Capítulo 1

—Se ha acabado. Déjame que te traiga otra. —Sus dedos cubrieron los de ella sobre la copa de vino.

La soltó, dejándola en su poder.

—No, gracias. Tengo que conducir.

Jacob inclinó la cabeza y mostró una sonrisa perfecta para ligar. Aquel socorrista morocho y bronceado era el regalo de Dios a la mujer, pero su mirada tenía algo de vendedor de coches usados y su tacto parecía demasiado familiar.

—No me importaría llevarte a casa. ¿Qué estás bebiendo?

Si Isabella lo pensaba bien, todoacerca de aquella noche parecía demasiado familiar, pero se forzó a sonreír de todos modos.

—Nada, no estoy bebiendo nada. Gracias, pero me tengo que ir.

Era hora de irse, antes de que su propia vida se la tragara.

En la sala contigua, su mejor amiga, Jessica Stanley, se balanceaba al ritmo de una canción seductora mientras las manos de un hombre recorrían sus esbeltas curvas por detrás. El cabello color caoba de Jessica cayó sobre su cara cuando giró la cabeza para acoger su lento y rítmico beso, y el pecho de Isabella se tensó. Entonces, su mirada cayó sobre el bajo talle en forma de V de los ajustados pantalones de terciopelo de Jessica, donde tres delfines azules nadaban en círculo alrededor de su ombligo. Isabella había oído decir a al menos una docena de hombres que era el tatuaje más sexy que habían visto.

Se había sentido tentada a hacerse un tatuaje, antes de recordar que pensaba que el erotismo provenía del interior y que, de todas formas, no quería ser necesariamente sexy para todo el mundo. No quería ser sexy para los innumerables Jacobs que revoloteaban en su vida. Y, ya que los Jacobs parecían ser los únicoshombres que entraban en su vida, suponía que en realidad no quería ser sexy para nadie.

El compañero de baile de Jessica era otro surfista rubio, éste con una coleta y una tez morena que delataba que vivía en el sol. Isabella observó, junto con todos los demás, cómo una de sus bronceadas manos rozaba el pecho de Jessica. La otra flirteaba con la V de sus pantalones.

Isabella se giró repentinamente; había entrado con la intención de despedirse de Jessica, pero abandonó la idea. Casi chocó con un guapo tipo que llevaba un traje formal, con la corbata aflojada. Le brillaron demasiado los ojos, especialmente cuando su mano se cerró alrededor de su muñeca.

—¿Quieres bailar?

—No, gracias —dijo con firmeza, mientras se soltaba. Tras parar en la sala principal para recuperar su bolso de debajo de una pareja que se enrollaba en el sofá, fue directamente a la puerta y no miró atrás. Aquélla era su vida. Y la odiaba.

«Pobre niña rica». Sonrió irónicamente para sí misma, consternada al ver lo bien que representaba ese concepto en concreto. «Genial, me he convertido en un estereotipo». Pero aquello no cambiaba el hecho de que el dinero no podía comprar la felicidad.

Momentos después, estaba sentada tras el volante de su Z4 dorado, mientras los faros formaban el camino en la oscuridad de una carretera que bordeaba la Costa del Golfo. Los turistas llamaban la Costa del Sol a la costa que iba del norte de Clearwater Beach hasta Saint Petersburg, pero, en ese momento, todo lo que Isabella veía era una brillante esquirla de luna y las luces de cola del coche que tenía delante, que le impedía ir todo lo rápido que quería. Aun así, el fresco viento salado le refrescaba la cara, y la brisa que azotaba su cabello le daba una sensación de libertad. Al menos por el momento, era libre de su vida, libre de la noche.

«Ni una fiesta más con Jessica», se sermoneó.

Por supuesto, hacía aquella promesa todo el tiempo, pero Jessica siempre la empujaba a ir.

—Será divertido. ¿Qué tienes que hacer que sea mejor, sentarte tras el escritorio y trabajar toda la noche? —Jessica era su mejor amiga, pero a lo largo de los años habían llegado a ser muy diferentes la una de la otra.

