Inuyasha Rumiko Takahashi


Tercera Parte

Esa cena sería la primera de muchas. Posteriormente, y a medida que se habituaban a la presencia y compañía del otro, compartirían tardes de lectura, de té, de diálogos. Kagome se perdía fácilmente en los tonos ricos de su voz, en lo que tenía para decir, profundo y complejo, en la cultura de sus charlas, en su singular inteligencia.

El yerro de su nueva dinámica pesaba lacerante sobre su corazón, especialmente en las noches, cuando con tiempo para recapitular, advertía lo que estaba ocurriendo. Las lágrimas se apoderaban de su rostro, la culpa traía insomnio, su dolor se hacía insoportable.

Y cada noche, cuando la sacerdotisa se rendía ante su realidad, el anfitrión se quedaba de pie, de espaldas a las puertas, poniendo a prueba su neutralidad.

Neutralidad que no había existido nunca.


Gran observador de la naturaleza, Naraku aparecía, en realidad, como una criatura de interior. Raras eran las oportunidades en las que se hacía al exterior, a la contemplación cercana de sus fastuosos jardines. Esa tarde, no obstante, allí estaba, de pie, bajo el sol, con la mirada ausente.

—¿Qué puedo hacer por ti, Kagome? —habló, sabiendo que estaba detrás suyo.

—Hasta hace una semana, creí que sólo estabas usándome —manteniendo lo que consideraba una prudencial distancia, Kagome exponía—. Creí que eventualmente pedirías los fragmentos restantes a cambio de mi vida pero…

Volviéndose, la miró, analizándola.

—¿Pero?

—¿Qué es lo que de verdad quieres?

—Ya hemos tenido esta conversación, Kagome.

—No, no es verdad —acusó, levantando el timbre—. Sé que me estás usando. Sé que mientes. Sé que…

Caminaba hacia ella, hacia la voz que con cada palabra se quebraba más y más.

—Continúa —demandó.

Kagome lo miró, apreció la cercanía y se maldijo por no tener la reacción de tener que alejarse. Y él, lector de su lenguaje corporal, quiso esperar a que prosiguiera con su descargo, escucharla decir lo que verdaderamente sentía, más allá del tiempo que habían compartido y que tanta información le había brindado.

Pero no pudo. Su mano encontró su mejilla y allí se quedó; su pulgar, entre tanto, su labio inferior. La vio cerrar los ojos, entregándose al intercambio. Advirtió su respiración acelerarse, su corazón precipitarse, sus energías encontrar la vía única que llevaba a la cohesión.

No era sólo él. Era ella. Eran ambos.

—Sé que me buscas a mí porque Kykio ya no está —reanudó—. Pero debes saber que sólo soy su reencarnación, no seré reemplazo suficiente.

—Te equivocas —respondió en su oído, empleando susurros—. No soy Onigumo y ciertamente no soy Inuyasha.

Kagome inhaló trabajosamente, sobrepasada por el cúmulo de cosas que sentía, por el cuerpo cada vez más cercano de Naraku, por su mano libre que había encontrado el camino hacia su cintura y que con fuerza la sostenía.

Kagome encontró un nuevo significado al dicho mantén a su amigos cerca y a tus enemigos más cerca.

Naraku se dejó vencer por el momento y la abrazó como nunca había abrazado a nadie en toda su vida; con cuidado, firme pero delicado, ansioso y paciente. Abrazó por vez primera.

Y fue abrazado por vez primera también.

—Esto es todo lo que hay en mí —dijo—, todo lo que soy, todo lo que tengo, lo conoces. Es tuyo.

Quiso pensar en las instancias que precedieron a esa, en los momentos en que más lo conocía y más cercana se sentía a él; quiso identificar las situaciones concretas en las que su corazón había comenzado a trabajar unilateralmente y, en silencio y furtivo, se había dejado enamorar por el ser a quien más debía odiar, a quien le debía su dolor y el de sus amigos.

Cómo concebir tan desatinada existencia.

Quiso pensar y no pudo.

En ese preciso instante sólo sabía que lo quería más cerca.


NA: Sólo quería agradecer a quienes pasan, agregan esta historia a sus favoritos y especialmente a quienes dejan sus comentarios. Como es mi primera vez escribiendo sobre esta pareja, su opinión es muy importante. Gracias!