Capítulo 2
Los personajes pertenecen a S.M y la historia es una adaptación.
Edward vació el vaso de whisky de un trago, intentando mellar la mordedura de sus emociones mientras esperaba a Bella en la terraza de la villa.
Se había prometido distanciamiento y fría calma, pero esa resolución había durado hasta que ella bajó del avión. Igual que su plan de no hacer referencia a su situación. Las emociones conflictivas se habían desatado como una tormenta interior, que había empeorado al ver la ausencia de respuesta de Bella, que había convertido en un arte la ocultación de sus sentimientos.
Edward, deseando tener tiempo para ir a correr un rato y quemar la adrenalina que le abrasaba las venas, llevó los dedos al cuello de la camisa blanca de vestir y lo aflojó un poco. Rellenó el vaso con mano temblorosa.
Ella seguía culpándolo, era obvio, pero también seguía sin querer hablar del tema. Él lo había intentado después del suceso, pero ella parecía conmocionada. Su reacción a la pérdida del bebé había sido mucho peor de lo que él había esperado.
Él había atemperado su propia tristeza con realismo. Esas cosas ocurrían. Su madre había perdido dos bebés, su tía, uno. Era el primer embarazo de Bella y él había estado filosófico.
Ella, inconsolable. Y testaruda.
Aparte del mensaje que había dejado en su buzón de voz, diciéndole «que no se molestara en abreviar su reunión porque había perdido el bebé», se había negado a hablar de lo ocurrido.
El sudor perló su nuca y deseó por enésima vez no haber apagado el teléfono antes de entrar a esa reunión. Si hubiera contestado a la llamada, ¿estarían en una situación distinta?
Al pensar en la celebración que tenía ante sí, deseó vaciar la botella de whisky. Anestesiarse para paliar su dolor. Tal vez odiaba las bodas porque su matrimonio había sido un desastre total.
Una parte de él deseaba que su hermana se hubiera fugado sin más. Pero se casaba con un siciliano y sería una boda siciliana tradicional. Se esperaba que él, como hermano mayor y cabeza de familia, jugara un papel importante en las celebraciones. El honor de la familia y la imagen de la dinastía Cullen estaban en juego.
–Estoy preparada –dijo una voz a su espalda.
Él tomó aire antes de darse la vuelta. Aun así, la conexión fue inmediata y poderosa. Era como estar atrapado en una tormenta eléctrica. El aire chisporroteaba y siseaba a su alrededor desde que ella había cruzado el umbral.
«¿Preparada?». Estuvo a punto de echarse a reír. Ninguno de ellos estaría nunca preparado para lo que estaba por llegar. Su separación había atraído casi tanta atención como su boda. Esa noche no habría cámaras, pero los invitados sentían una macabra fascinación por saber cómo iba a tratar a la mujer que lo había abandonado de manera tan escandalosa.
Al mirarla, la atracción le atenazó el estómago. Su cuerpo, esbelto y en forma, estaba envuelto en un vestido de fina seda azul. El vestido no habría tenido perdón con la mayoría de las mujeres, pero Bella no necesitaba perdón. Su cuerpo era su imagen de marca, y se vestía para lucirlo y publicitar su empresa. No le habría sorprendido ver la dirección de su página web impresa en el bajo: Fitness Cullen. Él había sido quien, viendo su potencial, la había animado a expandirse y pasar del entorno personal al corporativo.
No era bella en el sentido clásico, pero su coraje y su empuje habían sido mejor afrodisiaco que una melena rubia y un pecho generoso. Solo él sabía que la apariencia sobria y el carácter de tigresa escondían una inseguridad monumental.
Viendo su aspecto exterior nadie habría adivinado el caos que era por dentro; él nunca había conocido a nadie más traumatizado que Bella. Había tardado meses en conseguir que se abriera un poco y, cuando lo hizo, la cruda realidad de su infancia lo había impactado. La sucesión de casas de acogida y abandonos le había ayudado a empezar a entender por qué era tan distinta de otras mujeres.
Se preguntó si había sido arrogancia lo que le había hecho creer que podía derribar sus defensas. Le había exigido confianza a quien no tenía razones para confiar y el resultado final había sido terrible.
Toda culpabilidad que pudiera haber sentido por su comportamiento entonces, la había borrado la ira de que ella no le hubiera dado la oportunidad de arreglarlo. Había puesto fin al matrimonio con la firmeza de un verdugo, rechazando tanto una conversación racional como los diamantes que le había comprado a modo de disculpa.
