Alfred F. Jones estaba sentado en el frío piso de madera clara, al interior del cuarto a donde había sido arrastrado en contra de su voluntad. Se había salvado por los pelos de ser asesinado por un psicópata armado con un maldito trozo de cañería ¿Cómo logró conseguir el arma ese tipo? No tenía ni la más remota idea, y prefería continuar con su ignorancia. La suerte le había sonreído por primera vez en años, y no era el mejor momento para analizar el comportamiento irracional de un monstruo con piel humana.
Mantenía su celeste mirada fija en la gran puerta metálica pintada de blanco, color que no le reconfortaba en absoluto y menos al pensar que estaba encerrado con su salvador. ¿En qué zona del manicomio se encontraba? En el ala noroeste las puertas no eran de metal, de eso estaba 75% seguro ¿Y si quién le había salvado era un maldito psicópata más, el cual le había escogido como su próxima víctima ante la oportuna situación acontecida? No podía descartar aquella posibilidad, sabiendo que se encontraba en un maldito sanatorio mental lleno hasta reventar de personas mal de la olla… cualquier cosa era posible, para su desgracia.
—Lamento haberte jalado de la forma en que lo hice—exclamó una suave voz a sus espaldas. No sonaba como un psicópata sanguinario, ya que transmitía demasiada tranquilidad para serlo—. Espero que puedas perdonar mi falta de respeto.
El chico de ojos claros no pronunció una sola palabra en respuesta, sólo se giró para poder ver al dueño de aquella bonita voz. Esperaba encontrarse con un hombre alto y delgado, de negros y despeinados cabellos que tuviese una expresión de absoluta locura en sus muertos ojos. Lo que vio le hizo abrir sus ojos como un par de platos, sorprendido.
Frente a él había un chico de baja estatura, que no superaría los doce años de edad: poseía rasgos de carácter asiático y piel nívea; su cabello era liso y azabache, siendo un poco largo siguiendo la moda de las caricaturas japonesas; sus ojos, al igual que su cabellera, eran oscuros, y para nada amenazantes ni intimidantes; su vestuario tenía un aire tradicional y oriental, pero bastante humilde a la vez. Aquel chico no tenía apariencia de un asesino sanguinario ni nada por el estilo; al contrario: se veía muy amable y tranquilo, a pesar del lugar en que residía. Como un pequeño conejillo dentro de un bosque infestado de monstruos.
Alfred pensaba responde educadamente ante la disculpa del asiático, pero su atención se desvió hacia el cuarto que le rodeaba. La decoración era extraña: cientos de piezas de origami inundaban la estancia, colgando del techo gracias a delgados hilos de nylon o descansando en altas repisas. Tenía el aspecto de una casa de muñecas… una muy escalofriante y extremadamente perturbadora, claramente.
—Veo que te gusta mi arte—musitó el chico de cabellos azabaches, con una pequeña sonrisa formada en sus delgados labios. Le recordaba a una bonita muñeca de porcelana fina—. ¡Oh, perdona mi falta de educación básica! Mi nombre es Kiku Honda, es un grato placer el conocerte.
—Alfred—contestó el rubio, de manera seca. Quizás no fuese la mejor forma de presentarse ante alguien que le había salvado la vida hace a penas unos par de minutos… aunque él tampoco era alguien que se podía considerar como "educado"—. Gracias por evitar que ese hijo de puta me matase o algo…
—No tienes por qué agradecer algo así—exclamó, sonriente. Su redondo rostro era sereno, a la vez que extremadamente dulce. Podría llegar a considerarse como un chico "mono", pero había algo en aquel par de ojos oscuros que ponían nervioso al americano. Pupilas como un par de agujeros negros—. Te recomiendo encarecidamente que te pongas cómodo, los encargados del lugar tardarán un rato algo largo en devolver a Ivan a su cuarto y administrarle calmantes para su crisis.
— ¿Ivan? —cuestionó, enarcando una de sus delgadas cejas. No se había movido ni un milímetro, dada la extraña desconfianza que sentía hacia Kiku ¿Quién demonios era ese tipo? No le había visto nunca antes, ni siquiera de soslayo en el comedor—. ¿Ese es el nombre del psicópata ese? Es bastante normaducho, no le pega para nada.
