Ser uno de los jōnin más requeridos de Konoha no era algo que le trajera alivio a Obito. De hecho, comenzaba a sopesar la posibilidad de que en realidad estuviera maldito, porque Tsunade no dejaba de cargarle de trabajo extra. La mujer argumentaba que si quería ser un Hokage debía acostumbrarse al trabajo constante, que cuando la eligieron a ella nadie le advirtió que tendría que vivir de papeleo en papeleo, que debía de agradecer cada misión como una muestra más de su confianza. Era el único jōnin a quien no le daban vacaciones desde hacía casi un año, y sentía que el agotamiento lo terminaría por desmoronar. Volver hecho papilla y con cansancio acumulado a entregar los partes de las misiones, y ver que la mujer estaba más ojerosa que él, con el piso recubierto de papeles, le disuadía cada vez más y más de ser querer ser Hokage.

Eso no era lo que había deseado. No había acción, peleas alucinantes, ni nada que le dijera que sería el ninja más fuerte y capaz de todos. Incluso a pesar de explotar a Shizune, durante la noche la asistente de la Hokage ya no estaba, y la sannin se amanecía con el papeleo que su ayudante no podía completar. Quizás de niño fue muy iluso, pero Obito sabía que ese no era su sueño. Ya ni siquiera podía sentirse genuinamente feliz al gozar del favor de Tsunade, incluso le parecía más un peso que una oportunidad para ser Hokage.

En su momento, no comprendió del todo la decisión de Minato de querer dejar su trabajo y dedicarse a su familia. Con la elección de Tsunade como Godaime Hokage, le llegó la difícil tarea de ganarse la fe de la mujer, lo que nunca le había costado cuando el Yondaime era su antiguo maestro. Ahora podía entender el cansancio de Minato y el apuro por retirarse a vivir los últimos años en que Naruto estaría en la casa natal; su hijo tenía aún más energías que Kushina, pero los problemas crecían junto con Naruto y sus reclamos de que se ocupara más de la familia. Cuando finalmente encontró en Tsunade su reemplazo, su antiguo sensei se retiró de la vida ninja definitivamente.

Fue la última separación que sufrió lo que había sido su antiguo equipo. Primero, se había ido Kakashi. Luego, Rin se alejó un poco de él cuando comenzó su noviazgo con Kakashi, y más todavía cuando se mudó a Suna como embajadora militar por un quinquenio. Obito se había aferrado a la figura de su maestro, pero cuando Minato se fue, sus días se convirtieron en una tortura para ganarse la confianza de la Godaime. Se acostumbró a una progresiva soledad que aumentaba a la par de su trabajo.

Tan monótono y tan lineal. Ni siquiera conocía bien el mundo fuera del País del Fuego, ya que todas sus salidas se resumían a fugaces misiones sin descanso para apreciar lo que había a su alrededor. Ahora tenía la confianza suficiente como para pedirle a Tsunade que lo enviara a una misión más apasionante, quizás en el extranjero. De esa forma, se evitaría durante un tiempo los aburridos sermones que la Godaime le daba acerca de cómo organizar el papeleo. Quizás incluso Tsunade entendería que no debía tenerlo como el único candidato. La presión le ahogaba a toda hora.

–Tsunade-sama, esto es todo lo que hay de Orochimaru por el momento– una vez le entregó un pergamino sellado, se apresuró a hablar, nervioso ante la mirada de fuego de la mujer –. Di-disculpe por interrumpirla, pero quisiera pedirle que no me envíe a más misiones así por un tiempo.

El conocido golpe en el escritorio no se hizo esperar.

–Pero, ¡¿qué se te ha subido a la cabeza, mocoso impertinente?! ¡Podría partirte la columna vertebral con un dedo, y ni tu kamui te salvaría!– resopló sobre la mesa, asustando a Tonton.

Y también a Obito.

–¡Perdóneme!– se inclinó golpeando sonoramente su protector de frente contra la mesa –. ¡Yo no quería ofenderla!

–¡Lo has hecho, mocoso!– le agarró de una oreja y le levantó la cara, obligándolo a mirarla.

–¡Sólo quería pedirle otro tipo de misión!– chilló Obito, juntando las manos en gesto de plegaria –. Algo así como un cambio de aire… – agitó una mano en círculos, pero se inmovilizó cuando Tsunade irguió una ceja y lo miró analizadoramente.

Cuando lo soltó, Obito se puso recto, frotándose la oreja, y luego volvió a inclinarse un poco.

–Tsunade-sama, estoy cansado… Quisiera una misión en el exterior– tragó. Ahora sólo el destino determinaría si salía vivo de esa oficina o no.

La Hokage se cruzó de brazos.

–Por un pedido tan simple, podrías no haber hecho tanto escándalo.

–Tsunade-sama, Obito no hizo escándalo…

–¡Tonton tiene hambre, Shizune!

Shizune rodó los ojos, Tonton siempre era la excusa de Tsunade para sacarla de las conversaciones. Tomó al cerdito y se dirigió hacia la habitación contigua, suspirando desanimada.

Obito retuvo el aire.

–¿Eres consciente de lo que has dicho, Uchiha Obito? ¡Ningún shinobi arguye cansancio en el cumplimiento de su nindō!– exclamó con voz potente.

Obito apretó los ojos con fuerza. Tsunade tenía razón, pero también era cierto que todos los jōnin penaban cada vez que a la mujer le llegaba más trabajo. ¿Acaso no debía predicar con el ejemplo?

Otro golpe le apuró a responder.

–¡Señora, no señora!– exclamó.

–¡¿Cómo que no eres consciente?!– Tsunade gritó y volvió a palmear la mesa.

