Historia mía, personajes Meyer.

Segundo capitulito de Nada que peder. Muchisimas gracias a todos por sus reviews y visitas, me encantaría que me dieran todas sus opiniones y si tienen sujerencias o criticas también =)

Bueno muchos besos para todos y ¡ahí va!


Capítulo 2. ¿Hola? ¿Qué te pasa?

- ¿Qué quieres? – Dijo con una sonrisa que me dejo atontada.

- Sé que te va a sonar un poco raro pero… ¿sería mucha molestia pedirte un favor?

- Mmm… puede – Dijo pensativo - ¿Qué gano yo?

- ¿Cómo que qué ganas tú? Si no lo he malinterpretado, un favor es algo que se hace sin esperar nada a cambio, ¿me equivoco? - ¿Soy yo o el tío resulta que es tonto?

- Ya, pero nada es gratis en esta vida.

- ¿Qué quieres? ¿Dinero? – ¿Se supone que ahora la gente es así?

Lo que tú quieras darme – Dijo volviendo a sonreír de la misma manera. Me moví incomoda sin saber bien como interpretar sus palabras.

- Esto no tiene ningún sentido… – Mi paciencia estaba llegado a su límite – ¿Me ayudas o no?

- Ni siquiera sé cómo te llamas o peor, no sabes ni cómo me llamo y me pides ayuda - ¡Por el amor de Dios! ¿Qué le pasa a este chico?

- Bella, me llamo Bella, ¿me ayudas sí o no?

- No – Dijo sin dejar de sonreír. Parecía creerse un ser superior o algo por el estilo con esa actitud.

- ¿No? – Dije enfadada – Bien – Me di la vuelta y entre en casa cerrando la puerta del balcón con un portazo.

¿Quién se ha creído que es ese tío? Le pido educadamente, ¡educadamente! un favor y me sale con esos aires de señorito ocupado o que sé yo – El señor Burton me observaba desde mi cama mientras yo no dejaba de dar vueltas por la habitación, parecía disfrutar de mis nervios y eso me ponía mas enferma aun. Hacía tiempo que no sentía tanta rabia y sin pensar en las consecuencias de mis actos volví a salir a la terraza.

- ¡Capullo!

- ¿Cómo me has llamado? – Dijo volviendo a estar debajo de mi balcón.

- Ya me has oído. No entiendo como puede haber gente tan capulla como tú, te he pedido un simple y miserable favor con toda la educación del mundo y tú te has comportado como un borde.

- ¿Qué pasa que ahora por que tú me pidas un favor yo lo voy a tener que hacer? ¿Quién te crees que eres para juzgarme y mucho menos insultarme? – Me quedé hipnotizada por su mirada y todo lo que había dicho me hizo sentir ganas de vomitar. Me había comportado como una cría y como una mala persona y yo no era así - ¿No dices nada? Ahora no te pones tan gallita ¿verdad?

- Lo siento – Y sin mirarlo huí a dentro de mi burbuja protectora.

Dios… ¿qué he hecho? Consigo tener el valor de hablarle y es para insultarle…

- ¡Bella! – Oí su voz a través de la ventana. De repente mi corazón dio un vuelco y con miedo volví a salir. Noté como me ardían las mejillas y sentí que el estomago se me iba a salir por la boca.

- ¿Qué? – Dije con apenas un hilo de voz.

- ¿Qué quieres que haga? – Volvió a sonreír al ver mi rostro.

- ¿Cómo? – Dije sin entender bien qué era lo que quería.

- Que cuál es el favor.

- No lo entiendo… hace un segundo te he llamado capullo y ahora ¿quieres ayudarme?

- Exactamente.

- ¿Tienes algún tipo de doble personalidad? – Pregunté sin pensar.

- No que yo sepa – Dijo riéndose.

- Vale… ¿Ves la caseta que está a tu derecha?

- Sí.

- Busca ahí si hay algunos paquetes de regalos.

- ¿Y por qué no vas tú? – Preguntó un poco molesto.

- Es una larga historia, ¿puedes hacerme el favor de mirar y si están dejármelos en la puerta?

- Sí… claro – Me encanta. Seguro que cree que estoy loca.

