¡Hola Chicas! Como ven he decidido regresar a Fanfiction.
Los personajes le pertenecen a , la historia es una adaptación de Melanie Milburne.
En su Cama
Melanie Milburne
Capítulo 2
MIENTRAS conducía de vuelta a casa de sus padres, Isabella fue mordiéndose el labio inferior durante todo el trayecto. ¡Le había dolido volver a ver a Edward! Le había dolido volver a escuchar su voz, ver cómo agarraba el vaso, con aquellas manos que una vez la habían acariciado, y ver aquel cuerpo tan masculino que le había dado el mayor placer posible.
Le había dolido ver su boca, aquella boca que había besado todo su cuerpo, pero que nunca le habló de amor.
Le había dolido rechazarlo, pero... ¿qué otra opción tenía? No podía retomar lo que un día tuvieron, no podía hacerlo con el secreto de la existencia de Anthony. Edward le había dejado claro que no quería hijos.
—¡Maaaami! —gritó Anthony, corriendo hacia ella tan pronto como ésta abrió la puerta, abrazándose a su cintura con fuerza.
—¡Eh! ¿Por qué no estás en la cama? —Isabella simuló fruncir el ceño.
—El abuelo me prometió que antes de irme a la cama te podía enseñar lo que he pescado —dijo el pequeño, mirando hacia su madre con la emoción reflejada en sus ojos verdes.
En aquel momento, el padre de Isabella salió al pasillo detrás de su nieto.
—Hola, papá. ¿Habéis tenido un buen día en la bahía? —le preguntó Isabella a su padre.
—Deberías haber visto los peces que se nos han escapado —dijo sonriendo Charlie Swan.
—Gracias —dijo Isabella tras besar a su padre en la mejilla, por todo lo que hacía por su hijo.
Charlie se dirigió entonces a su nieto.
—Ve y saca lo que hemos pescado de la nevera mientras yo hablo un momento con tu madre.
Esperó a que el pequeño se marchara para hablar con su hija mayor.
—¿Cómo está Edward? —le preguntó.
—El está... —Isabella no pudo evitar suspirar—. Edward.
—¿Qué quería?
—Me ha dado la impresión de que quería retomar nuestra relación... durante un tiempo.
—No ha cambiado, ¿no es así? —dijo su padre, levantando las cejas.
—No ha cambiado —Isabella suspiró, hastiada.
—¿No le has dicho nada sobre Anthony?
Isabella esperaba encontrar reproche en la expresión de su padre, pero no hubo nada de eso, lo cual le hizo estarle muy agradecida.
—No... —contestó Isabella, mirándose las manos—. No. No le hablé de él.
—Jacob llamó mientras que estabas fuera —discretamente, Charlie cambió de tema—. Dijo algo sobre ir a cenar fuera contigo. Le dije que le llamarías, pero si quieres que te lo quite de encima, puedo...
—¿Por qué no vamos primero a ver lo que habéis pescado? —dijo, agarrando a su padre por el brazo y forzando una sonrisa.
—¡Qué buena idea! —contestó su padre, dirigiéndose hacia la cocina con ella del brazo.
Una hora después, Anthony estaba durmiendo en la planta de arriba y Isabella pudo bajar. Se encontró con su hermana Alice, que acababa de llegar de un taller de teatro.
—¿Es verdad? —Alice la hizo pasar a su estudio ¿De verdad que Edward está de nuevo en Sidney?
—Sí... ha vuelto —contestó Isabella, asintiendo con la cabeza sólo una vez.
—¿Le has dicho lo de Anthony? —preguntó Alice de forma muy poco femenina.
—No...
—¿Pero qué estás haciendo? Ahora que ha vuelto, tiene derecho a saberlo —dijo Alice, impresionada.
—Escucha, Alice. Ya me ha dicho lo mismo mamá, así que no necesito que me lo repitas tú.
—¡Eh! No te enfades conmigo, pero... ¿has escuchado lo que últimamente dice tu hijo? No habla más que de temas relacionados con padres.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Isabella, frunciendo el ceño.
—La otra noche, cuando tú estabas fuera con Jacob, le leí un cuento. Ya sabes, ése del elefante que tiene la trompa rota y está buscando a alguien que se la arregle. Anthony no paró de decir que si él encontrara a su verdadero padre, estaba seguro de que sería capaz de arreglar todo. Es muy dulce... pero también muy triste, ¿no crees? —dijo Alice, mirando a su hermana muy seriamente.
