CAPÍTULO 3
Tras llegar a casa después de la fiesta, Aníbal se retiró el primero y con cara de pocos amigos. Nieves trató de averiguar porqué se mostraba tan arisco, pero él la evitó y desapareció en el pasillo hacia su habitación.
―Cómo se pone ¿verdad? ―dijo con una sonrisa.
―¿Por qué lo importunas Nieves? ―preguntó Isabel.
―Sólo bromeo, pero Aníbal se lo toma todo tan a pecho ―exclamó.
"Quizá sea porque está enamorado de ti", pensó Isabel.
―En fin… ¿entramos a ver a Almudena para preguntarle cómo se encuentra? ―dudó Nieves.
―Mejor déjemosla descansar, seguro que mañana se siente mejor ―replicó Isabel.
Tal como había planeado, Almudena se retiró pronto de la fiesta en casa de los Saavedra, aunque tuvo que permitirle a Félix que la llevase a casa. La excusa de su indisposición repentina había resultado convincente y nadie le impidió marcharse, ni siquiera su padre, satisfecho al ver que el joven Saavedra la acompañaba.
Isabel cerró la puerta tras ella y respiró profundamente. Al fin estaba sola para poder pensar sobre el fortuito encuentro que vivió en la fiesta. Para pensar en Cristina, o mejor, para no hacerlo, no le haría ningún bien. Sacudió la cabeza y se concentró en quitarse el abrigo y vaciar el bolso sobre la cama. Entre el móvil, la cartera, el paquetito de pañuelos de papel y otras cosas apareció una especie de cartulina pequeña y arrugada. Cuando la desplegó se sorprendió al comprobar que era la tarjeta que Cristina le había dado en la fiesta. ¿En qué momento se la había guardado?, y más importante aún, ¿por qué lo había hecho?
―Menuda arrogante, ¿cómo se atrevió a proponerme algo así?, ¿y cómo se dio cuenta de que a mí…? ―Arrojó la tarjeta maltrecha a la papelera―, fue culpa mía, tendría que haber disimulado más al mirarla, qué tonta soy… ―se lamentó.
Isabel comprendió que ése había sido su error, y que Cristina sólo se había aprovechado de ello. Se avergonzó de sí misma, no podía ser tan obvia cuando se trataba de lo que sentía o deseaba, o de lo contrario, sus hermanas y hasta su padre podrían darse cuenta en el futuro, y entonces tendría problemas de verdad.
Almudena dejó una nota en la cocina antes de marcharse. Aníbal fue el único que la vio dejar la villa esa mañana, la saludó y se alegró de verla con muy buena cara. Ella dijo que pasear por el Retiro le sentaría muy bien y el joven no lo encontró extraño.
Cuando llegó a los vastos jardines se sentía un poco nerviosa. ¿Y si César no estaba como prometió?, ¿y si le daba plantón y no lo volvía a ver jamás?, ¿y si…? Pero sus elucubraciones mentales terminaron en cuanto sus ojos marrones localizaron al apuesto chico. La esperaba apoyado contra el tronco de un árbol y las manos metidas en los bolsillos de sus vaqueros. Almudena agitó la mano en alto y César sonrió desde la distancia al reconocerla. Se acercó corriendo y tras dudar unos segundos, la saludó besándola en las mejillas. Ella le devolvió los besos.
―¿Dónde está Odín?
―Hoy lo he dejado en casa, quiero centrarme totalmente en ti.
―Eso es todo un detalle ―replicó Almudena sin dejar de sonreír.
La cita comenzó con un largo paseo antes de sentarse en el césped para comer unos bocadillos que Almudena preparó esa misma mañana.
―¿Has estudiado Bellas Artes? ―preguntó César.
―No… en realidad estudié Arquitectura.
―¡Guau Arquitectura!, esa carrera debe ser difícil ―exclamó.
―Bueno… ―No le apetecía profundizar en el tema.
