Capítulo 1
Oklahoma, actualidad.
Elizabeth estaba sentada con las manos en su regazo, mirando hacia la nada y soltaba un suspiro, uno más sonoro que otro, ¿Cuántas veces una persona podía suspirar? Soltó otro suspiro.
-Vamos Lissi, regañó una joven muy parecida a ella, sólo que con el cabello teñido en rojo borgoña, porque no le gustaba el color oscuro de su cabello, el negro la deprimía. – No seas tan dramática, será por unos días. – Se sentó frente a ella dejando una bandeja en la mesita del centro, levantó la mirada para verla, entonces se estiró para darle de golpecitos en la mano de su hermana mayor. – Quince como máximo.
Antes de hablar, Elizabeth volvió a suspirar.
-Es fácil para ti decirlo, tú no eres la que se va. – terminó hablando mientras cruzaba las piernas y apoyaba el codo en la rodilla y sujetaba su mentón con la mano del mismo brazo. – Creo que solo voy a rentar una habitación en algún hospedaje.
Su hermana sonrió. – No seas trágica, será bueno, un pequeño cambio, mientras remodelamos la casa y preparamos el cuarto para el bebé.
Al oír la palabra, no podía evitar dar un pequeño brinco, a pesar de que había pasado 5 años, el dolor aún la carcomía, pero había aprendido a disimularlo bien, agachó la cabeza y sonrió. – Si. – Dijo arrastrando la palabra.
De repente se escucha la puerta principal, ingresando por ella un joven de unos 25 años, de cabellos color cobre, entre dorados y castaños, parecía que se hubiera teñido pero era su cabello natural, era guapísimo, sí su hermana tenía mucha suerte. Estaban a punto de casarse y por eso estaban preparando la casa, Elizabeth dijo que se mudaría, Rosaline respondió con un grito al cielo diciendo que no, que era la casa de los padres de ambas y por lo tanto debía quedarse, y de tanto y tanto que le rogaba y que se quedara, a las finales ella accedió, pero no sabía que tanto iba a soportar estar ahí, su pequeña hermana estaba radiante, aun con 8 semanas, no se le mostraba pero aquel día que ella la llamó estando en la oficina.
-¡Lissi, estoy embarazada! Dijo gritando por el auricular del celular, al escuchar Elizabeth estaba tan feliz pero cuando le dio las felicitaciones las lágrimas caían como chorros. Ella sabía que esto iba a llegar en cualquier momento, se había jurado que estaba preparada para cuando llegara, pero igual su corazón se encogió y la tristeza pudo más, tratando de mantener la voz se disculpó porque la llamaban y que luego hablarían, cortando Elizabeth salió prácticamente corriendo hacía los baños y se encerró mientras lloraba su miseria, estaba muy feliz por su hermana, pero su corazón se rompía en más pedazos de los que ya estaba. Ante ese recuerdo, tuvo que controlarse y tratar de que no le traicionase sus emociones, porque escuchaba los pasos de aquellos, que culpaba por su pena.
-Val justo estábamos hablando sobre el viaje y que sería bueno para Lissi y vaya a conocer la casa de los abuelos, nunca tuvimos para oportunidad, pero dicen que es hermosa. – terminaba de decirlo mientras apoyaba su cabeza en el pecho de su esposo y este a su vez la abrazaba tan tiernamente que Elizabeth ya sentía que si no salía de ahí iba a ser una escena que no tenía ganas de pedir disculpas. Así que se levantó y con la mejor de sus sonrisas se disculpó subiendo las escaleras. Mientras ella subía escuchaba como reían y se escuchaba los besos sonoros que se deban, ella hacía lo mismo con Iván mientras él tocaba su vientre ya un poco abultado y pensaban en el nombre del bebé y de que comprar y otros planes, con las lágrimas se metió de golpe a su cuarto derribándose al cerrar la puerta, llorando en el suelo su felicidad perdida.
Los tres estaban fuera con el taxi, había amanecido y la estaban despidiendo.
-Segura que no quieres que te acompañemos. – preguntaba Rosie mientras hacía un mohín.
-Si hermanita, además es un poco temprano y Val tiene que ir a trabajar, no quiero que te regreses sola.
-Puedo llegar con un poco de tardanza. Me lo deben – ofreció Val.
-Muchas gracias, pero no quiero incomodar.
-Deja de decir eso. – Resondró Rosaline - No incomodas y menos haces de más, te quiero aquí porque no te quiero en ningún otro lado donde estés sola. Te conozco Lissi. Así que deja de dar lata.
Elizabeth se sorprendió por lo que le dijo su hermana, ahora quien era la mayor, eso la hizo que su corazón se calentara y tuvo que admitir que ahora tenía un nuevo respeto por su hermana, sería una excelente madre.
-Claro hermanita, tus palabras son órdenes.
-Más te vale. – de repente la abrazó. – Será por poco tiempo.
Elizabeth le devolvió el abrazo. – Si. Se separó y entró en el taxi, abrió la ventana y se despedía con la mano mientras el auto arrancaba.
-Llámame cuando llegues y te instales.
