Hecho de tinta

Capítulo 03

Acostarse tan tarde no era sano y menos todos los días. Cuando abrió los ojos no sólo no sabía qué hora era, además le dolía el cuerpo y los ojos le ardían como si no hubiese dormido durante semanas. Se estiró un poco, aún sin querer abrirlos, y pensó en que aún era domingo y podía descansar algunos minutos más como mínimo. Le despertó más escuchar el sonido de páginas y fue entonces consciente de dos cosas: En primer lugar, las páginas y la respiración que oía estaban relativamente cerca, en segundo lugar estaba muy tumbado y cómodo. Abrió los ojos y se encontró mirando al techo directamente, al ladear la vista se halló a Antonio, recostado contra el cabecero, leyendo un libro con cara de concentrado.

- "Estoy en la cama." -concluyó.

Le recorrió un escalofrío, se tensó y se ganó una mirada de Antonio, que parecía más asustado por el bote que había pegado que realmente por su presencia. Pasó los ojos de él a la sábana y a él de nuevo mientras las mejillas progresivamente las notaba más calientes y le invadía una vergüenza intensa. Por mucho que pensaba, en su cabeza no podía encontrar una respuesta que explicara la situación.

- ¿Qué? Yo... En la cama. -boqueó Francis.

- Ah, no sé. Cuando me he despertado esta mañana ya estabas aquí. Me da que cuando te levantaste para ir al baño regresaste tan dormido que te has echado donde siempre sueles dormir. -comentó el hispano quitándole importancia.

- Perdona, según lo cansado que vaya me convierto en un dormilón de cuidado. La prueba es que no recuerdo nada de eso.

- Está bien. Hay sitio en la cama para los dos de sobras, podríamos dormir así siempre. No me parece justo que cuando me quedo dormido en la cama te la acabe robando; así que es eso o que yo duerma siempre en el sillón y que si me quedo accidentalmente frito me eches allí.

- Tampoco me parece justo que duermas en ese sitio siempre, no es el colmo de la comodidad. ¿No te sentirás raro teniendo que dormir en una cama conmigo? Quiero decir...

- La pregunta es si tú te sentirías raro. -interrumpió- A mí no me importa. Pero si te vas a encontrar mal, entonces puedo echarme en algún rincón en el suelo. Con tu colcha supongo que podría estar cómodo.

- ¿Qué? ¡Pero si eso es aún peor...! -exclamó Francis una vez pudo procesar lo que le estaba diciendo. Suspiró pensando que realmente no tenían otra opción. No iba a mandarle al sofá, porque sus compañeros de piso podrían quejarse, el sillón tampoco era una opción, además tenerle en el suelo le parecía horrible y no había ninguna habitación libre en ese apartamento. Tampoco contaba con el dinero suficiente para alquilarle una habitación y no estaba seguro de que fuese a aceptarlo ya que era muy orgulloso- Bueno, supongo que podemos compartir la misma cama.

Se notaba que no estaba como para tirar cohetes, pero al menos había aceptado lo de dormir juntos. No había sido el único sorprendido al despertarse. Pues menos mal que no le había dicho que cuando él abrió los ojos Francis estaba tan cerca de él que podía olerle, porque entonces capaz de gritar y hacerle una reverencia para pedirle disculpas. Estaba acostumbrado a despertarse abrazado por François, que al parecer le consideraba algo así como su oso de peluche particular cuando compartían cama. No faltaba decir que Antonio se moría de vergüenza por dentro cuando se encontraba así de buena mañana y que huir no era nada sencillo. Tener a Francis cerca no era algo que le hiciera sentirse incómodo.

- Claro que sí, no te preocupes. -le dijo sonriendo jovial y acto seguido le dio una palmadita en el hombro- Tú dormías y yo estaba leyendo y no se ha acabado el mundo, ¿eh?

- No, claro, el mundo no se ha acabado. -murmuró entre dientes. Eso no quitaba que dormir en la misma cama que Antonio no le pusiera un poco nervioso. Eso de tener ansiedad con la cercanía de la gente era algo que su padre le había insistido en infinidad de ocasiones que no era normal. Lo sabía de sobras, pero no quitaba que no quisiera ir de ninguna de las maneras a ver un psicólogo para que le sacara los temas que de sobras sabría que tocaría.

- Me gustaría ducharme si no es una locura, ¿tú me podrías prestar ropa? Más o menos somos igual de grandes, yo creo que tus cosas me irían bien.

Abrió la boca, para decir algo, pero su mente por un momento le jugó una mala pasada y por dentro sólo podía pensar en lo siguiente: "Antonio llevará mi ropa". Encontró algo en su interior que no creía que hubiese, algo así como una emoción que ignoró por completo ya que no quería saber ni qué era. Sería también muy desconsiderado por su parte negarle algo de ropa cuando no tenía nada más que lo puesto. Asintió tontamente, mirando hacia un lado azorado, y le hizo un gesto hacia el armario para que se sirviera. En el proceso de levantarse de la cama, Antonio le dio una palmada amistosa en el hombro y se puso a mirar entre las cosas que tenía para ver qué le gustaba. Se sorprendió al ver que ese tipo de ropa que Francis llevaba no invadía al completo el armario y que tenía prendas arregladas, las cuales si se pusiera le harían verse mejor.

- ¿Y todo esto por qué no lo usas? -le preguntó sacando una percha con una camisa de color morado. Los ojos azules se clavaron en él, estuvo en silencio un rato y al final se encogió de hombros. Antonio acabó arqueando una ceja e imitó el gesto- ¿Eso qué quiere decir?

- Pues que no sé. Es que una camisa la encuentro más rígida, más incómoda, así que al final suelo tirar por camisetas o jerséis con capucha.

- Entiendo lo que me dices pero, no sé... ¿No crees que es un desperdicio que no uses nada de esto? Creo que no te sentaría mal.

Ese comentario le dejó desarmado y no supo qué decir. Mientras estuvo en su estado de bloqueo mental, Antonio escogió una camisa blanca y unos pantalones de pinza negros que no sabía ni tan siquiera si le iban a ir bien. Le hizo salir de su ensoñación cuando lo único que le faltaba eran los calzoncillos y Francis se estiró hasta abrir el cajón que había en la mesita de noche y después de rebuscar un minuto sacó unos. No quería darle alguno que estuviera roto, o desgastado, porque sabía que eso le ganaría otra miradita de esas de las suyas. No es que le faltara razón, claro estaba.

Dejó de lado de nuevo los pensamientos esos de que Antonio iba a estar llevando su ropa interior, se levantó y empezó a adecentar la cama. Una persona normal, seguramente alguien como el hispano, podía pensar en dormir con otro hombre, un amigo, sin pensar en ello de forma extraña, pero ese no era el caso de Francis. Aunque fuese un chico tímido, en el fondo sentía cierto morbo por según qué situaciones y aquella no se escapaba. ¿Pero qué le iba a decir a Antonio? Era como si una jovencita se encontrara delante del ídolo de toda su vida, con el que ha soñado incluso y al que ha seguido desde sus inicios, y de repente tuviera que dormir con él. Seguro que existiría cierta tensión, aunque fuese unilateral, emoción y un cosquilleo en el estómago. Si lo pensaba fríamente, era fuerte que se acabara de comparar con una jovencita, pero era la verdad. Antonio era su ideal, de alguna manera. Por mucho que le costara admitirlo, y que era algo que no proclamaría abiertamente, el hispano era su tipo. Lo había diseñado él, por favor, en algún momento de ese proceso creativo Antonio pasó de ser lo que querría ser a con quién querría salir. Y sí, por mucho que le echara la bronca a Kiku cuando insinuaba que había salido del armario y fingía ofensa, a Francis le gustaban los chicos bastante. Uno de sus dilemas mentales era la relación de Antonio y François y no se había podido decidir porque no sabía cómo iba a reaccionar el público masculino a una escena de porno entre dos hombres en el cómic, pero también le gustaría dibujarlo, así que no se aclaraba ni para atrás. A Honda ni le había preguntado, ese tipo era raro y no quería ver su cara cuando le dijera: "Eh, estoy empezando a pensar en meter porno gay en mi webcomic, ¿qué opinas?

Cuando regresó, Francis había adecentado la habitación y había preparado su ropa para poder ducharse también. Le dijo que podía seguir viendo The Walking Dead si le apetecía y no hizo falta que le insistiera demasiado ya que el hispano se había enganchado por completo. El resto del día fue bastante tranquilo, Francis preparó de comer de nuevo para hacer que Antonio se callara de una vez por todas y después de confesar que aquello estaba muy rico, el joven de cabellos castaños le dijo que nunca más insinuaría que no sabía cocinar.

Mientras Francis estaba haciendo un trabajo, Antonio se había echado en la cama y, más tarde, cuando levantó la mirada lo encontró frito. No entendía cómo podía dormir tanto, pero era incapaz de molestarle cuando descansaba con una expresión de inocencia como aquella. Se levantó, tras suspirar resignado, y fue a taparle con una sábana para que no cogiera frío. Se despertó una hora después y para aquel entonces Francis se encontraba lanzando trazos contra la tableta, los cuales se reflejaban en el programa de dibujo que tenía abierto en el ordenador. Antonio, silencioso, se estiró para poder ver lo que estaba dibujando. Se trataba de un escenario, una ciudad, y se entretenía pintando los edificios, añadiendo detalles que seguramente él no pondría porque perdería la paciencia antes. Había unas siluetas pintadas en azul, pero no era nada definitivo y ni siquiera se podía ver qué personajes eran. Por un momento se preguntó si le estaría dibujando a él.

