Hola Minna-san bueno les traigo la continuacion y perdon por la demora
Resumen:Si algo tiene claro Kaoru Matsubara es que ningún hombre doblegará su carácter, y su algo tiene claro el guerrero Butch Him es que su vida es la guerra.Y la promesa de Butch al abuelo de Kaoru une sus destinos y desemboca en una trepidante y accidentada boda de 1 año y 1 día ¿Conseguirán Kaoru y Butch sobrevivir todos esos meses sin ahogarse o la pasión les terminará consumiendo?
Advertencia:Tanto Demashitaa! Powerpuff Girls Z y Deseo concedido no son de mi propiedad, pertenecen a sus respectivos dueños,Craig McCracken y Megan Maxwell, Solo los personajes que invente son de mi propiedad jejejejeje.
Capítulo 3
Aquella tarde, Butch, Brick y algunos de los hombres salieron con sus caballos a recorrer la zona. Blaze quería enseñarles varias cosas que estaba haciendo. Mientras, las criadas atendían al resto de los guerreros encantadas, soltando risotadas escandalosas cuando alguno de ellos les decía alguna dulzura e intentaba meter sus manos bajo sus faldas.
En las habitaciones superiores del castillo, Bell se probaba su vestido de novia, junto a Miyako y Kaoru que se habían hecho grandes amigas.
—Miyako —preguntó Bell—, ¿se puede saber por qué has insultado a Boomer?
—Sencillamente, porque se lo merecía —soltó Miyako mirando a Bell con altivez.
—¿Has insultado a uno de los guerreros? —Preguntó Kaoru—. Y yo, ¿me lo he perdido?
Miyako y Kaoru se carcajearon.
—Por el bien de tu hermano y de tu clan, deberías tener más cuidado con tus palabras y tus actos —apostilló Bell.
—Tienes razón—asintió Miyako mordiéndose el labio—. Procuraré tener más cuidado.
—El Lobo no podía apartar sus ojos de ti —señaló Bell mirando a Kaoru—. ¿Acaso no te diste cuenta?
—No, lady Bell. —Sonriendo, se corrigió al recordar cómo la llamaba cuando estaban solas—. No, Bell. Tengo cosas más importantes en que pensar.
—Butch es un hombre muy guapo —comentó Miyako asomándose a la ventana oval para mirar el paisaje verde de los campos.
—Y las doncellas se pelean por compartir su lecho —siguió Bell—. Es un guerrero muy deseado por las mujeres.
—No seré yo la que me pegue con nadie por un hombre —rio Kaoru—. Y menos por ese que tiene donde elegir.
—Deberías buscar un marido, Kaoru—indicó Miyako mientras observaba a algunos highlanders cepillar a sus caballos—. Toda mujer debe tener a su lado un hombre que la proteja.
—Ya tengo al abuelo, a Alcalde y a Shou—bufó percatándose de lo pesadas que se pondrían aquellas dos con ese tema.
—Pero ellos no pueden calentar tu cama y tu cuerpo como lo haría por ejemplo Butch —sonrió pícaramente Bell.
—¡Bell! —exclamó Miyako al escucharla.
—No necesito que nadie caliente mi cama. Me la caliento yo sólita sin tener que soportar a nadie.
—Oh, oh —suspiró Miyako al ver a Momoko correr hacia el castillo—. Tu hermana viene hacia aquí y no trae muy buena cara.
—¿Momoko? —preguntó Kaoru acercándose a la ventana.
Al asomarse vio a su hermana llegar con cara de pocos amigos y pronto supo por qué.
—¿Dónde está Shou? —preguntó Momoko a gritos mientras se retiraba el pelo naranja de la cara. Su hermano las iba a volver locas.
—Le envié contigo hace un buen rato —contestó Kaoru resoplando—. No te muevas, bajaré enseguida y te juro que cuando lo encuentre le arrancaré las orejas.
—Ese hermano tuyo... —indicó Miyako—. Es cabezón.
—Pero más lo soy yo —aseguró Kaoru mirando a Bell—. Me tengo que ir.
—No te preocupes, Kaoru —dijo Bell tomándola de la mano—, seguro que estará jugando por algún lado.
