Capítulo II

—¿Qué? —inquirieron los tres al unísono.

Claire se cruzó de brazos, mosqueada; agachó la cabeza, ocultándose entre sus cabellos, con la única intención de no tener que verlos, porque estaba segura de que, si los veía, sus ganas de marcharse de allí con la cabeza bien alta podrían con su Pepito Grillo interior, y mandaría al Infierno las palabras que le había dicho al señor Blanc, y con ellas su "promesa" de que iría a pedir un puesto en el Club de Fútbol. Suficiente era que sentía que iba a pedirles entrar en el equipo con el rabo entre las piernas —Cosa que JAMÁS había hecho y que JAMÁS volvería a hacer— como para tener que repetirlo dos veces.

—Lo que habéis escuchado. Ni que fuera tan raro.

—Después de tu actitud durante las clases no te esperes menos —replicó Alan.

Ella alzó la cabeza, frunciendo el ceño y clavándose las uñas en los codos.

—Perdóname por tener una actitud diferente al resto, no todos hemos tenido una vida de color de rosa como para ir cantándole al mundo lo felices que somos, o de alegrarnos porque las flores salgan en cada mañana, ¿lo sabías? Cada uno tiene su personalidad por un motivo o por otro, te guste o no, majito. No todos vamos a complacerte con nuestra forma de ser. Y si no te agrado, entonces no me mires, no me dirijas la palabra, y evitaremos otra discusión estúpida, ¿está claro?

El peli-púrpura se adelantó un paso, dispuesto a seguir discutiendo con la muchacha, pero la mano del más alto le impidió avanzar. Alan le dirigió una mirada que mezclaba el desconcierto y el «O me sueltas o te salto a la yugular», mas el castaño se mantuvo firme.

—Basta —cortó, con tono duro—. Dejar de pelear por tonterías.

Ambos jóvenes se sostuvieron la mirada durante un par de minutos en completo silencio, matándose mental y mutuamente, mientras que los otros dos muchachos sólo los miraban, sin saber qué decir o hacer. Finalmente Alan retrocedió un paso y se dio media vuelta, dándole la espalda y metiéndose las manos en los bolsillos, maldiciendo por lo bajo. La mirada ambarina de la chiquilla no reflejaba otra cosa que victoria, y su pequeña sonrisa lo confirmaba.

El peli-plata se acercó un par de pasos hacia Claire.

—Si no hay más discusiones ni problemas, puedes hacer la prueba para entrar —dijo con tranquilidad, pero a la vez con un ligero tono de advertencia, haciendo saber así que no iba a aceptar ninguna pelea más y que hablaba totalmente en serio.

—¡¿Qué? —inquirió el peli-morado, girándose bruscamente de nuevo, con los ojos como platos.

Con eso la sonrisa victoriosa pasó también a tener un deje burlesco.

—¡¿Vais a dejar entrar a esa…?

—Cálmate, Alan —cortó en seco de nuevo el castaño—. David no ha dicho nada de dejarla entrar, primero tiene que hacer la prueba, como todos. Además sabes perfectamente que estamos buscando a un nuevo jugador en el equipo, antes de que nos cierren el Club de Fútbol por estar incompleto.

Alan abrió la boca para replicar, pero en seguida la volvió a cerrar; no encontraba palabras con las que replicar a ese argumento. El muchacho estaba en lo cierto: Desde que el ex-capitán se trasladó de instituto y de equipo, el director de la Royal les había dado el aviso de que o conseguían al jugador que faltaba, o cerrarían el Club por falta de gente. Miró de nuevo a la peli-azul, que había vuelto a poner esa expresión de seriedad y frialdad; no le gustaba la posibilidad de que aquella chica entrase al equipo, pero no podían hacer otra cosa…

«O quizá sí —pensó—. Se lo pondré difícil. No pienso jugar codo con codo con esa niñata.»

. . . . . .

—¿Estás segura de que no quieres cambiarte? —preguntó el peli-plateado a su lado, enarcando las cejas—. ¿Ni si quiera cambiarte los zapatos por unas zapatillas? Te podemos dejar algo…

—Que no —replicó la peli-azul con tono cortante, dedicándole una mirada asesina—. Ne commence pas! Por más que preguntes, no voy a cambiar de opinión. Puedo correr, esquivar y chutar el maldito balón con el uniforme, y eso incluye la falda y los zapatos, ¿vale? Además, llevo medias, nadie va a ver nada que no deba ver, aunque lo intente.

—¡Eh! —protestó uno de los muchachos del equipo, de cabello rosado pálido algo largo y liso—. ¿Te crees que somos unos pervertidos o qué?

La muchacha guardó el balón bajo su pie, mientras se encogía de hombros.

