Ep. 3: Contacto físico

Fiel a lo dicho, Draco no volvió a dirigirle la palabra a Hermione. Al principio, la castaña se limitó a disfrutar de esa nueva paz, pero al cabo de una semana hubiera dado cualquier cosa porque todo volviera a ser como antes. ¡Y es que el sutil asedio de la serpiente la estaba poniendo de los nervios!

Por Merlín, ¿qué demonios le pasaba por la cabeza a ese slytheriano? El cuerpo de Malfoy la rozaba accidentalmente a la mínima ocasión. La primera vez había sido en clase de pociones, donde el profesor Slughorn había tenido la brillante idea de ponerlos juntos; sus manos se encontraban constantemente con las del rubio, como si le leyera el pensamiento y fuera a coger la misma hierba que justo ella iba a cortar. Tampoco se libró en clase de transformaciones, pues McGonagall les había ordenado que simulasen cómo serían ellos mismos después de diez años. Sagrada Morgana, aún podía sentir la extraña mirada que le había dirigido Malfoy por todo el cuerpo… por un segundo tuvo la impresión de estar desnuda, y sólo con mucho esfuerzo logró evitar cubrirse estúpidamente con las manos.

¿Y qué había de la biblioteca? Ya era mucha casualidad que el principito tuviera que pasar exactamente por el mismo estrecho pasillo en el que ella estaba, tratando de devolver un libro a uno de los estantes más altos, y que incluso de puntillas apenas alcanzaba. No notó su presencia hasta que algo le rozó el trasero, y estaba más que segura de que ese algo había sido la mano de cierto ex-mortífago... Por no hablar de lo sucedido en su última ronda de prefectos. Hermione todavía no se explicaba cómo su capa había crecido misteriosamente unos cuantos centímetros, provocando que se le enredase entre las piernas. Esto había obligado a Malfoy a pasar un brazo por su cintura y sujetarla antes de que se diera de narices contra el suelo, lo cual no dejaba de sorprenderla, porque seguro que él habría encontrado divertidísima la imagen de ella tirada por ahí.

¡Y no digamos de puertas adentro en su propia Sala Común de Premios Anuales! La gryffindoriana llevaba casi tres meses viviendo con su enemigo, pero apenas hacía dos semanas que había comprobado que los rumores sobre el espléndido físico de Malfoy no eran exagerados… y tras verle más de una vez recién salido de la ducha, ella realmente podía atestiguarlo. En la primera afortun… ejem, inoportuna ocasión, Draco había venido a la sala con la camisa abrochada y perfectamente peinado, pero el agua que se le escurría del cabello no tardó en crear interesantes dibujos sobre la tela. La segunda vez apareció en pantalones, con el cabello alborotado, y obviamente decidido a terminar de secarse así tal cual al calor de la chimenea. La tercera vez ya ni eso, llegó con una simple toalla enrollada en sus caderas, con todo el agua aún resbalando por su piel y dejando huellas en el suelo.

- Malfoy, ¿qué demonios haces? - Hermione ya no lo soportó más, y cerró de un golpe el grueso libro que estaba estudiando.

- ¿Disculpa, Granger? - replicó él con inocencia - ¿De qué estás hablando?

- ¡Me refiero exactamente a eso! - señaló acusadora su falta de ropa - ¡No puedes pasearte así por aquí! ¡A este ritmo, temo que la siguiente vez aparezcas completamente en cueros!

- ¿Temes? - se rió Draco deliciosamente - Todas las chicas adorarían disfrutar de semejante espectáculo... y por eso nunca pude ponerme tan cómodo en la casa de Slytherin, habría provocado desmayos masivos. Pero me sorprendes, Granger - el rubio dio unos pocos pasos hacia ella - Que precisamente a ti te altere mi presencia, que siempre presumes de tanta entereza...

- No me altera lo más mínimo.

Hermione notó la repentina escasez de espacio entre ellos y se dio la vuelta para alejarse, pero Draco fue más veloz y la agarró de una muñeca, atrayéndola hacia sí.

- No mientas, al menos no a mí, porque no resultas nada convincente.

- Tú mismo te crees lo que te gustaría, pero eso no lo convierte en real - forcejeó ella inútilmente - Suéltame, Malfoy. Me estás mojando la ropa.

- Eso tiene fácil solución - él sonrió perversamente mientras con el brazo rodeaba la cintura de ella para apretarla contra su resbaladizo cuerpo - Si no quieres que se moje, quítatela.

Y su mano se deslizó por el borde de la falda, tironeando de la tela de su blusa para sacársela.

