Llegaba tarde a la cena, lo sabía de sobra, pero era todo culpa de Moody. Toda la Orden sabía que él sería quien llevase a cabo la próxima misión, por si necesitaba una coartada, por lo que esperaba que Marlene estuviera en la casa de James. Debía admitir que estaba realmente asustado, que no sabía muy bien si sería capaz de cumplir lo que me habían encargado ni de regresar de una pieza. Cogí aire antes de aparecerme en el salón de los Potter. Desaparecí del cuartel general como una exhalación, con un suave temblor en las manos. Necesitaba ayuda, apoyo... Necesitaba a mis amigos más que nunca.

Cuatro pares de ojos se fijaron en mí cuando mis pies tocaron el suelo. Me acerqué a la melena pelirroja que presidía la mesa y besé suavemente su pelo, a modo de disculpa por llegar tarde y como agradecimiento por haber traído a Remus de vuelta. No me atreví a mirar a Marlene, porque no estaba seguro de cómo iba a reaccionar cuando se lo contase todo. Lancé una mirada a James lo suficientemente elocuente como para que tanto él como Remus lo captasen al instante. Cargué con un par de platos y me dirigí a la cocina. Al pasar junto a la castaña pude percibir su perfume y noté como el nudo que habían hecho en mi estómago los nervios se apretaba aún más.

"Necesito ayuda", les dije, sin dar más vueltas. "Realmente necesito ayuda..."

"Sabes que no podemos hablar de estas cosas, Sirius...", dijo, prudentemente Remus mientras ponía a calentar una tetera llena de agua.

"No quiero ese tipo de ayuda", musité mientras hundía las manos en el agua tibia donde se encontraban los platos. "Es sobre Marls..." No les miré, pero podía hacerme a la idea del aspecto que tendrían los dos muchachos. "Moody me ha dicho que han perdido la pista a Albert..."

James se quedó quieto. Yo sabía que tenía mucha relación con los McKinnon, pero no me había parado a pensar en cómo se lo iba a tomar. Podía sentir su mirada clavada en mi nuca y eso me puso aún más nervioso, pero continué fregando los platos como si nada.

"Estaba dispuesto a mandar a Marlene en la búsqueda... Me ha costado, pero he conseguido que la aparte..."

"Eso no la va a gustar", le dijo Remus, a modo de respuesta. "Si se llega a enterarse..."

"No tiene porqué saberlo", sentenció James.

"Si a mí me pasase algo..."

"Cállate"

Yo asentí y me dispuse a contarles todo lo que sabía sobre la investigación abierta. Moody siempre intentaba mantenernos al margen de los casos que nos afectaban más directamente, pero la situación cada vez iba a peor y andabamos escasos de efectivos. Estaba seguro de que los dos muchachos se ofrecerían al momento y mientras les relataba los pormenores, el tiempo se nos echó encima.

Sin ganas de hablar, me despedí de todos con un gesto de la mano. Sabía lo que iba a ocurrir al día siguiente, pero seguía sin estar preparado. Tenía tanto miedo de perder la sensación de felicidad y plenitud que me transmitía aquella casa. Sólo tenía 18 años y, por mucho que proclamase el carpe diem, yo también tenía mis sueños y esperanzas de futuro. Abrí la puerta de la habitación y observé a Marlene. Era tan perfecta para mí como yo para ella. Eramos complementos perfectos, juntos hacíamos un todo. Ella sabía perfectamente lo que pasaba por mi mente, así que me aferré a su cuerpo como si fuese el último resquicio de vida que me quedaba. No sabía si la estaba haciendo daño, pero si era así, no se quejó. La alcé levemente del suelo y caímos sobre la cama. No sé cuánto tardé en dormirme, sólo sé que me sentía a salvo entre sus pechos, como un niño pequeño que ha encontrado su refugio.

Antes de que amaneciese, mi cerebro se reactivó. Sentía el calor que desprendía el cuerpo de Marlene y, por un instante, pensé en mandarlo todo a la mierda con tal de poder quedarme con ella allí.

