Capítulo listo... ha sido un poco difícil escribir en estos días, una disculpa por eso, pero el proyecto sigue. ¡Espero sus comentarios y hasta la próxima!
Capítulo 2.
A las seis treinta de la mañana íbamos nuevamente en la pick-up gris de Robles. Salimos antes de que Ryoko despertara, dejándola al cuidado de Esperanza, mientras que éramos conducidos hacia el Oriente de la ciudad, a uno de los principales cuarteles policiacos del país. El sol sin duda alguna había salido ya, sin embargo, estaba oculto por encima de plomizas nubes que cubrían este cielo ayer tan despejado y una ligera llovizna mantenía empapadas las calles.
—Pues para ser "la ciudad más grande del mundo" no parece haber muchos autos—. Comentó Haruhi luego de limpiar el cristal empañado de su ventanilla.
—Si hubiésemos esperado media hora más, no habríamos sido capaces de pasar. En el área metropolitana de esta ciudad viven veinte millones de personas y hay un cuarto de esa cantidad en autos.
El cuartel Oriente de la policía federal en la localidad conocida como Iztapalapa fue nuestro destino. El inmenso edificio pintado en blanco nube y con motivos en azul oscuro se antojaba más bien siniestro a pesar de sus colores, como una representación del "Ministerio del Amor" de la novela 1984. Luego de los controles pertinentes de acceso a las instalaciones y dejando el vehículo aparcado, fuimos conducidos al edificio principal, y para mi sorpresa, en lugar de subir, bajamos un par de niveles, a un búnker que albergaba varias salas de interrogatorios y algunas salas de juntas y otros tantos auditorios. Nuestro guía, un sargento según pude ver por los sectores en sus hombros, nos condujo a una sala de reuniones un tanto más grande que las demás, y cerca de una veintena de personas ya nos esperaban ahí. Curiosamente no todos compartían la misma etnia como llegué a imaginar en un principio, y unos momentos después había dado cuenta de que al menos una cuarta parte de la concurrencia era extranjera, al igual que nosotros. Pasaría un cuarto de hora más, cuando mi reloj de pulso marcó las siete treinta, para que el hombre que presidía la gran mesa se aclarara la garganta, haciendo que el silencio cayera en la ya de por sí intimidante sala. En la mesa, aunque amplia, únicamente había seis lugares disponibles, cada uno estaba previamente destinado a cada uno de los representantes de cada corporación involucrada, dichos líderes se habían sentado ya (entre ellos, Robles, al lado opuesto de la mesa) y su compañía se apostaba detrás de ellos.
Cinco de los seis lugares se ocuparon al final. El militar al límite de la mesa se levantó, dando por iniciada la reunión.
—Buen día a todos—. Dijo aquél hombretón robusto y bajo de piel oscura y cabello blanco. —Soy el general Luis Gonzaga. Como todos ustedes seguramente saben, estamos enfrentando una pequeña crisis que no puede esperar mucho tiempo para resolverse y tenemos tres problemas fundamentales. Primero: el crimen organizado finalmente está consolidado, así que podríamos decir que están un paso delante de nosotros. Segundo: hay un nuevo producto en el mercado…— Al momento que lo dijo, uno de los soldados detrás de él lanzó un bulto al centro de la mesa. Había visto ese tipo de empaques antes, era una paca pequeña repleta de polvo, probablemente cocaína. —…A diferencia de otras drogas, esta no cuenta con una gran producción… por el contrario, su manufactura parece más bien artesanal y apenas hemos podido decomisar poco menos de diez kilogramos en todo el país, y aún así, es más de lo que se ha podido recuperar en Colombia y Venezuela juntas. Se conoce y comercializa como "polvo de ángel". El problema principal con ella es que hasta el día de hoy ha superado todo análisis de composición. Por último: tenemos poco menos de dos meses para dar una buena solución a todo el entuerto… el presidente electo tomará posesión de su puesto el primero de diciembre, no podemos dejar a medias esta investigación o su reputación se verá dañada. Es por eso que siguiendo el ejemplo del enemigo, decidimos hacer esta pequeña alianza, yo, como representante de la Secretaría de la Defensa, estaré al mando y cooperaremos entre nosotros para localizar el origen y desmantelar el que podría ser un antes y después en el consumo mundial de drogas.
Dicho eso, cedió la palabra al resto, dejando que se presentaran. El primero en hablar fue el tipo a su izquierda:
—Coronel Agustín Yáñez, SIEDO—. Se presentó aquel hombre impecablemente trajeado de mirada aguda y porte elegante que calculo tendría mi edad. Unas delgadas gafas adornaban su atractivo rostro, tres policías vestidos para campaña de infiltración rendían guardia detrás de él.
