N/A: Ne, mil perdondes por la demora. Este capítulo creo que esta confuso, pero el fic ha dado un vuelvo q no me imaginaba X3 Espero que a pesar de todo les agrade
..: Tercera Noche: Comprendiendo a mi Kazekage :..
Él sabía. Él lo sabía todo. Desde el comienzo, cuando estaba aquel anaranjado atardecer de nubes rojas. Recordó aquel momento con fría fascinación, cuando era capaz de ver los viejos momentos, los gritos que resonaban y arañaban las paredes de su cerebro. No pudo dejar de mirar y al mismo tiempo trató de que las memorias no invadieran más allás de lo que quería mostrar.
El Kazekage no debía enterarse, no en ese momento, de lo que había acontecido, lo ocurrido años atrás cuando la oscuridad era avasalladora.
Pero él pudo permitirse perderse dentro de las imágenes que aún permanecían grabadas en su mente. Casi pudo escuchar el antiguo grito, y los ojos que se abrían y lo observaban.
Esos ojos eran grandes, profundos, negros como la noche, oscuros y arrebatadoramente hermosos. Si hacía un mínimo de esfuerzo, Shukaku era casi capaz de sentir el viejo tacto, la vieja sensación, tenerlo tan cerca que casi podía de matarlo. Podría haberlo matado, si tan sólo no le hubiese mirado con esos gigantescos ojos negros.
Has vuelto... murmuró el tanuki distraídamente.
Había vuelto, con los mismos ojos que lo espantaban y lo atraían a la vez. La herida permanecía oculta, sobrepasada por la neblina de la memoria. Entonces él sintió que no podría más, porque creía que estallaría, gritaría, rugiría, ¡querría salir a jugar!
Su mejor juguete había vuelto a sus brazos, ¡pero no podía tocarlo! ¡Lo necesitaba! ¡Tenía qué!
¡Gaara tenía que moverse! ¡Tenía que hacer algo porque él necesitaba sentir su piel!
-¿Sucede algo, Gaara-sama?- preguntó Lee suavemente mientras permanecía parado a un lado del escritorio atestado de documentos, ajeno a los tormentosos pensamientos que invadían al dirigente de Sunagakure.
El aludido lo miró como si le viera por primera vez, como si no pudiera comprenderle; y de verdad que no entiendía. ¿Qué era esa desazón que se apoderaba de él cada vez que le contemplaba? Esa era la primera vez que ese joven, Rock Lee, pisaba las tierras de Suna. Pero la forma en que el sol se reflejaba en su sedoso cabello, el calor abandonando sus sonrosadas mejillas, la tersa voz que acariciaba los suaves labios... No podía ser la primera vez, ¿o sí?
Entonces lo vió como lo que era -un guardaespaldas-, y la mirada nerviosa que parecía decir: "¿Por qué me miras?". Pero era demasiado respetuoso como para mencionar algo así.
-No- respondió finalmente, perturbado.
¿Qué era lo que lo perturbaba?
Es la herida, comentó el mapache de forma jocosa.
-¿Qué herida?- preguntó el pelirrojo en voz alta.
-¿Herida?- inquierió Lee mirándole fijamente- ¿Está herido, Gaara-sama?
El Kage batió la cabeza y negó enérgicamente. Se confundía. Shukaku lo confundía. El jounin lo confundía. Todo el maldito mundo lo confundía.
Deberías descansar... Es demasiado para ti. Shukaku siempre decía eso, jugaba con su mente y trataba de hacerlo ceder.
-No.
Lee le miró entonces, sin creer realmente en sus palabras. Gaara trató de que la mirada pasara desapercibida, pero el calor aumentó dentro de la habitación. Era el calor del desierto, pero también el calor de las penas. Al mapache le gustaba azotar su mente y mezclar sus memorias, entonces soltaba una carcajada dentro de su cabeza y Gaara sentía que no podía respirar. Sentía que iba a perder el control.
¡Pero no! ¡No podía! ¡No debía!
-¡¡Gaara-sama!!- exclamó Lee acercándose, preocupado ante el desencajado rostro del gobernante que se halaba de los cabellos.