–¡Señora, sí soy consciente!– Obito intentó gritar más fuerte para hacerse oír.

–¿Entonces por qué dices que no?– Tsunade impuso su voz por sobre la de él.

–¡Perdóneme señora! ¡No me hice entender, no se volverá a repetir, señora!– volvió a gritar.

–¡Exprésate bien, mocoso!

–¡Perdón señora!

–¡Nadie me dice cómo hacer mi trabajo!

–¡Perdón señora!

–¡¿Estás cansado de tu trabajo, Uchiha?!

–¡No señora!– mintió, ya podía despedirse de su viaje al exterior.

Shizune y Tonton temblaban en la otra habitación, sin atreverse a volver a la oficina de la Hokage.

–¡Entonces, te enviaré al exterior, a la peor misión que tenga disponible!

Obito levantó la vista confundido, pero inmediatamente la bajó, no quería tentar a la suerte.

Tsunade revolvía caóticamente su papeleo. Hojas y pergaminos volaron a su alrededor, pero Obito no abandonó su posición sumisa.

–¡Aquí!– la mujer encontró el pergamino y lo miró expectante. Al ver que el aludido no reaccionaba, volvió a descargar otro golpe en la mesa –. ¡Ven aquí, mocoso!

Obito reaccionó y se acercó presuroso, mirándola con temor.

Tsunade se sonrió para su interior. El joven tenía madera de Hokage, pero aún le parecía que su carácter era demasiado débil. Debía foguearlo en las grandes ligas.

Le extendió un pergamino.

–Aquí están los pormenores. Será tu primera misión diplomática, y con una aldea complicada. Irás a Iwagakure a hablar con el Tsuchikage. Debes conseguir el permiso para una rebaja en el precio del metal que compramos para elaborar nuestras armas. Konoha tiene sus propios recursos, y el Tsuchikage no ha dejado de subir los precios, a pesar de que Iwagakure no se encarga directamente de su extracción.

El corazón de Obito saltó en su pecho.

–Como me ha solicitado a mí para la negociación de precios y es muy orgulloso, ese anciano te la pondrá difícil. Incluso si el aumento del metal bruto del país de la Roca se deriva de los impuestos a la circulación que Ōnoki impone en su territorio y lo hace más oneroso para otras aldeas ninjas, no querrá concederte nada – Tsunade esbozó una torcida sonrisa macabra –. Además, odia especialmente a los Uchiha.

Obito sintió que su presión volvería a subir. No había sido una buena idea pedirle a Tsunade un descanso. Iba a hacerlo trabajar más, y él ni siquiera era bueno con las palabras.

–Pero Namikaze me informó que tú y tu equipo quedaron en buenos términos luego de cuidar a sus discípulos hace años. Harás lo que sea necesario para defender la postura de Konoha en mi nombre. No vuelvas sin un descuento en los precios. El trabajo que te encomiendo es más complicado que cualquiera que hayas tenido. ¿Estás preparado para no fracasar?

Obito sintió que la adrenalina de la ilusión volvía a recorrerle las venas. Hacía tiempo que no recibía una misión así de estimulante. Con firmeza, tomó el pergamino que la dama le extendía.

–¡Sí señora!

–Bien, partirás inmediatamente. ¡Vete!– lo espoleó Tsunade.

Cuando el jōnin desapareció, con la cara de un niño feliz, Shizune se atrevió a salir de la habitación de Tonton.

–Tsunade-sama, eso no era una misión, ¡era su deber!– exclamó estresada –¡El Tsuchikage se sentirá afrentado cuando vea que usted no va a reunirse con él luego del último aumento!

–Exageras– sacó su botella de sake de debajo de la mesa.

–Pero al mismo tiempo, jamás la vi depositar tanta confianza en un jōnin joven. Obito Uchiha debe sentirse halagado por ganarse su confianza– reconoció la mujer, observándola con atención.

–Por supuesto, Shizune– tragó –. Además, no tenía ganas de ver a ese viejo malhumorado, reñiríamos e Iwagakure querría ir a la guerra. Tengo que ir pensando en mi reemplazo para mi jubilación, Obito se las arreglará de alguna forma.

–Tsunade-sama, ¡Obito no es un diplomático! ¿Qué pasaría si no está a la altura de la misión?

–Probablemente Ōnoki querría una guerra o un sharingan. Despreocúpate, eso no va a pasar.

Su única inquietud profunda era que Obito pudiera traerle todas las variedades de sake que había anexionado al pergamino.


–¿Quién te crees que eres para pedirme "otro tipo de misión", niñato?– escupió Ōnoki, cada vez se sorprendía más por la insolencia de Deidara. Ya había pulverizado el escritorio de nuevo, esa acción siempre le bastaba para mantener a raya a cualquier ninja.

Menos a Deidara.

–¡Deidara!– exclamó al verse ignorado.

El más joven de los jōnin de Iwagakure jugaba a hacer dibujos con su pie con el polvillo que había sido el escritorio, manteniendo las manos en los bolsillos de la chaqueta táctica. A Ōnoki esa actitud le resultaba tan vulgar, que a veces le gustaría retorcerle el pescuezo.

Se tomó un tiempo para volver a hablarle.

–Lo que oíste viejo, hm. Desde que obtuve este kinjutsu ya no quieres mandarme a misiones de riesgo como antes, ¿qué demonios te pasa?– inquirió molesto.

El viejo kage se llevó una mano al pecho, resoplando con dificultad.

–Ya discutimos los términos de tu kinjutsu, Deidara– pronunció con voz grave –. Y dijimos que ese tema no se tocaría más. Creí que había sido claro, de igual forma con las condiciones que te impuse– sus ojos se entrecerraron, analizándolo mentalmente.