—Sí, aunque su nombre completo es Ivan Bravinsky. Generalmente es muy amable, no comprendo bien las razones que tuvo para actuar de aquella manera tan irracional y agresiva contra ti, Alfred-kun—respondió, con un tono suave como la seda. Se había levantado de su pequeña almohada en el suelo, para poner una delicada tetera en la bonita cocina que tenía en una esquina del cuarto. Era extraño que se permitiese en un sanatorio mental el tener tales artefactos en el cuarto de uno de los internados, pero el americano prefirió el no pensar demasiado sobre ello. Los asiáticos estaban fuera de su rango de comprensión—. ¿Deseas tomar algo de té? Es bueno para espantar los demonios que atormentan el alma.
El chico de ojos claros no dijo una palabra, sólo se desplazó lentamente hasta la mesa de baja estatura que había en el centro del cuarto. Se sentó en uno de los cojines de color oliva que cumplían el rol de asientos, mientras contemplaba al asiático preparar un par de tazas de té y colocar en un pequeño plato blanco algunas galletas de aspecto delicioso. El lugar emanaba paz, como si se tratase de un sueño del cual no se quiere despertar.
Los movimientos de Kiku al verter aquel oscuro y humeante líquido dentro de las delicadas tazas de porcelana eran suaves, asemejándose a los de una bailarina de ballet. ¿Por qué se encontraba tan fascinado por aquel chico de ojos rasgados? Normalmente le desagradaban las personas con una personalidad tan calmada; le resultaban aburridos de ver y escuchar. A veces disfrutaba al molestar a esa clase de gente sólo para observar como esa bonita y patética faceta de tranquilidad absoluta resquebrajaba poco a poco, dejando vislumbrar su lado más oscuro, el cual trataban de ocultar con tanta vehemencia. No soportaba los seres falsos.
Kiku volvió a la mesa, esta vez con una bandeja de un suave color naranja cremoso entre sus blancas manos. Le entregó una de las tazas a Alfred, para luego dejar el plato con galletas al centro de la mesa y sentarse en su respectivo puesto, frente a su invitado. Este mismo no pudo hacer nada más que clavar su celeste mirada en el negro líquido que había sido preparado con tanta dedicación. Sentía una extraña presión en el pecho, como un instinto arcaico que le aconsejaba huir de aquel lugar lo más pronto posible.
—No te había visto antes en el hospital ¿Hace cuánto te internaron, Alfred-kun? —preguntó Kiku, intentando romper el incómodo silencio que se había formado. Sostenía de manera relajada entre sus manos el recipiente que contenía el humeante té, soplando suavemente en busca de enfriarlo un poco—. Perdona de antemano mi curiosidad, sé que no tengo por qué entrometerme en tus asuntos…
—Llevo dos semanas metido en este manicomio de mierda, y ya deseo irme de aquí—musitó, encogiéndose de hombros. El chico frente a él asintió en silencio, algo que le alegró bastante. Era reconfortante que alguien le escuchase sin empezar a criticarle y soltar mierda—. ¿A qué va lo de "kun" cuando me llamas por mi nombre? Es bastante raro ¿Sabes?
—Es un título honorífico que se usa en mi país natal: Japón—explicó, desviando la mirada hacia un mapa del mundo de aspecto antiguo que tenía colgado en una de las paredes de su cuarto, más específicamente en la pared junto a su cama. Quizás buscaba a su tierra madre, añorando volver a esta misma o, simplemente, tenía un extraño tic. No había que descartar ninguna de las opciones posibles—. Me impresiona en gran manera que no conozcas respecto a ello; en el occidente les interesa bastante todo lo que respecta a la cultura oriental.
—Perdóname por no pertenecer a esa clase de frikis raros que juran que algún día vivirán en Japón—replicó, con su voz cargada de venenoso sarcasmo. Con lo dicho esperaba lograr quebrar el pacífico semblante del pequeño japonés; le irritaban las personas que aparentaban tranquilidad ante el mundo, que se comportaban como los malditos psicólogos que habían entregado falsas esperanzas antes de encerrarle en aquel maldito infierno—. Me gusta ser normal ¿Sabes?
—Bueno, puedes ser quién tú quieras ser—respondió sonriente, a la vez que se encogía levemente de hombros. El americano sintió sus propias mejillas arder como un par de tomates, lo que le irritó aún más. ¿Por qué aquel chico tenía que ser tan malditamente tierno? —. Lo siento si te incomodé, esa no era mi verdadera intención.
