Disclaimer: los personajes de Magi no me pertenecen. Son propiedad de Shinobu Ohtaka.

Parejas: Sinbad x Alibaba, Kouen x Alibaba.

Advertencias: Spoilers relacionados con el manga, YAOI, MPREG, alusión a violación.

ACLARACIONES: Esta historia contendrá partes fieles al manga, tanto diálogos como escenas, pero habrán ciertas modificaciones para su adaptación.


— Capítulo 3 —

Poco a poco

Sucedió una semana desde que Alibaba charlara con Morgiana, y la sensación de vacío y dolor que sentía por la ausencia de Sinbad se estaba volviendo cada vez más lejana y ajena, como un sueño o un recuerdo, que dejaba en su memoria solo débiles retazos de aquellos días en Sindria. Ahora su mente se encontraba más aliviada, y su concentración se había vuelto mucho más meticulosa para asistir a Kouen.

Encerrados en la biblioteca, coordinaban el viaje que realizarían mañana a primera hora, rumbo a una localidad al norte de Balbadd. Alibaba redactaba un documento a petición de Kouen, mientras él, sentado donde siempre, lo observaba de manera contemplativa. Aún rondaba en su cabeza la conversación que había escuchado entre él y Morgiana. No podía borrar las palabras de Alibaba ni el sentimiento que había percibido en ellas. Su aparente relación con Sinbad era un hecho, y tenerlo bajo el mismo techo era un arma de doble filo si consideraba que estaba involucrado emocionalmente con el enemigo. Sin embargo, Alibaba había dejado muy claro que su decisión de seguir al Imperio no podía ser cuestionada. Quería confiar en él aun cuando eso pusiera en juego la victoria del Imperio y su propio juicio, porque Alibaba era esa clase de persona que hacía posible creer en su palabra y sus acciones. Su honestidad era incuestionable aun cuando había descubierto algo importante.

Alibaba terminó de redactar la última parte del documento y le echó un vistazo a Kouen, que desde hacía un rato no había dejado de mirarle fijamente. Podía sentir sus penetrantes ojos clavados en su persona, y ya había comenzado a inquietarle.

—¿Qué pasa? —le preguntó, llevándose la mano derecha al rostro—. ¿Tengo tinta otra vez en la cara?

Kouen permaneció con su expresión inmutable. Casi parecía reflexionar sobre algo que Alibaba desconocía.

—Si tuvieras la oportunidad de asesinarme para reclamar tu país, ¿lo harías?

Alibaba abrió los ojos con desmesurada impresión.

—¡¿A qué viene eso?! ¡¿De qué está hablando?!

La pregunta lo había desconcertado, y no le encontraba sentido. ¿Por qué Kouen le preguntaba algo así? ¿Qué respuesta esperaba? ¿Qué buscaba con ella?

—Responde —insistió Kouen sin quitarle la vista de encima. Podía percibir, aun con la tenue luz de los candelabros, cómo los ojos de Alibaba brillaban con inquietud.

Con un gesto esquivo, Alibaba apoyó las manos cerradas sobre la mesa y miró hacia ella, perdiéndose entre las letras redactadas en el pergamino.

—La verdad es que... no necesito matarlo, pero quiero lo mejor para Balbadd. Por ahora solo estoy viendo los cambios, asimilándolos y esperando que esto traiga algo positivo. Porque mientras no tenga la fuerza ni las herramientas para proteger Balbadd, dejaré que usted se encargue de hacerlo.

Kouen esbozó una sonrisa al haber adivinado su respuesta. Alibaba era demasiado transparente y ridículamente honesto. Aun así veía esa capacidad innata de líder, y eran ambas cualidades perfectamente armonizadas que él necesitaba para lograr sus objetivos.

Se levantó y, al pasar por su lado, apoyó la mano sobre su hombro.

—Ve a dormir, mañana partiremos temprano.

Salió de la biblioteca y dejó a Alibaba con la interrogante de aquella extraña y breve conversación.