—Comandante Manuel Gutiérrez, Policía Federal Ministerial—. Dijo con una voz intencionadamente profunda aquel policía de poblado bigote y que despedía un fuerte olor a tabaco, al frente de varios policías de uniforme azul, entre ellos, el que nos trajo a esta sala.
—Detective James Cooper, DEA—. Dijo el extranjero de mentón pronunciado y cabello castaño claro, al mando de media docena de hombres en traje negro (más altos que el promedio de los presentes) y de las más variadas etnias, entre caucásicos, árabes y afroamericanos.
—Capitán Gervasio Robles, Interpol Américas—. Nosotros tras él. —¿De quién es el asiento vacío?
—Del comandante Miguel Buenaventura, el representante de la PGJDF—. Dijo Gonzaga luego de suspirar irritado. El faltante era un representante de la policía local. —Ni siquiera llamó para avisar que vendría tarde.
Mientras ellos arreglaban el pequeño asunto doméstico, Haruhi caminó rodeando la mesa y se acercó al bulto en ella, en el espacio entre los asiento de Yáñez y Gutiérrez, sacó una pequeña navaja suiza de su bolsillo y pinchó el paquete, extrayendo poco menos de un par de gramos de aquél polvo blanco e inmaculado. Koizumi se acercó a unos pasos y le tendió un tubo de ensayo en el cuál mi esposa deposito la muestra, seguramente para hacer que Nagato la analizara más tarde.
—Hasta hoy se han encontrado únicamente dos laboratorios que producen esta droga, pero no hay más pistas que el producto terminado—. Explicaba después Yáñez.
—¿A qué se refiere con que "no hay más pistas"?— Preguntó Cooper, al ser extranjero no parecía estar bien enterado, al igual que nosotros.
—A que no hay pistas en absoluto. No había más que algunas herramientas y transportes, pero nada de precursores químicos o sustancias vinculadas.
—¿Qué hay de los arrestados?— Lanzó Haruhi, seguramente sorprendiendo a más de uno que no esperaba que hablara tan bien el español.
—Había diez personas trabajando en el último lugar, dos lograron escapar y seis fueron abatidos en el operativo.
—¿Y los otros dos?
—Suicidas. Al verse sin escapatoria uno se lanzó de la azotea del edificio de cuatro pisos, teniendo buen cuidado de caer de cabeza, el otro intercambió tiros con nosotros dejando un único cartucho en su arma, luego se puso el cañón en la boca.
—Un momento…— Dijo Robles frunciendo el entrecejo. —Entiendo una gran lealtad de narcotraficantes de alto nivel, en círculos internos… pero en los laboratorios… cualquier vendedor de bajo nivel vendería a su madre por algo de indulgencia.
—No creo que eso sea importante—. Intervino Gutiérrez mientras encendía un cigarrillo. —Seguramente el suicidio es porque saben lo que les espera en prisión, todos sabemos que los cárteles tienen gente ahí adentro, y seguramente tienen algo horrible preparado para ellos. En lo que a mí concierne, es mejor así, nosotros ahorramos balas.
—Ahorra balas y al mismo tiempo pierde la oportunidad de buscar escalafones más altos en la organización, por lo general es más sencillo interrogar a maleantes vivos—. Disparó Haruhi con impertinencia.
Todos guardaron silencio y casi medio centenar de ojos apuntaron a ambos.
—No creo que alguien que no conoce la situación sea la más adecuada para opinar al respecto, señorita…
—Detective Suzumiya—. Atajó Robles. —Y es señora… y si está en posición de habar al respecto, es especialista en delincuencia organizada, ha participado en operaciones contra las Triadas Chinas, los Yakuza y La Cosa Nostra en los Estados Unidos.
También salvó al mundo de una brigada homónima de otra dimensión, a nuestra ciudad de una extraterrestre con serios problemas con la autoridad y a muchos soldados de una espantosa muerte a causa de una enfermedad provocada por nano máquinas… eso sin contar la vez que, en su aburrimiento, nos hizo participar en aquella competencia por el Santo Grial… aunque debo admitir que esa vez fue muy interesante.
—Lo único que me gustaría es estar presente la próxima vez—. Dijo ella. —Debemos ser capaces de atrapar al menos a uno con vida, darle la suficiente confianza y protección para que hable con nosotros… ¿Tenemos algo más que discutir por ahora, general?
—Sólo recordarle a usted, su equipo y al señor Cooper que su jurisdicción es limitada, y que en este país existen prioridades. Lo primero es obtener una solución, aunque sea momentánea antes del cambio de gobierno y…
—Con todo respeto, general, eso es irrelevante…— Dijo Haruhi, haciendo que todos centraran su atención en ella. —¿Qué pasará si encontramos esa "solución momentánea" de la que hablamos? ¿Olvidarán el caso y lo ignorarán?