—Te acompaño —señaló Miyako, que conocía bien las fechorías de Shou.
Tras despedirse de Miyako, abrieron la pesada arcada de madera y salieron al oscuro pasillo alumbrado por antorchas. Bajaron la escalera de piedra en forma de caracol hasta llegar a la sala principal, donde aún quedaban algunos hombres que las miraron boquiabiertos murmurando palabras en gaélico al verlas pasar.
—Juro que lo mataré en cuanto lo tenga en mis manos —despotricó Kaoru sin percatarse de que los hombres las miraban y reían ante ese comentario.
—Veamos en qué clase de fechoría anda metido ese mequetrefe —respondió Miyako agarrándose las faldas.
Cruzaron el patio a toda prisa para llegar hasta Momoko, que al verlas gritó:
—¡Te juro que lo mato, Kaoru!
—Eso ya lo dijo tu hermana —sonrió Miyako para templar el ánimo de Momoko.
—Dijo que quería ir con otros muchachos a ver a los feriantes —recordó Kaoru.
—¡Lo sabía! —gritó Momoko.
Las tres muchachas, andando a paso rápido, se dirigieron hacia la explanada donde los feriantes comenzaban a montar sus puestos. Una explanada algo húmeda por las lluvias, y con barro.
—¡Allí está ese rufián! —indicó Kaoru.
Pero las tres se quedaron sin palabras cuando vieron cómo el niño se acercaba con sigilo, junto a un par de chicos del clan, a uno de los puestos y, mientras el feriante colocaba unas telas, le quitaban cosas escondiéndolas bajo sus camisas.
De pronto, unas vasijas de barro cayeron al suelo atrayendo la mirada del feriante. ¡Los habían pillado! Por lógica, el hombre cogió a Shou. Era el más pequeño.
El niño comenzó a gritar al verse sujeto por unas manos que lo zarandeaban. Al ver aquello, a Kaoru se le subió el corazón a la boca y, echando a correr seguida por las otras dos, se detuvo a unos pasos del feriante, quien ya le había propinado un par de azotes a Shou.
—Disculpad, señor. ¡Por favor! —Susurró Kaoru sin aliento por la carrera—. ¿Seríais tan amables de soltar a mi hermano? Yo os pagaré lo que ha roto.
—¿Este sinvergüenza es tu hermano? —preguntó el hombre cogiéndole por el cuello mientras Shou lloraba.
—Sí, señor —asintió Momoko plantándose junto a Kaoru—. Es nuestro hermano y os pedimos que le soltéis.
—¡Yo no hice nada! —mintió Shou intentando zafarse del hombre.
—¡Shou, cállate! —reprochó Miyako, enfadada, notando cómo sus pies se hundían en el barro.
—¡¿Que no hiciste nada?! —Bramó el hombre dándole un bofetón que dolió más a las muchachas que al niño—. Me estabas robando y me has roto algunas jarras. ¡¿Eso es no hacer nada?!
En ese momento salió de su carro la mujer del feriante, y Kaoru puso los ojos en blanco al reconocer a Mei, que se llevó las manos a la cabeza al ver los destrozos.
—¡Malditas y apestosas sassenachs! —escupió la mujer al verlas.
—¡Cállate! —gritó enfurecida Miyako.
Aquella maldita palabra había causado mucho dolor a sus amigas y a su propia familia.
—No queremos tener líos, Mei —advirtió Momoko mirándola con recelo.
Mei era una antigua vecina del pueblo. Durante los años que vivió allí, primero su madre y luego ella siempre las trataron con tono despectivo. Las odiaba por su sangre inglesa. Incluso en varias ocasiones, Kaoru y ella habían llegado a las manos.
—Entiendo vuestro disgusto, señor —prosiguió Kaoru mirando al feriante—. Por eso os repito que pagaré lo que mi hermano...
—¡Estate quieto, ladronzuelo! —gritó el hombre dando otra bofetada a Shou, lo que hizo que su hermana mayor perdiera la paciencia.
—¡Escuchad, señor! —vociferó Kaoru, enfurecida—. Si volvéis a darle un bofetón más, os lo voy a tener que devolver yo a vos.
—¡Que tú me vas a dar un bofetón a mí! —se carcajeó el feriante, indignado.