Alfred se volvió a encoger de hombros, sin saber qué decir. Nunca había sido bueno al charlar con desconocidos, ya que le era difícil encontrar temas interesantes de conversación que le agradasen a sus receptores. Tomó la pequeña taza entre sus manos, para poder darle un largo trago al té verde que esta contenía.
El silencio en el cuarto era absoluto, y ni siquiera había presente algún reloj que llenase el lugar con su constante tictacteo. Muchas personas plantearían que aquel tranquilo entorno era aburrido, e incluso relajante, pero para el americano era estresante. Este concepto anterior se puede explicar dado el hecho de que el chico estaba acostumbrado a la cacofonía de bocinas y gritos que conformaban la ciudad, en la cual había vivido durante toda su vida hasta ahora. Comenzó a tamborilear sus dedos en la mesa, mientras que con su mano libre sujetaba la taza, apurando el té por su garganta. Sentía que su cordura iba a colapsar en cualquier momento.
— ¿Te gustaría hacer alguna figura de origami? —musitó Kiku, levantando su oscura mirada. Alfred enarcó una de sus delgadas y rubias cejas, a modo de cuestionar lo dicho por el asiático—. Dado el incidente que respecta a la crisis de Ivan-san tendremos unas cuantas horas antes de que nos permitan recorrer los pasillos con libertad, y que puedas volver a tu respectiva habitación…
El americano asintió, bajando su mirada hacia la pequeña y vacía taza entre sus manos. No tenía más opciones que aceptar lo que aquel extraño chico le proponía; claro, si no quería aburrirse hasta el punto de enloquecer y comenzar a destripar a cada ser humano que se encontrase rondando por aquel asqueroso lugar.
Kiku le dedicó una leve curvatura de sus labios, la cual podría llegar a considerarse más como una sonrisa que como una mueca. No entendía muy bien el por qué aquel chico era tan amable, pero tampoco tenía un gran interés en saberlo. Quizás planeaba matarle para hacer sushi con su carne, o fideos viscosos con sus intestinos.
El pequeño japonés quitó las cosas que estaban sobre la mesa, exceptuando el plato de galletas. No quería dejar a su primer invitado en tanto tiempo sin comida, sería totalmente nefasto que le empezase a considerar como un mal anfitrión. Se dirigió hacia la cómoda junto a su cama, de la cual extrajo varios papeles de colores y un par de tijeras afiladas. Era muy extraño que a un interno de un manicomio le permitiesen contar con un par de tijeras dentro de su cuarto, dados los posibles resultados funestos que estas podían generar en manos de alguien ido de la olla.
Dejó los materiales sobre la mesa, sonriente, antes de volver a sentarse en su respectivo lugar. El asiático comenzó a explicarle al chico de ojos claros el cómo manipular el papel para lograr formar un águila de papel, la cual fue una petición específica de su arisco invitado.
Alfred consideraba bastante aburrida e inservible el "arte de hacer figuritas de mierda con papel", pero parecía ser lo único que Kiku sabía hacer además de preparar un té bastante amargo. El chico no era tan desagradable después de todo: era amable al explicarle cada uno de los pasos por los que tenía que proceder, y no flaqueaba en su actitud aunque tuviese que repetir dos veces el mismo punto.
El tiempo galopaba, mientras las figuras se acumulaban sobre la mesa y las galletas desaparecían del plato, dejando meras migajas que recordaban su pasada existencia. El americano no tardó demasiado en relajarse, entrando ya en un ambiente de mayor confianza. Dado esto, se vio a si mismo contándole a un completo desconocido todas las miserias de su vida, entregando la información con lujo de detalles y uno que otro insulto de vez en cuando en momentos precisos de la charla. Mencionó que de niño nunca le había gustado decir malas palabras, ya que se sentía sucio. Lamentablemente, aquel mundo maldito siempre terminaba por corromper a toda criatura pura e inocente que viviese en él.
El pequeño japonés le escuchaba sin interrumpir ni criticar en ningún momento, asintiendo de vez en cuando y soltando comentarios durante los silencios para animarle a continuar con aquella especie de "monólogo". ¿Por qué aquellos oscuros ojos le entregaban tanta seguridad? Alfred llevaba casi cuatro años sin hablar con nadie sobre su vida y problemas, ni siquiera los mejores psicólogos habían logrado sacarle nada más que monosílabos y evasivas. Nunca le habían agradado las personas que vivían de escuchar cosas que les importaban una mierda, y de que todas formas muestran una fría sonrisa de comprensión falsa en sus rostros.