—Lo que es relevante es algo que decido yo, detective—. Reviró el militar poniéndose de pie y apoyando las manos en la mesa. —No olvide que la DEA e Interpol son invitados extranjeros, no conoce nuestra situación lo suficiente para emitir un juicio acerca de lo que es importante.
Haruhi estuvo a punto de responder, pero la mano de Robles sobre su hombro la hizo desistir. Fue él quien habló:
—Sí, general… Cooper, Suzumiya y los demás son extranjeros, pero yo si soy mexicano y yo si conozco la situación. No intentamos menoscabar su autoridad, pero sepa que defenderé las acciones de los miembros de mi corporación a toda costa.
Rompiendo la tensión del momento, el norteamericano se puso de pie, acción que fue imitada por el resto de los presentes y todos comenzamos a hacer camino escaleras arriba.
—No quisiera que por nuestra causa tuvieras un roce con el general—. Dijo Haruhi en voz baja a nuestro anfitrión.
—Descuida. Gonzaga es un soldado de la vieja ola, un militar ejemplar, uno de los pocos hombres de este país que se enorgullece de su uniforme. A pesar de sus palabras, sé que en el fondo está más que de acuerdo contigo, pero es demasiado viejo y testarudo para admitirlo de un extranjero… tanto más si ese extranjero es una mujer. ¿Me dirás cuál es tu comisión?— Volvió a atacar Robles, tratando de tomar por sorpresa a Haruhi mientras atravesábamos aquel enorme gimnasio, donde cerca de medio centenar de hombres y mujeres hacían jogging o golpeaban costales de arena.
—De ninguna manera…— Estuvo a punto de dejar así la charla cuando un ring para box al fondo del lugar llamó la atención de ambos.
—Hace tiempo que no entrenamos juntos. ¿Por qué no hacemos una pequeña apuesta?— Dijo el capitán deteniéndose.
—¿Qué clase de apuesta?
—Supongo que después de todos estos años has mejorado tu estilo de pelea…
—Oh, no, sé a dónde quieres llegar—. Trató de evitar ella. Sin embargo, todos los que la conocíamos sabíamos que también le interesaba subir al ring. —No voy a pelear contigo Gervasio.
—Bueno… supongo que tienes miedo a que un cincuentón te venza… es natural, yo me sentiría mal…
—Dos de tres—. Dijo al sentir su ego lastimado mientras se quitaba la gabardina y caminaba con aplomo hacia la arena de combate.
Hubo un gran revuelo al momento que vieron a ambos agentes dirigirse al lugar, más de sesenta personas rodeaban el cuadrilátero momentos después, cerca de tres cuartas partes eran hombres, y hubo expresiones y silbidos alusivos a su belleza una vez que Haruhi encaró a su antiguo mentor. En teoría debería molestarme, pero en lugar de eso, me da cierto orgullo que sea así. Por cierto, debajo de la gabardina llevaba una blusa amarilla acompañada de unos jeans entallados que explicarían el repentino entusiasmo de la concurrencia, además de unas botas que se quitó una vez arriba. Robles, por su parte, se había quitado el saco, la corbata y los zapatos, y doblaba las mangas de su camisa, dejando ver unos potentes brazos para alguien de su edad, cosa que también sacó algunas exclamaciones de los agentes femeniles presentes y un sonrojo de Asahina.
Poniendo su puño derecho en la palma izquierda, Robles hizo el saludo tradicional del kung fu para luego adoptar la forma del tigre. Haruhi sólo se puso en guardia.
—Veo que has olvidado tus modales, pequeña.
—No es eso… trascendí el kung fu hace tiempo.
—¿Ah, sí? ¿Y qué practicas ahora? ¿Lucha libre?
La respuesta fue el primer movimiento de mi esposa. Un rapidísimo intento de patada al abdomen esquivado por el capitán a una velocidad vertiginosa, lanzando de inmediato un contraataque hacia su espalda, bloqueado por el brazo de Haruhi, y de inmediato su codo estuvo a punto de alcanzar la ceja de él. La primera ronda de golpes y bloqueos de inmediato fue respondida con una ovación por parte de los presentes.
