Capítulo 3

No sé cuánto tiempo duré noqueado. Sólo sé que me levanté con un tremendo dolor de cabeza y mirando al cielo estrellado. Se veía… raro. No puedo decirte por qué. Demasiado brillante, creería. Demasiado purpuroso. Como sea, yo no estaba en condiciones de pensar en ello. Le atribuí eso al golpe que me di en la cabeza y me senté.

Gemí y con cuidado palpé mi cabeza con una mano… luego lo hice de nuevo, esta vez sin el guantelete metálico. No había sangre ni huesos saliendo por ahí ni puntos suaves ni nada. Eso sí, un chichón del tamaño de un huevo de ganso surgía de mi frente. Supuse que estaba bien. Recogí mi casco y me lo puse cuidadosamente. Si los últimos acontecimientos me servían de guía, mi cabeza sí que iba a necesitar mucha protección.

Me puse de pie, renqueando un poco. Saqué una linterna de mi cinturón (la seguridad primero, niños) y eché un vistazo alrededor mío. Yo estaba en un claro con césped, rodeado por todos lados por árboles. Detrás de mí había una estatua de… ¿un caballo alado? Revisé de nuevo. Sí, un caballo alado. Un unicornio alado, corregí. Con armadura. Miré más de cerca; tenía colmillos… ¿¡qué carajos?! ¡¿Qué clase de adorno para jardines era éste?!

¿En dónde p*tas estaba yo? No conocía a nadie que tuviera algo así en su patio trasero.

Escuché un ruido entre la arboleda. Me volteé y vi una lámpara a la distancia. Algo me dijo que debía ser cuidadoso; en donde sea que estaba yo, seguro que no estaba invitado y estaba seguro que el propietario no estaba esperando invitados. O quizá sí… y considerando la forma en cómo llegué, tampoco parecía buena idea. Apagué mi linterna y mis ojos rojos y me escondí detrás de la base de la estatua, con mi espalda en la fría piedra, esperaba que la negrura de mi disfraz me camuflase entre las sombras.

Rayos de luz de la lámpara empezaron a iluminar el claro. Escuché gente hablar, principalmente niños. Hablaban de cuán mucho habían recogido hoy y un par de adultos diciéndoles que se quedaran juntos… ¿niños disfrazados? Me chupó un portal por el espacio-tiempo ¿sólo para caer en frente de unos niños disfrazados? Permanecí escondido y escuché mientras los niños se acercaban al claro.

Después de unos segundos una voz femenina habló.

"Muy bien, niños, es hora de la historia de la Noche de Nightmare. Todos reúnanse y escuchemos a Zecora."

¿Noche de Nightmare? ¿Zecora? Otra voz femenina habló, ésta con una voz más profunda y con el acento africano más falso que haya escuchado en mi vida… en serio. Conozco gente así. Negros que cambian su nombre a "Changó" o algo por el estilo y tratan de hablar como si se la pasaran todo el tiempo en la Madre África y de juerga con Nelson Mandela y Samuel Eto'o.

"Síganme, y ya verán. La historia de Nightmare Moon, escucharán. Ahora pequeños, escuchen atentos. Les diré de donde vienen sus miedos. La noche de Nightmare, oscura y aterradora. Es Nightmare Moon, quien los acosa…"

Eché mis ojos para atrás y solté un bufido. Algunos padres o profesores habían ideado un paseo de Halloween para una bola de culicagaos con todo y una cursi historia de espanto. Con rimas. La escuché… sin querer queriendo… mientras la hermana Shaka Zulu proseguía, echándoles el cuento de una especie de espíritu chocarrero que se inventó llamado Nightmare Moon, y ¡ojo!, que es mejor que le dejes un tributo de dulces en su estatua o se va a poner brava… todo rimado, por supuesto. Había escuchado ya diversas versiones de ese cuento cuanto era niño. Me gustaba cuando nos hacían eso ya que significaba que me podía escabullir poco después, cuando todos ya se habían ido, y levantarme una bolsada extra de dulces gratis.

