[Aang]

Aang y Zuko tomaron el desayuno juntos.

El Avatar había llegado a la Nación del Fuego hace siete días, acompañado por Appa y Koemi. Zuko había dispuesto habitaciones para ambos y se mostró curioso por la chica, casi tanto como Aang.

Se había cambiado la ropa andrajosa y optado por una túnica simple color verde típica del Reino Tierra que resaltaba el color de su mirada. Había cambiado el vendaje de su ojo derecho por lino nuevo. Cepillo su cabello castaño claro hasta que se volvió una cascada de rizos sujetos en una coleta alta. Sin el polvo del viaje, la chica resultaba ser bastante atractiva.

Había quedado huérfana por la guerra, obligada a vivir de la piedad de otros y de robar de los mercados, una vida de la que se arrepentía y avergonzaba. Tenía diecisiete años y recordaba muy poco de su vida con su familia. Era una Maestra Tierra, aunque no muy buena pues nunca había recibido un correcto entrenamiento. La herida en su rostro había sido ocasionada por un látigo, hace un par de días.

Conforme más la trataba Aang, más se daba cuenta que la chica era más lista de lo que aparentaba y que también tenía un corazón bondadoso y amable.

—La Guerra a terminado—le dijo Aang—. No necesitarás volver a robar nunca más. El destino siempre le sonríe a las personas buenas.

Aang pasó los ocho días hablando con Zuko, poniéndose al día y acompañándolo en sus preparativos para su boda. También saludó a Mai, quien parecía tan animada como siempre, lo cual no era mucho. Iroh también estaba muy feliz de volver a verlo, igual que Ursa y la pequeña Kiyi.

Hace tres días había llegado la carta de Sokka desde Ciudad República, informando que no podría asistir. Ahora que era presidente y representante de la Tribu del Sur en el Consejo de la República Unida, casi no tenía tiempo para nada. La de Katara llego hace un día, lo cual lo emociono mucho más aún. Conociendo la ruta que tomaría su barco, le llevaría dos días a su novia y a su amiga Toph llegar ahí. El mismo día de la llegada de la carta, Aang se rasuro su naciente barba. Deseaba estar presentable para la llegada de su novia.

—Es una mañana bochornosa—estaba diciendo Aang mientras desayunaba—. ¡Un día perfecto para una fiesta de playa! ¡Como en los viejos tiempos!

—¡Yo quiero una fiesta de playa!—aseguró Kiyi, quien también estaba comiendo con ellos. Era muy unida a Zuko y lo seguía como una sombra.

—Otro día, tal vez—le prometió Zuko, revolviéndole el cabello a su pequeña hermana—. Hoy debes acompañar a madre y a Mai con la Sastre Real. Debes ayudar a Mai a escoger un vestido bonito para la boda y debes escoger otro para ti ¿Lo has olvidado?

La niña de ocho años se sonrojó. Al parece lo había hecho.

—Iré con madre y Mai—prometió—. Pero luego quiero estar contigo, Zuzu y también con Aang ¿Si? También quiero que Katara venga. La extraño mucho.

—Igual que yo—le dijo Aang—, pero para nuestra suerte, pronto estará aquí. Después de la boda, si Ursa te da permiso puedes venir conmigo y Katara a Ciudad Republica. La Isla Templo del Aire es hermosa en esta época del año y hay muchos lugares para jugar y podrás ver a las crías de bisontes.

Los ojos de Kiyi brillaron con emoción.

—¿Puedo Zuzu?—preguntó tirando de la manga de su hermano de veintitrés años—. Me portaré bien en mis clases de Fuego Control, haré lo que sea para ir ¿Puedo?

—Eso debes preguntárselo a madre—su hermano se puso de pie, con una sonrisa en el rostro—. Debo ocuparme del algunas cosas. Kiyi termina tu desayuno y Aang, te quedas en tu casa.

—Lo veré más tarde, su fogosidad—dijo Aang, inclinado la cabeza. Zuko frunció el ceño ante su viejo mote y luego dejo la habitación.

El Avatar dejo a Kiyi terminar su desayuno y recorrió el palacio en silencio. Era todo más bonito cuando la Nación del Fuego no era enemiga del resto del mundo.

Mientras caminaba, recordó a Katara. Pronto volverían a estar juntos. Solo un par de días... por alguna razón, comenzó a sentirse triste y tuvo la necesidad de ir a la playa.

La playa siempre le recordaba a Katara y estar allí, lo hacía sentir más cerca de ella.

Camino un rato en silencio, escuchando las olas romper contra la orilla y respirando el olor salado en el aire. Allí, bajo el sol, el calor era insoportable. Ni siquiera el fresco del otoño volvía más tolerable el clima.

