Este capítulo creo que no necesita notas aclaratorias. Si hay algo que no entiendan, pregunten sin miedo.
...o...o...o...
El despertador sonó como siempre a la hora indicada, y con despertador es referido a Feliciano.
-Fratello...- Llamó a su puerta. El tono de su voz era asustado.
-¿Qué quieres?
-Hoy es tu turno de mañana... Ve...
-Está bien, joder.
Con bastante calma a pesar de la hora, se levantó y estiró completamente. Una lágrima resbaló por su mejilla cuando bostezó.
-Feliciano.
El otro, dándose por aludido, giró hacia él, justo antes de salir por la puerta.
- ¿Ve? ¿Qué pasa?
-Ayer te grité por algo que no tiene pase, y quiero saber ahora cuánto tiempo llevas con eso.
Su hermano se sonrojó ligeramente, todavía asustado y temeroso a que le dijera algo.
- Ayer... Bueno, sólo pasó ayer, sólo un... Ve... Un beso...-Las palabras costaban salir, mas consiguió decirle la verdad a su hermano.
-No lo repitas. Olvídate de él.
-Pero...
El mayor de los Vargas miró hacia él de forma amenazadora.
-¿Sabes lo que hacen tipos como Antonio? Prefería esconderte una verdad tan obvia pero no me dejas opción. Matan a mucha gente a la cual consideran errores, y los de tu "tipo" también los consideran como tal.
El chico de ojos marrones abrió estos, para luego mirar a ambos lados, temeroso.
-E-eso no es cierto.
-Cogen el fusil y te disparan. Así de fácil. No vuelvas a verle.
Feliciano asintió, asustado, y se fue de allí.
El otro se revolvió un poco el pelo y salió de la cama. Sabía que a una persona como Feliciano lo mejor era ocultarle todo, mas no le había quedado opción. Todavía no podía creerse que su propio hermano fuera aquello.
Los días pasaron con calma, recibiendo visitas casi diarias del joven llamado Antonio. La mayoría de las veces que iba pedía algo, y otras simplemente se limitaba a charlar alegremente con él o su hermano. Sin darse casi cuenta, llegó diciembre.
A mediados de ese mes, Antonio, a pesar de prometer ir a la noche siguiente, no fue. Es más, no pisó el bar en medio mes, ni siquiera se cruzó con él en algún momento. Comenzaba a echar en falta sus charlas, ya que el español había conseguido caerle bastante bien, inlcuso ser su amigo, mas eso nunca lo reconocería.
Limpió la mesa la cual había sido vaciada recientemente y sirvió otra bebida mientras Feliciano se encargaba de atender a dos clientes más. Los domingos la gente solía frecuentar más el local y todo iba a un ritmo más frenético, aunque sin llegar a un nivel exagerado.
-Feliciano. Me voy.
El menor se giró, confuso por lo que acababa de escuchar.
-¿Qué?
-Voy a salir un rato. Ahora no hay mucha gente, ya pasó lo peor hasta la noche, así que iré a airearme un poco.
Y salió por la puerta, sin permitir siquiera a su hermano rechistar.
Se notaba que era casi enero. El cambio de temperatura había sido suave, pero había disminuido y se sentía con facilidad. En ese momento se arrepintió de no haber cogido más que una simple cazadora.
Ráfagas de aire iban y venían continuamente, suaves pero frías. Al menos no estaba nublado. Desde lejos, el alemán problemático se le quedó observando, hasta que decidió ir a por él. Sin miramientos, el italiano salió corriendo, con miedo a que Ludwig lo partiera por la mitad como si de una rama seca se tratara. Como no era demasiado rápido, llegó a alcanzarlo.
-¿¡Q-qué quieres!? ¿Vienes a hacerme algo? ¡Te advierto que soy más fuerte de lo que parece!
La amenaza había sonado vacía, mientras el italiano temblaba exageradamente y trataba de recuperar el aliento tras aquella huida fallida.
