Capítulo 2: La belle France.

París, año 1610 DC.

De pronto unos gritos de dolor rasgaron el silencio del palacio ducal de los Dubois y al momento, un par de doncellas corrieron a la cocina a coger más agua caliente y unos trapos.

"Papa." Dijo un niño moreno que tenía alrededor de los 11 años a su padre que estaba sentado en una especie de trono en un salón mirando unos pergaminos. "Papa, j'ai peur. (Papi, tengo miedo) Maman va mourir? (¿Se va a morir mamá?)"

"No se va a morir, no?" Dijo un niño rubio claro de unos 2 años o así medio lloriqueando y con los ojos brillantes pero sin llorar.

"Sorien, niñato, deja de llorar como una niña." Le dijo un chico de pelo casi blanco con las puntas rojas.

"¡Fuera de aquí!" Les gruñó el hombre dejando los pergaminos con un golpe en la mesa.

La verdad es que últimamente, estaba de peor humor, sobre todo cuando se había enterado de que aquellos tres críos tendrían que vivir allí, con ellos.

Había intentado evitarles puesto que no eran sus hijos; al principio se había puesto furioso con su esposa cuando el mayor de ellos, que tenía 18 apareció con el pequeño de pelo blanco y un bebé de un año y medio de pelo rubio casi blanco en brazos en la puerta de su casa una noche de lluvia diciendo que quería ver a Amelié, su querida esposa que estaba embarazada de su hijo.

No, aquellos tres no eran para nada como él, ellos eran medio albinos, rubios y con los ojos claros salvo por el mayor mientras él era moreno y sus ojos eran ya rojos desde hacía años y antes habían sido negros como la noche sin luna.

Aquellos tres le recordaban al que debía ser su padre, y verlos era doloroso ya que nunca podría perdonar a su amada Amelié por aquella traición; sin embargo, al oír sus gritos de dolor rasgando el aire no podía evitar sentir un dolor intenso en el pecho… aunque no pudiera perdonar la traición… no le gustaba la idea de que ella muriese, si ella moría, nada salvaría al pequeño que llevaba en su vientre; por eso había tenido que aceptar a aquellos tres críos siniestros que le provocaban nauseas, por ella y por nadie más.

Y de pronto, aquellos gritos se cortaron y se hizo el silencio durante unos segundos más… solo unos segundos hasta que fue roto de nuevo por un llanto suave pero agudo de bebé y a Enriqu Dubois le había parecido siglos…

Entonces vio a una doncella corriendo por el pasillo, seguramente para coger algo mientras su querida hija Sonja volvía a leerle al hermano pequeño, Lucien aquel libro que tanto les gustaba que unos locos habían escrito recogiendo historias de países lejanos.

"Sonja, ve a ver si tu nuevo hermano está bien." Le mandó su padre.

La chica no dijo nada, tan solo le pasó el libro al niño y se levantó asintiendo antes de salir con paso suave y sin hacer el menor ruido fuera de lo normal.

"Enriqu." Le llamó una voz tras de él sobresaltándolo y haciéndole reaccionar con furia hacia aquel vampiro adolescente y rubio que era Pierre.

"Te he dicho miles de veces que no me molestéis cuando estoy trabajando." Le dijo Enriqu molesto.

"Amelié desea verte." Le dijo el chico.

Para aquellos tres chicos grimosos y tétricos ellos nunca serían familia, nunca llamaron a Amelié 'mamá'y desde luego, él nunca les permitió que le llamasen 'padre' ni nada parecido y ellos tampoco mostraron nunca ningún deseo de lo contrario.

Al final, la curiosidad fue más fuerte que el orgullo, y Enriqu acabó encontrándose ante la puerta del dormitorio donde su mujer había ido a tener al niño.

Con cuidado y cierto miedo al no oír dentro respiración alguna, giró el pomo y entonces vio allí un espectáculo asombroso, su mujer estaba siendo limpiada con mucho cuidado por unas sirvientas y su hija movía al bebé suavemente mientras la partera que había asistido al parto acababa de guardar sus artilugios en la bolsa.

"Enhorabuena, señor Dubois." Le dijo la señora. "Ha sido un niño."

