©Disclaimer: Detective Conan es propiedad de Gosho Aoyama. Este relato está hecho por diversión, sin ánimos de lucro.
El muérdago acosador
Navidad, tiempo para reflexionar y disfrutar unidos en un marco de imperturbable paz.
— ¡Malditas luces! —Kogoro rezongaba mientras intentaba, sin mucho éxito, desenredar unos enmarañados cables hostiles.
— Ten cuidado querido, las romperás —advirtió Eri, quien peleaba contra una pasta grumosa que pretendía pasar por masa para galletas.
— Y tu nos intoxicarás con lo que sea que estés tratando de cocinar —replicó su esposo enfurruñado.
— ¡Esto es el colmo! —chilló indignada la futura abogada, arrojando violentamente los utensilios de repostería al fregadero—, hago mi mayor esfuerzo para ser una buena esposa, madre, ama de casa y estudiante de derecho, merezco algo paciencia y respeto —declamó.
Aunque Ran consideraba normales aquellas discusiones entre ambos progenitores, estas, desde hace varios meses, iban aumentando de forma alarmante. Primero papá irritaba a mamá, generalmente con algo relacionado al almuerzo del cual siempre se encargaba, luego ella respondía furiosa y así iniciaba todo. Ahora solo esperaba que el espíritu navideño les hiciera algún efecto, pues deseaba vivir unas armoniosas festividades.
— Y debes entender cariño, que yo no tengo la culpa de que intentes matarnos con tus experimentos culinarios. —Kogoro continuaba dando pelea—, así que no te enfades conmigo, enfádate con quien sea que te haya negado el don de la cocina —agregó.
— No tienes remedio, definitivamente no tienes remedio —suspiró Kisaki resignada.
— Mamá, papá… ¿puedo ayudarles en algo?
Los mencionados voltearon logrando así ver a Ran, quien harta de tanto conflicto había decidido interrumpir. Llevaba sus cabellos revueltos y un pijama rosa puesto, con las manitos se frotaba el rostro somnoliento.
— No hace falta hija, ya está casi toda la decoración armada. —Eri sonrió forzosamente —, así que ve y cámbiate mientras sirvo el desayuno —ordenó.
Desayunaron juntos tranquilamente, después de todo era temporada festiva, lo cual les obligaba a mantenerse sosegados y mostrar buena voluntad. La pequeña Mouri fue quien abandonó primero aquella sobrecargada mesa familiar, debía marcharse hacia su escuela pronto, más sabiendo que Shinichi no podría acompañarla esa mañana, pues, aparentemente, tenía compromisos impostergables.
— ¿Cómo que vamos de compras? —El pequeño Kudo protestó indignado tras descubrir las verdaderas intenciones del repentino "secuestro" perpetrado mientras dormía apaciblemente.
— ¡Casi es navidad Shin-chan, debemos conseguir los regalos y el material para decorar! — Explicó Yukiko, quien conducía a velocidades extremas.
— Navidad es una fiesta cristiana y nosotros no somos cristianos mamá, no hay razón para celebrarla —refutó recalcando cada palabra.
— ¡Qué aguafiestas! —exclamó la ex actriz —. Casi todos celebran navidad aún sin pertenecer al cristianismo, es la moda —añadió —. Además, ¿no quieres darle algo lindo a Ran-chan? — preguntó sonriendo con picardía.
— Me da igual —bufó Shinichi sonrojado, en realidad hace tiempo que le tenía apartado un obsequio.
Llegaron al centro comercial, milagrosamente sin ninguna multa o lesión.
— Vamos a pasar una mañana muy divertida —animó Yukiko —. Después te llevaré a la escuela, porque aunque vayas tarde podrás… —enmudeció bruscamente tras notar algo extraño.
— ¿Qué sucede? —cuestionó su retoño.
— ¡Te han pegado una tarjeta de navidad en la espalda! —Indicó asombrada.
Ambos escrutaron los alrededores atentamente, mas no consiguieron encontrar nada sospechoso. Ya que el objeto hallado solamente contenía trozos de muérdago adentro, decidieron tomarlo como broma inofensiva continuando con las compras.
Durante dos horas, madre e hijo dieron vueltas interminables por aquellas lujosas tiendas hasta que Shinichi, fatigado, decidió aguardar sentado sobre una banca estratégicamente ubicada.
— Entonces Santa Claus dijo, "hágase el consumo" —bromeó viendo a Yukiko cargando diversas bolsas.