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A primera hora de la mañana dejaron el palacio, acompañados solo por una escolta de diez soldados. Kouen había concretado una reunión con el gobernador del país al norte de Balbadd para negociar la ampliación y fiscalización de las rutas comerciales donde se efectuaban la mayoría de los asaltos por la mercancía que se transportaba a ambas naciones. Estarían fuera solo cuatro días, por lo que no vieron la necesidad de presidir de la compañía de sus contenedores familiares.

Al interior del carruaje, el cual estaba diseñado para soportar el traslado al país vecino, Alibaba bostezaba mirando perezosamente el paisaje desde la ventana.

—Por lo visto no te fuiste a dormir temprano —dijo Kouen—. Te dije que debías descansar para hoy.

—Lo hice —dijo Alibaba—. Apenas regresó a su cuarto yo lo hice al mío, pero no pude dormir.

—¿Por qué?

Kouen sabía la respuesta; estaba en los ojos de Alibaba, que brillaban igual que anoche. Podía percibir en ellos un matiz que solo era visible cuando Sinbad estaba presente en sus pensamientos. Pero más allá de que le incomodase aquella extraña relación, de la que poco sabía, le preocupaba que el corazón de Alibaba flaquera y lo traicionara, porque a pesar de su determinación de cortar los lazos con Sindria, temía que no fuera capaz de soportar la distancia y buscara la manera de mantener contacto con él. Era muy probable que eso llegase a suceder, pero de ocurrir lo vería en los ojos de Alibaba. No había forma de que estos lo engañasen.

Apartó la vista y prefirió contemplar el paisaje. De nada le servía seguir pensando en ello; solo debía concentrarse en el encuentro con el gobernador y conseguir una buena negociación.

—Necesito que mañana prestes atención a todo lo que se diga en la reunión.

Alibaba apartó la mirada de la ventana para verlo y asentir.

—¿Qué clase de negociaciones piensa hacer? —preguntó—. ¿Acaso pretende conquistar ese territorio también?

Kouen lo vio fugazmente, regresando rápidamente la vista al paisaje.

—Ya conoces mis planes para este mundo.

—Entonces invadirá ese territorio. —Alibaba estaba seguro que haría eso, no por nada Kouen era conocido como un hombre sediento de guerra.

—Aún no.

Alibaba entornó la mirada.

—Entiendo lo que trata de hacer para cambiar el mundo y terminar con las guerras, pero pienso que lo que está haciendo no es el camino correcto. —Kouen le prestó atención. —Las personas tenemos derecho a pensar distinto, a tener nuestros propios ideales y sueños. No se puede obligar a seguir una misma regla o un mismo estilo de vida. Quizá no logren acostumbrarse.

Casi con un gesto de burla, Kouen se cruzó de brazos.

—Aceptaría tus palabras si fueras cualquier persona, pero eres un candidato a rey y has visto lo que lleva la diferencia de opiniones y la desigualdad.

A la mente de Alibaba vino la imagen de Kassim, y no supo qué decir.

—Si tu criterio te dice eso —continuó Kouen—, significa que no estás preparado para tener a Balbadd, y mientras no lo demuestres, no te lo entregaré.

—Pero tengo que cumplir las otras dos condiciones.

Kouen negó con un dejo de decepción.

—Se necesita más que eso para que seas capaz de gobernar una nación. Una vez que lo consigas, Balbadd será tuyo.

Alibaba permaneció en silencio. Las palabras de Kouen cobraban sentido si consideraba cada una de sus debilidades. Aún era joven, un tanto ingenuo, y su falta de experiencia y liderazgo no lo capacitaban para regir Balbadd, al menos no por ahora.

Cerró los ojos y recordó a Sinbad cuando se dirigía a los habitantes de Sindria con solemnes y motivadores discursos. Incluso cuando decidió aliarse con la Tropa de la Niebla, él demostró tener una capacidad innata para que las personas lo siguieran y creyeran en sus palabras. A él en cambio aún le faltaba mucho para alcanzar ese nivel.

Suspiró resignado y continuó observando el paisaje que cada vez se alejaba de las explanadas costeras, dando paso a terrenos cubiertos por extensos bosques de abetos y arces, sin percatarse que Kouen lo miraba en silencio.

