El espeso manto de nieve hacía difícil, prácticamente imposible, transitar los caminos. Pero aquello no importaba. A regañadientes, la pequeña pero bien seleccionada escolta cargó sus armas y equipaje en el mínimo tiempo posible y con la expresa orden de no llevar nada innecesario. En parte estaban orgullosos (escoltar a la familia real siempre es un honor), pero el que la reina y la princesa decidieran volver al hogar en lo más crudo del invierno, cuando los caminos eran invisibles, embarrados, y transitados ahora más que nunca por sabe Dios qué clase de rufianes se les antojaba un capricho estúpido propio de mujeres ricas y consentidas.
Pero además estaba ella. Todo el mundo recordaba vivamente como había sido encontrada y en qué condiciones. Sin embargo todos, menos la familia real, desconocían la identidad de la mujer. Enseguida empezaron a correr rumores, a cada cual más disparatado e increíble que el anterior. Las damas de compañía de la reina, aprovechando su influencia, intentaron sonsacar el nombre de la desconocida.
Había pasado una semana y el episodio aún era recordado con enormes carcajadas. Las damas no sólo no consiguieron que ni los monarcas ni la joven heredera soltaran prenda, sino que tuvieron que salir prácticamente corriendo de la habitación real con la princesa arrojándoles el mobiliario a la par que les gritaba lindezas tipo "viejas gallinas de corral". Enseguida el insulto fue convertido en apodo, y las mujeres en el hazmerreír de la corte de Lisieux.
El día de la partida amaneció gris y con un viento helador. Los ateridos soldados que formaban la escolta ayudaron a subir en la sencilla carroza a la reina y a la princesa; la tercera mujer iría tumbada en una litera tirada por dos enormes caballos percherones.
La despedida que le brindó el rey a su esposa fue tan glacial como el viento que soplaba. Se limitó a besarla cortésmente en la mejilla y a decirle que cuando llegaran a Glenhaven ella se lo hiciera saber. Tras un seco "adiós" por parte de los esposos la comitiva partió.
Sentada en la sencilla pero cómoda carroza, Aurora contemplaba el blanco paisaje invernal. Últimamente había nevado mucho, demasiado, lo que no era para nada corriente en Lisieux. Su madre no hablaba. Se limitaba a mirar por la pequeña ventana con la mirada perdida. Parecía serena, pero Aurora sabía que sólo el orgullo impedía que se derrumbara como una muñeca rota. La joven intentó animarla:
-Es extraño –dijo con tono alegre- Pero ha nevado mucho. Creo que eso en Lisieux no es nada habitual –ella seguía ensimismada, parecía no escucharla. Aurora sonrió de oreja a oreja- Bueno, no creo que sea malo. Los críos de Lisieux se lo van a pasar en grande.
Más silencio.
-¿Sabes? –saltó la joven. Todavía trataba de sonreír- Cuando era niña me encantaba la nieve. Hacía muñecos y batallas de bolas…
-Aurora -interrumpió su madre muy seria. Aurora cerró la boca al instante. La mujer se volvió para mirarla. Sonreía con tristeza y le brillaban los ojos, como si fuera a llorar de un momento a otro- Gracias –dijo con dulzura. Luego se volvió otra vez.
Aurora no volvió a sacar tema de conversación. Cerca del mediodía hicieron un alto para descansar. Mientras que los soldados se afanaban por encender lo más rápidamente posible una buena hoguera Fleur, con el pretexto de estirar un poco las piernas, se alejó del campamento. Aurora quiso seguirla, pero le bastó una sola mirada para comprender que lo que deseaba su madre era estar sola. Una vez la soberana estuvo lejos, los hombres empezaron a gruñir por tener que obedecer los caprichos de una mujer.
Al oírlos, Aurora sonrió. Comprendía el disgusto de sus hombres, que se veían obligados a pasar frío a la intemperie dejando atrás sus acogedores hogares. Luego pensó en Neriah y decidió ir a verla Salió de la carroza envuelta en su capa y se encaminó hasta la litera. De paso tuvo que esquivar la hoguera donde los soldados estaban apiñados. Al verla se pusieron firmes.
-Vaya una mierda de día, ¿eh? –les dijo con la mejor de sus sonrisas.
Aurora sonrió aún más al ver como los pobres soldados no sabían cómo responder. Seguro que nunca habían oído tales improperios por parte de una dama. Pero la joven no había encontrado ninguna palabra educada que expresara mejor cómo se sentía.
-¿Cómo estás hoy? –saludó la muchacha descorriendo la cortina.
Maleficent se incorporó de la litera y se encogió para que la joven pudiera sentarse.
-Mejor que ayer, pero peor que mañana –respondió socarronamente- ¿Dónde está tu madre, princesa?
Aurora emitió un largo suspiro antes de contestar.
-Seguramente ahora esté llorando. Últimamente mi padre y ella no hacen más que discutir…
-Y por supuesto está sola, ¿verdad? –Dijo Neriah- Fleur siempre ha sido así; nunca suele mostrar abiertamente sus sentimientos.
Aurora no contestó hasta pasado un buen rato. No quería seguir hablando de ése tema.
-Neriah…-empezó.
-No vuelvas a llamarme así –le recriminó la mujer con dureza- Me llamo Maleficent, ya lo sabes.
-Pues bien que respondiste a ese nombre cuando despertaste –contestó Aurora.
-¡Estaba delirando, maldita sea! –Bramó Maleficent, puesta a la defensiva- A ver qué cuernos quieres preguntarme…
-¿Cómo sobreviviste? –preguntó la joven secamente.
Aquella pregunta pilló a la mujer por sorpresa. Ella se esperaba alguna tipo "¿por qué me echaste la maldición?". Sin embargo, en todo el tiempo que llevaba con junto a la joven ella no le había preguntado nada sobre aquello. Le pareció extraño, pero decidió responder.
-Magia regenerativa –contestó, orgullosa- un hechizo difícil, muy difícil, que me apliqué a mí misma antes de luchar contra tu "príncipe"…
-Eso ya lo imaginaba –le interrumpió Aurora- Lo que quiero saber es: ¿Cómo te las has arreglado para seguir viva hasta que mi madre y yo te encontramos?
-Mi transformación en dragón había consumido casi toda mi energía mágica, y me temo que no podré recuperarla hasta pasados unos meses. Cuando aquel muchacho me hirió sobreviví gracias a mi hechizo, pero me quedaba tan poca magia que mi herida siguió abierta. Al verme derrotada huí
-Pero, ¿y la herida del pecho? –inquirió la joven.
-Ya te lo he dicho, mi hechizo me la curó. Al menos, la mayor parte de ella. Lo que tú has visto –añadió- no es nada comparado a como era cuando me hirieron.
Aurora asintió.
-¿Qué ocurrió después?
-Me las apañé como pude. Robaba la comida, evitaba a la gente, ese tipo de cosas. Viajé sin rumbo durante mucho tiempo. La verdad, nunca pesé que mis pasos me llevarían a Lisieux…
Aurora había dejado de escuchar. Su madre había regresado. La mujer dio una orden al capitán para que los soldados comenzaran a levantar el campamento. Acto seguido subió al carruaje.
-Perdona –dijo a Maleficent- Pero tengo que irme.
La joven se levantó apresuradamente y corrió la cortina de la litera. Maleficent oyó sus pasos alejándose a todo correr.
