Y es así como, sin muchas explicaciones, llega al lugar del crimen, no sin antes protagonizar una disparatada sesión de persecución y corre bastante, porque el bosque es peligrosísimo y hay que justificarlo.
Blancanieves, que corre sin saber por qué, porque ni siquiera sabe qué le persigue; se esconde en un agujero en el suelo. Es en ese momento que se da cuenta que el agujero no estaba solo, porque obvio, los agujeros en el suelo no se hacen solos. Y voltea, y lo que ve, la deja impactada.
—¡Un enano! —Dice en susurro.
—¡Por los pelos de Gandalf! Por eso odio salir de mi cuento.¡No soy un maldito enano! ¡Soy un hobbit! ¡Un hobbit!
—¿Qué buscas fuera del Señor de los Anillos?
—Para su información señorita es usted quien está invadiendo mi casa y debo ser yo quien haga las preguntas. Se equivoca usted de personaje nuevamente. Vengo del Hobbit. ¿Qué hace una señorita tan delicada en un lugar tan espantoso?
—¡Algo me persigue!
—Señorita —le dijo el pequeño con algo de ironía—, esto es un bosque, aquí todo le persigue, ¿por qué cree que no salgo?
—Pero escuché de un pajarito que tienes un anillo que te hace invisible. ¿Por qué no lo usas?
—Desde que desapareció el lobo de estas tierras, las criaturas salvajes se han multiplicado e invaden sin control todos los cuentos. Mi casa en Hobbiton está plagada de esas bestias.
A Blancanieves en ese instante se le ocurrió un brillante plan, pero una estúpida idea.
—¡Préstame tu anillo!
—¿Quieres mi precioso? —dijo alterado Bilbo —¡No, no, no y no! ¡Ladrona! ¡Es mío me oyes! ¡Lárgate de mi casa! ¡Es mío, el precioso es mío!
—Es que tengo que saltar al siguiente libro.
—Te ahorro el viaje. Ya yo pasé por allí. Lo que hay es una historieta de los Looney Tunes que pusieron por error en este estante. Es un mundo demasiado caótico, ni siquiera el Cascanueces lo visita. Así que, sin más, sal de mi casa y que te coma algo por ahí. No te daré mi anillo. Ya me tienen harto, ¡todo el mundo quiere mi precioso! ¡Todos!
—Sé que hay en la historieta, ahí está mi única esperanza. ¡Por favor, ayúdame! Tengo que llegar a la casa de la Abuelita, ahí encontraré una ventana por la cual saltar.
—¡No! ¡Lárgate!
Y así, sin esperanza y sin anillo, salió Blancanieves del agujero con el miedo entre las piernas. Intentaba esconderse detrás de los árboles para evitar llamar la atención. En ese instante escuchó cómo el viento se rompía, y a su lado, clavada en el árbol, apareció una flecha. Pasmada, volteó y vio a una mujer voluptuosa, anglosajona, con una capucha roja encima y arco en mano, que le miraba con sumo odio. Escuchó también cuando le dijo:
—Devuélveme al Lobo Feroz, maldita ladrona de libros.
