Capítulo III

Llovía, a mares, en pleno Julio y eso suponía para ella un verdadero incordio, sobre todo aquel día, aquel preciso día en que por fin toda la pandilla había aunado la valentía suficiente para adentrarse en el bosque y averiguar quién era ese ser deforme del que todo el mundo hablaba.
Hermione miraba con disgusto como resbalaban las gotas de agua por el cristal de la ventana de su habitación, mientras Sarah le cepillaba los bucles de su castaño cabello.

—Mejor así —dijo la niña.

Pero Hermione no compartía la forma de pensar de Sarah. Tal vez sí sentía el mismo miedo que su amiga, pero la curiosidad era más fuerte que cualquier temor. Sumida en sus pensamientos dio un pequeño respingo cuando notó como algo se le subía encima; se trataba de Crookshanks el viejo gato himalayo de la abuela.

—Créeme, Hermione, quizás ahora no te lo parezca pero es lo mejor. No es buena idea eso de buscar problemas, pero ya sabes como son los Weasley, sobre todos esos endemoniados gemelos.

—Pues a mí me hubiese gustado ir.

—Tu madre no te dejará salir con lo que está cayendo ahí fuera.

Hermione resopló fastidiada mientras pasaba sus dedos por el sedoso pelo canela del animal, que ronroneaba con insistencia a cada caricia. La lluvia había amainado un poco aunque todavía pequeñas gotas mojaban el cristal de la ventana. El cielo estaba encapotado, gris y amenazante; un extraño día de verano, sin duda.

Con un suave movimiento invitó a Crookshanks a que dejara su regazo, el gato, antes de abandonar a Hermione protestó y se resistió un poco, pero fue en vano porque la niña se puso en pie y el animal terminó con sus cuatro peludas patas en el suelo.

—Me gusta tu vestido —comentó Sarah tumbándose bocarriba sobre la cama de Hermione.

—A mi madre siempre le gusta que vayamos bien vestidos a la iglesia, sobre todo si es domingo —aclaró Hermione con desdén mirando a través del mojado cristal.

—Voy a aburrirme mucho mientras espero que regreses de tu iglesia, ¿podrías prestarme uno de tus libros de cuentos? Así me distraeré un poco…

Sarah dejó de parlotear cuando se dio cuenta que Hermione no le prestaba ningún interés. En vez de eso, la niña parecía intercambiar gestos con alguien a través de la ventana. Sarah se puso en pie y se situó junto a ella, entonces pudo ver con claridad que la persona que había le había robado la atención de su amiga no eran otros sino Harry, Luna y los tres Weasley más jóvenes: Fred, George y Ron.

—¿Qué hacen aquí?

—Ya lo sabes, vienen a buscarme para ir a la cabaña del bosque, pensé que con esta lluvia lo habrían anulado ¡pero ya ves que no! —contestó Hermione con voz más animada.

—¿Le has dicho que no puedes ir, verdad?

—No, les he dicho que enseguida bajo.

Sarah abrió los ojos de par en par sin poder creer lo que sus oídos habían escuchado.

—Pero, está lloviendo…

—Sólo son unas gotas.

—Y tu vestido…

—Me pondré un chubasquero —contestó acercándose a su ropero.

—Tus padres vendrán a buscarte para ir a tu iglesia.

Hermione se detuvo en seco; eso era cierto y ni siquiera lo había pensado. Se le ensombreció el semblante, Sarah sonrió satisfecha. Durante unos segundos ambas se quedaron calladas, hasta que finalmente Hermione habló dirigiéndose a su amiga.

—¿Vas a venir?

—Oh, no puedo creerlo, ¿aún sigues pensando en ir con ellos?

—Por supuesto, no me voy a quedar aquí. Tengo dos horas para regresar antes de que mis padres se den cuenta de que he salido. ¿Vas a venir?

—No, es peligroso y para ti también —contestó Sarah cruzando los brazos sobre el pecho tajante.

—Entonces vas cubrirme.