Miyako y Momoko se miraron. Kaoru era capaz de eso y de mucho más.
—Pero ¿quién te has creído tú para hablar así a mi hombre? —ladró Mei plantándose ante Kaoru con los brazos en jarras.
—Soy Kaoru. ¿Te parece poco? —aclaró mirándola con desprecio. Volviéndose hacia el hombre, escupió—: Soltad a mi hermano. ¡Ya!
—Este sassenach —gritó con desprecio el feriante— es un futuro delincuente, y como tal debería ser tratado.
«Se acabaron las contemplaciones, Mei», pensó Kaoru mientras se retiraba el pelo de la cara. Aquella rolliza muchacha había hecho mucho daño a su abuelo con sus terribles comentarios y estaba harta.
—Yo no soy sassenach —aulló Shou, que a su corta edad aún no llegaba a comprender por qué a veces la gente se empeñaba en insultarle de aquella manera.
—No lo puedes negar, mocoso —escupió Mei—. Tú y tus hermanas oléis a distancia a la podredumbre de los sassenachs.
«Oh, Dios..., te mataría con mis propias manos», pensó furiosa Kaoru al escucharla.
—Y tú hueles a excremento de oso cruzado con una bruja —gritó Momoko muy enfadada, momento en que Mei se abalanzó sobre ella.
Kaoru intentó separarlas, pero la corpulenta mujer de otro feriante se abalanzó sobre ella. La lucha estaba servida.
Al ver aquello, Miyako comenzó a gritarles a todos que era la hermana de Blaze Gotokuji y que éste les echaría de sus tierras. Pero nadie le hizo caso. Las mujeres continuaban tirándose de los pelos y arrastrándose por el barro, por ello Miyako no se lo pensó dos veces y, sin importarle nada, se tiró encima de ellas.
Los gritos y la algarabía que se organizó atrajeron las miradas de todo el mundo. ¡Había pelea!
De pronto, el fuerte ruido de los cascos de varios caballos y un rugido atronador provocaron que todos se parasen en seco. Ante ellos tenían a su señor Blaze, a el Lobo y a algunos hombres más.
—¡¿Qué ocurre aquí?! —preguntó Blaze con gesto de enfado, montado en su enorme caballo blanco.
Su sorpresa fue tremenda cuando reconoció entre aquel amasijo de cuerpos a su hermana, a Kaoru y a la hermana de ésta. Desmontando con rapidez e intentando mantener el control, ayudó a Miyako a ponerse en pie. Tenía el pelo revuelto, estaba empapada y con la ropa pringada de barro.
—Miyako, por todos los santos. ¿Qué haces? ¿Qué ha pasado?
Enfurecida por aquella intromisión, se apartó de su hermano y, ayudando a Kaoru y Momoko a ponerse en pie, gritó encolerizada:
—Esas malditas mujeres, Blaze. Se abalanzaron sobre nosotras.
Boomer, contemplando la escena divertido a lomos de su semental, se acercó al bullicio junto a Brick.
—Veo que por aquí las cosas no cambian —bromeó Boomer. Pero una mirada dura de Blaze le indicó que callara.
Los feriantes se quedaron de piedra al ver al señor de los Gotokuji matándoles con la mirada. Tras él se encontraban el Lobo, Brick y Boomer, quienes les observaban muy serios, conteniendo las ganas de reír ante semejante cuadro.
—El muchacho robó y rompió varias vasijas —se defendió el feriante en un tono diferente, mientras aún sujetaba a Shou—. Es más, si le registráis encontraréis bajo su camisa algo del botín.
—¡Soltad a mi hermano! —Bramó Kaoru acercándose con la cara enrojecida y arañada—. Soltadle ahora mismo o juro que os mataré.
La rabia en su mirada y el coraje en sus palabras dejaron sin aliento a los guerreros, quienes vieron en Kaoru a una mujer con mucho carácter. Aquella fuerza atrajo aún más la curiosidad de Butch al reconocer a la pelinegra.
—Pero ella... —comenzó a decir Mei señalándola.
—Cuida tus palabras cuando hables de mi hermana o te las volverás a ver conmigo —advirtió Momoko.
