De imágenes fugaces a celos imprudentes y coronas radiantes e imaginarias.
Pasaba los dedos sobre la pequeña pantalla, alzando a la vista la imagen perfecta. Había aprovechado la oportunidad idónea para fotografiar a Iwaizumi junto a su sobrino, esa misma tarde. Sentía la sangre caliente correr por sus venas, como si lo que tenía escondido de fondo de pantalla en su móvil era una especie de delito. Un delito que se animó a realizar puesto que el deseo fue más grande que la prudencia y se negó a pensar de más, si acaso estaba bien (o no) fotografiar sin ningún consentimiento. Rió bajo las mantas, era una risa cómplice, un secreto consigo mismo que jamás iba a demostrar. La luna, su confidente, brillaba feroz opacando a todas las estrellas que la acompañaban. Su habitación estaba a oscuras, las ventanas cerradas pero las cortinas levemente corridas.
La tarde se había marchado demasiado rápido, porque el tiempo con Hajime se pasaba en la velocidad de un tren bala sin frenos.
Sus dedos habían sostenido el móvil con torpeza, como tiritando de frío en una mañana de invierno, tambaleándose entre la decisión de tomar, o no, la foto. Iwaizumi y Takeru reían juntos, en un aire que lo sumergía a la felicidad absoluta de solo escucharlos. No lo dudó más, juntó fuerza y fotografió el momento que perduraría para siempre entre sus recuerdos. Ahora, tal vez muy en el fondo de sus pensamientos, se hallaba un poco de culpa. Chilló por lo bajo. Oikawa sintió el remordimiento subir a su cabeza, sin embargo, la sensación duró leves instantes.
Pegó el objeto tecnológico a su pecho, y destapándose de las telas, observó fijamente el techo. La sonrisa pasó a ser un gesto cínico, de enfermo obsesivo enamorado. Allí, en su habitación, podía ser finalmente lo que era y no aquello que fingía ser. Cargaba con un peso extra en los hombros, no sólo las responsabilidades de un equipo que debía dirigir, sino, con la mezcla de sentimientos que había aflorado en su ser días atrás. Recordaba, entonces, que Hajime se había ofrecido a quedarse con él, la noche del rompimiento. Se había ofrecido a cuidarlo cuando en realidad cayó dormido en segundos, impidiéndole desearle un buenas noches. A veces, su mejor amigo era un bruto de primera, descuidado como ninguno.
Pensó en el dolor que días atrás hubo sentido, reviviendo las lágrimas en sus ojos. El líquido se asomó paulatino, acariciando su rostro al pasar. Estaba completo, pero incompleto. Estaba feliz pero era un infeliz. Sorbió por la nariz con amargura y tragó en seco; la saliva que pasó por su garganta se sintió como dos filosas tijeras que cortaban el líquido que intentaba entrar.
Se durmió poco después, forzándose a cerrar los ojos e impedir la salida de las quisquillosas lágrimas. El móvil quedó en algún punto de la habitación, y sinceramente, ya no importaba.
El martes fue más tranquilo, la clase de literatura fue la más interesante de todo el año, hasta el momento. Las extrañas palabras del texto en sus manos sonaban a música para sus oídos. La rareza de las mismas lo ahogaban en un mar de placer literario inmenso, sumergiéndose más y más. Cuando finalmente logró la concentración máxima para tomar las riendas y entender lo que leía, el timbre sonó e interrumpió por completo la diversión que difícilmente había obtenido. Oikawa suspiró, recobrando el aire que hubo perdido en el naufragio, aferrándose nuevamente a la superficie. Clavó las uñas en sus rodillas, pasaron unos segundos, se levantó.