Había dos tipos de mujeres: las que podían tener sexo sin sentido con innumerables hombres y considerarlo diversión ocasional, y las que no podían. Jessica podía, e Isabella suponía que probablemente era agradable ser tan libre, tanto como un tío, pero también la avergonzaba que la gente pensara que las mejores amigas lo tenían todoen común.

Isabella, sin lugar a dudas, entraba en el grupo de las que «no podían». Sólo se había acostado con tres hombres a sus veintisiete años, y de cada uno de ellos había estado enamorada y le habían roto el corazón. Añadiéndole a esto varias relaciones más que acabaron de forma dolorosa, incluso sin sexo, se estaba volviendo más sabia, sin prisa, pero sin pausa. Cada vez que otro tío de ojos sensuales y sonrisa seductora le aplastaba el corazón un poco más, comprendía las injusticias de la vida y el amor un poco más. En aquellos momentos, anhelaba ser como Jessica, anhelaba tener la capacidad de separar sexo y sentimiento, pero su alma no la dejaba. Un beso era todo lo que hacía falta. O sentía que era un error y sabía inmediatamente que no podría pasar nada más, o lo sentía tan deliciosamente perfecto que estaría perdida ante el tipo, así de rápido, sin esperanzas de volver a la superficie a por aire, hasta que se terminaba.

Tras girar a la izquierda al salir del puente que llevaba de Sand Key a Clearwater Beach, desvió la mirada del agua oscura y espumosa hacia las parejas y las familias que salpicaban las aceras bajo las farolas. Una noche de verano en el extremo sur de Clearwater Beach significaba conos de helado y pasear cogidos de la mano. Observándolo se sentía sola.

Saliendo de la glorieta hasta la calzada, pisó el acelerador a fondo para volver a conseguir aquella bendita sensación de libertad, y el cálido viento tropical la envolvió. «Ni una fiesta más con Jessica», se repitió para sí misma. «Ni uno más de esos tíos de ojos hambrientos que piensan que si llevas ropa ajustada estás lista para jugar al escondite en la cama». Lo decía en serio. Estaba cansada de tratar con esos imbéciles, de una vez por todas.

Sin embargo, sería difícil escapar, porque no era sólo la pandilla de Jessica la que la hacía sentir tan incómoda y sensible. El propio padre de Isabella salía con mujeres de su edad y esperaba que ella pensara que era normal. Y, aunque su padre y ella nunca hablaban de sexo (gracias a Dios), si le preguntara, probablemente supondría que ella se acostaba con cualquiera y también pensaría que eso era normal. Y podría dejar de ir a fiestas con Jessica, pero, ¿qué pasaba con las fiestas de negocios de su padre? ¿O con las fiestas que celebraba su socio, Aro, constantemente? Como empleada de alto rango de Swan Builders, tenía ciertas obligaciones, le gustara o no. Su vida era una gran fiesta seudoAngelawoodiense.

Después de girar a la izquierda por el centro de Clearwater, pronto se encontró en la avenida llena de palmeras que la llevaría a casa, con la bahía brillando de nuevo en la oscuridad a lo largo de la carretera. Cerró la puerta del garaje tras de sí minutos después, y entró en la casa para encontrarse a Isadora estirada en su cojín de terciopelo rosa en el sofá blanco.

—Eh, Izzy —arrulló, mientras se agachaba para rascar bajo la barbilla a la gata de Angora, blanca como la nieve. Pero Isadora sólo se movió en sueños, dando la impresión de querer decir «déjame en paz». Así que ni siquiera podía contar con su propia gata para que le hiciera compañía cuando lo necesitaba—. Bueno, pues vete por ahí.

Contenta de estar en la acogedora seguridad de su propio hogar, se dirigió escaleras arriba y, rápidamente, se dio una ducha para deshacerse del olor a humo. Tras peinarse el cabello húmedo, se puso un picardías verde jade que de repente le pareció demasiado sugerente para una mujer que dormía sola, pero le gustaba el tacto de la seda en su piel.

