DISCLAIMER: Naruto le pertenece sólo a Masashi Kishimoto.
.
.
.
AVISOS:
-Mundo alterno.
-OC incidental.
-Un nombre xD. Es probable que se encuentren un nombre conocido por ahí. Repito, es sólo el nombre.
.
.
.
"Yo creo que fuimos nacidos hijos de los días, porque cada día tiene una historia, y nosotros somos las historias que vivimos"
Eduardo Galeano
.
.
.
.
.
.
3.- La carrera
.
.
.
.
Podría provocar infartos a cualquiera en el cielo, pero no me importaba.
Sabía que había vivido dieciocho años porque las cuentas de nacimiento así lo marcaban, pero lo que no sabía era que en realidad no vivía. Suspiré, no del todo satisfecha, mientras dejaba el plato completamente vacío frente a mí.
—¡Otro más, por favor! —pedí alzando la voz.
Los muchachos en la mesa me miraron con completo asombro, en especial Choza, cuya mandíbula había ido a parar sin reparo hasta el suelo. Como una distracción mientras esperaba, apilé el tazón junto al que le había precedido, liberando el espacio en la mesa. Alcé la vista.
—¿Qué? ¿Es que nunca han visto comer a un chico hambriento? —pregunté.
La mujer que atendía las mesas regresó con un nuevo tazón en mano, contemplándome con miedo en los ojos. Se acercó sólo lo suficiente, empujando la comida con el dedo de modo que se deslizara hasta mi lugar. Mis pupilas brillaron, encantadas, y conteniéndome de lamer mis labios, tomé los palillos y agradecí la ración antes de comenzar la nueva ronda. El calor me quemó la lengua, pero eso no disminuía la mezcla de sabores en mi boca. La carne, el jugo y los condimentos eran inigualables.
—¿Cuántos platos va? —le preguntó Shikaku a Hiashi en un susurro.
Ambos chicos habían estado contemplándome atentamente desde que pedí el tercer plato. En cualquier otra situación me habría ruborizado de forma salvaje y, como mínimo, mis pies reaccionarían y me llevarían lejos de ahí, pero me encontraba tan absorta y perdida en la exquisitez de aquello que degustaba que resultó factible ignorarles.
—Creo que ese era el sexto —respondió éste, ligeramente intimidado—. O séptimo, tal vez.
Exaltados ante el monstruoso apetito que arrasó con toda viruta de elegancia que aún quedara en mí, dejaron de comer al instante, devolviendo los platos a la cocina casi sin haberlos tocado.
—Nunca había conocido a nadie que comiera más que Choza —comentó Fugaku con una leve nota de impresión en la voz—. Nunca en toda mi vida.
Dejando vacío el plato en un tiempo récord, hice saltar las últimas gotitas de caldo que quedaban dentro, rehusándome a desperdiciar tal sustento.
—¿Cómo se llama este platillo? —inquirí repentinamente emocionada. Nunca había probado nada parecido, y podía anunciar con firmeza que las mejores comidas hasta ese punto pasaban ya a la historia de mis antojos. Las miradas se transformaron, evolucionando de un gesto sorpresivo a uno incrédulo.
—Es ramen —contestó Minato, intimidado junto a mí.
—Ramen... —repití, maravillada. La palabra se escapaba de mi boca como si fuera una bendición. Un equilibrio perfecto de dos sílabas agregadas. Una repentina epifanía se presentó ante mis ojos, tan clara como la iridiscencia del sol al medio día. Un ley universal: el antes y el después de tu vida, no importaba el caso u omisiones, sería siempre marcado y bendecido por el caldillo del ramen.
"¿Cómo es que no te conocí antes, ramen?" pensé.
—¿Puedo casarme con este ramen? —Burlando a mi cerebro, traspasando los límite de la lógica y la decencia, solté la pregunta antes de poder detenerla. Incluso Minato volteó a verme, impresionado e incrédulo. La primera risa, ligeramente ahogada, brotó de los labios de Choza, y ese rasposo sonido fue el detonante de las carcajadas del resto. Me hundí en el asiento.
Con un crujido, la puerta se abrió justo en ese momento, dando paso al frío colado. Jiraiya apareció envuelto en una capa de lana y, caminando enérgico, se acercó a nosotros sonriendo galante.
