y Tercero, no era un caballero: La princesa ya se estaba cansando de que, cada dos por tres, el muy canalla estuviera recreándose la vista con sus piernas.
Si, Jadōshin era lo suficientemente madura para comprender las intenciones de los hombres. Y también para aprovecharse de ellas sin ningún remordimiento. Pero, aunque sabía que tener una hermosura sobrenatural podía ser una ventaja ante un desesperado, también sabía que a veces era un grave problema. Como en este caso.
Robar sin pretenderlo el corazón de una de las criatura más poderosas en el Universo, capaz de partir de un tajo la Creación, podía desencadenar una peligrosa situación de lo más incomoda.
Bien merecido se lo tenía: ¿Quién le mandaría escuchar los consejos de Uranai Baba?
Esa anciana del demonio, menuda y embustera, se había ganado a pecho la fama de buscar siempre su propio interés…
Pero claro, ¿qué otra alternativa quedaba?
Enma Daioh , su primera opción, ya había dejado claro que no a la inmortal Princesa: En el pasado, ambos compartieron un fuerte afecto (solamente roto por el tedio y el apetito caníbal de ella). Y en el momento de la verdad, a pesar de todo, el juez no hizo otra cosa que darle largas e insistir que no estaba en su mano alterar el destino de las almas.
De los Kaisoshins recibió la misma negativa. Ellos, por muy amables que fueran, estaban más que seguros de que nada bueno podría salir de relaciones entre inmortales y mortales.
Tanta necedad la enfurecía. Los dioses varones simplemente rompían sus propias reglas cuando convenía a sus intereses. Pero, para hacer un favor, siempre tenían pretextos. ¿Acaso ella había pedido un imposible? Únicamente quería que su adorado actor favorito, Barry Kahn, fuera a vivir con ella, a su castillo, para poder mimarlo y cubrirlo de lujos celestiales… En cuerpo o en alma, eso daba igual.
Así que, invocar a la anciana adivina fue una solución de lo más valida.
Y sorprendentemente, recibió una favorecedora respuesta, como el precio más pequeño de lo esperado. Tanto que Jadōshin casi sospechó que había truco.
— Si usted quiere conseguir al hombre de sus sueños — le dijo Baba, con su temblorosa boca cercada por arrugas—. Deberá visitar al Dios de la Destrucción del Séptimo Universo, en los límites de la Noche y del Día. Y tendrá que ser a la hora y en la fecha que yo elija, ni antes ni después.
— ¿El Dios de la Destrucción? — quiso saber más, ilusionada por la posibilidad que de alcanzar lo que más codiciaba—. Pero si se pasa la mayor parte de su existencia durmiendo y entrenando ¿Por qué querría ayudarme?
— Debe llevarle su espejo encantado. Lloré un poquito y póngase bien guapa para él… — la humana precisó la información sin realmente dar verdaderos detalles, pícara y astuta como solamente la vejez puede volver a una mujer —. Ya sabe, un bonito vestido y un buen pintalabios obran milagros en un tipo solitario. No me mire así, ¡ni que pensará que estoy chocheando! Si quiere conseguir el amor verdadero, haga lo que digo sin discutir. Después de todo, soy la mejor de las casamenteras…
De esa forma, Jadōshin había obedecido, guiada por su oscuro y caprichoso corazón de demonio, tan ávido de la fogosidad por Barry Kahn que hería. Aunque, hasta el momento, el pronostico de Uranai Baba no parecía que fuese a cumplirse. Muy bien; si había sido victima de un timo, esa vieja descubriría el verdadero significado de "infierno perpetuo estomacal".
Por otra parte (y eso era lo que más le fastidiaba admitir) no es que no se sintiera complacida por el interés del todopoderoso Bills.
La verdad… No le disgustaba tanto como quería fingir.
El hombre tenía su encanto…
Rayos, ¿por qué siempre tenía el mismo problema con el sexo opuesto?
La primera y única vez que lo vio fue eternidades atrás, en la distancia (nunca cara a cara) cuando ambos asistieron a una de esas fiestas divinas tan fastidiosas. Ella era una chiquilla por entonces, sin responsabilidad, tan inexperta… No como ahora, la custodia del Camino de la Serpiente con una ristra de infinitos desastrosos romances por digerir.
A lo mejor fue la falta de experiencia.
O la magia de la música a todo volumen.
O ese "margarita" de más que bajó el listón de Jadōshin a ras de suelo… Fuera lo que fuera, el Dios de la Destrucción le causó la mejor de las impresiones. Su corazón delator no paró de vibrar por él, mientras una sensación muy dulce la invadía una y otra vez, como un relámpago atravesando un pararrayos.
Hay cosas que ocurren sin explicación…
Igual, sucedió porque se sentía sola y sensible: Darbura, su primer amor, estaba casado y las promesas e intenciones de convertirla en una esposa decente parecían agua en la lluvia. Asimismo, como mestiza, acababa de empezar a sospechar que nunca sería aceptada entre los dioses ni entre los demonios. Ambas especies la mirarían siempre por encima del hombro, por ser una fusión de ambos mundos bastante vergonzosa, sin entender realmente que ella no era culpable de su propio nacimiento…
Bueno, también le mirarían siempre por encima del hombro para verle los pechos, pero eso no venía a cuento.
Daba igual, esa atracción por Bills no fue fomentada. Cuando ella, tonta niña esperanzada, pensaba que él estaba a punto de abordarla… Él muy idiota se esfumó sin un "Hola" y se encerró en el aseo de caballeros.
Menuda decepción.
Hoy día, era todo muy diferente. Ella era muy "diferente".
La Princesa Serpiente debía reconocer que tuvo muy mal gusto en su juventud ¿Qué fue lo que vio en Bills? Lo miraba hoy y se deprimía por lo poco atractivo que lo encontraba (comparándolo, claro está, con su apuesto y maravilloso Barry, o con sus muchos antiguos amantes). Vello violáceo, orejas desproporcionadas. Amarillentos y repulsivos ojos, inmensos y saltones sobre unos pómulos inmoderadamente hundidos. Fauces de león y costillas sobresaliendo en un cuerpo demasiado delgado…
Bueno, no estaba tan delgado.
La verdad es que era pura fibra, atlético. Bastante bien formado y sólido como una piedra. Y tenía un buen porte sin parecer un culturista, como también unos hombros anchos. Uhm… Si, los hombros no estaban nada mal. Y era alto. No en exceso, la altura apropiada. Y por supuesto, estaba la cola de animal, un largo y vigoroso apéndice…
Una mujer imaginativa, en el cenit de la lujuria, sabría que hacer con una cola así…
Sin olvidarse de esa forma que tenía de mirarla, que le hacía temblar. No de miedo precisamente…
Había algo primitivo e incivilizado en las pupilas y en la piel del Dios de la Destrucción. Un algo peligroso e imperecedero que le recordaba a si misma. Como el ardor intenso y la dureza del diamante, era una turgente y vibrante sensación. Semejante a ella, él destilaba un algo que resultaba terrible, bestial e imposible de subyugar, incluso caótico… Lo que resultaba muy sexy….
Bueno, era "eso" que tienen todos los gatos. Ya podrán ser repugnantes, imprevisibles e insufribles; porque a pesar de todo, son encantadoramente atractivos.
…
Ok, quizás…
Quizás él tenía su gracia.
Pero ya no era su tipo.
No le gustaba.
Ni un poquito.
Nada.
… El tipejo seguía mirando atentamente sus piernas…
… Mierda, ¿Por qué no eligió la minifalda esta mañana?…
... ...
Quien se hizo eco en el silencio fue Wiss. En su perlada faz se había dibujado una ambigua mueca, una de alguien que intuye más de lo que a primera vista se puede ver.
— No quiero parecer indiscreto, estimada princesa, pero… — dijo, mientras se aproximaba unos pasos a la dama—. Quisiera preguntarle por qué quiere tomar una resolución tan extrema.
— ¿Extrema? — repuso ella, realzando una ceja.
— Bueno, normalmente los dioses no mueven el orden del cosmos para agenciarse un mortal. Así que yo me pregunto… ¿Quién es la "otra"?