"Enriqu…" Le llamó su mujer aún con un evidente rastro del esfuerzo perlando su piel pálida de alabastro. "Amor mío… ¿dónde está mi bebé?..."

"Ten, madre." Le dijo Sonja pasándole al bebé tapado con una mantita y poniéndoselo en los brazos. "Iré a decirle a mis hermanos que tenemos un nuevo hermanito."

"Tú solo tienes un hermano." Le dijo Enriqu, su padre, molesto.

Entonces ella asintió antes de volver a irse del cuarto.

"Enriqu… ¿No es la cosa… más bella que… has visto nunca?" Le dijo Amelié.

¿Cómo estar furioso con ella? Amelié era una mujer bellísima y su corazón era realmente dulce; ella era la madre de sus hijos, ella era su compañera, su esposa… ella le había dado un heredero que llevar su apellido cuando él hubiese muerto.

"Sí, es precioso." Afirmó él manteniéndose casi impasible en su posición.

"Louie… mi precioso Louie…" Dijo Amelié suavemente mientras acariciaba su carita con un dedo. "Me pequeño y precioso Louie…"

(Salto espacio-temporal)

París, año 1614 DC.

"¡Louie!" Gritó mi padre. "¡Louie Jean-Pierre Dubois!"

"Pierre, debes irte de aquí." Dijo mi hermana preocupada. "Si padre te encuentra…"

Yo me había escondido en la biblioteca para volver a leer el libro que papá le había quitado a Sonja cuando nos lo estaba leyendo; sabía que no debía hacer nada que disgustase a mi padre, pero la curiosidad por saber qué pasaba con aquella chica que llevaba comida a su abuela y el lobo que se había comido a la anciana fue más grande y acabé metiéndome en aquella sala para buscarlo e intentar descifrar qué ponía al final del cuento.

"Pierre, por favor…" Le dijo mi hermana.

"No temo a ese hombre." Dijo él. "Ese hombre no es mi padre."

"Pero él te acogió, a ti y a tus hermanos cuando el tuyo murió." Le dijo ella. "Es el marido de tu madre. ¿Acaso no es eso importante para ti?"

"Está bien, lo haré, por ti." Dijo él.

No era mi intención haber visto nada, pero cuando oí ruidos que se acercaban me había escondido mejor y no me habían visto siquiera.

La verdad es que temía a mi padre, al menos todo lo que un hijo puede temer a un padre y sobre todo a uno como el mío con el que todo son normas y maneras.

"¡Louie Jean-Pie…!" Dijo mi padre entrando a la biblioteca. "Ah, Sonja. ¿Qué haces tú aquí?"

"Vine a buscar un libro, padre." Le dijo ella.

"¿Has visto por una casualidad a tu hermano menor?" Le preguntó papá.

"¿A cual de todos?" Le dijo ella.

"A Louie." Dijo él. "Tiene que tomar sus lecciones."

"No padre." Dijo la chica sumisamente. "La última vez que le vi estaba en el salón dorado."

"Seguiré buscándole." Dijo el hombre.

Pasaron unos segundos antes de que Sonja suspirase aliviada.

"Louie... ya puedes salir, será mejor que dejes de darnos a todos esos sustos." Le dijo la chica sacudiéndole un poco las ropas y estirándoselas. "Papá acabará por enfadarse contigo también si sigues comportándote así."

"¿Qué hacía Pierre a...?" Comenzó a decir Louie.

Entonces ella le cogió con cierta fuerza del brazo.

"Papá no puede enterarse de esto ¿me oyes?" Le dijo ella casi asustada. "¡¿Me oyes?!"

"Sonja, me... me haces daño..." Le dijo el pequeño con miedo.

De pronto ella se dio cuenta y le soltó asustada.

"Lo siento, no pretendía..." Dijo ella suavemente para cogerlo en brazos e intentar reconfortarlo. "Lo siento hermanito... es solo que... papá no puede saberlo, no podría entenderlo..."

"¿Por qué?" Le dijo Louis enjugándose sus lágrimas.

"Son cosas de mayores, no las entenderías..." Le dijo ella sonriendo. "A veces hasta a mí me cuesta entender algunas normas..."

(Salto espacio-temporal)

Palacio de la condesa Arianna Valerius, Rumania, año 1615 DC.