Aventurándose en su oficina, se acomodó en la suave silla de cuero que había tras su escritorio, comprobó su correo electrónico y apagó el ordenador, contenta de que no hubiera surgido ninguna crisis de contabilidad importante en Swan Builders desde aquella tarde. Estaba a punto de apagar la lámpara cuando vislumbró un sedoso libro rojo que sobresalía entre un informe trimestral y un diccionario de cuatro kilos de la estantería que había al otro lado de la sala.

Era su diario sexual.

No es que hubiera practicadosexo durante una temporada; de hecho, habían pasado dos años desde que rompiera con Tyler, el último hombre al que le había hecho el amor. Quizás por eso necesitabaun diario sexual.

Lo guardaba en su oficina para evitar que ojos entrometidos, como los de Jessica, lo cogieran para ver qué había dentro. La oficina era su ámbito privado; raras veces alguien que no fuera ella necesitaba estar en la sala.

Aunque normalmente pensaba que el libro armonizaba mejor con su entorno, aquella noche, por alguna razón, el lomo rojo saltaba hacia ella.

Rió cínicamente entre dientes y sacudió la cabeza. Si la gente supiera...; resultaba tan irónico... La chica de la que pensaban que era una chica mala era en realidad una buena chica, pero tenía un lado oscuro. Un lado que nadie más veía. Un lado que deseaba poder ser como Jessica... casi.

Sin embargo, necesitaba mucho más que Jessica en lo que a sexo se refería. Necesitaba la parte de después.Sin ella, el resto no era nada.

Tomaba nota de sus fantasías sexuales en el libro rojo, aunque apenas sabía por qué. En momentos como aquél, en los que la idea del sexo prácticamente le provocaba rechazo, anotar sus fantasías le parecía casi sucio, inmaduro.

Pero quizás fuera sólo un recordatorio de que teníafantasías, de que era una mujer sana, de sangre caliente, no esa persona que huía de cualquier situación sexual en la que se encontraba últimamente.

O quizás fuera porque soñaba con encontrar a un hombre que pudiera hacer que cada palabra que escribía fuera buena y adecuada, en vez de simplemente arriesgada.

Suspirando, se acercó a la estantería y cogió el libro. No lo abrió; simplemente pasó la mano sobre la suave tapa. La parte más profunda y oscura de su corazón se encontraba escondida en aquel libro, sus deseos más íntimos. Era el único secreto que tenía para el mundo entero; ninguna otra persona sabía que existía.

Quizás por esotenía el diario. Porque nadie más lo sabía. Tal vez sólo necesitara admitir que aquella parte de ella existía.

Tras devolver el libro a su lugar, Isabella apagó la lámpara y se dirigió a la cama, aún sintiéndose bastante sola en un mundo en el que la gente probablemente pensaba que lo tenía todo.

Edward comprobó simultáneamente el reloj del salpicadero, se metió el último bocado de una rosquilla en la boca y puso el intermitente. Tras girar la furgoneta hacia Bay-view, regó la rosquilla con el trago final de zumo de naranja del cartón que había cogido en el 7-Eleven. Los Stone Temple Pilots cantaban «Sour Girls» en la radio, con el volumen bajo; por lo general le gustaba la música alta, pero no a esas horas de la mañana. Se imaginaba que cambios sutiles como aquél eran las primeras señales de que se estaba haciendo viejo. A los treinta y dos algunos días se sentía como si tuviera diecinueve y, otros, se sentía más como un hombre que se acercaba a los setenta. Aquel día, notaba cómo ambos extremos del espectro lo invadían.

Tras dejar la avenida llena de mansiones que recorría la bahía, el aire que entraba por la ventana abierta cambió, se hizo más denso. Hacía mucho calor a horas tempranas en aquella época del año. Pero, si era sincero, aquélla probablemente no era la única razón por la que empezaba a sudar un poco.

Algo se le tensaba en el pecho cuando la mansión Swan aparecía. La casa de Charlie. No había visto al hombre de cerca en veinte años y apenas lo había conocido entonces, pero así era como pensaba en él, como en Charlie.

