La leyenda del anillo
Un regalo para mis lectores, tanto para los que dejan comentarios, como para los que no.
Una aclaración antes de empezar: los matrimonios en la edad media, o eran concertados por contrato entre los padres de los contrayentes o los decidía el señor en turno, sea el conde, el duque, el gobernador de la zona o, más arriba, el rey, de allí que el príncipe Juan tratase de obligar a Dúo y que Heero decida el matrimonio de Quatre y Trowa.
Otra cosa, como la historia es mía, voy a torcer la línea histórica para fines de mi historia, así que luego alguien que sepa de historia no me diga "NO, ESO NO FUE ASÍ".
Con todo esto aclarado, comienzo mi historia.
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Cómo empezar
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Canterbury, marzo de 1199
Heero había tenido razón, nadie reparó en ellos mientras viajaban, para cualquiera que los viera eran tan solo una pareja que viajaba rumbo al sur comprando cosas para su hogar. Pero ciertamente ambos se habían asombrado de la pobreza en la que estaban sumidos los súbditos de la corona bretona, muchos les habían dicho que los impuestos para las campañas del Rey Ricardo los tenía sin dinero y que, lo poco que les quedaba para comer, se los llevaba el clero, pese a la solicitud de muchos barones de no exigir más, porque hasta ellos bordeaban la ruina.
- Tengan cuidado de no decir nada malo de su alteza – les dijo una ancianita al ver la indignación de Heero – mi esposo y mi hijo fueron asesinados por los hombres del príncipe Juan por reclamarle públicamente ¡Si el buen rey Ricardo regresara a pararle pies a su hermano!
Heero guardó silencio, no podía acabar con las esperanzas de esa pobre gente diciéndoles que su tan esperado rey no era mejor que su hermano menor pero intentaría hacer algo para detener las ambiciones del príncipe Juan.
Dúo miró a Heero, en todo ese tiempo había escuchado muchas cosas de Ricardo Corazón de León de parte de los soldados que habían vuelto con su esposo de las cruzadas; ellos no le debían ninguna lealtad, así que contaban todo lo vivido sin tapujos. Y no tenían cosas buenas que decir del hombre, sí, era valiente, pero con la espada en la mano y tres o cuatro caballeros a su alrededor defendiendo su posición como rey. También era ambicioso, como su hermano, pero lo que este pretendía era dejar su nombre en la historia como el rey que recuperó Jerusalén de los musulmanes, quería gloria eterna, aunque sus soldados pagaran las consecuencias de sus malas decisiones.
- Ah, las cruzadas, se han llevado a los mejores hombres de aquí – asintió Heero – y quién sabe cuándo se terminen.
La anciana les sonrió y los dejó marchar, luego de felicitarlos por hacer tan linda pareja, y les deseó que tuviesen muchos hijos fuertes, porque hermosos iban a ser de todas maneras con dos padres tan guapos.
Dúo desvió la mirada ruborizado hasta las orejas, llevaban cinco meses de casados y aún no pasaba nada entre ellos. Claro, como Heero se la había pasado ocupado limpiando el castillo y él, limpiando la capilla, estaban muy cansados a la noche y ¡ni siquiera dormían en la misma habitación!
Tampoco es que ellos no se gustaran, había una cierta descarga entre ellos cuando se tocaban, pero algo contenía al trenzado de permitir que su esposo se le acercara demasiado, si sólo se besaon durante su boda y ese beso le había revuelto todo por dentro, recordó Dúo, y sentía temor.
- Vamos, Dúo – le dijo Heero sacándolo de sus pensamientos – me dijeron que en el pueblo vecino tienen venta de lanas y telas ¿no te gustaría verlas? Quizás encuentres alguna que te guste para un sobreste o para las cortinas de nuestra habitación – le explicó mientras le ayudaba a subir a la carreta – no te angusties tanto por el futuro – le dijo luego de un incómodo momento de silencio al ver que el trenzado no decía nada – se supone que una pareja de casados quiere tener hijos, pero para ello no tenemos apuro ¿sabes?
- Es que las viudas que vivían conmigo en el convento contaban tantas cosas de lo que habían pasado su primera vez con sus esposos – le dijo volviendo a ruborizarse – que uno no quiere ni imaginarse en semejante situación.