-¡¡ALEJATE!!- gruñó el pelirrojo al tiempo que alzaba la mirada.
Lee contuvo el aliento dentro de su pecho. Ahí estaba el ojo amarillo de la noche anterior, el de su sueño. ¿Por qué sentía que lo ha visto antes? Se llevó una mano al brazo izquierdo, porque extrañamente allí escocía. Era un dolor lejano, distante, irreal. Allí no había nada.
-¿Quién eres?- susurró, asustado de pronto, pero no por la escalofriante visión frente a él sino a causa de los tenebrosos espectros del pasado. Le miró fijamene, con las orbes líquidas brillantes.
Fue entonces cuando Shukaku se sintió consumir. ¡Quiso gritar! Quiso decirle su nombre y hacerle entender que habían tenido un pasado juntos. Era un pequeño, corto y efímero pasado, ¡pero era real! Tan real y tan importante como un "te necesito", o un "te he extrañado mucho" e incluso al nivel de un "te amo".
¡Mírame!, exclamó el bijuu dentro de su celda de carne humana; y Gaara volvió la mano un puño y golpeó con él la mesa.
-¡Fuera!- rugió con una voz que era y no era suya al mismo tiempo.
Lee tembló ante su sueño que se presentaba tan real y abandonó la habitación en un suspiro.
Corrió y corrió porque no comprendía. Esos ojos... Los había visto antes. ¿Pero dónde? ¿DONDE? Se detuvo de pronto, el corazón agitado que latía ruidosamente contra sus sienes, y alzó la vista borrosa que se enfocó en las caras serias de los aldeanos. ¿¡Qué estaban mirando!? Era como si supieran, como si adivinaran. Todos ellos sabían, ellos estaban conscientes de lo que había pasado, hace años, cuando el cielo era rojo y la luna llena brillaba en lo alto con su demencial sonrisa.
¿Pero qué había ocurrido?
¿Por qué sentía que había estado allí antes?
¿Qué pasaba?
-¡Lee!- escuchó que le llamaban y se dio la media vuelta, asustado de que puediera ser ese demonio. Pero no, era Tenten, quien se acercó preocupada y, junto a ella, la joven Temari que lo observó con un brillo extraño en los ojos- ¿Estás bien?
El pelinegro jadeó y forzó una sonrisa.
-Sí, estoy bien, Tenten-san- la convenció rápidamente.
-¿Por qué no estás cuidando del Kazekage?- le recriminó ella mientras le amenazaba con el puño.
Lee sudó, y no fue por el calor precisamente.
-Yo... Debo irme, Tenten-san- hizo una rápida reverencia y echó a correr rumbo a la torre del Kazekage. Detrás de él, los ojos azules de Temari parecieron taladrar su nuca.
Ella presentía el peligro.
Y, nuevamente frente a la oficina de Gaara, Lee tragó saliva con dificultad y dudó en tocar a la puerta. Pero era su deber, no podía fallarle a su Hokage y, así como el jounin que era, no podía permitir que los sentimientos interfieran.
Tocó una, dos, tres veces, y del otro lado llegó la misma voz calmada de la noche anterior en el pequeño parque. Abrió la puerta suavemente y sus ojos se entrecerraron y su corazón se agitó ante lo que veía. Era Gaara, el pelirrojo; el estoico, frío, imperturbable Kazekage que trabajaba sobre sus documentos. Inmutable, alzó la vista y le indicó pasar, luego volvió simplemente a ignorarlo.
Lee caminó hasta colocarse a su lado, nuevamente. No comprendía. ¿Qué había sucedido minutos atrás?
¿Qué era lo que ocurría realmente con el Kazekage? ¿A qué se debían esos cambios tan radicales de su personalidad?
Soltó un par de suspiros, abatido mentalmente. Concentró la vista en el paisaje que se alzaba en la lejanía, ajeno a los ojos amarillos que lo estudiaban en silencio.
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Eran sueños. Simplemente sueños.
Lee lo supo, pero no pudo detenerse.
