N/a:Cuando sientes los dedos atrofiados, la imaginación muerta y la inspiración perdida, de repente te das cuenta que aún puedes hacerlo y resulta que has conseguido concluir una historia. Felicitaciones a mí(?)
Un millón de agradecimientos y disculpas para todos los que siguen este fic. Ya sé que tengo otro muy importante en pausa, es solo que la vida se complica un poco demasiado en ocasiones.
Disclaimer aplicado.
Tercera Parte
(Final)
El resto del día transcurrió quizás demasiado rápido para Draco; ya cuando cayó la noche y se acercaba la hora estipulada en el trozo de pergamino que Granger le había dado, estaba ansioso, y no sabía muy bien por qué. Una parte suya quería que la velada avanzara en un parpadeo, así la siguiente vez en que abriera los ojos sería un nuevo día y de este modo él volvería a ser lo que era en un principio: Un simple mago de la aristocracia que fundamentaba su vida en el descubrimiento de extraños artículos mágicos para su entretenimiento y colección.
Cavilándolo más a fondo, la sintió una existencia frívola y anodina. No comprendía del todo por qué ahora era así, si semanas atrás habría afirmado con toda seguridad que tenía la vida perfecta.
Suspiró.
Era, quizás, porque vivía engañándose a sí mismo; en un estado de negación ininterrumpido. La vida había dejado de ser perfecta el día en que aquel joven mago famoso con una cicatriz en la frente desestimó su amistad; y cuando más adelante aquella pequeña chica de cabello alborotado había llegado a superarle en los estudios, porque comprendió que, a diferencia de lo que afirmaban sus padres, no era superior a los demás niños. Fue cuando advirtió que esa clase de gente de sangre «impura» se podía fácilmente confundir con los de sangre «pura»—ya que no eran monstruos de pus con un ojo, ni retrasados mentales a los que les colgaba la baba, como creía de pequeño—, que tenían los mismos derechos que él y que podrían conseguir logros más altos y valiosos que Draco no llegaría a alcanzar ni con todo el dinero del mundo. Dejó de ser perfecta porque hizo que su padre le menospreciara y dejara de considerarlo tan magnífico como siempre había asegurado.
Y a partir de allí, la oscuridad fue ganando terreno y el niño dichoso e ingenuo creció hasta volverse un hombre desteñido con color apenas en los bordes. Seguir viviendo la vida como continuaba haciéndolo terminaría por volverlo una sombra de lo que alguna vez fue—o creyó ser.
Draco se observó en el espejo, mirando sin mirar al joven ataviado en una túnica de gala como demandaba el protocolo. Gran parte de su vida había estado guiada por medio de hilos invisibles que él nunca se había preocupado en cortar, no hasta que se hizo adulto y entendió que nadie podía obligarle a hacer nada que él no quisiera hacer. Fue cuando empezó a imponerse sus propias normas, sus propios objetivos, sin importar lo que nadie pudiera llegar a pensar… Pero eso no era del todo cierto. En el fondo, seguía patinando en el mismo molde en que fue formado, porque seguía pensando que nadie miraría con buenos ojos que estuviera con Hermione Granger, y no debido a que ella fuera una hija de padres muggles, ni porque continuara siendo la amiga de Harry Potter, sino porque él era Draco Malfoy y eso se traducía a ser el villano—era sinónimo de enemistad y antagonismo—; a su espalda cargaba el peso de sus acciones y las de sus antepasados, procedía de un linaje oscuro y jamás se había preocupado en cambiar eso. No se trataba de que le trajera sin cuidado que su reputación y lealtad se hallara siempre en entredicho, la realidad es que aquella era su zona de confort, donde nada arriesgaba; ni su dignidad ni su corazón.
Los ojos grises reflejados en el espejo le devolvieron la mirada, decididos. Había llegado el momento de tomar riesgos, de ir contra la marea si era necesario. De afrontar. De luchar. Y quizás, de ganar.
Si llegara a arrepentirse en algún momento, no sería de no haberlo intentado.
...
Alyssia Jennings resultó ser una mujer práctica, con un toque de arrogancia y una particular voz melodiosa.
Draco la odió casi de inmediato.
No por su carácter, incluso coincidía con ella en un par de opiniones en cuanto a ciertos tópicos de su conversación. Era una mujer versada y que en el fondo, solo buscaba ejercer su trabajo con eficiencia. Lo que jodía a Draco era su manera de dirigirse a Granger, parecía estar hecha de la misma pasta que cualquier Slytherin come mierda que fue criado para mirar por encima del hombro a todo lo que se moviera; pensar que él alguna vez había mirado a Hermione de la misma forma le revolvía el estómago.