Miro a la distancia, imaginando que un barco aparecía en el horizonte y en él, estaba Katara, dedicándole una sonrisa.

Realmente la extrañaba...

Un fuerte estruendo lo saco de sus pensamientos. Caminaba entre salientes rocosas que crecían junto a la orilla, en una parte de la playa solitaria.

Al rodear las salientes rocosas, miro a Koemi. La chica llevaba ropa corta para soportar el calor, dejando ver su tonificado cuerpo empapado de sudor por el entrenamiento. Estaba practicando su Tierra Control, pero la frustración se reflejaba en su rostro.

Intentaba levantar una roca, cuando esta perdió la concentración y dejo caerla al suelo. La chica estaba maldiciendo, cuando Aang comenzó a reír.

Ella se dio cuenta de la presencia del chico y se sonrojó.

—Solo estaba practicando...—murmuró, bajando la vista.

—No hay nada por lo cual sentir pena—Aang se acercó a ella—. Yo mismo necesito practicar mi Tierra Control. Pero bien, ahora muéstrame de nuevo ese movimiento que estabas haciendo—la chica obedeció, con duda—. Mmm, aquí está tu problema. Necesitas más firmeza. Eso es. Pon el estomago rígido.

La chica elevó los brazos y la roca se levanto de la arena.

—¡Gracias!—dijo ella, sonriente—. Eres realmente muy bueno, Aang.

—Aprendí de la mejor Maestra Tierra de todos los tiempos—confesó—. Pronto podrás conocer a Toph y si está de ánimo, podría enseñarte algunas cosas también. Ella es realmente asombrosa, inventó el Metal Control y fundó su propia Academia a pesar de ser ciega.

—Entonces es verdad que llegara pronto—Koemi miro a Aang con duda. Parecía incomoda al escuchar el nombre de Toph—. Y con ella también viene tu novia ¿Verdad? ¿Kanna?

—Katara—le corrigió Aang con amabilidad. Liberó un suspiro largo al pronúnciame el nombre en voz alta, como si fuera un hechizo—. Ella también es una Maestra talentosa y la chica más hermosa del mundo. Me enseñó Agua Control. Katara es la mejor Maestra Agua que he visto.

—También es una Maestra Sangre—Koemi no lo estaba preguntando—. Puede controlar a las personas, mediante Sangre Control, controlando el agua dentro de otros.

Nuevamente Koemi lo sorprendía. Era realmente muy lista.

—Bueno, si. Pero solo puede hacerlo durante luna llena y realmente Katara no disfruta hacerlo. No aprendió por gusto, fue obligada. Solo lo ha hecho dos veces. No es algo realmente agradable para ella.

—Pero si realmente quisiera, podría hacerlo—Koemi arrugo el ceño, meditando sobre eso—. Supongo que ella es realmente poderosa...

—Venga ya, hagamos algo—el chico se deshizo de la parte superior de su atuendo, dejando al descubierto su tonificado pecho desnudo—. Entrenaré contigo. La única forma en la que aprendas a defenderte de un ataque, es enfrentándote a uno.

—El Avatar contra una novata—la chica tomó una pose defensiva. Sonreía divertida—. No suena como algo justo.

—Como el Avatar, te doy mi palabra de que solo usare un elemento ¿Cuál prefieres?

—Agua—dijo Koemi sin pensarlo—. Me gustaría ver que es lo que aprendiste de la Maestra Katara.

[Katara]

Toph había enfermado desde el primer día que abordaron. Se la pasaba inclinada por la borda, vomitando cada pequeño bocado que comía. Era debido a su ceguera, que el movimiento del barco le provocaba arcadas. Pasaba el resto del día en su habitación, molesta y envuelta por un dulzón olor a enfermedad.

Estaba pálida y mareada todo el tiempo, así que Katara pronto se encontró sola en la inmensidad de la nave. La misma tarde del primer día, Katara encontró abordó un rostro conocido.

Se trataba de Haru, el joven Maestro Tierra que había conocido durante la guerra. Ya no era joven, por supuesto. Se había convertido en un hombre fornido y de rostro agraciado. Sus ojos eran verdes como el césped en verano, su piel morena, rostro anguloso y una barba perfectamente recortada. El cabello oscuro le caía por los hombres.

—Haru—le había saludado Katara con emoción—. El tiempo te ha vuelto una persona totalmente diferente.

—En cambio en ti—había respondido él con una sonrisa radiante—, los años solo han servido para resaltar tu belleza.

