Crepúsculo no me pertenece… aunque me gustaría
Ya os comenté que en este fic daríamos algunos saltos en el tiempo. Precisamente en este capítulo nos trasladaremos al pasado. Espero que os guste.
EL DÍA QUE BELLA HIZO UN SEGUNDO TRATO
Hace 10 años
– Creo que lo tengo todo listo– pensé mientras cerraba de un golpe la segunda maleta.
Me había pasado los dos últimos días haciendo mi parte de las maletas que me llevaría a Hartford. Ya había enviado varias cajas al piso que compartiría con Alice. Ambas habíamos decidido ir a Yale, bueno más bien ella había decidido acompañarme, yo simplemente no podía desperdiciar la oportunidad de una beca completa en una de las grandes.
En realidad no tenía mucho de que quejarme, mi queridísima amiga lo había hecho todo por mí, tan solo tenía que cerrar los ojos y dejarla hacer. Había aprendido ya hacía muchos años que no me merecía la pena molestarme con ella, total para qué, si al final las cosas siempre salían como la enana decía. Yo apenas me tenía que ocupar de meter el portátil y mis libros más preciados, las cosas más personales y un poco de ropa cómoda, esa que ella siempre dejaría atrás. Era una buena táctica ya que además de acabar mucho antes evitaba tres o cuatro discusiones con mi nueva compi de piso.
Una vez finalizada la tarea sin más dilación me tiré sobre la cama, dispuesta a disfrutar de mi última adquisición bibliográfica cuando un ruido en la ventana me hizo brincar del susto.
– ¡Hola princesa!.
– ¡Ahh!, ¡ho-hola princeso! ¿Qué haces aquí? –le pregunté mientras me acercaba para darle un beso en la mejilla.
– Vine a buscarte para la cena–. Aclaró mientras atravesaba la ventana y de un salto llegaba a la cama.
– No creo que vaya.
– ¿Por?
– Estoy cansada y mañana tengo que madrugar– le respondí, recostándome a su lado.
– Sabes que eso es mentira… se puede saber qué te pasa, ¿por qué esa cara…? – preocupado me miraba de cerca los ojos, como si pudiera leer una respuesta en ellos.
– Tú ¿qué crees?
– No lo se, viniendo de ti cualquiera sabe– Ja! No era tan bueno leyendo mentes como se creía. – es por lo de la Universidad…–. Ostia, pues si que es bueno.
– Nop!– mentí.
– A no… ¿Entonces por qué es…?
– Por mi virginidad no te jode… –¿Dije yo eso? A ver como lo arreglo ahora. – No en serio, me duele la cabeza… y no estoy para fiestas –de despedidas quise añadir pero no pude.
– Sabes que si no vas… Alice te arrastrará por los pelos hasta sentarte a la mesa– creía notarle una leve nota de humor.
– Ahah! – Asentí asustada, la creía muy capaz.
– De hecho fue ella la que me envió para convencerte… dijo algo así como: sácala de la puta cama y tráela a hombros si hace falta. ¡Confió en ti!– imitaba a Alice a la perfección incluso en el ruido de sus palmaditas… en esos momentos parecían más mellizos que nunca.
– Edward… no prefieres que nos quedemos aquí nosotros dos, hago unas palomitas y nos tiramos a ver una peli –rezongué incorporándome un poco sobre mi cuerpo y apoyando la barbilla en su pecho. – Podemos alquilar Gladiator o Sleepy Hollow – Añadí con cierta ilusión.
– Nop!
– Por fa… y te cuento un secreto– Note que mi voz se acercaba mucho a la suplica, pero sabía que con él la única carta que podía jugar era llegar a un trato.
– Ya me se todos tus secretos–. Esto va a ser más difícil de lo que creía.
– Lo dudo – contesté muy segura de mí misma y volviendo a apoyarme sobre la almohada ofendida.