— ¡Ja! La otra es su prometida. — Los pétalos que formaban los encantadores labios de Jadōshin mostraban una horrible y amenazadora boca dentada. Una expresión que escarcharía la sangre del más valiente de los héroes—. ¡Esa maldita e insípida humanilla! Hace solamente unas semanas, mi Barry anunció que se casaría con su novia de toda la vida, una completa desconocida mosquita muerta. ¿De dónde ha salido? ¡Ha brotado de pronto como una maldita trufa! Si la tuviera delante le clavaría los colmillos hasta que…
— Ah, ya veo. — Wiss interrumpió rápidamente—. Esta pregunta es un poco más personal, perdóneme: ¿Su amado y usted se han visto las caras alguna vez?
— Por supuesto que no. ¿Qué pregunta es esa? Yo no puedo abandonar mi reino a las primeras de cambio.
— ¿Él no ha muerto momentáneamente, ni ha cruzado por el Camino de la Serpiente?
— No… — la mujer musitó, dejando patente ligeros matices de tedio y rencor.
— O sea, que el tal Barry Kahn no sabe nada de su afecto o de su existencia. Y usted, princesa, por el contrario… Ha llegado a conocerle gracias a que la televisión del Más Allá sintoniza las emisoras mortales, incluidas las telenovelas terrícolas…
La princesa se sonrojó antes de ocultar el rostro con la boa de piel, pero sus ojos rojos fulguraban fieros.
Wiss permaneció introvertido unos minutos. Luego, hizo su observación final:
— ¿No es usted un poquito mayorcita como para enamorarse, igual que una groupie, de un hombre que solamente ha visto por televisión?
Si las miradas mataran, la de Jadōshin hubiera sido una bomba atómica.
— Que insolencia, usted es guapo pero muy poco agradable... — replicó a la defensiva, dándole la espalda—. Yo deseo tener a este hombre conmigo, vivo a muerto. Aunque tenga que echar abajo toda la Galaxia Norteña, me da igual. Enma no quiere ayudarme. Me ha dicho no sé que tontería de las reglas del destino y de la defunción. ¿Qué le importa a una mujer enamorada como yo todo eso? Pero, alguien me dijo que el gran Bills era un auténtico caballero y sabría que hacer...
Wiss, enervado, dejo escapar un jadeo. Estaba demasiado familiarizado con los caprichos divinos.
— Querida, señora: Hay cosas que no se pueden alterar por mucho que queramos… — Empezó a objetar con su afeminada elegancia habitual. Si bien, enseguida se percató de un detalle substancial de lo más sospechoso—. Un momento, ¿Quién le ha dicho que el Señor Bills podía…?
No acabó la frase por la interrupción de su alumno.
—No te apures, Wiss. Antes, esta señora me ha preguntado que quiero yo a cambio: Muy bien, quiero ver si ella tiene algo que pueda interesarme…
Hasta entonces, el Devastador de Mundos había permanecido inauditamente taciturno, erguido como una estatua y más sereno que un animal domestico. Pero, el asistente conocía al dedillo cada gesto, y sabía vislumbrar los signos inequívocos de que algo ladino se estaba guisando: Era el pésimo retrato de una tranquila pradera, la cual contiene un seísmo.
Las zarpas violetas aún sostenían la perjudicada fotografía del rubio actor, tan diferente físicamente al dios. Al ver esto, la princesa sonrió. No era una sonrisa agradable, gozaba de esa extraña insensibilidad que posee una víbora antes de embestir. Después, ambos dioses se miraron, como dos bestias que se reconocen en la distante negrura del bosque.
El hombre celeste se situó precipitadamente cerca de su patrón y empezó a susurrar en una de las puntiagudas orejas:
— Señor Bills, no haga ninguna tontería. Aquí hay algo que no sabemos.
— Cállate. Sé lo que me hago… — el aludido contestó tajante, antes de dirigirse a la fémina —. Bien, Princesa: No creo que haya venido a verme sin una buena propuesta. ¿Qué me ofrece?
Ella hizo una inclinación con la cabeza y una de sus criadas descubrió una opaca bolsa de terciopelo, que fue depositada solemnemente en las manos del Dios de la Destrucción. Éste, con una delicadeza poco habitual en él, se deshizo del envoltorio para descubrí lo que parecía un objeto redondo y pulido.
— ¿Un espejo? — preguntó Bills, arqueando el hocico decepcionado—. ¿Tengo pinta de quinceañera coqueta?
— No es un espejo corriente, es la fuente de uno de mis mayores poderes. Es el espejo de los sueños. — dijo Jadōshin con su tono más seductor—. Será suyo si me ayuda: Tiene el don de mostrar los sueños de un durmiente. Aunque, también puede mostrar el deseo más oculto, lo que más anhelamos sin ser del todo conscientes de ello. Sólo tiene que colocarlo delante de una persona y el espejo enseñará lo que su interior encierra.
Bills no replicó. Procurando no contemplar su propio reflejo, limpió la superficie pulida, mientras media las posibilidades de ser el dueño de semejante artilugio. Después, levantó el espejo y apuntó hacia Wiss. Éste, al entrever las intenciones, se apartó lo más rápido que pudo para ponerse a salvo. El dios decidió no insistir y buscó otra victima.
El espejo proyectó entonces el rostro del joven Ackman, quien miraba con sus enormes y confusos ojos como si realmente no entendiera lo que estaba pasando. En menos de un segundo, la superficie cristalina empezó a cambiar, oscureciéndose igual que si hubiera atrapado humo sucio en su interior, para luego materializar una extraña imagen: Era Ackman, pero estaba abrazando y besando con auténtico entusiasmo a su más ferviente ambición, su querida consola Wii U por la que estaba dispuesto a vender a su familia.
Bills no se contentó con este experimento. Maldiciendo por su débil resistencia, alzó de nuevo el espejo y ésta vez buscó el reflejo de la bella dama reptil, de una manera tan descarada que bien hubiera merecido un sopapo. Ella pareció dudar al principio, muy consciente del atrevimiento. No obstante, al final se mantuvo en su lugar, casi jactanciosa y divertida.
Como antes, la oscuridad ocupó la plana superficie y fue apareciendo una escena romántica propia de un sentimental folletín: Un galán de cine sin cara definida, con una camisa casi abierta y melena de ensueño, susurraba amor a una Princesa Serpiente vencida en el juego de la pasión, atraída hacía el torso varonil como un imán. Esas palabras redentoras eran lo que ella más deseaba escuchar, una proposición sincera que la apartaría de su soledad.
Ahora, en cuando Bills notó que la cara del amante se iba concretando hasta verse muy parecido al energúmeno de Barry Kahn, sus garras retráctiles emergieron con violencia y casi rajaron el cristal.
Entonces, hizo algo que nadie esperaba. Ni siquiera él mismo.
Volteó el objeto y se atrevió a mirar de frente.
Quiso ver su más profundo deseo.
Y lo que vio no fue lo que esperaba.
Para nada.
La imagen se veía fuera de lugar, ridícula.
Imposible
Aunque… A medida que más la contemplaba, más distinguía que no era una farsa, y eso lo enfureció.
Si bien, Bills, a su manera, era inteligente. Sabía aceptar las cosas.
Era maniático y egoísta, cierto. Pero, no le gustaba mentirse a si mismo, porque podía distinguir y someterse a la verdad cuando la tenía delante…
Echar un polvo rápido y vacío no era lo que realmente quería…
Así que, tomó una resolución.
— Bah, no me interesa —dijo aburrido y, para el horror de las tres mujeres, arrojó el espejo de los sueños como si fuera basura. El objeto no sufrió ningún daño a pesar de todo, gracias a que la criada llamada Tasin fue lo suficiente veloz para cazarlo al vuelo.
