3
Las mujeres perfectas
A la mañana siguiente, Ron estaba plenamente recuperado y su piel había vuelto a un estado normal. Aquel día Hermione trataría de acercarse a sus padres, concretamente a su madre y ver qué tal le iba como Monica Wilkins. Ron, por su parte, iría de nuevo a la playa a seguir practicando surf junto a Wendell, para así, de paso, intentar averiguar algo más de su vida en Australia.
Tras haber desayunado, llamaron a la puerta. En cuanto Hermione abrió, vio que su padre se encontraba allí.
—Buenos días, Hermione. Venía a avisarte de que Monica quiere invitarte a nuestra casa, para que conozcas también al resto de mujeres del barrio. Y bueno, yo venía a llevarme a Ron para que siga practicando con el surf.
—Claro, por supuesto. ¡Ron, es Wendell!
—¡Voy enseguida!
Ron llegó hasta la puerta de entrada, ataviado ya con su bañador y su camiseta blanca sin mangas. En cuanto Wendell lo vio se quedó con los ojos abiertos, sorprendido.
—Esto... Pero si ayer estabas más rojo que un cangrejo, ¿cómo has podido recuperarte tan rápido?
Hermione y Ron se miraron. Ni siquiera habían contado con la posibilidad de que Wendell se preguntase acerca de la pronta recuperación de Ron. Confiaban en que, como ya era de noche cuando se fueron de la playa, no se habría percatado de la rojez de Ron. Pero sí que se había fijado.
—Esto... Un remedio casero de mi abuela. Mano de santo. ¿Nos vamos?
—Sí... claro.
Los dos se marcharon en dirección a la playa. Hermione, por su parte, salió de la casa y se dirigió al hogar de los Wilkins. Una vez allí, llamó a la puerta. Su madre abrió enseguida.
—¡Hermione! Qué alegría verte. Me imagino que Wendell te habrá avisado, ¿no? Pero no te quedes ahí, mujer. Anda pasa, pasa.
Hermione entró en la casa. Las casas de la calle Wood eran totalmente distintas unas de las otras, por lo que Hermione pudo comprobar que el hogar de los Wilkins seguía una disposición muy distinta a la casa donde Ron y ella se hospedaban. No obstante, pudo comprobar que la cocina era de estilo americano, cosa que su madre siempre decía que querría de vivir en este sitio.
Y en cuanto a Monica, no tenía nada que ver con su madre salvo por el hecho de que tenían el mismo físico. Su madre siempre había sido una persona bastante seria y formal. Quería a su hija, por supuesto, y siempre se había mostrado cariñosa con ella, pero Jean Granger, ante todo, era una mujer a la que le parecía vital comportarse. Y ese comportamiento y formalidad lo extrapolaba a su forma de vestir, siempre con colores sobrios, faldas que llegaban a la rodilla y rebecas. Casi como si pareciese una institutriz.
Sin embargo, Monica Wilkins era todo lo contrario. Se la notaba muy vivaracha, siempre en movimiento y muy habladora. Además, vestía pantalones vaqueros cortos que dejaban al descubierto sus piernas y camisetas sin mangas. Su pelo, normalmente recogido en un moño cuando era Jean Granger, estaba suelto, cayendo en bucles y muy brillante.
—Y dime, ¿os gusta esto a ti y a Ron? —preguntó Monica.
—Oh, sí, desde luego. Es muy bonito. Quizás nos quedemos un poco más de tiempo. Ron está aprendiendo a surfear, gracias a Wendell, y la verdad es que le gusta.
—Todo el mundo que surfea en estas playas tiene ganas de más, querida. Haréis bien en quedaros, claro que si tenéis problemas para quedaros en algún sitio, porque se os acabe el alquiler de vuestra casa, os podéis quedar aquí, sin ningún problema.
Hermione sonrió. Al menos en eso Jean Granger y Monica Wilkins eran idénticas, en lo acogedoras que podían llegar a ser.
—Wendell me ha dicho que ibas a presentarme al resto de mujeres de la calle.
—Sí, así es. Verás, una vez a la semana las mujeres nos reunimos para hablar y conversar acerca de nuestros temas, de modo que me pareció bien que te unieses a nosotras, aunque sea sólo por una vez. No te preocupes, son muy simpáticas y te encantarán.