– Peque, con la cantidad de fiestas que llevamos este verano, y las veces que hemos jugado a las chorradas de Emmett, que crees que me puedes ofrecer que no haya visto, oído o sentido antes… –sonrió maléficamente al ver mi cara descompuesta.
No quería ni recordar todo lo que habíamos bebido aquel verano. De hecho creo que había asesinado a dos o tres de mis preciadas neuronas.
– Ahhh es por eso… –creí que se le iba a romper la cara con todo lo que estaba estirando las comisuras de sus labios. ¿Qué estará tramando ahora?– Ahora que lo pienso desde la fiesta en casa de Jacob no has querido volver a jugar a nada… sabes que era una broma ¿no?. Pensé que lo de la virginidad lo decías de coña… pero ya veo que no. ¿De verdad es por eso o es por lo de la Uni? ¿Aquello no te parecería mal? –insistía ante mis negaciones. Cómo recordaba aquello, ah claro mi tonta alusión de hace cinco minutos se lo trajo a la memoria. –Sabes que era una broma.
– No me gustan vuestras bromas. –Respondí cortante. Espero que pique, se distraiga y no siga con el tema.
En realidad, si había adivinado que estaba jodida por lo de la universidad pero ahora que sacaba a colación lo de la fiesta no podía obviar lo dolida que me había sentido con aquella maldita preguntita … todos se había reído a mi costa.
– Si, sobre todo cuando se trata de ti –. Replicó con sorna.
– Exacto.
– No dijiste nada cuando yo me tuve que depilar las piernas a la cera, o Jake y Mike disfrazarse de mujer o cuando castigamos a Alice sin tarjeta de crédito…
– Es diferente –. Corté con voz seca torciendo la mirada.
– Así ¿por qué?
– ¿Cómo que por qué?, la mayoría somos vírgenes tú, Alice, Tania, Jake, Leah…. ¿sigo? Pero sólo os reísteis de mí –. Este tema realmente me estaba cabreando.
– Tú fuiste la que lo dijiste en voz alta… – respondió muy chulito.
– Sabes que me obligasteis a admitirlo, y no podía mentir, bu! –no iba a llorar pero por mi tono de voz bien lo parecía. – El castigo con el que me amenazasteis era demasiado duro–. Edward en ese momento volteo los ojos hacia el techo exhalando un profundo suspiro. – ¡no pongas esa cara de inocente! estabais dispuestos rumorear que estaba embarazada y no sabía quien de vosotros era el padre–. Le recordé mientras intentaba matarlo con mi "super mirada asesina".
– Con algo te teníamos que chantajear–. ¿Se esta riendo de mí?
– Pero ¿por qué yo?–. No entendía nada de aquello, si ya sabían la respuesta de sobra.
– Queríamos ver si eras capaz de ponerte más roja que un tomate… y lo conseguimos.
– Edward, estoy perdida, no entiendo nada, a qué viene ahora mi rubor– reconocí.
– Ay peque… te lo tengo que explicar todo, no fuiste la víctima fuiste el medio– contestó dándome un suave pellizco en la punta de la nariz y metiendo su brazo entre la almohada y mi cabeza para acercarme a su pecho–. Cuando fuiste al baño Jake y James apostaron contra Emmett 25 pavos a que no era capaz de sacarte los colores diciéndote solo dos palabras.
Ahora entendía todo, por eso todas las preguntas del juego iban dirigidas a mí y cuando llegó mi turno y le dije a Emmett que jugaría respondiendo una verdad había puesto aquella cara de niño bueno el día de navidad. Y por eso mismo el me había preguntado a bocajarro: –¿Eres virgen? Justo las dos palabras que me habían subido los colores aquel día y que me los estaba subiendo ahora de la ira y las ganas que tenía de darle un cachete a cada uno de ellos.
–Y se puede saber que diferencia hay entre admitirlo en una estúpida fiesta a reconocerlo mediante una transferencia bancaria– inquirió Edward bastante intrigado recordando el trato.