"Lucien, intenta se amable con tu prima, te recuerdo que es una chica y que es una damita delicada. Y Louie, alegra esa cara, cariño." Me dijo mi madre suavemente mientras me arreglaba un poco las chorreras de la camisa que me habían puesto para que estuviese presentable cuando me presentasen con mis hermanos Lucien y Sonja a la condesa Arianna y a la prima Isabella Alexandrine y tía Victoria. "Vuestra tía es una mujer muy buena, además, es muy alegre y seguro que os va a gustar."

"¿Y por qué no vais a presentar también a Pierre y los otros?" Le dijo Sonja aprovechando que papá no estaba.

"Sabéis que a vuestro padre no le gustaría." Le dijo mamá mientras me peinaba por milésima vez. "Bueno, y ahora vamos a ver a la abuelita ¿vale?"

La 'abuelita' resultó ser una mujer que parecía muy severa, sin embargo, resultó ser una señora amable y cariñosa también, aunque si bien es cierto que tenía el porte y un halo de gran dama. Pareció alegrarse de conocernos, y también de conocer a nuestros hermanastros, sin embargo, creo que nos prefería a nosotros por algún motivo.

Lo que ya fue otro cantar fueron nuestra tía Victoria y la prima.

Estábamos con nuestro padre en un salón donde él se había quedado a esperar a que acabásemos de ver a la condesa y hablando con otros hombres uno de ellos creo que se llamaba Lorenzo y cuando llegamos ese hombre nos saludó y se fue.

De la conversación que mantenían antes de que llegásemos nosotros solo pillé una frase que dijo mi padre: "No entiendo como una niña mestiza puede ser digna para suceder a esa anciana en el cargo. Se supone que la pureza lo es todo en esta familia."

"La joven lleva recibiendo una educación exquisita que la está preparando para tomar un día el cargo y..." Le había contestado el hombre parando justo un segundo antes de que entrásemos nosotros.

Me dio un poco de respeto, era grande y fuerte y llevaba una especie de pañuelo que ocultaba la calva, además, vestía al modo militar de la época pero sin armadura.

"¿Qué tal estaba la condesa?" Nos dijo en francés.

"Era una señora mayor, pero no está muy arrugada." Le dijo mi hermano.

"Sí, lo suponía, tiene varios siglos." Nos dijo. "Ya sabéis, de nuestra noble raza."

Yo aún seguía sin entenderlo muy bien, pero la raza de los 'caballeros de la noche' éramos superiores al resto, y los que éramos puros éramos una parte considerable de la nobleza, o lo éramos entonces.

"¿Y tú Louie?" Me dijo mi padre. "Espero que hayas hablado más que normalmente."

"Sí." Dije.

"Mon dieu... esperemos que a la condesa no le hayas parecido demasiado retrasado o algo así..." Dijo suspirando.

Entonces regresó mamá con una mujer y una niña.

"Chicos, os presento a Isabella Alexandrine Valerius, es una prima vuestra." Nos dijo mamá. "Su mamá y yo somos grandes amigas, así que espero que la tratéis bien."

Aquella fue la primera vez que veía a mi prima Isabella; era una niña de mi edad, más o menos, tenía el pelo negro y largo peinado de una manera completamente perfecta y vestida como una dama pequeña; sus modales parecían tan impecables que me di cuenta de por qué parecía complacer tanto a mis padres y por qué mi madre me dijo que era una 'damita delicada'. Todo en ella parecía apropiado y le daba una imagen delicada y de chica; sin embargo, tampoco me pasó desapercibido un cierto matiz en sus ojos.

Ahora me doy cuenta que aquel matiz que percibí en sus ojos era la decisión y la fuerza que más tarde serían su sello de identidad.

"Estoy seguro que nuestros hijos sabrán muy bien cómo tratar a su prima." Le dijo papá. "Señorita... yo soy Enriqu Dubois."

"Enchantez." Le dijo la chica suavemente haciendo la reverencia que era bastante perfecta para una niña de su edad.

"Tres bien!" Le dijo papá divertido. "¡Vaya, vaya... veo que tengo una sobrina muy inteligente y bien educada! Estos son nuestros hijos, Lucien..."

