Capítulo 2 Una nueva vida.

Kimi dejó escapar un suspiro de placer mientras se dejaba caer en la cama.

Su cama.

Había pasado tanto tiempo desde la última vez que se acostó en una que ya casi no recordaba la agradable sensación de un mullido colchón amoldándose a su cuerpo, la colcha calentita abrazando su piel y la suavidad de la almohada invitándola a cerrar los ojos y dejarse llevar. Hacía tanto tiempo que no se acercaba a una que había llegado a considerarla un capricho superfluo.

Sin embargo, en aquellos momentos, no entendía cómo había llegado a creer alguna vez que había dormido bien si no había sido en una de esas maravillosas creaciones del hombre.

Sonrió.

—Después de tanto tiempo supongo que nos hemos ganado algún lujo que otro, ¿verdad Shiro? —susurró estirando el brazo para hacerle alguna carantoña al animal, pero él estaba demasiado lejos de ella y Kimi estaba demasiado cansada como para levantarse de la cama—. Tenías que bañarte, no puedes estar enfadado conmigo por eso —protestó al darse cuenta de que Shiro seguía dándole la espalda. El perro gimoteó en respuesta, haciendo que Kimi decidiera que era un caso perdido y que sería más productivo centrarse en sus propios pensamientos—. Por más vueltas que le doy, sigo sin entender cómo hemos terminado aquí, de verdad que no. Hace un par de horas estábamos rebuscando en un contenedor algo que pudiéramos llevarnos a la boca y ahora tengo una habitación gigante en una casa gigante.

Lo cierto era que ni siquiera ponerlo en palabras hacía que fuera más sencillo de entender. Vale que Kimi no tenía muchas nociones sobre el estado del mercado inmobiliario –ninguna, siendo franca consigo misma–, pero ni siquiera ella podía ignorar que se trataba de una residencia de lujo: definitivamente no el lugar donde querrían a una rata callejera como ella.

Y sin embargo ahora tenía un cuarto precioso solo para ella, con armarios llenos de ropa que de alguna manera eran de su talla y con un baño privado que no había tardado en usar para ponerse a remojo –y para darle otro a Shiro en cuanto terminó ella, aunque al can no le hizo demasiada gracia–. Y, por si fuera poco, tendría un plato de comida caliente en la mesa siempre que quisiera.

Nunca antes hubiera sido capaz de soñar con nada de eso.

Vale que no le salía gratis, era a costa de su liberta, pero también podría haberle ido mucho peor.

Quizás en aquel momento no se le ocurría nada peor que vivir encerrada a la merced de seis vampiros adolescentes, pero seguro que al final daba con algo.

Dicho así parecía una broma de pésimo gusto.

O un reality show malo de tele, según se mirara.

—¿sabes? —esta vez sí que se incorporó un poco para poder mirar al perro aunque sabía que sería ignorada de nuevo—. Sé que son vampiros, pero no tengo ni idea de cómo lo sé. Vale que por la forma de hablar era algo un poco obvio si se es de mente abierta, pero... —extendió sus manos frente a sus ojos—. Y ese cosquilleo... es... es como un presentimiento, no sé. Y sí, no hace falta que me lo digas, mis presentimientos son una mierda y fallo siempre porque de otra manera no estaríamos aquí. Y es absurdo creer todo lo que te estoy soltando solo por simple inspiración, pero... —de nuevo dejó la frase en el aire, sin saber qué decir.

Tenía que dejar de intentar convencerse a sí misma y empezar a pensar más seriamente en su situación.

Cerró los ojos y recapituló todo lo sucedido en las últimas horas para cerciorarse de que no era solo un sueño: tras discutir durante un buen rato, todos habían accedido a que ella viviera en la mansión tal y como "él" lo había ordenado. Bueno, accedieron todos menos ella, a quien nadie preguntó y cuya opinión no importaba a nadie. En cuestión de segundos habían decidido que no la matarían, que se quedaría con ellos y que se amoldaría a sus costumbres mientras ella se quedaba sentada y trataba inútilmente de protestar.