Definitivamente Haruhi se separó mucho del estilo con el que se inició en el combate cuerpo a cuerpo. El Pantera ocupa el estilo souryu, y como buena parte de los practicantes del kung fu que conozco (entre ellos, Asahina), es muy cuidadoso de conservar la forma durante el combate. Haruhi dejó esa norma y evolucionó al jeet kune do, y su principal objetivo es golpear lo más rápido, fuerte y preciso posible. Y aún a pesar de que Robles tiene cierta desventaja por eso, esquiva y contraataca con naturalidad. Así, luego de una secuencia de ataques de Robles hacia el rostro de Haruhi que hacían difícil ver sus manos moviéndose y que aún así fueron oportunamente bloqueados, en un mínimo descuido de la detective, él logró conectar un golpe leve a su muslo derecho, obligándola a apoyar la rodilla en el suelo, y mientras ella levantaba los brazos para prevenir un posible puñetazo a su cabeza, descuidó su tórax, permitiendo que la pierna del capitán se apoyara en su cintura, empujándola con la suficiente fuerza para hacerla volar un par de metros. Sin embargo, ella no cayó, logró detener la inminente caída plantando la mano izquierda en la lona, y haciendo una pequeña acrobacia volvió a quedar de pie y en guardia. Una nueva ronda de aplausos se dejó escuchar.
—Entonces la niña creció, ¿verdad? Supongo que es hora de luchar como adultos—. Dijo Robles con una amplia sonrisa, girando el cuello hasta que sus huesos tronaron y recuperando su guardia.
—No esperaría menos de ti.
Esta vez fue Robles el primero en lanzar el ataque. Su puño salió disparado hacia el costado de Haruhi en forma de garra, casi simultáneamente dio un pequeño puntapié buscando vulnerar su espinilla, aunque ambos intentos fracasaron. Ella bloqueó cada uno de los cada vez más certeros ataques del capitán y recetaba contraataques con particular alegría, hasta que finamente encontró un hueco en la defensa del veterano maestro, conectando tres rapidísimos puñetazos en su abdomen, que habrían sido más si él no hubiera puesto una palmada sonora y contundente a medio pectoral de ella, obligándola a retroceder y detener momentáneamente el ataque. No hubo mucho tiempo de tregua. Apenas Haruhi recuperó el aplomo se lanzó hacia Robles con un golpe combinado, y tal como pasa con la mayoría de los hombres a los que ha enfrentado, no esperaba que su fuerza fuera tal como para deshacer la débil guardia que él calculó sería suficiente para frenarla. Por desgracia para él, la distracción se prolongó lo suficiente para permitir que otra tanda de golpes aterrizaran sobre su cuerpo, hasta que finalmente la detective hizo el giro para conectar un golpe de hacha con la pierna izquierda que aterrizó sobre la clavícula y el pectoral del policía, y antes de que él siquiera terminara de asimilar el dolor, con el mismo impulso que llevaba ella hizo una rápida patada giratoria a sus pies, derribándolo y ganando el primer asalto contra todo pronóstico.
Una marejada de burlas y silbidos atacaron el ego de Robles, que no parecía afectado por ello en absoluto mientras se levantaba y hablaba:
—Uno a cero… esto promete… ¡de nuevo!
Más confiada ya, arremetió haciendo una patada giratoria buscando la cabeza de su oponente. No fue sino hasta ese momento que noté que El Pantera había sido poco más que indulgente en el asalto anterior. Haruhi dio cuenta de que la velocidad y la pericia de su viejo instructor se volvían cada vez mayores y trató de ponerse a la altura, sin embargo, cada nuevo intento de golpear a su contrincante se encontraba con una defensa impenetrable y una respuesta inmediata que de alcanzarla, la dejaría en la lona.
Y así fue como sucedió. En una carga particularmente poderosa, Haruhi intentó lanzar una patada a las piernas de Robles, el cual no sólo logro esquivar el golpe, también alcanzó a aprovechar la defensa parcialmente abierta de su alumna. Fueron once golpes no muy fuertes, pero si rápidos (en tres segundos) a su cuello, clavículas, tórax y estómago, pero lo que realmente terminó con el asalto fue la patada frontal con la que colocó la planta de su pie derecho sobre su mejilla, haciéndola caer de bruces dando un tumbo en el proceso.
Y mientras las exclamaciones de júbilo inundaban una vez más el lugar, traté de subir al ring temiendo que Haruhi hubiera quedado inconsciente.
—Quédate justo donde estás…— Me advirtió en un susurro en tanto que apretaba sus párpados y sacudía su cabeza para detener el mareo. La ignoré y me arrodillé a su lado para ayudarla a levantarse.
—Tiene una gran defensa, pero es fumador eventual por lo que vi… trata de alcanzar su esternón y sus pulmones, eso reducirá sensiblemente su resistencia.
—De acuerdo—. Dijo ella poniéndose de pie y encaminándose nuevamente al centro del cuadro. Un par de pasos después se detuvo y regresó hasta mí para colocar un beso pequeño sobre mis labios. —Gracias.