"Encantez." Le dijo Lucien cogiéndole la mano y besándola suavemente.

"Y él es Louie, debéis tener... la misma edad." Le dijo mi padre mientras yo le hacía un gesto de cabeza e intentaba copiar el saludo de Lucien sin que me saliese ni la mitad de natural.

"¡Amelié!" Dijo Jagger entrando sin ningún tipo de educación. "Dis Sorien d'arrêter de me suivre! (¡Dile a Sorien que deje de seguirme!)"

"Enfants!" Les dijo mamá.

"Señor... esos chicos siempre dando problemas." Se quejó papá antes de dirigirse a mamá en francés por respeto a la mujer y la niña. "Amelié! Faites la faveur de la maîtrise de ces enfants! (¡Haz el favor de controlar a esos críos!)Ils sont une nuisance continue! (¡Son una molestia continua!) Je ne comprends pas pourquoi vous avez eu à les traduire! (¡No entiendo por qué tenías que traerlos!)"

"¿Quiénes son?" Preguntó la niña suavemente.

"Son Jagger y Sorien." Le contestó Lucien. "Son solo un par de problemas constantes."

La verdad es que fue curioso, porque Jagger se le quedó mirando con curiosidad mientras mamá les reñía en francés y luego le contestó algo antes de que llegase Pierre y se les llevase.

"Cariño." Le dijo su madre a la prima Isabella. "Nosotros vamos a hablar aquí. ¿Por qué no te llevas a tus primos y les enseñas la casa?"

"Vale." Le dijo ella sonriendo de una forma que hasta a mí me pareció encantadora antes de decirnos que le siguiésemos por favor y nos enseñaría la casa.

Y eso fue lo que hizo, nos llevó por toda la casa mostrándonos todos los rincones que conocía hasta que llegamos a un salón donde un chico de pelo largo y moreno estaba alimentándose de una mujer y cuando nos vio levantó la cabeza y al ver su boca manchada de sangre me asusté y nuestra prima gritó asustada.

"Oh, no, no, no, no..." Dijo el hombre. "¡No, no gritéis, por favor!. ¿Veis? No es nada, tranquilos. Soy yo, Corven..."

"Oh, Corven..." Le dijo otro hombre moreno con pinta de soldado y jubón rosado también apareciendo tras nosotros. "¿No podías haberte ido a otro sitio?"

"Vamos, vamos..." Nos dijo otro hombre, esta vez castaño y de apariencia normal cogiéndo a la prima en brazos mientras sollozaba y haciéndole enterrar la cara en sus ropas.

"¡Corven!" Rugió la condesa apareciendo tras hombres de la puerta. "¡Maldito maleducado y desagradecido chico!"

"Abuela, nosotros nos llevamos a los niños." Dijo un tercer hombre cogiéndonos a Lucien y a mí de las manos.

"Pobrecita..." Dijo el hombre que llevaba a la chica en brazos acariciándome la cara con el pulgar mientras me la llevaba en brazos. "Ese tonto de Corven... que susto te ha metido..."

La verdad es que a ella parecían tenerle todos cariño, no era como lo que tenían hacia nuestros padres el resto de familia, era... era como cariño, de verdad, del que recibían otros niños o como el que nos daba mamá cuando podía porque según papá, el cariño volvía a los hombres débiles y blandos.

"¿Por qué se ha asustado tanto?" Preguntó Lucien al hombre que nos llevaba de la mano cuando sentaron a la chica en las rodillas de su portador y un chico con apariencia un poco triste y de emo actual vino a hacerle carantoñas también.

"Es que a ella no le han contado aún el secreto de la familia." Nos dijo el hombre que nos había llevado de la mano. "Tenemos prohibido alimentarnos en zonas visibles de la casa, por si acaso alguno de los pequeños nos ve."

"Pero si es normal." Le dijo Lucien. "Nuestros padres se alimentan así..."

No se me había ocurrido ni por lo más remoto que la hija de uno de los nuestros no supiese que se alimentaban de sangre. Al saber que ella no sabía nada, entendí cómo tenía que haberse aterrorizado al ver a aquel hombre mordiendo a una mujer y alimentándose a base de chuparle la sangre lo que la mataría.