La casa de Isabella Swan se encontraba justo al lado de la de Charlie, en lo que Edward veía como la Finca Swan. No era tan opulenta como la de su padre, pero era cinco veces más grande que cualquier casa en la que su familia hubiera vivido, una versión a escala reducida del templo griego de estuco de su padre. Recordaba haber oído la historia de boca de otros trabajadores del equipo algunos años antes; ella había decidido que quería su propio hogar, así que papi le había construido a su princesita su propia mini mansión completa con una pequeña fuente en la parte delantera. Hizo una mueca, al darse cuenta de que su propio sentido del tamaño estaba distorsionado. La fuente era pequeña comparada con la de la casa de Charlie, pero embellecería cualquier parque de la ciudad.

Los frenos de la furgoneta rechinaron ligeramente cuando frenó hasta parar ante su casa, separada del palacio colosal de Charlie por un gran muro de estuco. Habían salvado un par de robles vivos en la parte delantera cuando habían construido y, después, habían salpicado el patio con algunas palmeras y plátanos, añadiendo color con bocas de dragón y buganvillas.

No podía evitar pensar que era el tipo de casa en el que Jazzy se fijaría, de la misma forma en que se fijaría en una palmera que hubiera sido derribada por un huracán o en un pelícano que buceara buscando peces en el océano. Había cosas que Edward ya no veía. Sin embargo, Jazzy todavía lo veía todo.

«Bueno», pensó Edward mientras paraba en el camino de entrada de ladrillos pálidos, esperaba que la Princesa de Swan Builders estuviera despierta. Sabía que trabajaba en casa y que, probablemente, dormía hasta tarde, pero élcomenzaba a trabajar a las siete y no cambiaba su horario por nadie, ni siquiera por la hija del jefe.

Aquél era sólo un trabajo más, así que no estaba seguro de por qué de repente sentía que se retorcía por dentro. Aunque, cuando se había presentado la oportunidad de trabajar en la casa de la princesa, la había aceptado mientras recordaba todo lo que la familia Swan le había arrebatado a sufamilia. Quizás la verdad era que quería, incluso necesitaba,mirar dentro del mundo de ella. Necesitaba ver lo que podría haber sido suyo, lo que debería haber sido suyo. Loque también debería haber sido de Jazzy y Rosalie.

Sólo un trabajo más. Claro.

Quizás esos deseos tan inmaduros eran los que le habían hecho sentir como si tuviera diecinueve años aquella mañana, pero el viejo que tenía dentro no podía dejarlo pasar. Había visto y sentido demasiado, y sabía lo injusto que podía llegar a ser el mundo.

En algunos aspectos, la vida había vuelto a la normalidad para su familia, en su mayor parte, pero las cicatrices a veces se abrían cuando uno menos lo esperaba. Y, cuando pensaba en la familia Swan, un fuego demasiado familiar se acumulaba en sus entrañas. Era el mismo fuego que le había obligado a defender a Jazzy en el patio del colegio cuando eran pequeños, el mismo que se había acumulado cuando su padre infravaloraba a Rosalie, el mismo que había enseñado a Edward a usar sus puños.

Pero ahora era un fuego más controlado;había trabajado duro para aprendera controlarlo. Así que era el momento de apartar esos viejos sentimientos y hacer lo que había ido a hacer. Pintar la casa. Aquello era todo. Bueno, y quizás también ver un poco la vida que ella llevaba. Sólo para ver cómo habría sido suvida.

«No pasa nada», se dijo.

Pero, de alguna manera, no podía apagar la lenta llama que ardía en su interior cuando se dio cuenta de que se hallaba ante el umbral del futuro que había perdido.

El timbre de la puerta sonó justo cuando Isabella alargaba la mano para abrir el agua de la ducha.

—Maldita sea —musitó—. Si no se lo he dicho a Aro una vez, se lo he dicho mil veces... Que no se presente en mi puerta al amanecer con una montaña de facturas. —Aro le caía bien, pero, desde que era el socio comercial de su padre, además de tesorero de la empresa y jefe de producción, a menudo lo veía más de lo que quería. Era el hombre de negocios consumado, siempre poniendo a Swan Builders por encima de todo... incluyendo ser lo suficientemente considerado como para esperar a horas comerciales normales antes de empezar a molestarla.