Esperó en el marco de la puerta a que Makki tomara su propio bento (entre el desorden de su bolso) y salieron en dirección al pasillo. El instituto estaba separados por plantas, con los respectivos años escolares y divisiones. Ellos estaban en la tercera, en el tercer piso; lo que quería decir que debían recorrer el camino más largo al bajar las escaleras, pisando varios escalones más que los jóvenes de segundo y primero, hasta llegar al comedor principal. Algunos cuerpos codearon el suyo en el trayecto, chocándose a su paso. Las faldas de las chicas se movían exageradamente de un lado a otro, sintió repulsión. Observó varias corbatas a medio atar y camisas desalineadas que fruncieron su ceño ante el desorden y la falta de prudencia en aquellos chicos. Sin embargo, pensó que el único que se veía privilegiado con esos tonos tan salvajes era Iwaizumi.
En el recorrido y a poco metros de su destino, notaron dos presencias masculinas que le daban la espalda mientras avanzaban por ese angosto pasillo. Miró a Makki y este le devolvió la sonrisa traviesa.
Iwaizumi siguió avanzando aún sin notar su existencia, a su lado estaba seguro que Matsukawa le comentaba algo sobre la profesora de matemáticas (algún mote gracioso, por supuesto), de la que recientemente se habrían librado.
Observó con anhelo a su mejor amigo, pensando que éste era más bajo que él por poco centímetros y siempre se enojaba cuando se lo mencionaba. Aunque, su espalda es ancha y sus brazos con suficiente musculatura para derribar hasta un muro de hierro. Oikawa es todo lo contrario, Oikawa se aferra a su voluntad y orgullo cuando juegan Voleibol.
Prosiguió la caminata al contorno del pelirosa, decidiendo evitar pensar cosas innecesarias. Optó por actuar. El castaño infligió un gesto lascivo en su rostro cuando un impulso se despertó en su cabeza y avivó las ansias de una adrenalina que lo atacó. Corrió, entonces, en dirección a sus dos amigos.
- ¡Vamos a almorzar! - Gritó, subiendo de un salto a la espalda del pelinegro. Tooru tenía los cabellos revueltos y su uniforme se habría desalineado. Entrelazó las manos sobre el pecho de Matsukawa.
- Por supuesto - concedió Mattsun, y lo tomó de las piernas; sostuvo su agarré y siguió caminando con un chico prendido a su espalda. El joven lucía indiferente a la anormalidad de la situación. Llevaba una pequeña sonrisa y sus ojos también parecían sonreír. Sus cejas, en cambio, alineadas en perfecta sincronía sostenían aquel desapego.
Oikawa sonrió sintiéndose acariciar la cima.
Hanamaki llegó segundos después e hizo una aparición idéntica a la suya. Se lanzó sobre su amigo de la infancia que tambaleó por el imprevisto. Rió a la escena. El rostro de Iwaizumi se deformó en una mueca cómica, luego los tres se sumaron a las risas. Los demás adolescentes no dejaban de pasar caminando todos a la misma dirección, pero su mirada fue captada de imprevisto en otra cosa:
Sintió la electricidad recorrer su cuerpo al ver que Makki refregaba su cabello en el cuello de Hajime y éste sencillamente sonreía. ¡Sonreía!
Pronto sus costillas se oprimieron, apretaron su corazón tanto como pudieron. Sus labios se transformaron en una línea recta al encontrarse con la mirada del susodicho. Casi podía afirmar que le había leído el pensamiento. Lo ignoró.
Tooru despegó sus ojos del fornido. Intentó, vagamente, disimular la sensación de disgusto apretando fuertemente las manos sobre el pecho de Mattsun, y fijando la vista a un costado, observó la belleza de un día soleado. Se apoyó con más comodidad en la espalda de su amigo, prendiéndose cual garrapata y recostó la cabeza sobre su hombro. La sonrisa que se mantuvo por unos instantes en sus labios (amplia y risueña), desapareció gradualmente, mostrando a un joven que, increíblemente, parecía que no haber reído en todo el día. El interruptor se había apagado y, de hecho, se sentía más estúpido que ayer.