Un aullido colectivo semejante al de un coyote hizo que bajara del ring con la mirada baja y las mejillas encendidas… es raro recibir una muestra pública de afecto de su parte.
Por tercera vez se plantaron frente a frente. A pesar de lo poco decoroso de la caída reciente, Haruhi se mostraba calmada, mientras que Robles, con tranquilidad, recuperaba la pose, esperando el inminente asalto por parte de la detective.
A diferencia de los asaltos anteriores, no comenzaron con un ataque directo, sino a rodearse mutuamente sin bajar la guardia o retirar los ojos del oponente. Al fin, dando una vuelta completa, el capitán lanzó otra "garra", buscando el abdomen de mi esposa, acción que le fue correspondida con un bloqueo y un golpe de dedos que buscaba su oído, tratando de hacerle perder el equilibrio. Lo que había comenzado como una amistosa apuesta se había tornado en un encuentro personal, o al menos así lo era para Haruhi, pues Robles incluso se daba el lujo de sonreír mientras evitaba los cada vez más contundentes (aunque no necesariamente prodigiosos) golpes de su ex alumna, y un par de minutos después había degenerado en un auténtico encuentro aéreo. Incluso los espectadores alrededor del cuadrilátero parecían contener la respiración. Fue por eso que noté que no sólo los policías en turno estaban en el gimnasio: cerca del acceso, Gonzaga, Cooper y Yáñez observaban con interés el encuentro. Gutiérrez llegó a paso veloz y susurró algo al oído del general justo en el momento en que Robles capturaba por la parte trasera del cinturón y la blusa a Haruhi, y al momento de intentar lanzarla, las piernas de ella se enredaron en su tórax y hundió como pudo su brazo en el cuello del capitán, quedando ambos quietos, como una mala e incomprensible pieza de escultura moderna.
Aprovechando la ventaja que la posición le daba, Robles intentó arrojarla a la lona, ella logró detener su caída con ambas manos, aunque se esforzó de más al soportar su propio peso y el de él, pero al mismo tiempo consiguió el impulso suficiente para dirigir una feroz patada con ambos pies al estómago de Robles, haciéndolo retroceder un par de pasos y recuperar la guardia. Se quedaron inmóviles unos segundos, luego Haruhi sacudió sus manos tratando de no demostrar el dolor que recién había experimentado, no así Robles, que sin el menor afán de ocultarlo, hacía aspavientos mientras sobaba su abdomen.
—No es personal, Haruhi, nunca lo es. Hasta que no entiendas eso, no podrás vencerme.
—Hablaremos todo lo que quieras cuando terminemos esto—. Respondió ella con enojo mal contenido.
—Ese ha sido siempre tu problema, te encasillas en tu ira, no importa qué tipo de arte marcial utilices, hasta que no fluyas, no ganarás de verdad.
A pesar de las sabias palabras del capitán, Haruhi no se calmó. Robles había tocado un punto vulnerable en la personalidad de mi esposa. Es grandiosa en lo que se proponga, pero detesta perder, tanto que es la única cosa a la que todos los cercanos a ella (incluso Ryoko) tememos. En ese mismo momento estaba muy enojada, y realmente el pronóstico no era alentador para ella, él no sólo era un luchador magnífico, también tenía varias décadas de experiencia por encima de Haruhi, no sólo en artes marciales, sino también en filosofía de vida.
Era difícil interpretar la mirada de la detective, la he visto molesta antes, sé que lo olvidará en algún momento, mientras eso pasa, yo sufriré las consecuencias… muchas gracias, capitán, justo lo que necesitaba.
—Así que eso causaba los aislamientos mientras estaban en Europa—. Susurró Koizumi con esa espantosa costumbre suya de acercarse demasiado para hablarme.
—¿Hubo aislamientos entonces?— Pregunté empujando al ésper sin retirar la vista del ring, esperando a que se reanudara la lucha.
—Sí, aunque se disipaban casi de inmediato, supongo que eso deberíamos agradecérselo no sólo a los miembros de La Agencia en Francia, sino también a Ryoko y a ti.
—Pues ojalá se calme pronto, no quisiera que viniéramos aquí sólo para cerrar aislamientos creados porque no puede con su mal carácter.
Robles y Haruhi cerraron distancia a para iniciar un nuevo intercambio. Pero el destino pospondría la conclusión del encuentro por ese día.
—¡Capitán Robles!— Resonó la potente voz de Gonzaga, deteniendo la pelea. —Si quiere seguir peleando, está bien, pero acabamos de localizar lo que podría ser el tercer laboratorio.