—En este momento no me puedo encargar de eso. Ya tengo suficiente en que pensar —contestó Isabella nerviosa.
—Vamos, Bella —dijo Alice—. ¿Qué es lo que tienes que pensar? Edward ha vuelto a Sidney y le deberías decir la verdad. No se lo puedes ocultar. Si se fija en el niño, se va a dar cuenta de que es su hijo sin que nadie se lo diga.
Su hermana tenía razón. Anthony era la viva imagen de su padre. Tenía su mismo pelo color cobrizo y sus mismos ojos verdes; hasta tenía su mismo carácter...
En ese momento llamaron a la puerta e Isabella prefirió ir a contestar antes que seguir hablando con su hermana.
—¡Isabella! —Jacob Black la saludó afectuosamente, dándole un beso en la mejilla—. ¿Cómo está mi chica? —entonces vio a Alice—. Hola, Alice: ¿Cómo van las pruebas para el anuncio de papel higiénico?
—Estupendamente. Sin duda voy a ganarlo —contestó Alice con una falsa sonrisa antes de marcharse.
Isabella trató de ignorar el comportamiento de su hermana. Ni a ella ni a Rose les caía muy bien Jacob, y no había nada que Isabella pudiese hacer. Jacob era una persona en la que podía confiar y, más o menos, quería las mismas cosas que ella en la vida. A Anthony le gustaba, y para ella eso era lo que más importaba, así que su familia se iba a tener que acostumbrar a que fuera parte de su vida.
—Tenemos que hablar —le dijo a Jacob una vez que Alice se hubo marchado.
—Vale, pero hablemos mientras cenamos –sugirió Jacob—. ¿Está Anthony todavía despierto? Le he traído un regalito —dijo, sacando un coche de juguete de su bolsillo.
—Ya está dormido, pero se lo voy a dejar en su mesita de noche. Gracias, eres tan bueno con él —dijo Isabella con la gratitud expresada en su cara.
—Es un niño encantador, Isabella —dijo Jacob—. Tengo muchísimas ganas de que nos casemos para poder ejercer de padre de verdad con él.
—Voy a decirle a mi familia que nos marchamos —Isabella sonrió levemente.
—Mientras, yo iré a arrancar el coche —ofreció él amablemente.
Cuando se hubo montado en el coche con Jacob, tras hablar un segundo con sus padres, Isabella no sabía cómo sacar el tema de Edward Cullen.
No le había contado a Jacob muchos detalles sobre su relación con el padre de Anthony. Ni siquiera le había dicho cómo se llamaba, ya que prefería mantener esa parte de su vida separada de la que estaba viviendo en aquel momento. Jacob no le había presionado para que lo hiciera.
¡Era tan distinto a Edward!... y no sólo físicamente. Su aspecto era muy diferente. Mientras que Jacob era moreno, con cabello negro, no muy alto ni muy delgado, Edward tenía las facciones más pálidas, era alto y atlético. Pero su personalidad era un poco distante e inquietante.
Por el contrario, Jacob no era nada complicado. Alice y Rose decían que era aburrido, pero Isabella prefería pensar que era predecible.
A ella le gustaba que fuera predecible, ya que de esa manera podía manejar la situación.
Cada mañana, sabía lo que le esperaba en el trabajo. Jacob siempre estaba de buen humor y era positivo con todo. Deseaba estar enamorada de él. Realmente enamorada. Pero su experiencia con Edward le había hecho tener miedo de amar a alguien demasiado.
—Estás muy callada —dijo Jacob cuando, al pararse en un semáforo, la miró.
—Lo siento... —Isabella forzó una sonrisa—. Tengo muchas cosas en la cabeza.
Cuando llegaron al restaurante que Jacob había elegido estaba lleno y, aunque había reservado mesa, tuvieron que esperar casi media hora. Mientras esperaban en el bar, Isabella no pudo evitar pensar lo diferente que sería todo si fuese Edward el que estuviese con ella. De ninguna manera se hubiese quedado esperando pacientemente por una mesa que ya había reservado. Habría exigido que le dieran una mesa en aquel momento y... la hubiera conseguido.