Estudió su rostro buscando algún rastro de arrepentimiento, pero no lo vio. Ella se había adiestrado para no revelar nada y no confiar en nadie. Sacarle información había sido todo un reto.
–La habitación con vistas al jardín ha pasado de gimnasio a sala de cine –comentó ella, neutral.
Sin duda lo había notado porque ese era su trabajo, y Bella se entregaba a su trabajo al cien por cien. Por eso la habían querido en su empresa. Desde que la prensa había proclamado su éxito con una actriz con exceso de peso, Bella Swan se había convertido en la entrenadora personal que todos deseaban. Que hubiera accedido a asesorar al hotel había sido una suerte para ambos. Sus apellidos eran una combinación ganadora.
Swan se había convertido en Cullen. Y entonces la combinación había estallado.
–No necesito un gimnasio cuando estoy aquí.
Edward frunció el ceño al ver la fina cadena de oro que rodeaba su cuello. Que llevase puesto algo que no reconocía elevó su tensión al máximo. Él no le había dado la cadena, ¿quién había sido?
Por primera vez, imaginó unas manos masculinas poniéndosela en el esbelto cuello. Otro hombre tocándola, preguntándole sus secretos…
El ruido del vaso estrellándose contra el suelo lo devolvió a la realidad.
–Iré a por un cepillo –Laurel retrocedió, mirándolo como si fuera un tigre salvaje.
–Déjalo.
–Pero…
–He dicho que lo dejes. El servicio lo recogerá. Tenemos que irnos. Soy el anfitrión.
–Todos los invitados se harán preguntas.
–No se atreverán. Al menos, públicamente.
–Perdona –rio con amargura–. Había olvidado que puedes controlar el pensamiento de la gente.
Edward no sabía cómo iba a sobrevivir a las horas siguientes. El collar de oro destelló al sol, incitándolo. Impulsivamente, agarró la mano izquierda de ella y la alzó. Ella emitió un sonido ronco y tironeó, pero él apretó más, asombrado por el dolor que le causó ver el dedo desnudo.
–¿Dónde está tu alianza?
–No la uso. Ya no estamos casados.
–Estamos casados hasta que estemos divorciados, y en Sicilia eso requiere tres años… –apretó los dientes y sujetó su mano con fuerza.
–Es un poco tarde para ser posesivo. El matrimonio es más que una alianza, Edward, y más que un trozo de papel.
–¿Tú me dices a mí lo que es el matrimonio? ¿Tú, que trataste el nuestro como algo desechable? –indignación y furia se unieron en un cóctel letal–. ¿Por qué no llevas la alianza? ¿Hay otra persona?
–Este fin de semana no tiene que ver con nosotros, es por tu hermana.
Él había querido una negativa. Había querido verla reír y decir: «Claro que no hay otra persona, ¿cómo podría haberla?».
Había querido que admitiera que habían compartido algo único y especial. Sin embargo, ella lo desechaba como un error del pasado.
Llevado por una emoción que no entendía, agarró sus hombros y la atrajo hacia sí, sin control. El que ella pareciera indiferente intensificaba su necesidad de obtener una respuesta.
Bella perdió el equilibrio un instante, cayendo hacia él. Bastó ese leve contacto para que el calor de sus cuerpos se mezclara. Ella jadeó y él sintió una intensa oleada de deseo. Eso confirmaba lo que él ya sabía: la química seguía siendo tan potente como siempre. Él supo que iba a besarla y que, si empezaba, no podría parar. Por lo visto, ni siquiera su traición había cambiado eso.
–No hay nadie más –dijo ella–. Una relación pésima en la vida es suficiente.
Sus palabras actuaron como un cubo de agua fría sobre el rescoldo de las llamas. Edward la soltó con tanta rapidez como la había agarrado. Durante toda su vida las mujeres se habían arrojado a sus pies, y había asumido como derecho poder conseguir a la mujer que quisiera. Entonces había conocido a Bella y recibido el bofetón de su propia arrogancia.
–Esperan nuestra presencia en la cena –Edward se apartó de ella, necesitaba espacio.
–Voy a llamar a Alice y a explicarle que estoy cansada. Lo entenderá.
Era cierto que estaba pálida y sus ojos parecían enormes, pero él sabía que su reticencia no tenía nada que ver con la fatiga. Edward se preguntó cuánto tendría que pincharla hasta que ella dejara de vigilar cada una de sus palabras. Lo ridículo era que aún no habían hablado de lo ocurrido.