El chico desconocido amarró a Brando a uno de los árboles del jardín y rebusco en el trastero. Al momento salio con dos grandes cajas envueltas en papel de regalo y las dejo en la puerta, tal como yo le había pedido. Volvió al lugar donde podía verlo esperando que yo dijese algo, pero en ese momento me encontraba en una lucha, porque aunque ya había conseguido tener los regalos al alcance de mi mano estaba el pequeño detalle que no estaba segura de ser capaz de abrir ni siquiera la puerta. ¿Tanto pánico podría tener a simplemente abrir una puerta?

- Gracias, como te llames – Dije ensimismada en mis pensamientos, intentando trazar un plan para hacerlo lo mas rápido posible.

- Edward, mi nombre es Edward.

- Pues gracias Edward.

- De nada, ¿necesitas algo más? – No entendía porqué de un momento a otro se había vuelto tan… simpático, pero en los momentos desesperados se necesitan medidas desesperadas.

- Sí, la verdad es que sí, ¿te importaría meterlos dentro?

- No claro que no, pero… ¿por qué no los coges tú misma? No pesan tanto como para que no puedas con ellos, no entiendo… - Antes de que siguiera especulando la naturaleza de mis decisiones decidí zanjar el asunto lo antes posible.

- Sufro de agorafobia, ¿contento? – No pude evitar ser lo mas borde posible porque la idea de ir pregonando por todo el pueblo mi pequeño gran problema, no me hacía ni la menor gracia.

- Vaya, lo siento… no quería ofenderte ni nada por el estilo - ¿Por qué estaba siendo tan encantador cuando yo evidentemente no lo estaba siendo? ¿Acaso sería un loco? ¿Y si me quería violar? Charlie siempre decía que los hombres eran rastreros y peligrosos y aunque yo siempre me lo tomaba a guasa, en ese momento me entró miedo, mucho miedo. ¿Sería seguro dejarlo entrar en mi casa estando yo sola? Lo observé detenidamente y parecía totalmente inofensivo. Y robar estaba claro que no quería porque sino se hubiese llevado mis regalos como si nada… - ¿Está la puerta abierta?

- No espera, ya te abro – La decisión ya estaba tomada así que bajé rápidamente las escaleras y observé con respeto la puerta. Respiré hondo un par de veces y con una fuerza de voluntad, que sin duda se debía a la adrenalina que me recorría el cuerpo por el simple hecho de dejar entrar a un desconocido en mi casa, abrí los tres cerrojos y me aparté, sentándome en las escaleras y agarrándome las piernas para esperar lo peor.

- ¿Ya? – Preguntó desde fuera.

- ¡Sí! – Dije sin ni siquiera modular mi tono de voz.

Vi como giraba el pomo lentamente y sentí como mi corazón se volvía loco y como un nudo en el estomago se empezaba a formar. ¿Vomitaría al verlo entrar? ¿Acabaría chillando como una loca? No estaba segura de que podría pasar porque no recordaba experimentar nada parecido en toda mi vida. Y sin más dilación la puerta se abrió lentamente y pude ver su figura fuertemente iluminada por el sol. Sus ojos me observaron curiosos y me sonrió, no sé si para tranquilizarme o simplemente porque le hacía gracia la situación, pero fuese por lo que fuese consiguió relajarme. Dejó la puerta medio encajada y se quedó quieto, esperando que yo dijese algo, pero me encontraba tan paralizada que no era capaz de pronunciar palabra. Edward observó la entrada de mi casa y divisó la entrada de la cocina.

- ¿Los pongo en aquella mesa? – Dijo señalando con su cabeza la mesa donde solía desayunar todas las mañanas.

- Sí – Dije con miedo. Edward entró en mi cocina y dejó los regalos en la mesa. De inmediato se paró frente a mí y me volvió a sonreír.

- No te voy a morder ¿sabes? – Ese tono juguetón que usó no me gustó lo mas mínimo y de nuevo la rabia que sentí antes de llamarlo capullo se apoderó de mí.

- No te tengo miedo – Dije poniéndome en pie. Me sacaba una cabeza y me sentí empequeñecer a medida que sus ojos me recorrían de arriba abajo. Noté que las mejillas me ardían y supuse que sería por la ira que estaba sintiendo. Esta vez no solo sonrió sino que pude escuchar su risa por primera vez en siete años. Me puse a la defensiva al pensar que se estaba riendo de mí pero una parte de mí se sentía feliz como si solo escucharlo reír me fuera suficiente para vivir.

