Los personajes pertenecen a Stephanie Meyer yo solo me dedico a la trama :D
"UN RAYO DE AMOR"
BY Karen Pttzn
Descubriendo
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...
Oficina del presidente, Corporación Masen, Seattle, en la actualidad
-Tú crees q me parecerá bien, así que ¿Para qué quieres que la entreviste yo? ¡Es la señora de la limpieza ¡ ¡Tengo mejores cosas que hacer…!
Alice Cullen, su hermana, estaba fastidiándole de nuevo con aquel tema.
-Por supuesto. Si quieres que sea yo quien realice las entrevistas para encontrar a la mujer apropiada…
Edward se tensó al oír aquella expresión. Cierto que era presidente de la Corporación Masen, la principal compañía de ingeniería, una compañía que el levantó desde cero, pero su familia lo conocía bien, como no lo conocía nadie.
Y nunca dejaron de recordarle la promesa que todavía no había cumplido. Pero, ¿Por qué su hermana había elegido aquel día para recordarle que debía encontrar la mujer apropiada?
Su hermana y sus hermanos se habían ocupado siempre de contratar a sus empleadas domésticas, aunque él antes de firmar el contrato se ocupaba de que fueran investigadas y de que aceptaran firmar una cláusula de confidencialidad.
Aquél era un día que le recordaba que nunca había vuelto a arriesgar su corazón, que nunca se había vuelto a entregar totalmente a nadie, y mucho menos hasta el punto de arriesgarse a quedar tan roto y hundido por el dolor que casi había…
Apartó los sombríos recuerdos de su mente y respondió a su hermana.
-De acuerdo, la entrevistaré yo, pero que espere fuera hasta que tenga un momento.
Alice sonrió de oreja a oreja al haber conseguido su cometido y fingió hacer una reverencia. Su familia era la única que podía permitirse aquel comportamiento con él. Su apodo en los periódicos y en la televisión era "Corazón Duro" y él quería mantenerlo así.
Alice se levantó frotándose su prominente barriga de embarazada.
Le diré a Bella que espere. ¿Me recogerás ésta tarde? A Jasper no le ha hecho ninguna gracia tener que pedírtelo, pero como es un viaje de trabajo…
Edward sonrió-. Tranquila Alice. Podré soportar un par de clases de preparación al parto siempre y cuando me presentes como…
Su hermana levantó los ojos divertida.
-Sí, sí, como si llamarte vampiro fuera a engañar a nadie. Tu cara aparece en los periódicos casi todas las semanas.
-Todas las semanas no – negó él.
A él le gustaba que lo llamaran vampiro de vez en cuando. Le hacía sonreír.
.
Llevaba casi una hora esperando.
Bella Swaning sonrió para sus adentros. Si Edward esperaba persuadirla con una larga y descortés espera estaba muy equivocado. En la primera entrevista, su hermana Alice le advirtió de que una reunión con su posible jefe no sería fácil. Edward Cullen era un hombre duro y frío, y no le gustaba que nadie se metiera en su vida y en su intimidad. Tampoco permitía mujeres en su vida, más allá de algunas breves relaciones puntuales, superficiales y sin compromiso.
Por eso estaba ella allí. Para cumplir una promesa hecha hacía trece años.
Después de hora y media, la secretaria se levantó y dijo:
-El señor Cullen la recibirá ahora.
La mujer mayor la hizo pasar por un par de puertas enormes hechas de roble.
-La señorita Swaning, señor – anunció la mujer y a continuación salió y cerró las puertas tras de ella.
Notando la sonrisa nerviosa en la cara, Bella siempre reía o hacía bromas cuando estaba tensa, dio unos pasos en el interior de la oficina y por unos momentos dejó que sus ojos recorrieran la amplia oficina elegante decorada, pero sin mirar al presidente de Corporación Masen.
Varios cuadros de puertos y de montañas decoraban las paredes, y en el suelo, había una gran alfombra de color dorado. Una oficina muy acogedora, pensó ella.
-No. No.
Bella parpadeó y miró al único ocupante de la oficina.
-¿Perdón? – dijo ella tendiéndole la mano.