Hacía ya varios años todos nosotros habíamos hecho un trato. Entre todos acordamos abrir una cuenta bancaria, y a medida que fuéramos perdiendo la virginidad ingresaríamos 50 dólares. Una suma muy alta para nuestras humildes pagas, pero era un buen premio de consolación para aquel que se convirtiese en el vagón de cola en pasar por el trámite a la vida adulta. Hasta el momento teníamos recogido 250 dólares correspondientes a los virgos de Rose, Emmett, James y las últimas incorporaciones apenas en el mes anterior de Ángela y Ben.
–Pues… que a través del banco no os veo la cara cuando lo descubráis –respondí tan seria como podía, como si le explicará la lección antes de un examen importante.
– Se te olvida decir que además puedes mentir: puedes hacer el ingreso antes de perderla o puedes no hacerlo nunca para llevarte la pasta.
– Jajajaja, eso último es lo que quieres que piensen de ti– Sabía que esa broma no le iba a hacer ninguna gracia pero no me pude privar.
– Puede… –me concedió subiendo las cejas con gesto divertido.
– Nadie haría eso, sería alta traición a la pandi…–exageré– la apuesta debe ser honesta… además no creo que a nadie le merezca la pena ganar 750 dólares a cambio de ser el último en perder la virginidad.
– Tienes toda la razón… tonterías a parte– se giró de costado para poder mirarme directamente a los ojos, iba a volver al ataque. –¿Qué es lo que te pasa?
– No quiero morir virgen– Tenía que aprovechar la oportunidad y explotar el asunto todo lo que pudiera. Por nada del mundo quería comentarle mis miedos, y sabía que Edward a pesar de ser el chico más inteligente y atento del mundo, estaba lo suficientemente hormonado como para ignorar una conversación sobre sexo.
– No vas a morir virgen–. Me aseguró todo serio, había picado el anzuelo.
– Sí, seguro que sí, moriré sola, vieja y virgen, todos os casaréis y tendréis hijos y nietos y yo en cambio tendré cuatro gatos que los muy desagradecidos me comerán antes de que alguien me encuentre–. Inventé sobre la marcha mientras mi expresión facial dibujaba una cara lastimera. Una pobre imitación del gesto que tan a menudo hacían gala los Cullen. Sabía que me había pasado con la descripción pero era tan divertido verle así de serio y preocupado por mi futuro que no lo pude evitar. Tuve que deshacerme de su abrazo para hundir mi cara bajo su hombro y que no se me escapara la risa.
– Eres alérgica a los gatos– Upps, había olvidado ese detalle.
– Encima, era lo que me faltaba… ni gatos voy a tener– No podía parar… era adictivo.
– Igual eran precisamente los gatos los que te mataban– Creía percibir una ligera sorna, pero cuando le mire a los ojos seguía tan serio…
– Me matan y me comen… ¡Putos gatos!– le dije volviendo mi mirada a sus ojos. Bien, Ahora creo que esto se ha convertido en el reto: a ver quien se rinde antes.
– Te regalaré un perro – seguía la broma.
– ¡Gracias! Pero eso no va a evitar que muera vieja y virgen– Añadí. No iba a ser yo la que se iba a quedar atrás.
– Bella, si por ti fuera mañana mismo ingresábamos 100 dólares en la cuenta–. Zas! Esa si que no me la esperaba. Si crees que me vas amilanar tu a mí. Esto ya es algo personal… mucho más personal que mi virginidad.
– Que más quisieras tú… me robas mi primer beso, me robas mi primer morreo y ahora me quieres robar la virginidad y 50 dólares– protesté. –Anda que parecías tonto–. Como siguiéramos así mucho más no iba a poder aguantar.
– Que no se te olvide que también fui el primero que te toque una teta… –añadió socarronamente señalando mi pecho derecho. –Aunque no fue como yo había soñado.