- ¿Pero qué haces, idiota?

Utilizó su mano libre para tratar de empujarle, pero solamente sintió piel caliente y húmeda bajo sus dedos. El rubio la apretó más contra su cuerpo, reduciendo el movimiento de ella por escapar a un incitante roce, tanto más sensual porque Hermione no advertía lo que estaba causando en la parte baja de su anatomía.

- Granger... - murmuró él, hundiendo la cara en su cuello y aspirando su aroma de flores tan femenino - Eres una mentirosa. Tú no quieres que me aleje.

- Sí que quiero - replicó Hermione en un hilo de voz.

- Está bien, puede que tu sensata cabeza lo quiera - aceptó Draco - pero el calor de tu cuerpo me pide a gritos otras cosas bien distintas.

En ese preciso instante, Hermione descubrió su increíble talento hasta ahora desconocido para maldecir. Maldito fuese Draco Malfoy, maldita esa boca que suspiraba contra su cuello, maldita esa voz que sonaba como un afrodisíaco en su oído, maldita esa mano en su espalda que de alguna forma misteriosa se había abierto camino hasta su piel, maldito el contacto con su cuerpo mojado. Mil veces maldito el recuerdo de cuando él la besó fugazmente... y también maldita ella por estar deseando que se repitiese.

- No estoy hecha de piedra, ¿sabes? - susurró al notar los labios de él bajo su mandíbula.

- Eres la más fidedigna prueba del fuego que representa tu casa - Draco había encontrado el punto exacto donde latía el pulso de Hermione, y le encantaba.

- ¿Qué se supone que quieres decir con eso?

- Que estás ardiendo por mí, Granger.

Y sin más demoras, Draco tomó posesión de la boca de la castaña. Esta vez no se contuvo en absoluto, aliviando en ese beso toda la pasión que ella le provocaba. Recorrió a fondo cada recoveco de su boca, deleitándose con cada sabor nuevo que descubría y con los gemidos que pugnaban por escapar de la garganta de Hermione.

- No estoy ardiendo por ti, Malfoy - dijo la leona cuando dispuso de un momento para respirar - Podría ser cualquier otro.

- ¿Por qué te cuesta tanto aceptar que me deseas? - él también respiraba agitado.

- No puedo desear a un enemigo.

La ingenua respuesta hizo reír al rubio.

- Ya no somos enemigos, Granger - le recordó - La guerra terminó. Y además, tú y yo estamos en tregua, por si lo has olvidado.

- ¿Tú también me deseas, Malfoy?

Él respondió con otro apasionado ataque a su boca. La inocente pregunta de la chica había revelado que ella le deseaba, y no pensaba darle tiempo a que retirase sus palabras. Terminando de sacar el borde de su blusa, la agarró por la cintura, frotándose deliberadamente contra ella.

- Tú que supuestamente eres tan lista, ¿esto no te da una respuesta?

Y un nuevo gemido brotó de la garganta de Hermione al sentir el miembro del rubio. Aprovechando su recién adquirida habilidad para maldecir, la castaña maldijo aquella molesta toalla que se interponía entre ellos... y de paso, también su propia falda.

- ¿Qué haces con eso todavía puesto? - preguntó la gryffindoriana en un nuevo respiro.

- Por Merlín, hace un momento te quejabas de lo contrario.

- Hace un momento mis necesidades eran muy distintas, Malfoy.

- ¿Y cuáles son tus necesidades ahora? - las manos de él dieron con los botones de su blusa y empezó a desabrocharlos.

- Súbeme al dormitorio, y te lo explicaré en detalle.

El príncipe de Slytherin no se hizo de rogar. La alzó sujetándola de las nalgas, ella se aferró a sus cabellos, y sin dejar de besarse, de alguna manera consiguieron llegar al dormitorio de él (la blusa y los zapatos de ella se perdieron por el camino).

La dejó caer suavemente sobre su cama y la contempló. Por Merlín, sí que era bella... ¿Cómo había podido negarlo antes? El movimiento de sus pechos al respirar agitadamente le hipnotizaba, sus labios entreabiertos y anhelantes le derretían, y las piernas que asomaban bajo la falda... le hacían querer explorar lo que se escondía entre ellas. Pensar que había estado cegado a tanta hermosura sólo por las ideas que su padre le había metido en la cabeza durante toda su vida... Ella le tendió una mano, invitante, y Draco cayó nuevamente sobre su boca. Sus manos llegaron a la espalda y soltaron el cierre del sujetador, que quedó flojo sobre el cuerpo de la chica. Cuando Hermione encogió las rodillas, él pudo disfrutar del suave tacto de sus pantorrillas mientras le quitaba las medias, y más arriba... esos tiernos y cremosos muslos serían la envidia de cualquier modelo. Ardía por sentirlos frotándose íntimamente contra él.

