Capítulo III

Estaba en mi habitación con mi amiga Helen, mi computador, mi gato Mussy y mi pie lastimado. Las fotos que había conseguido como premio a mi esfuerzo, resultaron ser bastante malas, pero estaban mejor que las que le había hecho a Brad Pitt, aunque aún y todo, Bob consideró que no eran suficiente. Acepto que las fotos que tomé, antes y durante mi caída, no me decían mucho ni a mí, pero la que había tomado, sin proponérmelo, cuando ya estaba en el suelo, esa casi servía, y digo casi, porque era medio rostro de ese tal Bill.

- No sé cómo no te mataste – me decía Helen desde su silla.

- Ni yo… - respondí, mientras observaba el ojo, de aquella última foto, que me miraba desde la pantalla.

- ¿Y qué ha dicho tu madre? – continuó preguntando mi amiga.

- Que mire mejor por dónde camino.

- ¿Y eso?

Me encogí de hombros.

- Cree que me caí en la Universidad – le conté.

Helen bajó la cabeza, para continuar ojeando una revista, y yo seguía observando los detalles de la fotografía. Las pestañas claras, el ojo de un marrón claro. Me fascinaban los detalles que podía llegar a captar una cámara fotográfica. Si sólo tuviera el ojo humano una parte de esa capacidad, percibiríamos el mundo de otra manera. En ese momento Helen se puso en pie y dejó caer la revista sobre mi cama, se acercó hasta mí y miró la imagen en la pantalla antes de preguntar.

- ¿Y qué tal son?... – no sabía muy bien a qué se refería – en la facultad dicen que son gemelos.

Me quedé un momento recordando la impresión que me había llevado de ellos.

- Se parecen… - dije - algo…

Helen se mostró algo decepcionada.

- Bueno, no los vi mucho juntos, a uno casi no lo vi de cerca – agregué.

- Ya… - habló ella como si comprendiera – justo el que necesitabas ¿verdad?

Suspiré.

- Sí… y si ahora no pago la cuota de Universidad…

Helen se quedó en silencio un momento, observando la foto en mi pantalla. Parecía estar admirando algo en ella.

- Siempre puedes pedir un traslado a Seattle – trató de consolarme, con muy poca suerte.

- No quiero ir a Seattle – respondí desilusionada.

Ese era el gran problema, mis padres podían pagarme la Universidad en Seattle y quedarme a vivir con mi tía Marian, pero era Seattle, y yo no quería irme ahí, y menos vivir con mi tía. Toda mi vida estaba en Los Ángeles, mis recuerdos, mis amigos.

Miré a Helen.

- Tom me ofreció un trabajo – le conté.

- ¿Tom? – preguntó sin entender.

- El otro gemelo – aclaré.

- Oh… - hizo un gesto curioso, como si procesara lo que le estaba contando - se llama Tom… eso es bueno ¿no?

- ¿Qué?, ¿el trabajo o el nombre? – me reí de ella, siempre le gastaba bromas con las palabras.

- Graciosa… - se mofó.

Sonreí y ella volvió a preguntar.

- ¿Es bueno?...

Hice un gesto indefinido con la cabeza.

- Bueno… sí…

- Mmm… pero qué… - continuó preguntando.

Helen me conocía muy bien, desde que estábamos en el instituto, y aunque ahora seguíamos carreras distintas, aprovechábamos cada tarde libre, y muchas veces aunque no las tuviéramos, nos reuníamos para estudiar cada una lo suyo. Era mi mejor amiga.

Quité la imagen de la pantalla, como si no quisiera que el hermano se enterara de lo que quería el otro.

Absurdo.

- Creo que no son sólo fotos lo que busca – le conté.

- Ohh… - dijo comprendiendo – y con tu pie así es imposible ¿verdad?

Comenzó a reírse de mí, pero yo no me quedaría atrás.

- Que sepas que no es la primera vez que me lastimo un tobillo – le dije con sorna.

- ¡No! – exclamó, dándole énfasis con la expresión de su rostro.

No pude contener la carcajada.

- Eso es… es…- continuó entre risas.

- ¿Difícil? – respondí cuando pude contener el carcajeo.