Al rato, las susodichas empezaron a llegar y, una a una, un total de cuatro, fueron presentadas a Hermione.
Primero estaba Linda Stevens, una mujer bajita y regordeta que llevaba un floreado vestido. Luego Amanda Henderson, alta y espigada con un estilo similar a Monica. Heather Adams, de estatura media y delgada. Y, por último, Carol Jones. De las cuatro mujeres, esta era la única que inspiraba cierta desconfianza hacia Hermione, aunque no sabía por qué. Carol era una mujer alta de pelo negro. Vestía unos vaqueros largos y una camiseta negra, pero parecía estar rodeada de un aura que inspirase desconfianza.
—¿Así que nueva en el barrio, no es así? —preguntó la tal Carol.
—Sí, aunque sólo por una semana —dijo Hermione.
—Una semana o quizás más, según me ha dicho ella —confesó Monica. Ante esto, Carol rio con un deje de ironía que Hermione detectó al instante.
Mientras tanto, Ron y Wendell se encontraban en la playa, ataviados ya con sus trajes de neopreno y sobre sus tablas de surf. Aún era pronto y apenas había olas.
—Sigo sin entender cómo has podido recuperarte tan rápido —Wendell seguía sin entender nada.
—Ya te lo he dicho, es una crema especial que hace mi abuela. Utilizar hierbas medicinales y demás cosas de las que yo no tengo ni idea. Secretos de abuelas, ya sabes —dijo Ron. Confiaba en que, cuando Wendell recuperase su verdadera identidad, entendería perfectamente que hubiese utilizado una poción para aliviar las quemaduras.
—Y dime, respecto a lo que pasó ayer, cuando nos encontramos en el agua... —Wendell no terminó la frase, aunque quería dar a entender algo.
—No sé de qué me estás hablando —mintió Ron. Claro que sabía a lo que Wendell se refería. A lo mejor había llegado a oír el gemido involuntario que soltó en medio del agua.
—Vamos, sabes a lo que me refiero. Te estabas... aliviando. Te estabas tocando. Quizás si no hubiese aparecido, tal vez te habrías empezado a masturbar. ¿Hermione y tú tenéis... problemas conyugales.
Ron miró a Wendell. La verdad es que no sabía qué contestarle. Por un lado era Wendell Wilkins, una identidad falsa que Hermione había creado y que, según la impresión que le había dado, gustaba de hacer amistades demasiado pronto y meterse donde no le llamaban. Pero por otro lado, debajo de esa fachada, estaba el señor Granger, el padre de Hermione. Y se sentía cómodo diciéndole que aún no había practicado sexo con su hija.
—Bueno, verás... Llevamos poco tiempo saliendo y aún no hemos...
—Te entiendo perfectamente. Y supongo que ella te habrá dicho el momento adecuado llegará, ¿no? —Ron asintió, sorprendido —. Monica era igual. Lo siento, Ron, pero tendrás que esperar. Yo lo hice. Y aunque ese momento no te parecerá ni mágico ni especial, porque lo llevarás esperando desde mucho tiempo atrás, para ellas sí que lo será. Así que déjalas que disfruten. Y no te preocupes, se nota que Hermione te quiere.
Ron sonrió. Desde luego aún no se habían dicho esas palabras, pero si el padre de Hermione se lo decía, aun cuando en ese momento se tratase de otra persona, entonces tendría que creerlo.
—Dime, ¿querrás tener hijos con ella? —preguntó Wendell.
—Pues... —la verdad es que nunca lo había pensado, o no lo había meditado muy a fondo. Tan sólo llevaba saliendo como un mes con Hermione, tampoco es que fuese a planificar al detalle su futuro con ella, no sabía qué podía pasar en el futuro. A lo mejor acababan rompiendo o algo así, aunque Ron lo dudaba. Pensó en Harry, que sí deseaba tener hijos, pero Ron pensó que se debía al deseo de Harry de tener la familia que nunca había tenido—. Supongo que sí. No creo que tenga aptitudes para ser padre, o que vaya a ser uno ejemplar, pero me gustaría tener un par de críos a los que poder criar y llamar hijos.
Los dos se quedaron en silencio, mirando las leves ondulaciones que se producían en el agua. Aún faltaba tiempo para las primeras olas de la mañana.