No era evidente, por supuesto, con su encantadora voz y sus maneras, lograba esconder el desprecio y el retintín que su mirada profesaba cada vez que se dirigía a ella. Granger no necesitaba que nadie la defendiera, por otra parte; las réplicas cargadas de ingenio y los silencios oportunos causaron el desconcierto y posterior irritación en la directora del Comité de Exterminación. Draco debía echar mano de su copa de hidromiel para esconder la sonrisa de orgullo cada vez que se sucintaba dicha situación.
—Señor Malfoy, ¿qué tal la experiencia de trabajar con una persona como la señorita Granger?
Él, que casi estaba convencido de que se había convertido en parte del mobiliario, cruzó miradas con la mujer, captando de inmediato su maliciosa intención. «Así que quieres un aliado, ¿eh? Porque ella es demasiado para ti sola». Notó que Granger se tensaba a su lado—habían dispuesto los lugares de tal forma que ella, Nott y él se ubicaran uno al lado del otro, quedando Draco en medio. La observó de reojo, un rizo se había escapado del elaborado moño que sujetaba sobre su coronilla, rozando la cremosa piel de su hombro descubierto.
Por un momento, se le olvidó lo que le habían preguntado.
Volvió a echar mano de su copa.
—Trascendental—contestó un instante más tarde.
Alyssia Jennings arqueó una oscura ceja.
—Interesante forma de definirlo. Bueno, teniendo en cuenta quién es usted, el desenlace habrá sido imprevisible. Supongo que debemos estar agradecidos que todo terminó bien, de lo contrario las consecuencias habrían sido lamentables.
—Disculpe—intervino Granger con impaciencia—, ¿qué es lo que está queriendo decir?
—Oh, querida, discúlpame a mí por la osadía—expresó la mujer haciendo una pausa para pedir que rellenaran su copa—. Es solo que al ponerme en tus zapatos, una muchacha que tan joven sufrió las secuelas de la guerra, y que ahora busca superarlo; que de pronto te veas obligada a trabajar con un muchacho que, según me cuentan mis sobrinas—pertenecían a Ravenclaw, por cierto—, te hizo objetivo de innumerables burlas y discriminaciones… pues me genera infinita compasión, como comprenderás.
La mujer había optado por darle la vuelta al pergamino al ver que no conseguía nada de su parte y tenía la intención de hacerlo objeto, junto a Granger, de su vilipendio.
—Eso ha quedado en el pasado—simplificó la joven.
Alyssia Jennings realizó un exagerado aspaviento con la mano.
—Cómo te envidio, muchacha: Pasar así la página. Sin rencores de por medio, ¿no es cierto? Una singularidad de la juventud actual. Inclusive eres capaz de pasar por alto estar sentada al lado de dos mortífagos.
Perra.
Solo la firmeza del agarre de Nott sobre su antebrazo, impidió que Draco se pusiera en pie e hiciera una escena. Desvió su atención momentáneamente hacia él, advirtiendo su mandíbula apretada y la mirada cortante dirigida a la víbora concitadora que, evidentemente, no tenía escrúpulos en arrastrar a quien fuera necesario para ganar un argumento contra la joven bruja que había alcanzado menoscabar cualquiera de sus jodidas peticiones burocráticas de exterminio a lo largo del mes, haciéndola lucir como una funcionaria incompetente y caprichosa.
—Señora Jennings—habló Granger luego de un crudo silencio entre los cuatro. El resto de los comensales parecía ajeno a la tensión, cada uno absorto en sus respectivas tertulias—. Me parece que hay algo que no ha llegado a comprender del todo: La guerra ha terminado. No pretendo hacer que olvide los horrores de ella, mucho menos ser abogada del diablo. Su postura está perfectamente clara, y yo la tolero—hizo una pausa. Era la viva imagen de la compostura—. Pero no voy a permitir que pretenda usted juzgar en mi presencia a dos hombres que han logrado ganarse lo que posiblemente usted nunca consiga.
—¿El qué, querida?
—Mi respeto.
Si la hubiera mandado directamente a freír espárragos no habría llegado a causar tal impresión en su rostro. Por primera vez en la noche, Draco permitió que se le viera el orgullo en la sonrisa.
…
Llovía a cántaros. Y puede que él estuviera un poco achispado. Los integrantes que conformaban la cena se fueron retirando poco a poco, entre ellos Alyssia Jennings—quien roja como la grana, luego de comentar por lo bajini la insolencia de la juventud actual, se había dedicado a ignorarles por completo—y Nott. Posteriormente, Granger se integró con facilidad a una conversación y Draco a otra, ninguno pretendiendo ignorarse, mas tampoco interactuando el uno con el otro. En medio de la tertulia su copa de hidromiel fue sustituida por Whiskey de Fuego a petición de uno de sus interlocutores y Draco se encontró un pelín tambaleante cuando salió junto a Granger del establecimiento. Ella le contempló con una ceja arqueada, claramente consciente de su estado, y quizás—puede—que él haya exagerado un poco la oscilación de su cuerpo cuando notó la mirada sobre sí.