- No todos los hombres son bruscos la primera vez, Dúo.
- Y tú debes tener mucha experiencia con vírgenes ¿no? – le dijo sarcástico.
Heero desvió la mirada intentando evitar que el rostro se le encendiera por el calor que le había subido ¿Cómo decirle a Dúo que jamás se había acostado con nadie? Sus palabras eran más para calmarlo que para convencerlo de algo, ya que era muy joven cuando salió a las cruzadas y siempre había sido consciente de su posición como príncipe de Eirina. Algunos de sus hombres podían cargarse de bastardos, pero él no.
- La verdad – le dijo luego de un silencio incómodo – es que mi experiencia al respecto es nula – admitió – pero de seguro debe haber mujeres que han tenido buenas experiencias en su primera vez y que no se quejan de sus esposos.
Dúo lo miró fijamente, estaba molesto por sus palabras, pero debía tener en cuenta que Heero era un hombre hecho y derecho, y por lo mismo tenía necesidades de tal, y habiendo estado lejos por diez años, era lógico que por allí hubiese conocido otras mujeres y donceles, quizás hasta…
- ¿No tendrás hijos bastardos en outremar? – le dijo escandalizado.
- Como se te ocurre – le replicó molesto – siempre he tenido muy claro quién soy y que no puedo andar dejando hijos bastardos por cualquier lado.
Pero Dúo se cruzó de brazos, eso no lo tranquilizaba para nada, le molestaba que alguien del pasado pudiera llegar a reclamar los afectos de su esposo… Y desvió la mirada, fuera como fuera, él lo había declarado su consorte real, su mano derecha y nadie podía quitarle su lugar a su lado. "Pero eso no quiere decir que tengas su afecto" le dijo una vocecilla maligna.
- Heero, sé que nuestro matrimonio fue algo extraño, ni siquiera estaba concertado entre nuestros padres ni tuvo el debido orden, pero quisiera que fuera lo más normal posible – dijo nervioso – además, no quisiera que alguien viniera a reclamar tu mano por algún compromiso previo de parte de tu padre y que yo quedase como la novia rechazada, porque así jamás encontraría otro esposo, fuera del que ya rechacé, y no me casaría con él, prefiero tomar los votos…
- Dúo, cállate – le dijo, divertido – eso ya se lo pregunté al consejero real.
- ¿Qué cosa?
- Verás, a las cruzadas debía enviarse sólo a hombres solteros, que no tuvieran ningún compromiso, era parte de la solicitud del Papa. Así que mi padre me envió a mí sin haber concertado ningún matrimonio, y como me perdió la pista, tampoco podía hacer acuerdos matrimoniales, sobre la base que cualquier día le llegarían con la noticia que yo había muerto en las cruzadas y ¿cómo iba a cumplir con el compromiso, si hasta donde sé soy su único hijo?
- Si, pero ¿no habría sido mejor esposa para ti una princesa que un doncel huérfano, hijo de apenas un lord?
- Ninguna infanta estaría a tu altura, Dúo – le dijo – ni sería tan guapo como tú – agregó en voz baja haciendo andar los caballos.
Dúo lo miró asombrado, pero Heero ya no dijo nada y el trenzado pensó que lo había escuchado mal.
:::::: H & D ::::::
El mercado estaba atiborrado de gente, pero Dúo podía ver perfectamente que la mayoría compraba alimentos en pequeñas cantidades y que las tiendas con artículos no tan necesarios estaban casi desiertas. Heero también los miró, podía ver que la gente común compraba trigo y cebada, verduras y otros alimentos, y, en vez de usar dinero, llevaban lana, miel, pieles o huevos como moneda de cambio.
- Los señores son extranjeros – le dijo un mercader.
- Hace poco regresé de las cruzadas – le dijo Heero – y me casé, por eso estamos buscando algunas cosas para nuestra casa.
- ¿De las cruzadas? – dijo otro mercader – y, al rey Ricardo ¿lo ha visto?
- No estaba bajo su mando, pero cuando nosotros dejamos Tierra Santa, él estaba vivo buscando un caballero que lo guiara hacia las posiciones enemigas – explicó.
Los mercaderes lo miraron desilusionados.
- Se va a acabar el siglo y no veremos a nuestro rey de regreso.