―Yo trabajo en un taller de coches y motos, me encanta el mundo del motor ―explicó mientras picoteaba de la bolsa de papas―, soñaba con ser piloto de fórmula uno, pero no tuve suerte, nadie me apoyó para hacerlo…
Almudena deseó contarle que ella tampoco había podido vivir su sueño, pero no fue capaz de hablar.
―¿Entonces pintas por hobbie?
―Me ayuda a desestresarme del trabajo ―contestó casi sin pensar.
―¿Tienes trabajo?, eso es genial en los tiempos que corren, yo doy gracias por seguir en el taller. ¿Y qué haces exactamente? ―continuó César sin advertir la ligera incomodidad de chica.
―Pues… trabajo en… en un pequeño despacho de arquitectura. Pero no hago gran cosa, llevar cafés, hacer fotocopias y, sobre todo, dibujar planos y más planos con el ordenador. Sólo soy una subordinada ―mintió.
―Bueno, pero es un comienzo ¿no? ―manifestó él animosamente― Seguro que algún día diseñarás tus propios edificios, ya verás.
―Sí… algún día. ―Almudena fingió una sonrisa.
La ausencia de Odín no les impidió jugar por el césped y correr el uno detrás del otro como un par de adolescentes alborotados. Volvieron a besarse, pero esta vez con más intesidad, y Almudena supo entonces que estaba perdida. Sentía que César le gustaba cada vez más, ¿podía el amor surgir tan rápido entre dos personas? Cuando sentía la mano de César sobre la suya, sus besos o sus abrazos, la única respuesta que cabía en su cabeza era sí. Pero no todo era bonito, el destinatario de sus sentimientos no era precisamente el tipo de hombre que su padre aprobaría. Sin dinero, sin estudios universitarios… un don nadie al lado del perfecto Félix Saavedra.
―Me encanta el Retiro pero me gustaría verte en otro sitio, ¿te apetece quedar conmigo para cenar y ver algo en el cine el próximo fin de semana? ―propuso con entusiasmo.
―Claro, me encantaría, pero todavía no sé si podré, te lo diré a mitad de semana ¿vale?
―De acuerdo, pero ¿cómo me lo dirás si no podemos comunicarnos? ―Ante la mirada confundida de ella, César se explicó― No nos dimos los teléfonos ¿te acuerdas?
―¡Es verdad! ―respondió azorada.
Tras intercambiar los números se despidieron con un largo beso y un abrazo. Almudena estaba decidida a hablar con su padre. No podía seguir ocultando que le gustaba César ni quería verse a escondidas con él, mientras Lobo le azuzaba al hijo de Saavedra.
Aparcó su coche en el garaje y sacó del maletero la mochila donde había llevado los bocadillos. De pronto su móvil empezó a sonar y una gran sonrisa se dibujó en su cara. Pensó que era César y se apresuró a sacar su móvil del bolso, pero el gesto le cambió cuando comprobó que no era ningún número de su agenda.
―¿Sí? ―contestó pensando que sería alguien de las oficinas.
―¿Almudena? ―No reconocía la voz masculina que la había llamado por su nombre―, soy Félix.
―¿Félix? ―repitió como una autómata tratando de recordar el momento en que le había dado su número.
―Félix Saavedra, anoche nos conocimos en mi casa.
―Sí, sí, sé quien eres…
―Te llamé a casa pero no estabas y tu padre me dio tu número para que te pudiera localizar.
"Qué amable papá", ironizó en su interior.
Después de preguntarle cómo se encontraba, Félix la invitó a cenar con él en un bonito restaurante el próximo fin de semana, justo cuando tenía pensando quedar con César. Le insistió tanto que se vio forzada a aceptar la cita, pero resuelta a dejarle las cosas claras, que no tenía interés en él más allá de una sana amistad. De repente se sintió estúpida, había sido tan cauta antes de darle su número a César, y su padre no había dudado un segundo para dárselo al ricachón de Félix Saavedra y sin pedirle permiso a ella, ¿para qué?, total ella pintaba muy poco en su propia vida. Ya no se sentía capaz de contarle lo de César.
