Ahora sí les explico. El alma de un instrumento de cuerdas frotadas (llámese violín, viola, violonchelo) es como una barrita dentro del instrumento que se encarga de llevar las vibraciones de las cuerdas a la caja de resonancia y hacer que haya sonido. Sin alma no hay sonido, por eso es tan importante.
3. Juguete nuevo
En la vieja casa tenían un armario donde guardaban cosas de uso común. Era como una habitación más; lo abrían constantemente, los objetos en las repisas y los entrepaños eran limpiados y removidos tanto como en la cocina. Sin embargo, eso sólo pasaba con los que estaban enseguida y sólo cerca de la puerta. Conforme caía en desuso, poco a poco se iba relegando al fondo del armario, arrumbado con las demás cosas de las que, si bien eran útiles y necesarias, se había perdido la noción de su existencia.
El olvido era el equivalente al escombro. "Cariño, ¿no has visto tales papeles?" Los veían todos los días, pero estaban en el escombro, por eso automáticamente eran ignorados. "No sé, puedes usar otros". Y sacar las cosas de ahí que ya no servían siempre fue una equivocación continua. "Busqué por toda la casa y no lo encuentro. Creo que lo tiramos la última vez que hicimos limpieza". En esa casa y en ese armario el olvido, aunque fuera sólo una vez, podía hacer perder cosas importantes para siempre.
…
Después de aquel incidente, Kunae tuvo que esperar al menos dos semanas para que se apaciguaran las cosas en la casa de los Ishida y ella pudiera regresar de visita a la tienda del señor Akutagawa. En medio de esos quince días había hecho una llamada a la tienda, y fue Yoshio quien contestó. La saludó cálidamente en cuanto supo que era ella, intercambiaron unas cuantas frases.
— ¿Tuviste problemas con tus patrones? — Kunae lo negó, cambió de tema rápidamente. Le dijo que no iría en unos días porque tenía mucho trabajo, pero en cuanto estuviera libre iría a verlos.
Sin embargo, los preparativos para la llegada de la prometida de su joven amo la tuvieron más atareada de lo que esperaba. Atareada y con el corazón herido. El mismo Ryüken se había visto ocupado, tenía que ir y regresar a la casa de los Kurosaki. Cuestión de formalidades antes de traer a la única hija Quincy purasangre que quedaba.
Después de aquél incidente, también, Ryüken se mostraba más frío con ella. A Kunae le dolía, por supuesto, sentir la indiferencia de su joven amo, pero ella jamás había dejado de atenderlo, sabía disimular muy bien. Pero conforme pasaron los días y con la llegada de Masaki-sama a la casa, se fue sintiendo cada vez más relegada, más perdida y sola. Estaba en el fondo del armario. Tenía que aceptar que Kurosaki Masaki le daba un nuevo aire a la casa; su sola presencia coloreaba el hogar en un santiamén cuando ella tardaba, al menos, varios minutos tocando. Era difícil que su sonrisa y su luz interna pasaran desapercibidas; éstas, en conjunto con su belleza, opacaban e iluminaban todo (hasta a la misma Kunae) al mismo tiempo. Ah, su chelo. Ya no era suficiente, la casa ya no estaba sola tan seguido, pero ella sí, sin la oportunidad de tocarlo. Pensó que no sería apropiado usar la sordina, si la llamaban de improvisto de todas formas tarde o temprano sería descubierta. Aprovechó la desatención de su joven amo y de sus patrones y de Masaki-sama (¿ella sabía de su existencia?) para ir a visitar a Yoshio más seguido.
Llevaba su chelo y tocaban juntos, Yoshio cada vez veía a su amiga más sumergida en una oscuridad que él no podía comprender. Quería sacarla de ahí, de ese estado y de esa casa, tanto física como mentalmente; por eso siempre daba lo mejor de sí para viajar juntos en el sonido. No le hacía preguntas, pero ella hablaba con el arco sobre las cuerdas. Él escuchaba atento todas las quejas de su corazón herido y trataba de consolarla. Lentamente, conseguía tocarla, hacer que lo escuchara y le tuviera más confianza.
Hasta que un día no pudo contenerse. Kunae había llegado con una mala cara mal disimulada, aún cuando ella disimulaba perfectamente todo. Estaría ya muy cansada, quizás, de un día pesado. No, no era eso. Se veía más pálida, su expresión mostraba que estaba a punto de estallar. Entró y se sentó en el banco que Yoshio le tenía dispuesto siempre, y se puso a tocar sin esperarlo, sin haberlo saludado siquiera. No había pasado ni al segundo sistema, era Libertango lo que había sobre el atril, cuando rompió en llanto sin dejar de tocar.
Pero Yoshio la detuvo.
—No puedes seguir con esto, Kunae-chan. No puedes seguir destruyéndote de esta forma. — le quitó el arco de la mano, recargó el chelo en el piso y la abrazó. Kunae, de nuevo, se echó a llorar.
