Harry Potter pertenece a JK Rowling.


Capítulo II: Al otro lado del espectro

«¿A dónde he ido a parar? ¿En qué isla he naufragado?»

Ismael Serrano.


La curiosidad mata al gato, es un dicho que se hace realidad en cuanto Kevin comienza a leer los títulos de libros de Stewart.

Es inquietante que una buena parte de ellos contengan unas evidentes indicaciones mortíferas: maldecir a los enemigos hasta la muerte, por qué la gente mágica —la realeza— se rebaja a juntarse con los campesinos, qué pociones existen pero han sido aprobadas recientemente por el Ministerio de Magia, por qué la supremacía de sangre es importante para preservar el verdadero linaje mágico… El que Defensa Contra las Artes Oscuras haya mutado a Artes Oscuras es tétrico. ¿Qué tipo de cosas se enseñará en una clase donde torturar será lo único que sí importará? Sea quien sea que imparta Artes Oscuras, no será alguien a quien le preocupe el bienestar de los estudiantes o, para qué ser tan específico, de Hogwarts en general.

Estudios Muggles se ha vuelto una clase obligatoria, desde primero hasta séptimo deberán asistir. No hará suposiciones de quién impartirá esta; pero sea quien sea, apuesta que lo que menos se enseñará es cómo los muggles se desenvuelven sin las comodidades de la magia. Les enseñarán que no merecen vivir, que son escoria y que merecen ser cazados hasta que no quede nadie.

Una tipo de vuelta de tuerca enfermizo para los Juicios de Salem.

Al menos no lo vivirá Kevin; él no formará parte de toda esta nueva loca del Ministerio de Magia, él terminará más cuerdo que los demás de su generación.

—Te encanté la mochila —dice Stewart. Se avergüenza por olvidar que su amigo continúa ahí—. Te daré una parte de mi armario.

Está a punto de decir «no pensé que llegaría tan lejos» pero decide que no. En su plan de escape existen tantas fallas para que salgan que no las buscará; están ahí, ¿qué se le va a hacer? Kevin no es del tipo que ocupa su energía planificando una estrategia: todas fracasan en algún momento de un modo en que el estratega no ha esperado, entonces, ¿para qué esforzarse en pensar en una, o en pulir una hasta que sea pasable? Le articula un «gracias» carente de emoción, muy vacío para que sea memorable; pero lo es; sin saber cómo o por qué los dos saben que es la única certeza que van a tener hasta quién sabe qué fecha, de un modo ambos saben que quizá esta sea la última vez que se vea.

¿Para qué pelear, criticar o insultar?

Kevin puede huir, Stewart está obligado a quedarse. Ambos ponen en riesgo a sus respectivas familias: si Kevin se queda, los Whitby morirán; si Stewart expresa lo que siente, lo que debe estar cruzando por su mente, los mortífagos se encargarán de que sea lo último que haga, o vendrán por los Ackerley. Kevin y Stewart se miran a los ojos. Mantener las convicciones firmes, arraigadas al alma, no ceder ante el lavado de cerebro y no ceder antes las provocaciones de nadie. Eso es todo, no hay más. No habrá nada más una vez que se haya separado. Quizá nunca vuelva a oír la risa de Stewart, quizá sea la última vez que Kevin podrá comportarse como un adolescente asustado.

Pese a, no es una opción hacer de este día algo memorable. Vivir el ahora como si no hubiese un mañana es tentador y una estupidez en partes iguales. Le atraen ese tipo de historias, son conmovedores y hacen que algunos de los amigos de Kevin se replanteen el sentido de todo; y todo cambia, mira cómo cambia, cuando se está al otro lado del espectro. Hay tantas cosas que no podrá decir, que no podrá hacer en compañía de Vivian y Geoffrey.

Lo que más le incómoda es que ellos vivirán creyendo que Kevin es completamente normal, que él está muy seguro y que lo más riesgoso que le pueda suceder es caerse de las escaleras.