- Bueno, nosotros queremos telas – intervino tratando de cambiarles el tema, no se les fuera a ocurrir preguntar a qué señor servía – Traigo dinero, no sé si ustedes…
- ¿Tiene dinero? – todos los mercaderes los rodearon y él y Dúo fueron guiados por el lugar para que compraran las mejores telas del mercado.
Tan entusiasmado estaba Dúo eligiendo los colores, que no escuchó el ruido de los caballos que entraban a todo galope al pueblito.
- Cobradores de impuestos – dijo una mujer a su lado – cobran hasta por comprar.
Heero miró a los hombres vestidos con cota de malla y armadura, se ostentaban como caballeros, pero si lo fueran realmente, estarían con Ricardo Corazón de León. Suspiró fastidiado al ver como miraban a su esposo y se paró junto a una ostentosa y aterciopelada tela púrpura.
- ¿Cuánto cobra por esta tela? – le dijo al mercader haciendo sonar el dinero en su bolsa – tiene el color de los ojos de mi esposo.
El hombre dirigió entonces la mirada hacia Heero, quien permanecía, tranquilo, acariciando con su mano enguantada la delicada tela.
- ¿Acaso crees ser digno de portar un color real? – le dijo furioso.
- Creo que el color de una tela no aporta dignidad a la persona que la lleva – le replicó – y a mi esposo le quedaría hermoso un traje con esta tela.
- Y seguramente puedes pagarla junto con su impuesto ¿verdad? – le dijo malicioso – son trescientas monedas.
El mercader negó con la cabeza, pero Heero tomó la bolsa de su costado y se la arrojó al soldado.
- Espero que sepas contar, allí hay quinientas monedas por los impuestos del mercado – le dijo caminando hacia él – pero la mirada lasciva que le echaste a mi esposo no conseguirás hacer que te la perdone con nada – le dio un golpecito con la mano izquierda y siguió hacia su esposo – Vamos, amor, llevemos nuestras cosas al hostal, aún debemos comprar otras cosas.
Dúo movió la cabeza preocupado ¿qué le había hecho al hombre que este pareció palidecer y temblar cuando pasaron a su lado? ¿Es que el anillo podía hacer cosas sin que Heero tuviera que ordenarlo en voz alta? Porque, según pudo ver, lo tocó con la mano izquierda.
- No le hice nada – le dijo Heero – al menos no de forma voluntaria.
- ¿Qué quieres decir con eso?
Pero Heero negó con la cabeza, tomado su mano para ponerla en su brazo, mientras dos mozos lo seguían con las telas que habían comprado, por lo que Dúo debió desistir de su interrogatorio hasta más tarde.
Entraron en la posada y los muchachos dejaron las telas cobre un arcón, mientras les hacían una reverencia. Heero tomó una bolsa de sus cosas y le dio una moneda a cada joven, quienes lo miraban asombrados ¡otros ni las gracias daban y él les regalaba una moneda! A un señor así estarían encantados de servir.
Dúo los vio marchar entre divertido y enternecido por el gesto de su esposo, ciertamente había sido mejor elección que el duque de Abalonia, dudaba que ese amargado pudiese siquiera tener un gesto amable.
- Dúo – le dijo Heero – debemos averiguar si los enviados del Papa están aquí ¿crees poder averiguarlo con las mujeres?
- ¡Claro que puedo!
- Bien, yo mientras intentaré averiguar algo sobre el sistema de guardias que tiene el príncipe Juan – le dijo y le entregó una bolsa con monedas – ten cuidado como gastas el dinero, no quiero que intenten asaltarte.
- Perfectamente puedo defenderme solito.
- Te creo – le dijo y le dio un beso en la mejilla antes de salir.
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Dúo estaba sentado ayudando en la cocina del hostal mientras hablaba con las mujeres del lugar. Ellas se habían asombrado al ver su anillo de casado, una gruesa argolla de oro con un dibujo extraño, pero más les había asombrado al saber que él estaba en un convento cuando su esposo vino por él.
- Tiene mucha suerte – suspiró una mujer que troceaba la carne – nosotras hemos de conformarnos con lo que nos toque.
- Bueno, yo tenía otro pretendiente, pero Heero es muchísimo mejor – suspiró – escuchamos que habría emisarios del Papa ¿los han visto?