-¿Cómo está Feliciano?
Lovino alzó una ceja, molesto. Además de haberlo perseguido como un psicópata, tuvo la valentía de preguntarle por su hermano.
-¿Por qué debería de contestar a eso?
-Tras aquella vez, no lo he vuelto a ver. Por favor. Contesta sólo a eso. Te dejaré en paz.
El chico de ojos color ámbar no aflojó su expresión de enojo ni un milímetro. No obstante, se sentía algo más aliviado al saber que no se habían vuelto a ver.
-Está genial sin ti. Se dio cuenta del error que había cometido y ahora busca compensarlo con chicas.
Sin dejar que el otro contestara, siguió su camino. Sabía que había sido poco ético por su parte, pero era la única manera de mantener a su hermano lejos de aquella amenaza. Ludwig no dijo nada.
El castaño se acercó al kiosco más cercano y compró un periódico. Como siempre, trató de descifrar aquellas palabras en español, consiguiendo entender lo mínimo. A pesar de que Feliciano se había esforzado en enseñarle a escribir en español, no había conseguido su cometido. Con cierta frustración, cerró este. Unos ojos verdes conocidos estaban cerca de él cuando alzó la mirada.
-¡Hola, Lovi!
El chico sintió como su corazón se detenía del susto. Hacía menos de dos segundos estaba completamente sólo.
-¿¡No podías aparecer como una persona normal, joder!?
Este se rio, frotando la parte de atrás de su cabeza y así acariciando los ligeros rizos color chocolate que tenía.
-Quería darte un pequeño susto. Lo siento...- Puso una mirada de cachorrito, consiguiendo que Lovino rodara los ojos en señal de rendición- Ah, sí. Siento también no haber podido ir en este mes. He estado muy ocupado en una misión que me asignaron, y organizando la boda nada más volver. Mi chica se quejaba por no ayudarla, así que no me quedó más remedio.
El italiano asintió, algo incómodo por haberle escuchado algo al moreno, pero no sabía exactamente el qué. Quizás eran retazos del malestar por el susto.
-No tienes la obligación de venir a mi bar, idiota, ni me hace falta una puta explicación.
Antonio volvió a sonreír, como siempre. El italiano se preguntó cuándo aquellas sonrisas eran de verdad y cuando simplemente ocultaban sus emociones.
-¿Y qué haces por aquí?
-Me tomé un descanso. Mi hermano está ocupándose del lugar.
-¿Has dejado a tu hermano sólo en el bar un domingo?- Puso mirada y tono reprobatorios- Muy mal. Vamos para allá.
-¿Qué?
-He dicho "vamos"- Agarró su mano sin pudor alguno y tiró de él, arrastrándole camino al bar.
-¡Suéltame, idiota! ¡¿Pero qué confianzas son esas?!
La gente detuvo su paseo para observarlos. Algunos murmuraban, otros simplemente dedicaban miradas reprobatorias.
-Nos están mirando... ¡Para!
A pesar de que Antonio no llevaba en aquel momento su uniforme, la gente del lugar sabía cuál era su ocupación.
-¡No es un rebelde! Dejen de prestar atención y vuelvan a lo suyo. Aire, aire- Movió la mano hacia arriba y hacia abajo, como espantándolos. Cuando todos dejaron de prestarle atención, volvió a tirar de Lovino-. Vamos, hombre. No le hagas eso a tu hermano.
El italiano resopló y consiguió zafarse del agarre del moreno. Ambos caminaron hacia el establecimiento con paso tranquilo. Al llegar, como se imaginaba Lovino, sólo estaban allí un puñado de personas.
-Te dije que se las podía arreglar bien él solo, imbécil.
-Bueno. Igualmente te fuiste en tu turno y eso no se hace.
Feliciano les saludó desde la barra, con su típica sonrisa la cual molestaba al italiano mayor.
-¡Hola! ¡Aquí, aquí!
