Deidara se pasó los siguientes días vagando solo por los parajes cercanos a la guarida, maldiciendo el día en el que Akatsuki había decidido reclutarle. Evitaba en la medida que pudiera la compañía de los demás, como si ellos fueran a ser capaces de adivinar lo que le pasaba por la mente y fueran a echárselo en cara. El rubio se sentía más estúpido que nunca por haberse dejado llevar aquella noche dentro de la habitación de Itachi, controlado una vez más por aquellos ojos.
Desde que le había conocido, Deidara había entrenado duramente para lograr contrarrestar los genjustsus, con la intención de que Itachi jamás pudiera volver a atraparle en uno de aquellos. Como si eso pudiera salvarle. Contra lo que sentía cuando le miraba a los ojos no había defensa posible. Nada que pudiera protegerle. Nada que impidiera perder el control de sí mismo y dejarse manipular como lo había hecho. Lo único que podía hacer para evitarlo era no mirarle más.
Y ése era el motivo principal por el que pasaba todo el tiempo fuera. No quería volver a ver a Itachi. Si hubiese podido, se habría ido, habría volado lejos de allí. Pero, una vez más, estaba encadenado por el moreno y por el día en el que había aparecido por primera vez en su vida.
"Si te derroto, te unirás a Akatsuki"
Las primeras palabras que le había dirigido a él directamente. El recuerdo de las mismas siempre había sido eclipsado por el de sus ojos, pero ahora resonaban en el interior de su cabeza.
Sin embargo, ésa era una promesa que él jamás había llegado a hacer. El motivo de que no partiera era la persona a quien, en silencio, le había jurado la permanencia eterna a su lado.
Aunque él no creyera en la eternidad.
La eternidad… La eternidad era la memoria de aquella noche. Itachi cerca de él. Itachi besándole. Itachi arrodillado entre sus piernas. Itachi proporcionándole un placer indescriptible.
Y, una vez más, sus ojos, sus malditos ojos y su mirada fría. Ni siquiera entonces, ni siquiera después de aquello había variado. Una vez más, tras el placer vino el dolor. Del mismo modo que las veces en las que la satisfacción de verle y de tenerle cerca había quedado mitigada al instante por su terrible mirada vacía. Pero esta vez de una forma infinitamente más intensa.
Aquella noche… Pensaba tanto en ella. Deidara suspiró y se entregó al recuerdo de ella, aprovechando aquel momento de soledad para darse una pequeña satisfacción personal, tal y como venía haciendo durante los días anteriores, pese a saber que, de la misma forma que había ocurrido en esas ocasiones, cuando acabara se sentiría asqueado consigo mismo.
Era él, siempre él. Él era quien le hacía sentirse tan avergonzado de sí mismo, quien le había hecho perder la seguridad que siempre le había caracterizado. Era él quien le hacía dudar por momentos sobre la idea de belleza, sobre su arte. Era él a quien quería y a quien odiaba por encima de todo.
Y era él quien, con cada una de sus miradas, hacía que Deidara sintiera que su corazón estallaba, como si una de sus figuras de arcilla se tratara.
Tardó algunas horas más en volver al refugio. Y cuando lo hizo fue tan sólo para encerrarse en su habitación. Se sentó en la cama, mirando la capa de Akatsuki colgada de un perchero frente a él. No solía llevarla si no estaba en alguna misión encomendada por su líder. Admiró las formas de las nubes rojas, rememorando el día que las había visto por primera vez… Sonrió a la prenda con superioridad, como si quisiera demostrarle que no tenía ningún tipo de poder sobre él.
-Deidara.-llamó alguien al otro lado de la puerta.
El rubio reconoció al momento la voz como la de su maestro. Se preguntó qué querría. No le apetecía lo más mínimo ver al marionetista en ese momento. Pero el respeto que le tenía y la curiosidad por lo que tuviera que decirle pudieron a la desgana. Además, sabía sobradamente que a Sasori no le gustaba lo más mínimo que le hicieran esperar.
Finalmente, abrió la puerta.
-¿Sasori no danna? ¿Qué deseas?
Deidara observó a la persona que aguardaba allí, si es que se le podía denominar "persona". No iba dentro de su marioneta, Hiruko, sino que mostraba su cara… Esa cara que no cambiaba durante los años, cuya expresión apenas podía variar. Su cara de madera que acompañaba a su cuerpo, casi completamente convertido en marioneta. El arte de su maestro era algo que no podía llegar a entender. ¿Qué sentido podía tener algo que simplemente permanecía hasta el final de los tiempos? Aunque eso era lo que hacía que le admirara tanto. Disfrutaba de todos los puntos de vista del arte. Y aún más cuando podía hacer alguna burla sobre ello y demostrar la superioridad del suyo propio.