—Creo que Monica me odia por ello, ¿sabes?
—¿Por qué?
—Por no tener hijos. Ella quiso tenerlos cuando estábamos en Inglaterra. Pero yo, no sé cómo, la convencí de lo contrario. Vinimos aquí, hicimos nuestra vida, nos divertimos... Y para cuando quisimos darnos cuenta, ya éramos demasiado mayores como para tener un hijo. Creo que Monica jamás me perdonará eso, aunque lo disimula bastante bien.
—¿Cuánto tiempo lleváis viviendo aquí? —a Ron no le cuadraban las cuentas. Suponía que debían estar por lo menos desde hace un año, pero Wendell hablaba como si llevasen casi toda una vida.
—Pues... unos quince años, si no recuerdo mal.
¡¿Quince años?! Eso era imposible. ¿O Hermione les había hecho creer que llevaban viviendo en Australia todo ese tiempo?
—Mira, ya empieza a haber olas. ¿Listo? —preguntó Wendell.
Ron asintió y se lanzaron a por ellas.
En cuanto a Hermione, esta seguía en casa de los Wilkins, rodeada por Monica y sus amigas. Pronto aprendió cosas de cada una, sus puntos fuertes y sus puntos débiles, así como el lugar que ocupaba cada una en aquel grupo. Sin embargo, no tardó en darse cuenta de que sus conversaciones giraban en torno a sus vidas, sus matrimonios y sus quehaceres diarios, los cuales, en su mayoría, eran sobre cocina.
Hermione miró a su madre. Jean Granger había sido siempre la perfecta ama de casa, la cual era capaz de mantener todo en perfecto orden, pero sin olvidar que también tenía un trabajo fuera del hogar. Durante toda su vida, Hermione fue instruida por su madre en la capacidad de decidir por sí misma y hacer lo que ella más desease, algo que Hermione siempre le había agradecido.
En ese sentido, Monica era muy parecida a Jean. Sin embargo, era más... digamos suelta. Aunque esas mujeres hablaban de sus matrimonios, lo hacían siempre en el sentido de querer ridiculizar a sus maridos. Si hablaban de sus vidas, era para contarse los últimos cotilleos, poner verdes a otras mujeres o hablar de sexo. Y en cuanto a la cocina, Hermione casi prefirió no entrar en la conversación, pues Heather se había puesto a hablar de alimentos que eran perfectos como afrodisíacos. Por lo visto, aquellas mujeres pensaban en sexo y mucho.
—Y dinos, Hermione ¿qué tal es Ron en la cama? —preguntó Amanda.
Hermione ya les había hablado a las chicas de Ron, ayudada un poco por Monica, que no había obviado el detalle acerca de que tenía un culo muy mono, algo que hizo avergonzar a Hermione. Su madre jamás habría dicho semejante cosa. Jamás.
—Bueno, pues... esto... Nosotros...
—Me parece que todavía no lo han hecho —confesó Carol de manera incisiva antes de dar un sorbo al margarita que estaba bebiendo. Hermione no pudo evitar mirar seriamente a Carol mientras el resto de mujeres la contemplaban a ella.
—¿Es eso cierto, Hermione? —preguntó Linda.
—Pues sí, llevamos poco tiempo saliendo y queremos esperar al momento oportuno.
—El momento oportuno —bufó Carol —. Eso es una estupidez, cielo. Te puedo decir que ese chico está deseando hacer el amor contigo. Por el momento, seguro que ahora sólo puede aliviarse por sí mismo.
—No seas tan cruel, Carol. Wendell y yo también esperamos al momento oportuno y acabó siendo algo mágico —dijo Monica, defendiendo a Hermione.
—Lo que tú digas, Monica —dijo Carol.
—Si me disculpáis, quiero ir un momento al baño —confesó Hermione.
Se levantó y subió las escaleras hasta el piso de arriba. En realidad no quería ir al baño de ninguna manera, pero quería alejarse un momento de aquel torbellino o, de lo contrario, se lanzaría contra Carol. Por suerte pudo relajarse y se dispuso a ir abajo.