—¿Cubrirte? No pienso hacer eso, quieres meterme en uno de vuestros líos. Si mi madre se entera que hago algo en contra de lo que tus padres ordenan…

No siguió hablando porque vio la tristeza y la ansiedad reflejadas en el rostro de Hermione. Chasqueó la lengua sabiendo que no podía soportar esa mirada de perrito desvalido. Ir a la cabaña no era buena idea, ese hombre, al que no conocían y cuyas oscuras intenciones ignoraban, podía hacerles daño. Si consentía que Hermione desobedeciese a sus padres y emprendiera aquella imprudente aventura con los demás, si le ocurría algo, si no volvía antes de las dos horas, la conciencia le remordería por el resto de su vida por no haberlo evitado.

—Está bien —cedió—, pero vuelve, solo te pido eso y los otros también.

—Oh, gracias, gracias, gracias —repitió Hermione abrazándola.

—Tienes otro problema.

—¿Cuál? —preguntó Hermione a la vez que se ponía su chubasquero.

—¿Cómo vas a salir de la casa sin que nadie se dé cuenta?

Hermione sonrió, se dirigió a la ventana, la abrió y se encaramó a ella.

—¿Vas a saltar? —se espantó Sarah.

—No.

La niña apoyó sus pies sobre una delgada cornisa de madera, caminó un poco por ella hasta que llegó a la rama de un viejo roble y descendió con una asombrosa habilidad hasta el suelo. Sarah entendió que no era la primera vez que Hermione había escapado de la habitación sin permiso. Antes de emprender una carrera hasta la verja donde los demás estaban esperándola, Hermione dijo adiós con la mano a su amiga, que la siguió con al mirada hasta que la perdió de vista.

Los gemelos caminaban encabezando el grupo, seguía lloviendo con menos intensidad pero eso no hacía dificultosa la caminata. Fred portaba una vieja y ajada brújula que, según él, funcionaba perfectamente y siempre indicaba el norte. George había dibujado un pequeño mapa en una hoja de papel, ahora humedecida por la lluvia y con la tinta algo corrida, los dos hermanos aseguraban que, con la brújula y el plano, todo iría sobre ruedas. El resto de la pandilla los seguía sin decir ni media palabra. Ron, de vez en cuando, echaba una ojeada a Hermione, preguntándose cómo podía ser tan remilgada para adentrarse en el húmedo y enfangado bosque con un vestido tan delicado y blanco como el que se vislumbraba bajo el chubasquero. Sin embargo, no pensaba hacer ningún comentario al respecto, no todavía. Aún recordaba que la niña le había ayudado el día de picnic en el río cuando entre los dos sacaron de las aguas aquel hermoso pez, por eso, esta vez, no le apetecía burlarse de ella.

Nada más incorporarse al grupo en la verja de la granja de la abuela, Hermione había echado en falta a alguien: Ginny. Harry, presto, le explicó que había amanecido indispuesta, le dolía la tripa y parecía tener algo de fiebre, así que, pese a que en un principio se resistió, no tuvo más remedio que quedarse metida en la cama.

—Podría haber venido —comentó George mirando con aire interesante el emborronado mapa—. Es una gallina.

—Ella prefiere decir que es prudente —la defendió Hermione, pasando a duras penas por encima de un enorme charco de barro.

—Sarah es una buena niña. Sus padres la han educado para que siempre haga lo correcto, por eso no ha querido venir porque piensa que esto que hacemos es peligroso o está mal. —Luna hablaba con su habitual tono de voz suave y conciliador.

—Es una gallina y punto —insistió George.

Anduvieron algunos minutos más hasta que por fin dejaron atrás el empedrado camino, el cielo se había vuelto todavía más gris, o esa era al menos la sensación que a Hermione le daba. Temerosa de que fuese a diluviar, decidió apremiar a sus amigos.

—Vamos chicos, mirad el cielo, va a llover mucho y me gustaría estar en casa para cuando eso suceda.

Ron bufó, Hermione decidió no responder a la provocación del muchacho. Ron era en ese instante el menor de sus problemas, si sus padres llegaba a enterarse de adonde se encontraba iba a ser muy difícil librarse de un buen y merecido castigo.

—Es imposible que puedas ver nada ahí —señaló Harry al mapa de George.

—Tienes razón, esto es un auténtico desastre. —El gemelo, rendido a lo evidente, lo dobló en varias partes y se lo guardó en el bolsillo del pantalón—. Será mejor que use mi sentido de la orientación, a ver… —Miró en derredor suyo rascándose con dos dedos la barbilla—. ¡Por ahí! —Indicó con decisión.

