Antes de nada, ¡perdón! ¡Lo siento mucho por tardar tanto! Pero es que no me gustaba NADA como me estaba quedando, y he tenido que borrarlo todo y rehacerlo tres o cuatro veces.

Advertencias: Palabras feas, hostias y alcohol. Huy, que diver XD

Nombres humanos:

España: Antonio Fernández Carriedo
Prusia: Gilbert Beilschmidt
Italia Romano: Lovino Vargas
Italia Veneciano: Feliciano Vargas
Alemania: Ludwig Beilschmidt
Francia: Francis Bonnefoy
Hungría: Elizabeta Héderváry

En cursiva: Palabras en otro idioma y pensamientos, como siempre.

Canciones:

Togatta Teguchi - Ringo Shiina.
Russian Roulette - Rihanna
Love & Truth- YUI

Aviso: Desgraciadamente, sigo sin ser Himaruya, así que los personajes son suyos~

Sin más dilación, os dejo ya con el tercer capítulo :D


Problemas en el paraíso

— ¡No, Tonio! Es qu- —Mira el móvil—. Ha colgado...
— ¿Qué, problemas en el paraíso?
— ¿Qu... ?

Gilbert se giró al oír aquellas palabras cargadas de veneno y al encontrarse con el mayor de los Vargas tuvo que hacer un esfuerzo para no partirle la cara.

— Guárdate la lengua si no quieres que te la arranque.
— ¿Me vas a pegar?
— No, pero porque Tonio te quiere mucho.
— Y porque si aparezco por allí con golpes lo vuestro no se va a solucionar jamás.
— Eres una pequeña víbora, niñato.

El italiano sonrió de forma socarrona.

— Tienes lo que te mereces, rata blanca.
— Tú también. Le tratas como mierda, y por eso soy yo quién está con él.
— Hijo de puta...
— ¿Me vas a pegar, Lovino?
— No me vaciles, alemán de pega. Podría no gustarte el resultado.
— Mira que malote el italiano de mierda.
— Pues ha sido a este "italiano de mierda" a quien Antonio ha querido durante mucho más tiempo que a ti. Y le recuperaré.
— ¿A quién quieres engañar? Sólo buscas a Tonio porque ahora es feliz y ya no le afectan tus insultos. Sólo le quieres ahora que no le tienes.

Lovino se puso rojo de rabia mientras Gilbert sonreía con superioridad.

— N-no sé de que te ríes, idiota. Tú tampoco le tienes ya.
— Todas las parejas se pelean alguna vez.
— Pero te ha colgado sin despedirse. Eso tiene un nombre; se llama morir para él.

Prusia bufó.

— ¿Y eso tú como lo sabes?
— Piensa, imbécil. Es Antonio. Él no le cuelga ni a los que llaman de propaganda, estúpido.

Con ese último insulto llegó para el albino la gota que colmó el vaso. Ni él sabía como había aguantado hasta ese momento.
Gilbert agarró con fuerza la pechera del traje del italiano y le atrajo hasta él con violencia, quería que viera esa mirada que antiguamente causaba temor en el campo de batalla.
Pero, al contrario de lo que el otro se esperaba, Lovino no se achantó, y le agarró del cuello de la camisa también. Si quería pelea la iba a encontrar.

— Me estás comenzando a hartar, Romano.
— Y tú a mí. Vas a quedarte solo y amargado, señor País Inexistente.

Finalmente, y como era de esperar, el puño de Gilbert se hundió en la cara de Lovino, tirándole al suelo.

— Retira eso ahora mismo.

Los ojos del moreno relucieron con furia mientras se levantaba.

— Más quisieras, capullo.

De pronto, el albino soltó una carcajada.

— ¿Sabes algo? El grandioso yo acaba de darse cuenta de una cosa y la compartirá contigo: ¿no eres tú el que está solo y amargado aquí?
— ¿C-cómo has dicho, bastardo?
— ¿Cuántos amigos tienes? ¿Uno?

Entonces, fue el momento de estallar para Romano, que le dió un puñetazo en la mandíbula al otro. Prusia se limpió el labio con una mano y se lanzó contra el otro.
Tras esto, los golpes comenzaron a ir y a venir rápidamente, ambos estaban dispuestos a reventarse a puñetazos, hasta que unas voces llamándoles les obligaron a detenerse.

— ¿ ¡Ve! ? Fratello! Gilbert!
Brüder! Lovino!

Lo que le faltaba al albino, su hermano y el hermano del italiano. Pasó de todos, se dió la vuelta y se fue. No sabía a donde, pero probablemente a algún sitio donde hubiera cerveza.