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Tal como estaba contemplado en el itinerario de viaje, la noche los pilló a medio camino, por lo que Kouen decidió detenerse para cenar y descansar antes de reanudar la marcha. Hasta el momento no habían sido víctimas de asaltos, como era común en esos caminos, pero prefería detenerse en un sitio que los favoreciera estratégicamente que esperar una emboscada en plena oscuridad.

La servidumbre que los acompañaba se encargó de preparar la cena sobre una fogata que montaron en el improvisado campamento. El estómago de Alibaba reclamaba por comida, pero él moría de sueño, y no sabía si resistiría más tiempo despierto a la espera de la cena que despedía un agradable olor a carne y patatas cocidas.

—Si tienes sueño ve a dormir —dijo Kouen al verle cabecear sentado frente la fogata.

Alibaba negó con la cabeza mientras se frotaba los ojos.

—Esperaré un poco. Además quiero ayudar a servir la cena.

—Olvídalo —dijo Kouen—, para eso traje a los sirvientes.

Alibaba no quiso entrar en discusiones sin sentido. Kouen estaba acostumbrado a que lo atendiesen en todo, y no pretendía cambiarle sus hábitos de príncipe en medio del bosque.

—¿Cree que suframos una emboscada? —preguntó viendo hacia el bosque. La noche lucía muy tranquila. No había nubes en el cielo y la luna resplandecía plateada en un círculo perfecto.

—Es posible, pero estamos preparados para hacerle frente a los ladrones. No vayas a salir corriendo.

—¡No pienso hacerlo! —Alibaba saltó ofendido.

Kouen se sentó a su lado, en uno de los banquillos que colocaron para ambos alrededor de la fogata, y esperó por su cena. Los sirvientes eran tres mujeres que conocían sus exigencias, por lo que no tardaron en tener listo el guiso de carne a su gusto.

—¿Crees poder soportarlo? —preguntó Kouen cuando Alibaba pidió de lo mismo.

—¿Por qué lo dice? —Alibaba se echó un trozo de carne y sintió que la boca le ardía—. ¡Quema! —gritó, cogiendo la copa de agua que tenía a su lado y bebió de ella con desesperación—. ¡¿Qué diablos es esto?! —exclamó viendo su plato de carne—. ¡Tiene mucho picante!

—Me gusta la comida bien condimentada —respondió Kouen, comiendo sin problemas.

—¡Pica mucho! —se quejó Alibaba.

—Eres un debilucho.

—¡No es cierto! —Alibaba exclamó con enfado—. ¡Usted es el que come con demasiado picante!

Kouen soltó una carcajada. No podía evitar divertirse a costa de Alibaba, que seguía reclamando mientras le echaba aire con la mano a su enrojecida lengua.

Continuaron cenando y, entre bocados, Alibaba le contó a Kouen cómo conquistó la celda de Amon, su encuentro con Aladdin y su experiencia tras pasar un año con la tribu Yambala. No lo había notado, pero se sentía muy cómodo charlando de ese tipo de cosas con él. Kouen lucía interesado en escucharle y no le interrumpía, a diferencia de Sinbad, que se involucraba en sus relatos comentado experiencias similares a las que le contaba, opacándolo en algunas ocasiones.

—...Entonces así fue como gané mi primera batalla en el coliseo. Y como recuerdo tengo estas cicatrices. —Alibaba mostró su brazo izquierdo, donde Garda había dejado sus dientes marcados.

Los dos se quedaron en silencio. Kouen sostenía una copa de vino entre las manos; no había tomado ni un solo sorbo concentrado en la historia de Alibaba.

—Lo siento, creo que he hablado mucho —dijo él, arrepintiéndose al momento de darse cuenta que no había dejado de hablar.

—Es agradable cuando se está de viaje —dijo Kouen con llaneza. Se llevó la copa de vino a los labios y bebió un poco—. Así es menos tedioso y se acorta el camino.

Alibaba frunció el ceño.

—¿Debo sentirme halagado u ofendido por eso?

—Tómalo como un cumplido. —Kouen volvió a beber un sorbo de vino.

Continuaron charlando otra media hora. No tenía intenciones de dormir aún. La noche era agradable y el viento que soplaba era tibio; algo muy común en esa zona al encontrarse lejos de la costa.