¿Por qué entonces le satisfacía compartir de aquella manera con Kiku? No llegaba a comprenderlo en su totalidad, pero era una sensación que, en parte, llenaba el vacío de su ya moribunda y ennegrecida alma.
El asiático también tuvo la ocasión de comentar un par de cosas sobre su propio pasado cuando el americano terminó de narrar su propio relato, siendo esto algo que el chico de ojos claros optó por escribir con fuego en su memoria. Aquel, quizás, podría ser su primer mejor amigo, y no debía perder una oportunidad que no volvería a darse en toda su maldita vida.
Le explicó que su hogar se hallaba en el centro de Tokio, una de las ciudades más conocidas más pobladas en el mundo. A pesar de ser un lugar increíblemente ruidoso lo adoraba, ya que allí se encontraba su familia. Aclaró que ya no vivía con sus progenitores, si no con su tutor legal, el cual le fue otorgado tras la muerte de sus padres. Los forenses determinaron que se había tratado de un homicidio, aunque nunca lograron identificar al asesino. Durante un largo tiempo se consideró a Kiku como el principal sospechoso, pero fue descartado dada la falta de pruebas para inculparle.
Después del asesinato el chico se había vuelto extremadamente reservado, a tal punto que era difícil siquiera sacarle un mísero asentimiento de cabeza. Le habían diagnosticado mutismo selectivo¹, pero aquella no era la razón de por qué le hubiesen encerrado en un sanatorio. No dio demasiados detalles respecto al por qué de ello, sólo mencionó que en una ocasión se había vuelto poco agresivo, cosa que no le agradó en absoluto a sus médicos personales.
Alfred prefirió no insistir en sonsacarle más información de la entregada, ni siquiera intentar que explicase mejor lo ya dicho; Kiku podía sentirse acosado u ofendido, y el americano no pensaba perder a la primera persona que se le había acercado sin pedir ni un mísero penique a cambio.
Las horas parecían volar alrededor de ambos chicos, los cuales hablaban sin más, sólo deteniéndose de vez en cuando para buscar algo más de papel para poder continuar con su actividad de doblar papel. Alfred, al final del día, cuando los cuartos de los internos fueron revisados por las enfermeras, había logrado hacer múltiples figuritas que el japonés le mostró y enseñó a realizar: un oso, un gato y, siendo el más importante, un águila. Aquella última había sido una petición especial del chico americano, en la cual había dedicado más de tres horas en su realización.
Estaba orgulloso de su trabajo, por lo que se dedicó a presumir esto ante Jessica, enfermera que le había recibido el fatídico día en que le internaron y, que en aquella oportunidad, le había estado buscando en las distintas habitaciones de los pacientes del tercer piso. La mujer le escuchaba en silencio, con una alegre y brillante sonrisa en su rostro. Que el interno Jones se comunicase con otro ser humano de forma amable y voluntaria era un avance sumamente importante, el cual sería considerado por los médicos cabecillas del lugar. Lo más probable era que le asignasen al chico Kiku Honda como compañero de cuarto.
A mitad de camino de vuelta a su propio cuarto Alfred le pidió permiso a su "guardiana" para que le dejase ir al cuarto de Gilbert Beilschmidt, manifestando sus ansias de mostrarle sus creaciones a su amigo. Jessica no pudo decirle que no a esos hermosos ojos que poseían el color del cielo durante un día soleado, por lo que el americano fue corriendo a la habitación de su compañero. Estaba emocionado al tener la oportunidad de ver al chico de ojos carmesíes, charlar al menos un par de minutos con él, escuchar su profunda voz, ver aquella brillante y hermosa sonrisa…
No comprendía el por qué de su notable obsesión con Gilbert, aunque prefería ignorar lo que respectaba a ello. Desde que había llegado al hospital psiquiátrico se había sentido extrañamente atraído hacia el chico de plateados cabellos y marcado acento alemán, siendo esta la verdadera razón por la que se había animado a sentarse en la misma mesa que Mathias y Gilbert.
De todas formas, era preferible ignorar y ocultar aquellos deplorables sentimientos. Su sombrío corazón no podría soportar un rechazo y la pérdida de una persona a la que podía considerar una amistad al mismo tiempo.