-Claro. – y el auto arrancó, ambos se despedían mientras la despedían con la mano. Ya a una distancia ella volvió a girarse para verlos, y justo se estaban besando, al parecer Val ya se iba a trabajar. Ella se enderezó de frente y recordó como Rosie lo había presentado. Valer Rasset, nació en Nueva York, pero sus abuelos tienen una granja casi a las afueras y él decidió ayudarlos mientras iba a estudiar derecho en la universidad local, entre esas fiestas que se conoció con Rosie y prácticamente fue amor a primera vista, según Rosie cuenta que cuando lo vio, sólo lo vio a él, como si estuviera el solo y nadie más, y que cada vez que encontraban él irradiaba una luz que solo hacía que su atención fuera únicamente hacia él. Loco, pero creíble, cuando conoció a Iván era parecido, sólo que juraba que escuchaba canto de aves cada vez que lo veía, el amor de verdad que te IDIOTIZABA. Mientras recordaba a Iván mirando el anillo de bodas, el taxi la iba acercando al terrapuerto para embarcarla camino a Nueva Orleans.
Luego de casi 9 horas de viaje y con un dolor de espalda horrible, Elizabeth estaba caminando para estirar las piernas, en serio que tortura, ella cada que podía estiraba los brazos hacia arriba y giraba de una lado a otro la cintura, caminaba mientras escuchaba música y revisaba su GPS para orientarse y saber exactamente por dónde ir, sacó el papel donde estaba anotado la dirección de la casa de sus abuelos maternos, empezó a escribir en su smarthphone Sony el nombre de la calle cuando la asaltó la música… More that Words de Extreme, vaya que esa canción le traía tan lindos recuerdos, en la cual Iván le aseguró que la ama más que cualquier cosa en el mundo. Aquel día habían tenido una riña, una de recién casado como decían, se suponía que mientras ella iba de compras para hacer la comida, él se iba a quedar a sacar la ropa y tenderla y también a limpiar el baño ya que fue él el último en usarlo, pero al regresar ella a casa, todo estaba igual, al subir lo ve echado mientras seguía durmiendo, furiosa le gritó que era un flojo, que si no quería ayudar pues que se lo hubiera dicho para no gastar saliva y todo lo que se le ocurría, ella bajó hacia la sala y se sentó con las piernas arriba mientras se abrazaba a las piernas y escondía su rostro. Que tenía que hacer para que esto funcionara, sabía que a Iván no le gustaba hacer las cosas, ella las hacía la mayoría de las veces, pero sólo quería que compartieran algo más además de la intimidad de la habitación, se suponía que la familia hacia eso, se apoyaban, no quería llorar pero las lágrimas ya estaban resbalando por su terso rostro, fue entonces que escuchó que desde arriba Iván bajaba las escaleras mientras le cantaba esa canción en son de disculpas, ella lo miró furiosa, pero de repente él hizo algo que la sorprendió, al terminar de bajar las escaleras, se arrodilló hasta ella sin dejar de tocar, de cantar ni de verla, ella lo miraba…
-"Entonces tú no podrías hacer cosas nuevas, sólo con decir Te Amo". - Terminaba él mientras rasgaba sensualmente esa voz gruesa cargada de sentimiento y finalizaba la melodía lentamente. Ella no sabía que decirle, estaba quieta, hasta podía jurar que estaba sin respirar, porque cuando él la tocó recién ella pudo exhalar y al ver esos ojos verdes que tanto amaba, supo que estaba perdida, pero igual no quiso que se la llevara tan fácil. – Ni creas que con eso me has comprado.
Iván sonrió y se acercó hasta apoyar su frente a la de ella. – Claro que no, mi bien, solo estaba intentando que no me dejes fuera esta noche.
Y había funcionado, pero no se lo haría saber. - ¡En serio! Que sorpresa, porque es ahí donde vas a ir, gracias por la idea. – dijo ella mientras le sonreía perversamente.
-Oh no, claro que no… - se levantó llevándosela con el movimiento, ella cayendo de espaldas y él sobre ella. – No has escuchado la letra.
-Claro que sí. Pero ni creas que te salvas, sólo por el hecho que te amo, no quiere decir que te puedas aprovechar de mí.
-No lo hago. No necesito decírtelas porque sé que sabes lo que siento por ti, está de más decírtelas ahora, culpa mía no hacer lo que me dijiste, pero todo tiene una razón.
-¿Y esa sería? – dijo levantando una fina ceja.
-Esta… - y le mostró una muñeca hecha de papel tridimensional, la había armado de tal forma que parecía una muñeca articulable y la imagen era de una hada con unas hermosas alas de mariposa.
-Oh Iván, es hermosa… - dijo ella tocándola suavemente temiendo que de fuera a romper.
-Lo siento mucho, vida. Perdón…
Ella lo miró y lo abrazó…
-No, perdóname a mí, actué mal, no debí gritarte y todo eso. En serio, lo siento… - dijo en tono de culpable.