Su boca fue dejando un rastro de besos por el cuello de Hermione, llegando hasta las cúspides rosadas de sus pechos que suplicaban ser atendidas. Él lo hizo con ganas, lamiendo y chupando como si se tratase del manjar más exquisito del mundo... y para Draco lo era. Sus manos mientras tanto habían bajado por sus redondeadas caderas, deshaciéndose al fin de la estorbosa falda, y revelándole a una Granger sumamente tentadora. Sin dejar de mirarla ni un segundo a los ojos, el slytheriano agarró el borde de sus braguitas y tortuosamente despacio las fue bajando, hasta mostrar a una castaña en toda la gloria de su desnudez. Sin demorarse ni un segundo, Draco deslizó una mano hasta su zona más secreta, encontrándola ya bien húmeda y dispuesta a recibirle.

- Sí que eres impaciente, leona - se rió con satisfacción, introduciendo un dedo en la suave cavidad - Cualquiera diría que hace mucho tiempo que un hombre no te deja satisfecha.

Una sombra surcó por un instante los ojos de Hermione ante el comentario, y desvió la cabeza. El rubio lo notó, y sin dejar de excitarla con sus dedos, atrapó su barbilla con la otra mano y la obligó a mirarle.

- ¿Qué ocurre? - preguntó ligeramente preocupado - ¿He dicho algo malo?

- No, no es nada - ella se resistía a encontrarse con sus ojos de plata - Olvídalo y continúa.

Pese a que lo había dicho entre gemidos de placer, y a que Draco se moría por meterse en ella, no iba a hacerlo hasta que le dijese por qué de pronto parecía tan incómoda.

- A menos que quieras que me detenga, dime lo que te pasa. No me gusta saber que estoy en la cama con una mujer renuente.

- ¡Yo no estoy renuente! - protestó ella - Es sólo que... siempre había pensado que mi primera experiencia sería con alguien a quien amase. Pero eso no significa que lo desee menos.

El aire se detuvo entre ellos. O más bien, lo hizo para Draco.

- Tu primera... no me digas que... ¿nunca has estado en la cama con un hombre? - abrió los ojos asombrado, como si acabase de ver una de las criaturas inexistentes de Lunática Lovegood - O con una mujer, al caso.

- Oye principito, soy una chica decente. No soy como otros que se tiran todo lo que se mueva, y me da igual si te partes de la risa.

Quiso incorporarse de la cama para irse, pero el rubio la sujetó del cuello y la besó apasionadamente, casi con desesperación, mientras seguía teniendo una mano retenida entre sus piernas.

- Ni sueñes que vas a huir de mí, Granger - murmuró contra su boca - Te aseguro que lo último que planeo hacer contigo en estos momentos es reírme. Es sólo que... me sorprendió. Nunca antes me he encontrado con una virgen, creí que erais un mito.

- Eso habla muy bien de las chicas de tu casa - replicó Hermione sarcásticamente - No es nada ridículo haber querido esperar a una persona especial.

- Lamento no ser yo esa persona para ti - y milagrosamente, por fin la toalla desapareció también entre ellos - Pero tú... tú realmente me gustas, Granger. Es todo lo que te puedo ofrecer.

- Está bien - aceptó Hermione, separando las piernas para que él pudiera acomodarse entre ellas - Tratándose de ti, ya es más de lo que esperaba. Me conformaré.

Con extremo cuidado y delicadeza, Draco llevó su erecto miembro al lugar secreto que tanto anhelaba. A pesar de lo excitada que estaba ella, seguía estando muy estrecha al ser su primera vez, pero el rubio no dejó de besarla mientras se introducía en su interior. Al dar con la barrera que custodiaba su virginidad dudó un segundo, pero después empujó de una sola vez. Capturó con su boca el gemido de dolor que emitió la castaña, y aguardó a que se le pasase. Tan sólo cuando ella misma empezó a moverse buscando fricción, fue que Draco continuó con lo que habían comenzado.

Tú realmente me gustas, Granger...

El último pensamiento coherente que retuvo la mente del príncipe antes de ser dominado por el placer, fue que ella no necesitaba saber lo peligrosamente cerca que estaba eso de la verdad.