- Pues…

Ambas nos reímos hasta que se me soltaron las lágrimas y me dolió el estómago. y cuando pudimos hablar otra vez, Helen me hizo una nueva pregunta.

- Pero finalmente ¿crees que él podría gustarte?...

La miré, la risa se me había ido del todo.

- No es precisamente mi tipo… - respondí con sinceridad.

Esas trenzas. Los piercing no estaban mal, pero normalmente me gustaban con más edad.

- ¿Pero?…- continuó Helen.

Me encogí de hombros.

- De momento sólo me ha pedido tomarle unas fotos – concluí.

Mi amiga sintió.

- Claro – apoyó mi idea.

- Claro – repetí.

Ambas nos quedamos en silencio meditando aquello.

- Lo que venga luego, se decidirá sobre la marcha – agregué.

- Sí – dijo ella.

- Sí... – repetí.

No sé si finalmente estábamos convencidas de ello, pero no parecía una mala táctica. Después de todo podía llegar a gustarme, o él, simplemente querer sólo unas fotos.

- Quizás debería hacerle una carta astral – dijo entonces.

Mi amiga Helen era una fanática de las astrología, tanto, que su fanatismos a veces rayaba en lo sicótico.

- Quizás… - le concedí.

Al final, ¿qué daño podía hacer?, con o sin carta astral, haría esas fotos. Así que acepté. No me parecía un mal trato. Yo le tomaría unas fotos a Tom, con lo que él me pagara tendría cubierta mi cuota de Universidad, y él se quedaría con su consciencia tranquila luego de haberme caído en su jardín.

"Estoy esperando fuera, en un coche blanco"

Cuando su mensaje llegó, yo estaba esperando en el portal. Así que no me tardé demasiado, a pesar de mis muletas. Llevaba mi mochila a la espalda, con la cámara y las lentes que podría necesitar.

La fotografía finalmente me venía de familia. Mi padre se habría dedicado a ella si le hubiese rentado lo suficiente, pero era una de sus aficiones. Y mi abuelo había sido uno de los mejores fotógrafos de sus tiempos, aunque sólo le diera para vivir.

Cuando vi el coche blanco, me acerqué con toda la velocidad que mi paso de tortuga me permitía, tocando en la ventanilla del lado del acompañante, pensando que sería la puerta que se abriría para subirme.

Entonces Tom abrió la puerta, él no venía conduciendo, y se bajó.

- ¡Tom! – Escuché la voz alterada desde el interior.

- ¡¿Qué? – le respondió Tom, imitando su tono de alarma.

Miré hacia el interior y lo vi. No esperaba que estuviese aquí también, y no podía definir la razón de mi nerviosismo al comprenderlo. Quizás simplemente se debía a que en algún momento se había convertido en mi objetivo. Dejé de mirarlo cuando Tom me habló.

- Hola Isabelle…

- Hola… - dije algo distraída.

- Permite que te ayude a subir – me dijo mientras abría la puerta trasera.

Era un chico amable, eso me agradaba. De alguna manera no me sentía parte de ese sequito feminista, que dejaba de ser mujer en reclamo de una igualdad que merecíamos, pero como chicas ¿no?

- Gracias – le respondí, entregándole mis bastones, cuando me senté dentro del coche. Me acomodé e hice lo mismo con mis cosas.

El coche era tan amplio, que no tendría problemas de espacio, para estirar mi pierna.

- ¿Estás cómoda? – me preguntó Tom.

- Sí, gracias – le sonreí ligeramente.

Y no pude evitar el nudo que se me hizo en el estómago, el chico se estaba esforzando por ser amable, lo que me llevó a pensar, o que bien era así con todo el mundo, o realmente tenía un particular interés en mí.

- Bien, iré por el otro lado – dijo, cerrando mi puerta.

Y comprendí que se sentaría junto a mí.

No estaba segura si este comportamiento sería habitual en el país del que venían, pero cuando vi la mirada casi aniquiladora que me dio el hermano, a través del espejo retrovisor, comprendí que no era cuestión de educación. Estaba claro que a éste no le caía nada bien.

Peor para él, miré por la ventanilla, yo tenía una cuota de Universidad que pagar, y era lo único que me importaba. Al menos de momento.