Era el mismo desierto de la noche anterior, con el mismo osasis en medio de la nada, inundado con la cristalina agua que reflejababa la inmensa luna llena que brillaba en lo alto. También estaba, sumergida, la misma ausente figura que parecía llamar sus sentidos, con una sola mirada, con un simple gesto de su mano.
Invitando.
Ven... mumuraron con voz ronca mientras le miraba con las perlas amarillas que eran sus ojos.
El jounin se acercó suavemente, hipnotizado por el sonido del viento.
Nuevamente las manos apartaron el chaleco y el mono verde que dejaba al descubierto los miembros casi mutilados. Las pálidas manos blancas acariciaron la piel lastimada, magullada en el pasado, sintiendo la necesidad de besar cada palmo de piel al descubierto, comentar con voz gastada lo mucho que lamenta todo lo que ocurrió y lo agradecido que está de que sucediera.
-¿Te conozco?- preguntó Lee con voz adormilada mientras en su interior se removía una vieja llama. Era el deseo de querer perder sus dedos entre las hebras de pelo rojo que se le hacían tan familiares- ¿Quién eres?
No tienes que decir nada, murmuró la sedosa voz grave como de ultratumba.
Silenciosamente sus manos tomaron los hombros desnudos y lo acercaron hasta su pecho. Era su juguete que había vuelto. Aquello que le arrebataran años atrás finalmente volvía a estar bajo sus garras, y Lee sintió entonces que toda la experiencia lo sobrepasaba, era mucho más de lo que podía soportar. ¿Era un demonio aquello que lo sostenía? ¿Y por qué besaba sus labios como si en realidad le importara?
Regresaste... a mí... dijo el demonio entrecerrando los ojos, acariciando el pelo negro, deseando no dejarlo ir.
-¿Quién eres?- preguntó Lee nuevamente, contemplando las blancas manos.
Pero no hay respuesta, tan sólo el vago sonido del desierto.
De pronto se sentía bien, estar relajado allí, apartado de todo. De su vida como ninja, de sus misiones, de su rango. Tan sólo quería entregarse por un segundo, y abrazarle eternamente.
Podría dormir para siempre si quisiera.
Pero ya era demasiado tarde.
Debía despertar.
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Abrió los ojos justo para encontrar la siempre apagada figura recostada sobre el marco de la ventana, con el rojizo cabello siendo mecido al compás del viento. Suspiró, cerró los ojos y volvió a abrirlos, asegurándose de no encontrarse en una alucinación. Pero no, ahí estaba él, ausente como siempre, cuando ya ni siquiera su figura podía asustarlo porque simplemente, en unas pocas horas, parecía haberse adaptado a él.
Era algo en sus ojos, o su forma de caminar o el tono de su voz, pero Lee pudo percibir la enorme pena. El abismal distanciamiento que lo apartaba de todo sentimiento.
-Gaara-sama...- llamó en voz baja, como había aprendido que al Kage le gustaba.
Y sí, el Kazelage era una persona extraña.
Lee aún no terminaba de entenderlo, pero casi podía decir que había algo dentro de él, cada vez que sus ojos cambiaban de color y su risa se hacía alocada y dispareja. A Lee se le estemecía el corazón cada vez que su voz cambiaba y se hacía más grave, más demencial. ¿A qué se debía todo esto? Nadie. No había nadie que respondiera a esa pregunta. Los guardias sudaban, se atragantaban, se acaloraban y se mareaban, pero no mencionaban palabra. Los habitantes huían, alzaban plegarias y se encerraban en sus casas, mirándole como si portara alguna enfermedad horrible. Y sus hermanos...
A ellos ni siquiera se les había acercado.
La mirada de Temari era temeraria, sagaz, imponente. Con sus ojos azules era capaz de penetrarlo y hacer incontables agujeritos por todo su cuerpo, taladrándolo con su vista de halcón, como diciendo: "no te entrometas donde no te llaman". Pero se equivocaba...
Sí había algo que llamaba a Lee.
Era una voz, o un susurro, o simplemente el viento arenoso que le acercaba los secretos más escondidos del desierto. Pero era algo que le impedía alejarse de allí, algo que llamaba su atención, que captaba su vista y hacía aparecer, frente a sus ojos, la delgada figura de Gaara.