Ahí ya casi se me escapa la risa, pero no podía permitir que mi máscara de seriedad se cayese al suelo. Tenía que fingirme ofendida. Me senté en la cama a su lado cruzando piernas y brazos, gesto que completé al fruncir los labios y el ceño tan fuerte como podía aun a sabiendas que me iba a acabar doliendo la cabeza de verdad.
– Sabía que lo habías hecho aposta.
– Nunca te lo reconocía…
Aquella anécdota era de las pocas cosas con las que podía chantajear a Edward para sacar algo de él. Sabía perfectamente que había sido un accidente. Como no iba a serlo si tenía los ojos vendados. La culpa la habían tenido Emmett y James que le empujaron por detrás cuando jugábamos a Marco Polo en el jardín. Pero él todavía dos años después se sentía igual de mal.
– ¡Ja! Me estuviste haciendo la pelota más de una mes–. Le recordé.
– Eso era para que me dejaras tocar la otra–. Comentó arqueando una ceja y dibujando una sonrisa torcida en su rostro.
– Tonto.
– Guapa– me piropeó mientras me estrujaba entre sus brazos y me besaba la sien.
Sabía que con ese gesto quería poner fin a la conversación pero yo necesitaba algo más que quedar en tablas. Ahora que ya había bajado la guardia, era la hora del contraataque.
– También fuiste el primero al que vi desnudo… –solté entre dientes forzando una risa de niña maléfica. – ¡Hey! No te sonrojes… me pareciste un adonis griego. Casi me desmayo– le concedí dejándome caer otra vez sobre la cama teatreramente.
– Ya esa todavía me la debes.
– Cuando quieras te la cobras…
Esa fue la gota que colmó el vaso. Edward se incorporó como un resorte en la cama por primera vez en toda la conversación e inclinándose sobre mi comenzó a hacerme cosquillas en aquellos puntos clave rompiendo los dos juntos a reír como locos. Eran tan cómodos estos momentos con él, nuestras conversaciones eran así siempre, nos retábamos mutuamente para ver quien era el primero en echarse atrás, que yo fuera la primera en sonrojarme no significaba que no tuviera que decir siempre la última palabra… precisamente por este comportamiento no nos extrañaba que todo el mundo consideraba que éramos algo más que buenos amigos. La misma Alice cuando presenciaba estos diálogos era la primera en decir que estábamos predestinados, llevaba toda la vida diciéndolo y nunca se iba a cansa de repetirlo.
Cuando por fin estábamos reduciendo nuestros espasmos. Edward se levantó de la cama y girando mis piernas hasta el borde la cama se acuclilló entre ellas quedando su cara muy cerca de la mía.
– Bella, tengo una idea… ¿a ti de verdad te preocupa ser la última en perder la apuesta?–Asentí mirándolo a los ojos– ¿Qué te parece si tu y yo hacemos un trato…? ¿qué te parece… que si en el caso de que entre las dos últimas personas estas tú… si entonces tú todavía sigues… ya sabes… virgen… – era la primera vez que veía a Edward nervioso en mi vida– que te parece si yo… bueno si quieres que yo…?
– ¿Tu me desvirgarías? ¿Serías capaz de robar la flor de mi secreto?– finalicé su frase intentando quitarle toda la seriedad al momento. Por qué aquello era broma ¿o no?
– Bella, por favor, es lo más serio que he dicho en mi vida, no te lo tomes de coña.– Bien, eso parece contestar mis dudas.
– Deja que te explique mis motivos.– Estaba tan pensativo que hasta me parecía escuchar los engranajes de su cerebro encajar.
– Ansiosa me hallo–. Y nerviosa, pero eso tampoco se lo iba a decir.
– Piensalo fríamente –comenzó– nos conocemos desde que somos pequeños, hemos sido amigos toda la vida, nos conocemos y nos respetamos. Yo te quiero un montón y…
– Y yo a ti–. Le interrumpí.