-¡Es obvio que vas a estar ahí, idiota! ¡No hace falta que nos lo indiques!
A su lado, el chico de ojos verdes comenzó a reírse. Ambos se sentaron, uno al lado del otro. Lovino pensó que las banquetas estaban demasiado cerca, ya que casi podía rozar con su pierna la del español pegado a él. Eso le ponía nervioso.
-¿Por qué no llevas tu uniforme?- Preguntó el menor de los Vargas, con cierta curiosidad.
-Día libre- Sonrió-. Dio la casualidad de que me encontré con Lovino, porque realmente tenía que ir a la tienda. No pasará nada porque llegue unos minutos tarde.
-Hacía tiempo que no pasabas por aquí. Lovino te echaba de menos.
El nombrado, el cual acababa de servirse algo de agua en un vaso, derramó esta por encima de la mesa de la impresión. Sus colores se le subieron varios tonos.
-¿¡Pero qué dices!?- Agarró un paño y secó la barra con mala leche- No eché de menos al tío este.
-Pero si algunos días comentabas que...
El chico de ojos marrones cerró la boca ante aquella mirada de completo odio que su hermano le estaba brindando. Si seguía hablando, estaría muerto.
-¿Y qué tal te va en tu trabajo?
-Bien, supongo- El moreno se encogió de hombros-. Todo lo bien que puede ir ese tipo de trabajos.
La expresión de Feliciano cambió a una más deprimida. Su hermano supo la razón. Al fin y al cabo había descubierto lo que varios de aquellos hombres hacían por órdenes del Caudillo.
-Porque... ¿haces cosas malas?- Preguntó el menor tratando de sonar inocente.
-¡Cambiemos de tema!- Antonio sacudió las manos restándole importancia y amplió la sonrisa- ¿Cómo llevas tu estancia en España?
Lovino dejó de escuchar a partir de ese punto. Tampoco es que le interesara en exceso lo que aquellos dos hablaran. "Bla, bla... Ve" "Bla, bla... monotonía" "Bla, bla... boda" "Bla, bla... Ludwig". Giró el rostro hacia ambos al escuchar aquel nombre, con miedo a que su hermano hubiera dicho algo fuera de lugar.
-¿Se vino aquí también por lo mismo? Menuda casualidad que os conocierais- Sonrió ampliamente.
-¡Es un gran amigo!
El italiano mayor suspiro, aliviado. Su hermano no era tan estúpido como él creía por suerte.
Ambas miradas se cruzaron. La mirada aun preocupada del chico lo delataba, mas el otro no parecía enterarse de la situación. El moreno sonrió y siguió charlando con el menor de los Vargas.
-Oye- Lovino se metió, alzando ligeramente la voz-. No es por molestar o ser pesado, pero... ¿Tú no tenías que ir a la tienda?
El chico de ojos verdes alzó ambas cejas, dándose cuenta del despiste.
-¡Oh, porras! Me va a matar- Se levantó del sitio con un movimiento rápido y con tanta elegancia como un borracho a las cuatro de la mañana-. Nos vemos.
Y salió de allí como alma que lleva al diablo. El menor de los camareros comenzó a reírse.
-No parece tan terrorífico como lo que me has contado.
-Yo no te dije que Antonio fuera peligroso o lo pareciera. Te dije que tuvieras cuidado, en general. Aunque no sea malo, sí puede contar algo y... no quiero que te pase nada, idiota.
Feliciano miró algo confuso a su hermano, pero asintió a lo dicho.
-Oye, fratello. ¿Por qué no querías que supiera que estuviste aburrido sin él?
-¿Para alimentar su ego inflado? No, gracias. Lo que menos necesita es que se lo aumenten.
Lovino despertó cerca de las doce del mediodía. Abrió de mala gana los ojos y bostezó ampliamente. Se había acostado tarde al día anterior, atendiendo de un lado a otro mientras el pesado del guardia civil trataba de charlar con él, estando tan ocupado.