Por otra parte, en la casa del español, éste último solo podía pensar en una cosa:

Mierda.
Mierda, mierda, mierda.

Estaba tan frustrado consigo mismo que lo había pagado con Gilbert, encima de que le había llamado para disculparse. Tenía que llamarle para pedirle perdón.
En ese preciso momento, el teléfono de España sonó, pero no eran ni Prusia ni Romano, era Francia.

Bonjour~
— Ah, hola, Francis...
— ¿Pasa algo, mon ami?
— Pregunta mejor qué no pasa. —Suspira.
— Cúentame.

El español apartó el aparato de su oreja, lo miró y volvió a colocárselo después de suspirar otra vez.

— Supongo que ya sabes que Gilbert y yo estábamos saliendo, ¿no?

Algo hizo clic en el cerebro del rubio. ¿Gilbert en vez de solamente "Gil" o "Gilbo"? ¿Estábamos?

Uh, oh.

— Sí, lo sabía... ¿"Estábamos"? ¿Lo habeís dejado?
— Eh... ¿He dicho estábamos? Pues... No lo sé... La cosa es que no sé qué soy para él.
— ¿Y eso?
— Le he preguntado que si me quería y me ha contestado con evasivas, y cuando le he dicho que me diga qué ha sido esto no me ha contestado.

El francés se quedó callado. Aquello no pintaba bien.

— Además... Él ha sabido todo este tiempo que Lovi estaba enamorado de mí y no me ha dicho nada. Pero ya no es eso, es que incluso... Incluso me ha preguntado cómo se había tomado él que estuviéramos juntos antes de contármelo. He tenido que sacárselo yo.
— ¿Quién te lo dijo?
— Se le escapó a Elizabeta sin querer.
— ¿A Elizabeta?
— Sí, vino a casa de Gilbert antes de que discutiéramos... Y, bueno... ahora estoy hecho un lío.
— ¿Un lío con qué?
— ¿Qué hago, Francis? ¿Me voy con alguien que me insulta y menosprecia todos los días, o con alguien que a menos que esté borracho no puede decirme que me quiere?

Aunque España pensaba que el rubio le diría algo como "conmigo", la respuesta tardó en llegar. Francis se lo estaba tomando en serio.

— Sólo para que me quede claro, estamos hablando de Lovino y de Gilbert, ¿verdad?
— Sí.
— Yo no puedo ayudarte con eso, mon ami. Eres tú el que tiene que decidir.
— ... A veces pienso que soy un jodido masoquista. Eso, o que hay algo mal en mi cerebro.
— No te tortures más.

Hablaron un rato más de cosas sin importancia antes de colgar. El español suspiró con fuerza tras dejar el teléfono encima de la mesa y se levantó a por algo de comer a la nevera. No tenía hambre, pero ya era más de medio día.
Mientras comía unas sobras que tenía guardadas de otra vez, se puso a pensar.
Francis a veces podía ser un capullo, pero era un buen amigo. A lo largo de los siglos se habían machacado el uno al otro muchas veces, pero a pesar de ello no se guardaban rencor. Los tres siempre habían estado juntos, causando problemas y haciendo gamberradas; no por nada eran el Trio de los Malos Amigos: él, Francis... Y Gilbert.
Volvió a suspirar y fue al baño a mojarse la cara para despejarse.

De pronto, alguien aporreó la puerta de la casa. España se secó un poco y fue a abrir, pero no se esperaba lo que le aguardaba en la entrada. Tras abrir la puerta, un Lovino borracho se abalanzó sobre él y comenzó a besarle violentamente. Antonio le separó como fue capaz, y pudo observar que las mejillas del italiano, aparte de rojas, también estaban húmedas, como si hubiera estado llorando. Eso, y que tenía un moratón en el pómulo.

— ¿Lovi... ?
— ¡Cállate, bastardo! —Comienza a llorar de nuevo— ¡Eres un puto mentiroso! ¿ ¡Me oyes! ? ¡Un mentiroso de mierda! —Se agarra a la camisa del mayor— ¡Me dices que me quieres y que no me vas a volver a dejar solo y-y-y te vas c-con ese imbécil!

Antonio respiró hondo mientras le acariciaba la cabeza y abrió la puerta de su casa con una sonrisa cansada.

— Entra, anda.

Durante esos mismos instantes, Prusia se dirigía a la casa del español. Todavía no tenía muy claro que era lo que iba a decirle, pero quería arreglar las cosas. Con eso en mente, dobló una calle y vio algo. Algo que no querría haber visto jamás: Lovino y Antonio besándose. Acto seguido, el menor abrazó al otro y entraron a la casa.
Gilbert se quedó en shock. No quería creérselo, pero ahí lo tenía, blanco y en botella.