—¿De qué querías hablarme? —preguntó Jacob mientras tomaba su agua mineral.
—Hoy he visto al padre de Anthony —contestó Isabella, respirando profundamente.
—¿Quiere verlo? —preguntó él, preocupado.
—No le he contando nada sobre Anthony —contestó—. Hablamos de... otras cosas.
—¿Quieres decir que todavía no sabe que tiene un hijo? ¿No lo sabe?
—Ya sé que parece que está mal no decírselo, pero cuando ocurrió fue lo mejor... y ahora... bueno...
—¿Qué pasa ahora? —preguntó Jacob—. ¿No se lo deberías decir en algún momento?
Isabella no había pensado en otra cosa que no fuese eso mismo, sobre todo después de lo que Alice le había contando sobre Anthony. No estaba bien que su pequeño no fuese a saber quién era su padre.
—El padre de Anthony no ha cambiado nada —dijo, suspirando—. Yo era joven, demasiado joven para tener una relación, sobre todo con alguien tan intenso como él. No era yo misma cuando estaba con él. Dejé que lo controlara todo... fue un error... Nuestra relación fue un error.
—¿Le dijiste que estás saliendo conmigo? —Preguntó Jacob—. ¿Le dijiste que nos vamos a casar?
—Sí...
—Me gustaría que llevaras puesto el anillo de mi madre —dijo Jacob, frunciendo el ceño y mirando los dedos de Isabella—. Sé que no te gusta cómo es, pero lo podíamos arreglar a tu gusto.
Isabella deseaba que le gustara el anillo, así como la propia madre de Jacob, pero en la vida nada era perfecto y había aprendido que había que aceptarlo.
—Lo pensaré —contestó—. De todas maneras, sólo es un símbolo. No significa nada —dijo, repitiendo lo que Edward le había dicho a ella en el pasado.
En ese momento, el camarero se acercó a ellos para pedirles que lo acompañaran ya que su mesa ya estaba preparada.
—Venga, vamos a cenar y a olvidarnos de todo lo del padre de Anthony durante el resto de la cena —dijo Jacob.
Isabella le sonrió lánguidamente, pero incluso horas después de aquello, cuando estaba echada en su cama tratando de dormirse, no podía quitarse a Edward de la cabeza.
A la mañana siguiente, poco después de que Isabella llegara a la tienda principal de antigüedades de Jacob, en Woollahra, éste, excitado, se acercó rápidamente a ella.
—Isabella, tengo una noticia muy emocionante.
—¿Qué? Déjame adivinar... ¿te ha tocado la lotería?
—No, pero la sensación es la misma. Acabo de hablar con un hombre que acaba de heredar una casa llena de antigüedades. Las quiere vender todas... ¡a nosotros! ¿Lo puedes creer? —explicó Jacob, con la emoción reflejada en sus ojos negros azabache—. Isabella, algunas de las cosas son de un valor incalculable. Quiere que nos quedemos con todo y ni siquiera está preocupado por lo que estemos dispuestos a pagar.
—Debe esconder algo. ¿Por qué iría nadie a perder dinero así cuando las puede vender en el mercado y obtener muchísimo dinero? —dijo Isabella, frunciendo el ceño.
—No lo sé. ¿Pero a quién le importa? Sabes lo preocupado que he estado por lo ajustados que íbamos últimamente y, en este momento, esto es justo lo que necesito —tomó una hoja de papel y se la dio a ella. He quedado para que vayas a verlo esta misma mañana a esta dirección.
—¿Por qué yo? —preguntó Isabella. Se quedó sin aire cuando vio el nombre que había escrito en el papel: Edward Cullen—. Yo... yo no puedo ir —dijo, y arrugó el papel entre sus dedos.
—¿Qué estás haciendo? —Jacob le quitó el papel y empezó a estirarlo—. Dijo que quería que fueras tú. Dijo que conoce a tu familia, y lo comprobé haciéndole unas preguntas. No dejaría que trataras con alguien que yo pensara que no es seguro. Conocía los nombres de tus padres y...
—Eso es porque él es el padre de Anthony —dijo sin rodeos Isabella.
—¿Edward Cullen es el padre de Anthony? —preguntó Jacob, impresionado.
Isabella simplemente asintió con la cabeza, apretando los labios.