—Sí—confirmó Fred—. George sabe por donde hay que ir, sigámosle chicos.

Y así lo hicieron. Apenas habían recorrido unos metros, cuando unas gotas gruesas como perlas y numerosas como hormigas en un hormiguero comenzaron a caer sobre ellos. Corrieron buscando donde cobijarse de la lluvia, no era prudente hacerlo bajo un árbol puesto que Luna había visto como un rayo se dibujaba en el cielo gris y todos habían escuchado inmediatamente su rugir. Así que, para cuando hallaron el viejo puente que cruzaba el rio, ya era demasiado tarde y cada uno de los niños estaba empapado desde el cabello hasta las puntas de los pies, a pesar de ello, decidieron esperar bajo el arco de piedra. Hermione supo que ya estaba metida en un buen lío, aunque llegase a tiempo jamás podría tener el vestido seco para la hora de ir a misa. Con todo, en ese instante no deseaba pensar en eso, sino en cuando dejaría de diluviar para poder descubrir al fin el misterio de la cabaña y del hombre deforme.

Diez interminables minutos duró aquella violenta lluvia y luego escampó tan drásticamente como había empezado a llover. Uno a uno los empapados niños dejaron su escondite y volvieron al camino que George les había indicado con tanta seguridad.

Cruzaron por el puente con menos ánimo y más frío que cuando comenzaron la aventura. Pronto se adentraron en la espesa arboleda que conducía al pueblo, George continuaba encabezando la expedición junto a su hermano Fred. Todos siguieron sus pasos cuando ambos se desviaron del camino principal adentrándose aún más en el bosque, que, debido a las copiosas nubes grises, estaba más en tinieblas que nunca. Hermione sintió un escalofrío recorrer su espalda, estaba segura que no se debía a sus ropas mojadas sino al miedo que de repente le había embargado. Por primera vez desde que decidió unirse aquella mañana a sus amigos envidió a Sarah, calentita en casa, seca y segura.

—¡Es por allí! Creo que he visto humo.

La voz de George la devolvió a la fría y húmeda realidad.

—Seguro que ese monstruo está en la cabaña cuando lleguemos —susurró Ron torciendo el gesto.

—¿Por qué dices eso? No estamos seguros de que sea un monstruo —le reprendió Hermione.

—Tal y como lo describen no puede ser otra cosa —se ratificó Ron alzando la barbilla.

—No deberías juzgar a la gente por lo que oyes sobre ellos, tal vez después te arrepientas.

—¿Qué te pasa conmigo? Estás dándome la vara todo el tiempo, Hermione —se quejó Ron ceñudo.

—Es que… no sé, te comportas siempre como un idiota.

—Y tú crees que lo sabes todo, niña tonta.

Los dos niños se desafiaron con la mirada durante unos segundos hasta que presintieron que estaban solos. Efectivamente, el pequeño grupo habían seguido avanzando mientras ellos se habían quedado discutiendo. Hermione recorrió el lugar con la mirada notando como el corazón le daba un vuelco.

—¡Serán idiotas! No nos han esperado —farfulló Ron frunciendo el ceño.

—¿Por dónde han ido? —inquirió Hermione acercándose a su amigo y agarrándose de su brazo.

—No lo sé, pero no deben estar muy lejos. —Ron caminó unos pasos rastreando el suelo con la esperanza de poder encontrar algo que les sacase pronto de aquella situación desagradable.

De pronto vio algo que llamó su atención, Hermione seguía aferrada a su brazo con fuerza, dentro del bosque parecía de noche, las ramas de los árboles apenas dejaban pasar a través de sus hojas la luz del sol cuando este brillaba en el cielo, así qué, un día tan gris y nublado como aquel conseguía que dentro de la espesa arboleda la oscuridad fuese mucho más intensa que fuera de ella. Entendía el temor de Hermione porque él también lo sentía, mas no iba a dejar que ella lo notase. Era un chico y no un chico cualquiera, era un Weasley y los Weasley no temían a nada, o al menos, no debían aparentarlo.

—Son huellas, Hermione, sigámoslas seguro que pronto nos reunimos con los chicos.