—Muchachos —saludó riéndose mientras se colocaba detrás de mí y apoyaba todo su peso sobre mi silla—. ¿Cómo se está portando el chaval? —preguntó. Su mano audaz surcó el aire sobre mi cabeza y se coló entre mis cabellos, desordenándolos por completo.
Apretando la mandíbula, fruncí el ceño, iracunda. Sentí cabellos en la lengua y escupí, sintiéndome insultada. Nadie, ninguna persona en la vida me había jugado el pelo de aquella forma, por su propio bienestar nadie se atrevía, y al parecer al viejo ya se le había antojado como una estúpida costumbre. Su palma aún reposaba sobre la coronilla. Bruscamente, me sacudí y aparté su brazo de un empujón.
—No me gusta que jueguen mi cabello —declaré haciendo una mueca.
El silencio se coló por encima de la mesa, opacando la alegría inicial. ¿Había hecho algo malo? Pronto reparé en que ya no me miraban a mí; los amigos de Minato esperaban atentamente la reacción de Jiraiya. Los ojos del rubio, clavados en su padre, resplandecían de ansiedad. Oh, no. Sí había hecho algo mal. No conocía por completo la historia de Jiraiya, mucho menos su temperamento, pero no cabía duda de que él era alguien importante aquí también. Tragué saliva justo un segundo antes de que la risa me llegara desde atrás.
—De acuerdo, de acuerdo —respondió sonriente—. No te me enciendas.
—Vas a quedarte pobre, Jiraiya —señaló Fugaku, levantando la barbilla.
—Nuestro querido amigo se ha comido casi toda la olla de ramen que ha preparado el viejo Teuchi —añadió Choza.
Jiraiya dirigió su atónita mirada a la enorme pila de tazones a mi lado. Sus ojos daban la impresión de salirse de sus órbitas cuando me los clavó, completamente consternado.
—¿T-tú… te comiste… todo eso?
Sonreí, apenada.
—Vamos, chicos —intervino Shikaku, afable—. Por algo el desayuno es comunitario.
—Tiene un gran apetito —murmuró Minato, masticando rápidamente un trozo de carne. Apartó el plato y los palillos, levantándose de la mesa—. ¡Terminé! Ahora estoy listo y dispuesto —Alejándose un par de pasos, estiró ambos brazos por turnos, comenzando a dar saltitos de calentamiento. Su plato todavía caliente me llamaba. ¿Podía terminarlo por él?
—¡Estupendo! —Jiraiya juntó ambas manos, eufórico—. En tal caso… ¡vámonos!
—¿No desayunarás? —El rostro de Minato decayó, rebosante de preocupación.
—No —Negando con la cabeza, el viejo soltó una risotada—. La victoria es mi sustento. Además, Tsunade me debe una cita… —murmuró, y la mirada completa se le transformó. Era la misma que me dedicó la noche anterior, al hablarme de la reina.
Tsunade… Sí, había escuchado ese nombre antes. Si no erraba en el recuerdo, ella era una soldada legendaria. La única mujer que se había unido al ejército en aras de la primera guerra contra Konohagakure hace ya algún tiempo y que había logrado sobresalir con éxito. Aquella mujer era una leyenda viviente. El antiguo libro de cuero negro de la biblioteca le dedicaba páginas completas a su historia. ¿Jiraiya estaba enamorado de ella?
—No te va a hacer caso nunca —le dijo Fugaku, insertando en el tono un toque de burla—. Si no lo hizo antes, no lo hará ahora.
—¡Tú no sabes nada sobre el corazón de las mujeres! —respondió Jiraiya al tiempo en que su cara se tornaba azul y morada—. Ustedes todavía son unos niños.
—Hmpt...
Fugaku se encogió de hombros, indiferente, pero no hizo ningún comentario más.
—Bueno… andando chicos —llamó finalmente el de pelo blanco, empujando a Minato hacia la salida—. Ya vamos retrasados.
Fugaku, Hiashi, Shikaku y Choza se levantaron al mismo tiempo y siguieron a Jiraiya, dejándome atrás. Me puse de pie con rapidez, uniéndome al grupo.
—¡Hey! ¿A dónde vamos? —pregunté. Aquellos hombres eran mucho más altos que yo, y fácilmente mi interrogante se perdió entre las portentosas pisadas. Ninguno se dignó a ofrecerme una respuesta. "Ya no estás arriba", me recordé, por lo que, tragándome el ácido paladar de haber sido ignorada, me pegué a Choza, dándole alcance—. ¿De qué hablan? Lo han estado mencionando toda la mañana. ¡Quiero saber, 'ttebane!