Deidara sintió el intento de intromisión y se removió incómodo, cortando el contacto visual. El viejo siempre adivinaba, tarde o temprano, lo que pasaba por su cabeza.

–No estoy yendo contra el acuerdo, sólo quiero una misión que no huela a mierda, hm.

–¡Mocoso insolente! ¿Acaso crees que servir a Iwa es una mierda?– escupió, pateando el suelo varias veces.

Deidara seguía sin hacerle caso, volteando los ojos. ¿Por qué le había malcriado tanto? Entre él y Kurotsuchi lograrían lo que temibles enemigos no habían podido realizar: llevarlo a la tumba.

–Eso lo dijiste tú, hm.

–¡Suficiente! ¡Te has ganado la peor misión que tenga disponible!– levitó sobre el adolescente, amenazándolo con un gran martillo que adornaba su oficina.

–¡Ey, no me asustas! ¡Baja eso, hm!

–¡Tú no me dices qué hacer!– el anciano fue hacia su pulcra biblioteca donde clasificaba las misiones de rango más alto, sacó un determinado pergamino y cuando estuvo sobre él, se lo estampó en la cara –. Otra mocosa descarada, la Godaime Hokage, ha decidido ignorar mi invitación y envió a un diplomático en su lugar. ¡Por eso las mujeres no deberían aspirar a puestos de tal importancia! Me dejó plantado y envía a un miembro de ese asqueroso clan. Ya que odias aburrirte, jovencito, tendrás que escoltar al shinobi de Konoha.

Deidara le fulminó con la mirada, el maldito del viejo le había dado la misión más burocrática en mucho tiempo.

–Eres tan retrógrado, hm– siseó, por un momento sobrepasado por la ira y la estupefacción ante el poder y la inmunidad del centenario.

–Y tú tan infantil. ¡Ahora vete!– el anciano caminó hacia una puerta contigua, de la cual extrajo otro escritorio de repuesto.

Deidara quería retrucarle, pero por otro lado no quería continuar con una discusión innecesaria, y ese día no estaba para argumentar demasiado. De hecho, intentaba no discutirle demasiado desde que hicieron el acuerdo sobre su kinjutsu. Ōnoki era demasiado terco y orgulloso, podía quedarse creyendo que una mujer de más de medio siglo de edad era una mocosa. En su fuero interno, aplaudía a la Hokage, él habría hecho lo mismo. Cerró la puerta con fuerza, anhelando más que nunca el día en que Kurotsuchi le arrebatara el puesto de Tsuchikage, entonces se reiría en la cara del viejo recordándole lo que opinaba de las mujeres en altos puestos políticos. Cuando viera a su amiga se iría de lengua de nuevo, de seguro el viejo tendría otra noche intranquila gracias al carácter de su nieta.

Desenvolvió el pergamino mientras bajaba desganado por la torre, ignorando a cualquier compañero que le saludara. La misión era una total porquería: debía estar detrás del culo del diplomático de Konoha a toda hora, aldea que no tuvo mejor idea que elegir a un Uchiha para crispar más aún los débiles nervios del Tsuchikage, aún a sabiendas de su proverbial odio hacia ese clan. Debía asegurarse de la comodidad del invitado, de su comida, lo único que faltaba que le pidieran era que le diera de comer en la boca.

Una vez leído con rapidez el encargo, volvió sobre las líneas, buscando el nombre con más atención.

Uchiha, O., rezaba el papel.

Deidara arrugó un poco su ceño, intentando recordar. Las dos veces que estuvo en Konoha, tuvo de niñero a un Uchiha que logró caerle medianamente bien a Ōnoki. Si mal no recordaba, su nombre era Obito.

Un dedo distraído se posó en su pómulo izquierdo, rascando con suavidad. Obito era un chico que le había cuidado bastante en esos viajes, a pesar de no recordar demasiado del primero. Del segundo, recordaba que había desarrollado una pequeña obsesión por él, era la época en que buscaba febrilmente el significado del arte. Miró la lengua que se asomaba en su palma derecha, escapando de la dentadura extra, la boca sonriendo. Aún le costaba un poco de trabajo dominarlas cuando estaban ociosas, pero a la hora de esculpir, la coordinación con su cerebro era excelente. Si ese tipo era Obito, podría mostrarle lo mucho que había progresado, y quizás hasta pelear con él. Por lo que rezaba el pergamino, era un jōnin poderoso.

Trajo su rostro a su mente y la promesa que le obligó a hacerle. Sí, ya recordaba completamente a Obito. Aquel chico tímido y extraño. ¿Cómo se encontraría ahora? La última vez era demasiado pequeño como para fijarse en las cosas importantes, tales como encontrar un perfecto equilibrio entre su apariencia y su personalidad.

Deidara se relamió inconscientemente, deseando que su visitante fuera Obito, de repente la misión no se le antojaba tan mala. Quizás incluso podría tener suerte al fin con alguien, y el hecho de que fuera uno de otra aldea y de un clan odiado por la suya lo hacía más excitante. La última vez que lo vio, aún era muy pequeño para tener en claro sus gustos, pero actualmente y con dieciséis años, le mortificaba saber lo que quería y aun así no lograrlo. Iwagakure era un lugar tan conservador, que sentía que a veces podría arrebatarle la inspiración.

Bajó todo el camino a su casa y entró sin saludar a su madre. Antes de comer, decidió darse un buen baño relajante, nada de lo que pudiera disfrutar en los cuarteles. Enjabonó varias veces su piel y usó dos cremas exfoliantes y emulsionantes. Trató su cabello con su champú preferido, uno de aroma a flores, y se colocó el acondicionador.