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Siete días habían pasado desde que Malfoy y Hermione se acostaran... y también habían pasado siete noches en las que no habían hecho otra cosa. De puertas afuera, desde luego, nadie sabía nada. Los dos se comportaban con naturalidad, discutiendo de vez en cuando, pero evitando hablarse en público o mirarse como tontos. Todo habría seguido así de perfecto, de no ser porque dos alumnas de quinto curso de Hufflepuff le dieron a Hermione, inconscientemente, una información sumamente valiosa. Se hallaba haciendo su ronda de prefecta, esta vez sin Draco pues le había tocado otro pasillo, cuando las escuchó hablar rumbo tardíamente a su Sala Común.

- Te digo que es verdad - decía una chica.

- No me lo creo - replicaba la otra - Ni siquiera los de Slytherin serían capaces de algo así.

- ¡Te lo aseguro! Me lo contó precisamente una chica slytheriana de sexto en el baño, lloraba que daba penita verla. Un chico la había seducido por un juego llamado Valentino, en el que cada uno de los chicos debía lograr acostarse con una chica de la escuela.

- Aun así, no acabo de creérmelo. ¿No te lo diría por despecho?

- No, me dijo demasiadas cosas concretas como para estar inventándoselas. Me dijo que todos los de séptimo curso estaban metidos, y habían hecho las apuestas hacía tres semanas.

- ¿Se dejó liar en sólo tres semanas? Pues sí que tenía que gustarle el chico...

El resto de la conversación se perdió a oídos de Hermione, pero ella no persiguió a las de Hufflepuff, su mente estaba asimilando lo que acababa de escuchar. ¿Tres semanas? Ese era el tiempo que había pasado desde que Malfoy sugirió que hicieran las paces, y también cuando él había comenzado a mostrarse seductor con ella...

De pronto, todo cobró sentido para Hermione: se trataba de una apuesta, nada más que un estúpido juego para entretenerse y matar el tiempo. No podía creerlo, se había dejado engañar como una tonta, ella que se suponía era la bruja más inteligente de la escuela, y había sido enemiga acérrima de Draco Malfoy durante seis años. Todo el dolor soportado, a la m... en dos meras semanas.

Sintió ganas de llorar. Quiso gritar, patearle el trasero a alguien... refugiarse en los brazos de sus dos queridos amigos, pero ni Harry ni Ron estaban ya en el colegio. ¿Qué podía hacer para mantener un mínimo de orgullo en su situación? No quería terminar como esa chica slytheriana del baño.

Una idea brilló en su mente, lo único que podía hacer para recuperar un ápice de su dignidad. Regresó a su torre, sin importarle dejar su ronda de prefecta a medias, y esperó al rubio. En cuanto entró, no le dio tiempo de reaccionar: se lanzó sobre su boca, y antes de darse cuenta le tenía ansioso por ella. Le guió a su dormitorio, se desnudaron el uno al otro y la fusión entre sus cuerpos no tardó en llegar. Esta vez Hermione había tomado el control, y encontrarse encima de él fue un placer añadido a lo que pensaba hacer.

- Te odio, Draco Malfoy - susurró ella en su oído cuando la pasión se despejó un poco y pudo hablar - Nunca me creí capaz de un sentimiento tan desagradable, pero me equivoqué, tú lo conseguiste. Enhorabuena, puedes estar orgulloso.

Extrañado por estas palabras (y también secretamente dolido), Draco quiso levantarse de la cama y acariciarla, pero la castaña se lo impidió sujetándole por las muñecas y cargando todo su peso sobre él. Por supuesto, él era mucho más fuerte físicamente que ella y no le habría costado nada dominarla, pero el notar tan claramente que Hermione no quería que la tocara, evitó que volviera a intentarlo.

- Has obtenido lo que querías - continuó hablando ella, con inconfundible rencor en la voz - Y más veces de las necesarias. Me pregunto cómo habrás hecho todo este tiempo para aguantar mi repugnante presencia... el contacto de la asquerosa sangresucia con la que te has revolcado.

Draco sintió unas gotas caer sobre su torso, pero no dijo nada. Dudaba que ella supiera que estaba llorando.

- Se acabó el juego, Malfoy. No volverás a acercarte a mí ni a dirigirme la palabra, o te juro como que me llamo Hermione Jane Granger, que no me importará terminar en Azkaban por lanzarte un cruciatus hasta que vomites las entrañas.

Y así fue que Draco Malfoy perdió a su leona, sin que realmente hubiera sido suya alguna vez.