- Eres bastante bueno, tengo que admitirlo.

Como habló de repente, el rubio pegó un bote pequeño y apretó los dientes, algo molesto porque no había manera, no podía acostumbrarse a que no estaba solo en ese cuarto y que cuando menos lo esperara Antonio hablaría y le sacaría de su silencio. Se hizo a un lado y dejó que viera mejor la capa sobre la que estaba aplicando colores vespertinos.

- No sé si es bueno, pero al menos me tiene entretenido y me gusta. -admitió Francis- No creo que pueda ganarme la vida con estas cosas, pero intentaré que tenga relación. Tampoco voy a dejar el hobby, me da dinero a veces. He publicado un tomo de mi cómic y me quedé sin más ejemplares que el mío.

- ¿En serio? ¿Tanto éxito tiene mi vida...? Eso me parece surrealista. ¿Te lo imaginas? Que de repente te viniera alguien y te dijera: Eh, Francis, la historia de tu vida está siendo leída por gente. ¡Ya ni te digo si te dijera que han pagado por leerla!

- Tienes razón, creo que me explotaría la cabeza con toda esa información. Si alguien quiere leer mi vida es que está muy aburrido, porque no tiene nada de interesante. -murmuró el francés regresando a su dibujo- Al menos tu vida tiene más acción.

- ¿Te parece poca acción la que tiene la tuya? Estás en una habitación con el personaje que creaste, ¿no? Creo que poca gente puede afirmar algo así. -concluyó con una ligera sonrisa.

Sonrió resignado después de escucharle decir eso y se encogió de hombros. Bueno, razón tampoco le faltaba. Guardó el archivo y se estiró, perezoso. Viró la silla para estar mirando hacia donde estaba sentado Antonio, sobre la cama. En ese momento pudo el volumen que esa mañana había estado leyendo cuando se despertó.

- ¿Has encontrado algo en el libro que leías por la mañana? -le preguntó.

- No. Es un poco tostón. Además, no he podido pasar del prólogo y poco contaban. No parece demasiado prometedor. Ni siquiera yo entiendo por qué he aparecido aquí de repente. ¿Hiciste algo para invocarme?

- ¿Yo? No, no soy aficionado a la magia de ningún tipo, básicamente porque creo que no existe. Lo único que yo hice fue mirar al cielo la noche anterior y pedir un deseo a una estrella fugaz. -eso último lo admitió entre dientes, flojo, intentando que Antonio se enterara y no al mismo tiempo.

- ¿Pediste un deseo a una estrella fugaz? ¿Qué deseo? -le preguntó ahora curiosamente.

- ¡No te lo voy a decir! -exclamó con tono ofendido- ¡Todo el mundo sabe que si pides un deseo y lo cuentas, no se cumple!

- Pero tu deseo puede que se haya cumplido, ¿no? ¿Entonces para qué tanto secretismo? -le dijo el hispano ahora arrimándose al borde de la cama para verle de cerca. Francis se apretó contra la silla, sonriendo nervioso y un poco sonrojado.

- ¿Quién me asegura que si lo digo no se romperá la magia de la estrella fugaz? No pienso arriesgarme. -dijo Francis enfurruñado.

El hispano le miró por un momento, algo sorprendido. Parecía uno de esos niños pequeños que se enfadan y a los que, por mucho que les preguntas, no te responden porque consideran que eres un adulto que no les va a entender. No podía saber al cien por cien qué era lo que había deseado aquella noche en la que asomado vio una estrella fugaz, pero sí que, por la manera en que actuaba, sabía que algo tenía que ver con él. No podía abrir la boca para recordarle que él quería regresar a donde pertenecía, al lado de François.

El ambiente se enrareció con aquel silencio que lo densificaba y que se negaba a irse mientras los dos jóvenes tenían la mente en sus propias ideas y dilemas. El que dio el paso para romperlo fue el rubio, demasiado incómodo ya de aquella forma, mientras imaginaba todo lo que podría estar pasando por la cabeza del español. Lo mejor era desviar el tema y relajar aquella escena, que era tensa por un simple silencio.

- ¿Qué es lo último que recuerdas tú? Quiero decir, antes de aparecer de repente metido en mi cama, ¿qué es lo que recuerdas? -preguntó el rubio llamando la atención de los ojos verdes de Antonio, los cuales hasta ahora habían estado perdidos por la colcha de la cama.

- Pues veamos... Recuerdo que estaba preocupado por François, Arthur había intentado ponerse en contacto con él y había merodeado por su casa intentando dar conmigo. Creo que sabe que de vez en cuando voy y quiere acorralarme. Por eso, aunque se opuso, le dije que me alquilaría un piso para mí solo bajo un pseudónimo.

Después de ese resumen breve, Francis se encontraba tremendamente desconcertado. Ladeó el rostro, con el entrecejo arrugado mientras recapitulaba acerca todas y cada una de las palabras que el español había dicho, analizándolas por si las había escuchado mal y podía deducir qué era lo que realmente había pronunciado. Sin embargo, por mucho que lo pensara, no encontraba nada en su mente.

- No puede ser.

- ¿Cómo que no puede ser? Te estoy diciendo lo que me pasó. Me fui a dormir y de repente me desperté en tu cama. Bebí algo de vino, así que por eso pensaba que quizás se me subió y por eso fui a buscar compañía o algo.

- No te lo digo por eso. Mi historia no ha llegado ahí, de hecho lo último que había pensado era precisamente la posibilidad de arrinconarte y de alguna manera hacer que Arthur y François estuvieran en alguna escena más cerca. Pero ni tan siquiera había pensado en cómo ibas a reaccionar tú. ¿Cómo puede ser que tú estés tan avanzado?

- No sé, no me estoy inventando nada. ¿Crees que eso podría significar que no soy lo que creías?

Tras esa pregunta, Francis alzó una ceja, como si no acabara de comprender a dónde quería llegar. Sin embargo, el español parecía contento, ilusionado ante un nuevo pensamiento que era mucho más prometedor que la idea de ser alguien que sólo existía porque a un joven con problemas para ser sociable le dio por dibujar un cómic. Aunque no lo hubiese expresado y se hubiera encargado de enterrar en la parte más oculta de su interior esa idea, para que no le torturara, Antonio sentía un vacío, una punzada en su pecho cuando pensaba que su existencia dependía de una persona y que cuando él decidiera que no quería continuar más, entonces su historia se detendría, de la manera que fuese.

- No pongas esa cara, me refiero a que quizás no es que tú me hayas creado. Admito que debe haber dos mundos, el tuyo y el mío, porque muchas cosas difieren y está claro que incluso contienen a gente que no existe en el otro lado, pero puede que no sea algo que tú hayas creado. ¿Y si, en vez de eso, estás viendo cosas que pasan en mi mundo? Como sueños o pensamientos que crees que son tuyos pero en realidad son trozos que coges de mi realidad. Eso podría explicar por qué de repente ha pasado algo en mi mundo que tú aún no has decidido, ¿no?

- Supongo... -añadió Francis con una sonrisa un tanto forzada.

Sinceramente, aquella había sido una mentira piadosa. El joven de cabellos castaños estaba buscando algo a lo que aferrarse, a una idea que hiciera su existencia menos confusa, aunque eso implicara universos paralelos y que él recibiera información de lo que ocurría en ese mundo. Para Francis era más fácil aceptar que Antonio era su personaje y además recordaba el proceso creativo, cómo pensó el argumento y en sus posibles variantes, cómo le daba una vuelta de tuerca más a cierto personaje para darle profundidad y que no fuese hueco.

¿Pero qué iba a decirle? ¿Que aquello que estaba diciendo no tenía sentido alguno y que no existía? Aunque no era muy bueno con las relaciones sociales, Francis tampoco era un desalmado. Podía imaginar que todo aquello no era fácil para Antonio y, aunque fuera una pequeña esperanza, era bueno que tuviese algo a lo que aferrarse para no caer en la desesperación. A partir de ese momento empezaron a comprobar los detalles de la vida de Antonio y vieron que aunque muchas cosas cuadraban, había otras tantas que eran diferentes. El francés no tenía ni idea de a qué se debía, pero tampoco le daba mucha importancia. ¿Y si cualquier pensamiento, por muy loco que fuera, que tuviera sobre ese universo reflejara repercusión sobre ese mismo? Todo lo que el hispano le había dicho que había sucedido habían sido cosas que él se había planteado por un momento con anterioridad.

Por la noche Antonio se encargó de preparar la cena y como habían estado toda la tarde comieron en silencio, cómodamente. Fue extraño porque usualmente en ese tipo de situaciones Francis se ponía tremendamente incómodo. Incluso con Kiku, con el que tenía confianza, no aguantaba los silencios largos e intentaba hacerle hablar preguntándole cosas que a veces no tenían demasiado sentido. Por suerte ese chico tenía la paciencia de un santo y le contestaba, fuera lo que fuera. Cuando regresó de lavarse los dientes, el español estaba echado en la cama, de lado, y respiraba profundamente. Le sorprendió la pericia con la que se había quedado dormido mientras él estaba haciendo algo tan sencillo como ocuparse de que sus piezas dentales estuvieran relucientes.