—¿Edward Cullen? —a Jacob se le hizo un nudo en la garganta—. ¿Edward Cullen, el multimillonario que ha diseñado algunos de los más prestigiosos edificios a lo largo y ancho de todo el mundo?
—Ese mismo.
—Oh, no... Isabella, no le puedes contar nada de Anthony —insistió Jacob—. O por lo menos ahora no. Si lo haces, retirará su oferta, y yo necesito este acuerdo.
—Alguna vez se lo tendré que decir... —dijo, soltando aire, dolorida—. Alice me contó que Anthony ha estado preguntando por su padre. Sabía que en algún momento preguntaría sobre él, pero no pensé que sería tan pronto.
—Casémonos lo antes posible —dijo Jacob, tomando las manos de Isabella entre las suyas—. De esa manera, Anthony podrá empezar a llamarme papá.
—No quiero casarme todavía. No estoy preparada —dijo, apartándose de él, sin poder mirarlo a los ojos.
—¿Vas a estarlo alguna vez? —preguntó con un tono amargo que Isabella nunca le había oído antes.
—Es un paso tan importante. Ni siquiera hemos... ya sabes... —dijo Isabella, avergonzada.
—Te dije que no me parecía bien tener relaciones sexuales antes del matrimonio —dijo Jacob—. Sé que es anticuado, pero me importa mi fe y creo que es un pequeño sacrificio para mostrar la lealtad que os tengo a ti y a Dios.
Isabella no pudo evitar pensar en Edward, el cual ni siquiera creía en el matrimonio. Estaba atrapada en una encrucijada a la que no le veía salida, ya que aunque cien hombres como Jacob se ofrecieran a ocupar el lugar de Edward, ninguno sería en realidad el hombre que Anthony necesitaba.
—Está bien. Lo haré —dijo, tomando el papel de la mano de Jacob con resignación—. Compraré las antigüedades y no le diré nada, pero no puedo evitar pensar que esto se va a volver en mi contra.
—Piensa en el dinero que representa —dijo Jacob—. Esto hará que yo esté en lo más alto del mercado de antigüedades de Sidney —se acercó a tomar el teléfono—. Tengo que llamar a mi madre. Esto ha sido su sueño desde que mi padre murió.
Isabella suspiró y tomó su bolso y sus gafas de sol del mostrador.
Edward la tenía en sus manos...
A pesar del tráfico que había mientras se dirigía a encontrarse con Edward, el trayecto se le hizo muy corto.
Cuando llegó a la dirección indicada en el papel, pudo observar lo ricos que debían de ser los vecinos de aquel barrio, ya que las casas eran muy ostentosas.
Llamó a la puerta, pero nadie contestó. No sabía si estar aliviada o enfadada. Según lo que le había dicho Jacob, tenía que encontrarse con Edward allí a las once. Y eran las once y doce minutos y no había rastro de él.
Mientras se alejaba de la puerta, pensó que aquello era típico de Edward. Se dirigió hacia la parte trasera de la casa movida por la curiosidad. Se preguntó si sería la casa en la que Edward había crecido. En el jardín de detrás de la casa pudo ver un olmo. Recordó que Edward le había hablado de él.
—Solía tener una casita ahí arriba —dijo Edward detrás de ella.
—¡Me has asustado! —exclamó Isabella, dándose la vuelta, alterada.
—¿Ah sí? —dijo Edward, sonriendo levemente.
—Llegas tarde —dijo ella.
—Lo sé —respondió sin disculparse—. Tenía que arreglar algunas cosas antes de venir.
—Supongo que piensas que no tengo nada mejor que hacer que esperar a que aparezcas. ¿Por qué no me dijiste nada ayer sobre este acuerdo? —preguntó Isabella, enfadada.
Edward se acercó a un rosal que había en el jardín, tomó una rosa y se la acercó a la nariz para olerla. Al ver cómo tocaba la rosa, recordó cómo la había acariciado a ella en el pasado. Un escalofrío le recorrió el cuerpo cuando él la miró.
En silencio, él le dio la rosa y, por alguna razón que ni ella entendía, la aceptó.
—Me alegra que hayas venido —dijo Edward—. Siempre quise que vieras el lugar donde crecí.
—¿Por qué? —preguntó Isabella con la rosa todavía en la mano.