—Quién sabe. No os conozco, no puedo juzgar tampoco. Hay de todo por el mundo, así que…

Con eso, el resto del equipo que no había conocido a Claire hasta entonces, comprendió a la perfección el rencor que Alan le guardaba, aunque la hubiese conocido ese mismo día. Y no, tampoco se les antojaba buena la posibilidad de tener que jugar con ella codo con codo en el equipo. Los únicos que parecían querer darle una oportunidad —Eso sí, con muchísima paciencia, sacada de Dios sabe qué inagotable fuente de la misma— eran el portero del equipo y David, sólo porque necesitaban urgentemente a un onceavo jugador.

Aunque ninguno de ellos pensaba que la chica pudiera dar la talla para entrar.

Y por supuesto, ella ya se lo había imaginado. No era la primera vez que la infravaloraban, y no sería la última, de eso estaba segura. Había cambiado de opinión: En ese momento sí que quería entrar en el equipo de fútbol, pero sólo para darles a todos en las narices con ello. Tenía el suficiente orgullo propio y la suficiente dignidad como para desaprovechar aquella oportunidad de hacerles tragar sus ¿pensamientos? Además, odiaba que por su apariencia pensasen que era menos de lo que en realidad era.

—Bien —interrumpió David, atrasándose varios pasos—, cuando quieras, puedes empezar.

Claire se volvió hacia el campo de fútbol que se abría ante ella.

Habían acordado que para acabar con la prueba tendría que llegar a la línea de portería y lanzar, hubiese marcado o no, tomase el tiempo que tomase; después ya discutirían ellos la posibilidad de que entrase en el equipo, por supuesto. A su parecer no iba a ser cosa difícil, pues apenas tenía que superar a ocho jugadores y portero; además, con la falta de un delantero y del centrocampista medio, la distribución estaba algo pobre, había demasiados huecos que poder aprovechar hasta llegar a los defensas. Y para ponérselo más fácil —Otra muestra clara de que no la veían capaz de jugar a fútbol con eficacia—, habían acordado que cada vez que superase a un jugador, este estaría "eliminado", es decir, no podría volver a interferir en la prueba. Ella no dijo nada respecto a eso, se lo calló para poder comenzar de una vez.

«Bueno —pensó, con una imperceptible sonrisa surcando sus labios—, pues veamos qué tal juegan.»

Le dio un empujoncito al balón, bajando el pie al suelo de nuevo. Avanzó a paso lento, llevando el balón consigo sin dificultad alguna, y con los ojos cerrados, mostrando una gran seguridad en sí misma. No hace falta decir que esa actitud y esa lentitud a la hora de guiar el balón empezaron a desesperar y a molestar a todos —Esta vez sí que todos por completo.

—Esto ya es el colmo —masculló uno de los delanteros, antes de lanzarse al ataque.

Era alto, de tez morena, con el cabello castaño oscuro hasta los hombros, peinado en algo parecido a rastas, y de ojos negros; su mirada era seria. Echó a correr en dirección a la peli-azul, exasperado por su actitud en la prueba, totalmente confiado de que podría quitarle el balón con facilidad.

Apenas le quedaban unos pocos pasos para llegar hasta ella cuando Claire alzó de golpe la cabeza, mostrando su distante mirada ambarina. Eso sobresaltó ligeramente al delantero, pero no le impidió seguir con lo que tenía planeado. Realizó una segada bastante rápida y que daba por hecho que resultaría efectiva. La peli-azul, con simpleza y rapidez a la vez que elegancia, se hizo a la izquierda apenas un paso, lo justo para que, cuando diese una vuelta sobre sí misma con el balón, el muchacho ni la rozase.

Ni falta hace decir que eso los sorprendió a todos.

El delantero, una vez dejó de derrapar por el suelo, se giró para verla con el ceño fruncido y la mandíbula apretada. Ella le devolvió la mirada por encima del hombro, enarcando una ceja y mostrando una sonrisa torcida, llena de burla y suficiencia, satisfecha consigo misma.

—¿Por fin os arrepentís de haberme subestimado o no os basta con esto?

No esperó respuesta alguna: Echó a correr en dirección a la portería, a gran velocidad; apenas parecía tocar el suelo. Los centrocampistas intentaron cortarle el paso, y consiguieron frenarla, dificultándole la tarea de mantener el balón en su posesión usando las mismas pocas intenciones de darlo todo de sí misma como hasta entonces. Pero, como ya se había dado cuenta al empezar su prueba, había muchos huecos aprovechables para colarse por ellos y evitarse perder más tiempo.

Llegados a este punto, el equipo ya se había dado cuenta de que la muchacha no era moco de pavo.

Llegó a la línea defensiva, donde también tuvo sus pequeños problemas para deshacerse de tres de los cuatro defensas, pero finalmente lo consiguió. Ahora que sólo tenía que librarse de Alan para poder tirar a puerta, frenó su carrera en seco y guardó el esférico bajo su pie, esperando a ver qué haría el defensa.

«No voy a permitir que esta niña entre en el equipo.»

El muchacho corrió hacia ella, realizando una rápida segada.