— ¿Qué no lo quiere? Pero yo… — Jadōshin estaba desorientada. No había previsto la negativa del Dios de la Destrucción—. Tiene que quererlo. Yo creí… Me dijeron…
— Pues le han informado mal, sea quien sea esa persona. Un trasto como éste sólo sirve para acumular polvo — indicó Bills, solicito y calmado, paseándose por el mirador como si él fuera el foco de la razón—. No ponga esa cara, mujer. Mire, voy a ser sincero: Usted no debería ir persiguiendo mortales. Es antinatural.
El hombre celeste abrió la boca y la volvió a cerrar, vislumbrando la liebre dentro del sombrero. ¿Desde cuando el señor Bills mostraba tanta integridad y raciocinio si no había algo que quisiera?
— ¡Poderoso Bills, se lo ruego! ¿No siente compasión? Dígame que quiere y yo se lo daré.
La Princesa Serpiente era toda encantadora tristeza. Igual que la más cándida y débil de todas las flores, brillaba bajo la oscuridad del mirador; soñadora, pálida y conmovedora. Y tan ilusoria como un invierno cálido. El dios no se apartó de ella, pero negó con la cabeza:
— No insista, no se debe alterar lo que está tejido en el universo. Yo no puedo destruir a un hombre, o su planeta, o su galaxia porque usted le venga en gana tener un esclavo sexual…
— ¡Yo no quiero un esclavo sexual! — la voz de la mujer se quebró como una cuerda de guitarra, a punto de llorar —. ¡Yo únicamente quiero que él me ame! ¡No hay nada malo en eso!
— Ya, ya, pero él tiene una chica humana que corresponde a su amor — Bills se hecho hacia atrás, rechazando las lágrimas de cocodrilo con evidente desagrado —. Tendrá que dejarlo estar.
Olvidando que no tenía delante a una divinidad del montón, Jadōshin taconeó furiosa el suelo y su expresión dulce se agrió. Luego, girándose con altivez y franqueada por sus dos doncellas, se dirigió hacia la salida. Ackman y Gordon fueron tras ella, aún recordando la promesa de la princesa.
— Si es así, me voy: No quiero robarle su preciado tiempo — dijo ella, sin esconder el pueril disgusto—. Señor, buenos días tenga usted y gracias por recibirme... Será posible: ¡Por amor, no, pero bien que intentó devastar un planeta por un pudín!
— ¡SILENCIO! — El grito del Segador de Galaxias logró que el árbol pétreo que daba forma a su mundo se estremeciera y las aves que lo habitaban remontaron el vuelo. No obstante, cuando volvió hablar, sonó candorosamente sosegado —. ¿Quién ha dicho que yo no voy ayudarla? Puedo ser generoso y deseo que usted sea feliz.
Al momento, Jadōshin volvió sobre sus pasos, curiosa y menos asustada de lo que debería. Sus pestañas se movían de una forma tan fascinante que Bills necesitó tragar la saliva para no babear.
— Le diré lo que debemos hacer — con un pausado y elegante caminar, el dios se ubicó delante de la dama y volvieron a cruzar las miradas. Si bien, esta vez él parecía esquivo y medroso, igual que un adolescente—. Usted intentará olvidarse cuanto antes de ese humano — reveló al fin, tras el nudo en la garganta—. Ya no necesita buscar un compañero: He decidido que, a partir de hoy, usted será mi novia. Creo que así el asunto quedara zanjado.
El silencio fue tan pesado como para competir con la gravedad. Wiss, llevándose la palma a la frente con gesto cansado, empezó a sentir una apabullante desazón. El homúnculo consiguió atrancar la boca de su diabólico y joven amo, antes de que otra estúpida impertinencia se convirtiera en una nueva sentencia de muerte.
— Bien — viendo que su propuesta formal no recibía ninguna reacción, Bills siguió hablando pomposamente, intentando aparentar una inexistente tranquilidad (y no entusiasmarse con el tema)—. Espero que comprenda que estoy haciéndole un gran favor: Después de todo, princesa, usted es una sierva del mal y yo una entidad neutral, y hay protocolos que no deberían violarse. Aunque, estoy dispuesto a...
— Señor Bills, sé que es una falta de respeto interrumpirle mientras usted intenta ponerse en ridículo— espetó el insondable, y su alargado báculo hizo de muro entre la diosa y su patrón—. Pero, quisiera saber cómo se le ha pasado por la cabeza semejante idea. Creí que ya habíamos hablado de esto.
— Estoy empezando a hartarme de tus pullas, Wiss — seguro de si mismo, Bills sonrió como un escualo—. No voy a esperar que entiendas… Es cosa del destino.
— ¿Destino? — el hombre azulado meditó unos segundos, intentando vislumbrar el significado de la palabra. Aún recordaba que su señor había estado empinando el codo más de la cuenta y, a lo mejor, decía simplemente necedades sin sentido. De improviso, su semblante se endureció—. ¿No estará usted refiriéndose a ese sueño suyo en el que se mudaba con una hermosa modelo?
El Dios de la Destrucción tardó mucho en contestar:
— Uhmm... ¿Tienes que decirlo como si fuera una barbaridad?
— Porque lo es. La Princesa Serpiente no es ninguna modelo.
— Claro que si — Bills fue firme —. Apareció en la portada de Playgod hace quinientos años. Te dije que tarde o temprano se cumpliría: Fue un sueño premonitorio.
— Eso sólo fue un sueño húmedo — impugnó Wiss con la misma certeza—. Y le estaría muy agradecido si no vuelve a describírmelo con todo lujo de detalles.
— ¡Fue un sueño premonitorio!
— Húmedo.
— ¡Premonitorio!
— Hú- Me- Do.
— ¡Basta, Wiss! ¡El sueño de la batalla contra el Super Saiyajin Dios se cumplió!— mostrando cierta desesperación, la divinidad gatuna rugió. No parecía dispuesto a ceder ni un mísero ápice.
Pero tampoco su ordenanza:
— ¿Cómo no iba a cumplirse? Usted manipuló la situación.
— Bah, ¿y qué? Hasta el destino necesita un empujón de vez en cuando…
— ¡Es usted un canalla!— una voz femenina logró que ambos hombres voltearan la cabeza al unísono.
Jadōshin, temblando por puro nervio, estaba completamente inhumana y extraña. Ya no era humanamente guapa. Tenía el cabello tan erizado como si fuese a inflamarse y, en el cutis fino y turquesa, ahora se distinguía un repugnante pellejo escamoso de reptil. Las dos criadas parecían genuinos duplicados de su dueña, feas sombras dañinas de una infrahumana criatura a punto de explotar.
Mientras, Ackman y Gordon volvieron a su lugar gimiendo. El muchacho demoníaco tanteaba la idea de mandar un whatsapp a su madre para decirle que no le esperasen para cenar. Ni para Año Nuevo.
Al menos, los aperitivos eran buenos.
— Ésta no era la respuesta que esperaba— severo, Bills afinó los ojos hasta casi hacerlos desaparecer y cruzó las zarpas por detrás de la espalda—. Debería ser más agradecida: No todos los días el Dios de la Destrucción cede sus favores a una mujer.
Eso sí, con escamas o sin ellas, él tenía que reconocer que seguía estando muy buena.
Wiss se quedó mirándolo detenidamente antes de añadir:
— Que terco es cuando quiere, Señor Bills. Me parece que realmente no está pensando con la cabeza…
— Por el tamaño de lo que tiene allí… — indicó el joven Ackman hablando para si mismo, horrorizado e hipnotizado por la floreciente entrepierna del felino—. Yo diría que no...
— ¡Váyase al cuerno, bruto, y llévese sus favores! — chillaba Jadōshin, dejando bien claro que le importaban poco estar tratando con la fuerza aniquiladora definitiva. Su lengua bífida no dejaba de moverse—. ¿Piensa que soy tonta? No ha hecho otra cosa que comerme con los ojos ¡Pero ya me he hartado! ¿Quién se ha creído que es para tratarme así? ¡Soy la diosa medio demonio! Nací imperecedera como el crepúsculo, y he reinado por más de mil quinientos años entre el humo del infierno y las estrellas de los Shin-jin. No sería su novia aunque todo el séptimo universo quedase arrasado y no existiera otro mísero hombre con el que contentarme.