- No, se dice que esta tarde llegarán a Canterbury – dijo otra – los guardias andan como locos porque el príncipe Juan se peleó con su madre y se ha desquitado con sus súbditos – bajo la voz – también escuché decir que está nervioso porque supuestamente el príncipe de Eirina volvió de las cruzadas y que ello podía significar que el rey Ricardo regrese a casa.
- Pero dicen que el príncipe de Eirina está preparando su boda para poder reclamar el trono – dijo la primera mujer que hablara. Se llamaba Hilde, sus ancestros venían de tierras celtas – ojalá le parase pies al príncipe Juan.
- Mi esposo dice que, si el príncipe de Eirina aparece, el príncipe Juan lo matará.
Dúo las miraba alternativamente, por lo visto Heero tenía razón al desconfiar de mover tropas. Pero de todas maneras corría gran peligro que lo mataran, quizás pudieran escapar con ayuda del anillo de Salomón, pero si mostraban su poder, el príncipe Juan lo ambicionaría, los que habían intentado matar a Heero antes sabrían que seguía vivo y, lo más probable, es que alguien de la Iglesia dijera que ese poder venía del demonio e intentaran quitárselo luego de echarlo a la hoguera. Se estremeció de puro pensarlo.
- Su esposo lo anda buscando, señor – le dijo un niño.
- Bueno, gracias por dejarme ayudarlas – se despidió luego de ponerse de pie y siguió al niño hasta la recepción en donde Heero lo esperaba.
- Gracias – le dijo al niño haciéndole una caricia en la cabeza para luego regalarle una fruta – y llévale esto a tu mamá – le dio una moneda.
Dúo suspiró, sabía que Heero era generoso, sería el rey perfecto y el padre prefecto cuando tuviesen hijos… se ruborizó al pensar en ello, siendo su consorte era su obligación darle esos hijos.
Heero se volvió hacia Dúo y le tendió la mano para que lo acompañara arriba para poder hablar.
Aunque estaba preocupado por Dúo, desde que salieron de su castillo que hablaba demasiado, como si estuviera nervioso, le hacía preguntas extrañas de su pasado, como si le molestara, y además esquivaba su mirada cuando alguien decía algo de los niños ¿sería que no quería tenerlos?
- Las mujeres en la cocina me dijeron que esperaban que esta tarde se presentaran los enviados del Papa – le dijo tan pronto como cerró la puerta – y una de ellas tiene por esposo a un guardia real, el príncipe Juan quiere matarte.
- Lo sospechaba – suspiró – pero debo acercarme al enviado papal.
- Heero, sé que debemos reclamar el trono de Eirina cuanto antes, escuché que muchas personas temen la llegada del nuevo siglo sin un rey y es posible que el príncipe Juan use ese temor en contra de los reyes ausentes.
- Al parecer el rey Ricardo está en Franconia, algo así escuché decir a los soldados – miró el anillo en su mano izquierda – una sombra me dijo que el rey Ricardo tiene sus días contados.
- ¡Pero él no tiene herederos! – dijo exaltado – el príncipe Juan se convertirá en rey e iniciará una guerra contra todos en la isla y querrá ser señor de todo.
- El rey Ricardo tiene un heredero, pero es apenas un niño, seguramente el príncipe Juan no lo querrá vivo cuando se entere que su hermano está muerto.
- Pero es demasiado joven para reclamar el trono – le dijo paseándose – y su madre seguro querrá ser reina… Oye ¿no que el Papa no quería hombres con compromisos en sus cruzadas? Entonces, el rey Ricardo tiene un hijo bastardo, y el príncipe Juan usará eso en contra del niño…
- El rey Ricardo se casó con la madre del niño poco antes de partir a las cruzadas, por lo tanto no sabe de la existencia del niño, por lo mismo está a salvo, pero debemos rescatarlo antes que se conozca la suerte del rey.
- ¿Y dónde se supone que vamos a encontrar al chiquillo?
- El arzobispo de Canterbury dirá misa esta tarde como acción de gracias por la visita de los emisarios papales. La madre del niño estará allí con el chico, tú intentarás llegar a ellos y yo haré lo propio con el emisario papal.