Edward miró hacia el jardín y hacia la casa. Isabella se preguntó cuál sería la razón por la que en aquel momento quería que viera cosas que cuando estuvieron juntos eran un secreto.
—Antes, realmente odiaba este lugar —dijo Edward cuando volvió a mirarla.
—¿Por qué? —preguntó ella, frunciendo el ceño.
Edward apartó de nuevo su mirada de ella y se acercó a la casa. Isabella lo siguió en silencio, preguntándose qué le habría llevado de nuevo a ese lugar si era tan doloroso para él. En realidad, nunca supo qué era lo que le hacía ponerse pálido cada vez que se mencionaba su niñez.
Cuando entraron en la casa, él empezó a subir las persianas y a abrir ventanas para que entrara aire fresco. Isabella no sabía si debía ayudar o no. Se suponía que estaba allí por un asunto laboral, aunque la actitud de Edward no indicaba que así fuera.
—Siento que el ambiente esté tan cargado aquí dentro —dijo Edward mientras subía la última persiana—. No había estado aquí desde... bueno... desde que tenía dieciséis años.
Isabella sabía que su cara denotaba la intriga que sentía, pero no podía evitarlo. En la habitación en la que se encontraban, aparte de un par de cosas, no había nada de mucho valor.
—Sé lo que estás pensando —dijo Edward, rompiendo el incómodo silencio que se había creado.
Isabella lo miró sin responder, pero sus ojos no podían esconder su escepticismo.
—Estás pensando que te he hecho venir aquí para perder el tiempo, ¿a que sí? —dijo Edward.
—Lo que hay en esta habitación apenas llegaría para pagar una taza de café y un sándwich en una cafetería decente —lo miró, desafiante—. ¿Qué es lo que pasa, Edward? ¿Por qué me has hecho venir aquí y por qué ahora?
—Ven por aquí.
La llevó a otra habitación. Al abrir la puerta todo estaba oscuro, pero cuando encendió la luz, a Isabella se le pusieron los ojos como platos al observar lo que allí había.
La habitación estaba llena de muebles de un valor incalculable. Hizo todo lo que pudo para controlar su respiración al acercarse al primer objeto.
—¿Qué te parece? —preguntó Edward.
—Creo que has elegido a la persona menos indicada para que evalúe todo esto —contestó, mirándolo—. Jacob te podría decir el valor que tienen más exactamente...
—Pero yo quiero que seas tú.
Algo en el tono de voz de Edward hizo que Isabella pensara que no sólo estaba hablando sobre los muebles.
—Yo no puedo ayudarte... —sintiéndose de repente desesperada por irse de aquella casa y de la perturbadora presencia de Edward, hizo el ademán de marcharse.
—Espera —dijo, sujetándola del brazo, sin que a ella le quedase otra opción que mirarle a sus perturbadores ojos oscuros—. No te vayas.
A Isabella, su cabeza le decía que se marchara de allí mientras que todavía pudiera, pero su traicionero corazón insistía en que se quedara.
—Edward...
Él le acarició la mejilla y los labios, con tal delicadeza que ella sintió que iba a llorar de emoción. Observó cómo se acercaba a besarla y, a pesar de sus convicciones, no hizo nada para detenerlo. No podía. Se quedó petrificada y le temblaron las piernas.
La invadió la pasión mientras se besaban. La invadió el deseo. Sintió la erección de él, que le recordó todos los momentos íntimos que tuvieron cuando estuvieron juntos. Su cuerpo no era ningún misterio para él...
En aquel momento, era como si todo lo malo que había ocurrido en el pasado no hubiese tenido lugar; era suya justo como lo había sido cuando estuvieron juntos. Simplemente tenía que mirarla para que ella se derritiera e hiciera lo que él quisiera.
Pero de repente se apartó de él, con una fuerza de la que no era consciente.
—¡No tienes derecho! Estoy comprometida. No tienes derecho a tocarme.
—Tú me diste derecho a ello cuando me miraste de esa manera —dijo Edward, mirándola a su vez despiadadamente.
—¿De qué manera? —dijo ella a la defensiva—. ¡No te he mirado de ninguna manera!
—Me pregunto lo que diría tu novio si hubiese visto la manera con la que has respondido a mi beso.