Miró de soslayo el sofá pero, conociéndole como le conocía, seguro que al día siguiente iba a estar que echaba humo por las orejas si se despertaba y no le encontraba durmiendo a su lado. Suspiró derrotado y arrastró los pies, que estaban dentro de esas zapatillas con un dibujo de Homer Simpson, hasta plantarse delante del colchón. Se echó sobre la cama con cuidado de no hundirla bruscamente y despertar de esa manera a Antonio. Era irónico puesto que, cuando se dormía, daba la impresión de que aunque explotara una bomba nuclear a no mucha distancia, él seguiría comatoso sin problema. Se tumbó bocarriba, puso los brazos sobre su pecho, con los dedos de las manos entrelazados sobre su estómago, cerró los ojos y respiró hondo.

Pensativo estuvo hasta que de repente notó que Antonio se movía y un súbito calor corporal pudo ser percibido por su brazo. Abrió los ojos, con una ceja arqueada, y lentamente fue ladeando el rostro hasta poder ver que el hispano se había dado la vuelta y se había aproximado bastante a él. Devolvió la vista al techo y sonrió tensamente: Perfecto. Tenía clase al día, le tocaría madrugar, y ya sabía que seguramente le iba a costar conciliar el sueño una barbaridad.


Hasta las tres de la mañana, Francis no se dejó vencer por el sueño. Antonio había estado cerca de él durante bastante rato y se perdía entre sus pensamientos, ligeramente censurables, que trataba de suprimir de su mente por completo, y en mirarle de reojo, como un idiota. La expresión del hombre de cabello castaño era tranquila, inocente, como si no hubiese roto un plato en su vida y no hubiese experimentado todo lo que había vivido. Ahora que le tenía delante, Francis se daba cuenta de que quizás había hecho pasar por demasiadas penurias a su personaje. Temía que a los ojos de Antonio él no fuese más que un idiota y un desgraciado que le había hecho pasar por los peores percances. No importaba que le sonriera, que hablara con él con naturalidad o que le preparara la comida; Francis sentía inquietud, una muy grande, porque no querría por nada del mundo que le odiara. Si lo hiciera, seguramente sentiría que para él no quedaba ya ningún tipo de esperanza.

Era un pensamiento muy negativo, seguro que sí, pero Francis no podía evitar ser de esa manera. Seguramente eran sus raíces francesas, que en momentos como ese le pegaban bien fuerte y le hacían ser así. De cualquier manera, entre pensar que tenía unos labios que quizás podría besar sin que se despertara y eso de estar absorto mirando lo largas que tenía las pestañas en realidad, Francis no pudo conciliar el sueño hasta tarde. Por eso, cuando esa mañana empezó a sonar One Room Disco de Perfume a todo volumen, el corazón del francés pegó un vuelco y saltó de la cama como si fuera un gato. Era irónico pero podía pasar del sopor más profundo al sueño más ligero que pudieras imaginar. Agarró el teléfono y apretó la pantalla para que dejara de sonar. Lo único que hizo Antonio fue darse la vuelta hasta quedar bocabajo y agarrar más la almohada para continuar durmiendo.

Suspiró resignado, envidiándole por poderse quedar a dormir durante más rato, y terminó por levantarse de una vez. La ducha no es que le sentara mejor y supo que tendría que comprarse un café de camino a la clase o se dormiría. Fue farfullando por toda la habitación y el piso, cosa que terminó por desvelar a Antonio, el cual le observó mientras estaba dentro del cuartucho. La puerta del apartamento se abrió y cerró pronto y dejó el lugar sumido en un silencio que seguro que le permitiría volver a dormir sin inconveniente alguno.

Mientras caminaba hacia la universidad, Francis no dejaba de repetirse una y otra vez que esa noche iba a ir a dormir bien pronto para poder recuperar todo el sueño que no había tenido esa noche. Cuando llegó al lugar, Kiku no tenía mejor pinta; estaba con un chándal rojo con rayas blancas y detrás de las gafas sus ojos negros se veían cansados, enmarcados por esas ojeras llamativas.

- ¿Tampoco has dormido bien?

- ¿Eh? No, no es eso. -confesó el japonés- Lo que pasa es que el viernes por la tarde fui a recoger un paquete que me había llegado y resultó ser el último juego que había reservado. Venía directo de Japón. Me he pasado todo el fin de semana jugando. El trabajo del miércoles está aún por empezar. Eso sí, estoy ya en la pantalla final.

- ¿A qué hora te fuiste a dormir ayer?

- Creo que caí cerca de las cinco, pero no sé exactamente porque no me di cuenta de que me dormía. -dijo Kiku sin inmutarse por la regañina que podía leer en el rostro de su amigo.

Las clases pasaron sin pena ni gloria, aunque Francis a ratos tenía serios problemas para no dormirse sobre el teclado. Iba a necesitar otro café, eso seguro. La última clase de la mañana terminó y ya se sentía desfallecer. Se dejó caer sobre la mesa, suspirando pesadamente, y entonces miró de reojo a su amigo, que parecía sereno y entero.

- No sé cómo lo haces para mantenerte así. Aunque tu aspecto es lamentable, pareces estar despierto.

- No estoy orgulloso de ello pero me he dormido con los ojos abiertos como diez minutos. Si me preguntas, no soy capaz de decirte qué es lo que ha explicado el profesor durante ese rato. -dijo tranquilamente.

El bullicio en la clase era provocado por el ir y venir de alumnos, los cuales comentaban el temario, qué iban a hacer o dónde iban a comer. Francis se incorporó, preguntándose eso mismo mientras observaba la madera de la mesa con fijación, cuando de repente notó que alguien se paraba delante de él. No tenía ganas de hablar con nadie y estaba seguro de que sería cierto individuo, que de vez en cuando se aburría y venía a molestarle, así que siguió con los ojos azules fijos en la mesa. Pero no pudo ignorarlo por más tiempo cuando recibió un codazo desde el lado izquierdo por parte de Kiku. Entornó el rostro y le miró con reproche, pero le llamó más la atención que el japonés estaba con los ojos como platos, como si hubiese visto un fantasma, y sin poder articular palabra lo que hizo fue señalar hacia la persona que había estado delante de él. Frunció el ceño y no le quedó más remedio que mirar hacia el frente, donde se encontró con cierto hombre de cabellos castaños despeinados, ojos verdes, que iba vestido con una camiseta blanca de las suyas y unos tejanos desgastados. Los pies estaban cubiertos por unas bambas que sabía que tenía en el armario y empezó a darse cuenta de que en el poco tiempo que Antonio estaba en su casa, había usado él más ropa suya que él mismo. Alzó las cejas, sorprendido.

- Eh, ¿qué haces tú aquí? -preguntó casualmente el galo.

- He sido testigo de cómo te has ido esta mañana, así que me has dado penita y te he preparado algo nutritivo para comer. Creo que empiezo a conocerte lo suficiente como para adivinar que seguramente pensabas ir a comer a algún sitio de estos de comida basura. Si sigues de esa manera, te enfermarás.

Estiró uno de los brazos y le mostró una bolsa. Dentro había una fiambrera en la que se podía adivinar que había algo, pero no se podía ver porque el calor que emitía había empañado el plástico. Era comida recién hecha y fue incapaz de reprimir una ligera sonrisa al pensar en que había estado cocinando para él, porque se preocupaba por él. Era un sentimiento cálido en su estómago que se transformó en un sudor frío cuando le agarraron por el cuello y tiraron de él. El aliento de Kiku contra su mejilla le informó de lo que había sucedido en un abrir y cerrar de ojos.

- Francis, espera, Francis... ¿Estás viendo lo que yo estoy viendo? Quiero decir. Delante de ti hay un chico que se parece muchísimo a Antonio y que está diciendo que te ha preparado la comida, ¿no es así? Porque como me digas que no, entonces te informo de que lo que tú tenías es contagioso y me lo has pegado.

Se revolvió suavemente para que el japonés le soltara y se frotó la nuca. Toda la situación tenía a Antonio curioso, que no podía dejar de mirar de uno a otro como si se tratara de una final del Roland Garros. Supuso que ese chico leería el cómic de Francis, por lo tanto seguramente era otra persona que le conocería más de lo que él conocería a ese japonés. Dejó la bolsa fiambrera, sacó los cubiertos, los cuales estaban enrollados en una servilleta amarilla, y se los pasó al francés, que no sabía qué hacer antes, si comer o contarle a Kiku lo que estaba pasando.

- Te dije que había aparecido en mi cama un día, pero como no querías creerme pues dejé de contártelo. -murmuró Francis, el cual decidió que la misma clase era el lugar idóneo para comer. Además, Antonio no dejaba de mirarle a él y a la comida, como si estuviera nervioso porque se enfriara.

- Bueno, sí, claro que me lo dijiste. ¿Pero cómo pensabas que iba a creerte? Espera, espera... ¿Estamos hablando de verdad de ese Antonio? ¿De tu Antonio? -ignoró el carraspeo del hispano, al cual escuchar eso último le había dejado un poco chocado. Él no era propiedad de nadie, que les quedara claro.

- El mismo que viste y calza con mi ropa porque no tiene propia. ¿Te acuerdas del amigo que te dije que había convertido tu dibujo en la pornografía más perversa que pudieras imaginar? -esperó hasta que Antonio asintiera, pinchando comida con el tenedor- Pues él es el degenerado que lo hizo.

Se hizo un silencio extraño en el que Antonio observaba a Kiku y éste, a su vez, le devolvía la mirada serio. Francis esperaba también, a ver qué era lo que decía el japonés para salir del paso. De repente se levantó, con ese ímpetu que al galo le parecía que nacía del alma de un guerrero, y estiró la mano hacia el español, que pegó un respingo ante tal movimiento.