Alibaba llevaba un rato ensimismado contemplando las lenguas de fuego casi hipnotizado, pensando en lo que debía estar haciendo Aladdin. Lo extrañaba, aunque antes ya habían estado separados y por mucho más tiempo que solo un par de semanas. Pero se sentía más solo y creía saber el motivo.

—Debe incomodarte viajar conmigo —dijo Kouen, después de permanecer unos minutos en silencio.

Alibaba salió de sus pensamientos y volteó el rostro hacia él.

—¿Qué le hace pensar eso?

—Soy la persona que te quitó tu país y lo ha transformado.

La actitud relajada que Alibaba había mostrado mientras charlaban desapareció.

—Eso ya lo hablamos —respondió, cruzándose de brazos.

—Entonces dime qué te llevó a decidir cortar tus lazos con Sindria. —Finalmente lo había preguntado. Después de pasar días cuestionándose aquello, tras descubrir la relación aparentemente furtiva entre Alibaba y Sinbad, Kouen se atrevió a encararlo para descubrir su verdad y entender porqué ahora estaban conversando en pleno viaje a otro país y no envueltos en una sangrienta guerra por Balbadd.

El semblante de Alibaba palideció y no fue capaz de sostener la mirada.

—¿Qué no es obvio? Lo hice por Balbadd.

—¿Por nada más? —Kouen no estaba convencido. Sabía que algo había ocurrido, porque no podía borrar de su memoria las lágrimas de Alibaba cuando le comunicó su decisión.

Alibaba se sintió incómodo y nervioso. Permaneció en silencio, con la vista fija en el suelo mientras descruzaba los brazos y se frotaba las manos lentamente.

—¿A dónde trata de llegar con estas preguntas? —musitó al cabo de unos segundos—. Los motivos que tuve para romper mis lazos con Sindria no deberían importarle.

—Entonces sí existen —dijo Kouen.

—¿Y qué si los hubiera?

—Quiero saberlos.

Las manos de Alibaba se cerraron con fuerza y negó con la cabeza.

—No puede.

—¿Por qué no?

El rostro de Alibaba enrojeció. Incluso con las lenguas de fuego de la fogata podía apreciar el tono rojizo en sus mejillas y sus ojos vidriosos, como si quisiera llorar.

—Quiero confiar en ti —dijo Kouen—. Pero si no eres honesto no podré hacerlo.

Él quería que Alibaba le confesara la verdad aun cuando lo presionara para hacerlo. Necesitaba saber el motivo exacto que lo llevó a romper sus lazos con Sindria, porque estaba seguro que había uno. ¿Acaso realmente era capaz de separar sus sentimientos de su deber como príncipe? Quería creer que sí, pero su día a día con Alibaba le hacía dudar de ello; era demasiado emocional como para separar las cosas y actuar con real frialdad.

—No tiene nada que desconfiar. —Los labios de Alibaba se movieron despacio, casi como si hubiese murmurado, pero Kouen lo escuchó con claridad.

—Ahora quiero preguntarte otra cosa. —Solo por esta ocasión, Kouen no continuaría insistiendo. Hacerlo ahora no tenía mucho sentido.

—¿Qué?

—¿Cómo era tu relación con Sinbad?

Alibaba se sobresaltó.

—¿Por qué me pregunta eso?

—Porque quiero saberlo —respondió.

Alibaba no se estaba sintiendo cómodo con el interrogatorio. Hubiera preferido hablar de cualquier otra cosa, porque tocar el tema de Sinbad no le hacía bien.

—Soy alguien curioso —aclaró Kouen—, y si tengo dudas pregunto. Supongo que te llevabas bien con él, ya que eran aliados. Pero debe haber algo más entre ustedes.

—¡¿Ah?! —Alibaba se incorporó de un salto. —¡¿A qué se refiere con algo más?!

—Tranquilízate, no estoy diciendo nada que te ponga en una incómoda posición. Más que aliados eran amigos, ¿no es así?

Sabía que estaba haciendo algo incorrecto. Presionar y acorralar a Alibaba resultaba un juego sucio, si consideraba el sufrimiento que estaba padeciendo. Pero no podía evitarlo; era algo más fuerte intentar averiguar algo y confirmar si en verdad era una persona honesta y leal como aparentaba.