Volvió a acostarse en cama, para luego coger de la mesilla de noche el libro que había dejado a medias.
Era algo curioso que una persona con el dinero de Lovino se dedicara a leer, sobre todo con tal porcentaje de analfabetismo, pero por suerte para él, le habían enseñado de pequeño, y era lo único que podría llamarse "entretenido". Además, en esos momentos el libro que tenía en ambas manos era considerado "inapropiado" o "peligroso" para la dictadura. Le importó rábano y medio cuando se enteró. Ese libro llevaba con él años e iba a esconderlo si hiciera falta para así poder quedárselo.
Cerca de las dos y media recibió las constantes y chirriantes llamadas a comer de su hermano. Abrió la puerta de su cuarto y le gritó que ya le había escuchado la primera vez. Volviendo de mal humor, dejó el capítulo sin terminar.
La comida transcurrió en silencio, intercambiando de vez en cuando alguna pregunta y respuesta. Ninguno se veía realmente interesado en hablar, y eso era bastante raro en Feliciano. Algo dudoso, el italiano le preguntó.
-¿Qué coño te pasa hoy, idiota?
El menor alzó la vista de su plato para mirar a su hermano, el cual estaba apoyando la cabeza en una palma de la mano.
-Nada- Parecía confuso-. ¿Por?
-Estás muy callado y eso es raro. Normalmente estarías soltando alguna chorrada sobre lo genial que es comer pasta ya que es difícil de conseguir, y me darías cinco razones estúpidas para recalcar tu teoría, o también podrías estar hablando de cualquier chica que has visto pasar cerca del bar, o también me echarías en cara sin darte cuenta que consigues más propinas que yo.
Feliciano pestañeó un par de veces, algo perplejo. ¿Realmente era tan predecible siempre?
-Es que esta pasta está deliciosa y no quería fastidiarlo hablando. Ve…
-Ya... Claro...- Alzó una ceja- Dime la verdad.
El menor recogió su plato y cubiertos de la mesa y salió de la cocina a paso acelerado.
-¡Eh! ¿¡Así pretendes disimular!? ¡Vuelve aquí ahora mismo!
Se levantó al igual que su hermano, sólo que este de una forma más lenta y perezosa.
El chico había salido de casa corriendo, así que cuando se dio cuenta de eso, refunfuñó un poco por lo bajo y prefirió quedarse en casa.
No mucho después abrió el bar, algo de mala gana porque su hermano no había vuelto aun.
Como siempre, una jornada calmada, hasta que Antonio entró por la puerta. Era de tarde, por lo que aquel gesto lo dejó algo confundido.
-¡Hola, Lovi!
-"Lovino"- Corrigió, frunciendo el ceño ligeramente- ¿Qué haces aquí a esta hora?
-Hoy me han cambiado el horario al nocturno- Buscó algo con la mirada, fracasando-. ¿Qué tal?
-Como siempre. Si buscas a mi hermano, no está. Se largó sin avisar.
-Una lástima.
Aquellas palabras molestaron de sobremanera al ítalo. Otro más que prefería a Feliciano antes que él, y siendo el español, un medio amigo, el que había dicho aquello, le había dolido más.
-Si no has venido por algo más, lárgate.
El moreno dibujó una mueca de confusión en su rostro, para luego reírse ligeramente.
-Lo estaba buscando para preguntarle si podía encargarse del bar para así poder salir un rato tú y yo. Hoy que tengo libre de tarde...
Un color rojo intenso comenzó a apoderarse de las mejillas del menor nada más escucharle.
-Ah. Era eso- Escondió su rostro como pudo, girándose un poco para que así el español no se diera cuenta del color que tenía. Se sentía idiota-. Será otro día porque, como ya te he dicho, mi hermano se ha ido sin avisar.
-¿Y no puedes cerrar el bar un ratito?
El joven de ojos ambarinos frunció el ceño.