– Eso es lo que iba a decir. Quien mejor que nosotros para pasar por ese trance.
– Pues alguien a quien ames–. Le conteste divertida.
– Mi querida Bells... –dijo bajando la voz como si me contara un secreto– eso sería para hacer el amor. Yo de lo que te estoy hablando es de hacerle un favor a mi mejor amiga.
Estuve pensando sus palabras un par de segundos. Su idea cada vez me gustaba más, comprendía su punto de vista, confiaba en él y sabía que no habría nadie en el mundo que me fuera a cuidar más y mejor en ese momento que él.
– ¡Ok! Puedo aceptar eso, tú me harías un favor a mí y yo a ti.
– ¡Ok!... eh! –parecía darse cuenta de algo– En mis planes no estaba morir virgen.
– Ahora ya no, ahora me tienes a mí…– bromeaba mientras le cogía su mano y se sentaba a mi lado. – pero tenemos que concretar y atar todos los cabos sueltos.
– Pero espera hay algún fallo en el trato… y si cuando tu necesites mis servicios, o viceversa, uno de los dos ya tiene pareja.
– Eso sería un problema, pero no tenemos que decidirlo ya. –se detuvo a pensar unos segundos golpeándose el dedo índice en la sien.– Sabes no creo que fueran cuernos… –replicó– solo sería como limpiar unas cañerías…
– ¿Cómo has dicho?!– grité sorprendida por la banalidad que acababa de decir.
– ¡Hey! No chilles, era una broma– respondió rápidamente– En caso de que algo así ocurra firmaremos una prórroga hasta que esa persona este soltera, ¿te parece bien?– Asentí.
– ¿Tenemos un trato?– inquirió tendiéndome la mano derecha. Si no fuera él creo que hasta diría que temblaba un poco.
– Tenemos un trato– confirmé sus palabras estrechando nuestras manos.
– Espera, espera aquí hay un problema y si me dan los 40 y sigo siendo virgen.
– Eso sería un desperdicio– Bien. Ahí esta la sorna otra vez. En este nivel me encontraba mucho más cómoda.
– ¡Gracias! pero tenemos que poner un límite de tiempo–. Comenté poniéndole una cara traviesa.
– ¿2 horas?
– ¿30?
– ¿Horas?
– ¡Años! ¡a los 30 años!– aclaré rápidamente al ver un brillo en los ojos. Sabía que en ese momento estaba sumando 30 a mis 18 años. La broma era previsible lo conocía como si lo hubiera traído yo al mundo. Esperar hasta los 48! eso no es una opción antes me echo a los lindos gatitos.
– ¿Mañana?
– Alguien tiene ganas– canturreé. –¿25?
– Alguien tiene miedo– me imitó con el mismo tonito alegre. –¿19?
– Que te parece 23.
– Mucho tiempo…
– ¿Para ti o para mí?– le pregunté sabiendo ya la respuesta.
– Para mí por supuesto… – Al menos es sincero. – Ok– Acabó cediendo. –Teniendo en cuenta que se trataría de quemar el último cartucho de nuestras posibles patéticas existencias a los 23 años me parece bien.
Cuando oí ese comentario pegué un pequeño saltito sobre la cama. Acaba de recordar otro detalle:
– Una última cosa, en el caso de que tú no la pierdas antes que yo –. Aunque no le mirase a los ojos sabía que en ese momento estaba rodando los ojos y sonriendo con suficiencia tenía demasiadas expectativas puestas en la Universidad. – En tal caso–. Repetí. – Tenemos que tener cuidado que precisamente no seamos nosotros dos los últimos de la lista.
– Ah, si claro, bien pensado. Y ahora que esto ya esta aclarado… y creo que no me quedan más apuestas que hacer ni nada más que robarte, al menos de momento, ¿nos vamos a la cena?