— No me de ideas, señora... — él habló desdeñoso, con una voz seca cual arena de desierto—. Le sugiero que empiece a aceptarlo, porque yo no pienso cambiar de opinión.
— ¿Qué no cambia de opinión? ¿Y yo qué? ¿Acaso no importa que pienso?
Bills no se tomó su tiempo para meditar la respuesta.
— Una vez que me decidido por algo, ya no hay vuelta atrás — dijo —. Y en lo referente a lo que usted tenga que decir… Claro que tiene importancia, solamente que para mí no.
La sonora bofetada no tardó en llegar. Jadōshin descargó un golpe que fue poco más que el toque de una mosca sobre la cara felina. De seguido, horrorizada por su propia necedad, fue retrocediendo.
La primera reacción de Bills fue devolver el guantazo. No obstante, se acordó de que, en la ultima ocasión que golpeó a una mujer (la generosa, aunque bastante borrachuza e irritante, señora del príncipe Vegeta), su orgullo no salió demasiado bien parado. Así que, conteniendo casi toda su fuerza, dio a la princesa un ligerísimo empujón que la obligó a tomar asiento:
— Quédese quieta y procuré dejar de hacer tonterías. Me estoy enfadando…. — luego añadió, ya que se había percatado de un detalle importante—. Uhmm, es un poco raro hablar de "usted" ahora que somos pareja.
La princesa no quiso contestar. Se hundió en la butaca y empezó a lloriquear desconsolada, a la vez que sus doncellas culebras la rodeaban y se sumaban al llanto:
— Oh, señora, señora ¿Qué vamos hacer? ¿Estamos condenadas? — imploraron ambas, temblando bien sujetas a las faldas del ama.
A Bills se le apagó la expresión.
— Ey, ¿Por qué está berreando? — espetó. Para su consternación, los sollozos de Jadōshin se volvían más agudos y fastidiosos con cada palabra que salía de su boca —. Pare… Pare… Que pare…Pare ya… ¿Quiere callarse de una vez?… Silencio… ¡Wiss, haz algo!
— Oh, que harto me tiene… — el hombre celeste intervino en seguida, sacudiendo la cabeza. Clavó la vista en el Segador de Mundos y algo en ella consiguió que éste retrocediera unos centímetros y bufara cohibido —. Princesa Serpiente —habló después—. Será mejor que se calme, porque está destrozando su maquillaje… Venga, no sé preocupe: El Señor Bills es un hombre difícil de tratar, pero en realidad no quiere hacerle ningún daño. Simplemente es idiota.
— ¡Oye, Wiss!
— Chitón, tengamos la fiesta en paz — Wiss no volvió la vista hacia su patrón. Siguió dialogando sereno con la diosa, mientras le daba vanos toquecitos en el hombro (no demasiado efectivos)—. Ale, ale, ya pasó... ¿Se encuentra mejor? ¿Quiere un chocolate caliente?
— Es un monstruo, un autentico monstruo — entre hipos, la dama gemía, secando sus ojos anegados en lágrimas cáusticas con un pañuelo de encaje agujereado.
— Oh, que va. Hoy es uno de esos años malos. ¿Qué tal si vuelve en otro milenio, con más calma y…?
— Aquí nadie se irá a ninguna parte…Y tú no te metas, Wiss
La afirmación de Bills fue tan horrible y penetrante que hasta el asistente dudó en reprochar nada.
— ¿Será mi novia? — volvió a preguntar, y las mandíbula de león crepitaron, como si quisieran contener un terrible ultimátum.
Mas, Jadōshin no cedió. Como mujer, sabía que tenía todavía cierto poder sobre la situación:
— Nunca.
— Pues, señora, ya puede acostumbrarse a mi humilde morada. No pienso dejar que usted abandone mi reino hasta que diga que sí.
El granate y la sangre contenida en el iris de la diosa deslumbraban con furia estoica y miedo tácito.
— Demoleré su castillo y el mundo de los muertos, señora — continuó Bills, sin mover un músculo, permitiendo que su ki añil prendiera un calor similar al fuego de un astro a punto de morir. Pero a la vez, estaba pasmado. Había percibido algo que no estaba bien….
Intuía un detalle en esa mujer (además de ser insoportablemente cabezota) que no encajaba del todo en su imagen, algo que él no sabía definir. Igual que una hebra suelta en un tapiz perfecto…
— ¿Y qué? — objetó ella, con gesto irritante no falto de cierta falsa valentía—. Nunca me ha gustado tener que vivir ahí.
Más frustrado que furioso, el Segador de Galaxias pisoteó el suelo entarimado y esté crujió:
— ¡Esto es el colmo! ¡¿Quién rechaza un dios por un simple mortal?!
— ¿Simple? Mi mamá dice que Barry Kahn es como un titán esculpido en mármol… — habló de pronto Ackman, de nuevo olvidando el sentido común y dando su opinión. Si bien, enseguida su instinto de supervivencia le hizo recapacitar ante la mirada del dios—. Por otro lado, ¿Qué sabrá mi madre? ¡Seguro que tiene la menopausia!
Después, el muchacho demoníaco se sentó, cruzando las piernas y los brazos, hastiado por el rumbo que los acontecimientos tomaban:
— Oh mierda, Gordon. Nunca saldremos de aquí.
— Señorito, no perdamos la esperanza, aunque tardemos cien años o más… —dijo su homúnculo volador, con una benevolente simpatía un poco fuera de lugar en su naturaleza diabólica—. ¿Y si nos tiramos por el Vacío Primordial y vemos si salimos a dar con algún sitio?
— Al paso que vamos, va a ser lo mejor — afirmó su amo. Acababa de leer la réplica de su madre por whatsapp "¿Cómo que no puedes venir? Jovencito, no me importa que estés encerrado en una bifurcación cósmica milenaria: Ya puedes buscarte la vida para volver a casa. Tengo hora en la peluquería y necesito dinero"
Como siempre, la familia y su gratificante apoyo…
Wiss hizo un gesto negativo con el dedo índice. Su báculo volvía a desprender una poderosa y constante luminiscencia que hizo encogerse a las doncellas culebras:
—Señor Bills, no complique más las cosas ahora que estoy intentando solucionarlas: No puede mantener prisionera a la custodia del Camino de la Serpiente, lo sabe perfectamente. El panteón del Séptimo Universo no lo permitirá. Ni los demonios ni los dioses.
— ¿Y qué van hacerme esa panda de gallinas? ¿Mandarme a los saiyajins? Aquí les espero — se chantó su señor, negándose a entrar en razón. Tras esto, volvió a insistirle a la mujer, con la misma fría perseverancia—. REPITO: ¿Será mi novia?
El apuesto hombre azul tenía todavía algo que añadir:
— YO no se lo permitiré, Señor Bills
— Eso empieza a sonar más interesante…— moviendo ambas orejas de forma descompasada y somnolienta, las palabras del Dios de la Destrucción sonaron suaves, artificiosas y traicioneras —. Pero, Wiss ¿Por qué deberían impresionarme tus amenazas? A veces, me pregunto si tienes miedo de medir tus fuerzas conmigo. Me refiero a eso de utilizar todo tu verdadero poder. Yo diría que temes que entre los dos provoquemos el reinició del Big Bang. ¿Estoy equivocado?
Por un segundo oscuro, el ordenanza volvió a verse más aciago que una tormenta, digno reflejo de ese misterio insondable que la humanidad teme...
— No necesito todo mi poder para vencerle — dijo.
— En eso posiblemente tengas razón, pero probémoslo. Haber cuanto dolor causamos…
Wiss no se movió.
El sudor de su frente de Bills le daba una apariencia casi humana. Bajo esa apaciente petulancia, estaba viendo que no lograba el resultado deseado con su maestro, y también sabía que era mejor cambiar de táctica, antes de tocar una tecla interna en Wiss que provocará una reacción que nadie podría parar…
— Oh, vamos, hombre. ¿Por quien me has tomado? ¿Por un crío de novecientos años? —rectificó Bills más cordial —. Se perfectamente que alguien está jugando con nosotros. La presencia de la Princesa Serpiente es una trampa, mas una realmente original y divertida… ¿Alguien quiere castigarme? ¿Verme hacer una tontería? ¿Qué todo el universo esté en mi contra por incumplir unas reglas? Es muy posible, no diré que no… Pero, ¿No quieres saber quién está intentado manipularnos? … Oh, vamos, tienes que reconocerlo.
