―Papá, ya te dije que estoy bien.
Rodó los ojos el joven, tras decir por enésima vez esa frase desde que había vuelto a ver a su padre tras esos largos años viviendo con el otro, lejos de él.
― ¡Cómo vas a estar bien, mira lo empapado que estás, pásame tu chaqueta, vamos, que te vas a resfriar! ―Replicaba efusivamente el hombre, frunciendo el entrecejo de tan sólo pensar en las posibilidades.
― ¡Es de cuero! ―Explicó Otabek, sin poder resistir el elevar la voz. Ante la mirada estática de su padre, suspiró, y le tomó las manos entre las suyas, buscando tranquilizarlo. ―Estoy bien, ¿Vale? A lo más tengo el cabello mojado.
Un par de segundos ambos hombres se quedaron estáticos, hasta que el mayor saltó en su puesto, percatándose de algo.
― ¡Otabek, por Dios, tus manos están congeladas!
Ahí iban con el cuento otra vez.
¿Era por eso que no era él quien se había ganado su custodia? ¿Porque era un paranoico?
No pudo evitar negar el joven, reprochando la actitud de su padre. Parecía pajarraco, en serio. Caminando de acá para allá con sus cosas, buscando cómo poder abrigarlo, y si era posible, dejarlo envuelto en un enorme cúmulo de ropa.
Pero no, eso él no lo permitiría.
Buscó rápidamente en la sala, algo que lo hiciese salir, algún lugar donde escaparse mientras el pelinegro mayor seguía su intensa búsqueda.
Su mirada recayó en lo que parecía ser un mapa con indicaciones. A duras penas alcanzaba a leer instituto en él. Esa palabra generalmente le causaba escalofríos y hasta recelo, pero en ese mismo momento, parecía ser la salida perfecta.
Otabek no dudó en tomar la hoja, y guardándola en el bolsillo de su chaqueta, emprendió camino, sin siquiera esperar a que su padre llegase nuevamente a la sala.
―Voy a salir. ―Fue lo único que anunció.
Estando su maleta dentro, y sus demás cosas, ¿De qué debía preocuparse?
Al escuchar pasos apresurados dirigirse a la entrada lo recordó.
― ¡Abrígate! ―Exclamó su padre, con mil prendas recargadas sobre sus brazos. Su hijo le observó dudoso, frunciendo el entrecejo. ―Por favor…
Ahí estaba, aquella mirada que rogaba, le hiciese caso.
Otabek rascó levemente su nuca con su diestra, y luego de meditarlo unos instantes, suspiró. Sabía que accedería. Aunque tampoco tanto. Tan sólo se le acercó para tomar un par de guantes, elevando ambas manos después de eso.
―Sólo me llevaré estos. ―Anunció, a lo que su padre asintió, dejándole un sonoro beso en la frente.
―Te cuidas, ¿Vale? ―Pidió, con una leve sonrisa adornando sus mejillas.
―Vale, vale. ―Aceptó el joven, ya comenzando a caminar en dirección a donde recordaba, el mapa apuntaba.
Su padre desde la entrada le veía. La lluvia menguaba, y no eran más que delgadas, además de escasas, las gotas que caían. Soltó un suave suspiro, feliz de tener a su hijo de vuelta. Aquello resonó en su mente. De vuelta… De vuelta…
― ¡Espera! ―Exclamó el mayor, acentuándose por el barandal que separaba a la casa del jardín. ― ¿¡A dónde dices que ibas!? ―Preguntó, sin preocuparse de si a los vecinos les molestaba eso o no.
Otabek paró en seco, girando levemente para poder ver a su padre. Se encogió de hombros, restándole importancia al asunto.
―A ver el instituto. ―Respondió. ―O al menos eso creo… ―Pasaron esas palabras por su mente.
Fue entonces que su padre rio de manera sonora, negando notoriamente divertido.
― ¡El instituto queda para el otro lado!