-Parece que te cansaste de llevar ese trasto cuestas. No puede ser comparado a la ligereza de mis pequeñas figuras, al momento en el que su belleza culmina en una explosión. Quizá debería hacer eso con tus marionetas, hmm.
Sasori le miró desde sus ojos de vidrio.
-Cállate, niñato. Qué sabrás tú del arte. Quizá sea yo el que deba convertirte en una marioneta. Me pregunto por qué no te habrás quedado donde quiera que hayas estado durante todo el día. Por cierto, Itachi te ha estado buscando.
Deidara se quedó helado. ¿Itachi? ¿Seguro que había oído bien? ¿Qué podía querer el Uchiha de él?
-Deidara, idiota, ¿me estás escuchando?
-Sí, claro. Únicamente me preguntaba qué podía querer ese imbécil, nada más, hmm. ¿Dijo algo?
Si Sasori hubiese poseído la capacidad para dibujar expresiones en su rostro, en aquel momento habría sido una de sarcasmo puro.
-¿Desde cuándo ése es capaz de decir más de una frase seguida? Me preguntó si sabía dónde estabas, le dije que no tenía ni idea y se marchó. ¿Necesitas alguna explicación más, o crees que con eso te bastará? Desde luego, sí que tiene que ser un poco imbécil para estar buscando a alguien como tú.
Deidara no podía llegar a ninguna conclusión. Necesitaba estar solo. Otra vez. Estaba demasiado confuso. Miró a su maestro con sorna, intentando disimular sus sentimientos.
-Gracias por avisarme, fue todo un detalle. Ya puedes ir a engrasarte los engranajes o lo que sea que tienes que hacer, hmm. Suena un poco a oxidado.-dijo, alzando una de sus manos y mostrando la boca en la palma, la cual sacó la lengua a modo de burla.
El rubio le cerró la puerta en las narices antes de que el aludido pudiera responder nada. Lo único que pudo llegar a oír antes de que el sonido de sus pasos desapareciera por el pasillo fue:
-Maldito crío. Cualquier día de estos él y sus manos babosas pasarán a formar parte de mi colección.
Deidara sonrió divertido durante unos segundos. Pero después, esa sonrisa fue sustituida por una expresión más sombría. Así que Itachi había preguntado por él.
El artista volvió a sentarse en su cama, se descalzó y se reclinó, cargando el peso de su cuerpo contra la pared. Subió una de sus piernas y apoyó su brazo sobre la rodilla doblada, en un gesto mucho más reflexivo de los que solía adoptar. Sin embargo, usó el otro brazo para seguir fiel a sus costumbres, tomando arcilla de una bolsa que había colocado a su lado y moldeándola distraídamente. Pronto, había una gran cantidad de figuras rodeándole. Todas ellas eran demasiado grandes como para hacerlas estallar allí, por lo que tendría que esperar a salir al exterior.
Y es que no se sentía capaz de hacer algo más pequeño. Porque las obras de un artista se basan en sus emociones y sentimientos, en aquello que tenían dentro y necesitaban hacer que saliera. Y lo que él guardaba era demasiado grande.
-Te odio, Itachi.-dijo en voz alta, sin poder contenerse.
-Eso no es ninguna novedad, Deidara-san.
Deidara se puso alerta mientras la puerta se abría. Por supuesto, era él. La única persona que le trataba con ese respeto dentro de la organización y, no obstante, aquella que le hacía sentirse menos respetado. Itachi había logrado dar con él.
Una vez que el moreno estuvo dentro de la habitación, Deidara le miró de forma despectiva.
-¿A ti no te enseñaron a avisar antes de entrar, hmm? ¿O mataste a tus padres antes de que pudieran hacerlo?
Itachi simplemente torció un poco la cabeza en señal de disgusto ante el comentario del otro. Aunque el gesto fue tan leve que Deidara no lo habría podido notar de no haber sido porque los mechones de pelo que caían enmarcando su rostro, tan susceptibles al más pequeño movimiento, habían oscilado ligeramente. Al igual que él, no llevaba la capa de Akatsuki puesta, ni el protector de frente rayado que solían portar. Lo único que los identificaba como miembros de Akatsuki en ese momento eran los anillos, los cuales no se quitaban nunca. Seguramente, su posesión más preciada. Quizá, su única posesión.
El pequeño logro momentáneo de haber dicho algo que pudiera haberle desagradado quedó eclipsado cuando Itachi abrió la boca.
-Podría haber dicho lo mismo de ti cuando entraste en mi dormitorio hace unas noches.-le respondió el Uchiha.