Cuando llegaron al extenso comedor, Matsukawa no tuvo piedad de él ni de su cuerpo; Lo soltó sin previo aviso y Oikawa terminó en el suelo con un incómodo dolor en el trasero.
El comedor estaba lleno de alumnos del instituto, en distintos extremos. Las mesas ocupaban la mayor parte del lugar, mientras que ellos habían optado por una del fondo, alejados del resto. No obstante, no pasaron desapercibidos.
El punto es que su dignidad se fue a la basura al levantarse y ver demasiados pares de ojos mirando y riéndose al compás. Era un grupo pequeño de seis o siete personas, de ambos sexos. Él pensó que se trataba de unos entrometidos. Enrojeció, pero de odio.
Las facciones de Oikawa cambiaron; frunció las cejas, apretó los labios y luego los estabilizó, levantó el mentón demostrando su autismo, y sus ojos desprendieron la impotencia de un gesto cínico. Mantenía las manos a los costados, sobre sus caderas. Era enfermizo, todo su ser expulsaba miedo.
Aquellos idiotas lo sintieron, las sonrisas pasaron a inferioridad notoria. Todos ellos se encogieron sobre si mismos. Porque Tooru los enfrentaba, tenía el valor y orgullo necesario, con la más oscura y sombría mirada que hubiese esperado. Todo gesto de vergüenza u objetividad ya no existía. Traspasaba como una filosa espada el cristal de los ojos ajenos, podía sentir incluso las lágrimas a punto de derramarse. Había impuesto su altivez. Porque Oikawa era el gran rey y estos estúpidos plebeyos debían bajar la mirada ante él. Lo hicieron.
Rió.
Se quitó la corona imaginaria poco después de volver hacia sus amigos que permanecían estáticos ante la escena y, en efecto, ante su comportamiento. No le importó. Se sentó frente a la mesa, al lado de Iwaizumi, con su más sincera sonrisa. Su mejor amigo elevaba una ceja, acribillándolo con sus pupilas. El castaño no mencionó palabra alguna, sino que entrelazó los dedos sobre su regazo luciendo como niño adorable. La faceta temeraria se había marchado lejos, muy lejos. La había visto escabullirse bajo llave en algún punto de su mente.
Ahora estaba inquieto. De fondo escuchaba la risa de Hanamaki e Iseei respecto a alguna tontería. Intentó centrarse en el murmullo, esquivando el nerviosismo que lo atacaba puesto que Iwaizumi no le quitaba la mirada de encima. Bajó la vista a sus manos.
Hubo sonidos de cajas de Bento destaparse, recriminaciones de asalto a almuerzos, intercambios de comidas, risas y más risas. Pero, sin embargo, muy a pesar de la multitud, sus pensamientos sólo le recordaban lo que hacía el chico a su lado. Unos dedos alcanzaron su mentón y lo elevaron.
Tembló.
Hajime lo sostenía, creando una burbuja a su alrededor dónde sólo había espacio para dos. Su corazón despertó del sueño, replicando que había descansado poco, latiendo como loco. Sintió que estaban en un mundo aparte, todo se silenció. Las voces enmudecieron y nadie existía aparte de ellos. Sonaba cliché y le encantaba.
- ¿Otra vez olvidaste tu almuerzo?- Iwaizumi preguntó, aún sin soltarlo. El cuerpo le enviaba chispas a todas sus extremidades. Oikawa tampoco se alejó, pero tocó su estómago antes de contestar.
- No tengo hambre - dijo, a lo que parecía ser una confesión oculta que confirmaba la pregunta de su amigo. Iwaizumi no le creyó, frunció el entrecejo (o tal vez nunca dejó de hacerlo) y deshizo el contacto de sus dedos. Tooru estaba seguro que por debajo de los labios apretaba los dientes. Previó la mordida que emitió su compañero.