—¿Te encuentras bien, Malfoy?
—¿No se me nota?
Ella ignoró su sarcasmo.
—No puedes aparecerte en esa condición, sería arriesgado.
Él no respondió, porque responder podría significar que ella se alejara y cada uno tuviera que volver a su respectiva vida. La observó bajo la luz de la farola, tenía más mechones sueltos que rozaban deliciosamente su nuca. El clima la había obligado a cerrarse la túnica hasta el cuello, ocultando así el bonito vestido de terciopelo violeta, sin mangas, que vestía esa noche. La lluvia comenzó a arreciar y ella se aproximó más a él que ya mostraba intenciones de querer salir a la intemperie. Sin decir una palabra, lo sujetó del brazo y desaparecieron en la noche.
Un latido de corazón más tarde, se encontró en la salita de una modesta vivienda inglesa. Granger lo soltó y Draco se inclinó hacia adelante para apoyar las manos en sus rodillas, aguantando la arcada que le sobrevino.
—¡Maldita sea, Granger! ¡Podías haber avisado!
—Perdona.
Le tomó un momento recuperarse, al hacerlo se enderezó y observó concienzudamente su alrededor. La estancia se componía de un sofá color crema y un sillón orejero del mismo tono, rodeando una mesita baja de madera de arce frente a una moderna chimenea. Delante de él se ubicaba una estantería de dimensiones colosales repleta de libros de todos los tamaños. De la pared lateral colgaba el bonito cuadro de una playa de alguna costa escocesa. Las paredes eran blancas impolutas al igual que la mayoría del mobiliario, y aparte del cuadro, el único toque de color que resaltaba era la alfombra de patrones lineales de múltiples tonalidades. Del techo pendía una lámpara ovalada que Granger encendió con una floritura de su varita.
Era un salón totalmente distinto al suyo, y sin embargo, a Draco se le antojó tremendamente acogedor, libre de frivolidades y con la luz ambarina dándole un perfecto toque hogareño.
—Toma asiento. Vuelvo en un minuto.
Lo usual sería que mostrara cierta oposición, pero se encontró obedeciendo y estirándose cuan largo era sobre el sofá. Granger salió de la habitación. Draco se quedó mirando el techo largo rato hasta que la leve neblina etílica en su cabeza comenzó a despejarse. Se incorporó un poco y tomó el libro dejado sobre la mesita, leyendo la tapa sin siquiera reconocer el nombre de la persona que lo había escrito. Lo abrió donde se situaba el marca páginas y de pronto se halló inmerso en un curioso diálogo entre una mujer, un francés y su madre discutiendo sobre la presencia de un toro teñido de negro en la cocina. Era, aparentemente, literatura muggle.
Draco se forzó a cerrarlo y colocarlo nuevamente en su lugar cuando Granger volvía cargada con un juego de té. Ella se percató de su acción e hizo una pausa, luego retomó el camino hasta hacerse espacio en el mismo sofá que él. Se había despojado de la túnica y la falda del vestido se ondulaba alegremente sobre sus rodillas.
De pronto fue plenamente consciente de la situación en que se hallaba: En la sala de Granger, a solas junto a ella sobre un mullido y muy cómodo sofá. Se chupó el labio.
—Me has traído a tu casa.
—¿Dónde más, si no?
Sí, era un comentario un poco tonto. Granger sirvió el té en dos tazas de porcelana tintada y Draco sintió un calorcito en el pecho cuando la vio endulzando una de ellas con miel de maple, a continuación la posó sobre un platico y se la alargó.
—Te vendrá bien en estos momentos—explicó.
—No estoy borracho, Granger—rechistó, mas terminó con cogerla mientras se incorporaba—. Solo un poco pasado de copas.
—Lo sé—en silencio echó un chorrito de leche a su propia taza, la endulzó con dos terrones de azúcar y se la llevó a los labios. Draco observó embelesado cómo soplaba un poco—sus labios frunciéndose provocativamente—antes de proceder a tomar un sorbo—. Francamente no puedo culparte.
Intrigado por su comentario, bebió de su propia infusión, a la espera de que se explicara.
—Una mujer difícil, la señora Jennings.
Draco bufó.
—Vamos, Granger, que estamos en confianza.
—Vale, una arpía con varita.
Él rio con voz ronca y creyó verla sonreír.
—A lo mejor consigues que apoye una moción para su propio exterminio.
Hermione hizo un sonidito atragantado con su té y lo miró con fingido reproche. Se instaló un silencio entre ambos, Draco bebía de a sorbos, aceptando para sus adentros que le hacía bastante bien para controlar su aturdimiento.
—No estuvo muy alejada de la verdad, sin embargo—dijo posteriormente—. Fui una mierda contigo en el colegio.
—Sí.