–¿Por qué iba a inquietarte tu conciencia ahora, si no lo hizo hace dos años? ¿O es cobardía porque te da vergüenza ver a mi familia? Has venido por lealtad a mi hermana, así que veamos esa lealtad en acción –no pudo decir más. Ella se dio la vuelta y, como si hubiera aceptado su destino, avanzó rápidamente por el estrecho camino que, entre jardines, conducía a la parte principal del hotel.
Llevaba el cabello recogido en un severo moño que exponía su esbelto cuello. Él bajó la mirada hacia la curva de su trasero, perfectamente esculpido gracias a flexiones y más flexiones.
De humor turbulento, Edward la siguió, resistiéndose a la tentación de apretarla contra un árbol y exigir que le dijera qué había pasado por su mente alocada cuando decidió destrozar lo que habían creado juntos. Deseaba sacar a la luz el tema que ella evitaba. Pero sobre todo deseaba arrancarle la delicada cadena de oro del cuello y sustituirla por una de las joyas que él le había regalado, que anunciaban al mundo que era suya.
Incómodo por la bajeza de sus pensamientos, tardó un momento en darse cuenta de que Bella se había quedado quieta en el acceso a la terraza.
–Bella –Santo estaba allí. Santiago, su hermano menor, exaltado y sobreprotector, que se sentía responsable por haber contratado a Bella como entrenadora personal cuando decidió correr la maratón de Nueva York. Sin su presentación, Edwdar no la habría conocido nunca.
Santo la miraba con fijeza y desagrado.
Bella se enfrentó a la mirada amenazadora sin parpadear. Edward no pudo evitar un destello de admiración. Allí estaba, rodeada de gente que sentía animadversión hacia ella y se encaraba sin dar marcha atrás. Bella era una luchadora.
Y eso era parte del problema. Estaba tan acostumbrada a defenderse que era virtualmente imposible conseguir que bajara la guardia. Consciente de que, si quería que la velada transcurriera sin explosiones, era él quien debía poner calma, Edward se adelantó.
–¿Está Alice aquí?
–Está esperando para entrar –la mirada gélida de Santo seguía fija en Bella, que se la devolvía, retadora. A Edward lo exasperó su testarudez.
–Estás descuidando a los invitados, Santo –Decidiendo que una muestra de solidaridad calmaría las cosas, se obligó a agarrar la mano de Bella y lo sorprendió que estuviera fría como el hielo y le temblaran los dedos. Sorprendido, miró su rostro; ella tironeó para liberar la mano, pero él no lo permitió. Tal vez, si hubiera hecho eso dos años antes, no se habría ido. Su desastrosa infancia la había marcado con inseguridades más profundas que el océano. Por fuera era una mujer de negocios brillante y competente. Por dentro era un pantano de emociones movedizas. Él había creído que su cordura y equilibrio serían suficiente para los dos.
Se había equivocado.
–No hace falta que me protejas –le dijo Bella, fiera, mientras Santo saludaba a unos invitados.
–Protegía a mi familia, no a ti –Edward la soltó–. Es la noche de Alice, sobran las escenas.
–No pensaba hacer ninguna escena. Sois vosotros los que no controláis vuestras emociones. Yo me controlo perfectamente.
Edward pensó que ese era el problema, siempre lo había sido, pero no lo dijo.
–¿Bells? –la voz de Alice sonó a sus espaldas, seguida por un destello verde intenso y el crujido de la seda cuando se lanzó sobre Bella y la rodeó con los brazos–. ¡Estás aquí! Tengo mucho que contarte. Necesito que vengas cinco minutos para enseñarte algo –sin darle tiempo a contestar, agarró su mano y la llevó hacia la villa.
Edward observó su marcha, preguntándose cómo su hermana había atravesado la coraza protectora mientras él se quedaba fuera. Santo se reunió con él, con expresión tormentosa.
–¿Por qué accediste a eso?
–Era lo que Ali quería.
–Pero es lo peor para ti. Dime que no has pensado, siquiera un momento, en dejarla volver.
Edward contempló a Bella del brazo de su hermana. Se movía con la gracia de una bailarina y la fuerza de una atleta. El sutil bamboleo de sus caderas era muy sensual. Y en la cama…
–No lo he pensado –apretó los dientes.
–¿No? –Santo miró a una bonita rubia–. Muchos hombres no te culparían si lo hicieras. No se puede negar que Bella está de escándalo.