- Heero, el príncipe Juan te quiere muerto, el emisario papal podría reconocerte – le recordó preocupado.
- Él ni se enterará que estuve allí hasta que estemos a salvo en casa, con todo y el heredero real de Bretonia a nuestro lado – le tomó las manos – sólo que no podrás entrar luciendo como doncel, dicen que el príncipe Juan los odia.
- No pretenderás que entre a misa fingiendo ser mujer – le dijo molesto – me niego a ponerme sus ropas, es humillante que me rebajes…
- No lo hago, Dúo, es que te necesito allí, no queremos que el verdadero rey muera ¿verdad? – le dijo tomándolo de los hombros para que lo viera a los ojos.
- Pero a mí no me gusta vestir de mujer, me veré horrible – intentó protestar una vez más.
- Dúo, hasta con un saco harinero te verías bien.
- Gracias, pero no con eso me vas a convencer – le dijo ruborizado – no soy mujer.
- Por favor, Dúo, si ni siquiera se van a fijar, recuerda cuan tapadas van las mujeres a estas ceremonias.
- ¿Y cómo reconoceré a la mujer del rey Ricardo?
- Tu anillo te la mostrará.
- Sabes, eres un fastidio sabelotodo – le replicó molesto sin querer acceder aún.
- Dúo, es por el bien de todos, y será sólo por esta vez.
- Si esto no resulta, te odiaré hasta en el infierno – accedió.
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Heero no hubiese querido tener que usar la magia del anillo para poder entrar en la catedral, pero tenían muy pocas posibilidades de acceder a ello, además estaban rodeados de caballeros y damas pagadas de sí mismas, convencidas que, por el hecho de ser nobles, eran superiores al resto de las personas.
- Indudablemente, no me gusta la corte inglesa – dijo Dúo sentado a la derecha de Heero – solo espero que el duque de Abalonia no se aparezca por aquí, podría reconocernos.
- El príncipe Juan está furioso con él por lo que pasó, es difícil que se presente ante él – le dijo Heero divertido – en eso se parece a su hermano, es muy vengativo, y, por lo que escuché, traicionero.
- El príncipe Juan hace ingreso con su esposa y la reina madre – dijo una voz y el silencio se hizo en la catedral.
Todos se habían puesto de pie al escuchar la información y a medida que ellos pasaban se arrodillaban reverentemente.
Heero los imitó mirando al regente de reojo, no se parecía en nada, al menos físicamente, al rey Ricardo, este era corpulento pero con una gracia felina que le recordaba a los leones que había visto en Alejandría; en cambio, el príncipe Juan tenía la presencia de un gato casero, pero no por ello dejaba de ser peligroso, sabía de sobra que esos animales eran veleidosos y, si algo no les gustaba, lanzaban el arañazo aunque fuese la mano de quien les daba de comer.
Dúo le toco el codo al ver a una mujer que miraba con odio mal disimulado al príncipe, y Heero dirigió su mirada hacia ella; a su lado estaba un muchachito que era el vivo retrato de Ricardo corazón de León. Miró a Dúo y este asintió entendiendo lo que debía hacer.
Y la ceremonia comenzó sin contratiempos, aunque Dúo, acostumbrado a las misas del monasterio, le pareció exageradamente pomposa, a ratos excesiva, y hasta aburrida, porque a veces no entendía bien lo que decían.
- Dúo, tan pronto comiencen a salir, acércate a ella – le dijo al oído – yo intentaré ponerme al lado del emisario papal, creo que no es el mismo que nos recibió en Roma, así que no hay peligro – le dijo al ver que iba a protestar.
- Aun así, está muy cerca del príncipe Juan.
-Está más preocupado de hablar con su general – le dijo mirando a los hombres – algo raro ha pasado y no le presta atención a los eclesiásticos.
Dúo siguió su mirada y notó que el hombre se revolvía nervioso, como queriendo escapar de allí, pero no pudiendo.
- Tiene que ser hoy o nunca – le dijo y tan pronto se dijo el último amén, ambos se dirigieron a sus objetivos.
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Heero se detuvo junto al emisario papal, se notaba que estaba molesto porque el príncipe lo estaba ignorando, así que se decidió a hablarlo.
- Su eminencia – le dijo haciendo una reverencia – si me concedéis un minuto.