- ¿Y por qué crees que no debes temerme? – Lentamente acortó la distancia entre nosotros – No sabes nada de mí, no sabes si soy peligroso o no y ahora estás aquí, indefensa ante mí – Su mirada de una intensidad inhumana se adentraba en lo mas adentro de mi ser, como si quisiese leer mi mente. Tragué saliva y respiré hondo de nuevo. No estaba segura de si estaba bromeando pero no me iba a acobardar en mi propia casa.

- No me asustarías por mucho que lo intentases – Me encogí de hombros y temblando agarré la puerta ofreciéndole la salida – Creo que deberías irte – Sonrió mientras negaba con la cabeza. Se paró frente a mí de nuevo.

- Un placer conocerte Bella, y de nada – Me dio un beso en la mejilla pillándome por sorpresa y se fue directo al árbol donde se encontraba su perro, ya aburrido de tanto esperar su deseado paseo.

- ¡Gracias! – Grité antes de cerrar la puerta dando un portazo. Cerré de nuevo los pestillos y me fui directa a la cocina a hiperventilar en una de las bolsas de papel que tenía preparadas para estos casos.

Después de diez minutos creyendo que me asfixiaría, logré tranquilizarme y serenarme. El señor Burton sentado en medio de la entrada de la cocina me observaba con curiosidad.

- ¿Te has divertido con mi humillante actuación? ¿Qué parte te ha gustado más? ¿La parte en la que le llamaba capullo o la parte en que me vio acojonada en la escalera? Yo creo que la primera es más de tu gusto – Vi como torcía la cabeza intentando quizás, entenderme, pero eso solo consiguió que me sintiese más ridícula.

Había hablado por primera vez con el chico de mis sueños, le había insultado, me había visto temblar de miedo, se había reído de mí en mi cara ante mis intentos de supuesta valentía y me había dado un beso en la mejilla. ¡Un beso en la mejilla! Edward me había hecho el favor de traerme los regalos sin rechistar y no me había presionado con preguntas acerca de mi fobia, me había dado un beso de cortesía y yo… ¡Yo le había insultado y había sido lo mas desagradecida posible!

Comencé a dar vueltas por la habitación observando los regalos y analizando todo lo que había pasado. ¿Qué habría en esas cajas? ¿Sería capaz de hablarle otra vez? ¿Debería abrirlos o debería esperar a Charlie? ¿Me había dado un beso en la mejilla por qué sí o por qué le gustaba?

¡Ay Bella! ¿Cómo le vas a gustar? No te conoce de nada. Lo que él sabe hasta ahora sobre ti es que estas medio loca.

Estaba tan absorta en mis pensamientos que no oí a Alice entrar como un torbellino en la cocina. Yo seguía como en estado de shock, dando vueltas por la habitación sin prestar atención a más nada que a los regalos de encima de la mesa.

- Sabía que este día llegaría, se ha vuelto loca de verdad – Dijo Alice mientras se sentaba en la encimera.

- No digas tonterías – Paré en seco mi desquiciante paseo y por fin me digné a mirarla.

Alice era la persona mas pesada y mas insoportable que había conocido, pero por eso era mi mejor amiga. Era bastante mas bajita que yo, pero muchísimo más guapa. Tenía una cortita melena morena y una piel pálida y sedosa. Sus ojos verdes te decían todo lo que debías saber de ella, es decir, nada. Era una persona que no podía estarse quieta, el silencio la irritaba y no confiaba en nadie, excepto en mí. Era desagradable con los desconocido e incluso con los que chicos que le gustaban.

Fue curiosa la forma en la que conocimos. Acababan de diagnosticarme la agorafobia y acababa de comenzar con la terapia del doctor Thompson. Tenía apenas nueve añitos y lloraba y pataleaba intentando no salir de casa. Charlie me observaba desde el jardín cuando Alice pasaba por delante de mi casa. Cuando Charlie me gritó que saliera inmediatamente, con apenas un metro y medio de altura, lo empujó y vino corriendo en mi supuesta ayuda. Se interpuso entre la sorprendida mirada de mi padre y yo, y le dijo que me dejara en paz o llamaría a la policía. Charlie no pudo evitar reírse todo lo posible, dado que él mismo era policía, y yo dejé de llorar para observarla. Era una desconocida para mí, pero desde ese preciso instante en que me di cuenta de que, esa niña con mala leche sería capaz de cualquier cosa por mí, supe que sería mi mejor y única amiga.