—¡Barrido Defensivo!

El peli-morado estaba convencido que eso no lo podría superar, puesto que nadie podía hacerlo.

Claire puso los ojos en blanco, pensando que habría esperado algo mejor por su parte para echar abajo su prueba después de todo… quizá tenía las expectativas demasiado altas. Guardó el balón entre ambos tobillos y saltó, encogiendo las piernas como si fuese un ovillo, pasando por encima de un muy frustrado peli-morado. Aterrizó elegantemente, soltando el balón y dejándolo botar a sus pies.

—Después de todo el cabreo que llevabas conmigo, esperaba que fueses capaz de algo más…

Alan apretó puños y mandíbula. Sí, definitivamente aquella odiosa había entrado en su Lista Negra.

La muchacha miró al portero, que ya estaba preparado para parar el tiro. El castaño no sabía ya qué esperar de ella ya: ¿Tendría alguna súper-técnica? ¿O sería un tiro normal? ¿O acaso haría cualquier cosa extraña que lo confundiese y le hiciese fallar? Después de las habilidades que había demostrado, ni si quiera le extrañaría que de repente le saliesen alas de demonio y quemase la portería entera —Sobre todo siendo que nadie esperaba que supiese manejar tan bien el balón.

—¿Influye mucho si entra o no?

—¿Qué? —El castaño parpadeó repetidas veces. ¿Qué clase de pregunta era esa? La peli-azul le repitió la pregunta de nuevo, muy molesta—. Pues… sí. Lógicamente sí. ¿Es que esperas no marcar?

—Es que no me apetece marcar —respondió, remarcando el verbo, como si fuese muy obvio.

Eso dejó algo descolocado al portero, ¿qué significaba eso…?

Claire le dio un pequeño toque al balón para alzarlo, y seguidamente le asestó una fuerte patada con la derecha. Iba directa hacia el castaño, así que no tuvo que moverse mucho para pararlo; aún con todo no se esperaba esa fuerza, y casi se le resbala de las manos.

La peli-azul se abrazó los codos y sonrió con los ojos entrecerrados, satisfecha consigo misma.

—Ya me daréis vuestro veredicto mañana —Se giró hacia la salida del campo y caminó hacia ella con tranquilidad, como de costumbre—; tengo que ponerme al día con las clases.

Y así, sin más, desapareció de las vista de los muchachos, dejándolos colgados.

. . . . . . . . . .

A la mañana siguiente, el timbre sonó, dando por finalizada la primera clase del día. Una vez el profesor hubo salido por la puerta, los alumnos se levantaron de sus asientos y se reunieron con sus amigos, armando un pequeño jaleo entre todos, charlando al mismo tiempo. Aunque ningún maestro entró a reprenderles por ello, ya que ocurría lo mismo con todas las clases.

Claire, en total silencio, recogía los materiales y los intercambiaba con los de la siguiente clase.

—Has llegado tarde —comentó el peli-plateado, girándose hacia ella a la par que su compañero de mesa, con intención de entablar alguna pequeña conversación "pacífica"—. Te estábamos esperando.

—Técnicamente si estaba en clases antes que el profesor y de que tocase el timbre, no es llegar tarde —respondió con su tono monótono, sin levantar la vista de lo que estaba haciendo, hasta que terminó. Soltó un pequeño suspiro, colocó las manos entrelazadas encima de su regazo y alzó la cabeza—. ¿Y bien? ¿Tendría que alegrarme o no puedo entrar en el equipo?

—Tendrías que alegrarte —respondió el castaño, con una pequeña sonrisa.

Alan, a su lado, resopló notoriamente molesto, para después irse de malas maneras.

—Discúlpalo, por favor; él…

—No intentes explicar nada —cortó la peli-azul—. Lo que me extraña es que vosotros no tengáis la misma reacción que él al saber que tendréis que jugar codo con codo conmigo.

Ambos amigos compartieron una mirada, sin saber qué responder ante eso. La muchacha tenía razón, ¿para qué engañarse? Lo que les extrañaba era que ella supiera eso y no le pusiese remedio; ¿o es que su intención era ser repelente? Quién sabía. De cualquier modo tampoco le dieron muchas vueltas al asunto.

—Creo que aún no nos hemos presentado —cambió radicalmente de tema el castaño, mientras le tendía la mano—. Mi nombre es Joe King, un placer.

—David Samford —se presentó el peli-plata poco después.

—Claire Beacons —Se cruzó de brazos, dándole un clara indirecta muy directa al portero, que retiró la mano, con palpable molestia a su alrededor—, pero eso ya lo sabíais.

En ese momento sonó el timbre que anunciaba el inicio de la segunda clase del día, ahogando las últimas palabras de la peli-azul. Cada alumno volvió a su puesto como si se tratasen de autómatas, y Alan no iba a ser la excepción. El profesor entró casi volando a clase, y desde el momento en el que dejó sus materiales encima de la mesa, comenzó a impartir clase.