"Marls, tengo que irme", la susurré mientras me hundía en su pecho de nuevo, queriendo memorizar aquel tacto, aquel olor,... Con un suspiro, ella me liberó y pude levantarme. Estaba sacando una camiseta de la cómoda cuando sus palabras atrajeron mi atención.

"Tienes que volver". El tono de súplica me heló durante un instante, pero me obligué a sonreír despreocupadamente.

"Lo haré", le dije mientras me quitaba la camiseta con la que había dormido. Aún con el pecho descubierto, me incliné junto a ella. "¿Sabes algo, Marls?", la dije mientras ella contemplaba las cicatrices de mi torso, de alguna de las cuales (sobre todo de las que se encontraban en la espalda) era ella la culpable. "Creo que cuando vuelva tenemos que hablar..." ¿Por qué no? Estaba a punto de enfrentarme a mi muerte... La amaba y quería poder decírselo cada día, a cada minuto que la tuviese cerca. La besé en la frente, procurando infundirme fuerzas. "Te amo, por muy cabezota que seas a veces... Te quiero a mi lado".

"Y yo a ti..." Esas palabras eran las que tanto ansiaba escuchar. Mi pecho latía como loco mientras me ponía la camiseta. Ya tenía un motivo real para volver. "Tienes que volver. Por favor..." Sus uñas se clavaron en mi mano, ante lo que me agaché y la besé en los labios con suavidad.

No podía jurarla que volvería, porque ni yo mismo podía asegurarlo, pero haría todo lo que estuviera en mi mano por volver a ver aquellos ojos pardos. "Hasta esta noche", la susurré antes de salir de la habitación. Cerré la puerta y bajé a la cocina donde tomé un té, aunque mi estómago no estaba seguro de ser capaz de digerirlo. Las manos me temblaban descontroladamente, así que, cuando dejé la taza en la encimera, las metí en los bolsillos.

Estaba a punto de salir cuando unas pisadas atrajeron mi atención. Remus estaba al pie de la escalera, con aspecto serio. "Ten cuidado, hermano", me dijo.

"Cuida de ella", alcancé a contestarle, y me desaparecí. No tenía mucho tiempo pero sí mucho trabajo por delante. Saqué la varita y avancé por aquel camino desierto a las afueras de un pueblo abandonado. Si Moody me había dado las coordenadas correctas, estaba a escasos metros de la cabaña donde debía buscar un viejo álbum de fotos. No sería algo de especial peligrosidad si no fuera porque la cabaña pertenecía al abuelo del mismísimo Voldemort y él también lo estaba buscando.

Entré en la casa y un hombre cayó sobre mí. Me dijo algo, pero no me preocupé en entenderle antes de golpearle. No tenía ninguna intención de pararme a escuchar explicaciones de nadie. Varita en alto, pronuncié la formula de homenum revelio para asegurarme no tener ninguna sorpresa más. Nadie. Pasé al menos una hora levantando tablas podridas de madera del suelo y todo lo que encontré fue un horrible anillo que dejé donde estaba... No me dio buenas vibraciones. Cuando llegué al lugar dónde debía ir la cama, me topé con una tabla suelta, de madera más nueva que las demás. Con una sonrisa de medio lado, saqué un libreto de tapas de cuero lleno de fotografías.

"Te tengo", alcancé a decir antes de que el primer cruciatus cayera sobre mí. Perdí el cómputo de las horas, pero reconocí a alguno de los hombres que estaban frente a mí, incluyendo a mi desquiciada prima Bellatrix, que no hacía más que preguntarme qué más sabía. ¿Que qué sabía sobre qué? Me sentía desorientado y no hacía más que pensar en la voz de Marlene. Tuve suerte de que mis captores fueran un poco idiotas.