"Jagger." Oímos una voz tras nosotros que le llamaba. "Haz el favor."

"Hola, niñita." Le dijo este mirándole con una sonrisa irónica a un paso de ella y inclinándose hacia ella. "¿Te da miedo ese hombre?"

"Eh, Jagger." Le dijo el que la tenía en las rodillas. "Aléjate de ella."

"No." Le dijo ella cogiéndole de la camisa para mirar a Jagger mientras se sorbía los mocos. "Jagger es otro primo..."

"Pero peque..." Le dijo el hombre susurrando y enterrando su boca en su pelo sobre la oreja. "Esos tres no son de fiar..."

Entonces ella se aparto para soltarse e ir a acercarse a mi hermanastro que la miró con ironía antes de que Pierre se acercase y le diese un empujoncito que la tiró de culo al suelo.

"Vamos Jagger." Le dijo Pierre mientras los mayores se preparaban para mostrarle qué pasaba cuando tocaban a la princesita. "No te juntes con ellos."

"Pierre es un borde." Le dijo Lucien ayudándola a levantarse mientras el chico emo la levantaba con un par de dedos sin esfuerzo.

"Isabella, no te juntes con esos frikis." Le dijo el chico que nos había llevado hasta allí de la mano. "No son sangre limpia."

"Eh, Alex." Le dijo el que la había tenido en el regazo consolándola. "¿Y si te dejo mi juguete y jugamos un poco?"

"Pero no se lo decimos a la abuela..." Le dijo ella sonriendo y haciendo el signo de silencio.

Aquella niña era realmente algo sorprendente, si bien no solo no se puso a llorar cuando Pierre le dio el empujoncito tirándola de culo como habría hecho cualquier otra niña, parecía tener una predisposición especial a pensar que cualquier persona que le presentasen como familia era buena por naturaleza y ahora sonreía secándose la cara donde aún tenía algo de humedad de las lágrimas que había vertido antes.

"Secreto de primos." Le dijo él.

"James..." Le avisaron. "Recuerda lo que dicen..."

"Aquí nadie se va a chivar ¿a que no?" Le dijo él mirándonos a todos.

¿Y a quién se lo íbamos a decir? No conocíamos a nadie más que a ella y a la condesa, además, tenía interés en saber qué era eso tan importante y prohibido que debía ser guardado en secreto.

Y pronto lo descubrí, le dieron a la chica una espada de madera de esas que a nosotros nos habían dado desde los 3 años para entrenar en el manejo de la espada, una chica no sabría usarla, sin embargo, cuando comenzaron me di cuenta que aquella chica era realmente una caja de sorpresas, parecía tener el manejo de un niño que llevaba algo de tiempo entrenándose.

Pronto al hombre, James, se le unieron el que nos había traído y Lucien y pelearon brazo con brazo en dos equipos solo que, lógicamente, los mayores les ganaron y así siguieron hasta que llegó otro hombre y les riñó a los mayores antes de perderse todos ellos para que segundos más tarde, Lucien fuese secuestrado por un grupito de chicas mayores que le trataron como si fuese uno de los cachorritos que tan bien trataban las mujeres.

Poco después, la prima Isabella se sentó en un toconcito del jardín y de pronto giró la cabeza y me miró mirarla.

"Hola Louie." Le dije suavemente y cambiando la cara medio seria a una amplia sonrisa.

Yo simplemente le saludé con un gesto y me acerqué un poco.

"¿Estás enfadado conmigo?" Me dijo un poco tristemente. "Oh, no... igual no debería haber estado..."

"Ah, no... no es... eso." Le dije suavemente al darme cuenta que me había malinterpretado pensando que no me caía bien. "Es que... eres..."

¿Cómo podía decírselo?. No creo que fuese muy propio decirle la verdad, sin embargo...

"Eres... genial." Acabé diciendo.

"Que va... aún soy mala." Afirmó dejándose caer junto a mí.

Las chicas no hacían eso, era algo nuevo para mí que una chica fuese tan natural, ni siquiera mi hermana hacía nada que fuese tan impropio como jugar con espadas o tumbarse en el césped con nosotros que éramos sus hermanos.

"Y encima es todo... Isabella, no hagas esto; Isabella, no hagas lo otro; Isabella, las señoritas no hacen eso... Estoy harta." Siguió.