Alibaba volvió a sentarse, pero aún parecía que su cuerpo permanecía en tensión.

—Él es alguien que tiene un gran poder de liderazgo. Inspira confianza y seguridad, como si todo lo malo desapareciera y quedara solo lo bueno. —Su semblante se relajó y sus labios se curvaron en una agradable y tranquila sonrisa—. Lo admiro mucho.

Kouen pudo percibir algo más que admiración en las palabras de Alibaba, confirmando que en realidad entre ellos había —o hubo— una relación sentimental importante.

Se incorporó en silencio y regresó al carruaje. Alibaba lo vio marcharse, percibiendo una extraña actitud de su parte. ¿Por qué le había hecho esa clase de preguntas? Prefirió restarle importancia al creer que en verdad Kouen solo había preguntado por curiosidad, y permaneció un poco más en el lugar con la intención de vigilar. Pero no supo en qué minuto fue vencido por el cansancio, quedándose profundamente dormido.

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Cuando tomó conciencia de su alrededor, sintió el movimiento del carruaje y un agradable calor sobre su cuerpo. Se sentía cómodo y no deseaba despertar, pero abrió los ojos y notó la luz del sol entrando por las ventanas del carruaje. Adormilado, miró hacia donde Kouen se encontraba; él leía sin prestarle atención. Se contempló a sí mismo y notó que tenía una manta negra sobre su cuerpo, que yacía tendido en el asiento del carruaje.

—Al fin despertaste. —Kouen le habló sin apartar la vista de lo que interesadamente leía.

—Me quedé dormido —dijo, un tanto confundido—. Anoche...

—Como centinela eres una desgracia.

Alibaba se incorporó y fue ahí que se dio cuenta qué prenda era la que tenía sobre su cuerpo.

—Es...

—Devuélvemela. —Kouen extendió su mano derecha.

Después que uno de los guardias le avisara a Kouen que Alibaba se había quedado dormido, lo trasladaron hasta el carruaje. Kouen hubiera preferido ignorarlo y seguir durmiendo, pero no pudo evitar notar cómo Alibaba lucía demasiado desabrigado, por lo que decidió cubrirlo con su capa. No supo realmente porqué lo hizo; mucho antes de notarlo ya se la había colocado encima.

—¿Cómo fue que llegué aquí? —preguntó Alibaba mientras se la entregaba un tanto apenado.

—Uno de los guardias te cargó y te dejó ahí.

—Oh. —Alibaba pareció algo decepcionado.

—¿Creíste que había sido yo? —Kouen inquirió con algo de burla—. No cargo bultos.

Alibaba frunció el ceño, dispuesto a protestar por la absurda comparación de su cuerpo con un bulto, pero consideró el gesto de Kouen al cobijarlo cuando no era su obligación. Sus acciones a veces lo confundían. En algunas ocasiones era demasiado indiferente, pero luego podía tener actitudes condescendientes e inesperadamente gentiles.

—¿Cuánto falta para llegar? —preguntó al observar el paisaje. El frondoso bosque que les había acompañado gran parte del día de ayer, ahora era un vasto terreno de cultivos franqueado por un caudaloso río que abastecía el territorio.

—El resto del día.

Alibaba se estiró un poco, percibiendo el olor de Kouen impregnado en su ropa. Era un aroma agradable; ya lo había sentido antes al pasar tanto tiempo con él, pero ahora lo notaba aún más intenso en su cuerpo. Decidió no tomarle demasiada importancia y se dedicó a observar el paisaje por la ventana.

Diez horas más de viaje y finalmente llegaron a destino. Conforme se adentraron por las primeras calles de la localidad, Alibaba no pudo evitar sentirse invadido por una oleada de nostalgia que lo trasladó a viejas reminiscencias del pasado. Ya había visitado aquel lugar con su padre, hacía mucho tiempo, y ahora que lo hacía con Kouen, sonrió nostálgico al contemplar los cambios en el lugar después de pasar años sin visitarlo.

El carruaje se detuvo frente a un ostentoso castillo. Alibaba notó que era el único edificio que permanecía tal como lo retenía en sus recuerdos. Bajaron del carruaje y fueron recibidos por el gobernador y su familia.