- Estoy aquí para hablar con el príncipe y no con ciudadanos – le dijo altivo.
- Soy el príncipe de Eirina – le dijo molesto – estoy aquí arriesgando mi vida y la de mi consorte sólo para hablar con vos – agregó.
- Supe que ibais a regresar a vuestra tierra hace varios meses, pero no habéis reclamado nada aún.
- Había cosas más urgentes por hacer – le explicó – pero ahora el príncipe Juan pretende reclamar mi reino ante vos, y eso no puedo permitirlo. Dios ha querido darme la oportunidad de hablaros antes, y reclamar lo que es mío.
- ¿Y cómo probáis que sois quien decís?
- Con esto – le mostró su anillo real – Eirina es mi reino, yo debo regresar allí cuanto antes, mi gente me necesita, por eso no hago el reclamo ante el príncipe Juan, quien le ha puesto precio a mi cabeza y a muchos de los caballeros de mi reino les ha quitado las tierras, está matando a los suyos de hambre, pero yo no puedo hacer nada por ellos.
- Entiendo – le dijo aceptando – le entregaré vuestra carta al Papa y veré si puedo viajar a vuestro reino para validar vuestra coronación.
- Muchas gracias, eminencia – le dijo haciendo una reverencia para luego retirarse rápidamente, había notado que el príncipe Juan había dejado de hablar con su capitán y decidió sacarle información con el anillo.
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Dúo miró al niño preocupado, era un chiquillo tímido, y su madre se lo había entregado sin mayores problemas cuando le dijo quién era.
- Será mi venganza, el verdadero rey será educado en territorio enemigo – le dijo ella – pero primero el príncipe Juan sufrirá las penas del infierno.
- ¿Por qué lo dice? ¿Acaso sabe algo del rey Ricardo?
- Oh, sí, los espías del príncipe Juan llegaron con la noticia que el barco del rey viene en camino a Londinium, zarpó hace unos días de Franconia – se rió – por eso anda nervioso, Ricardo lo va a desterrar.
- Bueno, yo debo irme, mi esposo me espera para regresar a casa.
- Que tengan un buen regreso a su hogar, princesa – le dijo haciendo una reverencia – pórtate bien con sus excelencias – le dijo a su hijo y lo dejó partir.
Dúo caminó con el niño a su lado y se detuvo a la entrada del patio de armas, no tuvo que esperar demasiado, Heero venía con paso presuroso hacia ellos.
- Problemas – le dijo y los llevó rápidamente a la calesa que los sacó de regreso a la posada – llegan noticias que el barco del rey ha sido avistado frente de Calais hace dos días, así que seguramente arribará a Londinium en tres días más.
- Debemos apresurarnos, entonces, nada bueno saldrá de las noticias que lleguen.
- ¿Por qué nadie parece estar feliz con el regreso de mi padre?
- Porque Ricardo Corazón de León no regresa en ese barco – le dijo Heero, no le iba a mentir al niño – y pase lo que pase, te mantendremos con vida para que seas el verdadero rey que Bretinia se merece.
El chiquillo abrió la boca para protestar y se asombró cuando vio que Dúo se sacaba el tapado y retiraba los faldones del vestido.
- Te juro, Heero, que nunca más me visto de mujer – le dijo dejando caer las telas en el asiento.
- Es mi consorte y es doncel – le dijo Heero distrayendo al niño de la conversación de su padre – apenas lleguemos al hostal partiremos hacia Dublin, no tenemos tiempo que perder.
- Pero vamos a necesitar una aya para el niño – le dijo Dúo – con mis obligaciones no podré atender bien al niño…
- Creo que una de las mujeres de la posada sería una buena ayuda para ti.
- ¡Hilde! – dijo – pero ella está soltera…
- La casaré con alguno de mis caballeros – se encogió de hombros – y podrá hacerte de acompañante.
- Heero, no puedes andar formando parejas así como así, ellos deben arreglar eso, como el capitán Barton con el líder del clan Winner…
- Soy el regente y ambos me deben obediencia – le dijo – y ¿quién dice que es mal matrimonio? Trowa ha estado conmigo desde que salimos a las cruzadas, casi podría decir que es como mi hermano, su clan fue exterminado en su ausencia, pero puede reclamar sus tierras; y en cuanto a Quatre, su clan no tiene tierras suficientes, y un doncel no debiera ser líder de un clan, por muy fuerte que este sea – le dijo al ver que iba a hablar – los líderes de otros clanes pueden tratar de propasarse con él y armar una guerra sin sentido.