Iván la abrazó y la besó con ansias, mientras ese recuerdo se fue difuminando en lo que acababa la canción, suspirando se dio cuenta que fue caminando distraídamente por la calle Ursulinas hasta llegar en una esquina donde se mostraba un rustico edificio de dos plantas, lucía muy apacible a simple vista, sin embargo, encerraba un aire de misterio y algo cargado de que si entras no saldrás entero, ella pasó un poco de saliva y de repente las tripas le sonaron. – Si, yo también tengo hambre, pero… - veía indecisa si entrar al lugar o ir a otro lado, cuando de repente salieron un pequeño grupo y la persona que vigilaba la entrada los despedía.
-Gracias Dev, todo estaba delicioso.
-Regresen cuando gusten. – respondió el gigante, ella de 1.70 lo veía realmente grande y amenazador, hasta que se dibujó una sonrisa que le dijo que al parecer, no era tan malo. Mientras el grupo se alejaba y pasaban por su lado, ella escuchó. – Es un gran local, lástima que haya cerrado por un tiempo. – decía una joven muy sonriente. – Ya extrañaba ver a todo ese banco de testosterona - y todo el grupo rio. Elizabeth miraba el grupo alejarse mientras ella volteaba un tanto indecisa, pero la presión de sus intestinos hizo que caminara hacía el lugar, al llegar estaba un poco nerviosa, aquello parece que hizo que el gran cuerpo rubio frente a ella la mirase ceñudo. - ¿Sí? – Pregunto el tremendo hombre con una voz más de mando que de consulta. Ella tragó fuerte. – Eh… Todavía tienen platos para comer… - Él la miró con una gruesa ceja levantándose, extrañado por la pregunta. – Tenemos platos, pero aquí los usamos para servir, dudo mucho que los puedas comer, a menos que sean de plásticos, esos los puedes morder, pero dudo que puedas pasarlo. – Ella la miró ceñuda y se dio cuenta como lo había tomado. – Oh no… Santos… - exclamó sonriendo avergonzada. – Me refería a que si servían algún tipo de comida y si todavía había. Lamento la confusión. - Dev la miró con ojos desconfiados y captó que no era de por aquí, al parecer sería una turista por la maleta de viaje que tenía cruzado, una que de repente se haya perdido y necesitaba un lugar donde ubicarse. – Bien, sí servimos algo de comida, pero ni creas que es un restaurant de tenedores finos. - Ella lo había notado, por semejante portero, eso lo decía todo. – Dios me libre de haberlo pensado. – dijo ella condescendiente. Dev le sonrío y la guió al interior, por fuera era rustico y por dentro aún más, fuera de las luces que estaban ubicados al fondo junto a un pequeño escenario, el piso era de madera, y tenía, era eso lo que creía… - ¿Paja? – pero no lo dijo tan alto, además que la música estaba un poco alta. – Por allá están las mesas, ve ahí y siéntate, ya irán a atenderte. – Gracias. – Él la dejó para ir a ocupar su puesto, mientras ella recorría el lugar con la mirada, en eso un pequeño punzón sintió en la parte baja del estómago, sin hacer caso se encaminó a unas mesas que estaban a unos metros del bar, dejó sus cosas a un lado mientras se acercaba una joven de unos 25 años, alta, rubia y de unos impresionantes ojos azules, Elizabeth estaba segura que por un momento los vieron brillar.
-Hola, bienvenida al Santuario.
-Gracias. – mientras las camarera le entregaba un menú de doble cara. – Míralo y cuando estés lista, me avisas.
-Sí, de acuerdo.
Mientras la joven se iba alejando a otra mesa, Elizabeth se quedaba mirando alrededor, era extraño pero se sentía cómoda. – Debo estar loca. – se decía a la vez que se llevaba la mano a la frente para ver si no tenía fiebre. En ese momento su celular sonó, al cogerlo, ella sonríe. – Hola Rosie. – Mientras escuchaba su rostro iba cambiando de uno sonriente a uno de preocupación y luego asombro. - ¡QUE! – chilló, asustando a la joven que regresaba para tomar su pedido. - ¿Cómo dices Rosaline? – decía aguantando el enojo. – Como que será un mes, se suponía que era 15 días como máximo. Ay Ros… - decía mientras se dejaba derrumbar en la silla – Sólo tengo permiso por dos semanas y eso que estaban reacios a dármelos. – suspiró pesadamente. – Si bueno, yo también, que me queda. – y dejó el celular en la mesa. - ¿Y ahora qué voy hacer? – y ponía la frente en el filo de la mesa.
-¿Todo bien? – Elizabeth levantó la cabeza de golpe y se encontró con la camarera de hace un rato.
-Ay… Sí… - decía nerviosa y hacía movimientos graciosos con sus manos – Cosas de familia, no me hagas caso. - Hizo su pedido. En lo que se comía la hamburguesa y dejó la mitad ya que sintió como se le aguijoneaba de nuevo la parte baja de la barriga. – Ay… Qué diablos… - en ese momento que se acercaba la camarera y la vio mientras Elizabeth se hacía una pelota.
-¡Fang, ayuda!
De repente apareció un chico alto de cabellos con coleta y un mandil blanco alrededor de la cintura. - ¿Qué pasó? – preguntó sorprendido. – No sé, de repente se quejó.