Antes de que se volviesen, David y Joe le dedicaron una mirada al peli-púrpura, diciéndole o recordándole que hiciese algo que la oji-ambarina ignoraba completamente. Él sólo resopló.

—En la siguiente clase tenemos desdoble —informó en un susurro el muchacho sin mirarla (al igual que ella a él), con un tono que no dejaba lugar a réplicas por parte de Claire… o esa era la intención—, y para mi desgracia nos toca juntos…

—Querrás decir para la desgracia mutua —corrigió la peli-azul.

—¡Como sea! La cosa es que al terminar la clase nos toca recreo, y vendrás conmigo.

—Si no me queda más remedio que ir contigo…

El peli-morado no pudo reprimir la mirada de odio que le dirigió.

. . . . . .

—Alan, cuando te pedimos que la guiases hasta el campo de fútbol, no dijimos nada de que vinieseis matándoos con palabras y con la mirada el uno al otro —comentó David, con una sonrisa incómoda ante la escena de la llegada de los dos jóvenes.

Ambos muchachos habían llegado al estadio discutiendo, muy enfadados; él ya había perdido los papeles por el camino —Aunque las pocas palabras que habían tenido que cruzar en el desdoble, dado que les tocaba hacer un trabajo con el compañero, tampoco habían sonado precisamente amables—, mientras que ella, a diferencia de la última vez, se mostraba tan calmada como siempre, respondiendo a sus réplicas con tono frío y cortante, abrazándose los codos.

—Creo que va a empezar a ser rutina —dijo Joe, al lado del peli-plateado.

—¡Es su culpa por ser tan insoportable, tan antipática, tan…!

—Me da igual lo que digas, Master —cortó la joven—. Ya te lo dejé todo bien claro.

Tanto el castaño como el peli-plata ya veían asomar por la esquina la Tercera Guerra Mundial, iniciándose en pleno recreo de la Royal Academy, y decidieron que lo mejor sería intervenir entre ellos dos. Se adelantaron un paso, colocándose cada uno al lado de uno; Joe posó su mano en el hombro del peli-morado, clara señal de que se calmase de una vez.

—En serio, no estamos aquí para veros discutir —dijo David—, ¿vale?

—Ah, sí, eso. —La muchacha se giró hacia el peli-plateado, sin cambiar ni su expresión ni su posición—. Pensé que tendría algo que ver con el equipo de fútbol y por eso vine, pero sólo estáis vosotros, así que, ¿se puede saber para qué me habéis pedido que venga al campo de fútbol?

—Ni que te estuvieran esperan… ¡AY! Joe, te has pasado —protestó el peli-morado, frotándose el hombro donde el portero le había presionado con más fuerza de la necesaria, como aviso para que dejase de hablar, o más bien de intentar chinchar a la peli-azul.

—Tiene que ver con la prueba que hiciste ayer —dijo el castaño.

—Lo hiciste bien, pero no creemos que te esforzases de verdad —explicó David—. Parecías algo tensa.

Una fugaz expresión de sorpresa pasó por el rostro de Claire, pero enseguida la borró; aquello la había pillado desprevenida, creía que había sabido actuar con la suficiente naturalidad como para que no lo notasen, pero al parecer se equivocaba. Desvió la mirada, semi-agachando la cabeza hacia un lado, mientras apretaba las manos alrededor de sus codos. Maldito momento en el que no se le ocurrió pensar alguna excusa que sonase real, como si fuese un plan B. Ahora tenía que dar una explicación que no tenía —O más bien, alguna explicación falsa que no tenía. Tocando ese tema se quedaba en blanco.

Suspiró pesadamente.

—¿Y qué si es así? —Lo volvió a mirar; sus ojos tornaron tan helados como el hielo, mucho más fríos de lo que se habían mostrado con anterioridad—. Aún así he pasado la prueba, ¿no es cierto? Con eso debería bastaros; incluso debería alegraros que demostrase tener ese nivel sin esforzarme tanto como puedo. ¿Alguna cosa más o puedo irme?

Los tres chiquillos se sorprendieron por la reacción de la peli-azul.

—¿Se puede saber a qué viene ahora esa actitud tan… defensiva, y exagerada? —preguntó el peli-plateado—. Sólo era una observación, nada más, ¿de acuerdo? Y te lo habíamos dicho de buenas maneras. No hace falta que nos mates por eso, Claire.

Fue entonces cuando la muchacha se dio cuenta de su reacción fuera de lugar. Quiso que la tierra se abriese y la engullese hasta acabar en la otra punta del planeta; pero, por supuesto, y para su mala fortuna, eso no iba a pasar. Mantuvo una expresión serena en todo momento, aunque por dentro no se encontrase tan tranquila. Sin decir una palabra más, se dio media vuelta y echó a correr a gran velocidad, dejándolos, una vez más, plantados en mitad del campo de fútbol.