Habían pasado nueve años y ella venía todo los días a verme. Siempre decía que era para saludar, pero yo sabía que lo hacía para ver si estaba bien o por si necesitaba su ayuda y su protección. Ahora estaba sentada en la encimera de mi cocina, con mil preguntas que hacerme y mil historias que contarme.

- Suéltalo de una vez – Dije sentándome a su lado.

- ¿Esos son los regalos de tu padre?

- Sí.

- ¿Dónde estaban?

- En la caseta del jardín.

- ¿Cómo has conseguido cogerlos sin…? ¿Has salido de casa? – Preguntó con la mirada iluminada por esa posibilidad.

- No, no he salido.

- ¿Entonces?

- Un chico.

- ¡Ah claro un chico! ¡Un chico! Y lo dices así, ¡tan tranquila! – Dijo llevando las manos al cielo y bajándose de la encimera - ¿Qué chico? ¿Cómo se llama? ¿Le hablaste? ¿Cómo? ¿Es guapo? ¿Te gusta? ¿Lo volverás a ver? ¡Un momento! ¡No me digas nada! ¡Es el chico del perro baboso ese! ¿verdad? – Tardó treinta segundo en hacerme todo ese cuestionario y ya me había empezado a doler la cabeza.

- Sí, ha sido ese chico, se llama Edward.

- ¡Cuéntamelo todo! – No tardé ni cinco minutos en contárselo con pelos y señales. Al terminar se quedó pensativa por unos segundo hasta que por fin se decidió por donde empezar a preguntar - ¿Cuántos años tiene?

- No lo sé.

- ¿Cuál es su apellido?

- No lo sé.

- ¿Sabes algo sobre él? – Parecía que estaba empezando a perder la paciencia.

- No… bueno sí, su perro se llama Brandon, él Edward, tiene los ojos verdes y es un poco raro.

- ¡Bella eso no me sirve! Así no puedo averiguar quién es.

- ¿Quieres conocerlo? – Eso me pilló por sorpresa - ¿Por qué? – Pregunté a la defensiva porque sentí como si Alice atacará algo mío y eso era estúpido dado que él no era absolutamente nada mío, ni siquiera mi amigo.

- Pues porque ha entrado en tu casa como si nada, y ahora sabe muchas cosas sobre ti, Bella hay muchos locos por ahí sueltos – Solté el aire mas tranquila al saber que todo se debía a su preocupación por mí. Sonreí para mis adentros y una idea me iluminó.

- ¿Quieres verlo esta tarde?

- ¿Has vuelto a quedar con él o algo?

- No, no, pero sé a que hora estará sacando al perro y quién sabe, a lo mejor me vuelve a hablar.

- Perfecto, perfecto.

- Bien. ¿Alguna pregunta más?

- ¿Te gusta?

- No lo sé.

- ¿Cómo que no lo sabes Bella?

- Joder Alice parece mentira que no lo sepas, nunca me ha gustado nadie así que no sé si me gusta o no.

- Lo averiguaremos esta tarde con tu reacción al verlo. Una cosa, ¿Charlie puede enterarse? – No había caído en ese pequeño detalle, y aunque a mi padre se lo contaba todo, lo de observar a Edward solo lo sabía Alice y la verdad, es que prefería que siguiese siendo así.

- No mejor no, para qué preocuparlo por nada, ya sabes lo que opina de los adolescentes y todo el rollo.

- Verdad… ¿Y los regalos? ¿Los vas abrir?

- No, prefiero esperar a Charlie, le diremos que me los has dado tú ¿vale?

- Vale, ya improvisaré algo cuando me eche su mirada de "¿Por qué has hecho eso?".

- Gracias – Dije bajándome y dándole un abrazo.

- De nada, para eso están las amigas.

- Bueno vamos a comer y me cuentas qué tal te ha ido el día.

- Me parece fantástico.

Comimos un plato exquisito, macarrones con tomate y mucho queso mientras Alice me contaba como Jasper, el chico que le gustaba en ese momento, le había saludado en la cafetería y que había sacado un ocho en el examen de historia y mil cosas mas que fingía escuchar, porque en realidad en ese momento mi mente se encontraba en ese universo paralelo en el que solo existíamos Edward, su perro y yo, solo que ahora no me dedicaba a observarle, ahora era capaz de hablarle.