Rato más tarde me sentía molesta, utilizada, y mala persona, todo junto, cuando tenía que indicarle al hermano de Tom – porqué me costaba tanto decir su nombre – el camino que debía de seguir. En lugar de tardar los cuarenta minutos habituales hasta el sitio, nos tomó casi una hora. Podía notar por el tono de la voz de ese chico, que me culpaba a mí de todo.

Cuando finalmente pudimos detener el coche, se bajó sin decir ni media palabra, en tanto Tom se quedó conmigo ayudándome a bajar.

- Es un bonito lugar – me dijo, sosteniendo mis muletas y cargando mi mochila.

- Sí – acepté y le sonreí – he solido venir con mis padres

No podía negar que estaba siendo especialmente amable, y si ese era su método de seducción, comenzaba a dar resultado. Por un momento me olvidé que no me gustaban demasiado sus trenzas.

Cuando me bajé del coche, reparé que tras del nuestro, venía otro, de características similares, y en él venían los guardaespaldas.

El hermano de Tom había encendido un cigarrillo y se había separado un poco del grupo. Creo que se sentía seguro en este lugar, que aunque era un sitio turístico, no había demasiadas personas. Estuvo bien que pensara en ello. Me acerqué a una roca y me senté.

- Vengo en un momento – dijo Tom, acercándose a su hermano, que parecía bastante molesto.

Suspiré, definitivamente él y yo éramos como el agua y el aceite.

Comencé a sacar mi cámara y mis lentes, empezando a probar con cuál captaba la mejor resolución al aire libre. Y enfoqué a ambos hermanos. La luz aún no era la indicada para mi idea de las fotos que quería, y lo cierto es que no tendría demasiado tiempo para ello, por que el atardecer llegaría en menos de una hora. Entonces vi a Tom gesticular con enfado y a su hermano alzar un dedo poniéndolo justo sobre el rostro de Tom.

No era ninguna niña, no me espantaba ver esa clase de gestos en los chicos, incluso yo misma los hacía alguna vez, eso y silbar apretándome el labio inferior con los dedos. Pero era extraño ver ese gesto en ese chico. Todo en él parecía tan… tan… ¿delicado?

Dejé de mirar y me enfoqué en otra dirección, cuando vi que Tom venía hacía mí nuevamente. Se quedó de pie a mi lado sin decir nada.

- ¿Problemas? – le pregunté sin mirarlo, dirigida en limpiar la lente, para que nada ensuciara la imagen.

Tom no respondió de inmediato. Así que lo miré. Tenía las manos metidas en los bolsillos de sus enormes pantalones. Él me observó, y por un instante tuve la sensación de que sus ojos me miraban los labios. Fue una extraña sensación, ya que me hormiguearon, y me los mordí en una reacción automática.

Él miró a lo lejos el paisaje, mientras me respondía.

- Bill, que se pone un poco fastidioso cuando quiere.

- ¿No me quiere como fotógrafa? – pregunté.

Era más que obvio que el problema estaba ahí.

Tom volvió a mirar hacia abajo, enfocándose en mí. Se encogió de hombros.

- Da igual, ya verás que cuando vea las fotos le cambia la cara – me aseguró.

- Me tienes mucha fe… - me reí.

- Quizás sí… - se rió él.

Y me sentí cómoda. De alguna manera, apreciada. Este chico comenzaba a caerme cada vez mejor, a diferencia del hermano. Estaba visto que los gemelos dividían sus cualidades, en lugar de compartirlas, y al otro no le había tocado nada del carisma de éste.

Aunque esa era una teoría personal, claro.

Treinta minutos más tarde, y dos mudas de ropa del chico de la barba después.

El ocaso no podía estar más espectacular. No estaba segura de si las fotos serían del agrado del hermano de Tom, pero sí sabía que a mí me encantarían. Por lo que pude averiguar, no solían tener fotografías al aire libre, la mayoría se las tomaban en estudios, y eran fotos muy buenas, pero estas tendrían un toque más fresco. Ya me encargaría yo de eso.