Definitivamente tenía que empezar a saber guardar mejor las formas. Nadie la podría descubrir, ¿no es cierto? Entonces su histeria estaba fuera de lugar. Tenía que empezar a relajarse… Aunque, en el fondo, sabía que eso era imposible.

—¿Pero a esta qué le pasa ahora? —preguntó Alan, mosqueado.

—No sé, pero creo que hay algo que la preocupa —respondió Joe—… O algo que oculta, quién sabe. Dudo que sirva de mucho, pero deberíamos intentar hablar con ella sobre eso.

—Ya has visto cómo ha reaccionado y cómo es, no nos va a decir nada —contradijo el peli-morado.

. . . . . . . . . .

Ya hacía poco más de una semana desde lo sucedido. Los muchachos cumplieron con lo que dijeron: Intentaron hablar con ella, pero tal y como dijo Alan, no les sirvió de nada, ella o no les respondía o cortaba la conversación en seco.

Claire, por su parte, desde entonces hacía todo lo posible por evitar verlos más tiempo del necesario, y eso empezaba a cansarla demasiado, pero no se le ocurría otra solución. Después de un par de entrenamientos del equipo de fútbol, el resto de sus compañeros también pudo darse cuenta de que la muchacha estaba tensa; y cada día más, hasta casi perder la gracia con la que se movía en la prueba. También llegaba a clases mucho más apagada y agotada, incluso evitaba las discusiones con Alan que tanto tiempo le habían tomado hasta entonces.

La peli-azul se dio cuenta entonces de que no podría escapar de lo que era.

Y siendo así, sus expectativas de una vida normal quedaban aplastadas hasta convertirse en nada.

. . . . . . . . . .

Abrió los ojos en mitad de la noche, ahogando un grito en su garganta, mientras se incorporaba de golpe sobre su cama. Su respiración era agitada, su frente estaba perlada por el sudor y los cabellos azulados se me pegaban en la nuca, su corazón latía a mil por hora, repiqueteándole con fuerza contra el pecho hasta tener la sensación de que le rompería las costillas en pedacitos.

Miró a su alrededor una vez más, tranquilizándose al reconocer su habitación en la Royal Academy.

Suspiró aliviada por eso, pero el miedo no se le iba del cuerpo. Encogió la pierna derecha, apoyando el codo en la rodilla y la cabeza en la mano, levantándose el flequillo y mojándose la palma derecha del sudor. Cerró los ojos con la intención de tranquilizarse, de pensar racionalmente y de decirse que sólo había sido una pesadilla más, que estaba en Inazuma, que estaba en la Royal Academy, que estaba a salvo.

Pero no lo consiguió.

Al cerrar los ojos, una secuencia de imágenes a gran velocidad rehizo la pesadilla en su mente, alterándola de nuevo. Apretó la mano alrededor de su cabello y cerró los ojos y la mandíbula con fuerza, volviendo a decirse a sí misma que eso había quedado en el pasado. Un pasado que había enterrado para siempre.

Pero no podía engañarse a sí misma, por más que lo intentara. Todo aquello formaría siempre parte de su vida; todo aquello la había hecho como era. Todas aquellas horrorosas y dolorosas emociones la embargaron a la vez, rompiéndola por dentro de nuevo; llevaba varios días así. Pero aquella vez, los sentimientos, los recuerdos, parecieron pegarle con más fuerza, rompiendo todas sus defensas.

Se llevó la mano libre a la parte izquierda del pecho y la cerró con fuerza sobre la camiseta de su pijama.

Sí, exactamente ahí era donde todo se agolpaba y la dañaba.

Abrió los ojos de nuevo, esperando encontrarse más oscuridad, pero cuál fue su sorpresa al ver en mitad de la sombras dos brillos. Uno era amarillo intenso, y tenía forma de un pequeño círculo. El otro era mucho más grande, y de color oscuro, pero aún así podía distinguirse con facilidad en medio de la noche.

—No… No, no, no… —murmuró, sintiendo que los ojos le escocían.

Tensó la columna cual palo de una escoba, mientras estiraba las piernas y el brazo izquierdo, elevando la mano de tal forma que pudiese ver el dorso de la misma. De allí provenía el primer y más pequeño brillo. Bajó la mirada hasta su pecho. De allí provenía el segundo y más oscuro, desde la zona en donde se encontraba su corazón. Las amargas lágrimas saltaron desde sus ojos, mojando las sábanas que la envolvían, mientras sollozaba en silencio.

Había vuelto a caer.

. . . . . . . . . .

Habían pasado dos días desde lo de aquella noche, y Claire no había aparecido por clases. Nadie sabía el motivo, pues no había avisado de que faltaría ni nada, y algunos profesores estaban preocupados —El resto simplemente decían que «Estaría enferma y se habría ido a su casa a mejorarse.» Entre ellos se encontraba la profesora de Lengua y Literatura, así que al final de su última clase de la semana, les pidió a David, Joe y Alan que fueran a su cuarto a ver qué le pasaba.