¿Tonio... Y Lovino? Esto no puede... ¡No me puede estar pasando a mí!

Seguro que le había dicho que le había pegado, y ahora Tonio le odiaría y estaría... con el italiano. Había perdido.
Mientras iba a conseguir algo de alcohol llegó a una conclusión. Ya no sólo era que había perdido al español, era algo que hería mucho más el orgullo y el corazón del de ojos rojos. Le estaba engañando en esos momentos. Le estaba traicionando consciente y deliberadamente.

Dentro de la casa, Antonio esperaba, mientras dejaba que Lovino, abrazado a su pecho, llorara todo lo que tuviera que llorar. Pero no esperaba a que el otro acabara, sino a él mismo. Esperaba el más mínimo deseo de besar al otro, pero no llegaba, y se dió cuenta de que ya no volvería a llegar jamás. El pequeño italiano había llegado tarde, por muy poco, pero tarde al fin y al cabo. Le abrazó más fuerte, mientras permitía que una sonrisa se formara en su rostro. Ya no tenía más dudas acerca de él mismo. Pero la sonrisa se le borró de la cara en cuanto recordó que seguía dudando acerca del otro.

— Mira Lovi, lo siento... Pero... Ya no siento nada por ti. Te tengo muchísimo aprecio y por nada del mundo querría que te fueras, pero... ya no... ya no estoy enamorado de ti.

Romano levantó la cabeza y miró a España con los ojos llorosos.

— Y-yo... Co-cocinaré para ti, y no la li-liaré más, pero, pero...
— Lo siento, no puede ser. —Le acaricia la cabeza— Pero no te preocupes, jamás me perderás, ¿vale? El jefe estará aquí para lo que necesites... Así que, cuenta, ¿qué te ha pasado en el pómulo?
— ...Me he metido en una pelea.

Por algún extraño motivo, el italiano decidió encubrir al otro. Podría haber mentido fácilmente y haberse salido con la suya, pero no lo hizo. Tal vez, porque se lo había merecido. Tal vez, porque en realidad quería que Antonio fuese feliz.
De pronto se oyeron unos fuertes golpes en la puerta, y, tras unos instantes, el moreno salió a abrir. Detrás de la puerta se encontraba el prusiano, que, a juzgar por la lata de cerveza que llevaba en la mano, también había estado bebiendo.

— ¡Ya era hora de que abrieras la puerta!
— ¿Gilbert?

El español salió de la casa y cerró la puerta tras él.

— ¡Al increíble yo no puedes engañarle! ¿A quién tratas de esconder ahí?
— ¿Eh... ? ¿Perdón?

Gilbert le miró.
¿Se estaba haciendo el tonto? ¡Él era demasiado increíble como para picar!

— ¡Sabes de lo que hablo! ¡No puedes hacerte la víctima esta vez!
— ¿ ¡Qué víctima ni qué pollas! ? ¿ ¡De qué estás hablando! ?
— Andas quejándote de que no puedo decirte eso y tú vas ¡y me la pegas con Lovino!
— ¿Insinúas que te estoy engañando con Lovi?
— ¡Lo afirmo!
— ¿ ¡De verdad me crees capaz de algo así! ?
— ¡Te he visto!
— ¿Qué? ¿Qué has visto? ¡Dímelo, Gilbert! ¿A Lovi borracho tratando de desahogarse? ¿A mí limpiándole las lágrimas? ¿Qué pasa, que tampoco puedo ayudar a un amigo?

El albino se quedó mudo. ¿Era posible que lo hubiera malinterpretado todo?

— Yo...
— Parece que se te olvida que también tuve que consolarte a ti muchas veces cuando bebías más de la cuenta y te acordabas de Elizabeta.
— ¡Cállate! ¿De qué forma has consolado al italiano, eh?

Aquella frase golpeó el corazón del español, con tal fuerza, que el tono de voz tan frío que le salió no parecía propio de él.

— Si no confías en mí debe ser o porque no debería confiar en ti, o porque no me quieres. Quizá esa sea la misma razón de que no seas capaz de decírmelo.

Antonio se dió la vuelta, entró de nuevo en la casa y apoyó la espalda en la puerta, mientras asimilaba lo que acababa de decir. No tenía idea de dónde había salido aquello, estaba tan enfadado, tan herido por la desconfianza del otro, que le había gritado sus propios miedos a la cara, afirmándolos. Se dejó caer hasta el suelo lentamente, mientras que se cubría con las manos la expresión de asombro que se le había quedado en la cara.