Sus rápidos pasos resonaban por los largos pasillos, sin saber realmente en dónde se encontraba. ¿En qué parte del manicomio estaba? En la zona en la que él residía los números de los cuartos iban desde el 50 al 59, mientras que en aquel pasillo sólo habían valores derivados del 80. ¿En dónde demonios se había metido?
La histeria comenzó a invadir su mente de manera paulatina, haciéndole correr cada vez más rápido. Temía a lo desconocido, y más aún al estar en un maldito sanatorio mental. A su derecha se cruzó con tres bocas de pasillos perpendiculares al principal, dos que llevaban a los cuartos de las enfermeras y uno al comedor, siendo este último al cual decidió dirigirse. Quizás lograra volver a su zona atravesando el comedor, aunque en el fondo no estaba seguro de ello. ¿No existían dos comedores separados? No lo podía recordar con exactitud, y tampoco tuvo la ocurrencia de utilizar el mapa que Gilbert le había entregado. El miedo era el peor enemigo del razonamiento lógico.
El salón estaba totalmente en penumbras, dada la falta de ventanas en este mismo. No sabía la ubicación exacta de los interruptores de luz, por lo que tuvo que conformarse con el desplazarse a tientas entre la oscuridad. Su imaginación disfrutaba torturándole al recordar cada uno de los monstruos que había visto alguna vez en películas o videojuegos del género de terror.
Normalmente le encantaban las cosas de aquella temática, pero en casos como aquel no se trataba precisamente de algo en lo que le agradase pensar. Las sombras le rodeaban y le acariciaban con sus heladas manos la piel, provocándole escalofríos a lo largo de su columna. Criaturas imaginarias le vigilaban desde la penumbra, con sus grandes ojos amarillos reptilianos y sus afilados dientes, chasqueantes y babeantes.
Tras un par de largos minutos desplazándose entre las mesas plásticas y dando tumbos logró llegar a una puerta de frío metal, la cual no dudó en abrir de manera inmediata. El aroma de ollas sucias y aceite para frituras demasiado reutilizado invadió sus fosas nasales, acontecimiento que le relajó en vez de asquearle. Al ver su miedo esfumado pudo recordar parte del mapa que se encontraba al interior del bolsillo de sus jeans, más específicamente recordó la zona que respectaba al comedor y la cocina. En el manicomio existían dos comedores: uno para los del ala noroeste y otro para los internos del ala suroeste; estos dos salones estaban separados uno del otro, evitando así las posibles confusiones entre pacientes. La cocina de aquella planta era lo único que conectaba ambas salas, siendo este lugar de alta vigilancia.
Para suerte del americano, el escape de aquel chico peligroso de nombre Ivan había creado el suficiente revuelo para que las cocineras saliesen de sus puestos de trabajo y se dirigiesen a cooperar en la captura del interno descontrolado. Cruzó el cuarto con una sonrisa en los labios; por segunda vez en aquel día el universo se había apiadado de su miserable alma. Los vientos de cambio soplaban en popa, y la felicidad llenaba su pecho como nunca antes lo había hecho.,
Atravesó el comedor de su zona dando largas zancadas, topándose en la entrada de este mismo con aquel chico de carmesíes ojos que tanto admiraba. Le iba a dedicar una de sus más brillantes sonrisas que poseía, pero la expresión fría y amarga del chico le hizo titubear. Mantenía su mirada fija en las figuras de papel que Alfred traía entre sus manos. Quiso excusarse, explicar el por qué tenía aquellas figuritas, pero su boca no parecía querer emitir sonido alguno. El pequeño ratón de rubios cabellos temblaba ante los feroces ojos rojos del felino.
—Si quieres que siga siendo tu amigo no puedes volver a ver a Kiku—exclamó Gilbert, con voz grave. Sus palabras se habían vuelto frías y venenosas, perdiendo en totalidad su burla característica—. Si no es así… tendrás que afrontar las consecuencias que recaerán sobre ti.
Alfred se quedó en su lugar, petrificado mientras el chico se alejaba por el pasillo con paso calmado.
Así es como la felicidad podía ser destruida de un momento a otro: con un par de palabras sin buena intención y en un tono exacto. Era una pena que alguien tan joven tuviera que encontrarse con esto, naturalmente.