Estaba tan concentrado, que se olvidó de responder a la carta que le habían enviado Kurotsuchi y Akatsuchi, quienes estaban de incógnito en un país inhóspito.

Comió con rapidez junto a su madre, informándole por encima de que tendría otra misión pronto, intentando por enésima vez hacerle entender que los trabajos eran confidenciales. Volvió apurado al cuarto de baño a aplicarse el baño de crema y se depiló algunos pelillos de las cejas. Finalmente, se peinó con suavidad frente al espejo, contemplando con orgullo su larga cabellera que le llegaba por sobre las caderas. Había sido todo un logro conseguirla para disgusto de su madre y su maestro, por lo que se esmeraba especialmente en cuidarla. No entendía muy bien por qué quería deslumbrar a un extraño, pero Deidara se sabía coqueto. Además, al recordar a Obito, no podía negar que frente a su yo del presente, era un joven apuesto. ¿Habría cambiado mucho? ¿Sería su tipo?

Se rio algo nervioso, preguntándose en qué momento habían cambiado tanto sus intereses. Decidió terminar acariciando las puntas con sus dedos, mientras que las lenguas salvajes se asomaron y saborearon algo de la crema. Enseguida contuvo una arcada; todo lo que sabían sus lenguas secundarias, lo saboreaba también la lengua principal. Ese kinjutsu llevaba menos de un año en su cuerpo, y se preguntaba cuándo se acostumbraría al sabor de la arcilla. Dejó la tarea, se lavó sus tres dentaduras, y luego se contempló satisfecho en el espejo, sintiendo su estómago comprimirse de los nervios. ¿Y si ese Uchiha no era Obito?

Salió del cuarto apurado, por esa noche, se acostaría temprano. La llegada del extranjero estaba especificada, pero siempre podía llegar adelantado. No importaba si no era Obito. Algo le decía que volvería a ver a ese chico, y quería estar lo más presentable posible. Suspiró y cerró los ojos, durmiéndose con dificultad mientras sus bocas extras mordisqueaban la almohada, la cual solía amanecer húmeda desde su existencia.

Se despertó a la mitad de la noche, preguntándose por qué se había preparado tanto. Decidió despeinarse con violencia el cabello, no tenía por qué parecer una princesa. Volvió a recostarse, dudando de lo que acababa de hacer.


Deidara volvió a mirar hacia el sol que pronto se pondría por sobre los límites de la ventana del recinto con algo de hartazgo. Se suponía que ese tipo debería haber llegado ya, ¿qué clase de diplomático se tardaba? De brazos cruzados, se contenía los insultos, esperando impaciente junto a un Ōnoki que no cesaba de murmurar lo mucho que se estaba atrasando con la próxima reunión. Se había ido despeinando el cabello sigilosamente a lo largo del camino, juzgando que había sido un exagerado la noche anterior, pero ya en el despacho se desmelenó abiertamente, no menos ansioso que su maestro.

Finalmente, Ōnoki decidió enviar a Deidara a las puertas de Iwagakure. Deidara intentó hacer el recorrido con algo de lentitud, pero la prisa le hizo terminarlo en un par de minutos. Como cada vez que tenía que salir de Iwa, intercambiaba malas miradas con los guardias. Estaba al tanto de las cosas que decían y pensaban sobre él, por lo que no merecían su tiempo. Se cruzó de brazos, mirando impasible la gran puerta de hierro, como si se fuera a abrir por la fuerza de su mirada. Sea quien sea ese inútil de Konoha, ya se había ganado su repudio por impuntual. Por su culpa había desperdiciado la única mañana en la que podía dormir hasta tarde.

Decidió ir a sentarse sobre una de las raíces de la montaña que quedaba a una centena de metros de la entrada, empezando a masticar arcilla para calmarse y hacer alguna escultura mientras mataba el tiempo. Antes de poder enviar un gorrión a patrullar las afueras, advirtió movimientos en la puerta, que se abrió lentamente para revelar a un hombre agitado y con uniforme ninja extranjero que gritaba algo acerca de Konohagakure e Iwagakure. Los guardias lo atacaron a preguntas y amenazaron a Deidara cuando intervino en su trabajo, dispuesto a averiguar si era el hombre de Konoha.

En evidencia, lo era. El chaleco táctico de verde militar cubría las simplonas prendas de esa aldea, que, en vez de ser de un azul oscuro, eran totalmente negras. El hombre era alto, de buen porte, con un rostro apuesto y un cuerpo soberbio. Aprovechando que el sujeto se intimidó ante su presencia, Deidara comenzó por analizarlo con la mirada, escandalizando a los guardias de la puerta cuando decidió hacer por su cuenta la inspección corporal básica. Silenció a sus compatriotas con la mirada, recordándoles quién era uno de los guardias del mismísimo Tsuchikage y obligándolos con ello a esperar a que terminara su extraña sesión de reconocimiento. No le molestó disimular frente a esos chismosos la forma en que se detuvo un par de veces en su espalda y pecho, aunque en el fondo no quería asustar al supuesto extraño.

Obito contenía la respiración, nervioso como hacía tiempo no lo había estado. Se había dormido una siesta extra el día anterior, y por consiguiente partió en medio de la noche, estaba claro que llegaría tarde. No había parado a comer ni un momento, confiándose solo en las pastillas del soldado, las cuales otorgaban la fuerza necesaria pero no mitigaban el hambre. La prisa no le permitió disfrutar como hubiese querido del exterior y la subida a las puertas de Iwagakure era más alta de lo que había imaginado.