"A mí me habían dicho que las chicas no sabían pelear." Le dije suavemente.

"¿Quieres probar?" Me dijo sonriendo y cogiendo la otra espada de madera que había.

"Mi hermano no sabe." Me dijo Lucien que parecía haberse escapado de las otras chicas más mayores. "Pero si quieres yo podría ser tu oponente."

"No... no sé... muy bien." Le dijo ella un poco cohibida de pronto.

"No importa, yo os enseño." Nos dijo mientras yo cogía un palo para unirme al juego tan raro que parecía agradar tanto a aquella chica tan curiosamente dulce y a la vez interesante por sus diferencias con las otras y mi hermana. "¿Lou? Vaya, es la primera vez que coges un palo."

(Salto espacio-temporal)

Palacio de la condesa Arianna Valerius, Rumania, año 1626 DC.

"¡Vale, vale, me rindo!" Dijo Alastar riéndose cuando Alex le derribó junto a mí mientras mantenía su espada contra él y la mía propia contra mí. "Nos rendimos."

"Es humillante que una chica os gane." Nos dijo Lucien.

"¿Por qué no lo intentas tú?" Le dijo ella ayudándonos a ambos a levantarnos.

Era curioso, yo ya tenía 16, un año más que ella y aún pasándole un año y entrenando a diario, ella era mejor que yo y peleando contra dos personas a la vez.

"Yo sé lo que me conviene." Afirmó Lucien sonriendo a medias.

"Creo que Lucien es un cagón." Afirmó Sorien que ahora tenía los 18 permanentes y los ojos rojos puesto que ya era un vampiro pleno.

"Sorien, nosotros no nos insultamos." Le riñó ella como si le molestase que nos hablase así a cualquiera.

Claro que solo nos veía de vez en cuando, siempre que íbamos a la casa de la condesa ella solía venir a vernos o estaba ya por allí.

"Bueno... pues yo me voy a ir ya." Nos dijo Alastar. "Creo que Ben vuelve a estar que muerde. Será mejor que no nos pille haciendo esto o se pensará cualquier cosa."

"¿Louie?" Me llamó como pidiéndome hacer otra pelea más.

Entonces asentí y volvimos a ponernos en posición.

"Pret..." Dijimos.

"En garde." Le dije mientras ambos nos poníamos en posición.

Las peleas eran divertidas, nunca nos hacíamos verdadero daño, pero a veces pasaba como ese día.

"¡Isabella Alexandrine Valerius!" Le gritaron.

"Oh, mierda..." Murmuró suavemente

"¡Isabella Alexandrine Valerius!" Me dijo la condesa Arianna que en realidad era supuestamente su tatarabuela o algo así. "¡¿Cuántas veces tendré que decirte que las damas no deben pelear como si fuese muchachos?!"

"Sí, abuelita..." Le dijimos los dos.

La verdad es que siempre nos caía una bronca de campeonato si nos pillaba la condesa; aquella fue la última vez que nos vimos. Poco después mi hermana murió atravesada por una estaca, al poco de mi conversión. Papá, Lucien y yo perseguimos al cazador que le había matado, por entonces yo era un vampiro de pleno derecho desde hacía poco, como era de esperar, mis habilidades mejoraron en todos los sentidos.

Cuando mi padre murió, Lucien y yo heredamos todo, él se quedó en la casa y yo decidí tras años de estar allí tranquilamente que ya era hora de salir al mundo real, solo me dediqué a viajar, aunque si me encontraba a mi paso algún vampiro que se extralimitaba en sus funciones o que no podía evitar llamar la atención de una forma bastante evidente solía mediar y acabar con él de una forma bastante discreta.

Mi primera parada fue la casa principal, deseaba ver a la gente, sobre todo a Isabella, pero no estaba allí y me dijeron que ahora rara vez se pasaba por allí.

De la prima ella no supe mucho más, lo último que supe fue que heredó el cargo de la condesa y se quedó al frente del clan, de entonces en adelante le deberíamos lealtad a ella. Luego me enteré también que había ido a cumplir con su función social y al final había acabado oyendo rumores en la propia familia de que se había convertido en una guerrera negra, una cazadora de vampiros y licántropos y posteriormente las malas lenguas dijeron que trabajaba para los Vulturis que eran algo así como la realeza dentro de nuestra raza.