―¡Hola!, Félix ha llamado hoy preguntando por ti ―la saludó una de sus hermanas.
―Ya lo sé, también me ha llamado al móvil.
―¿Hoy también fuiste al Retiro?, algún día tendrás que contarme qué te da ese parque que vas tanto ―manifestó Isabel.
―Me gusta estar allí, me siento… libre.
Isabel no insistió al ver el rostro compungido de su hermana mayor. Le resultaba evidente que las atenciones del joven Saavedra no la habían emocionado, pero prefirió darle su espacio, ya habría tiempo de hablar con calma, además, ahora no podía desconcentrarse, tenía que preparar los dos últimos exámenes del cuatrimestre.
Isabel estaba cumpliendo con lo que se había prometido. Pasaba los días estudiando, concentrada en su carrera, y apenas le dedicaba recuerdos a Cristina. El lunes por la tarde, Lobo entró en su habitación y se la encontró repasando uno de los temas.
―¿Cómo van los que quedan? ―preguntó desde la entrada de la habitación. Usó un tono serio pero agradable.
―¡Hola papá!, estoy rematando el examen de mañana. Creo que me saldrá bien.
Antonio Lobo sonrió ligeramente.
―Hasta ahora estás obteniendo muy buenos resultados… ojalá Nieves se pareciera más a ti ―"No sé yo si eso te gustaría papá", pensó Isabel― Y se preocupara de aprobar las asignaturas en lugar de salir todos los fines de semana ―masculló.
―Nieves es así, le cuesta ponerse a estudiar, pero seguro que terminará la carrera.
―Sí, cuando yo ya esté jubilado ―se lamentó. Isabel apenas pudo contener una risa―. En cambio tú terminarás la tuya antes del verano.
La miró con orgullo de padre, Isabel podía leerlo en sus ojos oscuros y sintió un profundo afecto por él.
―Esa es mi intención papá.
―Lo sé, y después de eso harás más cosas… Isabel, podrás llegar donde te propongas, y yo estaré ahí para verlo.
Si no fuera porque su padre jamás mostraba sus sentimientos mediante gestos, habría jurado que se había emocionado un poco. Ella sí se emocionó. Sintió un nudo en la garganta y no pudo evitar sonreír como una niña tonta.
―Gracias… ―Es lo único que logró decir. Lobo ni siquiera se acercó a darle un beso o un abrazo, pero él era así. Inclinó un poco la cabeza y abandonó la habitación.
De pronto una feliz calidez invadió su cuerpo. Estaba segura del amor de su padre. La quería mucho y se sentía orgulloso de ella por sus buenos resultados académicos. ¿Y si después de todo se había pasado la vida temiendo algo que no iba a pasar?, ¿y si su padre no la rechazaba por ser como era? Se sintió dichosa y la idea de hablar con Lobo sobre lo que sentía hacia las mujeres cobró fuerza en su interior. Necesitaba liberarse de su pequeño secreto, ser ella misma con sus seres queridos. Sus hermanas no le preocupaban mucho, y su padre… ahora tampoco. Decidida a ello en cuanto terminara el último examen, retomó el estudio.
El viernes al mediodía, Isabel llegó a casa para comer con una amplia sonrisa. Esa misma mañana había hecho el último examen y le había salido muy bien, estaba ansiosa por contárselo a su padre y no tardaría en hacerlo, pues Lidia le había confirmado que Lobo comería con ellas ese día.
―Qué contenta te veo Isabel ―afirmó Rosa.
―Sí, se acabaron los exámanes, tengo que celebrarlo ―replicó.
―Pues Nieves no está tan animada ―se burló. Nieves le hizo una mueca. Como siempre, apenas había aprobado la mitad de las asignaturas del cuatrimestre.
Al cabo de quince minutos, Lobo y Almudena aparecieron por la puerta del comedor.
―Lidia, sirve la comida. Voy a lavarme las manos y la cara ―anunció con una mueca de repulsión.
―¿Qué le pasa a papá?, parece molesto ―preguntó Isabel preocupada.