Había aunado todo el valor del que era capaz para decir aquella frase sin titubear ni una sola vez, y hasta él mismo se sorprendió de lo firme y segura que pareció. Hermione también lo percibió porque, sin llevarle la contraria, se dispuso a hacer justamente lo que él proponía.

Caminar con Hermione tirándole del brazo era terriblemente incómodo, sobre todo cuando el camino era fangoso y resbaladizo. Por ello, decidió que era mejor tomar a la niña de la mano y juntos anduvieron largo rato sobre las pisadas marcadas en el suelo.
Hermione ya no tenía la esperanza de llegar a casa de su abuela antes de la hora señalada, en realidad, ahora lo único que le preocupaba era poder regresar algún día. Desde hacía largo rato se había percatado de que las huellas que seguían eran un poco extrañas, no parecían hechas por varias personas y mucho menos por niños. Eran pisadas grandes, dejadas por una sola persona y únicamente se señalaba la del pie derecho, la huella izquierda se resumía en un pequeño y redondo hueco. No había querido decirle nada a Ron de sus temores, pero algo en el rostro del muchacho le hacía creer que él también había advertido lo mismo. Sin esperarlo, Ron tiró de su mano hacia abajo con fuerza logrando que la niña se hincase de rodillas en el suelo.

—Es la cabaña —susurró el pelirrojo con el semblante lívido.

Hermione comprobó con sus propios ojos que Ron estaba en lo cierto. Era una vieja casa de madera con el techo de brezo algo desecho. Por la chimenea salía humo con intensidad. En un pequeño cercado había dos cabras y un cerdo que revolcaba su enorme y redonda panza por el barrizal.

—¿Y los chicos?

—No los veo —contestó Ron irguiéndose un poco para tener mas campo de visión.

—Han debido llegar antes que nosotros. —Hermione se tapó la boca con ambas manos, soltando la de Ron por primera vez desde que iniciasen la caminata a solas—. ¿Y si ese hombre los ha secuestrado?

El pelirrojo palideció aún más con las palabras de Hermione, a él también se le había pasado por la cabeza aquella horrible idea.

—Voy a acercarme un poco más, tú quédate aquí, podría ser peligroso —dijo Ron titubeante.

—De eso nada, no pienso dejarte solo —protestó Hermione.

—Esto no es cosa de chicas…

—Son mis amigos, Ron, no se trata de si soy chica o no, pienso ir y no vas a impedirlo.

Si algo conocía bien de aquella niña, era que lo increíblemente terca que podía llegar a ser, de esa forma y aunque le molestaba sobre manera que no acatase sus ordenes, Ron cedió y agarrando nuevamente a Hermione de la mano, comenzaron a caminar sigilosamente, escondiéndose detrás de cada árbol y arbusto que salía a su paso, hasta que, finalmente, llegaron junto a la cabaña. Ron hizo una señal con la mano para que Hermione continuase agachada, él era mucho más alto que la niña y le sería mas fácil mirar a través de la ventana. Con el corazón en un puño, el pelirrojo paseó sus ojos azules por el interior de la casita de madera, temeroso de ver que sus hermanos o alguno de sus amigos pudiesen estar retenidos allí dentro. Los empañados y sucios cristales apenas le dejaban ver, sólo podía intuir bultos de colores difuminados; al menos no había ni rastro del hombre deforme.

—Voy a entrar —resolvió dispuesto.

—¡Estás loco! —Hermione tiró del brazo de Ron hacia abajo, dejándolo a su nivel—. Ese hombre puede ser un demente, un asesino, no voy a permitir que entres.

—No veo nada, niña, y no puedo dejar de pensar que tal vez mis hermanos, Harry o Luna estén ahí dentro.

—Lo mejor será llamar al señor Fawcett —sugirió Hermione muy nerviosa.

—No, mientras avisamos a la policía, sabe Dios qué cosas horribles podría hacerles. —Ron se estremeció.

—Ni siquiera estamos seguros que se encuentren ahí dentro…

—¡Ladronzuelos! Malditos pillos.