El sol, apagándose poco a poco, se reflejaba en el agua calma, que llegaba hasta esta orilla sin olas. Ambos chicos, con sus trajes urbanos, se mantenían de pie sobre las rocas, que completamente llanas, sobresalían escasamente del agua.

Sí, tenía fe en que fuesen buenas fotos.

Cuando comencé con la sesión, me enfoqué instintivamente en Tom. El sonreía queriendo parecer especialmente sensual, y lo cierto es que el ángulo de su mirada lo lograba. Pero cuando moví el objetivo hacía Bill, pude notar inseguridad en sus ojos. Pestañeé un par de veces y moví la cabeza fuera del foco de la cámara, para mirarlo directamente. Era extraño, no me parecía que en las fotos que había visto de él en otras sesiones, mostrara una actitud como esa. Al contrario, parecía comerse la cámara solo con su presencia, lo que me llevaba a pensar en una arrogancia que no era posible contener en ese cuerpo fino que tenía. En el momento en que lo miré, sus ojos se engancharon a los míos. Y algo pasó. No sé qué, porque nunca me había sucedido. Y no alcancé ni siquiera a meditarlo, ya que bajó de inmediato la mirada hasta sus zapatos, obligándome a recordar que no podía tardar demasiado, o el sol se iría. Las fotos estuvieron listas en quince minutos, durante los cuales ambos chicos se mostraron muy dóciles, incluso él.

- Ya está – dije, cuando consideré que las más de cincuenta tomas que había hecho, podían generar un buen trabajo.

Apagué la cámara y Tom se acercó a mí de inmediato, en cambio su hermano se fue en dirección al coche. Lo miré de reojo alejarse. Él no se giró a mirarme en ningún momento.

- ¿Puedo verlas? – preguntó Tom, queriendo tomar mi cámara.

- ¡Eh! – la alejé de sus manos. Él me miró sorprendido - ¿andas tú por ahí enseñando tus canciones antes de que estén terminadas? – me reí.

Tom me hizo un gesto con sus labios, que me pareció claramente un 'me vengaré'

- Okey, lo acepto – dijo – pero con una condición.

Ya sabía yo que no sólo quería fotos.

- ¿Cuál? – pregunté, intentando mantener el ambiente cordial.

Él se metió las manos a los bolsillos del pantalón. Parecía una especie de gesto habitual.

- Que te vengas a cenar conmigo – me invitó.

Lo pensé un segundo.

- ¿Tú y yo? ¿O también el pe… tu hermano? – alcancé a cortar el adjetivo antes de decirlo, pero comencé a achicar los ojos cuando comprendí que no se le había pasado por alto a Tom.

Pero contrario a lo que podía pensar, él se rió.

- No, el pesado de mi hermano se va a casa – respondió, aún entre risas.

Lo pensé un momento más.

- ¿Qué tal si comemos pasado mañana cuando te entregue las fotos? – le propuse.

No me molestaba salir con él, la verdad se había portado muy bien conmigo hoy, pero mi propuesta me mantenía aún en terreno seguro, podría verlo de un modo más privado, pero a la vez, por trabajo.

Creo que él comprendió claramente mi intención, porque no logró disimular la sonrisa socarrona que se asomó en su boca, justo junto a su piercing.

- Hecho.

De ese modo cerramos una especie de trato. Ya vería si esa comida me animaba a abrir otro, de un tipo muy diferente. Después de todo, el pie debía estar con yeso sólo dos semanas, y ya llevaba tres días.

"Estoy tratando de decirte, tratando de conocerte, muriendo por mostrarte, luchando por tenerte"

Continuará…

Bueno, esto no parece tener mucho de Bill, pero quienes me conocen y me leen ya saben que todo no es lo que parece… jajajajajajaja… me he quedado contenta con este capítulo. Creo que Isabelle se va sintiendo atraída de forma jovial y alegre por Tom, pero en el fondo, algo se le está despertando por Bill, aunque sea curiosidad… y es que Bill tiene ese "qué sé yo" que nos cautiva ¿verdad?.

Besos mis niñas, y MUCHISIMAS GRACIAS por los comentarios y los mensajes, me siento muy contenta cuando tengo una nueva opinión que leer.

Siempre en amor.

Anyara