Entonces, pasó delante de una puerta entreabierta y no pudo evitar oír un ruido, una pequeña melodía. Entró lentamente en la habitación y lo vio, el origen de aquella melodía. Sobre un tocador había una pequeña caja de música abierta, con una bailarina dando vueltas sobre ella. Pero no era una caja de música cualquiera, sino la caja de música de su madre, la que siempre tenía sobre su tocador y la cual a Hermione siempre la había gustado oír desde que era pequeña.
No podía creerlo. Su madre se había llevado esa caja, aun cuando Hermione no planificó ese tipo de cosas. Aquello quería decir, sin duda, que sus padres mantenían conexiones con su vida pasada. Se quedó un rato escuchando la música antes de salir. Sin embargo, se sorprendió de ver a Linda ante la puerta.
—¿Qué hacías?
—Yo... Escuché la caja de música y no pude evitar quedarme un rato, lo siento.
—Tranquila, mujer, yo también creo que es una melodía preciosa. En realidad quería decirte algo. Es sobre Carol. Ándate con cuidado con ella.
—¿Ah, sí?
—Sí. Verás, es un poco... buscona. Tiene marido, sí, pero le gusta tontear con otros hombres. Lo hace con todos... salvo con mi Alan —dijo, pensativa —. Ya lo ha hecho con Wendell, aunque Monica la conoce bien y sabe que no hará ninguna tontería. Pero a Carol le gustan jovencitos.
Hermione asintió, tomando en cuenta la advertencia de Linda. Por supuesto, sabía que Carol no era de fiar.
Mientras tanto en ese momento, en la playa, Ron y Wendell descansaban después de haber practicado surf. Para haber sido su primer día, Ron no lo había hecho tan mal. Sin embargo, parecía haber algo que preocupaba a Wendell, pues más de una vez se había caído de la tabla mientras intentaba deslizarse por una ola.
—¿Te encuentras bien?
—Sí, es sólo que... no puedo dejar de pensar en todo este asunto de los hijos. Verás, tengo un sueño que se repite. Estoy en una casa, al lado de Monica. Los dos vamos vestidos de manera muy formal y nos disponemos a tomar el té. Monica llama a alguien, pero no oigo el nombre. Hay fotos en la repisa de la chimenea y en una mesa cercana. Muestran a una chica de pelo castaño, una joven, aunque no puedo verle bien la cara. A veces está sola, a veces con uno de nosotros o con los dos. Cada cuadro muestra a la misma chica en diferentes etapas de su vida: siendo un bebé, una niña, una adolescente... Y entonces, comienza a desaparecer, quedando los cuadros vacíos o sólo con nosotros. Tras eso me despierto y estoy aquí.
Ron miró a Wendell. Desde luego estaba soñando con Hermione, estando en alguna parte, quizás su casa de Inglaterra. Aunque no entendía a qué venía lo de que Hermione desapareciese de las fotos. ¿Significaba la pérdida de memoria y, por tanto, la pérdida de su hija?
—Se hace tarde, Ron, mejor que volvamos ya.
Regresaron a la calle Wood. Como Hermione debía de seguir en casa de los Wilkins, Ron y Wendell fueron hacia allá. Efectivamente, las mujeres de la calle Wood seguían en la casa.
—Vaya, así que este es el famoso Ron, ¿verdad? —preguntó Carol —. Carol Jones, vecina del barrio. Encantada de conocerte. Una pena que vayáis a estar tan poco tiempo.
—Esto... sí, claro —dijo Ron, algo confuso por el interés de aquella desconocida en él.
—Nosotros nos vamos ya. Monica, gracias por todo —dijo Hermione bruscamente. Cogió a Ron del brazo y salieron rápidamente de la casa.
Al instante, llegaron a su propia casa.
—¿A qué había venido eso? Ni siquiera me habían presentado al resto.
—Esa mujer es peligrosa. Me han dicho que es una buscona.
—Vaya, ¿crees que intentará seducirme? —preguntó Ron, dibujando una socarrona sonrisa en el rostro.
—¿A ti? No, la verdad es que estoy tranquila. Quien me preocupa es mi padre, temo que esa mujer vaya detrás de él. Vamos a tener que ir con mucho cuidado.
—Hermione, ¿por qué simplemente no les devuelves a su estado original en vez de estar preocupándote por esas cosas?
—Porque... creo que es pronto, ¿vale? Todavía necesito un poco de tiempo. Por cierto, ¿qué tal tú? ¿Has hablado de algo con mi padre?