-¿Pero qué te crees, que me sobra el dinero o algo? No puedo darme esos lujos, bastardo.
-Pues tendré que quedarme aquí.
-Nadie te obliga a ello.
El guardia civil echó un vistazo a la clientela del bar mientras el camarero iba a atender a alguien. A la vuelta, decidió preguntar, algo de suma importancia que acababa de notar.
-¿Por qué al resto de clientes le sirves la bebida con una sonrisa y a mí no?
-No les sirvo con "una sonrisa". Sólo no les pongo cara de asco, además, ellos no son tan bastardos como tú- Respondió con una sonrisa socarrona.
-Pues es injusto... ¿Tanto me odias que me sirve siempre como si fuera estiércol?
-Sí.
Antonio infló las mejillas a modo de enfado, mientras el italiano sonreía ante aquel gesto. Ambos sabían que bromeaba.
-Oh, vamos, Lovi.
-Sólo si me llamas Lovino.
-En ese caso, paso- Le devolvió la sonrisa para luego cambiar la expresión imitando a la típica del malhumorado joven frente a él-, Lovi.
El menor no pudo evitar esbozar una curvatura en la comisura de sus labios. Hubo un momento de silencio.
-¿Y... por qué no aprovechas esta tarde libre para estar con tu futura mujer?- Decidió preguntar, curioso. Para estar prometido, pasaba la mayor parte de su tiempo libre con él.
Su pregunta había hecho que quedara de entrometido. Para mostrar indiferencia, se giró un poco, mirando al estante de las botellas. Casual.
-Te he dicho que me apetecía quedar contigo. A ella ya la suelo ver a menudo.
-¿Y no tienes amigos con los que salir en vez de molestar a un camarero?
Vale. Esa pregunta seguramente sí habría molestado al moreno.
-Uno está ocupado fuera de aquí, y el otro se niega a venir. Dice que no le gustas- Se encogió de hombros-. No entiendo por qué.
El joven italiano no pudo evitar sonreír ligeramente ante aquel comentario Algo le había dicho que le resultara agradable. "¿En serio no lo entiendes, subnormal?" pensó mientras trataba de cubrirse la sonrisa con la palma de la mano, de forma poco efectiva.
Al chico de ojos verdes esa sonrisa le parecía adorable.
Feliciano decidió aparecer una hora después. Parecía algo molesto, mas al ver que su hermano no estaba solo, decidió seguir como si no hubiera pasado nada.
-Ve~ Hola.
-¡Qué bueno que estés aquí!- Dijo el español, sonriendo ampliamente- Verás. Quería salir con tu hermano un rato, y como no estabas...
-Ah- Giró la cabeza hacia su hermano y para luego volver a Antonio-. Sí, sí. Me encargo yo. Además, era mi turno, ¡así que no os preocupéis!
El moreno agarró el brazo del mayor de los hermanos y se despidió, saliendo ambos de allí.
-¡Suéltame, marica!
-Lo siento, lo siento- Lo liberó mientras se reía-. Vamos.
Febrero comenzó fuerte, con lluvias torrenciales y un frío húmedo que se calaba en los huesos. Debido al mal tiempo, poca gente pasaba por el establecimiento, y era razonable. ¿Quién, después de una tarde de trabajo, querría arriesgarse a ir a tomar algo para al salir encontrarse un diluvio? Poca gente. Una, Antonio. Lovino se había acostumbrado a la presencia del Guardia Civil, y por desgracia para él, muchas veces se sentía incómodo a su lado. Obviamente, el propio italiano sospechaba que esa incomodidad era debida a ciertos posibles sentimientos pecaminosos y prohibidos, mas no pensaba reconocerlo a pesar de aquellos recurrentes sueños en los que el moreno aparecía y lo besaba. Él no tenía atracción por el Guardia Civil.