—Tampoco es que mejorara demasiado cuando empezamos a trabajar juntos.
—Estoy de acuerdo.
Draco apretó los labios y bajó la mirada a su taza casi vacía.
—Pero no soy un mortífago, Granger. Ya no.
La nota de súplica en su voz—«No lo soy, te lo juro. En serio te lo juro. No me rechaces. Por favor, por favor, por favor…»—lo hizo sentirse patético.
—Aquel día, en el salón de mi casa, cuando Bellatrix…—sintió un nudo en la garganta, había pasado noches en vela debido al recuerdo de sus alaridos de agonía—. No se sintió bien, Granger. En lo absoluto—tomó una bocanada de aire—: Siempre había alardeado sobre la pureza de la sangre y lo mucho que te odiaba y sin embargo…
—Malfoy…
—No estaba contento con nada de lo que pasaba, es solo que… Es solo que tenía tanto miedo… Y yo solo…
—Basta—sintió su mano posarse sobre la suya. Draco alzó los ojos para encontrarse con su mirada, sin poder leer en su expresión—. No fue tu culpa, Malfoy. No habrías podido evitarlo—pausó, lo hizo despegar la mano de la taza para sostenerla con mayor firmeza—. Escucha, creo que las acciones y vivencias definen a las personas, pero también creo en la redención y en el perdón. Tus acciones trajeron consecuencias, pero confío en que te sirvieron de experiencia para no volver a cometerlas. Lo que le dije a la señora Jennings es cierto: Te respeto, tanto a ti como a Theodore Nott. Han sabido salir adelante y aprender de sus errores. Gracias a ustedes pude terminar exitosamente un proyecto que en un principio tan solo fue una idea al azar. Han sabido utilizar sus habilidades para hacer cosas productivas que ayuden a la sociedad… No, no me mires así, puede sonar exagerado, pero pequeños granos de arena conforman grandes montañas.
Dejó su taza sobre la mesita y animó a Draco a hacer lo mismo, luego lo sostuvo por ambas manos. Sus enormes ojos marrones brillaban con repentino entusiasmo.
—¿Te das cuenta de lo mucho que puedes lograr? Posees grandes conocimientos, Malfoy. Mejor aún: ¡Tienes una capacidad de razonamiento extraordinaria! Me he fijado. Es tan diferente a la mía que resulta alucinante; cuando buscas la respuesta de algo pareces empezar por el final para llegar al principio y de ese modo construir el esquema al completo. Quizás no me sepa explicar, no sabría decir…
Lo que correspondía en una situación como esta, siendo él Draco Malfoy y ella Hermione Granger, es que él interrumpiera su parloteo, desestimando sus palabras con algún comentario burlón, ocultando así la vergüenza y satisfacción experimentada al escuchar la honestidad y el optimismo en su voz, al percibir su confianza.
Pero Draco optó por besarla. El corazón comenzó a latirle desenfrenado apenas hizo el primer contacto con sus labios. Ahogó su jadeo de sorpresa tomándola del rostro e inclinándolo para mayor comodidad, sus mejillas eran tersas y suaves al acariciarla con los pulgares.
Supo que ella se entregaba a las sensaciones cuando la sintió suspirar contra su boca y mover los labios a la par de los suyos. Draco quiso aullar de jodida felicidad. Enterró las manos en su cabello, en la espesa melena con la que había fantaseado cuando era apenas un adolescente imberbe, imaginando su textura y el cómo se sentiría en contacto con sus dedos y otras partes de su cuerpo.
La sangre se le calentó y creyó hacer autocombustión cuando experimentó el sensual deslizamiento de su húmeda lengua por su labio inferior. Jadeó.
Traviesa, traviesa Granger.
Abrió la boca para recibirla, aventurando su propia lengua a jugar. Hermione gimió en medio del beso cuando lo sintió succionarle pecaminosamente. Sabía a Earl Gray azucarado. La temperatura comenzó a elevarse y Draco se las arregló para despojarse de la túnica sin interrumpir el beso. Ella pareció estar de acuerdo, porque tiró de la corbata hasta deshacerla y conseguir colar sus dedos por la abertura de su cuello. Draco finalmente tuvo que dejar de besarla para poder respirar. Imaginaba que su aspecto debía lucir tan excitado como el de ella, que tenía los labios hinchados y los ojos entornados de deseo.
—Granger—resolló antes de inclinarse para atacar su garganta. Ella ronroneó como un gatito y la erección de Draco, que ya se encontraba en plena potencia, comenzó a ser dolorosa.
Se frotó contra ella, sintiendo las curvas de su cuerpo bajo las manos que actualmente se dedicaban a explorarla. Las paseó por las caderas, la cintura y debajo de los pechos, atreviéndose a ir más allá al notar cómo se arqueaba hacia él.
—Ah, joder.