- Encantado de conocerte, soy tu mayor admirador. -confesó.

Ni había llegado a probar los alimentos cuando Kiku dijo eso y Francis casi tira el tenedor. Los labios se le quedaron brillantes ya que habían rozado la comida, pero bajó el cubierto hasta que descansaba de nuevo sobre la fiambrera. No era el único que estaba turbado, la cara de Antonio era todo un poema y no había encontrado en su cerebro la reacción idónea para ese tipo de situación.

- Y ante todo quiero que sepas que apoyo tu relación con tu amigo y que estoy seguro de que Francis hará que te declares y te corresponda.

Ahora la sorpresa era lo único que se podía leer en la cara del español, el cual lentamente había desviado la cabeza hacia donde estaba Francis. Éste había bajado la suya y miraba la comida a sabiendas de que si levantaba la vista se encontraría con los ojos verdes de frente y no sabría qué decirle. Kiku empezó a murmurar cosas que ninguno de los dos entendían, preso de una conmoción demasiado grande como para pensar en que había cambiado a su propio idioma. Aquella locura que había pensado que era un delirio de la mente de su amigo era real, le tenía delante, Antonio era el calco exacto de lo que era en el papel y se le veía bastante impresionante.

- ¿Por qué no te sientas a comer con nosotros y nos cuentas más cosas? -preguntó Kiku repentinamente, saliendo de su trance de manera tan brusca que Antonio se sobresaltó de nuevo.

- Pero es que ya he comido... -argumentó el español- Quería comentarte, Francis, que tu parte de la nevera empieza a estar más vacía. Deberías comprar, aunque si quieres puedo hacerlo yo, que tengo tiempo.

- Claro, no había pensado en que ahora todo me dura menos. -murmuró el rubio- ¿Lo harías? Espera que busque el dinero.

El rubio dejó el cubierto sobre la fiambrera y rebuscó en los bolsillos de los pantalones, estirándose un poco para que éstos no estuvieran doblados y pudiera meter bien las manos en ellos. Sacó la cartera y se la pasó a Antonio, el cual la cogió y le miró sonriente. Le agradaba que confiara lo suficiente en él como para dejarle toda su documentación.

- Hablamos cuando llegues a casa, que vaya bien el día. Encantado de conocerte. -lo último lo añadió mirando hacia Kiku, el cual le observaba fijamente, con los ojos como platos, como si estuviera delante de su mayor ídolo.

Estuvieron en silencio, viendo cómo se alejaba, y cuando el rubio se llevaba el tenedor a la boca, dispuesto a continuar con ese pequeño festín que el hispano le había preparado única y exclusivamente para él, de repente Kiku se le lanzó encima y empezó a zarandearle continuamente mientras chillaba algo que al principio ni siquiera podía entender.

- ¡Así que le tienes de criado! ¡Maldito degenerado! -se quedó callado de repente porque eso de ser ruidoso no iba con su personalidad y era partidario de dejar que la gente disfrutara de su espacio personal- He de confesar que aunque una parte de mí siente hasta envidia porque querría tener a una chica bien guapa así, también he de decir que tienes una mente sucia.

- ¿Se puede saber qué es lo que estás insinuando? -le preguntó Francis, comiendo finalmente lo que había pinchado en el tenedor que, por suerte, había permanecido ahí. Si se hubiese caído hubiera sido desastroso.

- Lo tienes como tu -a ver cómo era eso- porno criado, ¿verdad? Por eso te prepara comida, te va a comprar... ¿Le has pedido que te espere en casa desnudo? ¡Ah, ya sé! Le has pedido que vaya con un delantal exclusivamente. Francis, ya sabía yo que a ti te interesaban más los hombres, se notaba por muchas cosas.

La comida se le fue por el lado que no tocaba cuando escuchó eso y empezó a toser con violencia. No supo qué le traumatizaba más de todo eso: el haberse imaginado a Antonio de esa manera, el que su amigo hubiera insinuado que ya sabía que era gay o que le estuviera intentando tranquilizar diciendo que era un japonés muy liberal y que lo aceptaba. Fuera como fuese, Francis se sobrepuso y respiró pesadamente. No iba a pelear contra Kiku, más que nada porque estaba muy seguro de la orientación sexual del rubio y, para qué negarlo, razón no le faltaba. Siempre le había atemorizado que al saberlo en serio, el nipón se apartara de él como si fuese un infectado. Había leído por internet y, a pesar de todo, la aceptación de los matrimonios gay en Japón era de las más bajas de Asia.

- No le tengo de porno-chacha. Antonio está decidido a encontrar la manera de regresar de donde vino, está enamorado de François y yo no pinto nada de nada en todo esto. -carraspeó antes de que Honda continuara por esos temas y añadió- Además, no soy gay, soy bisexual.

Dio gracias porque cuando estaba emocionado Kiku hablara por los codos, ya que en ese momento no sabía muy bien de qué charlar. El japonés seguía hablando de lo mucho que Antonio se parecía al cómic y estuvieron un rato especulando por qué había aparecido ahí en ese mundo, al igual que las diferencias que había entre sus recuerdos y su trama. A las seis Kiku rabiaba porque quería ir al apartamento de Francis para pasar más rato con Antonio, pero tenía que ir a darle clases de repaso a un chiquillo, trabajo que había adquirido hacía poco y que le iría bien para ahorrar cierto dinerillo para pagar parte de los gastos que tenía.

- No sé desde cuándo eres tan fan de Antonio, pero no quiero que te pongas en plan acosador y le molestes, ¿vale? El tema de que está aquí no es algo de lo que hablar quitándole importancia. Piensa que para él nada es lo que había sido hasta ahora, no tiene identificación ni dinero, nada. Ni puede registrarse para tener un DNI porque le dirán que cómo ha vivido hasta ahora en ese anonimato. Le llevarían a la policía, seguro. Mejor no arriesgarnos y dejarle que lo digiera a su ritmo. Si quiere hablar, vale; si no quiere hacerlo, hay que respetarlo.

- Te prometo que me comportaré y no le incomodaré. -le dijo Kiku con aspecto lastimero- Pero déjame verle de vez en cuando antes de que se vaya... Me parece fascinante.

- Está bien. -murmuró Francis sin saber cómo sentirse respecto.

Cuando llegó al apartamento, Antonio se encontraba leyendo tan concentrado que ni siquiera le escuchó abrir la puerta. No tardó mucho en hacerlo, eso sí. Levantó la vista y le miró, como si acabara de ver a un fantasma. El de cabello castaño se había quedado a cuadros e intentaba pensar en qué momento había entrado. El rubio ladeó el rostro y se llevó el dorso de la mano a los labios para intentar cubrir que se estaba riendo. Cerró el libro después de mirar en qué página se encontraba y sonrió resignado.

- No te rías de mí, que no te he escuchado entrar y de repente estabas ahí. -le dijo Antonio.

- ¿Es interesante? -le preguntó Francis después de lograr detenerse. No sabía si le había molestado, pero no era tampoco su objetivo descubrirlo- Me refiero al libro, que estabas muy centrado leyéndolo.

- Es como una novela de ciencia ficción, es interesante, pero no deja de parecerme todo mentira. No sé cómo nos puede ayudar eso a encontrar la manera de devolverme a casa, pero aún así no puedo rendirme, no se me da bien.

- Lo sé, siempre ha sido tu carácter, muy diferente al mío. Como has podido ver, me rindo con una facilidad apabullante. -comentó Francis restándole importancia. Se sentó en la silla y empezó a sacar las cosas que había llevado a la universidad, con ellas la fiambrera que ya estaba vacía y lavada- Gracias por la comida, estaba muy buena.

- De nada. -replicó Antonio, sonriente- Tengo que ocupar mi tiempo de alguna manera, así que no me importa cocinar. Es algo que me gusta, supongo que eso sí lo he "heredado" de ti.

- Supongo que eso lo habéis heredado de mí, sí. -contestó el francés sonriendo con resignación. Nunca lo había pensado de esa manera, pero ahora que lo decía, tenía sentido. Se sentó la silla y encendió el portátil para ponerse a hacer un trabajo que tenía que entregar en un par de días.

Se mantuvieron en un silencio tranquilo, casual, mientras Francis introducía la contraseña en el ordenador y dejaba que se cargaran todos los programas que se iniciaban por defecto en su computadora. Antonio hojeaba el libro, con pereza, sin realmente leer ninguna de las palabras que habían escritas. Habían pasado horas desde que el amigo de Francis había dicho aquello pero él no se lo había podido sacar de la cabeza y le había dado mil vueltas hasta que el rubio había regresado. Le echó un vistazo y le vio trabajando en algo, no sabía bien en qué. Se mordió la lengua, tratando de no iniciar la conversación, pero fue imposible detenerse.

- ¿Puedo hacerte una pregunta? - le dijo de repente.

- Claro, dime. Aunque no te mire, te prometo que estoy escuchándote. Tengo que ir haciendo esto o no llegaré a la fecha de entrega.

- ¿Vas a hacer que me declare? -pudo ver que Francis se tensaba cuando le decía eso y que incluso se detenía. Le duró cosa de un segundo, luego continuó con lo que estaba haciendo- Tu amigo dijo que sabía que ibas a hacer que me declarara a François y que seguro que me va bien. ¿Ibas a hacer que me terminara declarando a François?