–Si no quieres entregar a nuestra hermana luciendo un ojo morado –gruñó Edward, –no digas que mi esposa está de escándalo.
–No es tu esposa. Está a punto de ser tu exesposa. Cuanto antes, mejor.
–Creí que Bella te gustaba.
–Eso era antes de que te dejara –Santo seguía mirando a la rubia–. ¿Mi consejo? Ella no merece la pena. Deja que se la quede otro hombre.
De repente, Edward vio rojo. Estrelló el puño en la mandíbula de su hermano y lo aplastó contra la pared.
Santo tardó un instante en recuperarse de la sorpresa, después lanzó el peso contra su hermano y cambió de posición. Edward se encontró contra la pared. La piedra se le clavaba en la espalda y unas manos de hierro lo atrapaban.
–¡Basta! Parad, los dos –clamó Emmet, un amigo de Edward de toda la vida, que además era el abogado que se encargaba de los trámites de divorcio. Los separó y se interpuso entre ellos–. Calma. No os había visto pelearos desde los dieciséis años. ¿Qué pasa aquí?
–Le he sugerido que deje que otro hombre se quede con Bella –dijo Santo, mirando fijamente a su hermano y tocándose la mandíbula.
Edward dio un paso hacia delante, pero Emmet plantó una mano en el centro de su pecho. Santo, sorprendentemente tranquilo, se ajustó la pajarita.
–Sírvete champán, Emmet. Estamos bien.
–¿Seguro? –el abogado miró hacia la terraza. Por suerte, nadie parecía haber notado lo ocurrido–. Hace un momento estabas fuera de control.
–No estaba fuera de control… –Santo se lamió el labio partido– quería la respuesta a una pregunta y ahora la tengo –Santo miró a Edward mientras Emmet se alejaba–. Si eso es amor, me alegro de haberlo evitado tanto tiempo porque, desde donde yo lo veo, parece un infierno.
–No es amor –refutó Edward.
–¿No? –Santo enarcó una ceja y se limpió la sangre de la boca con el dorso de la mano–. Entonces, deberías preguntarte por qué me has atizado por primera vez en casi dos décadas.
–Has sugerido… –fue incapaz de repetirlo.
–Era para comprobar cuánto has progresado en estos últimos dos años. La respuesta es que no mucho –agarró dos copas de champán de una bandeja y le dio una a su hermano–. Bebe. Te va a hacer falta. Ya pensaba que tenías un problema, pero es mucho mayor de lo que imaginaba.
–Edward acaba de darle un puñetazo a Santo. Un horror, la verdad, porque ahora saldrá con la barbilla morada en mis fotos de boda –alzando el vestido para no arrugarlo, Alice se arrodilló en el asiento empotrado bajo la ventana para ver mejor el patio–. Y ahora Santo lo tiene apretado contra la pared. No les he visto pelear desde que eran adolescentes. Apuesto por Edward, pero podría ser muy reñido.
–¿Está herido? –imaginándose a Edward inmóvil e inconsciente, Bella corrió a la ventana–. Oh, Dios, alguien debería apartar a Santo de…
–Edward está bien. Sigue siendo el más fuerte –Alice la miró–. Pensé que no sentías nada por él.
–Que no lo ame no significa que quiera verlo herido –Bella se lamió los labios–. ¿Por qué crees que están peleando?
–Por ti, por supuesto. ¿Por qué si no? –Alice miró la cintura de Bella con envidia–. Tienes buen aspecto para estar en plena crisis de relación. Haría cualquier cosa por tener tus abdominales.
–Cualquier cosa menos ejercicio –dijo Bella.
–Me conoces muy bien –Alice sonrió y levantó la copa de vino–. ¿Es que esto no cuenta?
–No quiero que peleen por mi culpa –Bella volvió a mirar por la ventana. La idea de Edward herido hacía que se sintiera físicamente enferma. Se sentó en asiento de la ventana, junto a Alice–. Baja y detenlos.
–De eso nada. Podría mancharme el vestido de sangre. ¿Te gusta? Es de ese diseñador italiano del que tanto hablan –Alice estiró la tela–. Es tradicional llevar verde la noche antes de la boda. Pero ya lo sabes, tú llevaste un fantástico vestido verde la noche antes de casarte con Edward.
Bella sentía el pecho tenso. La sensación había ido empeorando desde el horrible viaje en coche del aeropuerto a la villa. Reconociendo las señales de un inminente ataque de asma, abrió su bolso para comprobar que llevaba el inhalador. Para ella el detonante siempre había sido el estrés, y su nivel de estrés no dejaba de crecer desde su llegada a Sicilia.