Finalmente, gracias a Reiji se enteraron de que "él" –le mosqueaba tanto secretismo en torno a la figura de ese hombre– había mandado a los sirvientes que tuvieran una habitación lista para cuando llegara, dejando instrucciones precisas sobre la talla de la ropa que tenían que tener preparada. Le inquietaba que alguien pudiera saber tanto de ella como para acertar incluso en la ropa, pero decidió que aquel solo era el menor de sus problemas y que podría esperar. De momento se alegraba de que pudiera cambiar su mugrienta ropa por algo decente por primera vez en su vida.

Lo mejor de todo el trato seguramente era que tras mucho insistir, Reiji –quien era el que parecía tener la voz cantante– había accedido a que Shiro se quedara siempre y cuando no saliera de los jardines. Por descontado, tenía la entrada a la mansión completamente prohibida.

No creía que le hiciera gracia enterarse de que había roto la norma más importante que le había impuesto en menos de dos horas.

No era estúpida, sabía que el bienestar de Shiro en algún momento podría volverse en su contra, sin embargo había accedido a todas las condiciones con tal de asegurarse de que su amigo tuviera una buena vida para lo que le quedaba. Al menos él podría disfrutar de su estancia allí.

—Nee... me aburro Shiro —protestó al cabo de unos minutos, sin moverse de la cama. No podía dormir—. Ya ni siquiera me parece divertido intentar escapar.

Había intentado escabullirse un par de veces desde que la dejaron en su nueva habitación, pero siempre que estaba a punto de lograrlo aparecía alguno de los hermanos Sakamaki como salido de la nada y le paraba los pies. Su vida en la calle le había enseñado a ser realista y sabía que se estaban burlando de ella, así que había detenido su campaña de intentar huir y se había escondido en su cuarto, el único lugar en el que –de momento–, no habían ido a molestarla.

Frunció los labios molesta mientras jugueteaba con un mechón de pelo recién cepillado y se dejó caer de nuevo sobre el colchón. Se quedó allí, estática, sin ganas de nada hasta que decidió que era demasiada apatía para ella.

—Podríamos hacer algo —miró al perro que había encontrado entretenido mordisquear la punta de su toalla mientras la observaba atentamente. Al parecer ya la había perdonado por el baño a traición—. No quiero encontrármelos de nuevo... así que no quedaremos aquí. ¿Qué te parece si guardamos nuestras cosas? —sonrió irónicamente mientras observaba su desvencijada mochila verde.

Vació el contenido de cualquier manera sobre la cama y abrió los ojos sorprendida al ver que con los años había acumulado más cosas inútiles de las que recordaba. Muchas no sabía ni cómo habían ido a parar allí.

A pesar de la cantidad de cosas, terminó pronto. Lo separó en dos montones: por un lado pequeños envoltorios de comida que por alguna razón había encontrado oportuno guardar, piezas de metal oxidado, un cable roído... todo aquello iba directamente a la basura. Por otro: un collar blanco que compró años atrás para Shiro pero que el animal nunca se dignó a usar, piedras bonitas y curiosas que llamaban su atención, una pequeña navaja que no tenía filo y la bolsa de chocolatinas que guardó en la mesita de noche. No eran cosas que tuvieran un valor especial para ella, pero le gustaba pensar que había algo en aquella casa que era enteramente suyo y, ya que le habían quitado su daga de plata, tenía que apañarse como podía. Más bien era un tímido acto de rebeldía.

No fue una tarea que le ocupara mucho tiempo, por lo que media hora después estaba de pie frente a la cama, con los brazos en jarras y mirando indecisa lo último que le quedaba por clasificar. Era un paquete envuelto en una tela mugrienta que había estado ignorando tan deliberadamente en los últimos años que había terminado por olvidar que lo tenía. Si no hubiera sido por eso, no hubiera dicho de vaciar la mochila.

Todo era demasiado complicado.

—Esto es importante Shiro... tú no sabes nada porque no estabas en aquella época, pero también es algo malo. A lo mejor... —murmuró con una voz que le pareció asquerosamente débil— si me deshago de esto yo... yo...

Cogió el paquete con manos temblorosas y se acercó a la basura. Se quedó inmóvil con los brazos extendidos frente a ella sin terminar de tomar una decisión.

Un dolor lacerante le golpeó la sien y algunas imágenes distorsionadas atravesaron su cabeza como fogonazos: un niño, un parque, una tarde lluviosa... Ahogó un sollozo y abrazó la tela contra su pecho mientras intentaba serenarse, sin dejar de gimotear una disculpa al aire. Sus piernas se tambalearon y comenzó a sentir nauseas.