Cerró el grifo con un rápido giro de muñeca, molesta, y, después, se volvió a poner el picardías antes de agarrar un kimono beige de un colgador de su ropero. Ajustándoselo a la cintura, bajó las escaleras, y puso los ojos en blanco cuando el timbre de la puerta volvió a sonar, dos veces. Así que estaba irritado, ¿no? Bueno, podía decirle un par de cosas sobre sentirse irritado. Abrió de un tirón una de las puertas dobles y dijo:

—Mira...

Oh, cielos, no era Aro.

Era su dios del océano.

«¿Su dios del océano? ¿Cómo era posible?». Aun así, fue lo primero que le vino a la mente; lo vio saliendo del agua tan claramente como si realmente hubiera sucedido. Sacudió la cabeza y la bajó ligeramente (santo cielo, ¿y si se estaba sonrojando?).

—Lo siento, yo...

Llevaba ropa blanca de pintor, embadurnada con la obligada variedad de manchas de colores, pero la ropa no disminuía su belleza viril. El cabello broncíneo, un poco largo y despeinado, le caía desde la parte trasera del pañuelo rojo que llevaba en la cabeza, y unos ojos como el verde esmeralda la clavaron en su sitio como una mariposa en la colección de alguien. No se había afeitado, lo que hacía que la piel blanca de la mitad inferior de su cara estuviera áspera con una oscura barba de varios días. Medía al menos metro noventa, sus bronceados músculos se hinchaban bajo la manga corta de su camiseta y realmente rezumaba una sensualidad que se acumulaba entre los muslos de Isabella.

—¿Isabella Swan?

—Eh... sí.

—Soy Edward Cullen. Soy el pintor.

Alzó su mirada y se obligó a encontrar esos ojos verdes y llamativos.

—La ropa me ha ayudado a adivinarlo.

Lo dijo como un chiste, pero Edward Cullen no se rió. Bueno, ¿a quién le importaba? Bajo el traje de pintor, sólo era otro hombre rebosando arrogancia y sexualidad, el tipo que pretendía evitar a toda costa de ahora en adelante.

—Yo... esperaba a otra persona. —A su pesar, suponía que estaba intentando algún tipo de disculpa.

—Siento decepcionarte.

Ella suspiró, perdida en el incómodo momento.

—Sólo quería decir que lamento la forma en que he abierto la puerta. No me di cuenta de que venías hoy. Debo de haberme equivocado al marcarlo en mi agenda.

Todavía no se podía encontrar ni rastro de una sonrisa en su cara, así que Isabella decidió que se había cansado de ser simpática, aunque bajó la mirada, desconcertada al mirar la suya. ¿Es que nunca pestañeaba?

—Quizás deberíamos hablar del trabajo —sugirió ella.

—Claro.

Salió al porche y cerró la puerta tras de sí. Ya era lo suficientemente malo que apenas llevara puesta más que su bata de seda, pero de repente se sintió algo desarmada, de pie allí, con la puerta abierta llevando tal atuendo, como si implicara algún tipo de tácita invitación.

Edward Cullen levantó el sujetapapeles que ella no se había dado cuenta de que llevaba.

—Concha crudo para toda la casa, café crema para las cornisas, ¿verdad? —En ese momento no la miró, sus ojos estaban fijos en los papeles.

—Verdad —dijo ella, excesivamente orgullosa de estar cambiando el rosa espuma de mar que su padre había elegido cuando construyó la casa para ella—. El muro también. Por ambos lados.

Tras bajar el sujetapapeles, Edward Cullen miró largamente a su alrededor, sin duda advirtiendo que el muro abarcaba tres lados del gran patio.

—Es un muro muy grande. Va a ser una pesadilla pintar el otro lado con esos árboles tan cerca.

Ella pestañeó, incrédula, pensando «¿y qué?».