No llevaba sujetador. Los pezones se sentían enhiestos bajo la yema de sus dedos, presionándose contra la tela del vestido. Draco los frotó con los pulgares y se enorgulleció al oír la exhalación apreciativa de su parte.
Mordió su cuello. Granger soltó un gritito y las delicadas manos fueron a parar a su espalda, rozándole con las uñas. Él gruñó, lleno de gozo. Se acomodó mejor en el sofá, llevándola con él, sujetándola por las nalgas hasta dejarla sentada a horcajadas sobre su regazo. Uno de sus zapatos de tacón se soltó de su pie, yendo a parar a la alfombra, y a Draco la imagen—y la situación en sí—le pareció surreal. Nunca imaginó que realmente la vería así: Despeinada y sucumbiendo al deseo, al deseo por él.
—Eres preciosa—dijo, adorándola con la mirada—. Me encantas.
Le pareció increíble que a estas alturas fuera capaz de sonrojarse. Le apretó la cintura con ambas manos y la clavó mejor en su regazo, para que percibiera la veracidad de sus palabras.
Granger habló finalmente:
—Yo nunca pensé que tú…
—No tienes ni idea—interrumpió, desinhibido.
Se inclinó nuevamente hacia ella y comenzó a repartir una cadena de besos desde su clavícula a su mandíbula. Distinguía el pulso latiéndole desenfrenado en el cuello. Lamió las perlas de sudor que se deslizaban por su piel.
La mano de ella le acarició los cabellos con inusitada ternura.
—Malfoy.
—Mi nombre—balbuceó contra su garganta, embelesado por su aroma a vainilla y a algo picante que no conseguía determinar—. Di mi nombre.
La sintió vacilante entre sus brazos. Apretó con más fuerza el agarre sobre ella, temeroso de que se alejara. Granger era todo en lo que podía pensar; si la perdiera de vista, si dejara de oírla, si no pudiera volver a sentirla, sería como caer al vacío. «No me rechaces, no ahora».
—¿Me deseas? —preguntó alzando los ojos hacia ella. El brillo en su mirada la delataba—. Sí, lo haces.
—Yo…
—No quieras engañarme.
—Malfoy, no…
—Hermione.
—No puedo hacer esto.
De pronto el tiempo dejó de transcurrir. Draco se quedó paralizado, la mente apenas despierta. Casi no fue capaz de percibir las manos de ella forcejeando con las suyas para deshacer su agarre de hierro. El peso sobre él desapareció y sintió frío.
Entonces el tiempo volvió a correr. Le llegaron de golpe los sonidos—el de la lluvia que aún caía afuera contra la ventana y el de su propia respiración trabajosa—, los olores—el aroma de ella, de él, de la pasión—y los colores—el violeta del ahora arrugado vestido, el rosado del adorable sonrojo… el marrón lleno de culpabilidad de sus ojos.
Draco sintió un acceso de ira.
—Pero me deseas—siseó—. Lo sentí, te sentí.
—Lo lamento.
—¿Lo lamentas? —preguntó, incrédulo—¿Lo lamentas? —repitió, poniéndose de pie poco a poco—¿Y qué lamentas? ¿Haberte dejado llevar? ¿Hacer esto que hiciste conmigo? —hizo un gesto hacia el sofá, luego resopló—: ¿Es ese el problema?, ¿que soy yo? ¿Qué fue conmigo?
—Estás sobre reaccionando.
Apretó los dientes y comenzó a dar rodeos por la habitación como un león enjaulado.
—Joder, Granger, no te entiendo, nunca he podido entenderte—farfulló—. La estábamos pasando tan bien y de repente tú…
—No funciona así para mí.
Draco se detuvo. Respiró hondo, intentando calmar su genio.
—¿Cómo funciona?
La vio apretar los dientes y apartar la mirada, una reacción atípica en ella.
—Dame tiempo—expresó luego de lo que pareció una eternidad.
—¿Fue eso mismo lo que le dijiste a Weasley cuando le dejaste?
Hermione parpadeó; lo miró como si fuera la primera vez que lo viera.
—¿Qué has dicho?
Draco sacudió la cabeza, sonriendo sin humor.
—Nada.
Caminó hacia donde había dejado caer la túnica y la recogió del suelo con desgana.
—El mundo a veces no va al ritmo que queremos—lanzó al aire, sin saber si se lo decía a ella o a él mismo. Granger se le quedó mirando—. Gracias por el té.
Se marchó.
Sábado, por la tarde:
Estimada señorita Granger:
¿Es la literatura muggle tan interesante como parece? Los magos de alta alcurnia suelen tener la creencia de que lo verdaderamente atractivo contiene magia, incluso la trama de un libro.
Atentamente,
Anónimo.
Sábado, por la noche:
Estimado señor anónimo:
Sé quién eres, reconozco tu caligrafía.