Ambos contendientes se miraron. Haruhi conservó la guardia a pesar de que el capitán ya había relajado su postura y juntaba las manos en su espalda. Luego de algunos segundos de incertidumbre, finalmente bajó la guardia; subí al cuadro y me acerqué a ella al mismo tiempo que el capitán.
—Pensé que ya habías logrado controlar tu temperamento a la hora de pelear…— ella no respondió y miraba al suelo. —…creí habértelo dicho antes: la ira es un gran aliado al momento de entablar un combate, pero difícilmente será lo que te lleve a la victoria.
Ella se limitó a afirmar con la cabeza, minutos después bebía de un solo trago un litro de agua de una botella y había recuperado su indumentaria mientras nos dirigíamos a la camioneta para ir al lugar en cuestión. Esta vez el acomodo fue diferente y ella ocupó el puesto del copiloto.
—Me resulta curioso que me digas que no haga uso de la ira…—comenzó ella poco después, mientras salíamos a las ahora caóticas calles de la ciudad— hasta donde tengo entendido, hace unos años buscaste la venganza por lo que les hicieron a ti y a tu novia.
—No te confundas, Haruhi. Nunca busque la venganza. Eso fue justicia.
—¿Y cómo es que eres capaz de ver la diferencia entre una y otra?
—¿Tenías cualquier tipo de justificación real para enojarte conmigo allá?
—Supongo que no.
—Pues ahí lo tienes… aunque eso es banal. La verdadera respuesta es mucho más complicada, pero no me queda duda de que tendrás el discernimiento en algún momento. El día en que puedas verlo, vencerme será un juego de niños para alguien tan talentosa como tú. ¿Me dirás ahora cuál es tu comisión?
—Buen intento, pero no ganaste, fue un empate.
Así, a medida que seguíamos la comitiva que se encaminaba al lugar donde presumiblemente estaba el laboratorio, la tensión iba en aumento. Apenas Robles nos anunció que estábamos por llegar, haciendo gala de su flexibilidad y absoluta falta de cuidado por las reglas de etiqueta al ir en un vehículo en movimiento, Haruhi saltó al asiento trasero, haciendo que viajáramos un poco más apretados de lo que ya íbamos.
—El plan es muy sencillo: debemos capturar a alguno de los que encontremos ahí, pero no creo que sea posible hacerlo si los policías de por aquí se ponen a disparar a lo que se mueva. Yuki, necesito que inutilices las armas de los malos hasta que entremos, si no atacan a la policía, la policía no tendrá motivos para regresar el fuego—. Luego se volvió hacia mí—. ¿Vienes armado?
—Claro, guardé mis espadas en mi bolsillo trasero… ¿Te parece que vengo armado?
—Te casaste con una policía, deberías estar siempre listo para este tipo de cosas.
No, Haruhi, no fue así, cuando me casé contigo no eras una policía, ¿cómo podría estar preparado para este tipo de cosas? Ese argumento era absolutamente válido, pero tratar de usarlo sería inútil. Sin embargo, vivir con esta mujer te hace estar preparado para cualquier cosa.
—Traigo esto—. Dije mostrándole el mango de mi cuchillo por debajo de mi manga izquierda.
—Supongo que con eso bastará.
Terminó de repartir instrucciones unos minutos después, justo cuando Robles llamó nuestra atención.
—Casi llegamos…
Al escucharlo volví a prestar atención a la calle. Estábamos en un barrio bastante popular del área conurbada de la ciudad, entre calles muy angostas y casas miserables, repletas de suciedad y perros callejeros. Seguimos unas cuantas callejuelas más hasta dar con una casa muy grande y en obra negra, que ya para esas alturas estaba rodeada de cerca de una veintena de vehículos. Dos agentes encapuchados esperaban una señal para echar la puerta abajo, en tanto que nosotros descendíamos del vehículo, a punto de hacer la incursión. Al frente de la operación estaba Gutiérrez, debidamente ataviado con un chaleco antibalas y daba indicaciones a varios hombres igualmente encapuchados y armados con rifles de asalto.
—¿Ya hiciste lo que te pedí, Yuki?
La alienígena miró al cielo un momento.
—Edición de datos concluida.