El rubio sintió la furia arder dentro de él. ¿Cómo podía mencionar esa noche con esa indiferencia? Apretó los puños.
-¿A qué has venido?-preguntó entre dientes.
El moreno se quedó en silencio, mientras el otro le miraba con ira contenida.
-No tengo todo el día, hmm.
Itachi echó un vistazo rápido a las figuras explosivas repartidas por toda la habitación antes de responder, completamente impasible:
-Te sientes incómodo por lo que pasó.
El rubio se puso en pie de un salto. ¿Incómodo? ¿Ésa era manera de definirlo? Además, ¿qué clase de afirmación era ésa?
Deidara había tenido suficiente. El rencor acumulado necesitaba explotar. Y él sólo conocía una manera de hacer eso: practicar su arte.
Las figuras de arcilla comenzaron a moverse repentinamente con un claro objetivo: Itachi. Pero antes de que Deidara pudiera hacer el sello para ordenar su detonación, el Uchiha le tomó de la mano, haciendo gala de su increíble velocidad. El artista le miró. Había activado su Sharingan.
-Detente, Deidara-san-pidió calmadamente-. Es una tontería empezar una pelea por algo así.
El golpe resonó en toda la habitación. Se hizo un momento de silencio. Deidara bajó la vista y observó detenidamente la mano con la que acababa de propinar un puñetazo a Itachi, como si la boca en ella fuera a empezar a hablar. Estaba sorprendido, ya que él nunca solía usar la fuerza como arma, por la principal razón de que el combate cuerpo a cuerpo no se le daba demasiado bien, y, por eso, su reacción había resultado inesperada hasta para él mismo. Pero eso no significaba que estuviera arrepentido.
Alzó los ojos para encarar a Itachi, quien tenía una parte de la cara roja, el lugar donde había recibido el impacto. Sin embargo, no hizo ningún gesto de dolor, no hizo ningún ademan de ir a responder. Solamente se quedó allí parado, impasible, bajo la mirada de odio del rubio. Éste se acercó a él.
-Te detesto-afirmó en voz baja-. No quiero pensar en esa noche porque hacerlo me asquea, hmm. Todo lo que tenga relación contigo lo hace, hmm. Sólo deseo ver cómo tu estúpida cara muestra por fin algo de dolor-alzó la voz de pronto-. ¡Quiero verte sufrir!
Deidara ya no podía controlarse. Sentía la angustia y la ira recorrer todo su cuerpo. Cuando se había enterado de que el moreno le había estado buscando, cuando entró en su habitación… En una pequeña parte de él, de la que ni siquiera había sido consciente, una luz de esperanza se había encendido. Pero ahora ya no había ni rastro de la misma. Itachi sentía la misma indiferencia hacia él y hacia aquella noche que hacia todo lo que le rodeaba. Para él era una tontería, y le parecía una tontería que Deidara estuviera incómodo por eso.
El rubio volvió a golpear al Uchiha una y otra vez, sin que aquel hiciera nada por defenderse. Deidara ni siquiera reparó en ello: estaba demasiado ocupado dando rienda suelta a todo lo acumulado. Ni siquiera se acordó de sus bombas: en ese momento la idea de belleza no estaba presente en un solo rincón de su mente.
Finalmente, el artista arrojó a Itachi sobre la cama, haciendo que éste se diera un fuerte golpe contra la pared, lo que le provocó la aparición de una pequeña brecha en la frente, por la cual empezó a manar sangre.
Y, aún así, la expresión de Itachi no varió en lo más mínimo. La frialdad de sus ojos seguía siendo la misma, como un témpano de hielo con el poder de atravesar el pecho de Deidara de la forma más dolorosa.
-¡Deja de mirarme así, idiota!-exclamó-Voy a hacer que cambies esa cara. ¿Incómodo? Yo voy a hacer que te sientas horriblemente desgraciado.
El rubio agarró a Itachi por la camiseta y le giró, colocándole boca abajo encima de la cama. Bruscamente, bajó sus pantalones. Iba a hacerlo. Iba a lograr dañarle de una forma u otra.
Deidara penetró a Itachi violentamente, notando cómo su interior era desgarrado por la fuerza de su miembro. Las embestidas del rubio eran brutales. Ni siquiera era consciente de su propio placer, sólo quería sentir el sufrimiento de la persona bajo él.
-¿Creías que siempre ibas a poder dominarme?-preguntó entrecortadamente entre jadeos-¿Creías que ibas a ser tú siempre el que se mantuviera encima?