En el mismo instante en que la frase terminó, mis manos se dirigieron veloces a mi boca, pero era demasiado tarde. Todos, incluso Jiraiya que iba hasta el frente, habían detenido la marcha para fijarse. Una sensación caliente bastante distinguida subió por mi cuello y se acumuló en mi rostro, quemándome la piel. Oh, por Dios. ¡Había vuelto!
—¿Nunca has visto las carreras anuales? —inquirió Hiashi, enarcando una ceja.
—Por algo lo pregunto, 'tebanne —contesté y, mordiéndome el labio, me detuve para darme un par de bofetadas.
No podía ser verdad. Sí había vuelto. Creía que me había deshecho de él desde hacía mucho... O bien, que los miles de tutores de lengua consiguieron hacerlo por mí. Las horas interminables en aquella sala, vocalizando sin tregua por órdenes directas del rey, habían sido las más aburridas y estresantes de toda mi vida. La lengua vibraba ante la recién descubierta sensación. Debía controlarlo. No podía permitirme recaer ahora, no después de ocho años de estricto control verbal.
—Eres muy raro —musitó Fugaku con mirada gélida.
El grupo de hombres volvía a ponerse en movimiento. Escondí el rostro bajo la melena, segura de que ardía y cambiaba de color. Desde pequeña me habían inculcado el hábito de la paciencia y el auto dominio de mis emociones, pero eso no significaba que lo hiciera bien. Me mordí la lengua, soportando todo lo que fui capaz, pero el dolor no cumplió con distraerme de soltar la frase en respuesta:
—Seré raro… pero al menos no peco de amargura, 'tebanne.
—¡Uy! —Al escuchar, Shikaku y Choza hicieron ruiditos divertidos mientras observaban a su amigo de cabellos oscuros.
Habíamos dejado el establecimiento muy atrás. Los guijarros de la calle crujían bajo mis pies inquietos. En la lejanía el manto azulado comenzaba a cambiar de color, el preludio innegable del amanecer.
Fugaku, con los ojos semejantes a piedras de ónix incrustadas sobre la palidez del marfil, apretó la mandíbula y entornó la mirada. Su paso era decidido cuando se propuso avanzar hacia mí. Al principio creí que se detendría, pero me equivocaba. Los metros que nos separaban se acortaron antes de lo previsto y retrocedí sin dejar de mirarle, atenta a cualquier cosa.
—Tú… —susurró, y no vi el movimiento de su brazo.
Más rápido de lo que le creí capaz, me sujetó de la ropa, levantándome del suelo y sosteniéndome en el aire como a un muñeco de trapo. Sus dedos me rozaban la base del cuello y me obligaban a doblar la nuca para no ahogarme. Como el instinto que nace en momentos de peligro, forcejeé cual una criatura atrapada, debatiéndome, pero las manos de ese tipo eran lo más parecido a un par de tenazas prendadas a la camisa.
—¡S-suéltame, 'tebanne!
No lo hizo.
En una medida desesperada, levanté las manos y las cerré como esposas alrededor de las suyas. Aprovechando el arranque de rabia, descargué toda la fuerza que era capaz de producir sobre los huesos de su muñeca, repartiendo la presión de mis dedos sobre su carne. Cada segundo perdía cada vez más la admisión de oxígeno, una tortura lenta y muy dolorosa. Sus ojos se encontraron con los míos; los suyos, llameantes y con furia cuidadosamente disimulada; los míos, a punto de desfallecer y de sumirse en la negrura. Le dolía, lo supe en aquel instante. El daño que me hacía le era retribuido.
—¡Hey! ¡Fugaku! ¡Tranquilo!
La voz de Choza me alcanzó. Ahora él sostenía a Fugaku desde atrás, luchando por hacer que bajara las manos.
—¡Fugaku! —Alguien le agarró los brazos a mi agresor. No podía respirar—. Cálmate, ¿quieres?... Es joven y… no sabe lo que dice…
Ése era Minato. Extrañamente, la imagen mental de su rostro consiguió calmarme lo suficiente, como una droga que aminora el dolor. Podía verle con claridad, con ese gesto tranquilo y pacífico que había mostrado hace tan poco. ¿Siempre sería así?