Su hermano desde aquel día donde había huido tras comer, no le había vuelto a hablar de la misma forma. Finalmente, cuando le había sacado información, le había confesado haberse encontrado con Ludwig y que este le rehuyera como si se tratara de un monstruo. Ambos en el fondo sabían que la culpa era de Lovino, mas este quería seguir pensando que había hecho lo correcto.
Ni él mismo sabía qué era correcto.
- ¿Mañana cerráis el bar?
Antonio se había sorprendido por aquel comentario. El de ojos color miel asintió.
-Mi hermano está enfermo y me lo pidió. Supongo que no pasa nada por no abrir un día.
-Eso está bien. Se podría quedar por ahí.
-No entiendo tu obsesión conmigo. ¿Qué pensaría tu mujer de esto?
-No parece molesta- Comenzó a reírse. Eso fastidiaba al italiano-. Es muy comprensiva. ¿Alguna vez te conté cuando me olvidé de nuestro aniversario? ¡No le importó en absoluto…!
Lovino se sirvió una copa ante la mirada de confusión del chico de ojos esmeralda, interrumpiéndolo así. Se lo bebió de dos tragos, para luego sentir como todo comenzaba a dar vueltas. Prefería estar ebrio a escuchar a Antonio hablar de su maravillosa mujer. Su visión volvió a la normalidad y se dispuso a escuchar lo que el otro fuera a decir.
-¿Y eso?- El español comenzó a reírse, extrañado- Creo que es la primera vez que te veo beber algo.
-Mañana no trabajo. Para una noche que puedo beber...
-Bien dicho- Volvió a reírse, mas no tocó su vaso.
-¿De verdad que no tienes nada mejor que hacer que quedar conmigo?- Se tumbó en la mesa todavía sentado en la banqueta. Las manos le colgaron de la barra- Creo que hay opciones mucho más agradables.
-Pero yo estoy contigo porque quiero. Obviamente tengo otras opciones, pero me apetece. Sabes que pienso que eres muy agradable.
¿Por qué parecía tan homosexual? A Lovino eso le frustraba. Parecía como si estuviera tratando de seducirlo, y lo conseguía. Observó unos segundos los labios del español, como siempre sonriendo. ¿Qué tenía esa sonrisa? Bebió otro vaso entero y se quedó confundido por sus propios pensamientos. No, no acababa de pensar que Antonio lo seducía con su voz y mirada, o con lo que podía admirar bajo el uniforme de guardia. De acuerdo que en aquellos casi tres meses desde que lo había visto por primera vez se había vuelto su mejor amigo y creía que era agradable, pero de ahí a sentirse atraído hacia él había un paso enorme. Aunque sí que aquella boca le atraía. Quizás fuera por su tono de voz, la sonrisa o porque decía cosas estúpidas sin parar.
-¿Estás nervioso por la boda?- Preguntó, tratando de quitarse aquellos pensamientos de la cabeza, casi apartándolos con la mano.
-Oh. No mucho, la verdad. Ella está como una loca, mas yo... Me lo tomo con tranquilidad.
Lovino frunció el ceño.
-Te vas a casar. Deberías mostrar más, no sé, entusiasmo.
-Son años con ella. Creo que no debería estar asustado sabiendo que es la "elegida".
El italiano se vio molesto por aquella contestación y rellenó su propio vaso por tercera vez, para luego beber el contenido. Fingió una arcada.
-Por favor. ¿Quién es la mujer de la relación?
-Yo, supongo- Comenzó a reírse. Otra vez era tentador el movimiento de su boca.
-Se nota sólo con verte la cara.
-¡Oye!
Música de fondo ante un silencio repentino. Otra vez el pasodoble del primer día. Trajo recuerdos al ya borracho camarero el cual comenzó a maldecir su mala suerte por haber conocido al español. Realmente los días habían pasado mucho más rápido con Antonio a su lado. Tenía a alguien con quien hablar y que le escuchara aunque no tuviera nada que contar. Miró a su vaso otra vez vacío y frunció ligeramente las cejas. No le gustaba tener aquellos sentimientos extraños y maricas hacia el moreno.