No logro comprender este despropósito, pero seré benevolente y responderé a tu interrogante: Sí, lo es. Comprenderás que para escribir solo se necesita de la imaginación y el ingenio, y los muggles tienen mucho de eso. Encontrarás un sinfín de tramas, no mágicas y mágicas (porque puede que te parezca extraño, pero muchos muggles creen y fantasean con la magia) y gran cantidad de géneros.
Todo un abanico de posibilidades.
Atentamente,
H.
Sábado, por la noche:
Granger:
No se te escapa una, ¿verdad? Le quitas la ilusión incluso al pobre desgraciado que solo desea un poco de tu atención.
Ahora que mencionas eso de los géneros, no he podido evitar notar que te atrae el romance. ¿Debo pensar que eres una romántica empedernida? Hasta la actualidad, te consideraba lo suficientemente fría como para ahuyentar a un hombre que está loco por tus curvas con una simple mirada.
Atentamente,
Alguien con sangre caliente en las venas.
Domingo, por la mañana:
Malfoy:
Tres cosas.
Primero: El romance es un género como cualquier otro, yo solo tomo gusto por él.
Segundo: No te ahuyenté, te marchaste.
Tercero: ¿Qué estás haciendo?
H.
Domingo, por la mañana:
Granger:
Interpreto que piensas que me has ahuyentado de alguna forma, no entiendo por qué; yo solo exponía una situación hipotética.
Me llamó la atención ese libro sobre tu mesa. ¿Te molestaría prestármelo algún día?
Oh, actualmente bebo una taza de té mientras pienso en ti. Gracias por preguntar.
D.
Domingo, por la tarde:
Malfoy:
Sé que sabes exactamente a lo que me refería, pero reformularé la pregunta: ¿Qué estás haciendo enviándome cartas? Si es una manera de avergonzarme por lo que sucedió la otra noche, no está funcionando.
H.
P. D. Si realmente te interesa leerlo, podría prestártelo cuando lo termine.
Domingo, por la tarde:
Granger:
Muy amable por tu parte, lo esperaré con ansias.
No intento avergonzarte de ninguna forma, aunque si estas inocentes misivas consiguen que revivas eso que hicimos sobre tu sofá, no puedo decir que no me complace.
Sé que todo esto puede parecerte un sinsentido, pero tiene un porqué. Te lo contaré en otra ocasión.
D.
Lunes, por la mañana:
Malfoy:
Tu lechuza ha pasado toda la noche en el alfeizar de mi ventana. Asumo que está entrenada para no volver sin una contestación al remitente, lo que me parece terrible porque no pretendía hacerlo y ahora tiene todas las plumas empapadas.
Esto es crueldad animal.
H.
Lunes, por la mañana:
Buen día para ti también, Granger.
No era mi intención que esta situación se suscitara, ha sido un error por mi parte confiar en que te apegarías a las reglas básicas de cordialidad. Podrías haberte despedido, al menos.
Mugg descansa ahora, su hermana Rainbow lo sustituye el día de hoy. Es una buena lechuza, pero igual de obstinada que su hermano; me temo que haz de darle una contestación para que pueda volver a casa.
A propósito, estás sola después de mucho tiempo en ese despacho tuyo. ¿Qué tal la experiencia?
D.
Lunes, por la mañana:
…
Lunes, por la mañana:
Vaya, me has enviado un pergamino en blanco.
Muy ingenioso, debo confesar. No voy a desistir hasta conseguir una respuesta apropiada por tu parte.
D.
Lunes, por la mañana:
La experiencia es tremendamente confortante, gracias por preguntar.
H.
Lunes, por la tarde:
Dejas mucho que desear en tus respuestas, Granger. Y eres una mentirosa. Admite que extrañas mi presencia, incluso la de Nott (que puede ser un poco espeluznante, lo reconozco, pero es un buen tipo).
D.
Lunes, por la noche:
Malfoy:
Si tuviera que elegir entre tú y Nott para volver a trabajar, lo elegiría a él.
H.
Lunes, por la noche:
¿Y para follar?
D.
Lunes, por la noche:
…
Lunes, por la noche:
¡Deja de enviarme pergaminos en blanco!
D.
Lunes, por la noche:
…
Martes, por la noche:
Te extraño.
D.
Martes, por la noche:
…
Jueves, por la tarde:
He acostumbrado a Mugg a volver simplemente dándole un poco de alimento.
Sin presiones, ¿vale?
D.
Sábado, por la noche:
Me gustas, Granger. De verdad me gustas.
D.
Lunes, por la mañana:
De acuerdo. Seré breve: Tengo a tu gato y estoy dudando en devolverlo.
La avistó un par de segundos antes de que ella lo avistara a él. Su mirada estaba cargada de fuego cuando sus ojos se encontraron y Draco tuvo que contener un estremecimiento.