Con el pelo y los ojos castaño claros, el cuerpo ágil y atlético que se adivinaba debajo del elegante traje de gris oscuro, Bella lo reconoció inmediatamente. Aunque, ¿Quién no? Era uno de esos hombres más famosos de Seattle, un hombre que no había heredado su imperio sino que lo había levantado desde cero gracias a su inteligencia y a su tesón. La prensa lo apodaba "Corazón Duro" porque ninguna mujer había logrado conquistado. Sólo su familia y ella conocían la verdad.
-He dicho que no- dijo él sin levantarse del sillón ni estrechar la mano que ella le ofrecía-. Si usted es Bella Swaning, no puedo emplearla como señora de limpieza.
Sin inmutarse, Bella alzó las cejas. Aquello también lo esperaba. Pero pronto cambiaría su actitud. La había cambiado antes, y volvería hacerlo.
-Sé que parezco joven, pero tengo veintiséis años.
Edward la miró con escepticismo.
-Veinte como mucho. La respuesta sigue siendo no.
Puesto que era evidente que él no pensaba hacer uso de las reglas más básicas de la cortesía, ella bajó la mano y se sentó en la silla que había delante del escritorio. Rebusco en su bolso, sacó la cartera y le entregó el carné de conducir y la partida de nacimiento.
Edward Cullen leyó ambos documentos en silencio y se los devolvió sin cambiar de expresión.
-Su edad no cambia nada señorita Swaning.
-Creía que era precisamente lo que cambia todo- le espetó ella divertida.
-No sea impertinente- dijo él frunciendo el ceño.
-Disculpe señor Cullen – dijo ella poniéndose seria, aunque le temblaba el labio inferior, un gesto que la delataba cuando no hablaba en serio-. Puesto que no va a contratarme, puedo ser todo lo impertinente que quiera.
El rostro masculino no se inmutó, pero sus labios formaron un esbozo de sonrisa casi con dificultades.
-Touché, señorita Swaning.
Bella le sonrió, se puso en pie y le tendió de nuevo la mano.
-Ha sido un placer conocerlo, señor Cullen. Espero que encuentre a la persona que busca que se ajuste a sus exigencias en cuanto a físico y edad.
A Bella el corazón le latía tan deprisa que apenas podía respirar. Mentalmente cruzó los dedos. ¿Daría resultado su estrategia?
Él también se levantó, pero continuaba observándola con el ceño fruncido.
-¿No piensa tratar de convencerme?- preguntó él, sin estrecharle la mano, quizá molesto por haberla hecho cambiar de opinión tan pronto.
El corazón femenino se aceleró un poco más: sí, ahí estaba el tono de desafío y de sorpresa que ella esperaba.
-¿Para qué? – Respondió ella encogiéndose de hombros-. Se cocinar y limpiar, pero eso a usted no le preocupa. Cambiar eso solo lo puede hacer el paso del tiempo, y si quisiera cambiarme de cara tendría que pasar por el quirófano.
-Su aspecto físico no tiene nada de malo- le aseguró él, sorprendido por su reacción.
-Gracias - repuso ella volviéndose hacia la puerta-. Quisiera pensar que no soy totalmente repulsiva.
-Tiene que saber que es una mujer guapa- dijo él, aunque sus palabras sonaron lejos de ser un cumplido. Más bien parecía un insulto-. ¿Los rizos son naturales? – preguntó el siguiéndola hasta la puerta.
-Sí, lo son- respondió ella tocándoselos-. Tratar de alisarlos es una lucha inútil. Si a eso se le añade un poquito de pecas, el metro sesenta y dos de estatura y la talla treinta y ocho de ropa, no me queda más remedio que aguantar que todos me echen dieciséis años.
Edward frunció el ceño.
-Perdone señorita Swaning pero tengo la extraña sensación de que no es la primera vez que nos vemos. ¿Nos conocemos?
¡Se acordaba! Ella asintió, con una sonrisa de oreja a oreja.
-Hace años que quería darles las gracias por lo que hizo por mi familia, por la casa, por el dinero que le dio a mis hermanas para pagar sus estudios. Cuando supe que este trabajo era para usted, me pareció una buena oportunidad para darle las gracias personalmente.
-¿Marie Swan?
-Ahora todos me llaman Bella – dijo ella tendiéndole la mano por tercera vez, sintiendo la necesidad de que el contacto confirmara que todo aquello no era fruto de su imaginación.