Los ninjas de esa puerta eran más hostiles de lo esperado, y para colmo se le aparecía una hermosa y despampanante chica que le metía mano revisándolo sin pudor. Jamás había tenido tan cercana y así a una mujer, y la forma en que esos ojos se clavaron en los suyos le quitó el último aliento que le quedaba. Rostro fino, labios carnosos y cabello claro increíblemente largo y sedoso a la vista. Parpadeó varias veces, intentando no ser tan evidente, preguntándose si se merecía semejante bienvenida.

–El pergamino, hm– una voz hosca salió de esa boca angelical, y Obito comprendió no sólo que era un hombre el que le había metido mano de manera descuidada, sino que también seguía sin conocer a una mujer que prácticamente se le echara encima como lo había hecho ese chico.

Tragó con fuerza y depositó el mensaje de Tsunade en la mano que lo esperaba, sólo para entonces darse cuenta de que ningún ninja entregaba la constancia de su misión al primer par de ojos azules que se le cruzaran en el camino. Además, no dejaba de tratarse de un hombre.

Antes de poder hablar, el chico le devolvió el pergamino y le indicó que le siguiera, para escándalo de los guardias de la entrada.

Deidara decidió ignorarles, si querían ir a quejarse con el Tsuchikage podían hacerlo. Él ya había esperado demasiado, y si el hombre resultaba no ser quien decía ser estaría más que feliz por poder enfrentarse con un ninja extranjero por primera vez desde que tenía su kinjutsu.

Obito le siguió con presteza, mirando fugazmente el imponente paisaje, algo acobardado por las hostiles miradas que los habitantes y shinobi de la Roca le dedicaban. El hombre que le guiaba le preguntó su nombre sin siquiera darse la vuelta. Ahora que no tenía esos ojos brujos encima podía actuar con más cautela.

–¿Acaso no lo leíste en el pergamino?– preguntó con desconfianza.

–Decía que eras del clan Uchiha, pero no especificaba tu nombre. Tú eres el nuevo aquí, ¿cómo te presentaré al Tsuchikage?– retrucó Deidara, manteniendo su paso. Estaba casi seguro de que ese tipo era Obito Uchiha. Distraído y hosco como lo recordaba.

Obito se preocupó por sus modales, la Godaime no le habría enseñado nada de diplomacia, pero era más que evidente que Tsunade estaba faltando a su deber y era su responsabilidad mantener limpio el nombre de Konoha.

–Disculpa, mi nombre es Obito Uchiha– respondió –. ¿Y el tuyo?

Deidara rio suavemente por la nariz y aminoró el paso, mirándolo por sobre su hombro con una sonrisa en la cara.

–¿No lo recuerdas?– se detuvo un momento, logrando que Obito lo imitara bruscamente.

Obito se quedó mirándolo fijamente, algo incómodo.

–Ya me conoces, hm– agregó divertido, contando los segundos para que Obito lo recordara.

–Te equivocas, yo sólo conocí al Tsuchikage y a unos niños que…– se interrumpió, parpadeando y mirando al joven desde la coronilla hasta la base de sus pies. Le costaría mucho creer que ese joven que le llegaba al hombro fuera uno de los discípulos de Ōnoki que tuvo que cuidar en el pasado.

Deidara comenzó a reír, sus enormes ojos azules brillando mucho, pero enseguida intentó contenerse.

–Hm– pronunció inconscientemente, pero pronto volvió a estallar en risas.

Ese peculiar ruidito de garganta se le hizo inconfundible. Con la boca abierta como un tonto, Obito se forzó a encontrar palabras y recordar el nombre del chico.

–¿Deidara?– exclamó en voz alta, llamando la atención de los transeúntes más cercanos.

El chico lanzó una carcajada más fuerte.

–Hasta que te acuerdas, ¡tonto, hm!– le largó, y Obito lo recordó todo en ese instante.

Deidara se le acercó con los brazos abiertos, pero el hombre de Konoha retrocedió, escapando a su intento de abrazo. Frunció el ceño, él no solía ser muy amistoso. Obito Uchiha no sabía el privilegio que tenía.

–¡Lo siento!– apresuró sus palabras, levantando las manos enguantadas para imponer una pequeña barrera entre ambos. Ante la mirada confundida del otro, se explayó –: Te prometí que cuando nos volviéramos a ver sería el próximo Hokage, pero no pude cumplir mi promesa.

Deidara bajó los brazos, entendiendo. Decidió gastarle una pequeña broma en venganza.

–Es cierto, ¡faltaste a tu promesa!– acusó y le golpeó un brazo, ante lo cual Obito compuso una penosa expresión de vergüenza –. ¡Oye, es broma! Eso no importa tonto, hm.

–¿S-seguro?– preguntó Obito, recordando sus casi extintas ganas de ser el Hokage. ¿Cómo era posible que hubiese cambiado tanto?

Deidara parpadeó, sorprendido. No recordaba que Obito Uchiha haya sido tan retraído. Quizás era porque sus recuerdos provenían de cuando era muy pequeño, y cada día que pasaba olvidaba con rapidez más y más cosas de su infancia.

–Bueno, ¿cómo has estado todo este tiempo? ¿Cuántos años han sido desde la última vez, hm?– inquirió volviendo a sonreír, guardando las manos en los bolsillos.

–Uh, eh… ¿unos… cuatro años?– calculó, rascándose la nuca y riendo con algo de nerviosismo –. Oye, ¡has crecido mucho!– se permitió darle paso a la sorpresa, de veras que ese niño lo había asombrado. Había estado tan ocupado pensando en que al fin tendría una misión diferente, que se había olvidado de las personas que había conocido de Iwagakure hacía tiempo –. ¿Cómo están tus amigos?

