Hermione estaba empacando su baúl por tercera vez, revisando meticulosamente que cada ítem apoyara su historia. Las semanas habían pasado con rapidez y ya era el treinta y uno de agosto.

Mañana, Cerdic la llevaría a Kings Cross a tomar el Expreso de Hogwarts. Se preguntó si el tren sería el mismo.

Los dos magos mayores habían demostrado un deleite casi infantil en prepararla. Se habían preocupado mucho de que su identidad estuviera completa. No podía haber posibilidad de sospecha: si alguien se daba cuenta de dónde provenía en realidad estaría en terrible peligro.

Hasta había visitado el castillo en Gales para imaginar cómo habría sido crecer allí.

Incluso sus posesiones materiales tenían un rol que jugar en la mentira. Su baúl de cuero le había pertenecido a la prima de Cerdic, Hellawes. Era un baúl mágico relativamente estándar, con tres compartimientos dependiendo de cuánto girabas la llave. Hermione había añadido un cuarto, secreto y fuertemente protegido, en el que guardó los objetos valiosos que Cerdic había empacado. Unas cuantas joyas viejas que Hermione sospechaba eran hechas por goblins, y que probablemente nunca tendría oportunidad de usar, un cuadro del castillo y del maravilloso paisaje rodeando el área.

Habían tenido que reunir detalles menores de vida para que pintaran su propia imagen: un antiguo tintero con una tapa de plata, hechizado para que nunca se acabara o se derramara, un set de escritura, una miniatura de Cerdic (que pasaba la mayor parte del tiempo dormido). Una colección de libros nuevos y viejos, pertrechos de pociones, un telescopio. Perfume, túnicas. Cosas viejas y nuevas mezcladas para mostrarle al mundo que ella era Hermione Dearborn.

Doblar y redoblar ropa y examinar los objetos que representaban su vida nueva no podía mantener lejos los miedos de Hermione para siempre.

Un chico con cabello oscuro y una cara pálida, una cara que nunca había visto en persona. Una cara que Harry y Ginny habían descrito con una peculiar veneración. Una cara que había acechado sus sueños cada vez que se había puesto el medallón de Slytherin. Tom Riddle, guapo y encantador - huérfano pero brillante. El chico más listo de Bretaña, y el más malvado.

Hermione se preguntó qué tan poderoso era ya. La náusea agitada que llevaba semanas en su estómago la superó. Corrió al baño y vació su estómago con violencia.


Estuvo inusualmente silenciosa durante la cena de esa tarde, y movió su comida en el plato con apatía. Cerdic y el Professor Dumbledore hablaron entre sí, notando su estado de preocupación, y la dejaron sola con sus pensamientos. Estaba recordando a Tom el Horrocrux, tentándola, diciéndole que fuera hacia él, que haría una excepción con ella porque era tan hermosa, tan brillante. Que Harry y Ron nunca verían más allá de su estudiosidad para notar la valentía que yacía dentro. Que Harry siempre valoraría más la amistad de Ron por sobre la suya, a pesar de que era ella la que nunca lo había dejado, que siempre siempre había creído en él y había permanecido a su lado.

Le susurraba que la vida con Ron sería una monotonía infinita, torciendo su propia visión del futuro para transformarlo en un infierno suburbano. En sus sueños él le acariciaba el pelo y le decía que ella era demasiado brillante para esa vida - ¿y no le gustaría hacer algo verdaderamente increíble?

¿No quería que todos reconocieran de lo que era capaz en realidad? ¿Ver que era ella la que había sido más lista que él consistentemente?

Sin ti, había siseado él una y otra vez, no son nada. Sin ti ni siquiera me molestaría en perseguirlos. Ven a mí, muéstrate ante mí y te recompensaré, te demostraré a tí y al mundo de lo que eres capaz… Ven a mí, Hermione. Únete a mí. Muéstrale al mundo lo que puedes hacer en realidad.

Había sido un intento magistral de manipulación. Harry y Ron no podían nunca, jamás saber sobre los sueños que tenía noche tras noches, sueños que no eran suyos - y algunos que sí lo eran. Sueños de tortura, de soledad, y sueños dónde él la había poseído - donde él la hacía rogarle que la poseyera.

Lo peor de todo habían sido los sueños donde él había llorado, perdido como un niño, y le había rogado que lo dejara ir. Cuando le había prometido que haría cualquier cosa si tan sólo lo dejaba sentir el sol en su piel. Cuando le había preguntado por qué Dumbledore había amado a Harry, había cuidado de Harry, pero había odiado a Tom y lo había dejado a su suerte.

Esto último la había perturbado más que cualquier otra cosa. Porque era verdad, y porque había sentido la sincera sensación de rechazo de parte del Horrocrux.

Hermione juró que haría cualquier cosa, cualquier cosa para evitar que la notara en la escuela. Excepto por su vínculo con Dumbledore, el trasfondo que habían creado no debería ser de mucho interés para nadie. Los Dearborns no estaban en la lista de las veintiocho familias más puras. Era un antiguo nombre pero se habían casado, infrecuentemente, con hijos de muggles y, más a menudo, con mestizos.

Sería tan sólo una bruja más. No nacida de muggles, no Sagrados Veintiocho, no la primera mestiza en una familia antigua como Harry o Riddle. Mientras que no la sortearan a Slytherin, y resistiera la tentación de ser demasiado lista o demasiado capaz, cualquier interés ganado por su entrada inusualmente tardía a la escuela desaparecería con rapidez.

Hermione tenía la esperanza de que nadie examinara su varita nueva de cerca, que era del mismo tipo que la de Bellatrix, aunque no era la misma varita. Era derecha y elegante, sorprendentemente flexible, nuez e hilo de corazón de dragón. Una varita que la delataba como alguien inteligente. Poderosa. Una varita peligrosa si era usada para los fines equivocados.

Una varita, había murmurado el inquietantemente joven Ollivander, que, una vez era conquistada, podía ser persuadida de lograr casi cualquier cosa. Ella no había respondido. No quería a este nuevo compañero. Pero la edad y los orígenes de las varitas podían ser rastreadas: la suya yacía escondida en una pequeña bóveda de Gringotts marcada con su nuevo nombre.

Mientras Hermione estaba echada en su cama por última vez, murmuró una y otra vez: No perderé los estribos. No necesito ser la mejor.

Ya había pasado sus EXTASIS con facilidad (y era increíblemente irritante saber —porque lo había revisado en los archivos del Ministerio, que Tom Riddle le había ganado apenas). Pero no importaba. Controlaría su estúpido y temerario deseo de ganarle esta vez… Sería hacer trampa de todos modos - una victoria vacía. Y daría lo mejor de sí para pasar todo el año sin tener que hablarle siquiera.

No perderé los estribos. No necesito ser la mejor.

Soñó que luchaba contra Tom el Horrocrux, que lo dejaba derrotado en el suelo.