Borracho por su supuesta victoria, uno de ellos se acercó a mí. Yo yacía sobre el suelo, junto al montón de tablas. Quiso golpearme y patearme, pero yo era más rápido y más inteligente. Me puse en pie de un salto y lo plaqué contra la pared, arrebatándole la varita. El cielo ya estaba cubierto de estrellas por lo que librarme de la escasa guardia que habían dejado vigilándome no fue difícil. Cogí el álbum que había copiado de entre las tablas y salí renqueando de allí. Me dolían las costillas y notaba un hilillo de sangre por la comisura de la boca. Pero no hacía más que repetirme "tengo una cita, ella me está esperando".

Me aparecí en mi habitación de la casa de los Potter, junto a la chimenea. Tuve que apoyarme sobre la pared, pero la visión que tenía delante de mí había merecido la pena todo el sufrimiento. "No te haces a la idea de todo lo que daría por verte feliz".

"Estás horrible", dije, para atraer su atención hacia mí, mientras me limpiaba la sangre de la comisura de la boca.

"Pues anda que tú..." ¿Estaba sonriendo? Sí... Sus dientes brillaban más que cualquier estrella y sus ojos podrían iluminar cualquier estancia, aún llenos de lágrima como estaban. Verla allí y escuchar su voz la convertía en real, y yo aún no podía creerlo. La quería para mí, para siempre. Me lancé sobre ella, ansioso, y no dejé de besarla ni un instante. Recorrí todo su cuerpo con mis labios entre jadeos, quejidos y gemidos. Cuanta menos ropa, mayor era mi excitación. No necesitaba una cama, ni una cómoda, ni si quiera una confortable alfombra, sólo quería que fuese mía una vez más.

Aquella mañana me despertó el suave aletear de una lechuza en la ventana. Por un instante, recordé la conversación con Moody y, aunque me costaba, me separé del lado de Marlene. Olí su pelo por última vez y me puse la ropa interior y el pantalón. Cogí el mensaje de la lechuza y lo lancé al fuego.

"¿Qué haces?" La voz de Marlene me sobresaltó. "¿Qué era eso, Sirius?"

"Nada", le respondí rápidamente. No quería decirla la verdad.

"No, nada... No... Eran las nuevas órdenes, ¿no?"

"Sí, pero había una errata... He hablado con Alastor..." No podía decirla la verdad...

"¿Qué has hablado con Moody?", cada segundo que pasaba sólo conseguía que Marlene se enfureciese más.

"Sí, no te preocupes... Ha revocado tu orden..."

"¿Qué has hecho qué?" La sábana que la cubría cayó al suelo, pero lejos de excitarme la escena, me hizo sentir un escalofrío. Se vestía con rapidez, se alejaba de nuevo.

"Marls, es lo mejor... No quiero..."

"¡Me da exactamente igual lo que quieras y lo que no, Sirius! Cuándo nos metimos en esto decidimos que nos dedicaríamos a luchar en cuerpo y alma... ¡Los dos!"

"Pero..."

"¡Me da igual!"

"Eres una terca", le dije, sin poder contener mi ira. ¿No se daba cuenta de que todo lo que estaba haciendo lo hacía única y exclusivamente por ella? ¿No podía ver que si estaba allí esa mañana era por que la simple idea de que pudiese pasarla algo me hacía morir? ¿Por qué tenía que ser tan cabezota?

"Y tú un imbécil".

"¿Sabes algo? Esto ha sido un error". Quería pensar que no era yo quien hablaba, pero las palabras brotaban bien conscientes de mis labios... Quizá, si la alejaba, conseguía mantenerla a salvo del mundo y de mí mismo.

"Por una vez tienes razón, Black". La manera en la que escupió mi apellido me hizo estremecerse.

Entonces lo entendí. La había perdido. Otra vez se escapaba de entre mis dedos. Quería correr tras ella y rogarla y suplicarla que no se fuera, pero mi orgullo, junto con el dolor de las heridas que aquella noche ella misma había curado con tanto mimo, frenaron mis pies. Suspiré y me obligué a no llorar, a no sentir. Me agaché con un quejido y cogí el álbum de fotos mientras un pinchazo en el pecho me hacía dudar de si estaba haciendo o no lo correcto. "De verdad que te amo, Marls", musité antes de desaparecerme y volver al cuartel general.