El asistente permaneció callado, aunque ahora parecía pensativo. Al final, preguntó:
— ¿Qué tengo que reconocer?
— ¿Me vas a decir ahora que no te mueres de curiosidad y no te estás divirtiendo tanto como yo? ¿No quieres ver hasta donde podemos llegar con esto? Hacia mucho tiempo que nos ocurría algo que mereciera nuestra atención.
La deidad felina había dado en la diana. Wiss estaba Cazado.
¿Por qué estos dos dioses siempre estaban juntos? ¿Qué misión secreta y extraña había forjado sus cargos, para que uno fuera el maestro y el criado del otro? Había mil razones, algunas incluso formaban parte de los cimientos de la creación. Pero, también había una razón en particular: Lo que los mantenía unidos, a pesar de las discrepancias, era algo lógico que la humanidad también conoce, una conexión afín y perfecta que armonizaba sus diferencias…
Ellos tenían una amistad muy particular y un sentido de humor muy retorcido.
Podríamos decir que a Wiss, en el fondo de muy misteriosa alma, disfrutaba enormemente fastidiando a los demás y siguiéndole el juego al igualmente extravagante e impredecible Dios de la Destrucción. Eran estas cosas sencillas de la vida lo que enriquecían una aburridísima inmortalidad…
— Bueno, en parte es cierto— el asistente soltó una risita coquetuela—. Este asunto es de lo más entretenido que nos ha pasado en milenios, Señor Bills. Me estaba empezando a aburrir…
— Lo mismo que yo. ¿Qué me dices? — las fauces del Devastador de Mundos se ensancharon hasta tomar la forma de una sonrisa amistosa.
— Ay, Señor Bills. Sólo usted sabe cómo tentarme. Pero luego, no diga que yo no le he avisado: Esto es una trampa descarada y posiblemente vamos a tener un buen disgusto. — indicó Wiss, mientras giraba para contemplar minuciosamente a la beldad reptil, la cual sentía que su determinación menguaba. La expresión siempre hermosa y amable, era ahora una parodia cruel y divertida, una vez que el asistente había decidido ponerse del lado de su amo —. Querida princesa— habló —. Me parece que su estancia en nuestro reino será larga, viendo que no desea dar una respuesta apropiada a las demandas del noble Señor Bills ¿Qué puedo hacer para que se sienta cómoda?
... ...
Lo que pasó entonces, fue una explosión fatal. El mirador estalló entre piedras, flamas y humo denso. Tres serpientes voladoras intentaban alejarse en dirección al tenebroso cielo, reptando vertiginosamente en el aire como si avanzaran sobre la tierra. Una de ellas, de un verde plateado similar al mar bajo la luna, era inmensa, impresionante, capaz de competir con una cordillera montañosa.
Entre los escombros y tosiendo como un poseso, Ackman alzaba el puño e injuriaba en todas las direcciones:
— ¡Oiga, Princesa! ¡Prometió sacarme de aquí! ¡Vuelva!
En menos de un segundo, ya Bills y Wiss habían emprendido el vuelo tras las fugitivas, las cuales eran incapaces de superar la presteza aérea de los perseguidores. El hombre celeste alcanzó a los reptiles pequeños y, meramente, hizo un nudo con sus cuerpos y dejó que se estrellaran contra el suelo.
La "princesa" fue otro cantar.
Se propuso batallar.
La ofidia monstruosidad se estiró tan larga como era, dispuesta a estrangular con sus anillos a todo aquello se moviera, a la par que sus mandíbulas, grandes y negras como fallas, liberaban un fuego candente como la caldera del tártaro en pleno apogeo.
Pero nada de esto logró hacer mella en el cuerpo indestructible de Bills. Éste logró sujetar a su enorme presa y empezó a zarandearla, igual que una coctelera. El infierno de llamas que acababa de atravesar no era para él otra cosa que lluvia sobre la piel.
Ella no se rindió. Siguió vomitando fogonazos y lava, escupió correosa y letal ponzoña, trató de morder con sus dientes del tamaño de arietes. Incluso, después de verse obligada a retornar a su fémina y atractiva apariencia, Jadōshin siguió combatiendo, entre arañazos, gritos y patadas. Finalmente, el dios tomó en brazos a la mujer y la obligó a descender hasta las ruinas, dónde el otro hombre esperaba con el nudo de culebras entumecidas por el dolor.
— Pues empezamos bien, Señor Bills. Con lo que me costó adornar nuestro pequeño mirador … — con una tristeza genuina, Wiss se quejó ante lo poco que quedaba de su obra maestra decorativa. Luego, hizo un aspaviento con los dedos y parte del edificio se reparó mágicamente, en un abrir y cerrar de ojos, mas la gran mayoría de los muebles perdieron el lustro original… —. Creo que tardaré eones en dar con otra mesita tan cuca para el té, ya no se fabrican como antes.
Si bien, Bills y Jadōshin se encontraban en islas distantes. Se habían perdido en los ojos del otro y no atendían a nada que no fueran ellos mismos.
Envueltos en el embrujo del primer contacto, sus cuerpos seguían allí, él reteniéndola por las caderas con sus zarpas y ella completamente quieta, igual que una cobra bajo el trance del encantador de serpientes. Pero sus mentes estaban ausentes, mientras un titubeante silencio, acompasado de una tensión latente y remolona, fluía entre ellos…
— ¿Tan terrible sería amarme?— el susurro de Bills sonaba impreciso. Parecido a un ronroneo, inaudible y un poco quejumbroso, como si temiera saber la respuesta—. ¿Tan grotesco y inhumano soy?
— Yo…
Wiss miró hacia otro lado, sabiendo que estaba envuelto en una situación muy incomoda que era mejor no ver. No obstante, antes de darse la vuelta, notó que ella inclinaba la cabeza y, a pesar del miedo, se sonrojaba por los contradictorios apetitos encontrados. No eran más que dos criaturas escalofriantes, pueriles y cautivadoras; sinónimas de muerte y deseo…
Incluso la boca de ella, vestida en el carmín, se veía más tentadora, dispuesta recibir todo el amor que Bills quisiera darle. Mientras, él jadeaba ante la idea de un primer beso:
— Madre mía, ¿Tienes idea de lo loco que me pones? Por ti, sería capaz verter leche para una segunda vía Láctea…
Los labios de la dama se curvaron por la decepción.
— ¡Señor Bills, no diga esas cosas! — chilló su ordenanza, con ambos pómulos enrojecidos.
El demonio niño casi soltó una risotada:
— Será cochino….
— ¿Qué? No, no me refería a ese tipo de leche. Era una metáfora… — Bills dio un brinco y soltó rápidamente a Jadōshin, intuyendo que sus palabras románticas había sido obscenamente malinterpretadas—. Aunque, llegado el momento, si somos pareja…Bueno, sin duda yo obraría en consecuencia… Oh, mierda.
Jadōshin no estaba impresionada. Levantó la barbilla con apatía y permitió que las dos culebras (sus criadas) se enroscaran en sus brazos. El hechizo estaba rotó, y con él, el corazón de Bills.
Éste perdió la timidez y la furia retornó. El verse a si mismo como un memo era algo imposible de soportar:
— Hoy voy a llegar al límite de mi paciencia — maulló, volviendo a sus mezquinas e irritantes maneras—. ¡Me está entrando ganas de arrancarle el alma de cuajo, señora! ¿Me Oye? ¡De cuajo!
— Pues buena suerte, por que ya no la tengo.
Demasiado tarde para arrepentirse. Lo dicho, dicho estaba.
En el fulgor de la discusión, la princesa se tapo rápidamente la boca, horrorizada por su propia insensatez. Pero todos los presentes habían escuchado perfectamente. Hasta Ackman y su homúnculo dieron un respingo, mientras trataban de ver si el GPS del móvil era capaz de orientarse en el Vacío Primordial Cósmico.