—Lo cierto es que sí.
Ron fue a la cocina para coger una botella de agua de la nevera.
—Dice que tiene un sueño recurrente, que está en una casa junto a tu madre, que ve muchas fotos en las que sale una chica, la cual va desapareciendo de repente. ¿Crees que se refiere a ti?
Hermione, tras oír eso, se llevó a la mano a la boca mientras dibujaba una expresión preocupada en el rostro.
—Eso fue lo que pasó cuando les borré la memoria. Desaparecí de todas las fotografías, de todos sus recuerdos. Madre mía, debe ser una manifestación de la vida pasada de mi padre, está recordando cosas inconscientemente. ¿Te ha dicho algo más? —Ron se dispuso a hablar, pero enseguida se calló — ¿Ron? ¿Tienes algo más que decirme?
—No —mintió él.
—Ron... —dijo ella, de forma severa.
—Hay algo. Algo que dijo tu padre ayer. Sobre lo de tener hijos. Al parecer nunca quiso tenerlos. Dijo... Dijo que, de haber llegado a tenerlos, su sueño de venir aquí jamás se habría cumplido.
El silencio se hizo entre los dos.
—Hermione, lo más seguro es que sea un pensamiento de Wendell.
—Por supuesto que es un pensamiento de Wendell, Ron. Mi padre jamás me echaría la culpa por haberle impedido cumplir su sueño. Mi padre me quiere. Si Wendell Wilkins piensa eso es porque yo le hice pensar eso. Si deseaba con toda su alma venir a vivir aquí, ¿porque iba a querer tener hijos?
—¿Tú le pusiste en la cabeza esa idea, Hermione? —preguntó Ron.
No, por supuesto que no. Simplemente había establecido las pautas para que llegasen aquí, no les había llenado la cabeza de objetivos, metas, deseos, sueños... En ninguno momento se le había ocurrido tal cosa, supuso que Wendell y Monica Wilkins desarrollarían sus propios sueños. O tal vez no, teniendo en cuenta que su mayor sueño iba a cumplirse. ¿Qué quería eso decir? ¿Que su padre la odiaba por haber roto su sueño? ¿Que sus padres estaban recordando cosas de su vida pasada?
De repente, llamaron a la puerta, evitando a Hermione el tener que contestar. Abrió la puerta. Fuera estaban Monica y Wendell. Ron se asomó también a la puerta.
—Hola, chicos. La verdad es que queríamos decíroslo antes, pero con todos delante no nos pareció bien. ¿Os gustaría venir a cenar con nosotros mañana? En nuestra casa —dijo Monica.
—Esto... Sí, claro, será un placer —dijo Hermione.
—Perfecto, pues. A las nueve —dijo Wendell, sonriendo —. Hasta mañana.
Los Wilkins se marcharon y Hermione cerró la puerta. Ron la miró.
—Aún no me has contestado.
—Estoy cansada y quiero irme a dormir. Buenas noches, Ron.
El muchacho vio cómo se alejaba mientras subía las escaleras. Por un momento se propuso seguirla, pero en vez de eso se quedó a dormir en el sofá, intuyendo que había metido la pata hasta el fondo.
Nota del autor: Las mujeres perfectas (The Stepford wives), es una novela de Ira Levin que narra la sospechosa vida de los habitantes de Stepford, Connecticut, donde las mujeres son, literalmente, perfectas en todos los sentidos, haciéndose evidente que Stepford guarda un secreto en el que los maridos de estas mujeres perfectas están implicados. La novela ha tenido hasta cuatro adaptaciones entre cine y televisión, siendo la última la dirigida por Frank Oz en 2004 y protagonizada por Nicole Kidman, Matthew Brodderick, Beth Midler y Christopher Walken.
He querido utilizar esta película para el título del capítulo porque me imagino a las mujeres que aparecen como perfectas a su manera, amén de que Jean Granger ha sido convertida en una mujer muy distinta a ella, aunque depende de si perfecta o no.
Jean es el segundo nombre de Hermione. Normalmente, en Harry Potter, los primogénitos llevan el nombre de su padre o madre (dependiendo de si son chico o chica) como segundo nombre, por lo que, en teoría, el nombre de la madre de Hermione debería ser Jean. No obstante, este no es un dato confirmado.