¿Cómo decirle que él no podía entenderlo y después convencerlo de que no podía explicarle? Era injusta con él, quien lo había dado todo en lo posible porque ella estuviera bien. No merecía a tan buen amigo como Yoshio.
—Yoshio…
—Sal de esa casa, sólo te hace sentir mal. Salte y ven a vivir con nosotros. Usarías alguna de las habitaciones que antes eran de mis hermanos, puedes trabajar en el negocio, mi padre estaría complacido de instruirte para que fueras la nueva lutier, Kunae-chan.
—Yoshio, no…
—Tendrías una familia aquí. ¿Por qué insistes en seguir allá? ¿Qué es lo que te tiene atada a ese lugar? — la Quincy desvió la mirada, pero Yoshio levantó su rostro para que la mirara a los ojos. — Mírame, Kunae-chan. Soy tu amigo y voy a estar contigo siempre. Puedes contarme lo que sea, ten la certeza de que voy a apoyarte.
No iba a ser así, Kunae lo suponía de antemano, porque Yoshio no sabía que era una Quincy ni todo lo que implicaba eso además de servir en el asa de una familia acomodada. Su deber, podía decirse, era hasta consigo misma. Y no podía decirle ahora a Yoshio quién era en realidad. Tal vez se ofendería de que se lo ocultó tantos años y, entonces sí, se quedaría completamente sola; pero si no le decía, le indicaba que no confiaba en él. No podía darle una respuesta. Sólo se le ocurría salir de ahí.
—Tengo que irme —. Y salió, sin guardar su chelo ni llevárselo, todo lo dejó ahí, hasta a un Yoshio que se quedó mudo. Sí, quería huir de la casa Ishida ahora que su bendito amo tenía ojos para otra mujer, y ahora también de su mejor amigo que le pedía explicaciones que no le podía dar. Caminaba rápido en la acera, sobre los charcos y el humor invisible húmedo de la lluvia reciente, tenía ganas de correr. Sintió el reiatsu del joven amo aproximándose. Lo último que quería que pasara, increíble. Dio la media vuelta y corrió por la acera entonces. ¿La estaría buscando otra vez?
— ¡Kunae-chan! — por todos los santos en quienes no creía, por el Rey Quincy, no. No, no. Kunae estaba esperanzada de que su amigo hubiera guardado todo, cerrado la puerta que ella no cerró bien, e irse a acostar. Pero ahora Yoshio estaba a punto de alcanzarla. Ella se detuvo, paralizada. Él la tomó del brazo con suavidad. — Kunae-chan, odio verte triste. Odio saber que no me he ganado tu confianza del todo, pero no me daré por vencido —. Apartó un mechón de cabello negro de su rostro, y la contempló como si fuera una virgen — Sólo déjame ayudarte, por favor.
El reiatsu de su amo estaba a nada. Yoshio sabía a kiwi. No tardó en sentir el abrazo que la acercaba más a su cuerpo. Cuando comprendió que la estaba besando, hubiera preferido no salir de su casa jamás. Estaba alterada, Yoshio ocupaba gran parte de su campo visual y no podía buscar a Ryüken con la mirada. No podía más, empujó a Yoshio y volteó violentamente la cara hacia los lados, buscándolo. Pero no había nadie.
Cerró los ojos entonces. El reiatsu de su amo estaba alejándose. Los había visto, estaba casi segura.
No supo muy bien qué pasó después ni qué le dijo a Yoshio, tal vez se disculpó. De alguna forma arregló las cosas con su amigo y volvió a casa. Cuando supo de sí misma otra vez, estaba en su habitación sentada en el suelo, recargando su codo en el estuche que estaba sobre sus piernas. Jamás se había sentido más culpable.
En otro lado de la casa estaba Ryüken. Se había ido, no sabía qué pensar de lo que acababa de pasar. Vio a su criada dejarse por mera confusión, después quitarlo. Ella sabía que él estaba cerca, ¿lo había hecho por eso? Si así era, entendía y a la vez no por qué. Tal vez su actitud grosera hacia Yoshio, o tal vez porque en serio no quería ser besada por él. Finalmente, eso tenía poca importancia.
Lo único que le preocupaba era que, aun sabiendo que Katagiri tenía una vida que hacer también como cualquier otro tenía derecho, no le gustaba. Se quitó las gafas y sobó sus párpados, nunca pensó que fuera tan posesivo. Se rió de sí mismo, qué infantil. Sin embargo, no tenía mucho tiempo de preocuparse por su criada: su matrimonio venidero estaba cada día más cerca, y la infelicidad de Masaki lo perseguía. Ya se le pasaría. Por ahora, sólo esperaba llenar las expectativas de buen líder Quincy tanto como de buen esposo y buen padre.
Un poco corto esta capítulo, lo siento. Pero ya casi tengo el próximo, que es casi del mismo tamaño de los demás. Gracias por leer.