La Guardiana del Camino de la Serpiente no tenía alma.
Bills se fue separando muy despacio de ella, como si quisiera contemplarla en una distancia prudencial.
Acababa de hallar la hebra suelta del tapiz perfecto...
Ahora comprendía aquello que sentía cuando estaba cerca de ella. Bueno, aparte de la lujuria y el sentimiento de afinidad. Esa sensación de que la imagen no estaba bien, a pesar de que él era incapaz de definir el problema… Hasta ese momento.
Por el contrario, Wiss apartó al Dios de la Destrucción de un manotazo y empezó a estudiar de arriba abajo a la dama. Que este detalle se escapara a su infinita experiencia (y ancianidad, aunque él nunca admitiría ser viejo), era algo que hería gravemente su orgullo.
¿Cómo había sido tan bobo? Todo el mundo en el Mas Allá conocía que Jadōshin había nacido con la peculiaridad molesta de tener el alma de un dios y el corazón de un demonio, y por eso, era bastante descabellado no notar que algo faltaba (y desde hace bastante tiempo). Pero también era cierto que ella permanecía mucho tiempo sola, y cuando alguien permanece sola, hace cosas raras como ésta…
Wiss debía reconocer algo… Esto era una escalofriante y horrible obra de arte. Quién había tomado esa alma, debió ser un autentico artista en una magia primitiva y una persona muy poderosa en el universo: No era fácil conseguir el alma de un inmortal sin dejar una huella distintiva como un letrero publicitario… Pero era cierto, el corazón de un demonio palpitaba en la bella, pero el alma estaba completamente ausente en su cuerpo. En ese recoveco que los seres humanos no pueden ver, pero si intuir, sólo quedaba un vacío sordo.
— En mis tiempos, estas cosas no pasaban. Y no deberían pasar.
— Oh, por favor, sólo es un alma— viéndose desnuda en su celoso secreto, ella se aclaró la garganta e hizo un ademán de vanidad herida.
— Y lo dice como si le faltara una uña — habló Wiss, todavía asimilando el descubrimiento—. Sin duda, Señor Bills, tengo que admitir que usted tiene un gusto peculiar para el amor.
Ahora, la expresión del hombre celeste dejaba entrever cierto abatimiento, como si dentro de él supiera que un dios, o un demonio, no se deshace de su alma sin una terrible razón de peso. Y al final, preguntó:
— ¿Por qué se ha hecho esto a si misma, criatura?
— ¿Y por que no? — repuso con amargura la princesa, avergonzada y desafiante. Demasiadas emociones y gritos en un solo día habían provocado que su voz sonara ronca —. ¿Acaso tengo que dar explicaciones? No la tengo y se acabó… Mire, lo bueno es que su amo me mira con otros ojos. Ja, hombres. ¿Quién los entiende? Pero me alegro… Hice lo que tenía que hacer porque así son las cosas. A nadie le gustan las mestizas
Ella ocultó el rostro tras los tupidos rizos, y casi pareció otra vez esa muchacha que, joven y recién formada en los albores de la creación, no supo ensamblarse completamente bien en los múltiples universos ni en las reglas de sus congéneres. Porque, dentro de ella, guardaba el pecado de haber nacido con un corazón de demonio y un alma de dios.
Y así, rememoró el día que tomó la decisión.
... ...
Muchos, muchos milenios en el pasado, en el mismo centro del Camino de la Serpiente…
— Si buscas a Darbura, has venido para nada. Aquí no está.
De todos los habitantes del séptimo universo, Serupina era la persona que Jadōshin menos deseaba ver. Pero había pasado tanto tiempo sin recibir visitas, que estaba dispuesta a hacer la vista gorda con tal de hablar con alguien durante unos minutos, y no tener seguir soportando el aburrido aislamiento:
— Y si quieres saberlo— Continuó mostrando desagrado, mientras estudiaba los rasgos de la otra mujer—. Por mí, puedes quedártelo para siempre. No quiero volver a verlo jamás… Por cierto, ¿Qué clase de esposa eres si no sabes dónde demonios se mete tu marido?
Como un cuervo alado, la reina de Makai se giró y, cuando las miradas se enfrentaron, la Princesa Serpiente deseó guarecerse en un agujero húmedo. Serupina hacía que el frío océano y la oscuridad densa parecieran un charco y una bombilla. Aunque podrían existir demonios mucho más poderosos en fuerza, nadie podía competir con ella en magia negra. Pues, según la leyenda, era la suprema madre de todas las brujas, la primera conjuradora y la primera mujer que osó doblegar el universo a través de las artes oscuras, sin importar el dolor que esto costara.
Jadōshin suponía que Darbura coqueteó con ella porque su mujer era un cardo borriquero. Pero ahora, veía que estaba equivocada, Serupina era todo menos fea. A pesar de los ropajes negros (más propios de una monja de clausura) se veía que era una beldad esbelta y espectacular, con una piel perfecta y perlada de un tenue matiz verdoso, y unos largos cuernos rematando su cabeza como una corona.
También, había algo que partía su corazón y humedecía sus mejillas: La reina tenía la curva incipiente que indicaba un embarazo. Que tonta había sido al pensar que su amante demoníaco tenia decentes intenciones cuando esperaba un hijo de su esposa…
La recién llegada habló primero:
— No se te ocurra mentirme, pequeña víbora. Te han visto demasiadas veces pavonearte del brazo de ese imbécil holgazán, al que llamo marido, como para que te pueda creer.
— ¿Mentirte? —repuso la princesa serpiente —. ¿Por qué iba hacerlo? Aquí, el único que ha mentido es tu reyecito, al que no quiero ver ni en pintura. Búscalo en todos los armarios si quieres, y luego…
— No, ahora hablo yo.
Las palabras de Jadōshin se apagaron en su garganta ante la orden de Serupina, y el terror inundó su cuerpo, de una forma que no podía comprender. Los inmortales rara vez sienten el miedo y no están acostumbrados a él.
— ¿Crees que no conozco a las de tu clase y lo que buscan? — continuó la reina, sonando como si su voz estuviera en todas partes y no en ella—. Que bonito es casarse con un rey y tener un lindo y pulcro trono. Pero, preciosa mía, la que manda en Makai soy yo, y siempre seré yo. Y Darbura es mi consorte, que es para lo único que vale además de para dar puñetazos. Un detallito que él siempre olvida cuando quiere acostarse con una boba. ¿Sabes por qué lo elegí? ¿Lo sabes, preciosísima? Lo elegí como una mantis elige a su sexual presa, porque era el demonio más fuerte en ese momento. Y ahora, ya ves que ha cumplido su cometido….
Entonces, acarició el abultado vientre de la menos maternal de las maneras, como si lo que tuviera debajo del vestido fuera cualquier cosa menos un niño:
— A pesar de todo, no creo que me coma a mi marido hasta dentro de seis millones de años, aunque ganas tengo. Bah, supongo que eso es el amor… ¿Sabes, niñita? He tenido unos milenios infernales, todo me ha salido mal. No solo Darbura ha tratado de derrocarme para tenerte a ti en mi lugar, también, ya han pasado cuatro millones de años desde que me robó aquel en quién más confiaba, mi aprendiz Bibidi. Y todavía me duele. ¿Crees que eso está bien? ¿Verdad que no? Si bien, a todos los cerdos les llega la matanza… Ahora ya puedes hablar ¿Mi marido te ha dado alguna pista de hacia dónde se dirigía?
La muchacha sierpe notaba que de nuevo era capaz de hablar, pero solamente logró mover la cabeza y negar.
— Eso está mejor, ahora si te creo.
Serupina se apartó unos pasos y, por un segundo, Jadōshin se dispuso a salir volando tan rápido como fuera posible, porque creyó ver un brillo asesino en la Reina de Makai, y la imaginó dispuesta a saltar sobre ella para despedazarla viva. Si bien, el sentimiento se desvaneció rápidamente.