―Lo está ―admitió Almudena―, venimos de pasar toda la mañana en el barrio de Chueca, porque estamos rehabilitando un viejo edificio allí.
―¿Y? ―cuestionó Nieves con despreocupación. Isabel se había quedado paralizada nada más escuchar la palabra "Chueca".
―¿Chueca no es el barrio gay de Madrid? ―dijo Rosa sin pudor alguno. Isabel la miró con ojos como platos.
―Eso ya lo sabía ―aseguró Nieves fastidiada―, pero ¿qué tiene que ver eso con que papá esté tan molesto?
―Tiene mucho que ver Nieves ―sonó la atronadora voz de Lobo desde la puerta―, porque durante toda la santa mañana he tenido que aguantar la visión de innumerables parejas de maricones y tortilleras cogiditos de la mano ―Isabel se hacía más y más pequeña en su silla―, algunos además se besaban en la boca en plena calle, joder. Qué imagen más repugnante, y a la vista de todo el mundo, incluso de los niños.
―Papá, ya te hemos entendido, vamos a comer que se enfriará ―Almudena no estaba demasiado interesada en el tema y prefería que su padre no se ofuscase, todavía tenía que trabajar con él por la tarde.
―Y por si fuera poco, el dueño del edificio, a quien he tenido hoy el gusto de conocer, es otro maricón, ¡si hasta me ha querido saludar con besos el muy…! ―clamó al tiempo que tomaba asiento a la mesa.
―Porque así es como saludan, ¿qué tiene de malo? ―preguntó Rosa con naturalidad.
―Eres muy joven todavía, no entiendes toda la mierda que llevan consigo esas gentes.
El viejo prejuicio de que la homosexualidad lleva implícita la promiscuidad y un comportamiento irresponsable en el sexo. Isabel se derrumbaba poco a poco por dentro, sin que nadie de aquella mesa lo percibiera, salvo Rosa, que le dedicó a su hermana algunas miradas discretas que ni siquiera ella apreció.
―Pues yo no entiendo a las lesbianas ―dijo de repente Nieves. Todos la miraron―, a los gays aún, pero a ellas no porque… los hombres son tan… tan varoniles, tan fuertes, tan atractivos… ¿cómo puede una mujer no fijarse en los hombres?, no me cabe en la cabeza.
―La mujer es para el hombre y el hombre para la mujer, así debe ser. En fin, siempre hay degenerados en el mundo. Comamos ―ordenó Lobo con autoridad.
Isabel no abrió la boca en toda la comida. De hecho, apenas levantaba la vista del plato. Un intenso remolino de emociones se agolpaba en su interior y no la dejaba tragar la sopa.
"¿Cómo pude ser tan ingenua? ―se lamentaba con pesar―, ¿cómo pude pensar que mi padre me aceptaría como soy?"
Almudena no se había pronunciado al respecto, y Rosa la había sorprendido gratamente con una actitud de lo más tolerante, pero Nieves no lo podía entender y su padre… él directamente lo condenaba sin piedad. ¿Es que nunca podría sincerarse con su propia familia?, ¿nunca podría enamorarse de una mujer y presentarla como su pareja?
Afortunadamente, no tenía nada que hacer por la tarde, así que pudo encerrarse en su habitación. Rosa quiso preguntarle qué le pasaba al ver que había pasado de la alegría al desánimo en cuestión de un rato, pero Isabel se excusó con que estaba cansada y necesitaba dormir un poco.
No durmió, tampoco descansó. Sólo lloró amargamente sobre la cama todo lo que se había contenido a la mesa, pero tratando de hacerlo en silencio, para que nadie la escuchase desde el pasillo. Se sentía tan desdichada, tan dolida, tan infeliz… Estaba harta de fingir, y cuando por fin había reunido valor para hablar con él, había descubierto que jamás la aceptaría. ¿Qué iba a ser de su vida?, ¿renunciaría a tener una pareja para no sentir el doloroso rechazo de su padre?, ¿o intentaría ser una hija normal para él?