—Bienvenidos —fue el saludo del gobernador. A su lado, su esposa mostraba sus respetos con una elegante reverencia—. Espero hayan tenido un buen viaje.

—No hubo inconvenientes —dijo Kouen.

Ingresaron al castillo y, mientras recorrían el lugar, Alibaba lo contemplaba silenciosamente, reviviendo recuerdos. El gobernador lo reconoció y sonrió.

—Usted es el joven Alibaba Saluja, ¿no es cierto? —le preguntó.

—Sí. —Alibaba asintió con una sonrisa.

—Qué gusto volver a verlo. Después de la muerte de su padre no tuve noticias suyas. Recuerdo cuando vino a visitarnos; se llevó muy bien con el mayor de mis hijos.

Alibaba se acordaba muy bien de aquello.

—¿Y dónde está él? —preguntó, buscándolo entre los presentes.

—Él se encuentra de viaje. Se fue hace un par de meses. Tiene intenciones de conquistar una celda.

Alibaba intercambió una mirada fugaz con Kouen, que desde hacía unos momentos lo observaba en silencio.

—Tengo entendido que usted también conquistó una —dijo el gobernador con entusiasmo e interés.

—Sí, hace un tiempo ya —contestó Alibaba, llevándose la mano a la nuca en un gesto de timidez y humildad.

—Cariño, es mejor que dejes la plática para después. Deben estar cansados por el viaje. —La esposa del gobernador, una hermosa mujer que parecía ser mucho más joven que él, decidió interrumpir antes que la recepción se prolongara. Como anfitriones del lugar, debían dar un buen recibimiento a sus invitados, y entablar una conversación apenas llegaban era un gesto inapropiado.

Se les comunicó que la cena estaría lista dentro de poco. Pasarían la noche en el castillo y a la mañana siguiente comenzarían las negociaciones políticas entre ambos territorios. Alibaba fue llevado hasta su cuarto por uno de los sirvientes que se ocupó de su equipaje, y al ver lo acogedora que era su habitación se dejó caer en la cama, permitiendo que la suavidad del colchón y el perfume a rosas de las sábanas lo relajaran.

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La cena se llevó a cabo con un ostentoso banquete. El gobernador, su esposa y u sus otros cuatro hijos fueron anfitriones muy cordiales y complacientes. Alibaba degustó de una gran variedad de platillos mientras reía y conversaba amenamente. Kouen se dedicó a observarlo en silencio, viendo la soltura y la manera natural con la que se desenvolvía y relacionaba con las personas, siendo muy distinto a él, que prefería permanecer tranquilo y en silencio. Pero en esta ocasión, sintiéndose extrañamente a gusto con la risa de Alibaba, que se escuchó casi toda la velada.

Una vez finalizado el banquete, cada uno regresó a sus dormitorios, pero pasada la medianoche, Kouen quiso salir a recorrer los jardines del castillo. No tenía sueño y deseaba conocer el lugar. Y tras diez minutos, en el que pudo apreciar la arquitectura castelar del lugar, resultándole llamativa por su singular aspecto escandinavo, encontró a Alibaba contemplando el cielo nocturno en una de las fuentes de agua.

—Tú aquí —dijo, sobresaltándolo—. Creí que después del banquete que te diste estarías tendido en tu cama sin poder moverte.

Alibaba esbozó una pequeña sonrisa.

—Quise salir a caminar un poco. Este lugar me trae muchos recuerdos.

—De tus días como príncipe —dijo Kouen, observando el entorno y reparando en la diversa variedad de flores que había distribuidas en el jardín. Era un paisaje muy tranquilizador.

—Algo así —explicó Alibaba mientras se acomodaba en el canto de la fuente, apoyando ambas manos en él—. Fueron pocas las veces en las que tuve oportunidad de compartir con mi padre. Él se ausentaba mucho y no se relacionaba con mis hermanos ni conmigo. Pero cuando lo hacía, podía ver que era un hombre muy gentil.

Kouen se sentó a su lado y se cruzó de brazos.

—Los reyes y emperadores suelen estar muy ocupados para dedicarse a la familia —comentó.