–Kurotsuchi sigue siendo una mocosa insoportable, si es que la recuerdas así– la expresión risueña de Obito le confirmó que pensaba lo mismo de su amiga –. Ella tampoco ha podido convertirse en kage aún, tienes tiempo– le guiñó un ojo –. Akatsuchi es ahora un gordo gigante, y vive detrás de ella todo el tiempo, hm.

–Oh, ¿te quitó a tu novia?– se preocupó.

La cara de Deidara fue un poema.

–¡Oye, ella es como si fuera mi hermana! ¿De dónde sacas eso?– le increpó molesto, Kurotsuchi era como de la familia.

–L-lo siento, eh…– Obito bajó la mirada, rascándose compulsivamente el lóbulo de la oreja –. Oh, ¿cómo vas con el arte? ¿Ya lo has dejado?

Deidara frunció más el ceño.

–¿Qué te hace creer eso? De hecho, ahora ya sé lo que es el arte, hm– sacó sus manos, dispuesto a enseñarle orgulloso su flamante kinjutsu.

Pero entonces Obito le tomó de los hombros, acercándose a él, sin reparar siquiera en sus manos.

–Por kami, ¡estás tan grande! ¿Recuerdas cuando te llevaba a caballito?– de repente comenzó a tomarle la cara, las orejas, el cabello, midiéndolo como si se tratara de un niño que no veía desde que era bebé.

Deidara compuso su peor rostro, pero Obito no pareció darse cuenta.

–En fin, el arte es una…

–Entonces, ¿cuánto tienes, quince, dieciséis? ¡Aún estás muy bajito! Creí que crecerías más, pero parece que así te quedarás– comentó, comparándolo con su altura, viendo con gracia que la coronilla de Deidara no le alcanzaba ni al cuello.

Deidara no se molestó en ocultar su intención homicida, pero Obito parecía no darse cuenta, hablando a su alrededor, dándole vueltas como un perro curioso que husmea a un desconocido.

–Oye, este traje te queda realmente bien– observó, mientras prestaba más atención a los cortes asimétricos de la tela frambuesa oscuro y la forma en que caían sobre su pierna derecha –. ¡Y finalmente lograste dejarte el cabello largo!

Deidara se calmó un poco, sintiéndose halagado. Le gustaba que Obito rememorara cosas.

–Disculpa, ¿qué es el arte ahora?– Obito paró y le miró con atención, agachándose para llegar a su altura.

Deidara odió que le tratara como a un niño pequeño.

–Después lo hablaremos, ¡llegas tarde! ¿Qué clase de ninja eres?– le dio un porrazo en la nuca para que no se siguiera agachando como si él fuese un elfo.

Se apresuró a partir y Obito le imitó, siguiéndole el ritmo. Miraba asombrado lo mucho que había crecido ese niño, se había estilizado bastante y era lo suficientemente lindo como para que siguiera confundiéndolo con una chica bonita. Sacudió la cabeza y procuró ir a la par de él, alcanzándolo de un potente salto.

–¿En qué categoría estás ahora?– preguntó, no queriendo caer en el silencio.

–Jōnin, hm. Tú también, ¿me equivoco?

Obito lo miró con asombro.

–Sí, jōnin. Pero ascendiste muy temprano, eso es digno de admiración– acotó, observando cómo los largos cabellos se movían con el viento. Un par le rozaron el rostro. Se sentían suaves y perfumados. Pensó que seguro Deidara era de esos chicos coquetos.

–Gracias– Deidara sonó satisfecho –. Cuando te liberes pelearemos, así podré saber si ya sobrepasé tu nivel.

–Recuerdo que siempre estabas peleando– comentó Obito con una pequeña sonrisa –. Pero tus amigos eran casi peores.

–¿Casi? Gracias por lo que me dejas, hm– respondió con rapidez, clavándole la mirada de soslayo.

Obito reparó en que sus ojos también se habían estilizado junto con su rostro, aunque todavía conservaba algunos rasgos infantiles, como algo de grasa restante en los mofletes y pómulos que le impedían tomarse en serio su edad.

–¿Qué edad tienes?– efectivamente, la mirada de Deidara se había estirado bastante desde la última vez que lo vio, pero sus largas pestañas, sus ojos orientales y el color azul eléctrico de sus iris contribuían a darle un aspecto místico y exótico que le agradaba y atraía a partes iguales.

–Cumplí dieciséis la primavera pasada, hm. Tú tienes diez años más, ¿no es así?– respondió disminuyendo la velocidad, si entraban al despacho de un Ōnoki furioso sin controlar la velocidad lo pasarían mal.

–Vaya, te acuerdas de todo– comentó asombrado –. Oh, ¿es aquí?– paró abruptamente detrás de Deidara.

–Sí, y hasta aquí llego yo. Te anunciaré y el Tsuchikage será todo tuyo, hm– avanzó con seguridad hasta que sintió cómo retenían su brazo.

Miró perplejo a Obito.

–No me dejes regalado. ¡Quédate un ratito!– suplicó, guiñándole un ojo.

Deidara sonrió.

–¿Le tienes miedo a Ōnoki-sensei?

–Bueno, es la primera vez que tengo que hacer una misión tan importante– explicó, tragando con nerviosismo. Todo el peso de la irresponsabilidad de Tsunade había vuelto sobre sus hombros sin piedad.

–Está bien, pero el viejo querrá que me vaya, ¿entiendes? Voy a entrar, sígueme y no te apartes, ah, y no lo mires a los ojos a menos que él lo indique– el guardia se hizo a un lado cuando Deidara descifró un pequeño pergamino que sostenía entre manos.