-¿Has tenido alguna vez una relación, Lovi?
El italiano salió de su ensimismamiento, prestando atención al chico de ojos verdes que tenía justo frente a él, mirándole con curiosidad y un ligero brillo en su mirada. El alcohol hacía efecto en él, por lo que su capacidad receptora había disminuido considerablemente.
-Tuve varios encontronazos con mujeres- Soltó-, aunque una vez se podría decir que tuve una relación. Ella estaba casada, era una vecina... Digamos que nos estuvimos viendo un tiempo. Ella decía cosas como que dejaría a su marido por mí, que vernos así sería sólo temporal. Me tuvo de esa forma año y medio, creo recordar. Como te imaginarás, me tomó el pelo.
El español alzó ambas cejas, sorprendido.
-¿En serio?
-Así es la vida- Sonrió un poco-. Tenía quince años, así que... Con esa edad es fácil engañar a cualquiera. Promete un caldero lleno de oro y te lo creerán.
El moreno levantó ligeramente la mano, para dejarla sobre la de Lovino, el cual se sonrojó al notar cómo le tocaba sin que pasara realmente nada. Acarició un par de veces el dorso de la mano del italiano, viendo hacia abajo. Su piel era completamente cálida.
-Lo siento. No quería sacar un tema así... Supongo que será doloroso. Y yo hablando de mi mujer todo este tiempo...
Siguió hablando, pero el italiano ya no le escuchaba. Estaba centrado en ver como la mirada alegre característica de este estaba algo decaída, simplemente por lo que él, Lovino Vargas, le había contado. Se preocupaba en exceso por el italiano. Únicamente pensó que ojalá el español se callara. No dejaba de hablar, y él no le estaba atendiendo. Arqueó las cejas. No le era importante el tema de aquella mujer en aquellos años de su juventud, pero el de ojos verdes continuaba moviendo la boca, articulando palabras las cuales Lovino prefería ignorar para simplemente atender a la calidez de su mano y lo suaves que parecían sus labios.
Unos segundos después, el moreno se había quedado en silencio. Los labios del italiano contra los suyos le habían impedido seguir con lo que estaba diciendo.
Lovino simplemente se había inclinado hasta llegar al otro, para luego agarrarle la camisa con ambas manos y tirar de esta hacia él, consiguiendo así acercar al español lo suficiente como para besarlo con mucha brusquedad.
Cada parte de su cuerpo quemaba, y más cuando se dio cuenta de lo que acababa de hacer. Se apartó con fuerza, para mirar directamente a Antonio a los ojos, el cual mostraba una mirada de sorpresa. Rápidamente esta cambió a otra que alarmó todavía más al italiano. Parecía... Miedo. El menor se llevó ambas manos a los labios, temeroso y sin poder creer que acababa de hacer. Lo había besado. Había besado a un hombre, a su mejor amigo, a un guardia civil. La había fastidiado completamente en tan sólo tres segundos. Esperó a la respuesta del español, la cual no llegó exactamente.
Antonio dio un par se pasos hacia atrás, despacio. Sus ojos seguían fijos en el ítalo que se había quedado estático en el sitio. Murmuró un par de palabras inentendibles, para luego echar a correr, cerrando la puerta del local de un golpe.
El italiano se encogió sobre sí mismo y se dejó caer lentamente, terminando en el suelo. Poco a poco comenzó a asimilar lo que iba a pasar, sabiendo que el guardia civil lo delataría, iría a la cárcel y luego lo fusilarían sin piedad contra el paredón donde ya muchos habían muerto, para luego tirar su cadáver a una fosa común y dejar que la cal viva royera sus tejidos. No debía haber bebido. No debía haber besado aquellos labios. No debía haberse enamorado de otro hombre.
...o...o...o...
Un final algo dramático el del capítulo, ¿no lo creen? Espero que os haya gustado.