—No me malinterpretes, no tengo ningún problema en hacerlo.

Ella podría jurar que sí que lo tenía.

—Pero el resto de mi equipo está ocupado durante las próximas semanas, así que no tendré ningún tipo de ayuda. No sabía lo del muro, lo que significa más tiempo y más costes. Y no trabajo barato.

Ella echó un vistazo a su furgoneta, que estaba en el camino de entrada, con el nombre de la empresa, HORIZON PAINTERS, estampada en los colores del arco iris en el lateral. Debajo, en letra mayúscula y negrita: EDWARD CULLEN, PROPIETARIO.

—Ya lo sé, he visto tus facturas.

—Entonces, ¿el dinero no es problema?

Ella asintió breve y claramente.

Él inclinó ligeramente la cabeza hacia atrás, farfullando «eso es lo que me pensaba» y en voz baja.

¿Qué se suponía que significaba aquello? Bueno, no pensaba preguntárselo. De hecho, pretendía volver a entrar en su casa en aquel momento y continuar con su día. Ya había tenido bastante de aquel pintor sabelotodo y musculitos. Alcanzó el pomo de la puerta sin mirarlo.

—Si me quieres, estaré en la ducha —«Oh, no, di cualquier otra cosa, rápido»—. Quiero decir, si tienes cualquier pregunta, estaré dentro.

Sin poder controlarse, aventuró un último vistazo hacia él mientras entraba. Y entonces(maldita sea) el indicio de una engreída sonrisa apareció en su expresión.

—Está bien saberlo.

Cerró la puerta en su cara y apretó su espalda contra ella, con el corazón latiendo contra el pecho. Alargando la mano a su alrededor, echó el cerrojo. ¿Le daba miedo él? ¿O simplemente pensaba que era el hombre más desconcertante que había conocido en la vida? No sabía quésentía, sólo que algo en él la había desequilibrado completamente.

Pensó por un momento en llamar a Sue a la oficina principal y pedirle que buscara a otro subcontratista para el trabajo. Pero aquello parecería ridículo y, siendo realistas, probablemente tendría poco contacto con Edward Cullen a partir de aquel momento; él estaría fuera haciendo su trabajo y ella estaría dentro, haciendo el suyo. Aun así, al menos cincuenta empresas de pintura trabajaban para Swan Builders y, de todas ellas, ¿la recepcionista de su padre había elegido a esetío?

Isabella sacudió ligeramente la cabeza, preguntándose las probabilidades que había. Después, se dirigió escaleras arriba de vuelta a la ducha, pero, antes de despojarse de su ropa, se aseguró de que cada persiana estuviera firmemente cerrada.

Edward no había visto a Isabella Swan desde que él tenía doce años. Recordaba que alguien dijo en aquel entonces que ella tenía siete. Era curioso, los pequeños detalles a los que se aferraba uno en ciertos días de la vida. Ella había asistido al funeral de su madre con un vestido negro de satén con volantes, con su largo cabello castaño cayéndole en ondas por la espalda. Se había cogido de la mano de Charlie cuando se aproximaron al ataúd. Recordaba cómo Charlie la alzaba en sus brazos para que pudiera mirar hacia abajo, otro de los detalles que quemaban su mente sin razón en especial, excepto porque había sido más fácil centrarse en cualquiercosaque no fuera él aquel día.

—¿Te acuerdas de la esposa de Carlisle, Esme, cielito? —le preguntó Charlie—. ¿Del picnic de la empresa? Te dio impulso en el columpio y ayudó a mami con la comida.

La pequeña Isabella asintió, con la mirada vacía.

—Ahora está en el cielo. —Charlie sonó fuerte, seguro y reconfortante, todo a la vez, y durante una milésima de segundo, Edward había deseado que Charlie fuera supadre.

La niña pareció confusa, cosa que era de entender, porque él mismo también seguía estando bastante confuso con respecto a ese punto en concreto. Volvió a mirar a su padre, que llevaba su oscuro abrigo deportivo; las puntas de su cabello se rizaban alrededor de una camisa de vivo color blanco.