- Mientes - había confirmado, alejándose y tomando los palillos de madera.
El tiempo volvió a correr. Matsukawa contaba algo sobre su perro, pero no podía oírlo con claridad. Regresó a sus pensamientos, añoraba la calma que lentamente lo abrazaba con cariño. Cerró los ojos; uno, dos, tres segundos. Su respiración se normalizaba y la iluminación ya no le quemaba. Cuando los abrió, todo el control que requirió se fue a la mierda.
Oikawa tensó los brazos mirando fijamente a los palillos con Sushi que se extendían frente a él.
- ¿Qué haces? - Soltó, al borde de tartamudear. Hajime dejó caer los hombros, obviando su actitud.
- Quedarás hasta los huesos. Prueba - oyó la orden pero no lograba reaccionar. Había un zumbido retumbando en su cabeza que lo picó de inseguridades. ¿En realidad pensaba darle de comer en la boca? ¡Pero..! Y no tuvo oportunidad de recriminar ni siquiera en sus propios pensamientos, pues Iwaizumi estaba a punto de ladrar algún insulto. Intentó, igualmente, expresarse en palabras.
- No es necesa...- anunció y no supo continuar. Oikawa tenía la boca seca, apretaba los labios y luego se los relamía. En medio de esa presión que crecía en su pecho; se sintió acorralado, cohibido y desorientado. Estaba entre Iwaizumi y un muro dónde no tenía escapatoria alguna. Acomodó algunos mechones detrás de su oreja, el calor subió a su rostro. No obstante, también se atrevió a abrir los labios. Su compañero sonrío mientras acercaba el pescado. El recibió la comida rápidamente, como cerciorándose de que nadie los viera y asegurando que su vergüenza no lo delatara. Sin embargo, masticó tranquilo. Estaba delicioso.
Hajime rió, tomando otra porción entre los palillos.
El olor a comida ingresó por sus fosas nasales de forma automática. El estómago de Oikawa se despertó hambriento, llorando mediante ruidos sonoros que lo alimentara.
Y Tooru tuvo que aceptar más bocados, porque la necesidad fue más fuerte, mientras sus mejillas se hacían más y más rojas.
Era un tonto. Un tonto masoquista que nunca se cansaba de dañarse a si mismo. Había caído, una vez más, en las redes de Iwaizumi. El susodicho probablemente no realizaba sus acciones con intensión de incomodarlo o, visto de otro modo, de avergonzarlo. Hajime era un protector por naturaleza y precisamente eso era lo que más interfería. Tooru difícilmente podía ir contra la marea.
Se preguntó también, una docena de veces, por qué siempre terminaba de la misma manera; él cediendo a las objeciones del fornido. Luego se auto-recordó que si no cedía era golpeado con tantos objetos que ya podía hacer una lista y denunciarlo.
Entonces, oh entonces...
Objetó a su favor; Iwaizumi en realidad lo golpeaba siempre, con o sin motivo. Quiso reír, mas sólo contuvo la sonrisa porque acababa de recibir un pase y no podía distraerse. Sus dedos tocaron el balón y armó la jugada. Kindaichi remató con precisión en un espacio vacío de la otra cancha. Había sido perfecto, tanto la sincronización como la habilidad individual de ambos.
Oikawa supo, entre el júbilo suyo y de su kouhai debido a que tomaron el set, qué era lo que debía hacer: Ya había soportado que su último noviazgo se desgastara, por ello (y quizás algunos detalles más que no venían al caso y encima eran dolorosos), Tooru se negó ante la posibilidad de volver a enamorarse.
Cambiaron de lado y fue su turno se servir. Sumido en perfecta concentración, Oikawa se deslizó entre movimientos idóneos y se llevó consigo el primer punto de saque.
Sonrió sin mostrar los dientes, manteniendo la mirada seria al respecto y ante todo aquello que su mente había aflorado.
La corona del Gran rey había re-aparecido.