Las palabras «por favor, ten cuidado» son una sátira ahora. Ver el cadáver de un Hufflepuff, aguantar la actitud de una bruja sádica y enterarse de lo que es estar en una guerra ha sido una llamada de atención que Kevin no puede ignorar, no importa cuánto lo intente o lo mucho que se convenza que nada pasa mientras Dumbledore esté vivo.

Dumbledore ha muerto; ¿qué ha pasado aquella noche? ¿Por qué no han aclarado la causa de la defunción? ¿Por qué se ha aferrado tanto a «mientras Dumbledore esté en Hogwarts, El Que No Debe Ser Nombrado no atacará» como si fuese su propio escudo personal? ¿Cómo puede pensar en escapar? ¿En qué ha pensado? ¿Por qué todavía está aquí? ¿Por qué no está aprovechando al señor y la señora Whitby ahora que puede?

¿Por qué…?

Un par manos se ponen tentativamente en sus hombros y lo zarandean. Al enderezarse, nota un pánico que sólo ha visto en Stewart una vez. Hace un año, después de que ha visto cómo aquella alumna ha sido suspendida en el aire, sin que nadie lo pudiese evitar y emitiendo un grito que puede romper todos los espejos de una casa. Aunque Dumbledore haya estado vivo por aquel entonces, el sólo recordatorio del ataque a Katie Bell ha sido horrible. Ni Hogwarts es tan seguro, ni Dumbledore puede impedir todo y, para empeorar todo, hay alguien que ha atacado a los demás como si fuesen simples juguetes que han perdido su utilidad.

Kevin se ha espantado, Stewart ha enmudecido. La historia se ha distorsionado de boca en boca, y Stewart no ha confirmado nada. «Todo estará bien», le ha dicho a su amigo. «Bell vivirá. Todo va a estar bien. Estamos a salvo… Todavía lo estamos». Cuando las pesadillas de Stewart no han disminuido pese a que ha pasado una semana, le ha pedido ayuda a la enfermera. Madame Pomfrey le ha regañado por no haber llevado a Stewart antes.

Una poción para dormir sin soñar y asunto arreglado.

O eso es lo que le hubiese encantado.

—No les des la victoria —susurra Kevin. Puede que sea una guerra, puede que alguien desaparecido es alguien muerto pero… No puede perder a un amigo. No lo soportará, ya ha tenido suficiente con el ataque a Katie Bell y ver el cadáver del director. No quiere asistir al funeral de nadie. Es por eso que se va—. Por favor, no lo hagas. Yo… yo no lo haré.

—Sé que no. Lo haré —dice Stewart. Guarda todo y cierra la mochila; se queda viéndola durante minutos hasta que se la devuelve a Kevin, sin apartar los ojos del suelo—. No te molestes en inventar una excusa para mis padres. Ellos te dejarán ir.

—¿Y por qué el señor Ackerley…?

—Es el antiguo procedimiento del ministerio —responde Stewart—. Leyó tu mente. Vio que eras tú o no estarías aquí. No te mataría, pero tampoco te dejaría irte con tu memoria intacta. Papá sólo… Lo siento, Kev, pero creo que lo mejor será que te vayas ya.

Kevin suspira y asiente.

—Lo sé, lo sé. Ya me voy. Gracias por la ayuda, Stewart —dice. ¿Por qué se ha quedado? ¿Por qué no se ha ido antes? No puede dejar a Stewart tan afligido, pero su amigo le está echando de su palacete. Trata de no tomárselo como algo personal y, tras convencerse de que esto es lo mejor que puede hacer, se dirige hacia la salida—. Lo siento.

—Busca a alguien —dice Stewart. Kevin se detiene, no se voltea—. A otro nacido de muggle, creo que serán fáciles de diferenciar. Manténganse juntos y tendrás más posibilidades de sobrevivir.

—Puedes venir conmigo.

—Lo sé.

—Te protegeré.

—Lo sé.

—Y no lo harás.

—Lo siento —murmura Stewart.

Dándole una silenciosa despedida a su amigo, se va. Ya no hay vuelta atrás, ya no hay que mirar atrás.

Nunca más.