Hermione y Ron fueron levantados del suelo con gran brusquedad cada uno por un brazo. Ante los aterrados ojos de los niños se encontraba un hombre alto y fornido, su grisáceo cabello le cubría parte de los hombros y de la cara llena de horribles cicatrices, le faltaba un trozo de nariz, aunque lo más característico de su horrible aspecto, era el ojo de cristal redondo y de color azul eléctrico que los miraba fijamente, sin pestañear. Hermione ante el pavoroso aspecto del hombre desvió la vista al suelo y entonces pudo observar que también le faltaba una pierna y en su lugar llevaba una prótesis de metal, enseguida, la niña relacionó las huellas que habían estado siguiendo con aquel hombre.

—Us… usted… ¿Ha visto a nuestros… amigos? —preguntó Ron con la voz quebrada por el pánico.

—Así que —miró alrededor suyo y luego fijó su ojo de cristal en los niños que sujetaba—, ¿hay más de vosotros rondando por aquí, no? —Los soltó, pero ni Ron ni Hermione se atrevieron a dar un paso—. Miraos, estáis empapados ¿a qué habéis venido? ¿Queríais ver al monstruo con vuestros propios ojos, insensatos?

Ron tragó saliva tan bruscamente que incluso su amiga pudo oírlo, ella bajó la mirada de nuevo, esta vez más avergonzada que aterrada, porque el hombre parecía ofendido.

—Nosotros…

—Pues ya lo habéis visto, soy más horrible de lo que cuentan ¿verdad? —Se separó de los niños, agarró una pala que quedaba cerca de él y se marchó rumbo al cercado de los cerdos.

—Los chicos no están aquí —susurró Hermione a su amigo.

—¿Cómo estás tan segura? —inquirió Ron sin apartar la vista del extraño hombre.

—Lo sé, no es un monstruo y me gustaría saber por qué tiene esas cicatrices. —Sin decir nada más, Hermione comenzó a caminar hacia el cercado.

—Eh, Hermione, niña loca ¿Dónde vas? ¡Vuelve aquí! —gritó Ron aterrorizado, pero ella no quiso oírle y finalmente no tuvo más remedio que aunar valor y seguirla; él era el chico, debía protegerla si se diese el caso.

Con la pala, el hombre limpiaba un poco el terreno donde convivían el cerdo y las cabras. Hermione se dejó caer sobre el travesaño de madera, con Ron muy cerca de ella, pero a una distancia más prudencial que su amiga.

—Deberíais iros, estáis mojados y no creo que a vuestros padres les agrade que os encontréis en mi casa.

—Queríamos pedirle disculpas, señor…

—Moody, mi nombre es Alastor Moody, aunque desde el final de la gran guerra todos me llamaron "ojoloco Moody".

—¿La gran guerra ha dicho? —exclamó Ron aproximándose más al cercado. —Mi padre estuvo allí, dice que fue horrible.

—Como todas las guerras, niño.

—No es usted un soldado, ¿verdad? —se entusiasmó Ron.

—No, era capitán y muy bueno, aunque esté mal decirlo.

Ron se quedó pensativo unos segundos escrutando el rostro desfigurado de aquel hombre, en seguida, sus labios se curvaron en una sonrisa y exclamó:

—¿El capitán A. Moody? ¡No puedo creerlo! He oído a mi padre hablar cientos de veces de usted, no sabe cuánto le admira, pero él piensa que usted murió.

—Él y muchos otros, supongo. ¿Quién es tu padre? —Torció el gesto con curiosidad.

—Arthur Weasley, regimiento de caballería.

—¡Por supuesto! —Moody soltó una grave risotada—. ¡El joven Weasley! Tenía el pelo más rojo que he visto en mi vida, igual que tú. —Alborotó con su ruda mano el cabello de Ron y luego sonrió mientras decía—: Era casi un niño pero ¡por Dios Santo! montaba a caballo mejor que ninguno de nosotros.

Ron infló el pecho orgulloso al escuchar las palabras del viejo capitán.

—Entonces, eso —Hermione se señaló en el rostro—, sus cicatrices son de guerra.

—Así es, pero las heridas cicatrizan, niña, los recuerdos te persiguen para siempre. ¿Queríais saber si soy un monstruo? —Los miró fijamente con su ojo de cristal, Ron se estremeció—. Lo soy, he matado gente, tal vez tan inocentes como lo éramos nosotros. La guerra convierte al hombre en un monstruo capaz de hacer y sentir lo peor.