-¿No deberíamos estar afuera?- preguntó Lee mientras se levantaba de la cama con suavidad.
Los ojos aguamarina se posaron en él por lo que fueron breves segundos. Volvió la vista a las calles desiertas, llenas de confetti y colores despampanantes que robaban la respiración. Sus perlas azules por momentos dolieron, cuando los recuerdos más oscuros de su memoria parecían salir a flote. Pero mantuvo a raya las múltiples penurias que amenazaban con azotarlo todo y tan sólo se dedicó a ignorar al pelinegro que había estado invadiendo sus pensamientos sin su consentimiento.
Ya de por sí le resultaba una odisea calmar las ansias de Shukaku, pero es que había algo en ese shinobi, algo que lo que descolocaba. Tenía algo en él que no le agradaba, no sabía si era la siempre presente sonrisa o...
Son sus ojos... Son sus enormes ojos negros.
Shukaku afiló la vista al pasado y sonrió para sus adentros.
¿Sus ojos?, se preguntó Gaara mordiéndose los labios. Podía ser. Esos ojos gigantescos lo perturbaban, inconscientemente hacían doler su corazón.
¿Y tú tienes corazón, Gaara?, cuestionó el mapache, y no había en su tono ni un ápice de burla. Este hecho no hizo sino enfurecer a Gaara aún mucho más. Por dentro quiso gritar "¡Todo es tu culpa, maldito engendro!", pero se contuvo a tiempo y tan sólo entornó los ojos.
-Está todo muy calmado- susurró el pelirrojo desviando la vista a un costado.
-¡Es eso a lo que me refiero, Gaara-sama!- exclamó Lee de forma demasiado ruidosa pero sin poder contenerse. Con pasos largos y rápidos se colocó a la altura del Kage- Se supone que es un festival y está todo tan... silencioso.
-Me gusta el silencio- contestó el pelirrojo con voz grave.
Lee le miró un par de segundos.
-Gaara-sama...
El pelirrojo le observó entonces, esperando el resto de la frase. Pero Lee permaneció con los labios perfectamente sellados en una línea recta. Gaara volvió la vista a las nubes borrosas que se alzaban en el firmamento.
En silencio puedes escuchar mejor mi voz... dijo el tanuki mientras observaba a Lee por el rabillo del ojo.
Casi tenía que reprimir la enorme carcajada que amenazaba con abandonar sus labios e inundarlo todo. Sentía una extraña opresión en el corazón, como si de pronto fuese a llorar. Pero sabía que sus lágrimas de fuego estaban a salvo, pero no podía decir lo mismo de ese chiquillo enviado por la Hokage.
Lee no lo sabía ahora, pero toda su presencia escondía aquel terrible secreto marcado con sangre. La razón por la que los carnavales eran tan silenciosos, los festivales tan oscuros, las noches tan temidas... Todo se reducía simplemente a aquel nombre, aquel acontecimiento que había marcado la historia de Sunagakure. El peor enemigo, el más mortal de todos. Allí estaba, con las vendas alrededor de sus brazos y la actitud resuelta.
Está tan cerca...
-No debería ser así.
-¿Piensas decirme cómo deben ser las cosas en mi aldea?- preguntó Gaara en tono peligroso.
Lee guardó silencio inmediatamente. La actitud del pelirrojo era demasiado cambiante, explosva por momentos, excesivamente peligrosa. Un instante se mostraba distante, casi complacido al notar la eficacia de su guarda espaldas, la dedicación del shinobi de la hoja, y al segundo siguiente denotaba molestia, irritación ante su presencia, y entonces Lee hizo aquella pregunta que venía atormentándolo toda la mañana.
-Gaara-sama...- los ojos aguamarina le miraron fijamente, apremiándole a continuar- ¿Me odia?
La mirada turquesa pareció suavizarse.
¿Lo odiaba? Ni siquiera el propio Gaara estaba seguro de ello. Movió los labios lentamente y la voz del mapache lo detuvo.
Di la verdad...
-Yo...
¡La verdad, niño!