No pude observar lo que sucedía. Sin previo aviso, fui liberada y mi cuerpo se golpeó contra el suelo, levantando una fina nube de polvo. Mi garganta ardió y un ataque de tos me obligó a arrodillarme; sentía que la comida se me venía encima. El moreno seguía de pie todavía con los puños firmemente apretados. El hijo de Jiraiya le tocó el hombro... y Fugaku dio media vuelta, alejándose por la vereda contigua. Un fino hilo de líquido viscoso se le escurría de entre los dedos. Observé mis uñas; pequeños retazos de sangre y piel yacían acumuladas en aquella diminuta extensión.
—Fugaku es un poco... inestable de vez en cuando. Normalmente nada le afecta... —me explicó Minato, ofreciéndome su mano para ayudarme a levantarme. Parecía que mis fuerzas se habían mudado de mi cuerpo, por lo que el impulso me vino bastante bien—. Es mejor que te mantengas alejado de él. Lo entiendes, ¿no?
Me sacudí las prendas, reprimiendo las arcadas que atenazaban mi estómago.
—No le tengo miedo —afirmé con aplomo—, pero me alejaré… sólo por precaución.
.
.
.
.
El lugar a donde nos dirigíamos se encontraba a las afueras del pueblo, en la zona oeste de Uzushiogakure.
Caminamos por más de media hora siguiendo un solitario camino, de madrugada y rodeados de puro campo abierto. No podía distinguirlo con claridad, pero me daba la impresión de que, a plena luz del día, aquel lugar lucía en todo su esplendor con el tranquilo color verde.
La luna se alza brillante sobre nuestras cabezas como una gran linterna encendida, proyectando un delicado chorro de valiosa plata. El oscuro cielo está plagado de pequeñas estrellas solitarias. Levanté la vista, maravillada y cansada a la vez. Tal vez faltaba poco para las cinco. Nunca en toda mi vida me había levantado a esa hora. Minato y Jiraiya iban al frente, el viejo cotilleando y hablándole al joven al oído como una señora chismosa. Justo detrás de ellos, Choza caminaba junto a mí, charlando de manera normal y muy natural. El único que no venía era el moreno, Fugaku.
—¿Qué es esa carrera? ¿Por qué es tan importante? —pregunté en voz baja.
—No es cualquier carrera —respondió Choza.
—Es una tradición —añadió Shikaku. No me había percatado antes de su silenciosa presencia—. Al principio era sólo de Jiraiya y sus antiguos compañeros: Lady Tsunade y Lord Orochimaru. Poco a poco se fueron afiliando más hacendados, pero nunca tenían oportunidad contra los líderes, por lo que ahora sólo participan en la exhibición principal. El verdadero concurso es entre los tres legendarios soldados de Uzushiogakure —se rió con disimulo—. Es uno de los más grandes eventos que ocurren en el pueblo. Mucha gente madruga sólo para verlo.
"¿Jiraiya? ¿Un hacendario? ¿Desde cuándo?"
—¿En serio? ¿De qué se trata?
—Cada año Orochimaru, Tsunade y yo hacemos apuestas —contestó Jiraiya, alzando la voz. Enarqué las cejas, sorprendida. ¿Había podido escucharnos desde su lugar?—, apuestas fuertes de oro, para ver quién tiene el mejor caballo en su poder —explicó—. En el día acordado, o sea hoy, cada uno lleva su mejor corcel a las tierras de uno de nosotros, junto a su mejor jinete —Pasó el brazo sobre los hombros de Minato y le palmeó la espalda, haciendo ruborizarse a su hijo—, y los hacemos correr en una pista previamente preparada. Y el que llega primero a la meta, obviamente, gana todo el oro. Este año toca en las tierras de Tsunade.
—Es una atracción —comentó Choza—, y una forma muy divertida de ver competir a los tres grandes.
—¿Cuántas carreras has ganado? —cuestioné a Jiraiya.
—Cinco de ocho —respondió con orgullo—. Y todo gracias a mi querido hijo.
El cariño que su voz imprimía a la palabra "hijo" me causó un escalofrío extraño.
—Haku hace todo el trabajo —dijo Minato, un poco cohibido—. Yo sólo le sirvo de guía y ya.
—Tú lo entrenaste, y es precisamente por eso que es tan bueno.