—Perfecto… ahora sólo debemos esperar a que…
Sus palabras fueron interrumpidas por una repentina ráfaga de disparos que resonó dentro de la propiedad, Haruhi se volvió confundida a Nagato, buscando una respuesta, sin embargo, sólo se encontró con una mirada igual de extrañada. Hubo más tiros adentro, haciendo que Gutiérrez diera la orden de entrar. Sus subordinados, previamente dispuestos a los lados de la enorme puerta del lugar, destrozaron las bisagras, haciéndola caer y granjeándonos el paso al interior. La líder de la brigada indicó a Nagato, Koizumi y Asahina que esperaran afuera. Fueron largos segundos de incertidumbre mientras Haruhi y yo seguíamos a Robles. Mucho ruido, voces que se confundían, disparos y lamentos, demasiada intensidad. Al llegar al centro del gran patio interior de la construcción, un hombre de mediana edad, moreno y de poblado bigote armado con un rifle nos salió al paso, sin duda alguna uno de los maleantes, parecía desesperado, el rifle únicamente colgaba de su cuello, pero no parecía tener intención de utilizarlo. Al vernos, Robles le ordenó poner las manos en alto mientras él y Haruhi le apuntaban. Él obedeció.
Y justo cuando Haruhi se acercaba para esposarlo, creyendo haber conseguido al testigo que necesitaba, un par de tiros resonaron. El hombre se derrumbó delante de ella, con dos orificios de bala, uno en la espalda y otro en la nuca.
—¡Tire el arma!— Ordenó mi esposa al responsable, echándose un paso atrás.
Él ejecutor obedeció parcialmente levantando el cañón del arma, y mostrando su placa, revelando que era policía.
—¡Tranquilos! ¡Este era el último!— Nos informaba mientras caminaba hacia nosotros.
—Eso temía…— Respondió ella con acidez mientras se agachaba a un lado del criminal abatido, guardando la esperanza de que estuviera con vida.
—Llegas tarde—. Dijo aquél policía aún anónimo luego de guardar su arma y tender la mano a Robles. Acababa de matar a un hombre por la espalda y se comportaba como su nada hubiera ocurrido.
—¿Yo? Tú fuiste el que no llegó a la reunión por la mañana.
El tipo era alto, más que el Pantera… no debería llamarlo así, no me gusta referirme a las personas por sus apelativos, supongo que es porque siempre se han referido a mí por uno… lo siento, divago. Luego de gritar algunas órdenes a la gente que iba con él, el agente se presento. Tal como decía antes, era muy alto, cercano a los dos metros, contemporáneo en edad a su homónimo de Interpol, pero a diferencia de este, su cabello aún no era completamente negro, aunque tenía una entradas muy marcadas, quizás el punto más relevante de su anatomía era que le sobraban unas sesenta libras de peso, enorme y obeso, con unas orejas más o menos largas y puntiagudas, además de una nariz demasiado levantada que hacía posible ver sus fosas nasales casi desde cualquier ángulo, y un delgado bigote, en algún punto su rostro me recordaba la cara de un cerdo.
—Él es el comandante Buenaventura—. Dijo Robles a Haruhi, que seguía inspeccionando el cadáver junto conmigo. —Ella es la detective Suzumiya, colaborará conmigo en esta investigación…
—Pero mis amigos y subordinados me conocen como Mike Goodness… sería un placer si me llamara así… ¿puedo hablarte de "tú"?
Ella se levantó mirando con indiferencia al tosco policía. —No—. Respondió escueta y directa, sin sentirse en absoluto intimidada por la mirada intensa que el policía le dedicaba.
—…y él es su esposo, el profesor Suzumiya—. Terminó Robles, señalándome.
—Su esposo, vaya… entonces supongo que es hora de irnos, ya terminamos aquí.
—Por supuesto… gracias a ti, gordo idiota—. Dijo Haruhi en japonés y dándole la espalda.
Yo esperé unos momentos más, mientras que El Pantera daba un último vistazo al cadáver, tomó su móvil del bolsillo e hizo una foto al mismo. Luego se volvió hacia mí, sonriente.
—¿Encontraste algo interesante?— Pregunté.
—Creo que sí… se los digo en casa, vámonos de aquí.
Hubo una última reunión estratégica antes de que nos liberaran para ir a casa. Haruhi estaba sumamente molesta por el comportamiento de Buenaventura y apenas Robles subió a la camioneta, ella empezó a exponer su molestia.
—¿Cómo es posible que gente tan inepta este en puestos públicos? ¡Mato a un hombre desarmado!
—No estaba desarmado, Haruhi, tenía un rifle.
—¡Pero el rifle no servía, era como estar desarmado, además se rindió! ¿Por qué demonios estás defendiéndolo?
—¿Cómo sabes que el rifle no servía?
—Intuición femenina—. Respondió Haruhi, no iba a decirle que Nagato inutilizó el arma antes de entrar al edificio… por principio, no le creería.
—No te molestes conmigo, yo estoy de tu lado… pero aquí las cosas relacionadas con la justicia funcionan de forma muy distinta a como lo hacen en Japón o en cualquier otra parte… si de verdad quieres llegar lejos en este caso, debes aprender a hacer lo que puedas con lo que tienes. Sí, hay malos policías, conozco a Buenaventura desde hace muchos años, y sé que es terrible… pero en algún punto podríamos necesitarlo.