-No. No te odio...- el mapache sonrió desde su celda de carne humana y Lee soltó un suspiro como de alivio, sin saber por qué de pronto sentía como si le hubiesen quitado un peso de encima- Pero tampoco me agradas- continuó Gaara-. Hay algo de ti que no me gusta.
El pelinegro agachó el rostro.
-Lo siento- dijo, como si realmente tuviese algo que ver en eso.
El Kage le miró por encima del hombro, con esos ojos que denotaban misericordia y lástima, como si estuviera por encima de todo. Comtempló la figura de Lee, delgada, rodeada por una finísima tela verde un chaleco del mismo color pero una tonalidad más clara. Los ninjas de Konoha eran muy extraños, pero este... Este era simplemente increíble.
-Gaara-sama...
Pero un ruido le interrumpió. Un sonido que había escuchado antes pero que demandó de inmediato su atención. Sus ojos se abrieron como platos, relucientes ante la luz de la luna.
-No puede ser...- murmuró, extasiado ante lo que veía.
Gaara miró en silencio, su corazón parecía expandirse ante su vista, el cristal empañado por... la lluvia.
-Está lloviendo- la voz del pelinegro era excesivamente baja, como si temiera romper algún hechizo.
El Kazekage asintió:- Está empezando... El Festival de la Lluvia.
Lee contempló con fascinación las cristalinas gotas de lluvia que se incrustaban contra el cristal. Una emoción incontenible se trancó en su pecho e hizo que una gigantesca sonrisa invadiera sus labios. El corazón, dentro de su pecho, latía desbocado, con violencia excesiva. Algo dentro de él pareció removerse, aunque no supo qué podría ser. Lo único que entendía era que aquel acontecimiento era algo importante, ¡importantísimo!
-¡Gaara-sama!- exclamó sintiendo el rostro arder- ¡Está lloviendo!
-Puedo verlo por mí mismo- respondió Gaara de forma cortante, pero ni siquiera la más fría de sus palabras podría desanimar a Lee en ese momento, quien abrió la ventana con rapidez y sintió el agua fría mojarle el rostro.
-¿¡Pero que demonios haces!?- vociferó Gaara a todo pulmón.
Tras un ruido sordo, las ventanas se cerraron abruptamente, la arena dentro de la habitación moviéndose de forma errática. Lee contempló a Gaara, sus ojos abiertos al máximo. El pelirrojo jadeaba con fuerza, mantenía los ojos tan abiertos que parecía iban a saltar de sus cuencas de un momento a otro. Y su expresión... ¡Su expresión era atemorizante!
-L-Lo siento...- se disculpó Lee tratando de controlar su voz y mantener al margen sus visibles temblores.
El pelirrojo lo devoró con la mirada, sintiendo las venas pulsantes que daban la impresión de estallar de pronto. Sentía, en ese instante, una furia enorme sin precedentes. Su pecho subía y bajaba a una velocidad atronadora, cada célula dentro de él agitándose, de pronto luciendo como el monstruo que realmente era.
-No te atrevas...- gruñó aún como un poseso- No vuelvas... no vuelvas a abrir la ventanas... cuando esté lloviendo...
Lee quiso preguntar por qué. ¿Qué tenía de malo la lluvia si era un fenómeno tan impresionante en un desierto? Pero el rostro de Gaar cortó cualquier réplica. El pelirrojo, de nueva cuenta, se llevó una mano a la cabeza, tratando de calmarse a sí mismo.
-¿Está bien, Gaara-sama?
-Vete.
La orden sonó precisa, fría y calculada. Lee arrugó el ceño y se mordió los labios, a punto de contradecirle, la voz del Kage llenó la estancia.
-Márchate. Es una orden.
El ninja de Konoha no tuvo más remedio que acatar. Hizo una marcada reverencia y salió de forma pausada de la habitación, deseando que a última hora el gobernante le pidiera quedarse. Pero ninguna palabra brotó de los delgados labios y Lee se vio forzado a volver a su propia recámara, con el agridulce sabor de la reciente derrota pero una nueva promesa en su ser:
-Descubriré el secreto de Gaara-sama- juró mientras se recostaba contra la puerta-, cueste lo que cueste.
Continuará...