Entró anunciándose y Obito le siguió, nunca había escuchado de una persona a la que tuviera que tratar con el sigilo con el que se trata a una bestia. Se preguntó si eso era necesario para poder ser un kage.

–El emisario de Konoha, hm– anunció secamente, haciéndose hacia un costado para dejarle el protagonismo a Obito.

El viejo Ōnoki levitaba, y a Obito le pareció que no había cambiado nada en todos esos años. Cuando Deidara le dio un codazo, se acordó de bajar la mirada.

–Deidara, vete y espérame afuera.

Deidara salió con rapidez, y Obito se sintió solo mirando sus sandalias. Decidió agacharse para saludar al Tsuchikage, a la vieja usanza, tal como lo hacían en su clan.

–¡Levántate, Uchiha!

El gruñido del anciano y la saña con la que pronunció su apellido le confirmaron que esa misión sería todo menos fácil.


Cuando Obito salió de la oficina y Deidara fue llamado a recibir instrucciones, cada uno pudo darse un momento para sacar conclusiones. Deidara salió risueño, incluso con un aire burlón, tenía órdenes de escoltarlo al lugar donde residiría. Obito, por su parte, tenía el rostro pálido y dudaba acerca de si el Tsuchikage siquiera consideraría la rebaja en los precios del metal que exigía Tsunade. Se había negado en darle una respuesta inmediatamente, por lo que tendría que quedarse un tiempo indefinido. Además, estaba aquello que el rígido Tsuchikage tenía con su clan.

–¿Estás vivo, hm?

Obito asintió con lentitud.

–Tranquilo, pararemos a comer. ¿O prefieres ir adonde te alojarás y descansar?

Obito lo miró, pensando. Lo cierto era que quería encerrarse en algún lugar y gritar contra la almohada por los nervios que le habían hecho pasar la Hokage y el Tsuchikage. Por el otro, ahí estaba Deidara, ofreciéndole algo de aire fresco y alimento. Necesitaba distraerse.

–Vamos a comer– decidió.

Deidara lo llevó a un gran puesto de barbacoa que se encontraba a mitad de camino de su destino. Encargó la parrilla y se sentó a esperar, mientras que Obito se compraba cuatro cajas de jugo.

–Es curioso que antes hayas sido mi guía, y ahora yo sea la tuya, hm– comentó mientras le sacaba un jugo y comenzaba a tomar del sorbete.

–Cuando yo te guie no te robaba la comida.

–Relájate, te lo pagaré después.

–Oh no, ¡descuida!– Obito se sintió como un tacaño. Si tan solo Tsunade le hubiera dado más dinero para un lugar tan lejano, no estaría quedando tan mal.

–No importa, yo pagaré el resto, hm. Eres el invitado aquí– respondió con afabilidad.

–¿Estás seguro de hacerlo correr por tus gastos?– la propuesta de Deidara le incomodaba aún más.

–Bueno, lo pondré en la cuenta de Ōnoki– le guiñó un ojo y se llevó un dedo a los labios, socarrón.

Obito rio de buena gana por primera vez en el día.

–Oye, ¿cómo has estado todo este tiempo? ¿Qué tipo de ninja eres?– comenzó a tomar su zumo, sediento.

–¡Este!– Deidara giró hacia él y levantó ambas manos, enseñándole las movedizas lenguas de sus bocas sonrientes.

Obito alcanzó a evitar caerse al piso, era un jōnin después de todo. Pero su expresión de miedo, incredulidad e incluso algo de asco no se borraron de su cara.

–¡¿Qué es eso?!– chilló, provocando que unos clientes se movieran a una mesa más lejana.

Deidara comenzó a reírsele a carcajadas.

–Mi nindō, hm– dijo llanamente, radiante.

Obito parpadeó unas cuantas veces, sin entender.

–Mira– metió una mano en la bolsa que cargaba encima del trasero, y la sacó con una sustancia que llamó la curiosidad de Obito, quien se asomó para ver mejor. Contento, Deidara le acercó la pequeña bola blanca a la nariz para que la oliera, logrando que el Uchiha estornudara –. Oh vamos, es sólo arcilla.

Obito se rascó la nariz con el doblez del guante.

–¿Para qué es?

La boca engulló el trocito, provocando una pequeña exclamación de sobresalto en Obito. Como aún no tenía la maestría a la que quería llegar, Deidara colocó encima su otra mano, y formando un cuenco, permitió que las dos lenguas comenzaran a moldear.

Obito lo miraba con cada vez más curiosidad, por lo que elevó ambas manos a la altura de sus ojos y le permitió ver algo del proceso. Cuando terminó descubrió teatralmente su pequeña escultura, mirándolo fijamente y sin poder quitar una gran sonrisa de felicidad de su rostro. Siempre se sentía así cuando realizaba una nueva escultura, una nueva creación. Llenaba su vida de sentido.

–¡Wooah! ¿Cómo hiciste eso?– se sacó un guante y tocó con suavidad la figura, era lisa y suave, como si fuera de porcelana.

–Mis bocas pueden esculpir arcilla mucho más rápido que mis manos, hm–respondió algo orgulloso, acariciándola con cuidado.

–¡Eres genial! ¿Este es tu arte, entonces?– lo miró entusiasmado, los ojos muy abiertos.

Deidara pensó que parecía un niño.

–Así es, pero la obra de arte aún no está completa, hm– impulsó su mano y el animalito saltó, desplegando alas y patas.

Aterrizó en el piso, cerca de los pies del otro, y comenzó a caminar graciosamente.

–¡Es un pollito!– chilló Obito, llevándose las manos a las mejillas. Se había puesto algo colorado, y Deidara lo miró mal.

¿El sharingan lo estaba dejando ciego? La calidad de su escultura era exquisita para los ojos ignorantes.