La visitante había cambiado completamente, y ahora, se veía afligida y atenta.
— Pensé que te odiaría, pero no lo hago— dijo. Y Jadōshin se vio tremendamente atraída por sus palabras y sus movimientos. Era tan agradable volver a escuchar una voz amiga, una voz que pertenecía a una verdadera mujer, y no únicamente tener falsas conversaciones con falsas criadas—. Pobrecita, las dos hemos sido engañadas de la peor de las maneras, y lo único que he hecho es atemorizarte por venganza. Pero tú no sabías que él estaba casado conmigo cuando todo esto comenzó. Perdóname y hablemos como personas civilizadas.
Platicaron durante horas. Y rieron y lloraron, y se contaron tantas cosas como sólo dos amigas verdaderas pueden contarse. Hablaron de hombres, de moda, de jugosos cotilleos, de la bonita fachada que tenía el juzgado de los muertos, de los lindos ojazos del Devastador de Mundos, de los horribles peinados de los Kaioshins y de secretos inconfesables.
La princesa Serpiente, tan niña como era entonces, experimentó por vez primera la sensación de ser aceptada. Y no sintió recelo al ver lo fácil que era hablar.
Siempre había querido un oyente, un amigo.
Alguien que entendiera lo horrible era el destino que tenía. Que apreciara que, para menguar su soledad, la princesa trasformaba a sus mascotas en personas, aunque estos eran únicamente ilusiones sin sentimientos reales. Un ser afín que pudiera compadecerla de corazón, sin juzgarla tonta por vivir sola en el Camino del Otro Mundo, lejos de los dioses y los demonios, porque era ambas razas y ninguna por igual.
Y esa mujer misteriosa, esa bruja primordial y suprema, parecía querer ser todo eso y más:
— Los Kaioshins y los dioses neutrales no han sido justos contigo— decía, mientras secaba las lágrimas de ácido de la princesa, ofreciendo ánimos y piedad—. Pero tu castillo no es realmente el problema. La cosa es que tú no puedes vivir como una divinidad neutral. ¿Te imaginas siendo como ellos? ¿Pasando la eternidad durmiendo, comiendo y viviendo aislada como un ratón? Eso no es para ti.
— Ya lo sé, pero yo nací neutral. Y tengo que vivir como una de ellos.
— Entonces, deja de serlo, linda criaturita. La neutralidad está bien para los remolones indecisos. Y, para no decir nada feo del Bien… digamos que está "sobrestimado". ¿No me crees? Piensa en los Kaiohs y los Kaioshins. ¿Qué hacen por la Vida además de mirar? Pero los demonios no somos altaneros, no juzgamos. Nosotros actuamos y cambiamos el universo. Somos una unidad, pertenecemos a algo más grande que nosotros mismos. Si fueras una de nosotros, nadie te despreciaría.
Oh, que asombrosamente dulce era creer en todo lo que ella decía.
— ¿Lo dices en serio? ¿Yo podría ser un auténtico demonio a pesar de ser mestiza?
— Bueno, solamente si renuncias a una cosa. Tu alma de diosa.
Jadōshin echó la cabeza hacia atrás y la miró, horrorizada por lo que acababa de escuchar. Sentía que empezaba a despertar de un profundo sueño y que su interlocutora dejaba de ser apacible…
— Lo sé, lo que digo no es fácil de asimilar, es un gran sacrificio. Mas, los demonios no podemos tener el alma de un dios, como un dios no puede tener el corazón de un demonio. Así son las cosas — se explicó Serupina, y de nuevo, cualquier duda se evaporó en el aire junto con el perfume almizclero de los hoscos ropajes—. Yo sé como hacerlo para que no duela y no tiene que ser vergonzoso. Pero, si tienes dudas, podríamos mantenerlo en secreto y guardarla en un bonito tarro de cristal de tu bodega, por si luego nos arrepentimos... Créeme querida, si has tenido tanto dolor en tu vida, es por esa dichosa ánima que no encaja en ti. Sin ella, todo será mucho más sencillo. Déjame ayudarte y convertirte en aquello a lo que siempre has estado predestinada…
Jadōshin casi no dudó al aceptar. Casi no lloró cuando la mano de la bruja, igual que una oruga, perforó en su psique y arrancó de cuajo el defecto de nacimiento.
Relativamente simple.
Y con total franqueza, no echó de menos tener un alma de diosa: Serupina estaba en lo cierto, era mucho mejor tener únicamente un corazón de demonio que no se interpusiera en los sentimientos caprichosos. Ahora, además de formar parte de un grupo, se dio cuenta que era relativamente fácil quitar una vida. Y lo estimulante que era deshacerse de los caballeros que aceptaban su cortesía ponzoñosa, una vez que el amor desaparecía… Si bien, en la serenidad de su dormitorio, a veces tenía una duda diminuta.
¿Podría ser que había hecho algo imposible de reparar?
Pero, ahora era una con la gente de Makai.
Y adoraba a su benefactora amiga. Sin extrañarse de lo poco que la conocía…
He incluso, poco tiempo después, sintió como su corazón lloraba ante la perdida de la Soberana de Makai. Con el mismo dolor que los demás demonios sentían en su colectiva unidad, sin verse demasiado diferentes a hormigas llorando por su reina. Ella desapareció siguiendo los pasos de su marido y del brujo Bibidi, y durante eones, hubo nuevos reyes que se coronaron regidores de Makai, mientras los leales siervos buscaban aquella tenebrosa embarazada que debía reinar…
... ...
— ¿Está satisfecho? Soy una diosa fragmentada y no muy buen partido. Así que, buenos días y adiós, yo me vuelvo a mi casa.
Pero Bills simplemente acarició abstraído la punta de su barbilla y no dijo nada durante unos minutos. Estaba sopesando la nueva información:
— Si no tiene su alma… Eso quiere decir, que "otro" la tiene.
De pronto, su cara se iluminó de una manera cínica y sórdida. Acababa de comprender que, por un momento, las cartas estaban a su favor.
— Que venga el pez oráculo inmediatamente — dijo.
— No se atreverá…
La diosa apretó los dientes para retener el fuego candente que escapaba de su garganta. Ahora, sus rasgos angelicales volvieron a tomar la forma de una terrible pesadilla serpentina. Quien tuviera el alma de la Princesa Serpiente, tendría a su vez control sobre ella… y sobre su corazón. Algo difícil de soportar si ese dueño era Bills.
— ¿Qué no me atrevo? A eso y a más… — soltó él, con un tono agudo—. ¡¿Y ese endemoniado pez?! Ah, no… Si ahora tengo una nueva adivina. ¡Ey, vieja! ¡Ven ahora mismo!
Un ligero temblor y un banco de niebla invadieron el ambiente. Al evaporarse, el maltrecho cuerpo de Uranai Baba ya estaba allí, como un pequeño murciélago, y tosiendo por culpa del fétido olor del conjuro. La mujer reptil palideció más que un cadáver, al entrever que había sido engañada de la peor de las maneras.
— Tú… tú…— siseó, turbada por la rabia —. Tú me has hecho venir aquí…
— Que placer es tenerla con nosotros, querida princesa. Pero, discúlpeme: ahora tengo que trabajar… —dijo Baba, tan descaradamente respetuosa que parecía insolente—. Oh, Supremo Destructor, ¿qué puedo hacer por usted?
Wiss dio un codazo a su patrón, en una tentativa poco sutil de llamar su atención. Las piezas del misterio empezaban a tomar forma para él y, como buen inmortal, recordaba una más que milenaria leyenda sobre el peligro que padecen esos dioses que se atreven confiar en las brujas…
Una historia de una deidad que no dio la debida importancia a una bruja, una muy presumida y amante de las joyas, y que por providencia de una tonta casualidad, acabó perdiendo parte de su esencia al fusionarse con ella…
—Veo que os conocéis. Bueno, da igual, veamos como sigue este juego… — observó Bills, regalando a Baba la más fiera de sus sonrisas—. Anda, bruja, deseo saber quién es el actual dueño del alma de la Princesa Serpiente. ¿Puedes decírmelo?