–No quiero hablar de mi boda. ¿Cómo puedes pensar en vestidos con tus hermanos peleándose?
–Crecí viendo a mis hermanos pelearse, no me impresiona; pero admito que es más divertido ahora que son más musculosos. No hay que preocuparse hasta que se quitan la camisa –Alice miró de nuevo–. Deberías sentirte halagada. Está bien que los hombres peleen por ti. Es romántico.
–No está bien y no es nada romántico que dos hombres no sepan controlar su genio –Bella deseó poder quedarse donde estaba. Ocultarse el resto de la velada–. No quiero que peleen.
–Físicamente están a la par, pero un hombre que defiende a la mujer que ama seguramente tiene más fuerza, y por eso Edward lleva ventaja. Me encantan tus zapatos, ¿los compraste en Londres?
Bella se levantó y fue hacia el otro extremo de la habitación, para no mirar al patio.
–Edward no me ama. Apenas nos soportamos.
–Ya. Por eso tú estás paseando de arriba abajo y él está apaleando a Santo. Por indiferencia –dijo Alice exasperada–. ¿Sabes cuántas mujeres han perseguido a Edward desde su adolescencia?
–¿Qué importancia tiene eso? –a Bella la horrorizó comprobar cuánto le importaba.
–Te eligió a ti. Importa mucho. Sé que no es un hombre fácil, pero te ama.
–Me eligió porque lo rechacé. A tu hermano no le gusta la palabra «no». Yo suponía un reto.
–Te eligió porque se enamoró de ti. Eso es todo un hito para él.
Bella sabía que su familia y colegas veían a Edward como un dios. Su palabra era ley.
–Tendríamos que estar hablando de ti. ¿Estás emocionada por lo de mañana?
–¡Claro que sí! Estoy tan emocionada con mi boda como lo estabas tú con la tuya.
–Eso fue muy distinto. Tú llevas planificando esta boda más de un año.
–Y tú te casaste a toda prisa en la capilla familiar porque no soportabais esperar. Opino que eso es más romántico.
–Fue impulsivo, no romántico –Bella se frotó los brazos. La conversación le resultaba espinosa e incómoda–. Si lo hubiéramos planificado un año, no estaríamos metidos en este lío.
–Mi hermano siempre ha sido decisivo. No dedica años a pensar las cosas.
–Quieres decir que va apabullando. Duda que alguien que no sea él pueda tener una opinión digna de ser oída.
–No, quiero decir que sabe lo que quiere –Alice la miró–. Pero es obvio que las cosas acabaron mal entre vosotros. ¿Quieres hablar de ello?
–Para nada.
–Antes de conocerte, nunca habló de casarse –Alice se debatía entre la lealtad hacia su amiga y hacia su hermano–. Para un hombre como Edward era la declaración de amor definitiva.
«La declaración de amor definitiva».
Bella pensó que era una pena que hubiera pensado que su responsabilidad acababa en eso. Le había puesto un anillo en el dedo, el gesto definitivo, y cumplido con su parte del trato. Ella solo tenía que amoldarse y tratarle con la misma deferencia que el resto del mundo.
Él la había herido y, en vez de perdonarlo como se esperaba de ella, ella había reaccionado hiriéndolo a él.
–No tendría que haber venido, y tú no tendrías que habernos puesto en esta situación –mientras estuviera en Sicilia ellos dos seguirían haciéndose daño; quería irse cuanto antes–. ¿Por qué insististe en que fuera tu dama de honor?
–Porque eres mi mejor amiga desde la universidad. Tu habitación era más grande que la mía y yo necesitaba usar parte de tu espacio.
«Amigas para siempre».
–Eliges unos momentos muy raros para ponerte sentimental –dijo Bella, rígida. Incluso con Alice le costaba expresar sus sentimientos.
–Tú no entregas tu corazón fácilmente, pero cuando lo haces es para siempre. Sé cuánto amabas a Edward –Alice se acercó con expresión interrogante–. Siempre que nos hemos visto estos dos últimos años, has evitado el tema, pero quiero saber qué fue mal. Dame los detalles.
–Me fui –consiguió decir Bella.
–Sí, pero ¿por qué? –Alice agarró sus manos–. Cristiano me dijo que tuviste un aborto. No te enfades, lo obligué a contarme lo que había ocurrido. Ojalá me hubieras llamado.