Estaba a punto de hacer una pregunta más cuando, de repente, gritos estruendosos sacudieron la tierra que pisaba. Enfoqué la vista hacia el frente y casi caí de bruces al ver a la gran multitud reunida frente a nosotros. Una enorme y limpia área en forma de elipse se extendía varios kilómetros hacia el este, y en las limitaciones todas las personas del pueblo le rodeaban. Podía ver claramente las líneas que marcaban la zona de trote de los caballos y la línea de meta blanca marcada con pulcritud hasta el final.
—Vaya —musité, impresionada—. No exageraban cuando dijeron que esto atraía multitudes.
—Este año Minato superará su récord —aseguró el gordo pelirrojo—. ¡¿Verdad, Minato?! ¡Lo prometiste!
El interpelado sonrió.
—Eso intentaré.
Pronto bajamos la meseta y nos acercamos a la pista; la multitud, atenta a cualquier movimiento que se propiciase, gritó enloquecida al ver a Jiraiya y a Minato, ambos juntos. Como quien no quiere la cosa, Jiraiya saludó con la mano, levantando a su vez el puño del rubio en señal de gallardía y coraje.
—Llegas tarde, Jiraiya.
Una mujer joven de cabello rubio y grandes atributos se acercó, recibiendo al tiro a los caballeros. Mis costumbres no pudieron privarme de echarle un vistazo. Camisa de franela a cuadros, pantalones de mezclilla, sombrero y un gran escote. Aquel atuendo era el grito en el cielo de cualquier dama.
—Lo siento, Tsunade. Tuvimos algunos percances —contestó el viejo con una de sus típicas sonrisas.
"¿Ésa era Tsunade?", pensé, sorprendida. "¿Cómo era que no lucía igual de anciana que Jiraiya?"
—Eso siempre —musitó un hombre alto, de brillantes ojos rasgados y largo cabello negro—. Resígnate, Jiraiya. Vas a perder.
Endureciendo el gesto, Jiraiya avanzó un paso, moviéndose con calculada arrogancia.
—Eso dijiste el año pasado, Orochimaru, y aún así, mi muchacho le ganó al tuyo.
—Este año estoy preparado —La sonrisa de Orochimaru, levemente torcida, resultaba perturbadora en todos los sentidos—. Tengo un nuevo caballo, y un nuevo jinete.
—Ambos van a perder, señores —intervino Tsunade. Hizo una mueca y sorbió, arrugando la nariz. No comprendí lo que hacía hasta que la vi escupir y la tierra se manchó de un espeso líquido blancuzco. Era asqueroso—. Mi nuevo jinete, Dan, los hará pedazos a todos.
—Bueno… dejemos de hablar, señores, y que los corceles decidan —propuso Jiraiya, cruzándose de brazos—. O, mejor dicho, corran.
Sólo una vez había contemplado la misma imagen, una vez, mientras jugaba al escondite. En la sala de pinturas antiguas se exhibía un cuadro similar, que reunía a las tres leyendas más grandes de todos los tiempos; sin embargo, nada hacía justicia a la realidad. Aquel trío rebosaba de competitividad.
Choza y Shikaku me arrastraron con ellos a un lugar estratégico desde donde se podía observar todo muy bien. El último gesto que el viejo Jiraiya me dedicó fue una distintiva mirada que señalaba "Mira, y diviértete". Los hombres me condujeron entre la multitud, abriendo el paso a empujones hasta que logramos instalarnos en la zona cerca del cordel rojo que delimitaba la pista.
—¿Nadie nunca ha querido... hacer una locura y meterse en la pista durante la carrera? —pregunté. Aquella cinta no ofrecía mucha resistencia, y cualquiera podría burlarla con sólo agacharse lo suficiente.
—Ha ocurrido una o dos veces, en el pasado —me informó Shikaku—, pero la gente de ahora respeta mucho este acontecimiento, y no se atreverían siquiera a interrumpirlo.
—Ah.
El desfile de caballos inicial comenzó. De la nada, decenas de hermosos corceles entraron en escena uno a uno, paseándose por todo el campo. Los animales se lucían en distintos colores, complexiones y tamaños. Había, incluso, al final un pequeño potrillo conducido por un chico moreno de no más de once años. El pánico que presentaba el cuadrúpedo era casi nulo, lo cual me hizo sentir una diminuta chispa de envidia hacia el mismo.