– Olvidaste que me duele la cabeza –le recordé, intentando esconder la sonrisa y fingiendo un pequeño pinchazo en la sien.
– Olvidaste que te conozco a la perfección y que se que lo de la virginidad fue todo una excusa para obviar el problema raíz…–Mierda y yo que pensé que había sido más lista que él. – y por supuesto que no te duele la cabeza. Eres malísima actuando. – ¡Chulo!
Mientras decía esto se había vuelto a levantar y mientras me agarraba del brazo para ponerme de pie, volvió al ataque.
– ¿Es por la Uni?
– Es por los cambios…–respondí rindiéndome a sus ojos que me apremiaban a decirle la verdad. –No quiero que nada cambie, me gusta mi vida, soy feliz… no os quiero perder.
– Nunca me perderás… –parecía una promesa.
– Lo sé, pero estarás lejos, ya no te colarás en mi ventana, ya no nos veremos todos los días… no me comprarás helado, no tendré tus camisetas de noche a mi disposición…
– Te regalé unas cuantas hace unas semanas –me interrumpió.
– No es lo mismo… las tuve que lavar –odiaba tener que confesarle mis debilidades pero aquel gesto extrañado que en ese momento se le estaba dibujando en la cara, no lo podía obviar y tuve que explicarle. – ya no huelen a ti, me gusta tu olor, me ayuda a dormir, es como estar en casa.
– Lo se… somos nuestro lugar seguro… para mí, mi lugar seguro son tus ojos, me encanta el chocolate–. añadió girándose y pegando un suave mordisco el borde de mi hombro. – ¡Ñam! Ñam!.
– No te puedo decir lo mismo de las espinacas… o los guisantes… el verde no es un color muy comestible – bromeé haciendo alusión al color de sus ojos.
– Puedes comerme a mí. –soltó escapándosele una sonrisa al ver la falsa cara de asco que le estaba poniendo.
– Tendrás que esperar cinco años…–. Conseguí decir entre risas.
Después de un breve pero cómodo silencio, no pude privarme de preguntar:
– ¿Qué crees que va a ser de nosotros dentro de diez años?
Hacia unos días que habíamos hecho un pacto entre todos nosotros. Habíamos acordado que dentro de diez años nos encontraríamos. Éramos conscientes que las cosas iban a cambiar, que nos íbamos a separar, a repartir por el resto del país y algunos incluso irían a Europa a estudiar… ya nos habíamos separado el año pasado cuando unos pocos de nosotros, los mayores, se habían ido ya a la Universidad, pero en parte todavía nos sentíamos unidos. Este año, iba a ser distinto nos iríamos todos y no sabíamos cuando nos volveríamos a ver. Por eso mismo habíamos prometido y jurado encontrarnos diez años después. Aunque esperaba no tardar tanto.
– Pues… dentro de diez años… espero haber acabado la carrera de medicina y a esas alturas, si todo va bien, estaré acabando la residencia de cardio, me habrán ofrecido un puesto buenísimo como médico que me hará ganar un montón de pasta, y tendré a mi lado a una mujer tan buena y perfecta como lo eres tú –completó su descripción señalándome con el dedo–. En cambio… tú, serás ya toda una mujer, seguirás siendo tan guapa y dulce como ahora, habrás acabado la carrera esa de humanidades que quieres hacer, serás profesora, y conseguirás hacer realidad tus sueños. Creo ver en tu futuro… –siguió, mientras hacía un gesto tonto como de limpiar una bola de cristal– que vivirás en una bella casita de color vainilla con un jardín y una piscina en la parte de atrás donde…–hizo una pausa llena de intención– se cagarán y mearán todos los gatos del vecindario–. Dicho esto comenzó a partirse de risa.
– Imbécil–. Se me escapó sin poder evitar darle un cariñoso golpe en el brazo.