-¿Bella? – repitió el con voz más ronca, más grave-. Pero tú te llamas Marie Swan.
-Isabella Marie, y a mis hermanos les gustaba más Swaning. Es menos frecuente, sobre todo en mi caso, con un nombre como Marie. Lo cambie en cuanto cumplí los dieciséis, y después mis hermanos hicieron lo mismo.
-Entonces Jacob tuvo que cambiárselo hace sólo unos meses.
"Sabe que edades tenemos. Ha estado al tanto de nuestras vidas, aunque sea de lejos", pensó ella. Edward no lo había olvidado, como tampoco ella lo había olvidado a él.
Perplejo, Edward le sujetó la mano.
-Vaya. Te has convertido en toda una mujer.
-Y tú también, Bueno, un hombre – dijo ella casi sin aliento, sintiendo de nuevo el contacto de su piel.
Por primera vez desde los trece años, el roce de un hombre no la asustó ni la asqueó, sino al contrario, la hizo sentirse segura y protegida. Como antes. Recordó la primera que lo vio en el hospital de San Agustín, con apenas ocho años. Con su cabello cobrizo y desordenado como siempre, alto, delgado y esos verdes que hipnotizaban a cualquiera. En los meses y años que siguieron, el vínculo entre ellos era cada vez más fuerte y profundo, y cuando él la abrazó el día de la muerte de su madre ella supo, a pesar de que probablemente sería la última vez que lo veía, que ningún otro joven ocuparía su lugar.
-¿ O sea que de verdad tienes veintiséis años?- dijo el sacudiendo la cabeza con incredulidad.
-Sí.
-Sigues teniendo el mismo color de cabello.
-He decido tenerlo al natural.
Edward continuaba sujetándole la mano, y ella tuvo la sensación de que era la primera vez en mucho tiempo que sujetaba la mano de una mujer con el corazón.
-¿Por qué quieres el trabajo, o sólo has venido para darme las gracias? – preguntó él en un tono más distante, como si no quisiera su agradecimiento ni ninguna razón de tipo personal para su visita, y menos en un día como aquél.
-Necesito el trabajo – respondió ella bruscamente-. Estoy en el último año de enfermería y necesito un sitio en donde vivir.
-¿Por qué ahora?
Bella se tensó y reprimió el deseo de salir de allí a pasos acelerados. Por encima de su orgullo estaba su palabra, y tenía que mantenerla. Claro que, si hubiera sabido lo difícil que le resultaría plantarse de nuevo ante Edward después de tantos años, no habría hecho la promesa que le hizo a Makenna.
-Mi compañero de piso Mike se casa dentro de unas semanas y Jessica, su prometida, quiere traer sus cosas al apartamento. Podría vivir en la universidad, pero de todos modos, seguría necesitando un trabajo.
-Aún tienes la casa.
-Jared se casó con su novia de toda la vida, y tienen un niño pequeño. Necesitan la casa. Él estudia y trabaja, pero con el tiempo que tiene que dedicar a estudiar, sólo trabaja media jornada, lo que le da para la comida y poco más. Jacob y yo podemos alquilar – le explicó con una sonrisa, como si no tuviera importancia.
-Ya – dijo él, entendiéndole perfectamente.
Porque así era. Sabía que si ella aceptó su dinero lo hizo por su familia. Probablemente Marie, o Bella como se hacía llamar, no se había quedado ni con un solo centavo. Y a pesar de todo, aceptaba el papel que le había reservado la vida con una sonrisa.
-¿Tienes referencias de trabajos anteriores?
La vio relajarse y respirar profundamente antes de responder.
-Aquí hay una de mi anterior jefe y varias de mis clientes habituales – dijo ella entregándole un sobre de plástico con cartas en su interior.
Edward enarcó una ceja mientras las iba leyendo:
Sincera, trabajadora, discreta.
Convirtió nuestra casa en un verdadero hogar.
Se convirtió en parte de nuestra familia.
Sentimos mucho que se vaya.
-Impresionante.
Edward observó las referencias más antiguas estaban actualizadas, sin duda para adaptarse a su cambio de nombre. Era evidente que Bella quería dejar su pasado atrás, por alguna razón que él desconocía y que se propuso averiguar. Él no había llegado hasta donde estaba confiando ciegamente en todo el mundo.