Sin embargo, a pesar de lo maravilloso que me parecía todo lo que se presentaba ante mí, cuando salió el doceavo caballo mis pies se movían de un lado a otro, bailando debido a la impaciencia.
—¡Ya quiero ver la carrera, 'tebanne! —me quejé haciendo un mohín.
Choza fijó la vista en el horizonte, vislumbrando gracias a su altura por encima del resto de cabezas.
—Espera… ¡Ya vienen! —dijo y rápidamente señaló.
Esforzándome un poco, estiré el cuello a todo lo que daba, apoyándome en la cintilla roja. Contemplé a Tsunade mientras caminaba a paso tranquilo para ubicarse justo en el centro del campo, en donde todos podían verle; levantó una mano y se hizo el silencio.
—¡Buenos días, gente! —gritó con una gran sonrisa—. ¡El noveno concurso de caballos del reino de Uzushiogakure da comienzo!
Un grito atronador me sacudió los oídos, dejándome sorda. La euforia ajena me provocaba un cosquilleo en la boca del estómago que era incapaz de ignorar.
—En primer lugar, el corcel sede, o sea, el mío: ¡Kohi y su entrenador, Dan!
De entre un hueco en la multitud, salió galopando un gran y portentoso caballo color caoba, guiado por un hombre de largo pelo color lila. El sujeto alzó la mano y sonrió con naturalidad, un gesto que me recordó mucho a...
—Después, representando a mi queridísimo colega, Orochimaru: ¡el caballo Kuro, y el jinete Yakushi Kabuto!
Como una flecha, atravesó el límite de la pista un poderoso corcel del color de la noche, tan atemorizante que el contraste con su domador resultaba desconcertante. Desde el pelo gris hasta los enormes lentes, el jinete parecía todo menos intimidante.
—Y, finalmente, pero no menos importante, en representación de Jiraiya: ¡Haku, y su jinete Namikaze Minato!
Un borrón blanco apareció de una de las esquinas y galopó con trote grácil hacia el centro de la pista. Montado sobre él pude distinguir a Minato. Se había cambiado la camisa por una del mismo color de su caballo, de modo que combinaban perfectamente. Su cabello rubio se agitaba con el fresco viento matutino y sonreía, inesperadamente feliz y libre. Parecía como si aquello transformara su ser por completo, como si se liberara cual globo que navega con el viento como guía. La energía con la que fue recibido... era digna de admirar.
Los tres corceles se colocaron en la línea de salida, acomodándose costado con costado. Tsunade verificó la distancia entre ellos mientras terminaban de prepararse. No supe si fue la inercia o algo más, probablemente de eso se trataba, lo que me llevó a deslizar la mirada hacia el curioso hijo de Jiraiya. Minato permanecía bien repantigado sobre la montura; su mano se deslizaba cálida sobre el pelo del animal, y entonces se inclinó, moviendo los labios en un susurro incomprensible.
Tsunade se alejó hacia un lado, desvelando su arma y elevándola al cielo en la mano. Uno de sus ayudantes se colocó adelante de ella con una pequeña banderita roja que ondeaba.
—¡¿Listos, chicos?! —preguntó ella en un grito—. ¡Preparados...!
Minato aferró las riendas del caballo, encerrándolas en el puño. Sus ojos azules parecían perdidos en el camino, como si estuviese ya ansioso por correr persiguiendo el amanecer.
—¡Listos…!
Nunca se sabe la naturaleza de una mirada. El por qué cuando alguien te observa de inmediato lo sientes, como si una voz en la cabeza lo susurrara sin descanso. Siempre había sido yo la observada, nunca al revés, y sin embargo lo hacía.
En ese momento, como si el aire arrastrara mis pensamientos hasta su lugar, Minato levantó la vista, encontrándome como el único y diminuto punto de luz en la inmensa oscuridad.
—¡Fuera!
.
.
.
.
Editado: 03/06/2013.
¡Hola! Aquí estoy yo de nuevo con la continuación xD… ¡No me maten por dejarlo ahí xD! Me vi bien inspirada esta vez :3 trataré de actualizarlo a diario… y subiré otras historias también. Algunos serán Naruhina :3… Anny te dije que subiría Naruhina también xD
Nos leemos en la próxima :3.
Mina-chan.