(Salto espacio-temporal)

Universidad King's College, Oxford, UK, año 2008 dc.

Estaba por los pasillos de la King's Collage, había ido a tramitar unos papeles para poder matricularme en la carrera de medicina a distancia. No es que lo necesitase, pero la universidad y una carrera me abrirían puertas a algunos sectores que no me vendrían nada mal.

Había preguntado por el lugar donde tramitar aquellos papeles y me habían acabado mandando a secretaría.

Estaba ya allí y fui a un mostrador donde me atendieron bien; entonces fue cuando oí una voz familiar.

"Sí, ya lo sé que es mucho pedir, pero es que... lo necesito." Decía suavemente y con un tono de solemnidad moderna en la voz.

"Nunca se ha dado un caso de modificación de nombre, tienes que entenderlo." Le dijo una voz grave. "Por mucho que su familia haga unas donaciones tan cuantiosas y sean... bueno, mecenas en las sombras."

"Es que me he cambiado el nombre y me he casado, ahora tengo el apellido de mi esposo." Dijo la voz.

No podía creérmelo, había pasado siglos sin oír aquella voz más que en mi memoria, y de pronto... allí estaba de nuevo, suave pero clara.

Hice el papeleo y cuando estaba acabando fue cuando ella salió del despacho del final del pasillo donde estaba el decano de la universidad, me miró como si fuese uno más de los estudiantes y fue a pasar de largo.

No me extrañaría que no se acordase de mí, he cambiado un poco desde la última vez y eso fue hace siglos.

"¿Louie?" Dijo suavemente como dudando y haciéndome reparar en que se había parado frente a mí. "¡Oh, dios, eres tú, Louie Dubois!"

"Vaya, hacía... siglos que no nos veíamos y veo que sigues recordándome." Le dije un poco sorprendido de que me hubiese reconocido.

"Soy muy buena fisonomista, nunca olvido una cara ¿recuerdas?" Me dijo sonriendo.

Hacía siglos que no veía aquella sonrisa, y de pronto, volvió a iluminar la estancia e iluminó mi vida como había hecho hacía tanto tiempo.

Quedamos esa misma tarde para charlar en un lugar tranquilo.

"Lou, voy... voy a morir." Me dijo.

Eso me hundió en un segundo.

"¿Cómo que... qué es eso de que vas a...?" Le dije.

"Necesito desaparecer, así que..." Me dijo. "Eh, tranquilo, tranquilo ¿oyes?" Me dijo cogiéndome la mano a través de la mesa y mirándome a los ojos. "Va a ser solo falsear mi muerte, todos creerán que he muerto y entonces podré ser libre. Nadie debe saber que sigo viva ¿entiendes?"

"¿Por eso has pedido que te cambien el nombre?" Le dije.

"Así es, voy a necesitar una coartada para ganarme la vida." Afirmó ella. "Lo de ser médico me gusta; he pasado muchísimo tiempo quitando vidas, creo que va siendo hora de que comience a salvarlas y a ayudar a salvarlas."

Seguía teniendo la misma mente que cuando era pequeña, conciliadora, pura... me costaba creer que hubiese sido la mujer que había oído que era.

"Había oído que eras..." Le dije.

"¿Cazadora?" Me dijo. "Es cierto, pero... me he cansado de seguir órdenes estúpidas, estoy harta de luchar sin poder tener nada importante de verdad. Quiero una vida, una que sea mía de verdad."

"¿Y a dónde irás cuando hayas falseado tu muerte?" Le dije.

"Lejos de aquí." Afirmó. "Tengo muchos amigos, por todos sitios; intentaré acercarme con disimulo a algunos y volver a ganarme su confianza y amistad, pero esta vez como persona."

"¿Y qué pasará con el clan?" Le dije intentando aferrarla un poco más.

"Seguiré velando por vosotros, pero lejos." Afirmó.

No podía creérmelo, acababa de reencontrarla e iba a volver a perderla... no podía hacer nada por retenerla.

"Si necesitas ayuda no dudes en pedírmela." Le acabé ofreciendo rindiéndome.