–Es un mini halcón, hm. Embebí de chakra la arcilla, de modo que mis creaciones tienen una vida dependiente de mí– terminó, ufanándose de su genio.

El pequeño pajarillo caminó un metro y medio para maravilla de Obito.

–Veo que aún te gustan las aves como cuando eras pequeño– sonrió, siguiendo con mirada atenta a la escultura viva. El detalle le parecía tierno.

–Y ahora sí conocerás lo que el arte representa para mí. El arte es una explosión– dijo mientras se llevaba la mano hábil a la altura de la boca y exclamaba con entusiasmo –: ¡Katsu!

El animal explotó, asustando a Obito en el proceso, quien se quedó mirando de a ratos la tierra ennegrecida, y de a ratos a Deidara riéndose en su propio mundo. ¿Había hecho explotar algo, en medio de tanta gente, siendo un jōnin, en su propia aldea?

El matrimonio dueño del lugar y los clientes comenzaron a quejarse, incluso le llovieron algunos insultos a su guía. Deidara no apreció inmutarse.

–¿Y? ¿Qué te pareció?– inquirió, demasiado excitado. Su mirada brillaba y su interrogación era vibrante, recordándole cuando apenas si pasaba la década de vida y le llenaba los oídos de extrañas preguntas sobre arte.

Obito boqueó, sus oídos todavía zumbando.

–¡No andes en malas compañías!– el dueño de la barbacoa se dirigió a Obito –. ¡Deidara, sólo porque tienes un invitado de otra aldea comerás hoy! ¡Y ya nunca podrás volver!

Deidara agitó la mano, restándole importancia.

–Vamos, irá todo a la cuenta del Tsuchikage. Estaremos mi amigo y yo un par de días, ¿verdad?– codeó a Obito, quien se sintió compelido a asentir, algo inseguro.

El dueño sonrió ante la sola idea de dinero.

–Siempre tan impertinente– puso una mano sobre el hombro de Obito –. ¡Cuídalo bien, y sobre todo cuídate de él!– lo palmeó antes de alejarse hablando consigo mismo.

–¿Y en qué estábamos?– Deidara se cruzó de piernas, mientras le robaba otro zumo a Obito.

–¡¿Q-qué fue eso?!– alcanzó a articular.

–Querías conocer mis jutsus. Ese es uno. Arte, explosión, es arte es una explosión, hm.

–Pero, ¿cómo…?

–Con estas manos– volvió a agitarlas, las bocas estaban sonrientes y las lenguas goteaban algo de saliva. A Obito no le causó impresión como antes, más bien, incrementó su curiosidad –. Es un kinjutsu prohibido que robé, hm, ¿a que no es genial?

Obito se echó hacia atrás sobre su silla, asustado. El inocente niño que había conocido se había convertido en un ladrón, y encima de jutsus prohibidos.

–¿Cómo puedes tener un kinjutsu prohibido, y seguir sirviendo al Tsuchikage?– susurró al ver que llegaba la comida.

Deidara esperó con paciencia a que le sirvieran y se alejaran, entonces comenzó a comer.

Obito lo miró con escepticismo y se dispuso a imitarlo.

–Itadakimasu– murmuró, algo molesto por la falta de modales del chico.

–Digamos que quiere castigarme, pero no está en posición de hacerlo. El asunto es confidencial, hm.

Obito lo miró fijamente hasta comprender a lo que se refería.

–Entiendo, él está obligado a guardar silencio para… Espera un momento, ¡¿chantajeaste a tu sensei?!– se escandalizó.

Deidara le pisó un pie con fuerza, pero la gran sonrisa de orgullo en su cara le delató. En su fuero interno, se moría de ganas de presumir su logro frente a toda la aldea.

–Qué niño…– volvió a atacar vorazmente sus porciones de carne.

–No soy un niño– chistó molesto.

–Repítemelo cuando crezcas, enano.

–¡Oye!– el golpe rápido en el hombro no se hizo esperar.

Fue el momento de reír para Obito.

–Calla y come que la carne se enfría, Dei-chan.

Deidara se atragantó con la comida.

–¡¿Cómo me llamaste, viejo?!


Hola, ejem, así es, Deidara ya no tiene sus mofletitos :'v pero descuiden, algo le queda! Sigue siendo tierno aunque se quiera hacer el duro :3 Prometo que Ōnoki pagará sus estupideces de viejo, lo prometo. Que Tsunade sea más responsable, eso ya no me compete (?). Es la primera vez que escribo a Iwa y me costó un poco, pero ya me imaginé una geografía propia XD Ya volverán Kuro y Aka, me he encariñado un montón con ese equipo de mafiositos. Por otro lado, Obito está atribulado por algo que no sea Rin, mi-la-gro. Estoy emocionada por este tercer encuentro, no sólo es el capítulo más largo de los que van publicados, sino que además aún no se termina. El obidei es hermoso *-*

Alphabetta, sí, Obito obtuvo el mangekyo de esa forma. Es algo que tenía que pasar, necesitaba ese poder y lo cierto es que, ya que todo se debe al cerebro endógenamente propenso a la depresión de los Uchiha (diagnóstico propio), cualquier trauma podría causarlo. Aquí la idea es que Obito no sufra tanto, pero siempre que no sea correspondido por Rin algo de dolor tiene que pasar. En ese momento era lo más fuerte para él, a pesar de que lo sabía, jugárselas así fue como exponerse desnudo a que lo destrozaran. Lo hizo, ahí tiene el mangekyo :v Por lo demás, ¡gracias por las musas!

¡Gracias a todos quienes siguen esta historia! Amor tobidei para todo el mundo *-*