Y entonces vino el tributo. Me acurruqué lo más que pude mientras escuchaba a los niños pisar las hojas secas mientras dejaban su botín a los pies de la estatua. No es que me sintiera sentimental o nada, pero saltar de las sombras y asustar a un montón de niños pequeños pide-dulces y ganarme en el proceso el enojo de los adultos era un dolor de cabeza que no quería. Iba a esperar que dejaran sus dulces y se fueran. Por supuesto que yo me quedaría con unos cuántos dulcecitos.

Los mocosos se estaban demorando demasiado, al parecer. Los niños, aparentemente, eran una bola de blandengues y le temían a la estatua. Después de que el cuarto niño dejó su parte, empecé a impacientarme.

"¡Ay, afánenle!"

¿No mencioné que olvidé apagar el distorsionador de voz de mi casco?

Mis palabras sonaron como un bajo trémulo, lo suficientemente audibles como para escucharse en todo el claro. Me llevé las manos a la cara pero ya era muy tarde. Escuché cómo la multitud del otro lado gritaba apagadamente. Algunos de los niños soltaron unos pequeños gritos. ¡Mi*rda!

"¡Hay algún poni ahí atrás!"

Escuché gritar a una niña (¿algún poni?). Escuché pisadas y el rayo de luz de la lámpara se sacudió, rodeando la estatua en mi dirección.

"¡Sunny, no, regresa!"

Quienquiera que fuera Sunny, no escuchó. ¡Maldición! Ahí estaba la valiente del paseo. Me acurruqué preparándome para lo que sea que me viniera mientras la niña doblaba la esquina.

Y entonces no di crédito a lo que vi.

Era un poni.

Un poni de caricatura que no me pasaba de las rodillas. Tenía un pelaje rosado y una crin amarilla brillante y enormes ojos de anime. Y estaba disfrazada de abejorro. Tenía un par de bolsas de papel sobre su espalda a modo de alforjas y tenía cargando en su boca la lamparita.

Lo… lo juro, pude escuchar que mi cerebro, literalmente, sonaba como un reloj de cucú de caricatura. No lo sé, fue una de tantas cosas al mismo tiempo que vi. Pude haber lidiado con una o dos; el hecho de que fuera pequeñita, o rosadita, o incluso que hablara, ¡por el amor de Dios!... pero no todo eso de una vez. Yo pienso que el colmo de todo fue el disfraz de abejorro, en serio. Todo eso junto me llegó como si me golpearan la cara con una toalla mojada.

O sea… ¡disfraz de abejorro!

Ella se quedó congelada y se quedó mirándome fijamente. Yo me quedé congelado y quedé mirándola fijamente.

"¿PeroquéMI*RDA?" Rugí.

Mi distorsionador hizo que mi voz pareciera la de un gorila con diarrea.

Ella gritó, botando la lámpara en el proceso y dando brinquitos en el pasto. Se giró y galopó de regreso al grupo.

Siempre me pregunté por qué Alicia fue tras el conejo. Digo, el sentido común dicta que debió haber cogido la dirección opuesta. Creo que comprendo en dónde ella tenía la cabeza después de eso. Ves algo así de irreal, es como si tuvieras que seguirlo sólo para tenerlo siempre presente y tu cerebro decida si creer o no lo que tus ojos están viendo.

Eché un vistazo por la esquina del pedestal.

Todos eran ponis. Ponis o caballos, lo que sea. Había una docena de ellos ahí parados, la mayoría no me llegaban a las rodillas, pero uno o dos me llegaban a la cintura. Deduje que eran los adultos. Estaban disfrazados de muchas cosas, y los más tenían bolsas con dulces en sus bocas. Los adultos se pusieron al frente, raspando el suelo con sus cascos, algunos de ellos me apuntaban con sus cuernos (¿cuernos?) o extendieron sus alas (¡¿ALAS?!). Liderando el grupo estaba una cebra con disfraz de bruja.