- No lo sé. Lo estaba pensando. No sé si es lo que el público quiere... -murmuró el galo.

- ¿El público? Pero... Bueno, me gusta mucho François. ¿Si el público no quiere, entonces dejarás que siga pensando en lo que siento por él, pero impedirás que averigüe si me corresponde? ¿No te parece un poco injusto que mi vida amorosa dependa de la opinión de alguien?

Los labios del rubio se entreabrieron y suspiró sonoramente. Entendía el punto de vista de Antonio, pero él no sabía todo lo que había. No era tanto la gente, si había sido más reacio a todo aquello era porque iba a ver a sus personajes juntos, enamorados, felices y entonces él se miraría y se daría cuenta de que no había avanzado ni un poco, que se había quedado estancado mientras que aquellos a los que creó un poco basándose en él y en lo que quería llegar a ser habrían tenido éxito en la vida. Dejó lo que estaba haciendo y se dio la vuelta para poder mirar más a Antonio, el cual se veía más serio que de costumbre.

- No es así. Aunque ellos no quisieran, seguramente lo hubiera dibujado para mí. Es algo que llevo planteándome bastante tiempo, sería estúpido si no lo plasmara en alguna parte. Lo tengo casi todo pensado, pero no voy a contarte nada, no me preguntes.

El español hizo un mohín y suspiró. Por la manera en que le estaba mirando, quedaba claro que Francis no le iba a contar nada de nada, así que lo mejor era ya resignarse. No podía negar que le intrigaba, que le carcomía por dentro saber si François le correspondía, si cuando se declarara le diría que él también le quería. Imaginar todo aquello le producía nerviosismo y una sensación cálida en el estómago que no podía quitarse durante un rato. El azul cielo de los orbes del francés le seguían mirando, como si pensara decir algo más. Estaba muy serio y ya en ese momento le resultaba extraño verle así. Lo que no sabía Antonio era que en parte se sentía ofendido.

- Quiero decir algo y no hace falta que me digas nada. Es que quiero que lo sepas, porque no sé qué concepto tienes de mí. Aunque quizás parece que no te he dado una vida genial, que te hago resbalar una y otra vez, no te haría infeliz por la opinión de alguien. -dijo Francis con firmeza, sin apartar su mirada de la verdosa. Ni él mismo era consciente del rato que llevaba observándole de esa manera.

Aquella declaración de principios le había dejado sin palabras. El rubio no quería que le dijera nada, sólo que lo supiera, pero aún así, en parte, sentía que tenía que decirle lo que fuera, porque aquello había sido muy agradable. Asintió, lentamente, buscando en su cerebro la manera ideal de agradecerle, pero no tuvo suerte en su búsqueda. A falta de algo mejor, Antonio abrió la boca y pronunció un escueto 'gracias', tímido, que hizo que Francis sonriera sin ser consciente de ello. Se levantó, le revolvió la cabellera en un gesto amistoso y se fue hacia la puerta.

- Prepararé la cena.

Necesitó estar un rato a solas, avergonzado, mientras repasaba esas últimas palabras del galo. Por un momento se había visto decidido, como François solía serlo, y entonces supo que ese hombre que tenía delante sí que tenía todas aquellas cualidades, sólo que él no era consciente de ello. A los quince minutos dejó atrás las cuatro paredes de la habitación y fue a ver qué era lo que estaba preparando. Olía bastante bien y por mucho que le preguntara si podía ayudarle con algo, Francis insistía en que se sentara a la mesa y que esperara, que ya no le quedaba demasiado.

Estuvo de nuevo a nada de levantarse, pero entonces el galo llegó con los dos platos y él se dejó caer sobre la silla, de la que a duras penas se había apartado un centímetro. Al principio comieron casi en silencio, comentando lo que había preparado, hablando de recetas que alguna vez habían hecho. Lo bueno de que a los dos le gustara la cocina era que se convertía en un tema acerca del que podían estar horas y horas hablando. Pero tampoco era lo ideal perderse en divagaciones mientras lo que había preparado Francis perdía el calor, así que dejaron el tema para luego.

La conversación se interrumpió cuando uno de los compañeros de piso salió de su habitación para prepararse algo. Alfred saludó a Antonio, que fue el único que levantó la mirada, y arrastró las zapatillas de estar por casa de color azul por todo el suelo hasta plantarse delante de la nevera. Ahora que lo tenía de espaldas, Bonnefoy se permitió el lujo de elevar los ojos azules hasta que éstos divisaron la espalda de ese chico. La verdad es que nunca le había mirado demasiado, así que se sorprendió al percatarse de que se le veía una pinta de extranjero que tiraba para atrás. No obstante, algo más le llamó la atención, y ese algo fue Antonio, el cual movía los ojos de un lado para otro, como si le pasara algo. Arqueó una ceja, confundido, y sus labios se movieron para vocalizar un "¿qué?".

Ahora la cabeza del español se movió, precisa y rápida, en dirección al compañero de piso. No hacía falta ser demasiado lumbreras para entender lo que le estaba diciendo. Los labios de Francis se torcieron en una mueca de desagrado, de inseguridad, y aunque Antonio no era consciente, el corazón del rubio ahora latía más fuerte ante la perspectiva de entablar una conversación con él. No podía negar que una parte de él quería, pero había un miedo irracional que había arraigado tan fuerte, que era una perspectiva hasta terrorífica.

Por debajo de la mesa, le pierna de Antonio se estiró hasta golpear la espinilla del hombre que estaba sentado delante de él. Éste le miró inmediatamente con reproche por tamaño ataque contra su integridad física, pero fue vilmente ignorado y repitió de nuevo ese gesto con la cabeza. Alguien tenía que enseñarle a Francis que la gente no mordía porque las saludara, poco a poco perdería ese miedo cuando se diera cuenta de aquella verdad.

La garganta estaba seca, como si fuera el desierto en el que hace demasiado que no llueve. Tragó con dificultad la saliva que se le fue acumulando en la boca y tuvo la sensación de que en cuanto empezara a hablar la voz le iba a fallar y sonaría cortada, estúpida. Para asegurarse de que no hacía el ridículo, carraspeó antes de mover los labios y finalmente pronunciar unas palabras.

- Buenas noches, Alfred. -dijo Francis.

El joven, que había estado plantado delante de la nevera, se giró a tal velocidad que las gafas casi se le vuelan. Tuvo que agarrarlas con las manos y observó al rubio como si acabara de ver un extraterrestre. Éste se encontraba incómodo y por dentro estaba maldiciendo a Antonio y sus brillantes ideas. Su mayor temor era haberse equivocado de nombre. No dejaba de repetir mentalmente aquella conversación que había tenido con el de ojos verdes acerca de su compañero de piso, y, aunque estaba casi del todo seguro, la falta de otra emoción además de la sorpresa le empezó a poner nervioso.

- ¡Pero si hablas y todo, tío! -exclamó el joven ahora sonriendo con jovialidad- Buenas noches, Francis. ¿Qué tal te ha ido en la universidad?

Parpadeó anonadado unas cuantas veces, intentando salir de su asombro, y de repente se encontró con que Alfred le miraba expectante. Había vivido con él mucho tiempo y sabía que Francis Bonnefoy era un tipo reservado que no hablaba prácticamente con nadie. Él, como buen metomentodo, había intentado entablar conversación con él, pero no había tenido éxito. Tampoco quería ser demasiado agobiante, así que lo dejó estar por mantener una convivencia saludable. ¿Alfred F. Jones siendo condescendiente con alguien? Pues sí, parecía un chiste, una broma que nadie creería en sus tierras, allí en la hermosa y grande Nueva York. ¿Pero qué le podía hacer? Al principio había ido a hablar con ese japonés tan serio para ver cómo lo hacía para que a él sí que le dirigiera la palabra y éste le comentó que lo único que sabía es que Francis había perdido a su madre y que por eso era reservado. ¿Cómo podía insistirle tanto a una persona que había sufrido una pérdida tan grande? Si no quería hacer según qué cosas porque se sentía mal, Alfred no era quien para irle detrás a fastidiarle. No podía ni imaginar lo que sería perder a su madre; posiblemente estaría igual que él.

Al francés le estaba costando arrancar, teniendo mil y un pensamientos inapropiados, debatiéndo si su respuesta sonaría idiota o no. Darle una vuelta más a lo que uno piensa decir no es un hábito malo, pero se vuelve inconveniente cuando tomar la decisión hace que se produzcan silencios demasiado extensos que rompen el ritmo de la conversación. No le iba a quedar más remedio que improvisar lo que iba a responder y la incertidumbre le ponía de los nervios.

- Bien, la universidad me ha ido como siempre. Nos van poniendo trabajos y aún no he empezado ninguno. ¿Y-y a ti cómo te va? ¿Qué era lo que estabas estudiando?

- ¿Cómo me preguntas eso? ¿Es que acaso no has visto mis maquetas tiradas por todas partes? Estoy haciendo arquitectura y me va todo lo bien que puede irme teniendo en cuenta que es difícil a más no poder. A veces tengo ganas de coger las piezas pequeñas con las que las hago y tragármelas para morir, pero es un momento de debilidad que se pasa rápido.

El hispano tuvo que aguantar la risa porque ante esa explicación Francis puso un gesto consternado, confundido porque no sabía si haberle hecho la pregunta había sido una buena idea o no cuando estaba mencionando el suicidio. Alfred no sabía por qué de repente Francis tenía esa cara de susto y al ver que Antonio estaba sonriendo se relajó.