Romano, que lo había oído todo, no pudo evitar sentirse culpable. Con paso lento se acercó al otro, temiendo haberlo jodido todo aún más.

— Oye... Que yo... No... No quería que discutieras con él...
— No... pasa nada, Lovi. No pasa nada.

El italiano se quedó mirando a España unos segundos, sin saber como reaccionar. Finalmente, Lovino maldijo su suerte por enésima vez. No se le daba bien nada de eso, pero algo le decía que debía actuar; así que extendió sus manos de forma temblorosa hacia él, tratando de darle un abrazo. Justo antes de que pudiera tocarle, Antonio se puso de pie sin siquiera mirarle.

— Lovi... Pu... Puedes ir a tu cuarto a descansar un rato... Yo... Yo creo que haré lo mismo.

El susodicho retiró rápidamente las manos para que el otro no le viera y le observó subir las escaleras como un robot al que se le acaban las pilas.
El español ni siquiera lloraba, estaba demasiado sorprendido. Después de entrar a su cuerto y cerrar la puerta tras él, se sentó en la cama, tratando de asimilarlo todo. En ocasiones parecía que todo su cerebro iba un paso por delante de su entendimiento.
¿Qué... ? ¿Qué había tratado de insinuarle al prusiano? Le habia dicho... Que quizá no podía confiar en él... Que quizá... No le quería.
Y, ahora sí, las lágrimas comenzaron a caer de nuevo.
Solo había sido un juguete más al servicio de los caprichos del otro, otra diversión sin importancia.

No he sido especial. Jamás lo fui.

Delante de la puerta, Lovino eschuchaba llorar a su ex-jefe. Jamás le había visto así, y se preguntó si también él le había hecho sufrir de aquella forma. Sacó su teléfono móvil con rabia mal contenida y buscó en la guía el número del albino. No le dio tiempo al otro a contestar, la verdad es que no le importaba nada. Sólo quería que supiese una cosa.

— El bastardo está llorando por tu culpa. Espero que estés contento, maledicione!

Al otro lado de la línea, Prusia escuchó como el otro colgaba, y se quedó mirando el aparato sin reaccionar.

Tonio... ¿Llorando?

A la mañana siguiente, la casa de Ludwig y Gilbert parecía a punto de explotar. Este último había puesto música a todo volumen, de forma que no pudiera oír ni sus propios pensamientos, mientras se desfogaba dándole puñetazos a un saco de boxeo y gritaba trozos aleatorios de las canciones.

PSYCHO!

En algún momento, le pareció oír golpes en la puerta y su corazón se aceleró con el mero pensamiento de que podía ser el otro. Paró la música y corrió escaleras abajo, pero al abrir la puerta sólo se encontró a su hermano, que venía de trabajar, bastante enfadado.

— ¿ ¡Por qué has puesto la música tan alta! ? ¡Los vecinos se... !

Ludwig se fijó en la cara del albino. Tenía los ojos enrojecidos de llorar y unas sombras negras aparecían bajo ellos.

— Lo siento, West.
— ¿Qué te pasa, brüder? Tienes mala cara.
— ¿En serio? No lo sabía, fíjate tú.

El menor le miró extrañado. ¿Su hermano siendo sarcástico? Debía de ser grave.

— ¿Qué ha pasado, Gilbert?
— Joder... Es un poco difícil de contar.

Gilbert bajó la vista con un gesto en la cara mezcla de frustración y tristeza, y a Ludwig no pudo evitar recordarle la expresión que puso cuando Prusia dejó de ser un país independiente. O cuando Hungría se casó. Él no solía hacer esto, pero era su hermano, y le necesitaba, así que le abrazó.
El albino no correspondió al gesto, simplemente apoyó la cabeza en el hueco del hombro del otro.

— No te forzaré a que me lo digas.
Danke...

En cambio, la casa del español estaba en completo silencio. Casi ni se oía la respiración de Antonio, que estaba tendido en el suelo del salón, observando el techo como si fuera lo más importante en ese momento. Pero, a pesar de la falta de ruido fuera, dentro de su cabeza todos sus sentimientos discutían a grito pelado.
"¡Gilbert no te quiere!"
"¡Y Lovino no hace más que insultarte!"
"¡Para alguien que te quiere, tú vas y te enamoras de otro!"
"¡Te vas a quedar solo para siempre!"
"¡Eres idiota! ¿No podías enamorarte de cualquier otra persona?"
"¡Sí, eres idiota! ¡No haces más que cosas que te acaban haciendo daño!"
"¡Exacto, como te pasó con tus colonias!"
"¡En realidad nadie te va a querer nunca!"
"¡Eso mismo!"