La hechicera se hecho a reír quedamente, dura como hierro, lo cual molestó a la deidad felina. De seguido, ella tanteó entre sus ropas y sacó un tarro de cristal con una resplandeciente y cegadora luz.
Una luz tan hermosa y perturbadora que quebraba las sombras de todos los presentes, como únicamente el alma pura de un dios podría hacer.
Al reconocerla, la garganta de Jadōshin emitió un quejido desesperado.
— Claro que puedo, noble Bills — dictó la recién llegada—. Esa alma es mía. ¿Por qué lo pregunta?
Está vez, hasta el Dios de la Destrucción percibió que algo no iba bien…
Sentía que estaba cayendo en una trampa muy bien elaborada. La maldita señora del horrible sombrero, de alguna forma, había metido un gol a Jadōshin, y ahora, él era quien podía salir beneficiado o perjudicado por las consecuencias. Tenía que reconocerlo, no era fácil asimilar que detrás de todo esto estaba una simple mortal casi inválida…
Otra deidad pensaría detenidamente en una retirada, pero las pupilas rasgadas de Bills se volvieron más brillantes…
En el fondo de su ser, la situación le entretenía…
Además, la imagen del gélido espejo de los sueños seguía adueñándose de su mente, y no estaba dispuesto a renunciar a ella.
— Me voy a permitir recordarle que este tipo de tratos no están muy bien vistos entre los Dioses y los Inmortales — de nuevo, el insufrible Wiss susurraba al odio del gato —. No puede ir apoderándose de almas simplemente porque quiere apuntarse un tanto con una dama, y menos aún si ésta pertenece al panteón demoníaco del Reino de Makai. Ya es bastante malo que piense en comprar almas humanas. Y esta anciana humana está engatusándole como un crío…
— Wiss, en serio ¿Nunca te cansas? ¿De qué puñetas hemos estado hablando todo este tiempo?
El hombre celeste frunció el ceño y cerró su pintada boca, dispuesto a no volver abrirla. Muy bien, se acabaron los consejos.
La suerte estaba echada.
— No me mientas, vieja — Rugió el gato, con los ojos como monedas ardientes por el recelo—. ¿Por qué tú, un mortal simplón, tendrías algo tan valioso en tu poder?
— Simplona sin duda, pero una tiene sus propios chanchullos. Y, vamos, no soy tan senil para atreverme a mentir en estas cosas…
— No, por favor, te daré todo lo que quieras — el semblante de la princesa cambiaba de color. Casi tartamudeaba, no sólo por el miedo, también por la aprensión de ver una parte de si misma que había intentado olvidar. Pero ahora, al verla de nuevo, el deseo de verse completa crecía, y no podía dejar de horrorizarse por haber querido renunciar a ello—. Es mi alma. No puedes hacerme esto. Cometí un error cuando fui joven…Por favor, No quiero que él…Es mía...
— Realmente un alma muy bonita, si me permite la observación, algo digno del cielo. Pero es una pena que no la quisiera entonces— Uranai Baba se quedo callada un buen rato, pero su mirada aguda hizo que la bella bajara los parpados y oprimiera las lágrimas en ellos. — Lo siento, querida, no es nada personal.
Ackman, que había permanecido meditabundo contemplando el valioso contenido del tarro, babeaba igual que un perro. Un buen minorista sabe distinguir un magnifico género en cuanto lo tiene delante, y el alma de un dios no tiene precio en el mercado negro de Makai. Así, agitó la mano y ganó la atención de Baba.
El niño demonio ahora apoyaba la espalda contra la barandilla del mirador, cruzando los brazos y levantando una ceja, con una aptitud claramente provocativa.
— Eres una mujer muy interesante — dijo a la adivina, extendiendo las palabras, más meloso que un bombón de licor de cereza—. ¿Sabes? Siempre me han gustado las maduritas, y creo que tú eres mi tipo. Mi esposa es mucho más mayor que yo, y no me importaría tener una segunda.
Baba parpadeó con ojos austeros:
— ¿Estás… estás tratando de seducirme?
— Claro, eres una tía rica y yo amo el dinero. ¡Casémonos!
— Lo que tengo que aguantar... — exclamó indignada Baba, sacudiendo sus mofletes —. Vete a molestar a otro, niñato, ¿no ves que estoy ocupada?
— ¿Pero nos casamos o no?
— ¡Por supuesto que no!
— ¡Maldición! — Ackman chasqueó la lengua. Otra oportunidad fallida para llenarse los bolsillos —. ¿Y socios capitalistas?
La hechicera simplemente lo ignoró. Lo último que necesitaba eran las tonterías de un adolescente infernal. Luego, su octogenaria voz dio muestras de impacientarse.
— ¡Oiga, Señor de la Fatalidad! — habló a Bills—. La buena de Uranai Baba es la más leal de las damas. Pero como ve, tiene cosas muy interesantes en su poder. Hablando se entiende la gente, ¿no cree?
Jadōshin tembló más que la gelatina. Baba conocía el futuro y había manipulado sus intenciones para tentarla hacer una visita al Dios de la Destrucción. Ahora, una terrible imagen se formaba en la mente de la hermosa dama… La anciana haría negocios con Bills, y su alma pasaría pertenecerle. Y con ella, su libertad.
El felino no dejaba de contemplar la belleza de la mujer sierpe. Al momento, se relamió por puro placer malicioso gobernado por el celo:
— Baba, querida. ¿Te has olvidado de un detalle muy pequeño? — dijo —. Acabas de venderme tu alma, ¿ya lo has olvidado? Y ahora que tu alma es mía, también la princesa es…
Bajo el ala del sombrero, la cabeza de Uranai Baba hizo un gesto de negación. Tenía miedo, por supuesto ¿No era acaso una enclenque mortal delante de los dioses?... pero, estaba tan cerca.
Un último empujón para que pronto todo estuviera a punto de caramelo, solamente si el valor no la abandonaba:
— Oh, Poderoso Bills, no quiero parecer irrespetuosa… Mas, creo que no tiene buena memoria: Yo vine a venderle mi alma, pero en ningún momento se ha realizado un traspaso.
— ¿Qué?
— Usted dijo que quería esperar y ver si merecía la inversión. Y ahora… Creo que me estoy encariñando de nuevo con mi buena alma, y la conservare otros cien años más. Después de todo, solamente tenemos una.
Tras un rugido deprimente y malintencionado, Bills tomó posiciones y se plató frente a la hechicera, acercando su rostro todo lo que pudo a la cara de ella y dejó que su aliento la rozara:
— Mierda… ¿Te crees muy lista? Me has metido a posta la idea de comprar un alma por alguna razón… Bien, desembucha. Veamos de qué pasta estás hecha, vieja.
... ...
Continuará
NOTA DE LA AUTORA— He tardado mas de lo debido en terminar este capitulo, porque han pasado muchas cosas personales, y llego un momento que no sentía con fuerzas para escribir. Me parecía que mi estilo no era apropiado, que solo escribía disparates y que la historia pronto quedaría obsoleta (y así ha sido, con la nueva serie y con los nuevos videojuegos), y por tanto tendría que reescribir todo en algún momento. Pero al final, decidí terminar este capitulo y ver que pasaba, solamente teniendo en cuentas las dos ultimas películas de Dragon Ball, y olvidar Dragon Balll super y Xenoverse, como originalmente fue la idea.
Aunque me lleve tiempo, posiblemente termine el fic (únicamente queda un capitulo) pero he cortado muchos lazos con la comunidad de Dragon Ball al sentir que no estaba ofreciendo nada que la gente necesitara leer. Supongo que todos tenemos sentimientos negativos con respecto a nuestro trabajo, y nos hace tomar decisiones anormales. La triste realidad, es que los únicos perjudicados son los lectores que yo tenía, muy buena gente que quisieron darme una oportunidad, y se han visto abandonados cuando ellos querían saber que pasaría. Mis disculpas pobres no pueden compensar eso, pero aún así, yo me disculpo con cada uno de ellos.
Dragon ball © 1984 Akira Toriyama
A Dragon Ball fanfic by Iluvendure ©