- Eres un fastidio, sabelotodo – le dijo molesto.
- Pero así me quieres – le dijo divertido.
- Cállate, Heero – le dijo molesto, pero este se sonrió.
:::::: H & D ::::::
El camino se había complicado para ellos, las tropas del príncipe Juan se habían movilizado hacia la frontera, así que habían tenido que evitar los poblados grandes y protegerse de los salteadores de caminos.
- Es un doncel y sabe usar la espada – dijo Jonathan asombrado luego de ver a Dúo luchar junto a Heero de igual a igual.
- El que sea doncel no significa que sea una delicada damisela – le dijo este ofendido.
- No creo que debas hacer un comentario así en mi corte – le dijo Heero al muchacho – podrían cortarte la lengua, pues hay muchos donceles que hacen de líderes de clan y lo hacen muy bien.
- Yo también quiero aprender a usar la espada– dijo el chiquillo.
- Primero te pondremos en forma – le dijo Heero – estás un poco flacucho.
- El príncipe Juan…
- Ni lo menciones – le dijo Heero – yo conocí a Ricardo Corazón de León cuando yo tenía tu edad, y ya era dos veces su hermano.
- ¿Y lo vio durante las cruzadas? – le dijo entusiasmado.
- Nos pusimos bajo su mando durante un tiempo, pero me llegó la noticia que mi padre había muerto y regresé a Eirina.
- ¿Y ustedes estaba comprometidos desde antes de que partiera a las cruzadas?
- No, nos conocimos cuando regresé, me atacaron camino al castillo de Kinglassie y resulté siendo cuidado por un ángel de ojos amatistas.
- Era casarme con él o con el duque de Abalonia – se defendió Dúo.
- El príncipe Juan le dijo al duque de Abalonia – le dijo Jonathan – que no volviera si no le traía la cabeza de ese que no acataba sus órdenes y le arrebataba a los suyos lo que le pertenecía.
- Yo nunca he sido súbdito suyo para tener que obedecerlo – dijo Dúo fastidiado – y no me enteré que me había casado con el príncipe de Eirina hasta dos días después de nuestra boda.
- Pero siempre es mejor un príncipe que un duque ¿no?
- Es que cualquiera es mejor que el duque de Abalonia.
- Se queja de puro lleno – dijo Heero haciéndose el ofendido – Mejor sigamos, quiero poner mis pies en mi territorio y estar a salvo en alguno de los castillo de los señores de Eirina antes que nos capturen.
:::::: H & D ::::::
Anochecía cuando finalmente consiguieron llegar a un poblado de su reino. Claro que no era muy seguro, después de todo allí no había más que hombres ancianos y mujeres con niños de pecho, pero ¿y los padres de esos niños?
- Necesitamos dos habitaciones – le dijo al dueño de la hospedería. El anciano lo miró y negó con la cabeza – ¿Por qué no?
- Estamos en la frontera y todos los hombres jóvenes han ido a ponerse a las órdenes del conde de Oz, si los encuentran aquí…
- No pasará nada, pues nada puede Traize contra mí.
- ¿Conoce a su excelencia Traize? Su castillo está a dos días de aquí – le dijo una mujer a su lado – él es tan lindo…
- Miren, si es por dinero, lo tenemos – les dijo Dúo – pero yo quiero descansar en una cama, hemos tenido que alejarnos de los grandes centros sólo porque han pasado cosas raras en Bretonia…
Pero su perorata fue detenida por el ruido de los caballos de los soldados de Traize, que pasaban a todo galope, y espantaron a los caballos de la carreta en que ellos habían llegado allá.
- Están bajo arresto – les dijo un hombre tomando a Heero por el hombro – su excelencia Traize los juzgará en la plaza –
- No es necesario que usen la fuerza – dijo Heero molesto al ver como trataban a Dúo y al niño – iremos tranquilamente, pero dejen en paz a mi esposo.
- Vaya, un doncelito – dijo uno de los hombres cogiendo la trenza del castaño – muy bonito.