—¡Qué carácter tienen las mujeres de esta tierra! —susurró Boomer a Brick, quien nuevamente tuvo que contener la carcajada.
El feriante soltó a Shou, que corrió a esconderse tras Kaoru, quien tenía el rostro arrebolado.
—Shou, ¿has robado? —preguntó con su voz ronca Butch atrayendo las miradas de todos, mientras bajaba de su oscuro y enorme caballo.
—Señor —comenzó a decir Momoko intimidada ante el Lobo—, es un niño y...
—Estoy hablando con vuestro hermano —musitó Butch mirándola.
«Maldita sea, Shou. Ahora, ¿cómo salimos de ésta?», pensó Kaoru al ver que aquel enorme guerrero se acercaba a ella.
Shou continuaba escondido tras su hermana mayor, que por primera vez miró a los ojos a aquel highlander sintiendo un extraño ardor en sus entrañas viéndole caminar hacia ella. El de ojos duros e implacables era el Lobo, el terrible guerrero del que tantas historias macabras habían oído y el que, según Bell, la había estado observando. Su figura era imponente e implacable, tanto por altura como por la anchura de sus hombros, sobre los que descansaba un brillante pelo negro.
—¡Shou! Has desobedecido mis órdenes —reprochó Blaze enfadado—. Y eso con lleva un castigo.
—¡No! —gritaron al unísono Kaoru y Momoko.
—¡Blaze! —gritó Miyako, horrorizada—. Por el amor de Dios. ¡Es un niño! Y ellos no aceptaron la oferta de Kaoru de pagarles lo robado y roto. Sólo se han dedicado a humillarlas e insultarlas, y luego...
—Mañana, Shou —prosiguió Blaze indicándole a su hermana que callara—, quiero verte en el castillo para hablar sobre tu castigo.
Boomer y Brick, al escuchar aquello, se miraron. Conocían a Kisuke y sabían que el castigo que impondría al muchacho no iría más allá de ayudar en las cocinas del castillo.
—Shou—lo llamó Butch agachándose para ponerse a su altura—. Podrías salir de las faldas de tu hermana para que pueda hablar contigo como un hombre.
El niño, pálido y asustado por sus actos y por aquel enorme guerrero, salió con valentía. Butch lo miró y estuvo a punto de blasfemar cuando contempló aún marcado en su cara el bofetón del feriante.
—Enséñame qué has robado —indicó Butch.
Sin necesidad de repetir la pregunta, el niño metió sus manitas bajo la camisa sucia y sacó algo que depositó en las grandes y callosas manos de Butch.
—Quería que mis hermanas fueran guapas a la boda y cogí estos colgantes para ellas.
—Oh, Shou—susurró Kaoru agachándose junto a él, incapaz de pronunciar una palabra más.
Al agacharse junto al crío, Kaoru quedó muy cerca de Butch, que admiró su belleza a escasos centímetros y percibió su olor a menta. Por primera vez en su vida, se dio cuenta de que el color verde tenía más de una tonalidad al perderse en los ojos de la muchacha. Sus labios le invitaban a besarlos, a tomarlos, y la calidez de su rostro, aún embarrado y sucio, le dejó sin palabras.
—Shou, cariño —susurró Kaoru—. Nosotras te lo agradecemos, pero no queremos que robes nada, ¿no lo entiendes?
—Robar es algo que no está bien —recalcó confuso Butch, turbado por la presencia de la joven—. Muchos hombres van a las mazmorras, mueren o son azotados por ello. ¿Quieres que te ocurra algo así?
—Señor —saltó rápidamente Momoko—. Si mi hermano tiene que ir a las mazmorras o ser fustigado, ocuparé su lugar.
Al escuchar aquello, a Kaoru le hirvió la sangre y se le aceleró el corazón. ¡Nunca lo permitiría!
—¡¿Qué dices?! No consentiré algo así—aclaró Kaoru. Y mirando de frente a los ojos de Butch, con más valor que muchos guerreros, añadió—: Ambos son mis hermanos, señor. Soy responsable de ellos. Ante cualquier cosa que ellos hagan, la responsabilidad es mía. Si alguien tiene que ir a algún lado o pagar algo, no dudéis que seré yo.