Isabella se puso roja. Tenía que salir de allí. Pero entonces vio un cuadro colgado en la pared.
—Oh, Dios mío... —dijo, acercándose al retrato, asombrada, incrédula, estupefacta al ver quién lo firmaba—. ¿Te das cuenta de lo que tienes aquí? ¡Sólo este cuadro vale millones!
Edward miró el cuadro con desdén para a continuación mirar de nuevo a Isabella.
—Te lo puedes quedar —le dijo—. Y todo lo demás también. Hay más en las otras habitaciones.
—¿Qué? —Isabella se quedó mirándolo.
—Lo que has oído —contestó Edward—. Te lo doy para que lo vendas; todo lo que hay en esta casa.
—¿Qué es lo que has dicho? —Isabella no se podía creer lo que estaba oyendo.
—Te estoy diciendo que te lo doy todo.
—Oh, no —dijo, alzando sus manos como para advertirle—. No puedes sobornarme con todas estas reliquias de valor incalculable de tu familia.
—No te estoy sobornando, Isabella —dijo sin alterarse Edward—. Simplemente te estoy dejando que elijas.
—¿Que elija? —lo miró de arriba abajo con desconfianza—. ¿Que elija qué?
—Ya te dije que quería verte otra vez —contestó Edward—. A menudo.
A Isabella se le desbocó el corazón al oír aquello.
—Y yo te dije que no podía... —tomó aire, irritada—. Jacob y yo... —no pudo terminar la frase debido al nudo que tenía en la garganta.
—Creo que a Jacob Black no le importaría nada que pases tiempo conmigo para resolver el tema de los muebles de esta casa. De hecho, creo que estaría muy contento si me vieras todos los días —dijo Edward, esbozando una pequeña sonrisa cínica.
Isabella se sintió temerosa y no sabía qué decir. No encontraba las palabras.
—¿De qué estás hablando? —preguntó cuando por fin logró decir algo.
—Quiero que pases el mes que viene conmigo, resolviendo el tema de las posesiones de mi padre.
—¡No puedo hacer eso! —chilló Isabella.
—Bien —Edward tomó su teléfono móvil y empegó a marcar un número—. Voy a llamar a otro anticuario que conozco. Estará más que contento de llevarse todo esto. Gratis.
Isabella tragó saliva mientras que él se acercaba el teléfono al oído. No podía dejar que diera todo aquello gratis. Le debía a Jacob el quedarse con aquello por todo lo que él había hecho por ella y por Anthony. No podía dejarlo escapar, fuese lo que fuese lo que le costara personalmente.
—¡No! —exclamó, tirándole del brazo para que no pudiese continuar la llamada—. Espera... Déjame pensar sobre ello...
—Te doy treinta minutos para que lo pienses. Te debo dejar claro que no espero que te acuestes conmigo —dijo Edward, metiéndose el teléfono móvil en el bolsillo.
Al darse cuenta de que no la quería, en vez de sentirse aliviada, se sintió rechazada.
—Rompimos hace cuatro años y medio de una manera muy amarga —continuó diciendo Edward—. De esta manera, los dos podremos cerrar esa etapa de nuestras vidas.
—Pero... pero yo no necesito cerrar nada —insistió Isabella—. Yo no siento ya nada por ti.
—Pero yo sí —dijo Edward.
Isabella se quedó con la boca abierta pero sin articular palabra.
—Te dejo para que pienses libremente. Cuando pasen treinta minutos, volveré para ver qué has decidido —dijo Edward en un tono distante.
Una vez que él hubo cerrado la puerta tras de sí al marcharse, Isabella se quedó mirándola.
¡Un mes!
Un mes en compañía de Edward, arreglando las cosas de la casa en la que había pasado su niñez. Miro todos los objetos de valor incalculable que tenía delante y se preguntó por qué querría Edward deshacerse de todo aquello. Sabía que era rico, pero aquello de querer deshacerse de una auténtica fortuna era demasiado.
Sacó la cámara digital de su bolso. Cuanto antes empezara, antes acabaría. En aquel momento se le revolvió el estómago. Había algo en aquella casa que la ponía nerviosa. Cuanto menos tiempo pasara en ella, mejor.
Especialmente si estaba con Edward. A solas...
Bueno niñas, nos leemos pronto.
Besos: Karen O'Shea