–No podrías haber hecho nada.
–Habría escuchado. Debías de estar devastada.
Devastada ni siquiera empezaba a describir lo que Bella había sentido ese día.
–A pesar del horror, no puedo creer que te fueras solo por eso. ¿Te dijo algo él? ¿Hizo algo?
Él no había hecho absolutamente nada.
Ni siquiera había interrumpido su reunión.
Era típico que la dulce Alice adivinara que su hermano no estaba libre de culpa, pero Bella no buscaba ni quería era una reconciliación.
No pretendía castigarlo, sino protegerse a sí misma. Y seguiría protegiéndose, como siempre.
–Sé cómo son los hombres –Alice se negaba a rendirse–. Insensibles y egocéntricos. Siempre dicen lo que no conviene y, si nos molesta, nos acusan de exagerar o tener una sobrecarga hormonal. A veces estrangularía a Jasper.
–Vas a casarte con él mañana.
–Porque lo quiero y estoy adiestrándolo para que sea menos insoportable. Edward es mi hermano, pero eso no me ciega a sus defectos. Tal vez seamos culpables por depender tanto de él –Alice soltó las manos de Bella–. Cuando murió papá fue terrible. Mamá estaba fatal, yo tenía once años y Santo aún estaba en el colegio. Edward volvió de Estados unidos y se hizo cargo de todo. Nos apoyamos en él… –hizo una mueca– y hemos seguido haciéndolo. Todo el mundo lo admira, pero sé lo testarudo y arrogante que puede ser. Dime qué fue lo que te hizo, Bells.
–Te agradezco lo que intentas hacer, Alice, pero no cambiará nada. Hemos terminado. No podemos volver atrás. Y yo no querría hacerlo.
–Erais perfectos juntos. Tan perfectos que daba un poco de grima verlo, la verdad. Pero nos devolvió la fe en el amor. Incluso el cínico Santo se quedó atónito por el cambio de Edward.
–Apenas nos conocíamos cuando nos casamos –Bella se sentía como un pez en un anzuelo–. No sirve de nada que intentes convertirlo en un cuento de hadas, Alice. No hay cuento de hadas. Lo siento, pero no todos los episodios de sexo apasionado tienen un final feliz o duran para siempre.
–Edward y tú deberíais estar juntos –los ojos de Alice se llenaron del lágrimas de frustración–. Mi hermano está muy dolorido, sufre, Bella, y sé que tú también… –las lágrimas se desbordaron y se limpió las mejillas con la mano– voy a arruinarme el maquillaje. A este ritmo no habrá fotos de boda. Bella, por Dios, ocurriera lo que ocurriera, perdonaos y seguid adelante.
–Estoy siguiendo adelante. Ya he seguido.
–Quiero decir con él, no sin él.
–No debiste interferir –Bella estaba cansada–. Alojarnos en la misma villa ha sido cruel…
–Cuando estabais juntos no podíais dejar de tocaros. –Alice se sonó la nariz–. Pensé que, si estabais atrapados en el mismo lugar, podríais arreglar las cosas.
–Pues no podemos –Bella estaba segura de que su presencia allí era un error–. Me iré mañana a primera hora. No tendría que haber venido.
–¡Eres mi dama de honor! Quiero que estés aquí para mi boda.
–Mi presencia aquí destrozará a la familia –Bella la miró con frustración. A ella la estaba destrozando; estar tan cerca de Edward era más doloroso de lo que había creído posible.
–¡No te vayas!
–Ya no tenemos dieciocho años. Muchas cosas han cambiado –Bella se preguntó cuándo su amiga se había vuelto tan egoísta que solo pensaba en sus propias necesidades. Estar allí la estaba matando–. Tienes a tus primitas de ayudantes –pensó en las cuatro niñas de pelo oscuro que correteaban por todos sitios creando el caos y encantando a todo el mundo con sus risas.
–Te quiero a ti, y quiero que Edward y tú volváis a estar juntos.
Aunque pudiera parecer superficial, Bella envidió a Alice su forma de ver el mundo: aún creía que a la gente buena le pasaban cosas buenas.
–Abajo se celebra una fiesta en tu honor. Deberíamos bajar –se apartó de su amiga.
Bella recordó las veces que habían reído juntas en la residencia universitaria y añoró la simplicidad de aquellos días.
Alguna gente pensaba que era mejor haber amado y perdido que no haber amado nunca.
Bella pensaba que esa gente estaba loca.
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