Aquellas palabras dejaron mudos a todos. Brick se asombró por la fuerza de aquellas mujeres, en especial por la joven que respondía al nombre de Momoko, quien le miró en un par de ocasiones y le sonrió.
—No estoy diciendo que nadie tenga que ser azotado —aclaró Butch, confuso por la reacción de las muchachas—. Sólo le estoy haciendo entender a Shou que robar le puede acarrear en el futuro muy serios problemas a él y a su familia.
—En eso tiene razón mi hermano —asintió Boomer—. Shou debe aprender desde pequeño que cierto tipo de situaciones le pueden traer problemas.
Kaoru, con pesar, retiró su mirada de la muchacha para fijarla en el niño y decir:
—Prométeme que nunca más volverás a robar o serán tus padres, responsables de ti, los que paguen tus problemas.
—No tengo padres —indicó el niño muy serio, sintiendo el dolor en los ojos de Kaoru al escuchar aquello.
—Pero tienes hermanas —respondió Butch—. Ellas desean que algún día seas un valeroso guerrero que las defienda, ¿no crees? Además, estoy seguro de que a tu señor le gustaría poder contar con guerreros como tú.
—Os lo prometo, señor —respondió con timidez el niño. Él quería ser guerrero.
—¡Guerrero, ese rufián! —Se mofó Mei por aquel comentario—. Pero si ellos son...
—¡Cállate! —gritó Miyako intuyendo lo que aquella bruja iba a decir—. No vuelvas a insultarlos o te las verás de nuevo conmigo.
—¡Vuelve a decir esa palabra! ¡Vuelve a insultarnos! —Vociferó Kaoru levantándose para encararse con la mujer—. Y te juro que te arranco los dientes y me hago un collar con ellos.
Al escuchar aquello, Butch miró a su hermano y a Brick sorprendido. Nunca había conocido una mujer con ese carácter.
—Mei—ordenó Blaze al intuir lo que ocurría—. Recoge tus mercancías y sal de mis tierras.
—Pero, señor... —susurró el feriante cogiendo a su mujer por el brazo para que callara.
—Sin preguntar intuyo lo que aquí ha ocurrido —prosiguió Blaze, serio—. Si alguno más desea marcharse con ellos, ¡adelante! Pero a mi gente nadie la insulta. Por lo tanto, y entendiendo que la noche se acerca, la única opción que soy capaz de razonar es que paséis la noche aquí. Pero por la mañana no os quiero ver en mis tierras. ¡¿Entendido?!
—Sí, señor —asintieron los feriantes alejándose de Mei, que echaba chispas al ver cómo aquellas muchachas sonreían.
—¡Shou! Recuerda tu promesa —señaló Butch muy serio. Con tranquilidad, se dirigió al feriante, que estaba pálido de miedo—. Yo me haré cargo del pago.
—¡No, laird Him! —Exclamó Kaoru agarrándole del fornido brazo para llamar su atención—. No os preocupéis, lo pagaré yo.
—No es necesario —susurró Butch a escasos centímetros de ella.
En ese momento, Kaoru fue consciente de su osadía al tocarle y, dando un paso hacia atrás, se alejó de él. Butch, aún con la mirada puesta en ella, sentía la mano caliente y palpitante de la muchacha sobre su piel. ¡Su suavidad había sido muy agradable!
Como un reptil asechando a su presa, clavó sus verdes ojos en ella y, durante unos instantes, ambos se miraron a los ojos, como si no existiera nadie más.
—De momento —tosió Blaze interrumpiendo—, lo que vais a hacer es ir a vuestras casas a cambiaros de ropa y quitaros el barro de encima. Más tarde, seguiremos hablando. —Luego, volviéndose hacia los feriantes, dijo—: Mañana por la mañana, al que piense como ellos, no lo quiero ver por aquí.
—No sé aún lo que ha pasado —aseveró Butch señalándolos—. Pero, por mis tierras, no os quiero ver.
—Ni por las mías —concluyó Brick.
—Ven aquí, Miyako —llamó Blaze a su hermana—. Te llevaré al castillo para que te cambies de ropa y vuelvas a ser una dama.
—¡Soy una dama! —Gritó enfadada al verse izada por su hermano ante la cara de guasa de Boomer—. Pero las injusticias pueden conmigo.