Granger estaba molesta, eso era evidente. Draco no quiso que las cosas resultaran así en un principio, pero ella lo había empujado a eso. Vale, que él había sido un poco atosigante con tanta correspondencia, pero honestamente, no hallaba otra forma de no perder el contacto con ella—de mantener su atención. Aquella muestra de pasión en su salita había sido apenas el principio de una historia a la que él no estaba dispuesto a poner fin. Él no era como Weasley para dejar ir lo que quería, para aceptar sin protesta que se alejara de él aun cuando su cuerpo—que calzaba tan bien con el suyo—lo anhelaba de la misma forma que la anhelaba el de Draco; era un hombre renovado con la enorme resolución de batallar por alcanzar sus metas.
Podía simplemente haber confesado que había encontrado a su gato y devolvérselo, es cierto; quedando así como el héroe de la historia. ¿Pero era ese su estilo? Joder, no.
Granger caminó dando largas zancadas hasta plantarse delante de un Draco sentado cómodamente en una de las mesitas más apartadas de los rincones privados del Caldero Chorreante.
—Eres el hombre más vil y detestable que he conocido nunca.
—Sabes que eso no es verdad—contestó él como si tal cosa—. Toma asiento, anda.
—¿Dónde está Crookshanks?
—¿Quién?
—¡Mi gato!
—Ah, ya—Draco sacudió la cabeza sonriendo—. No lo sé. Suele perderse con frecuencia, ¿sabes?
La cara de Granger era casi de color púrpura. De pronto preocupado de que fuera a golpearle como en tercer curso, desvió la mirada hacia la mesa contigua, desocupada excepto por la sombra que se situaba bajo las sillas. Ella lo imitó.
—¡Crookshanks!
El aludido salió de su refugio y con el desenfado propio de los gatos, caminó hacia ella restregándose cariñosamente contra la falda de su túnica. Granger se agachó para tomarlo en brazos y él se dejó hacer, pero un instante más tarde se vio atraído por algún roedor no identificado que correteaba por el suelo unos metros más allá y entonces se lanzó a su caza.
Hermione miró a Draco con tal estupefacción que él sintió el brutal impulso de agacharse junto a ella y comerle la boca ahí mismo.
En su lugar, dijo:
—Puedes sentarte mientras esperas que termine. No es un gato muy dado a la obediencia.
—Perdona, pero es un gato muy disciplinado—replicó mientras fruncía el ceño.
—Ya.
Claramente ofendida y contrariada por la manera en que marchaba la situación, dudó antes de finalmente sentarse frente a él. A Draco le complació ver la manera en que se mordía el labio inferior.
—¿Estás nerviosa?
Granger parpadeó.
—Por supuesto que no.
—Pareces estarlo.
—¿Debería?
Draco torció una sonrisa, absteniéndose de responder. El humor le había mejorado exponencialmente en cuanto volvió a verla, como si hubiese bebido un trago de elixir para inducir la euforia.
—Así que este era el porqué de las cartas, ¿no? Decirme que has secuestrado a mi gato—habló ella con retintín.
—No exactamente, porque no lo he secuestrado.
—¿Ah, no?
—No. Resulta que cuando retienes contra su voluntad a un ser vivo, no lo dejas ir tan campante persiguiendo alimañas.
—Eres imposible.
—Pues no. Ya en serio: Se lo encontró mi madre hace unas semanas en el Callejón Diagon.
—Tiene la costumbre de venir aquí cuando escapa de casa, es un caso perdido—suspiró.
—A lo mejor es que no te quiere.
Granger lo fulminó con la mirada y en ese preciso momento se acercó Hannah Abbott para apoyar una jarra de cerveza de mantequilla frente a ella y otra frente a él.
—¿Qué tal, Hermione?
—Hola, Hannah. Perdona, pero yo no he pedido nada.
—Lo sé. Lo ha pedido él—respondió haciendo un gesto hacia Draco—. Me dijo que lo trajera cuando llegaras. Oye, no sabía que estuvieran juntos.
A Granger se le encendió el rostro como una bombilla de navidad.
—No lo estamos.
—Aún—terció Draco.
—¡Malfoy!
Hannah observó el intercambio y sonrió con encantadora malicia. Sin decir nada más, se alejó sin borrar la sonrisa.
Granger estaba que echaba humo.
—¿Entiendes lo que has hecho? Ahora querrá contárselo a cualquier persona que cruce por esa puerta; estaremos en boca de todos a partir de hoy.
—Eso suena bien para mí.
Lo miró boquiabierta.
—¿Recuerdas la penúltima misiva que envié, Granger?
Ella sostuvo su mirada por dos segundos más, y luego dirigió su atención a la jarra frente a sí como si fuera la cosa más interesante para contemplar.
—Lo hago—respondió entonces—. Y debo confesar que me cuesta creerlo.