Desde ese momento, ambos permanecieron juntos. Haru le contó sobre su trabajo en las minas de carbón, que un año después de la guerra se había vuelto hermano mayor y más tarde él y su familia se habían mudado. Ahora trabajaba para una empresa de seguridad. Su visita a la Nación del Fuego era temporal.

Katara le hablo sobre su puesto como Embajadora. Le hablo sobre Sokka y su lugar como presidente del Consejo y sobre los alumnos de Metal Control que no dejaban de llegar a la Academia Beifong de Metal Control. Le contó sobre la manada de bisontes salvajes que habían encontrado el verano pasado, sobre la restauración de los templos y los nuevos acólitos del Aire.

También su padre Hakoda se había casado, pero sobre eso no quería hablar.

—¿Que planeas hacer a futuro?—le preguntó Haru, cuando comían bajo cubierta.

—No tengo planes—confesó, algo incomoda—. Iré con Aang a la Isla Templo del Aire. Toph vendrá con nosotros para establecerse de forma permanente. Quiero volver a vivir con Sokka y estar con Aang, es lo único que se.

Haru la miro de una forma que Katara no logró comprender. Parecía triste.

—Yo... había escuchado que te habías casado con Aang—dijo con torpeza. Había apartado la vista—. Se decía que estabas embarazada.

Por poco Katara escupió lo que estaba comiendo. Comenzó a toser de forma descontrolada, mientras le ardía el rostro. No era la primera vez que escuchaba ese tipo de rumores, pero en aquel momento no lo esperaba. Con el tiempo se había cansado de negar esa noticia inventada por la prensa. Ella seguía siendo virgen y hasta donde sabía (y quería creer) Aang también.

—No, no—negó la chica—. No hay nada de eso, te lo aseguro.

Algo parecido a una sonrisa apareció en el rostro del Maestro Tierra. Fue tan fugas que Katara creyó imaginarlo.

El segundo día de viaje Toph se había animado a salir a cubierta para tomar el sol. Estaba casi amarilla.

—Me siento como puaj—dijo la chica, respirando pausadamente para relajarse—. Estupidos barcos... estupida agua... estupido Zuko y su boda, le daré una patada en su culo real...

La verdad es que Katara nunca la había visto tan mal. Permaneció con ella unas horas, antes de llevarla de nuevo a la cama y darle té de jazmín para dormir. Mientras recorría el pasillo ha su habitación, se topó con Haru.

El chico le dedicó una sonrisa dulce y Katara se sonrojó.

—¿Puedo caminar contigo?—preguntó Haru con educación. Katara asintió y ambos comenzaron a andar a paso lento—. Es una noche agradable.

—Lo es—concordó Katara—. Mañana termina el viaje. Espero que en tierra Toph se recupere.

—Yo igual.

Ambos quedaron en silencio, caminando con calma. El pasillo estaba vacío; los otros pasajeros estaban dormidos.

—Quería hablar contigo, Katara—el chico se detuvo, inseguro de lo que iba a decir. Katara quedó de pie a su lado. Había una extraña tensión entre ellos.

—Aquí estoy—dijo ella, dandole la palabra.

Haru levanto la vista, con esos ojos verdes tan cautivadores. Cuando cruzaron miradas, Katara fue incapaz de apartar la vista. Había un brillo en la mirada del Maestro Tierra, casi como anhelo.

—Yo te admiro—declaró Haru, bajando la vista—. Me ayudaste y ayudaste a mi padre, incluso cuando no teníamos esperanzas. No te rendiste y aunque ya te he dado las gracias, siento que no es suficiente.

—Es un placer para mí ayudar. Nadie merece ser encarcelado injustamente—ella no quería crédito por aquel acto. Lo había hecho con total desinterés.

—Aún así...—continuó Haru, suspirando cansado—. El día de la invasion, estuve dispuesto a ayudar para regresarte el favor y estar a mano... o al menos, eso creía. Después, me di cuenta que había más que eso. Deseaba hacerlo por ti, deseaba verte de nuevo y protegerte.

—Es muy lindo de tu parte, Haru—Katara no estaba segura de que decir—. Eres un buen amigo por preocuparte.

Las mejillas del chico enrojecieron. Dio un paso al frente, acortando la distancia entre ellos. Katara quiso retroceder, pero algo se lo impedía. Quería ver los ojos de Haru más de cerca, solo un poco...

—No entiendes lo que intento decir—el chico había bajado la voz. Era casi un susurro—. Yo... quería hablar contigo después de la coronación de Zuko, pero todo fue muy rápido y después... tú y Aang iniciaron su relación y supe que había perdido mi oportunidad.