El artista movía sus caderas al compás de los latidos de su corazón. Itachi estaba siendo sometido por él, allí, inmóvil entre las sábanas de su cama. No había hecho un solo movimiento. Esperaba a que el otro terminara, lo cual no tardó en suceder.
Deidara se vino en el interior del moreno con un último suspiro, dejándole agotado y haciéndole olvidarse de toda su furia en aquellos pocos segundos que la sensación de satisfacción duró.
Y entonces, la realidad cayó sobre Deidara como un jarro de agua fría. Fue consciente de lo que acababa de hacer. Había violado a Itachi.
Horrorizado, se puso en pie y se alejó rápidamente de él. Miró hacia abajo. Sangre cálida del cuerpo del moreno aún manchaba su pene. Aquella visión le hizo estremecerse y se apresuró a recolocarse los pantalones, con la intención de ocultar la horrible visión. El Uchiha aún no se había movido.
Deidara se preguntó si aquello había pasado de verdad. No se podía creer que hubiese perdido el control de esa manera. Acababa de hacer algo terrible a la persona que amaba. En ese momento, la frialdad de Itachi que tanto le había molestado siempre le pareció algo insignificante. Por supuesto que lo era, al lado de lo que él acababa de hacer.
¿Y por qué el moreno no había intentado nada para evitarlo? Las imágenes de lo sucedido parecían tan irreales, como sacadas de un sueño. Itachi no había intentado defenderse de sus golpes en ningún momento, no había luchado cuando Deidara le había sometido.
El rubio miró a su alrededor, como esperando que alguien le dijera que todo había sido una ilusión. Pero, por supuesto, no era un genjutsu, él mismo ya se había encargado de no volver a caer en uno. ¿Podía ser que aquello fuera una copia de Itachi? En aquel momento, ser humillado de nuevo por él no era algo que le importara. Si Itachi había usado un Kage Bunshin con la intención de engañarlo y probar su superioridad, estaría bien.
Pero el cuerpo de Itachi seguía encima de la cama. No desapareció en una voluta de humo como acostumbraban a hacer las copias tras haber cumplido con su función. Seguía allí.
Poco a poco, empezó a moverse. Primero, se colocó la ropa, algo rasgada, en su sitio. Luego, giró sobre sí mismo y se incorporó en la cama, no sin algo de dificultad. Por último, logró ponerse en pie. Se situó frente a Deidara, quien no pudo mirarle a los ojos.
-Deidara-san, mírame.-le pidió con suavidad.
El rubio levantó la vista lentamente, alcanzando apenas a ver aquellos ojos negros, que seguían tan vacíos como siempre, antes de empezar a gritar:
-¿Por qué has dejado que lo hiciera, idiota? ¿Por qué no te has resistido? ¡Sabes de sobra que eres más fuerte que yo! ¿Por qué lo has permitido? ¿Creías que así podrías lograr hundirme del todo? ¿Es que eso te hace más guay?
Deidara quería gritarle que le odiaba, expresar su desprecio del mismo modo que lo había hecho antes, pero no fue capaz. Él no había parado ni uno de sus golpes, pese a que podía haberlo hecho fácilmente y más gracias al Sharingan. No entendía nada, ¿qué significaba aquello?
Ahora, ver a Itachi frente a él, mancillado, manchado de sangre… Era algo que le costaba soportar.
Y entonces, empezó a notarlo. Un ligero cambio en aquellos pozos vacíos frente a él, que de pronto ya no parecieron tan carentes de vida y de sentimientos. De pronto, una pequeña luz parecía haber brotado en ellos, un signo de conexión con su interior.
En ese momento, fue Itachi quien apartó la vista, sin poder continuar sosteniendo la del otro. La posó en el suelo.
A Deidara nunca se le podría olvidar aquella imagen que tan hermosa y terriblemente dolorosa le pareció. Los ojos de Itachi expresaban un tormento imposible de poner en palabras. Del mismo modo que tenían la capacidad de volverse completamente opacos a cualquier emoción interior de su dueño, los ojos del Uchiha también podían reflejarla de la forma más intensa. Cualquier cosa era llevada al límite por aquellos orbes azabaches: la indiferencia o el sentimiento más profundo.
-Deidara, yo…
Le fragilidad pareció apoderarse del moreno, descubriendo lo que había detrás del sanguinario asesino: una persona con límites. Nadie nunca había sido capaz de cargar con su castigo del modo que lo había hecho él y, aún así, nadie había podido percibirlo en él. Pero ante el rubio que tenía delante se sentía desnudo. No tenía sentido seguir ocultándose.
Se dejó caer y terminó de rodillas en el suelo. El agotamiento acumulado durante años era ahora notorio. Pero nada de eso importaba ahora.
-Deidara, yo te quiero.