"¡Sal de ahí, si eres capaz! ¡No te escondas, muestra tu faz!" gritó con su acento seudo-africano.

Me levanté, salí renqueando de las sombras; golpeé mi casco tratando de reajustar mis ideas pero accidentalmente prendí mis ojos rojos. Alcé la mirada y concluí que unos cuántos golpecitos no iban a arreglar las cosas. Piii. Lo sentimos, el Ted al que usted ha llamado no está disponible. Por favor marque nuevamente más tarde. Gracias. Piii. Salí renqueando de las sombras hacia la luz. "¡QUIÉN P*TAS SON USTEDES!?" Les grité como Vader.

La multitud… rebaño… pudo admirarme en toda mi metalera, espinosa y negra gloria. Todos los potrillos gritaron.

"¡Por laj barbaj de Benkoj Biojó!" gritó la cebra con sus ojos casi desorbitándose. "¡Corramoj TODOJ, corran por suj vidaj!". Y todos se fueron en estampida.

Los gritos y cascos en estampida se desvanecieron en la distancia. No sé por dónde cogieron. Estaba yo muy ocupado gritando y corriendo en otra dirección.

Corrí a ciegas y balbuceando para mí mismo mientras surcaba el bosque, tropezándome con rocas y chocando con árboles. Estaba golpeado, estaba loco, estaba drogado ¡eso era!. ¡Mi*rda! Alguien debió haberme burundangueado en la fiesta, tuvo que ser eso, LSD en la cerveza o mescalina en la barbacoa…

No sé cuánto corrí ni cuánto tiempo ni cuán lejos, simplemente seguí hasta que me cansé de tantos tropiezos. Al fin retomé mis sentidos. Esto no podía estar pasando, sí, sé que es un cliché, sé que todos dicen lo mismo en esas historias pero es porque es lo único que puedes decir bajo tales circunstancias. ESTO NO PUEDE SER es lo más significativo que un personaje puede decir cuando está pasando por ello y no sentado cómodo en una silla en algún lugar leyéndolo con la narrativa omnisciente de tu lado.

Pero independientemente de lo que estuviera pasando, una parte de mí sabía que estaba entrando en pánico y que eso era malo. Me agarré la cabeza con las manos. "Cálmate, Ted" me dije apretando los dientes, "Cálmate, cálmate, CÁLMATE…" estaba a punto de caer en el pánico…

Y repentinamente… ya no. Por un segundito, el mundo a mi alrededor se puso verdoso-negro-púrpura, como si los lentes de mi yelmo hubieran sido pintados. Eso fue; una vena se me reventó en el cerebro… Entonces hubo esta especie de chorro por mi cuerpo, expandiéndose desde mi pecho. Ya estaba calmado otra vez.

No puedo explicarlo ni describirlo. Nadie lo hace. Nadie va de estar asustado de ver cómo la realidad está de cabeza y luego perfectamente calmo y racional en un segundo. Lo de las drogas en la fiesta lo volví a sospechar; nunca me había calmado tan rápido desde que esa vez que fui a Emergencias con una pierna rota y los médicos me bombearon morfina. Pero descarté la idea tan rápido como pude tras pensar en: HAZTE A LA IDEA.

Descarté rápido esa idea, reprimí por completo cualquier otra que quisiera colarse en mi cabeza. Lo que sea que haya sucedido, sucedió. No importaba si era un sueño o una ilusión o una alucinación por drogas o lo que sea. Si quería sobrevivir, tenía que estar calmado y confiar en mis sentidos. Tenía que seguir adelante.

La fatiga me pasó la cuenta de cobro un segundo después. Me había tropezado con un enorme árbol caído, con un tronco hueco lo suficientemente grande como para que un carro pequeño cupiera en él. Ignorando el olor de la madera pudriéndose, entré arrastrándome a la oscuridad y me acosté en la tierra seca y el pasto. Ponis rosados y amarillos, tornados de luz negra, disfraces de abejorro… en todo eso pensaría en la mañana. Me envolví en mi raída capa de piel falsa y me dormí de inmediato.