—Pero está ahí mismo —dijo ella, con una vocecilla llena de vida.

—Su espírituestá en el cielo —comenzó a explicar Charlie.

No obstante, Edward dejó de escuchar en aquel momento; su tía Carmen se le había acercado para enzarzarlo en un abrazo apabullante, empujando su mejilla contra sus enormes pechos y avergonzándolo de una forma increíble. Comenzó a divagar sobre pérdidas trágicas y sobre cómo su padre iba a necesitar que fuera fuerte, quizás que fuera el hombre de la casa durante algún tiempo, pero la verdad es que tampoco escuchó todo aquello. Ya había oído más que suficiente de aquella mierda y no quería pensar más en ello, no quería pensar en sobrellevarlo cuando hubieran enterrado a su madre bajo tierra, o en cómo iba a cambiar la vida a partir de entonces, quién cocinaría para ellos o quién les ayudaría con los deberes. No quería preguntarse por cuánto tiempo más les iba a ignorar su padre, como lo había hecho los últimos días, desde el accidente.

Un sonido suave y vibrante que provenía de arriba le hizo parpadear y darse cuenta de que estaba mirando estúpidamente la puerta de entrada de Isabella Swan, que pronto sería beige; es decir, si alguna vez se ponía a trabajar. Aun así, cuando alzó su mirada para ver las persianas temblar en una ventana de la segunda planta, una satisfacción cálida y malévola lo recorrió. O bien ella lo había estado mirando, o quería asegurarse de que él no pudiera mirar dentro.

Joder, la verdad era que ella había crecido mucho. Eso era algo que ya sabía, por supuesto, pero estaba crecer, y crecer.Isabella Swan lo había hecho bien. Había ido allí esperando encontrar a una primadonnaestirada, que era en buena medida lo que había visto, pero no había imaginado que sería tan preciosa. Oh, claro, ya había pensado que sería atractiva (las chicas ricas sabían cómo conseguirlo), pero no había esperado que le afectara.

Cuando había abierto bruscamente la puerta, con la exasperación destellando en sus aterciopelados ojos marrones, se había quedado pasmado. Unos rizos largos, castaños y rebeldes enmarcaban sus suaves rasgos, innegablemente guapa incluso enfadada. Su ceñida bata de Victoria's Secret se le ceñía a los pechos, perfilando sus pezones, incluso a través de lo que fuera que llevara debajo, que había asomado por la bata insinuando un color verde bordeando su escote.

Con los ojos aún en la ventana, la imaginó despojándose de la bata, del pedazo de verde oscuro que la abrazaba debajo de ella, todo acumulándose a sus pies. Sabía por instinto que sería sedosa, con curvas y cremosa: el sueño de cualquier colegial.

Pero ya se había quedado parado bastante tiempo, mirando su ventana como un colegial enfermo de amor, así que pensó que lo mejor sería ponerse a trabajar en el repelente proyecto que tenía ante sí. Además, tendría muchas más oportunidades de ver a la Princesa de Swan Builders.

Era preciosa, pero no le gustaba. Quizás había abrigado alguna esperanza secreta de que le parecería una mujer sorprendentemente agradable y pudiera dejar que el resentimiento que se arremolinaba en el fondo de su mente muriera rápidamente. Pero eso no había sucedido. Y, a pesar de la amargura, ahora que había echado un diminuto vistazo dentro de su mundo, no podía negar que quería más.

¿De su mundo? ¿O de ella? No estaba seguro. Su pecho se tensó mientras el deseo y los deseos perdidos se mezclaban de forma extraña en su interior.

Deseo... maldita sea. Dios sabía que no había ido allí con esoen mente. Sin embargo, ahí estaba, dándole una bofetada directamente en la cara, y esa mano pertenecía a la última persona en el mundo por la cual había esperado sentir nada placentero.

Le echó un último vistazo a la ventana de la segunda planta antes de girar la cabeza hacia la furgoneta para ir a buscar el material, sabiendo que, sin duda, aquél no iba a ser sólo otro trabajo.