Era viernes por la tarde, la mayoría de alumnos de la Royal Academy ya se habían marchado a sus casas para pasar el fin de semana con sus familias; el mejor momento para que tres chicos paseasen tranquilamente por los pasillos del Ala Femenina.

—¿Se puede saber por qué vamos a su habitación? —inquirió molesto el peli-morado—. Ya habéis oído a los demás profesores, estará en su casa, enferma. Dios, no sé por qué demonios me he tenido que dejar convencer tan fácilmente… traidores —masculló la última frase por lo bajo, con las manos en la nuca.

—Deja ya de quejarte —dijo Joe, poniendo los ojos en blanco—. La profesora nos ha pedido que comprobemos personalmente lo que le ocurre, y punto. Ya tenemos muy claro que no os podéis ni mirar, pero al menos hazlo para dejarla más tranquila.

—Creo que es aquí —interrumpió David, parándose delante de una de las puertas.

La habitación daba en el rincón final del pasillo. Los tres muchachos se plantaron en frente de la puerta, unos con mejores ánimos que otro. El castaño se aproximó a tocar la puerta, pero antes de que pudiese hacerlo, ésta se abrió de golpe. Claire iba a salir apresuradamente de la habitación, maleta en mano, vestida con su ropa de calle, con la cabeza agachada y las mejillas empapadas por las lágrimas que seguían cayendo de sus ojos. Al ir secándose el rostro con el dorso de la mano izquierda, no se percató de los tres muchachos, y se chocó contra Joe, ahogando una exclamación.

—¿Pero qué rayos…?

Alzó la cabeza, malhumorada, para encontrarse con sus tres compañeros, que la miraban con una mezcla de sorpresa, curiosidad y preocupación. Abrió los ojos como platos; la respiración se le agitó. Su primer acto reflejo fue esconder la mano izquierda tras su espalda, y el siguiente volver a meterse en su habitación a toda velocidad, cerrándoles la puerta casi literalmente en las narices.

—¿Pero qué demonios hacen estos aquí ahora? —se preguntó a sí misma.

Los tres amigos se miraron entre sí un momento, sin saber qué decir del todo. Resultaba bastante chocante encontrar a la chiquilla que creías que carecía de sentimientos, que era totalmente fría, llorando; además, parecía muy afectada por "algo". Incluso a Alan le dio pena verla en ese estado, tan alterada.

Joe llamó varias veces a la puerta con los nudillos.

—¡Claire! ¿Qué te pasa? ¡Claire! ¡Abre la puerta!

—¡Marchaos! ¡A vosotros os da igual! ¡Dejadme en paz! —replicó, intentando que la voz no le temblase.

—Nos marcharemos cuando nos digas qué es lo que te ocurre —negoció David. Volvieron a recibir la misma invitación de marcharse por donde habían venido, sólo que de forma más brusca y directa—. ¡Llevas dos días sin aparecer por clases, y cuando te vemos estás llorando y lista para irte! ¿Ha ocurrido algo? ¿Algo con tu familia, con algún amigo? ¿Te ha pasado algo?

A estas preguntas, la muchacha no contestó. Dejó caer la maleta a un lado, chocando sonoramente contra el suelo, mientras se dejaba resbalar por la puerta, hasta quedar sentada con las piernas encogidas, ocultando el rostro entre sus rodillas. Sin querer las lágrimas volvieron a agolparse en sus ojos, cayendo en cascadas que mancharon sus shorts grisáceos vaqueros. Aunque su intención era no sollozar, los tres jóvenes pudieron escucharla, aunque con bastante dificultad.

—Vosotros jamás lo comprenderíais —dijo al fin, con voz firme.

Volvieron a mirarse entre ellos, compartiendo una mirada de preocupación.

—Eso no lo sabes si no lo intentas —repuso Joe. Hizo una pausa, en espera de una respuesta que nunca llegó—. Abre la puerta, Claire, por favor.

Siguieron sin recibir respuesta alguna, pero de cualquier modo estuvieron esperándola. Escucharon algo moverse en el interior de la habitación —La muchacha se levantó y apartó de una patada la maleta, que ahora estaba en medio, molestándola—, hasta que la puerta se abrió, esta vez más despacio. La peli-azul apoyaba el brazo derecho en el marco de la puerta, a la altura de la frente, y apoyó en él la cabeza, ocultando así la mitad de su rostro; la otra mano seguía apoyada en el manillar de la puerta a medio abrir, lista por si le apetecía darles en las narices con ella. Mantenía los ojos cerrados, y en su cara sólo quedaba el rastro de las viejas lágrimas que habían caído por él, apenas visible.

—Sé lo que digo —habló con voz ronca—, vosotros ni en un millón de años seríais capaces de entenderlo. Así que, ¿qué hacéis vosotros aq…?