—Vamos, Shou—apremió Kaoru cogiéndole de la mano y comenzando a andar.
—¡Butch! —Gritó Blaze mientras volvía su caballo en dirección al castillo—. ¿Podrías ocuparte de que Kaoru y sus hermanos lleguen a casa sin que se metan en más líos?
—¡No! —Gritó Kaoru intentando alejarse lo antes posible de aquellos hombres—. Nosotros iremos andando, mi señor. Está muy cerca. Además, nos encanta pasear.
Pero los guerreros ya habían tomado su decisión.
—Ni lo soñéis —intervino Brick acercándose a Momoko, a quien izó sin previo aviso para sentarla ante él, dejándola con la boca abierta—. Será un placer acompañaros.
—Os lo agradezco, laird Himura —sonrió Momoko acomodándose a su lado, dejando a su hermana sin palabras por aquella ligereza, y en especial por su cara de tonta.
—Tenéis un poco de sangre aquí —susurró Brick tocándole con la punta del dedo en el cuello, quedando atontado al ver aquella vena color verde latir ante sus ojos.
—Oh, no os preocupéis —sonrió Momoko limpiándose como si nada—. Son rasguños sin importancia.
«Momoko, pero ¿qué haces coqueteando?», se preguntó Kaoru, incrédula, al ver cómo aquélla pestañeaba.
—Cualquier mujer se horrorizaría por marcar su piel de esta forma —rio Boomeral ver la cara de bobo de Brick.
—Nosotras no somos cualquier mujer y menos aún nos asustamos por un poquito de sangre —contestó sonriendo Momoko, dejándoles asombrados por su seguridad.
Tras tenderle al feriante unas monedas, que éste recogió con una falsa sonrisa en los labios, Butch, en dos zancadas, llegó hasta su caballo y de un ágil salto montó en él.
—¡Boomer! Coge al muchacho y agárralo bien, no se te vaya a caer —ordenó con voz alta y clara, como estaría acostumbrado a hacer.
Y, sin decir nada más, se acercó a Kaoru tendiéndole la mano para que subiera. Algo desconcertada y molesta por el giro de los acontecimientos, aceptó su mano y, tras notar cómo él la levantaba como una pluma y la sentaba ante él, dijo más tiesa que un palo:
—Gracias por pagar la deuda, laird Him pero mis hermanos y yo podríamos ir andando.
—Ni hablar —respondió rodeando con su brazo izquierdo su cintura para tenerla asida con fuerza—. Yo te llevaré hasta allí y me aseguraré de que no te pase nada.
El camino no era muy largo, y menos a caballo. La humilde cabaña de Antonio Utonio estaba próxima a las caballerizas y junto a la herrería. Momoko y Brick rieron durante el camino por los comentarios de Boomer, quien maldecía su mala suerte por tener que llevar a un muchacho y no a una dulce dama.
Butch, por su parte, no podía pensar en otra cosa que no fuera la mujer que tenía entre sus brazos. Sentada ante él, pudo aspirar mejor aún su aroma, un aroma diferente al que nunca hubiera olido. Cada vez que ella volvía la cabeza para ver si sus hermanos les seguían, Ichigo podía admirar la delicadeza de sus rasgos; incluso una de esas veces su mentón chocó con la frente de ella, sintiendo de nuevo la suavidad de su sedosa piel.
Kaoru, incómoda por estar en aquella absurda situación, intentó mantener la espalda rígida. Echarse hacia atrás suponía sentir la musculatura de aquel guerrero contra ella, y no estaba dispuesta. Ver su imponente figura, cuando él se había bajado del caballo para acercarse a ella y a su hermano, la había dejado desarmada. Aquél era el Lobo, el guerrero más temido por los clanes y más codiciado por las mujeres. Pero ante ella había demostrado humanidad al hablar a Shou con delicadeza y lógica, y no podía olvidar cómo éste le escuchó y le sonrió.
Lo se dije que iba a actualizar prono pero no me a dado tiempo con la prepa y para empeorarlo estoy de tarde no me deja mucho tiempo pero hare mi mayor esfuerzo por actualizar seguido
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BESOS HINATA ジャネットニコル部屋アロエベラ