- Pero vamos, soy fuerte así que seguro que conseguiré sacarlo todo sin problemas, aunque tenga que privarme de noches de sueño y beber café hasta que en mis venas sólo haya cafeína.

- Ánimo... Aunque eso del café no suena muy saludable. -murmuró por lo bajito el galo.

En pocas palabras, Alfred se despidió de Francis alegando que tenía que volver a continuar con uno de sus trabajos. No entendía el motivo, pero no dejaba de darle palmaditas en la espalda, amistosas, pero bastante fuertes para su gusto. Cuando le perdió de vista, los ojos azules se fueron hasta Antonio, el cual le observaba con una sonrisita divertida que hizo que entrecerrara los suyos y que arqueara una ceja.

- ¿Se puede saber por qué me miras de esa manera? Parece que has presenciado algo muy divertido y me da que te estás riendo de mí.

- No, no me río de ti. Me parece bastante adorable la conversación que habéis tenido. Se notaba mucho que tú estabas nerviosísimo y también que Alfred estaba muy emocionado porque le habías dirigido la palabra. Es un tío muy social, le da mucha pena no poder charlar más contigo.

- Es complicado, pero he hecho el esfuerzo y yo diría que no ha ido demasiado mal, ¿verdad?

- Qué va, lo que tienes que hacer es hablarle la próxima vez, aunque yo no esté para mirarte casi de manera asesina con tal de que le digas algo. -sentenció Antonio. Francis hizo un gesto con la cabeza y miró el plato, que ahora ya estaba vacío. Sin embargo, algo rondaba por la cabeza del español y siendo como era, se transformaba en una ardua tarea eso de mantenerse callado y no preguntar- ¿Tienes algún problema con tus compañeros de la universidad?

Aquella frase le pilló por sorpresa al rubio, el cual abrió los ojos más, sorprendido, durante un segundo y levantó la cabeza para encarar a esos ojos verdes. Sinceramente, le había puesto nervioso ver la manera en la que le estaría observando. No tenía ni idea de cómo se iba a sentir si veía que Antonio le observaba con compasión, con pena, o si por el contrario parecería divertido. La situación con sus compañeros le era cualquier cosa menos entretenida. Podía ignorarles, eso era lo que estaba haciendo, pero no quitaba que fuera incómodo. Que el hispano sacara el tema le hacía experimentar muchos sentimientos a la vez y no terminaba de decantarse por uno de ellos. No podía negarlo, porque eso sería mentirle directamente y no le gustaba, pero tampoco encontraba las palabras idóneas para confirmárselo.

- ¿Por qué lo dices? -finalmente murmuró, desviando la mirada de nuevo hacia la mesa mientras su mente trabajaba intentando hallar lo que le iba a responder y cómo contestar a su vez a lo que fuera.

- Cuando llegué para darte la comida no encontraba dónde quedaba el aula. Por el camino me crucé con un chico y pensé que era buena idea preguntarle. Cuando le dije que te estaba buscando, me hizo un escaneo y arqueó una ceja. Tuve que repetírselo de nuevo y me preguntó que quién era, así que le dije que era un amigo tuyo. Me contestó muy desagradablemente que tú no tenías más amigos que ese freak raro; que supongo que se refería a Kiku. El caso es que le dije que era tu amigo y que me dijera dónde estabas. Aunque no estaba contento, me lo contó y fue cuando os encontré en la clase. Me parece muy maleducado ese comportamiento, por eso te pregunto, por saber qué te ha pasado con ese chico.

- Nada, no me ha pasado nada realmente. En todos sitios están los que se pasan de listo y que molestan a los demás, incluso en la universidad. Juan es así y parece que le da rabia que le ignore, que no me rebote ni diga nada, porque le caigo peor al no decir nada. Creo que tiene como objetivo sacar todo lo negativo y agresivo de las personas y al no lograrlo se frustra.

- Sigo sin entender por qué alguien haría eso. ¿Es que no tiene otras aficiones? -se preguntó Antonio, no demasiado contento al haber escuchado toda esa historia- Vale que mi paso por la escuela ha sido prácticamente nulo, pero nunca le haría algo así a nadie.

- Esa es la diferencia entre alguien con buen corazón y un estúpido. Pero no quiero hablar más de él, he decidido ignorar su existencia en la medida de lo posible, que sé que le jode muchísimo más que si le replicara.

Sí, tenía razón, pero aún de esa manera no parecía justo que alguien como Francis, que permanecía en silencio, ausente, fuese constantemente molestado por alguien que al parecer no disfrutaba viendo que no replicaba a ninguna de sus provocaciones.


Hacía unos días que las chicas de la universidad le miraban mucho. Le agradaba un poco, un poquito, pero al mismo tiempo le extrañaba demasiado. Inevitablemente uno se extrañaba cuando hacía un par de semanas nadie le miraba y ahora, de repente, las chicas le sonreían por los pasillos. Era un gesto que le hacía sospechar, que le hacía devanarse los sesos durante largos ratos de aburrimiento en los que no encontraba la inspiración para dibujar y no tenía ganas de ponerse a hacer nada. Por mucho que le preguntara, Antonio insistía en que no sabía lo que ocurría y le pedía que dejara de mirarle de esa manera tan extraña.

¿Por qué se había convertido él en su sospechoso? La respuesta era bien sencilla: porque últimamente Antonio venía mucho a la universidad al mediodía. Había pillado el gustillo a eso de cocinar para él, más que nada porque se aburría hasta extremos preocupantes, y en contadas ocasiones había alegado que si no hacía eso, se volvería loco. El caso es que Francis no estaba para nada acostumbrado a tener a alguien tan pendiente de él, alguien que no fuera su familia, así que de cinco veces, se dejaba la comida en cuatro ocasiones. Como le costaba su tiempo y esfuerzo, Antonio no tenía ningún problema en cambiarse de ropa, calzarse sus zapatos y salir a la calle para irle a llevar al galo su fiambrera para que comiera decentemente. Cada vez que le miraba, sin saber qué hacer, Kiku le pisaba por debajo de la mesa y negaba con la cabeza, con casi asco. Siempre le preguntaba por qué hacía eso y siempre le decía que le envidiaba y que dejara de poner esa cara.

- No sé de qué tienes envidia, Kiku. No eres gay, ¿qué interés tendrías en que alguien te viniera a llevar la comida a la universidad? Además, Antonio es un amigo, así que no entiendo qué haces poniéndote de esa manera. Mi pie te está odiando cada día más, que conste en acta.

- ¿No lo entiendes? Está bien, no soy gay, pero tienes a alguien preocupándose por ti lo suficiente como para dedicar su tiempo libre a los fogones para preparar comida especialmente para ti y lo único que se te ocurre hacer es poner esa cara de tonto. -le dijo Kiku serio, controlando la indignación que sentía- Antonio es un santo, estoy empezando a admirarle porque tiene una paciencia y bondad contigo que...

- Vamos, no vayas de duro ahora. Si te encontraras en su situación tampoco es como si fueses a cantarme las cuarenta. Eres japonés, esas cosas te las guardas. -le replicó Francis.

- Seguramente, pero luego escupiría en tu comida o simplemente dejaría de traerte algo. El honor no es algo con lo que se juega, Bonnefoy, y el de un japonés es algo muy importante para él.

Entonces lo pensó: "Quizás sí que estoy siendo desagradable con él aunque no sea mi intención." Porque Antonio se esforzaba, de eso no cabía duda. Así que cuando se le volvió a olvidar la fiambrera al día siguiente, en vez de recibirle con una expresión extraña que él juraba que no podía controlar, inspiró y entonces le dedicó una sonrisa tímida al mismo tiempo que le daba las gracias. El hispano se había sorprendido, aunque el gesto a duras penas duró un par de segundos. Después de eso, su sonrisa, usualmente ya cordial, brillaba con más emoción que de costumbre. No se había dado cuenta de que le afectaba un poco esa falta de reacción que constantemente tenía hasta que le correspondió y Antonio se mostró jubiloso. Igualmente, seguía siendo sospechoso del crimen porque hablaba mucho con unas chicas, que ya venían especialmente a verle porque sabían sobre qué hora solía venir siempre, puntual para que Francis pudiera comer.

- Lo que pasa es que soy más sociable que tú, no tengo problema alguno en hablar con desconocidos mientras que tú pareces un gato delante de una gran palangana de agua. -comentó Antonio.

Ese día se encontraba cansado y hambriento, así que cuando la clase se terminó, sacó la fiambrera, la cual esta vez se había acordado de coger, y la destapó para empezar a atacarla. Lo que no esperaba era que una chica se le acercara mientras estaba degustando lo que le habían preparado y, cuando levantó la mirada para observar a la muchacha, notó que tenía algo en la comisura derecha del labio, así que pronto se llevó la mano ahí para quitarse lo que resultó un granito de arroz. Le sorprendía mucho que se hubiera dirigido a él por su nombre y ni siquiera la conocía. ¿Es que iba a alguna clase cercana?

- ¿Estás bien? -preguntó la chica al ver que el rubio no contestaba. Al parecer le había estado hablando pero él había estado tan centrado en sus pensamientos que no se había enterado de nada.

- Sí, perdona, estaba pensando en otras cosas. ¿Qué es lo que me decías? -vaciló un momento porque intentó decir su nombre pero de nuevo recordó que no sabía quién era esa chica y que por lo tanto aún menos sabía cómo se llamaba.