-Yo no les pedí que escribieran eso – se apresuró a asegurarle con las mejillas encendidas.
-Todos mis empleados firman el mismo contrato, que incluye una clausula de confidencialidad. Si vendes un reportaje, si robas algo de mi casa o de mi vida, te llevaré a los tribunales y te dejaré sin nada.
Ella lo miró sin ocultar lo ofensivas que resultaban sus palabras.
-¿Lo firmarás? – insistió él, reprimiendo el impulso de asegurarle que en su caso no lo consideraba necesario, que confiaba en ella. Pero lo cierto era que hace trece años que no la veía y no sabía nada de ella. No podía estar completamente seguro de que no había cambiado.
Ella asintió.
-Tengo una condición.
Edward arqueó una ceja. Era la empleada doméstica que intentaba negociar con él unas condiciones que profesionalmente eran inmejorables.
-Habla.
-Quiero vivir en la casita que se ofrece en el anuncio, pero… tú no puedes entrar dentro. Nunca.
A Edward casi se le escapó una carcajada. ¿Qué pensaba, que liaba con el servicio?
-Hecho. Por favor, espera afuera. Comprobaré las referencias y si todo está correcto, el trabajo es tuyo.
-Gracias – dijo ella.
Salió del despacho con pasos silenciosos. Edward observó el balanceo de las caderas bajo la falda, los puños apretados y la cabeza alta, y no se molestó en llamar a sus anteriores jefes. No era tonto ni ciego. El trabajo era para Bella, que viviría en la casita del servicio detrás de su casa el tiempo que necesitara. Siempre se había preocupado por ella, y no iba a dejar de hacerlo ahora.
De repente lo vio claro. Alice debió de reconocer a Bella. Probablemente en aquel momento toda su familia sabría que la niña que Bella había sido, la Marie de la residencia de enfermos terminales, podía ser la única mujer capaz de romper sus defensas, sobre todo un día como aquel.
Su madre y sus hermanos no habían dejado en su empeño de buscarle una mujer como…Makenna. Lo que no sabían era que si alguna vez la encontraba, su reacción sería salir huyendo a toda velocidad en dirección opuesta. Él no sería capaz de sobrevivir de nuevo a una pérdida como la de Makenna, una pérdida que lo había dejado totalmente vacío por dentro.
Para él era demasiado tarde. Ni a todos sus éxitos profesionales ni todo su dinero podían cambiar lo que había hecho. Y Marie Swan había llegado con trece años de retraso.
"Se llama Bella, y ya no es una niña", le recordó una vocecita en su interior. "Pequeña, delicada, inquietante, pero una mujer, de la cabeza a los pies".
Y no podía permitirle que se acercara demasiado a él, porque su cercanía significaría su destrucción. Peor aún, la de ella también.
Edward se estremeció y apretó los puños. No, otra vez no. Era el momento de levantar algunas barreras.
Con una determinación, descolgó el teléfono y en lugar de marcar el número de el anterior jefe de Bella, llamó a una mujer con la que había salido un par de veces, una actriz y modelo tan insensible e indiferente como lo era él desde hacía años, cuyo único objetivo era divertirse y disfrutar de la fama.
Si Bella dormía aquella noche en la casita de servicio, estaría sola. Él estaría de fiesta con Step, haciendo lo que mejor se le daba: olvidar que hubo alguien que lo amó por lo que era y lo empujaba a esforzarse para ser el mejor.
En un día como aquél, sólo tenía dos opciones: beber hasta perder el conocimiento o llevarse a una mujer a un hotel.
Como de costumbre, eligió la segunda.
Chicos ya llegue :D
Edward mi vida e_e , hahaha xD ya verán chicos mas adelantes ;) ya se lo imaginan no? Bueno, pues no la reconocia a la Marie, ahora esta toda hecha una mujer lalala
Perdón por la mal escritura de esto, no se que le paso de verdad porque lo tenía hecho en Word, pero ahora ya lo subiré diferente. Disculpen ya lo arregle y encontraran los capitulos anteriores bien hechos :D
Bueno me despido un beso y abrazo para todos los lectores :)
Reviews pleasee!
Karen Pttzn