—¿De verdad? ¿Incluso sabiendo lo que hicimos aquella noche? Recuerdo haberte dicho algo parecido en esa ocasión.
La observó morderse el labio.
—¿Te gusto, Granger?
Ella soltó una seca risotada y alzó el rostro, mirándole con ironía.
—¿De verdad lo preguntas? ¿Incluso sabiendo lo que hicimos aquella noche?
Crookshanks decidió volver a la escena en ese instante; se subió a la mesa y paseó su peluda figura por la superficie con la cola columpiándose tras él.
—Tengo una idea—dijo Draco.
Sin darle tiempo a protestar, sacó la varita de entre su túnica y haciendo uso de magia no verbal, transfiguró las dos jarras de cerveza de mantequilla en dos bolas de estambre, una roja y una verde.
—¿Qué haces, Malfoy?
—Haciéndote la vida más sencilla.
Ella arqueó una ceja y a Draco se le calentó la sangre. Carraspeó antes de volver a hablar:
—Haremos que el gato decida por ti. Si se inclina por el estambre verde, saldrás conmigo. Si se inclina por el rojo, lo haremos a tu manera.
—¿A mí manera?
—Sí, Granger. A tu ritmo.
Ignoró su vacile y miró al animal. Tomó ambas bolas con las manos y las paseó frente a su cara para llamar su atención. Cuando lo consiguió, las lanzó simultáneamente en direcciones opuestas.
—Vamos, ¡busca una! —le alentó, sintiéndose un poco ridículo.
Crookshanks, que no era un gato precisamente normal, lo miró con sus astutos ojos anaranjados. Maulló—probablemente queriendo decirle algo como «¿Eres imbécil?»—y saltó para posarse en la mesa de al lado. Comenzó a acicalarse con toda su dignidad gatuna respaldándole. Granger y él fueron testigos de lo muy flexible que podía llegar a ser un gato cuando deseaba alcanzar aquellas partes a las que no les daba el sol.
—Encantador—masculló, con voz plana.
—Quizás debí mencionar que Crookshanks no se inclina por esa clase de juegos.
Los minutos transcurrieron y el silencio casi se volvió una tercera entidad en la mesa.
—Te pedí tiempo—suspiró ella finalmente.
Draco la contempló, parecía tan resignada que le provocó cierta compasión en el alma.
—Lo sé—respondió—. Pero es que no lo necesitas.
—¿Cómo lo sabes?
Él alzó el brazo y le tocó la punta de la nariz. Ella no se apartó. Ascendió suavemente y dibujó con el dedo la curva de una elegante y obstinada ceja castaña.
—Porque cuando me miras…—arrastró las palabras, un poco tierno y un poco canalla—… Sé lo que estás pensando… Sé lo que estás sintiendo… Porque a mí me ocurre igual.
Granger se pasó la lengua por los labios y a él se le aceleró el corazón.
—¿Y qué es?
—Que da un jodido miedo, pero te gustaría intentarlo.
Posó la palma contra su cálida mejilla y la sintió estremecerse.
—¿Quieres intentarlo, Granger? —preguntó muy despacio.
—¿Ahora?
—En este condenado momento.
Se la quedó mirando, absorto; llevaba mucho tiempo enamorado de sus ojos.
—Tienes un carácter imprevisible, Malfoy.
—Lo sé.
—Y habrá un sinfín de ocasiones en que querrás estrangularme debido al mío.
—Ya lo creo.
—Pero le gustas a mi gato, y eso pocos lo consiguen.
—¿Ah sí?
La vio sonreír entonces y sintió cómo, de forma muy mimosa—sin realmente nada que envidiarle a un minino—, restregaba el rostro contra su mano.
—Pero eso no es lo más extraño de todo.
—¿Ah, no?
Fue Granger quien se alzó para besarle, lentamente, sin prisas, pero tan profundo que la cabeza comenzó a darle vueltas. Él era consciente de que era ella quien le seducía, la ironía de todo el asunto no le pasó inadvertida. Tampoco le importó.
Finalmente, cuando se separaron, Granger dijo:
—Lo más extraño es que, por alguna misteriosa razón, realmente me gustas a mí. Y siento estas descabelladas ganas de intentarlo. Así que, como soy una mujer práctica pero ambiciosa, tomaré todo lo que me ofrezcas, llegaré hasta el final contigo y veremos qué pasa.
Draco no quiso pensar en nada más a partir de allí, ni en lo que dirían los demás, ni si esto perduraría. Solo tenía la gran certeza de que era lo correcto por hacer, y nadie, nunca, conseguiría hacerlo cambiar de opinión.
—¿Estás de acuerdo, Draco Malfoy?
Él quería estar con ella, bajo las sábanas o sobre ellas. Muy enterrado en su cuerpo y en su corazón.
Así que, sin vacilar, contestó:
—Sí.
Y el infierno se congeló luego de eso.
Fin.