- Mi nombre es Julia, ¿no te ha hablado de mí? -le preguntó con un deje de ilusión, como si esperara que de repente la mirara y le dijera que hombre, que claro que la reconocía.

- No... ¿Quién debería haberme hablado de ti? -inquirió Francis con delicadeza. No quería herir a la muchacha y sabía que las preguntas eran un poco frías, pero tampoco es que pudiera preguntar otra cosa. Era como si ella tuviera una información con la que él no contaba; y quizás no estaba tan desencaminado.

- Antonio, por supuesto. -replicó ella como si fuera la cosa más obvia del mundo. Le parecía curiosa esa reacción, pero mejor no preguntar por qué tendría que ser tan evidente que ella estaba refiriéndose a Antonio- Hemos hablado algunos días cuando ha venido a dejarte la comida. Es muy atento, ¿verdad?

Parpadeó anonadado mientras era testigo de esa sonrisa que la muchacha dibujó, que era cómplice y que parecía tener un poco de malicia. Le chocaba; eso y la familiaridad con la que hablaba con él. Asintió con la cabeza lentamente, temiendo que desencadenara otra reacción en cadena, y no fue tan desacertado puesto que su sonrisa se acentuó.

- Qué envidia... Ojalá me trajeran a mí la comida a clase. -murmuró Julia con aire ensoñador- Aunque veo que hoy ya la tienes aquí. ¿Entonces no va a venir?

- Me temo que no. -dijo con no demasiado interés, bajando la vista al plato. Eso hizo que la chica produjera un ruidito apenado que atribuyó a la decepción de saber que el español no se iba a presentar. Era sorprendente la facilidad con la que se había hecho hueco en esa universidad, con una rapidez que asombraba. Le envidiaba, en todos esos años él no lo había logrado.

Pero Francis no sabía que la situación tampoco iba a ser igual para él y empezó a darse cuenta entonces, a partir de esa conversación espontánea con esa chica. Le hablaban más de lo normal, aunque él diera respuestas escuetas. Poco a poco se había forzado a responderles, a intentar aportar algo a la conversación que le daban. Lo que más le sorprendía era que ese tonto que se entretenía metiéndose con él, fastidiándole, comentándole que ese día parecía sacado de un basurero por las pintas que traía, no se le había acercado más. Le miraba con odio, eso sí, pero no le importaba mientras no se aproximara a soltar su veneno.

- ¿Has hecho algo? -le preguntó finalmente a Antonio- Todo el mundo está más sociable conmigo que de costumbre y el gilipollas ese no se me acerca.

- ¿Yo? Yo no he hecho nada. -comentó el hispano inocentemente, extrañado- ¿Por qué habría hecho yo algo? Sólo voy a la universidad a llevarte la comida cuando te la olvidas.

En esas circunstancias, le daban ganas de preguntarle acerca de Julia, pero tampoco quería ser tremendamente insistente. Entonces, el jueves al mediodía, antes de poderse dar cuenta, se encontró rodeado de un montón de chicas que le hablaban a la vez y a las cuales era imposible entender. Lo primero que captó fue el nombre de Antonio y en su pecho sintió molestia. ¿Era un delito que no tuviera ganas de compartir la atención del español? Se mordió la lengua para no decir nada ofensivo, eran chicas que parecían majas y no quería ser desagradable.

- ¿Podemos hacerte preguntas sobre vosotros? -le preguntó una de las chicas.

- ¿Cuánto tiempo lleváis saliendo? -rápidamente añadió otra. Esto empezó a hacer que las demás empezaran a lanzar preguntas a mansalva, aprovechando el momento.

- ¿Cómo os conocisteis?

- ¿Se declaró él o te declaraste tú?

La expresión de Francis había desaparecido del rostro y entreabrió los labios para intentar decir algo, para tratar de preguntarles que a qué se estaban refiriendo, pero no podía articular ni un solo vocablo. Su mente estaba bloqueada mientras pensaba en las palabras: "saliendo" y "declaraste". Julia, la cual parecía en ese momento la líder del grupo, se puso delante de todas ellas, intermediando entre las féminas y Francis, dándole la espalda a éste.

- ¡Chicas, por favor! ¡No le molestéis avasallándole a preguntas sobre su novio! Si quiere contárnoslo, lo hará, pero si no le apetece tampoco podemos forzarle a que nos lo explique, por mucho que nos intrigue.

Todas las mujeres murmuraron decepcionadas, sabiendo que Julia tenía razón, así que al final lo que hicieron fue marcharse cada una hacia su aula. Julia, no obstante, se quedó y le sonrió a Francis con complicidad, contenta por haberle salvado de tal destino.

- Lo siento, están demasiado emocionadas desde que saben de lo vuestro.

- ¿El qué nuestro? -preguntó el rubio, con la garganta seca.

- ¿Qué va a ser? ¿Que estás saliendo con Antonio, quizás? -se rió- Venga, no te hagas el loco. Antonio se lo dijo a Juan, pero ya sabes que es un bocazas, así que ha corrido como la pólvora. No te preocupes, en general todo el mundo te apoya y sabemos que si estás más callado es porque tienes miedo a que te miren mal, pero en general somos todos muy tolerantes. ¡Si te dicen algo, nosotras vendremos al rescate!

Al francés le daba la impresión de que sus extremidades estaban hechas de cartón. ¿Que Antonio había dicho qué? ¿Por qué? ¿Qué le pasaba por la cabeza para soltar algo así tan a la ligera? Además a Juan. Entonces escucharon pasos a un lado y allí, plantado, estaba Antonio, mirándoles con una sonrisa que a él le pareció hasta tensa. No hacía falta ser un genio para darse cuenta de que les había escuchado y que por eso mismo estaba tan nervioso.

- Bueno, os dejo, parejita. -dijo Julia antes de irse, felizmente.

El silencio se instaló entre Antonio y Francis, los cuales se miraban fijamente. Bonnefoy estaba esperando a que Fernández se atreviese, diese el paso y le contara de qué iba la cosa. Era más fácil pensarlo que hacerlo, ya que no sabía si sus justificaciones le iban a parecer razonables y eso le echaba hacia atrás. Sonrió tensamente y Francis hizo eso mismo pero de manera irónica.

- Creo que tenemos que hablar, cariño. -dijo el galo siendo muy sarcástico en esa última palabra.

- Te he preparado la comida. -apuntó Antonio enseñándole la fiambrera, intentando apaciguar su ánimo. Sabía de sobras que no iba a funcionar, que nadie era tan simple como él en ese aspecto, pero tenía que intentarlo.

El hombre que tenía delante, con la mirada del color que reflejaba el agua del mar, viró sobre sus talones y se encaminó hacia un lugar un poco más apartado en el que poder hablar. El mejor sitio le parecía fuera, en los bancos, y entonces se dio cuenta de que más gente de lo que esperaba les miraba. El camino hacia allí se le hizo eterno y entonces miró a Antonio, el cual se quedó tenso, sonriendo nervioso. Se sentó lentamente en el banco y esperó a que Francis lo hiciera también. Sin embargo, no empezó a contarle de qué iba el tema, le puso la fiambrera en el regazo y le hizo un ademán para que empezara a comer.

- No, no... Quiero saber de qué va esto. No pienso comer hasta que te expliques. -le dijo firmemente.

- Está bien. -dijo después de suspirar pesadamente. Sabía que había hecho mal, pero una vez había empezado luego había sido complicado parar- El tercer día que vine a traerte la comida, ese tío volvió a hablar mal de ti. No sé si intentaba ganarse mi apoyo, que me apartara de ti, o lo que fuera, el caso es que te criticaba muchísimo diciendo esta vez que nunca ibas a encontrar a nadie que quisiera estar a tu lado y otras cosas terribles que no pienso decir. Me enfadé muchísimo, así que le dije con malas maneras que se callara y que no sabía nada. Como te defendía con tanto ímpetu me dijo en broma que casi parecía que eras mi novio y no pensé, simplemente moví los labios y le dije que sí, que lo eras. Pensaba que de esta manera te dejaría en paz de una maldita vez y vería que claro que vas a conseguir pareja porque eres un buen hombre.

- ¿De veras crees que diciéndole a alguien que la persona a la que molesta es gay vas a lograr algo? Lo que no entiendo es cómo no vino a mofarse de mí a los minutos.

- Puede que le haya dicho que si se acerca a ti para molestarte va a conocer mi ira. Y quizás le haya provocado para que intentara atacarme, lo haya hecho y yo le haya retorcido el brazo en la espalda. Puede que luego le dijera en la oreja que eso sólo era una pequeña demostración de lo que soy capaz.

Los ojos azules de Francis se habían ido abriendo más de lo normal, con sorpresa, a medida que Antonio añadía más cosas a su historia. Cuando se detuvo, a él le dio tiempo a imaginar en conjunto todo aquello que le había hecho a su compañero de universidad y, lejos de lo que el hispano esperaba, Francis se echó a reír. Ahora el que le miraba curiosamente era Antonio y como le daba vergüenza que le viera expresarse abiertamente, mostrar sus sentimientos de ese modo, se giró para que no que no observara su gesto mientras el ataque de risa no se le pasaba. Dentro de lo que cabe, Fernández se sentía más tranquilo al pensar que si se reía, significaba que no le iba a echar la bronca por amenazar de aquel modo a un compañero y decirle que era gay.