Isabel siempre había sido arrojada e impetuosa, pero contando con el apoyo y respaldo de su padre. Siempre lo había tenido de su parte, y eso le había dado mucha fuerza. Además lo quería, era su padre, aunque fuese incapaz de aceptar una parte de ella. ¿Cómo podría vivir sin su respeto y su apoyo? Toda su vida se tambaleaba.
De pronto sus ojos empañados de lágrimas dieron con la papelera de su escritorio. La imagen de Cristina en la fiesta cruzó su mente y un impulso irracional la hizo incorporarse y meter la mano entre los papeles rotos y arrugados, buscando algo con desesperación. Tuvo suerte, y sus dedos dieron con la pequeña tarjeta que la morena le había dado una semana atrás.
La miró y su llanto aumentó. Cristina no merecía la pena, pero tampoco podría estar con ninguna otra mujer si quería seguir siendo una Lobo y encargarse algún día de las tierras de su familia, que era su mayor sueño desde niña. Ojalá pudiera ser como Nieves y encontrar atractivos a los hombres. A veces había que probar las cosas para saber si te gustaban. Quizá si lo probaba le llegaría a gustar. A lo mejor era culpa suya el ser diferente, por haberse empeñado en no probar lo que a tantas mujeres heterosexuales les volvía locas. Y seguro que en el local donde trabajaba Cristina, habría decenas de hombres deseosos de dárselo a probar, especialmente si no les cobrabra por ello.
Cenó antes que sus hermanas, sola, en la cocina. Se duchó y se puso unos vaqueros y el jersey más ceñido que tenía. Dudó con el peinado, y al final optó por llevar sus cabellos castaños sueltos, salvo por unas pocas hebras que se recogió hacia atrás. Buscó a Lidia y le anunció que salía. Su tata se extrañó, porque casi nunca salía por las noches y si lo hacía era con sus hermanas.
―¿Aviso a Aníbal para que te acerque?
―No tata, iré en mi coche. Creo que no volveré muy tarde.
Poseída por un impulso desconocido le dio al contacto del vehículo y abandonó la villa familiar para dirigirse al centro de Madrid, en concreto, a la dirección que figuraba en la tarjeta de Cristina.
Cuando tuvo localizado el local, buscó un parking nocturno por la zona y dejó el coche. Llegó hasta la puerta del local, cerca del paseo de la Castellana, echó un vistazo rápido a la tarjeta y alzó la vista para leer el mismo nombre en el cartel luminoso: "Domus Florum". Antes de salir de casa había buscado su significado, pues ya no recordaba el latín que aprendió en el colegio. "La Casa de las Flores" le pareció un nombre demasiado inocente para un prostíbulo, pero poco le importaba lo que pusiera en aquel rótulo.
Cuando intentó entrar, un hombre de elevada estatura y espaldas anchas la detuvo con cortesía, y le pidió que abonase el importe de la entrada. Fue la primera sorpresa, se pagaba ya sólo por entrar allí, y no poco, el tipo le exigió cincuenta euros. En cuanto pudo adentrarse en aquel lugar, supo porqué había pagado para hacerlo. Había poca luz y la música inundaba el ambiente, como en cualquier local de fiesta nocturna, pero la decoración y el mobiliario eran otro cantar. Se respiraba elegancia y clase en cada rincón. Incluso los clientes iban en su mayoría trajeados. Hacia un extremo de la sala había un pequeño escenario con varias barras metálicas, donde una chica rubia de cuerpo espectacular demostraba su agilidad y sensualidad mientras se quitaba la ropa al ritmo de la incitante melodía.
Isabel ocupó una pequeña mesa y al momento apareció una chica ligera de ropa preguntándole qué le apetecía beber. Estaba claro que allí poco importaba si el cliente era hombre o mujer, mientras pagase la entrada y las consumiciones. Pidió un combinado de vodka que se bebió con rapidez mientras sus ojos se paseaban sobre la hermosa rubia y el resto de las mesas. Había hombres acompañados por chicas que vestían tan elegantemente como ellos, y otros que sólo bebían, contemplando a la bailarina. Los había en grupo y otros que estaban solos.