– Lo veo todo tan claro….–continuó riéndose. – Anda vamos todos nos esperan, mi madre ha hecho roastbeef y puré de patata… además acuérdate que tenemos lo del amigo invisible. – terminó ahora ya serio a la vez que se incorporaba y se limpiaba una lagrima que rodaba sobre su mejilla.
– ¿Qué me compraste?– le pregunté imitando a una niña pequeña dando saltitos a su alrededor tal y como lo había aprendido de Alice. Madre mía se me estaba pegando mucho de la enanita aquella.
– ¿Como sabes que soy yo?– Se giro sorprendido.
– Por dios, eres incapaz de esconderme nada… en cuanto leiste el papelito miraste a Emmet y casi te echas a llorar, algo me decía que querías a otra persona… mi gran sentido de la intuición me dice que acabas de confirmar mi presentimiento al mostrar un gran entusiasmo por intercambiar regalos…–presumí con la voz más ñoña posible que sabía hacer– ¿a quién le cambiaste mi nombre?
–Victoria–. Tal y como lo dijo bien parecía que se le había escapado.
–¿Victoria quería a Emmet?– pregunte entre sorprendida y cotilla.
–No, Victoria quería a Jacob, pero Rose tenía a Jacob… –Aclaró un poco avergonzado. –Bueno algo así el caso es que no se que paso ni entiendo muy bien como lo hice pero yo conseguí lo que quería… fue muy duro pero lo peor fue cuando tuve que luchar contra Alice… también te quería a ti– confesó entre risas. –No cedió hasta que le explique cuál era el regalo.
–No entiendo porque nos empeñamos en llamarlo amigo invisible cuando siempre hacemos lo mismo.
–Y a ti, ¿te tocó quien querías?
–Sip.
–¿James?
–No te lo voy a decir….
No se porque me preguntaba por James, pero últimamente creo que estaba un poco celoso de mi relación con él. La verdad es que nunca habíamos estado muy unidos pero desde que sabíamos que íbamos a estudiar lo mismo, aunque en diferentes universidades, compartíamos mucho más tiempo… Edward a veces parecía tener un sexto sentido o algo así. Nuevamente había adivinado que me había tocado James en el sorteo pero se lo había cambiado a Leah por Edward. A ella le daba igual y cuando le conté lo que tenía pensado no le importó en absoluto. De hecho, yo ya había comprado su regalo hacía unos meses, lo había encargado a una tienda especializada por Internet, con la esperanza de regalárselo en su cumpleaños. Pero por desgracia no había llegado a tiempo, con lo que tuve que esperar una mejor ocasión para dárselo. De ahí que no hubiera dicho ni "mu" cuando Rose y Alice habían sugerido lo del amigo invisible. Llegado el sorteo solo tendría que intercambiar los nombres.
– ¿Qué me compraste? – insistí.
– Ya lo veras… te va a gustar, no es caro, no es rosa, y… bueno… vámonos ya, que todavía se me va a escapar qué es.
– Edward, ¿qué parte de la frase no quiero ir no entendiste?–. Refunfuñé mientras me dejaba arrastrar escaleras abajo.
– No tengas miedo corazón, nada va a cambiar –. Me consoló apretándome contra su pecho.
– Ya todo ha cambiado, mañana nos vamos y…
– Créeme, nada va a cambiar…–interrumpió– yo siempre voy a estar a tu lado… te voy a seguir queriendo mucho.
– Si como la trucha al trucho– le contesté dirigiéndole la mejor de mis sonrisas falsas. – No me gustan las despedidas, no quiero despedirme de ti.
– Te prometo que yo nunca me despediré de ti, nunca saldrás de mi vida.
Y dicho esto concluyó la conversación regalándome un beso en mi coronilla.
Personalmente me ha encantado escribir/reescribir este capítulo: la conversación, la complicidad y todo los sentimientos que se encuentran en el aire. Espero que os haya gustado.
Un besazo