—No sé que se podría esperar de alguien que cambia su nombre por uno en inglés—. Intervine yo.
—Yo conocí a un tarado que se llamó a sí mismo John Smith, ¿recuerdas?— Reviró Haruhi, destruyendo mi argumento.
Terminamos de informar a los otros miembros de la brigada lo que había ocurrido, y llegamos al acuerdo de no hablar sobre los hechos del día al llegar a casa, principalmente para evitar charlas incómodas e innecesarias para Ryoko, que seguramente ya estaba esperándonos allá.
Esperanza y Ryoko compartían la mesa una vez que llegamos. Ella leía y Ryoko hacía figuras confusas con crayones sobre enormes trozos de papel que el ama de llaves le había facilitado. Luego de saludarnos y reclamarnos el no haber estado en todo el día o siquiera haberla llamado, nos fue servida la cena. Siendo alrededor de las diez de la noche, llevamos a Ryoko a dormir y discutimos por fin los resultados del día.
—¿Qué fue lo que encontraste, Gervasio?— Lanzó Haruhi al recordar la fotografía que el capitán había hecho al cadáver.
Él tomó su móvil de nueva cuenta y abrió el archivo fotográfico, mostrándonos la parte trasera del cuello del occiso, donde se podía apreciar parcialmente un tatuaje. Todos nos acercamos tratando de encontrar el detalle en la poca resolución que el diminuto monitor del aparato. La figura en la piel del muerto mostraba dos canes, dibujados al estilo prehispánico, ambos estaban unidos por la cola y se mordían mutuamente.
—¿Conoces esa figura, Gervasio?— Preguntó Asahina tímidamente… un momento… ¿acaba de llamarlo por su nombre de pila…?
—Perro que come perro…— dijo el capitán meditabundo mientras miraba la fotografía. —… un viejo amigo mío podrá darnos respuestas sobre esto… pero tendremos que hacer un pequeño viaje a provincia, saldremos mañana, espero que tengan ganas de tomar unas breves vacaciones en el campo.
—Por cierto, supongo que Yuki debe analizar esto—. Dijo Koizumi mostrando el tubo de ensayo donde guardaba la muestra de la droga que obtuvimos esa misma mañana.
Haruhi dio su visto bueno y el tubo le fue alcanzado a Nagato, que lo observó con aprehensión por algunos segundos.
—Me resulta imposible determinar la composición de esta sustancia—. Dijo monótona luego de unos segundos de observarlo.
—Intenta probarla—. Indicó mi esposa. Nagato la obedeció.
La alienígena abrió el tubo y dejó caer algunas motas del blanquísimo polvo sobre la yema de su índice derecho, para luego llevarlo hasta su lengua. Largos segundos de incertidumbre pasaron.
—Me resulta imposible determinar la composición de esta sustancia—. Repitió la extraterrestre en el mismo tono, pero poniéndose abruptamente de pie. —Estoy sintiendo una fuerte indisposición… solicito autorización para retirarme a descansar.
—Ah… de acuerdo, Yuki, puedes retirarte…— Respondió dubitativa Haruhi al ver tan raro comportamiento.
—Solicito autorización para que Itsuki venga conmigo.
El ésper nos miró confundido, se disculpó con todos mientras Nagato tomaba su mano y ambos se perdieron escaleras arriba.
Robles rió por el modo en que se desarrollaron los hechos, aunque honestamente a mí no me parecía en absoluto gracioso que Nagato no pudiera hacer el análisis de la sustancia, y peor aún, que hubiera escapado de esa forma del lugar…
—Descansemos por hoy… deben dormir que mañana haremos preparativos para un viaje, pero yo debo dejar listo el informe para la corporación mañana si es que salimos de la ciudad.
Haruhi, Asahina y yo nos encaminamos igualmente hacia las escaleras, aunque la viajera del tiempo se veía algo indecisa.
—¿Sucede algo, Mikuru…?— Trató de indagar Haruhi.
—Eh… la verdad es que no tengo mucho sueño… creo que me quedaré unos minutos más aquí abajo y beberé algo de café.
Y así lo hizo.
Haruhi y yo entramos en silencio a nuestra habitación, nos tumbamos en la cama y dormimos… hay muchas imágenes en mi cabeza, entre ellas, las de un hombre muriendo… ¿qué fue esa reacción de Nagato? ¿Qué es lo que va a pasar ahora…? Creo que lo mejor será por el momento no preocuparme por eso… hay una mujer bellísima acostada a mi lado, así que creo que lo mejor será dormir por hoy.
Capítulo 2.
Fin.