"¿Tú también bailas desnuda? ―se preguntó internamente sobre Cristina― A lo mejor no estás aquí hoy…"
Después de la primera copa llegaron una segunda y una tercera, no eran baratas, pero Isabel necesitaba algo que le diese valor, aunque fuese artificial. Cuando notó que dos hombres que estaban sentados juntos la miraban, les sonrió y éstos se acercaron a ella.
Cristina entró en la sala desde la zona de la barra, saludó a la camarera y se sentó en uno de los taburetes. Lucía un vestido negro de corte sexy, medias oscuras y zapatos de tacón alto. Sacó un cigarrillo de su pequeño bolso y se lo llevó a la boca. Expulsó el humo con gesto seductor y empezó a lanzar tentadoras miradas a los hombres que no estaban acompañados por chicas, con la esperanza de que alguno de ellos la desease lo suficiente como para requerir sus servicios. Sin Lobo, no podía dormirse en los laureles.
Su mirada felina recorrió toda la sala y cuando llegó a las últimas mesas del fondo casi pegó un respingo en su asiento. O se había emborrachado con el refresco bitter que le había servido la camarera, o era cierto que la hija de Lobo estaba allí mismo, acompañada por dos tipos a los que sonreía con torpeza. ¿Había ido hasta allí para buscarla? Sintió el impulso de acercarse a ella, pero se contuvo, al fin y al cabo, nadie le había dicho que la buscasen.
"Seguro que te da vergüenza preguntar por mí, pero ¿para qué ibas a venir si no?, reflexionó Cristina― Veamos lo que haces… ―se dijo a sí misma divertida."
Un hombre ocupó el asiento vacío junto a ella y la invitó a una copa y no tardó mucho en empezar a coquetear con intención de contratarla para subir a los reservados del segundo piso. Cristina seguía su patético juego de seducción, pero sin perder de vista a Isabel.
―¿Tengo pinta de trabajar aquí? ―preguntó Isabel ya muy borracha, pues los tipos la habían invitado a varias copas más.
―Tienes pinta de buscar compañía. ―Isabel miró al hombre y le sonrió un poco aturdida..
―Sí… ¿por qué no?, esto es lo que… debería desear ¿no? ―murmuraba― Nieves estaría… encantada con dos tíos para ella sola.
―Está totalmente borracha y parece que tiene ganas, ¿por qué no nos vamos con ella a un hotel? ―susurró uno de los hombres.
―Buena idea, esta noche el polvo nos sale gratis ―replicó su amigo triunfante.
Lejos de allí, Antonio Lobo se paseaba un poco ansioso por su biblioteca. Lidia le había contado que Isabel había salido sola sin dar muchas explicaciones, y ya eran las dos de la mañana y todavía no sabían nada de ella. Extrañado por este comportamiento, Lobo mandó a Aníbal a buscarla. El pobre muchacho se desesperaba más a cada minuto que pasaba, pues Isabel no contestaba a sus llamadas y no conseguía localizarla por las calles de Madrid ni en los locales donde solía llevar a las tres hermanas.
―Joder Isabel ¿dónde estás?... no vuelvo a la villa hasta que te encuentre ―prometió.
―¿Te vienes con nosotros preciosa? ―sugirió uno de los tipos. Ella asintió y se puso en pie con dificultad. El otro tipo la cogió de la cintura para mantenerla erguida y aprovechó la situación para palparle un pecho. Isabel se sintió mareada y asqueada por igual.
―Venga, que nos vamos a divertir mucho los tres ―animaba el otro tocándole los labios con poca delicadeza.