Dios, si sigo así me voy a volver loco.

El moreno agitó la cabeza y se levantó. Tenía que encontrar algo que hacer, si no, volvería el debate interno. Entonces recordó que no había recogido el correo, y salió fuera a revisar el buzón. Cuando estaba cogiendo las cartas, una mujer mayor que estaba sentada justo al lado le saludó. Esa mujer resultaba ser su vecina.

— Hola, hijo.
— Oh, hola.
— No se oía ruido dentro de tu casa, así que pensé que estarías de viaje otra vez.
— No...

La vecina reparó en que Antonio estaba pálido y con ojeras.

— Ay, hijo, ¿qué te pasa? ¿qué tal estás?
— Bueno, no se puede decir que estén siendo los mejores días de mi vida...
— ¿Problemas amorosos?
— Eso mismo...
— Puedes contármelo si quieres, prometo no decírselo a ese italianito tan apuesto amigo tuyo que viene a veces por aquí.

Lo que le faltaba, su vecina acababa de mencionar a Lovino. La mujer palmeó el banco en señal de que se sentara, y Antonio obedeció. Se sentó con un suspiro, con los hombros inclinados hacia delante.

— ¿Qué haría si... la persona a la que ama... no fuera capaz de decirla que la quiere?

Aquella señora, que le conocía desde hacía más de siete años, sonrió melancólica y le dio un caramelo que llevaba en el bolso.

— Toma, cariño. ¿Sabes algo? Algunas cosas necesitan tiempo... Puede que esa persona esté hecha un lío, o que necesite madurarlo... Nuestra cultura es de decir "te quiero" muy rápido, pero en otros países eso no es así... —Suelta una carcajada— Pero, ¿qué te voy a contar yo a ti? Tú que siempre estás viajando deberías saberlo. —Se levanta— Presiento que tú también estás hecho un poco lío, ¿me equivoco?
— No...
— Venga, anima esa cara. —Sonríe— He hecho torrijas y me sobran, ¿quieres unas pocas? No dejaré que me digas que no.

Minutos después, un mensaje de texto le llegaba al móvil. Era Gilbert, proponiéndo un sitio y una hora para quedar y hablar.

Ambos se arreglaron de forma que no se notara como estaban por dentro, y así, se plantaron el uno frente al otro. Evitaban mirarse a los ojos, porque les dolía pensar en lo que podrían encontrar allí. Ambos tenían muy claro lo que iba a pasar, y, aunque esperaban un milagro, sabían que no debían cruzar las miradas si querían que les saliera la voz.

— Yo creo... Creo que lo mejor será... que no nos veamos en un tiempo.
— Tienes... razón.

Prusia estuvo a punto de venirse abajo. Confiaba en que España le detuviera, en que no le dejara marchar, pero oír su voz confirmando eso le destrozaba. Se dió la vuelta al tiempo que se despedía y comenzaba a irse.

— Adiós, Antonio.
— Hasta la vista, Gilbert.

El moreno quería correr tras él, pero sus piernas no le obedecían; todo su cuerpo se había negado a moverse. Sus ojos estaban fijos en la espalda del albino, esperando que se girara aunque sólo fuera una última vez.

Pero eso no ocurrió.

Cuando el pruso estuvo lo suficientemente lejos, Antonio se atrevió a pronunciar algo, pero fue con una voz tan débil, que pareció un leve susurro del viento.

— Te quiero...

Media hora más tarde, Prusia sería capaz de volver a sacar la voz, sólo para murmurar la pregunta que tenía grabada en la mente.

— ¿Por qué... ? ¿Por qué ha sido así?

Pero es que, cuando uno toca el cielo con la punta de los dedos, suele olvidarse de lo bajo que está el suelo. Por eso duele tanto la caida.


Capítulo triste, lo sé. Y lo peor es que he estado hiperactiva e hiperfeliz casi todo el tiempo, así que me ha costado horrores escribir esto. TT^TT
Ya solo quedan como mucho mucho dos capítulos, no desespereís xD

Mini diccionario~

Italiano:
· Fratello - Hermano
· Maledicione! - ¡Joder!

Alemán:
· Brüder - Hermano
· Danke - Gracias

Francés:
· Bonjour - Hola
· Mon ami - Amigo mío

Por cierto, la canción que está cantando Gilbert mientras boxea es Psycho, de System Of A Down.

Avance del próximo capítulo:

"Últimamente bebes demasiado"
"Pero que Gilbird se quede contigo."
"Yo me ocuparé de todo, tranquilo, Gil."
El agua estaba fría. Helada. Pero aquello no le detendría.

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