- Lo siento si he dicho algo que no era cierto. No he pensado, he actuado. Ya sabes que soy así de cabeza loca, que debería parar, determinar qué consecuencias tendrán mis acciones, pero es algo que cuesta.

- Bueno, insisto mil veces en que no soy gay. -comentó Francis mirando la fiambrera que le traía- Me gustan también las mujeres.

- ¿Entonces no te importa? ¿No estás enfadado?

Francis elevó el rostro y le observó, sin expresar demasiado, aunque no se le veía enfadado. ¿En serio le preguntaba aquello? ¿Le estaba diciendo si le importaba que toda su universidad creyera que tenía como novio a un tío que estaba buenísimo y que tenía un cuerpo de infarto? No, por supuesto que no le importaba. Muchos sospechaban que a Bonnefoy le gustaban también los hombres, así que ya era hora de confirmarlo. Quién sabía, quizás ahora empezaban a lloverle pretendientes y todo. Se dio cuenta que tras un minuto y medio pensando, Antonio tenía expresión nerviosa y esperaba una respuesta por su parte. Él era la persona que había cuidado de él, que le había dado asilo y que le proporcionaba comida y ropa de manera desinteresada. ¿A quién en su sano juicio no le importaría que una persona así estuviera enfadada? Le apreciaba, de ahí que hubiera dicho aquellas cosas. Porque no, no lo había hecho a propósito, pero luego podría haberlo desmentido. Sin embargo, ¿cuánto había soñado con poder decir por la calle que salía con François? Bastante. La tentación de poder decir que salía con un chico que se parecía mucho a la persona a la que él amaba era demasiada como para resistirla.

- No te preocupes, no creo que empeore demasiado mi reputación a estas alturas. -contestó finalmente después de encogerse de hombros.

- Me alegro... -dijo Antonio aliviado- No quería que te enfadaras conmigo cuando estás haciendo tanto por mí. Bueno, te dejo comer con tu amigo. Prepararé algo de cenar para cuando vengas.

El galo no decía nada, observaba la manera en que sus labios se movían, hablando sin perder la sonrisa. También le llamaban la atención sus ojos, los movimientos de las manos, que no cesaban en su empeño de gesticular todo lo que pudiera aunque sin llegar al extremo de los italianos. Antonio se calló y parecía dispuesto a irse en cosa de segundos. Bajó la mirada a la fiambrera y entonces, cuando la volvió a levantar, sus labios se abrieron.

- ¿Por qué no te quedas? -preguntó casualmente. Aquellas cinco palabras fueron más que suficientes para detener a Antonio, el cual le miró curiosamente. Como no decía nada, dedujo que aún era su turno para hablar- Creo que te has pasado con la cantidad de comida y hay suficiente para dos. -se encogió de hombros- Sólo si no tienes otra cosa que hacer.

- Pues tenía audiencia con la reina, pero supongo que puedo cancelarlo para quedarme a comer contigo. -dijo Antonio finalmente, dibujando una sonrisa que se le contagió a Francis.

- Vaya, qué gran honor. Espero que la reina no se enfade conmigo y consiga que me extraditen. -comentó Francis moviéndose hacia una mesa. Dejó la fiambrera en un lugar centrado para que estuviera también al alcance del hispano. La suerte era que le había puesto arroz para comer y que le había traído una cucharilla para el postre, así que con ésta podía ir cogiendo alimentos de la fiambrera.

- ¿Seguro que no te vas a quedar con hambre? -preguntó el joven preocupado.

- No pasa nada. Tampoco soy un gran comilón, me daría pena dejar parte de algo a lo que tanto esfuerzo le dedicas. Además, vas por ahí diciendo que somos novios, ¿no? Pues supongo que no tendrá nada de raro que mi novio se quede a comer conmigo.

-Vas a estar fastidiándome eternamente por haber soltado eso sin pensarlo, ¿verdad? -comentó con aire divertido.

- ¡Cómo lo sabes...!

No recordaba en ese momento a su compañero, ni pensaba en que le había dejado tirado a la hora de comer. En aquel aula vacía, sentados cada uno a un lado de una mesa, Antonio y Francis pasaron un rato agradable, degustando los alimentos de una fiambrera barata y bromeando. En ese instante se percató de que hacía bastante tiempo que no reía durante tanto rato seguido y todo aquello se lo debía a ese interesante personaje, a su "novio".


Perdonadme ;w;

Dije que iba a actualizar este fin de semana pasado (bueno, lo puse por Twitter, no sé si alguien me sigue ahí XD) pero una amiga mía vino a casa y estuvimos viendo Capitán América y otras cosas y, obviamente, se me pasó. Pero no quería tardar mucho más, así que aquí estoy con otro capítulo de esta historia. No sé qué contar, así que si algo no os queda claro del capítulo o queréis preguntarme cualquier otra cosa, decídmelo. Sigo con el pre-order del libro, el link está en el capítulo pasado.

Si en el tiempo que puse no he recibido más peticiones (de momento una) posiblemente no lo haga. Editarlo y todo es mucho tiempo y además dinero para mí de golpe, no sé si puedo permitírmelo si luego voy a quedarme con muchos de esos volúmenes en mi casa uwu

Paso a comentar los review,

Hilanthus, todas necesitamos un Antonio en nuestras vidas, eso no te lo voy a negar uvu Es demasiado amor para no quererlo xD. No siempre puedo hacerle igual, aunque en el fondo tiene la misma personalidad: le gusta llamar la atención, es ligeramente coqueto... Espero que te guste el capítulo. Gracias por leer y dejar comentario ouo

Ttack96, xDDD Espero que te guste el fic ouo Gracias por leer y dejar review ouo

Fujisaki Vargas, Hola Fuji~ Espero que hayas tenido una vuelta relajada al menos uvu ánimo, entiendo tu dolor. El síndrome post-vacacional es horrible ;3; Es imposible no hacer referencias a él, más teniendo en cuenta que a Antonio le gusta François mucho uvu Como has podido ver pues ya se llevan mejor del todo, pero alguien le ha tenido que dar el toque de atención al rubio, porque no se daba cuenta XD Si no te importa compartirlas, me gustaría leer tus teorías owo por curiosidad. Me parece interesante.

GusGuschan, Hola! :D Pues aquí vamos, trabajando, con la rutina, hypeando por ships nuevas XD Espero que tú estés bien y que estés segura de ello. ¿Cómo que creo? D: He vuelto, al ritmo lento pero voy actualizando :) Maravillosas ideas, dice... ;3; Qué bonita. Yo hubiera dicho con mis ideas de bombero o mis tonterías XDDD Claro que te disculpo D: No te preocupes. Todos tenemos momentos en que no podemos leer, me incluyo owo'. Tenía que poner una serie y mira, sé que TWD la conoce mucha gente XD No te puedo decir nada de lo que pasará, pero si tienes teorías o miedos puedes contármelos, por curiosidad. Si algo está muymuy errado te lo diré, pero si vagas cerca o un poco lejos, me lo callaré :P En realidad Antonio está más asustado de lo que admite, pero también ha aprendido a hacerse el fuerte. Ha vivido una infancia y adolescencia nada agradable y su vida estaba hecha un desastre hasta que François vino a él. Kiku era el que me encajaba mejor como friki compañero de Francis. No le hubiera imaginado relacionándose con alguien no friki xD. No te quedó tan largo ouo a mí ya me gustó -hearts- ¡Nos leemos! :3

Nami-Luna LinusMantita, awwwww ;3; m-me has matado con eso de que me has extrañado y que nadie más que yo subo Frain decente... -se va a un rincón a llorar emocionada- Aunque te recomiendo uno que está publicando mi amiga Maruychan que se llama Serranillas de Guadarmar. Me lo fue pasando en su versión beta y me enganchó. (Pero no me abandones ;3; XDDD)

¿Todos en tu casa conocen mis historias? -shockeada- n-no sé si merezco este honor. No te considero acosadora, me halagas mucho ;3; Claro que este fic tiene futuro, no lo voy a dejar inacabado, eso tenlo por seguro ò.ó Espero que te guste este capítulo también. Muchas gracias por tu hermoso review ;w;

DarkFlame11, aww ouo espero que te siga gustando el fic entonces uvu. Yo también envidio a Francis. ¿Dónde hay que firmar para conseguir mi propio Antonio? Podría pagar de ser necesario owo xDDD Japón era el que mejor me encajaba como amigo friki (y tenía que ser friki por cómo es Francis, dudo que hablara con alguien no friki) y vamos, en Japón hay de lo más perverso XD Tenía que sacar a relucir eso XD. Yo imagino que Francis tiene su propia web, como otros webcomic, con su tienda online y shit así xD Vamos, es canon que Francia tiene su vena friki, Himaruya lo hizo oficial en una tira XD tenía ganas de tirar de ese hilo. En vez de dejarlo como algo secundario, lo puse como algo principal y la perversión se la puse oculta XD porque existe xD Me gustaría hacer el libro, sí, pero en el preorder de momento sólo se ha apuntado una persona. El mínimo para que lo haga serán 5 personas y la cosa no pinta muy bien... u.u Me equivoqué de fandom quizás XD... a ver si ahora al revivir me sorprendo. No tendrá un 18 en la portada. Será algo Frain pero disimulado, nada porno xD tranquila. Si te interesa rellena el formulario del capítulo anterior y así habrá 2 personas inscritas xD Gracias por tu review ouo

Y eso es todo por esta vez.

Nos leemos en el siguiente capítulo~

Miruru.