Tenía que hacer algo para no dejarse llevar.

Con un gesto brusco abrió la puerta del armario y lanzó el paquete con fuerza, cerrando seguidamente la puerta de un portazo. Apoyó la espalda contra el armario mientras jadeaba y boqueaba, intentando que el oxígeno llegara a sus pulmones. Se llevó las manos a la cabeza y clavó sus uñas en su piel, sus piernas flaquearon una vez más y se dejó caer. Todo daba vueltas y su cabeza se llenaba de gritos y voces.

Ahogó a duras penas otro sollozo: no podía rendirse en aquel momento porque entonces no habría marcha atrás y se negaba a demostrar debilidad ante los hermanos Sakamaki.

—Etto... ¿te encuentras bien? —Kimi alzó la mirada con los ojos desorbitados. No se había dado cuenta de cuándo había dejado de estar sola y Shiro tampoco había avisado de la presencia de ningún intruso; por suerte no era una de los Sakamaki o, si lo era, al menos no era una vampiresa. O eso pensaba al notar que no había ni rastro de hormigueos ni mareos desagradables. Se trataba de una chica que posiblemente tuviera su edad, con el cabello rubio y rizado cayendo con elegancia sobre sus hombros; sus ojos eran muy expresivos, brillando en un color rosa que Kimi nunca antes había visto. Era bastante bonita—. ¿Necesitas ayuda?

Su ojos eran tan expresivos que la preocupación que reflejaban se acentuó y solo entonces Kimi se detuvo a pensar en lo realmente patética y vulnerable que debía parecer en aquel momento, sentada en el suelo y consumiéndose por sus propios demonios. Con un gesto se enjugó las lágrimas y se levantó, recubriéndose de una fachada de rudeza que hasta la fecha le había servido bastante bien. Al ponerse de pie descubrió con satisfacción que era más alta que la recién llegada.

—Estoy perfectamente —gruñó frunciendo el ceño. Sabía que estaba pagando con aquella chica todo lo que sufría cuando aquellas visiones de su pasado llegaban para atormentarla, pero necesitaba desquitarse de alguna manera—. ¿Quién eres?

—Soy Komori Yui —le dedicó una sonrisa cargada de empatía que Kimi no correspondió. Seguramente la rubia pensaba que ese atisbo de debilidad que había visto en ella se debía a ser una prisionera en aquella mansión y la odiaba por estar tan lejos de la realidad y dar por sentado que era tan patéticamente débil—. Eres Hoshikawa Kimi, ¿verdad?

—Parece que todos aquí saben mi nombre —replicó cortante. Empezaba a irritarle de verdad todo aquella situación de su identidad—. Es solo Kimi.

Yui se estremeció, sorprendida y seguramente cohibida por la respuesta tan cortante que le había dado, pero rápidamente volvió a sonreír de nuevo y se acercó un par de pasos.

—Bueno Kimi, parece que desde hoy vamos a vivir juntas, así que había pensado que podríamos ser amigas —la proposición la pilló con la guardia bajada, por lo que se quedó en silencio sin saber qué decir. Yui se retorció las manos nerviosa al no obtener respuesta y al hacer ese gesto la atención de la morena recayó sobre el paquete que estaba sujetando. La rubia sonrió con timidez al notar su curiosidad—. Esto es para ti.

Se lo ofreció con una sonrisa conciliadora, así que Kimi no tuvo más remedio que cogerlo con algo de desconfianza pero con curiosidad muy a su pesar. Se trataba de ropa, concretamente un uniforme aparentemente escolar.

—¿Y esto? —preguntó con cautela. No quería escuchar lo que se imaginaba que saldría de labios de la chica.

—Bueno, vamos a ir al mismo instituto. Es nocturno pero no está mal —Kimi contempló atónita la ropa mientras trataba de procesar las palabras de Yui—. Le pedí a Reiji que me dejara traértelo, así podría conocerte un poco. ¿Cuántos años tienes? A lo mejor vamos a la misma clase.

Kimi no contestó.

Si no se imaginaba qué podría ser peor que tener que convivir con seis vampiros adolescentes con algún tipo de trastorno mental, ahí tenía la respuesta.