—No nos cambies de tema —interrumpió David con seriedad—. ¿Qué te ha pasado?

—Ya os lo he dicho —repuso, cerrando las manos en forma de puños y frunciendo el ceño. Separó el rostro del marco de la puerta, pero mantuvo apoyada la frente en su antebrazo—. Vosotros no lo entenderíais. Personne ne peut*

Dejó el final de la oración en el aire, interrumpiéndose a sí misma.

Sólo bastó con esas pocas palabras para darse cuenta —Otra vez— de que estaba totalmente sola en el mundo, en cualquiera de los sentidos. Algo que la aterraba desde siempre, darse cuenta de que no tenía a nadie en aquellos duros momentos. El dolor se reavivó en su interior, una fuerza punzante se apoderó de su pecho, desgarrándolo internamente, haciendo que su corazón llorase por el daño recibido. Abrió los ojos como platos mientras la respiración se le cortaba durante varios segundos. De la parte izquierda superior de su pecho salió una brillante y a la vez oscura luz.

Al darse cuenta de eso, se escondió de nuevo en su habitación, empujando la puerta para cerrarla; sin embargo Joe fue más rápido, a pesar de lo asombrado que estaba por lo sucedido, e impidió que la puerta se cerrase. Los tres chicos, alucinados por lo que acababan de ver, se metieron como balas en el dormitorio.

Pero no se acercaron a donde estaba la joven.

Se quedaron en la entrada, sin saber qué hacer, viendo cómo Claire se dejaba caer de nuevo al suelo, encogiéndose y agarrando con fuerza la ropa que tapaba su pecho, arrugándola en el acto. Mantenía los ojos fuertemente cerrados, y respiraba entrecortadamente —Al menos cuando cogía bocanadas de aire, porque le costaba mucho ese simple acto. Apretaba los dientes para que no se le escapase ningún grito de su boca.

Por dentro, la peli-azul se estaba rompiendo en millones de pedazos. Su superficial máscara de frialdad ya no existía, y el «escudo» con el que había conseguido envolver su corazón para protegerlo se había desvanecido. Una vez más estaba sin protección… sin embargo no quería que eso volviese a ocurrir. Y menos allí y en ese instante.

El trío no sabía qué cuernos hacer. Por una parte estaban asustados, no entendían lo que le ocurría a la peli-azul, no sabían cómo actuar. Sólo sabían mirar. Observaron cómo la luz negra se iba haciendo más brillante y notoria, al mismo tiempo que su expresión se tornaba cada vez más de dolor. Con el aumento del brillo, en el dorso de su mano izquierda se formó un tatuaje: Se trataba de un círculo de un vistoso color amarillo, rodeado por dos extrañas líneas curvas, dando la impresión de que se trataba de una prisión; el círculo también desprendía una luz, pero amarillenta.

«No quiero —pensó la muchacha—. No puedo. No debo. No la dejaré. No quiero que salga. No puedo controlarla. No debo dejarme vencer. No dejaré que Lynn aparezca.»

En su interior se libraba una lucha que parecía eterna, una lucha que acabaría con ella por dentro si no finalizaba ya. Los músculos se le contrajeron, su cuerpo temblaba ligeramente. Estaba asustada, cosa que no se podía permitir, porque eso sería como una invitación a que acabasen con sus fuerzas, a que acabasen con Claire. Y se había prometido que eso se quedaría en el pasado.

Después de varios minutos, la muchacha cayó como un peso muerto, inconsciente.

. . . . . . . . . .

Una luz blanquecina proveniente del techo iluminó la silla, colocada al fondo de la gran sala, a un nivel superior imposible de acceder desde su posición, ofreciendo por fin un punto luminoso en medio de tanta oscuridad. En aquellos instantes era lo único que se podía ver con facilidad: Una gran silla de largo respaldo que más se asemejaba a un trono, con reposabrazos; era negro, con las piezas de madera que se visualizaban pintadas de color oro viejo. Y, por supuesto, al hombre que en él se sentaba, vestido con un elegante traje negro. No podría superar los treinta años de edad; era de piel blanquecina como la nieve, con el cabello largo rubio hasta la mitad de la espalda, recogido en una coleta baja que le caía por el hombro derecho. Sus ojos, negros como la noche misma, mostraban una gran frialdad y se ocultaban entre la sombra que creaban sus mechones de cabello contra la luz blanca, y sus labios permanecían curvados en una sonrisa torcida, que ocultaba unas intenciones para nada buenas.

—¿Para qué me ha llamado, Maître*? —preguntó con tono de respeto la muchacha.

Estaba extrañada. No entendía a qué venía ese «buen humor» en su superior. Desde que la capitana había partido de sus instalaciones huyendo, el hombre estaba que echaba chispas. No permitía ningún fallo en sus órdenes, ni si quiera el más mínimo. Se mostraba descontento con todo, y se irritaba con mucha más facilidad que de costumbre. En cambio, ahora parecía ser el mismo de siempre, con esa sonrisa lobuna característica en él, y esa elegancia y superioridad en todos los aspectos posibles.