—Haru...—iba a decir Katara. El nombre de pronto se volvió difícil de pronunciar—. ¿Que intentas decirme...?

—Katara—el chico tomó sus manos; ella no las apartó—. Me gustas mucho.

El silencio se prolongó entre ambos. El corazón de Katara se había acelerado. Quería decir algo, pero no encontraba las palabras correctas. No quería dañarlo, pero sabía que debía decirle que ella únicamente amaba a Aang.

Apartó las manos y bajo la mirada, nerviosa.

—Haru, yo...

Y entonces él la beso.

Fue tan repentino que Katara no pudo moverse o respirar. Se quedó allí, estática.

Los labios del chico eran suaves y su vello facial le provocaba cosquillas a Katara, pero era agradable.

Katara cerró los ojos y se dejo llevar por el momento, con el corazón desbocado. Se estremeció cuando Haru movió sus labios sobre los suyos.

Era una sensación extraña. Sabía que estaba mal, muy mal, pero no sabia por qué. Haru acaricio su rostro con delicadeza, mientras otra mano bajaba a la cintura de Katara, tomándola con fuerzas. La chica siguió el ritmo del beso casi con desesperación, con la respiración agitada.

Sus manos rodearon el cuello del Haru y sus dedos se hundieron en su larga cabellera, tirando de ella con agresividad.

El chico la hizo retroceder, hasta que su espalda quedó pegada a la pared del pasillo. Haru empujó el cuerpo de la chica con el suyo. Katara sintió una presión extraña en el pecho, como si algo le doliera mucho. Algo cálido corría por sus mejillas; estaba llorando.

Entonces escucho el gritó.

Se apartó de Haru con rapidez.

Allí, a mitad de pasillo, Toph se apoyaba contra la pared para no caer. Tenía los ojos bien abiertos. Parpadeo repetidamente.

—Ey—dijo con voz torpe—, yo no he visto nada...

Dio la vuelta para regresar a su habitación, casi en trance.

—Toph ¡espera!—pidió Katara. Haru intentó tomarla de la muñeca, pero la chica le abofeteó el rostro con fuerza—. No te atrevas a tocarme de nuevo.

Se alejó de él, furiosa. Pero no estaba furiosa con él, estaba furiosa consigo misma. Se sentía asqueada y sucia. Se limpió las lágrimas de las mejillas con manos temblorosas.

No podía creer lo que había hecho, lo que había estado a punto de hacer... había engañado a Aang.

Bloqueo aquellos pensamientos. Lo único que importaba ahora era encontrar a Toph y hablar con ella.

La chica ciega estaba en su habitación, sentada en la cama. Aún parecía sorprendida.

—Toph...—dijo Katara con miedo. No tenía voz para hablar con su amiga. Se sentía como una basura—. No es lo que crees. Deja que te explique...

—Oye—Toph elevó las manos—. No necesito que me expliques nada. No me interesa lo que estabas haciendo allí afuera—la Maestra Tierra se había recuperado de su sorpresa. Había en su voz un tono de enfado—. Pero Aang no merece nada de esta mierda.

—Por favor—Katara se dejó caer a los pies de su amiga. Intentó tomar sus manos, pero Toph las apartó—. No le digas nada a Aang. Fue un error y estuvo mal. No volverá a ocurrir. Deja... deja que yo hable con él.

—¿Un error?—cuestionó Toph cruzándose de brazos.

—Si—aseguró Katara. Se llevó una mano al collar en su cuello, aferrándose a él con necesidad—. Te lo juro por la memoria de mi madre; fue un error, un estupido error. Por favor, prométeme que no se lo dirás a Aang.

—Katara...—comenzó Toph, insegura.

—Prométemelo—suplicó Katara.

Toph hizo una mueca, pero no le quedó más que asentir en silencio.

—Te creo—dijo la bandida ciega—. Ahora deja de lloriquear princesita, que comienzas a ser patética. Ve a tu habitación e intenta no besar a nadie en el camino ¿quieres?

Katara le agradeció en un murmullo. Después de aquello, Katara fue a su habitación, pero en el camino, se dio cuenta que estaba llorando otra vez.

Se recostó temblando en su cama, cubriéndose con las mantas e intentando olvidarlo todo. Había estado mal. Ella amaba a Aang, lo sabía en su corazón y nada lo cambiaría ¿Entonces por qué lo había hecho? No pudo encontrar una respuesta y eso le dolió mucho más.

No deseaba volver a ver a Haru nunca más, así que permaneció en su habitación bajo las mantas el resto del viaje, hasta que alguien de la tripulación llamó a su puerta.

Estaban cruzando las Puertas de Azulon.