— No querido, la navidad es mucho más que consumismo, también es solidaridad —aseveró ella —. Así que… sé solidario —concluyó entregándole pesados paquetes—. ¿Cómo? ¿Otro trozo de muérdago? —inquirió repentinamente observando dicha planta disimuladamente colocada entre varias cajas.
— Esto sí que es extraño —comentó el pequeño Kudo.
— Ni que lo digas —concordó la ex actriz —. Pero no creo que sea algo grave, de todas formas debemos irnos Shin-chan, para que no pierdas toda la jornada escolar —finalizó.
— ¡Que alegría! —ironizó.
Shinichi apareció justo para salir al recreo con Ran, y esta agradeció que así fuese. Azorada oyó las aventuras vespertinas del niño mientras caminaban hacia los casilleros.
— ¿Entonces no sabes quién te ha estado dejando esos trozos de muérdago? —Quiso saber algo perturbada.
— No, lo único que sé es que los muérdagos son plantas parasitarias que en navidad se usan… para dar besos —respondió su amigo esbozando una mueca de disgusto.
Ambos abrieron aquellos metálicos compartimentos dónde guardaban libros, asombrados quedaron cuando vieron tres postales navideñas caer del perteneciente a Shinichi.
— ¡Mira, un pedazo de muérdago! —Señaló Ran.
— Esto significa que él o la bromista está aquí, debe ser uno de nuestros compañeros. —Dedujo el pequeño.
Entonces divisaron extrañas sombras proyectadas muy cerca, sus dueños intentaron huir, pero ambos les persiguieron incansablemente hasta cercarlos.
— ¿Hoshino, Ibuka? ¿Ustedes fueron quiénes me pusieron los muérdagos? —indagó Kudo estudiando a las susodichas suspicazmente tras alcanzarlas.
— Sí, fuimos nosotras —confesaron unánimemente estas excéntricas compañeras.
— Sabemos que te gustan los misterios, y como vivimos frente al centro comercial, en cuánto te vimos, quisimos hacerte este pequeño juego —explicó Hoshino.
— Es que queríamos conseguir un beso tuyo de navidad, lo vimos el otro día en una película, fue muy romántico —aclaró Ibuka.
— ¡Están locas! —espetó Shinichi —. ¡Tengo siete años al igual que ustedes, no voy a besar a nadie! —afirmó.
— Pues no tienes opción, con todos los pedazos que te dimos ya completaste el muérdago, así que debes darnos un beso como dice la tradición —exigieron ambas niñas.
— Eso es lo que ustedes creen —contestó, después partió raudamente aferrándose a Ran.
— ¡Vuelve aquí cobarde!
Transcurrieron varios días hasta que llegó navidad. Esa mañana del veinticinco de diciembre, en la mansión Kudo, dos niños reposaban envueltos con afelpadas mantas eléctricas sobre un mullido sofá inglés. Contemplaban las crepitantes llamas exhibidas por una vetusta chimenea, tomaban chocolate caliente, hablaban pueriles trivialidades, y festejaban alegres aquellos regalos recibidos.
— Ten, esto es para ti —Shinichi extendió ruborizado su presente a Ran.
— ¡Muchas gracias! —exclamó ella emocionada—.Yo también tengo algo para ti —declaró completando el trueque.
Abrieron los obsequios entusiasmados, la pequeña Mouri brincó gozosa al hallar bajo un dorado envoltorio tres pandas rechonchos elegantemente acomodados dentro de una cesta elaborada con mimbre. Mirándoles detenidamente, casi podía identificar a su frágil familia en esos seres robustos e inanimados.
Shinichi también quedó gratamente sorprendido.
— ¡Es la nueva camiseta de la selección! ¡No ha salido al mercado aún!
— Sí, mi mamá hace algo que se llama asesoría legal para la universidad, a ella le tocó ayudar a uno de los jugadores de la selección, y por eso conseguimos la camiseta antes de que esté a la venta —comentó Ran orgullosa.
— Pues tu regalo lo compré en el viaje que hice hace dos meses a China, lo mantuve guardado hasta hoy —explicó Kudo sonriendo.
Así permanecieron ambos, unidos como siempre anhelaban estar, mientras afuera caían helados copos inmaculados.
La pequeña Mouri supo entonces que podía buscar sosiego con quienes le hacían bien, y Shinichi, bueno, Shinichi aprendió a odiar los muérdagos para siempre.
Las lecciones navideñas nunca faltan.