- Si no quieres perder tu mano, dejarás a mi esposo en paz – le dijo Heero furioso retirando la trenza de su mano – no saben en los líos que se están metiendo.
Caminó tomando de la mano a su esposo y al niño, obligándolos a caminar rápidamente hacia la plaza.
- Aquí hay otra espía bretonia – dijo un hombre arrastrando del brazo a una mujer.
- ¡Hilde! – dijo Dúo avanzando hacia ella para ayudarla.
- Me parece que aquí tenemos un… – dijo un hombre de cabello avellanado y porte aristocrático – ¡Su Alteza!
- Espero una explicación de tu parte.
Traize lo miraba asombrado y sólo atinó a arrodillarse ante él.
- ¿Qué esperan? – dijo a sus hombres – es nuestro príncipe, Heero Yuy.
El ruido de espadas y armaduras ensordeció a Dúo, quien miró divertido al soldado que le había echado el ojo, estaba pálido como estatua de sal, seguramente avergonzado hasta los huesos por haber ofendido a su príncipe, y temeroso de la reacción de su esposo, además.
- Quizás no recibiste mis órdenes, Traize, las tropas no debían moverse hasta que yo diese la orden, especialmente porque andaba en territorio enemigo.
- Los bretinios han atacado la frontera, Su Alteza, porque los aldeanos se negaron a pagarles impuestos por lo que no es de ellos – explicó – no podía quedarme de brazos cruzados.
- Entiendo, pero ellos no serán suficientes para enfrentar a las tropas del rey.
- ¿Acaso el rey Ricardo pretende atacarnos?
- Ha llegado la noticia que el rey Ricardo ha muerto en Franconia – le dijo Hilde.
- Ella es la acompañante de mi consorte – le dijo señalando a Hilde y luego Dúo – se quedó atrás por noticias, sospechaba que algo malo estaba pasando.
- Así que el príncipe Juan ahora es rey – dijo Traize pensativo – eso significa problemas para todos nosotros.
- Al menos alcancé a reclamar mi trono al enviado papal.
- Debe volver a la capital, entonces – le dijo el castaño – enviaré un destacamento con ustedes y mandaré un ave mensajera a Zechs para que salgan a su encuentro.
Heero asintió y se volvió hacia Hilde. Se notaba que la muchacha, algo menor que su esposo, estaba nerviosa entre tanto hombre, y varios la miraban lascivamente.
- Por cierto, ella está comprometida con uno de mis escoltas – dijo en voz alta – ya te conseguiremos un buen esposo – le dijo a ella en voz baja.
- Heero – le reclamó Dúo – déjate de andar de casamentero.
- ¿Quieres que me dedique a cortejarte a ti?
- ¡Heero!
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Continuará…
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Respondo RR
Kira Kuro, la personalidad de Dúo irá saliendo a flote poco a poco, verás que sí, de momento está un poco tímido, pero ya ves que comienza a soltar amarras.
Enigmatek, hacía tiempo que no sabía de ti (será porque hace rato no escribo), ciertamente tengo cuidado con lo que dices, pero en referencia al tiempo ¿crees que se podrían haber demorado menos 20 hombres limpiando un castillo que es para que lo habiten trescientas o cuatrocientas personas? Te recomiendo que leas la leyenda de Kinglassie, el personaje principal dice que para reconstruir el castillo, que es la mitad de este, tardarán por lo menos ¡5 años! Y cuenta con personal que no tiene que tenerle miedo a los espectros.
Neutral HD, es el rey, él manda. En todas las novelas que he leído de este tipo, el rey ordena que sus súbditos se casen, como acontece en la doncella de piedra, en que ella le pide al rey un paladín para su clan y él le manda a uno de sus guerreros, ninguno está muy conforme, pero se ven obligados a cumplir, con lo que se terminan enamorando.
No diré nada del poder de los anillos, sólo que es muy conocido en el mundo esotérico el supuesto poder que ellos tienen, junto con dos escritos que guardarían los verdaderos secretos del rey Salomón, pero esto ya es spoiler de lo que vendrá más adelante.
Cariños para tod s y espero que les haya gustado el capítulo.
Shio Zhang.
PD. Gracias a Neutral HD que está haciendo las veces de Beta.