Desvió la mirada al suelo y prosiguió con su tarea.

—¿Y su familia?

—No tengo.

—¿Esta cabaña es suya?

—Ahora sí, perteneció a la familia de un compañero de trincheras. Él murió y antes me dijo que le gustaría que me la quedase yo. Con mi aspecto, vivir lejos de los hombres, de sus miradas, es mucho más fácil; los árboles no hacen preguntas —contestó mientras salía del cercado cojeando.

Hermione volvió a avergonzarse de su curiosidad porque tal vez había vuelto a importunar a "ojoloco".

De pronto, los dos niños se quedaron mudos, detrás del hombre avanzaban el resto de sus amigos. George los encabezaba portando un enorme palo de madera mientras que Fred, con un gesto, les indicaba que se mantuvieran en silencio para no ser descubiertos. Ron entendió que pretendían dar un golpe a "Ojoloco", quizás pensando que trataba de hacerles daño. Los dos niños se miraron y con rapidez, pasaron por delante del hombre, gritando:

—¡No! ¡George no lo hagas! ¡No es un monstruo! ¡Es el capitán A. Moody!

Alastor Moody se giró pudiendo ver así al resto de los niños que se habían quedado muy confusos con la reacción de Ron y Hermione y con el aspecto de aquel extraño hombre.

—¿Así que vosotros sois el resto? Os estábamos esperando —saludó con voz grave.

Luna se escondió detrás de Harry, George no bajó el palo —por si las moscas—, Fred no entendía nada de lo que estaba ocurriendo. Entonces, Ron y Hermione se acercaron a ellos y comenzaron a contarles todo lo que habían averiguado sobre aquel hombre. Enseguida, George dejó caer el palo al suelo y se acercó a saludarlo con entusiasmo, era el capitán y había servido en la misma guerra que su padre.

—Es todo un honor, señor Moody —dijo estrechándole la mano—. A mi padre le encantaría volver a verle, pensábamos que había muerto. Estoy seguro que en cuanto sepa donde vive querrá venir a visitarlo.

—Y yo no tendré ningún inconveniente en saludarlo.

En menos de nada, los niños perdieron todo el miedo que aquel hombre les había causado durante semanas. Alastor los invitó a té, que resultó estar un poco aguado pero las historias que les contó suplieron con creces el desagradable sabor de la bebida. Hermione estaba tan entusiasmada con todas aquellas peripecias que Ojoloco narraba, siempre con voz seca y grave, pero con el fervor de haberlas vivido, que no se dio cuenta que el tiempo ya jugaba en su contra, hasta que Harry dijo:

—Es agradable saber todas esas cosas, capitán, pero tal vez deberíamos irnos. Los Weasley deben estar esperándonos para ir a la iglesia.

En ese instante, a Hermione se le vino el mundo encima, se acordó de la hora, de su promesa a Sarah de regresar antes de tiempo, de su vestido sucio y empapado de agua y sobre todo de sus padres. Se puso en pie y, sin despedirse, salió de la cabaña y comenzó a correr a través del bosque.

El camino de regreso se le hizo eterno, a pesar de que se acordaba perfectamente por donde debía ir, todo estaba enfangado y eso dificultaba su carrera. El cielo se había vuelto a oscurecer y, antes de llegar a la mitad del recorrido, comenzó a llover copiosamente una vez más, con todo no iba a detenerse, no había tiempo para refugiarse. Corrió y corrió bajo la lluvia hasta que sus ropas pesaron más que ella misma y al fin pudo ver la granja de su abuela. Trepó por el viejo árbol y se encaramó a la cornisa hasta que finalmente entró en su habitación. Un charco enorme de agua se formó bajo sus pies. Respiraba violentamente, pudo ver a Sarah sentada sobre su cama con la cabeza gacha, a su lado de pie y con los brazos en jarro se encontraba su madre, el ceño fruncido y la mandíbula tensa. Supo que la situación estaba mucho peor de lo que podía imaginar cuando vio como su madre daba golpecitos en el suelo con el zapato de su pie derecho.

—Hermione Jean Granger, estás castigada, muchachita.


Gracias a todos por seguir ahí un año más ¡Feliz 2013!

Un besazo y nos vemos...