Buenas noticias, supuso.

—Lynn ha vuelto a despertar —habló con tono firme.

La muchacha dio un pequeño respingo en su sitio, mientras su expresión tornaba a sorpresa. ¿Buenas noticias? Eso se quedaba corto: Eran más que buenas. Al fin… Sabía que, por muy fuerte que pretendiese ser, Lynn conseguiría dominarla. Sólo era cuestión de esperar. Y la espera había merecido la pena.

Sus labios se contagiaron de la sonrisa torcida de su Maestro, a la par que fruncía ligeramente el ceño.

—Entonces eso significa que volverá con nosotros, ¿no es así?

—Desgraciadamente no —negó, haciendo que la sonrisa de la joven se borrase de golpe; ya no entendía a qué venía la «felicidad» de su superior—. Es lista, incluso más de lo que pensábamos. Consiguió perder la consciencia antes de que Lynn la dominase por completo. —Ella mostró ligeramente los dientes, ceñuda; oh, cómo no. ¿Qué menos podían esperar de ella?, se preguntó, molesta—. Pero estuvo despierta el tiempo suficiente como para localizarla —explicó.

Ahora sí que entendía la actitud del hombre. Volvió a mostrar su sonrisa torcida.

—Entonces iremos a por ella…

—No —cortó—. No se dejaría atrapar tan fácilmente. Además… —Su sonrisa se amplió— tengo otros temas pendientes. —La chiquilla intuyó a lo que se refería su superior. Tenían que deshacerse de esa molestia cuanto antes, o sus planes podrían verse afectados—. Y para vosotros, tengo un encargo muy importante. Llámalos —ordenó, sabiendo a quiénes se refería en concreto, como siempre—, empezaréis en seguida. Y no me falléis.

Ella asintió, haciendo una pequeña reverencia. Sólo se dio la vuelta y se marchó cuando la luz que iluminaba la posición del hombre se apagó, sumiendo nuevamente a la sala en total oscuridad.


Personne ne peut: "Nadie puede"
Maître/Le Maître: "Maestro/El Maestro"
Aviso: Sigo arendiendo francés, así que no estoy muy segura de si se dice así, pero... yo hago un intento. Y perdón si se me cuelan algunas frases sin traducir, si tenéis dudas o algo sólo decírmelo. También en el capítulo anterior Claire dijo que venía de L'Hexagone; bueno, no sé si lo sabréis, pero así es como se conoce también a Francia (tiene forma de hexágono, lol, no me fijé hasta que llegué a clases y la profe nos lo contó x'DD).


¡Hola a todos!
Lo siento, ya sé que es un muy largo y tal (Casi palabras, ¡toma castaña!), pero tengo mis explicaciones...
La primera es que me he demorado bastante en subir este capítulo (Por culpa de mi jodida falta de estilo para describir un partido de fútbol, ¡viva yo!); la segunda explicación es que me voy a tardar muuuucho más en subir el siguiente capítulo (Enfermedad + Instituto = Escasa imaginación y escaso tiempo para escribir), y la tercera es que no se me ocurría un mejor sitio por donde cortar el capítulo ._.
Perdón si os ha aburrido o algo, pero, ¡EH! ¡Ya ha aparecido Le Maître, "ella" (lo dejaremos en "ella" hasta que se descubra quién es la chiquilla que habla con el hombre) y LYNN! (Más o menos...) Asghsdfghd Esto ya va avanzando :]
Bueno, como habéis comprobado en la prueba que le han hecho a Claire para entrar al club de fútbol, soy PÉSIMA para esas cosas. Pero una hace lo que puede, no hace falta que me persigáis con antorchas :( (?) (¿o quizá sí...?)
Y también habréis pensado que la estoy dejando de medio emo, o estoy exagerando mucho su situación, o algo...
PUES NO.
Ya lo comprobaréis cuando todo se descubra ^^ Se siente muy feo ._. (Aunque quizá sí que le exagero un pelín 8D)

Como sea: ¡ESPERO QUE OS HAYA GUSTADO [&' no me quieran matar (?)]! 8D
Espero sus críticas &tomatazos con los brazos abiertos, me gustaría saber qué tengo que mejorar ^^

PS1: No sabía cómo describir el tatuaje, pero es así, para que os hagáis una idea, por si os interesa: http:/ clairexbeacons . deviantart . com /gallery / 32473139# / d48ism3 (EPiC FAiL 8D)
PS2: De nuevo muchas gracias por los comentarios y por haber leído -Abrazo grupal-


Lo único que me pertenece de esta historia es la trama, Claire y los componentes de Fleur d'Hiver (Le Maître, etc);
el resto es propiedad de Level-5 [Al menos hasta que yo no pueda viajar a Japón con mis lindas tijeras 8-)]