―Espera… no… ―Y entonces comprendió que no era eso lo que quería hacer ni en aquel momento ni nunca. No deseaba que ningún hombre le pusiera las manos encima, que la besara, y que la… aquella imagen la hizo revolverse contra ellos, pero su estado de embriaguez le había robado las fuerzas. Había jugado con fuego y se iba a quemar, ¿es que aquel maldito viernes iba a ser el peor de su vida?, ¿nadie la iba a ayudar? Pensó en sus hermanas, en Aníbal, incluso en su padre… pero la realidad era que estaba sola y aquellos hombres la arrastraban fuera del local sin piedad. Nunca debió ir allí, lo iba a lamentar por el resto de su vida.
―Discúlpame, esta noche no puedo, pero… si vienes mañana, te haré un precio especial… ―Le acarició juguetona la barbilla poblada de barba con el dedo índice― ¿Quieres?
―Claro que sí guapa. ―Al hombre le faltó tiempo para aceptar su propuesta.
Cristina lo besó en la mejilla y se alejó de la barra. Sabía que no tardaría ni cinco minutos en pretendar a otra de las chicas que allí trabajaban, pero confiaba en que al día siguiente la buscaría, y con un poco de suerte, la buscaría muchos días más. Acababa de arriesgarse a perder un buen cliente por una niñata reprimida que había decidido hacer el idiota precisamente en su lugar de trabajo. ¿Por qué?, simplemente, no le gustaba lo que veía y en medio de aquella atmósfera de luces parpadeantes, música, alcohol y erotismo, sólo ella parecía darse cuenta de lo que sucedía con la joven Lobo. Se compadeció de ella y no pudo mirar a otro lado.
―¡Aquí estabas!, ya podía yo buscarte ―Tanto Isabel como sus acompañantes le prestaron atención a la mujer que acababa de interrumpirlos―. Perdonad chicos, es amiga mía y tiene muy mal beber, espero que no os haya incordiado mucho.
Isabel hizo un esfuerzo por enfocar su mirada, y reconoció en seguida a la mujer que aseguraba ser su amiga.
―¿Amiga tuya? ―preguntó uno con el ceño fruncido. Cristina supo que desconfiaba de sus palabras y cambió de argumentos de inmediato. Lo último que le convenía era organizar una trifulca en el local de Rosario y que no la dejase trabajar allí nunca más.
―Bueno, en realidad ―Se acercó un poco más a ellos, como buscando intimidad para desvelar algún secreto―, es mi clienta… pero le da vergüenza que se sepa.
―Joder, ¿bollera? ―Cristina se encogió de hombros con una sonrisa―, pues parecía con ganas de probar otra cosa.
―Quizá otra noche que no se haya citado conmigo ―Les guiñó un ojo sin dejar de sonreír. Después se acercó a Isabel y la cogió de un brazo para tirar de ella y alejarla de los hombres. Los dos tipos empezaron a refunfuñar y Cristina remató la jugada para no dejar cabos sueltos―. Pero aquí hay muchas chicas guapas esperando atención, no os iréis a quedar ahí parados ¿verdad?
―Suerte que he traído dinero en abundancia, podemos conseguirnos otra compañía para esta noche. ―Su amigo estuvo de acuerdo y se acercaron a dos chicas que estaban libres.
Cristina los oyó reírse unos segundos, pero a los pocos pasos, la música se convirtió en el único sonido que la rodeaba. Caminaba tan rápido como la ebria Lobo se lo permitía.
Isabel se dejaba llevar, todavía estupefacta por el último giro de los acontecimientos. Cuando llegaron hasta el acceso a la escalera que llevaba al segundo piso, Cristina le hizo un gesto a Inés, que sentada en la barra, descansaba entre dos de sus actuaciones. Su amiga no tardó en acercarse.
―¿A dónde vas con esa chica?
―Arriba, ha bebido más de la cuenta y necesita despejarse. Por favor, si Lola pregunta por mí, dile que estoy con un cliente ¿vale?
―Pero ¿quién es?
―Una conocida… ―No tenía tiempo ni ganas para más explicaciones― ¿Le dirás eso a Lola si te pregunta por mí?
―Tranquila, se lo diré. Pero procura que no te vea bajando con ella, salid después por la puerta de atrás.
―Gracias Inés, te debo una.
CONTINUARÁ…