—Si tuviera hijos yo no sería así —declaró Alibaba—. Dedicaría parte de mi tiempo a ellos, a demostrarles que son importantes para mí.

—Es bueno saberlo. —Kouen se mostró satisfecho con su respuesta. —Pronto serás parte de la familia imperial Ren, por lo tanto debes tener presente que debes formar una familia numerosa.

Alibaba no pudo evitar asustarse. Aún desconocía las tradiciones del Imperio y el concepto que ellos tenían por familia.

—¿Numerosa? —repitió—. ¿De cuántos hijos hablamos?

—Cinco como mínimo.

—¡¿Cinco?! —exclamó sorprendido—. N-No había pensado en tener tantos hijos.

—Ve haciéndote la idea de darle a la familia imperial Ren muchos herederos —señaló Kouen, viéndole con diversión—. ¿O es que no eres capaz?

El rubor subió hasta las orejas de Alibaba.

—¡C-Claro que podré! —exclamó enérgico.

—¿En serio? —Kouen entornó la mirada con un dejo de burla en ella. —¿Lo dice alguien que nunca ha estado con una mujer?

El rostro de Alibaba enrojeció aún más y su expresión se llenó de vergüenza. Kouen parecía disfrutarlo, pero muy en su interior le molestaba ver que lo estaba forzando a comprometerse con alguien más a pesar de tener —aparentemente— su corazón ocupado. Y aun cuando sabía que debía hacerlo por el bien de su país, la sensación de culpa no lo dejaba del todo tranquilo.

—Supongo que no tengo otra opción. —Alibaba dejó escapar un pesado suspiro y atisbó de reojo el rostro de Kouen—. ¿Y usted? ¿Espera tener hijos algún día?

—Sí —respondió él—, y pretendo tener una familia numerosa.

A Alibaba no le sorprendió la respuesta. La familia Ren era bastante numerosa, por lo que era de esperarse que Kouen optara por un futuro igual. Él en cambio nunca se detuvo a pensar en formar una familia; sus únicos propósitos eran conquistar celdas y viajar, pero ahora debía reorganizar sus prioridades y hacerse la idea de tener varios hijos con la persona que eligieran para él.

—¿Y ha pensado en casarse? —preguntó con curiosidad.

Kouen hizo un movimiento con los hombros y negó.

—Por ahora solo me interesa entender el mundo y detener las fuerzas que intentan destruirlo. Mi objetivo ya lo conoces.

Se quedaron en silencio, dejando que el sonido del agua manando de la fuente se encargara de ambientar el momento, y se ensimismaron observándose fijamente, como si estuvieran intentando ver más allá de lo que proyectaban sus miradas. Lo hicieron durante unos segundos, pero fue Alibaba el primero en romper el contacto tras sentir un palpitar irregular en su corazón. Mirar fijamente a Kouen despertaba algo inquietante e incluso alarmante, como si estuviera acercándose demasiado a una llama que podría quemarle. Sabía que era peligroso, pero le llamaba la atención y extendía su mano lo más cerca posible, hasta que el calor le advertía del peligro, obligándole a retroceder para no lastimarse.

—Es primera vez que hablamos con tanta familiaridad —se atrevió a decir tras apartar la mirada y fijarla en el suelo—. Aunque anoche yo fui el que más habló, pero ahora se involucró un poco más.

—Eres una persona muy inocente —dijo Kouen.

Alibaba volteó a verle.

—¿Qué quiere decir?

—A pesar de lo que hice con tu país, me miras a los ojos y no percibo odio en ellos. Perdonas y aceptas a las personas con demasiada facilidad. Eso quizá te pese en el futuro.

—¿Me está diciendo que sería bueno odiarlo? —Alibaba no dejaba de mirarlo con desconcierto.

—Mostrar tanta bondad a veces no es bueno —declaró Kouen.

—Pienso distinto —le rebatió Alibaba—. Mostrar lo bueno de uno permite que los demás no nos vean como una amenaza, y también sean capaces de exteriorizar su bondad.

Kouen resopló con aplomo.

—Siempre buscas ver lo bueno de las personas, por eso piensas que aliarte con el Imperio es como vender tu alma a un demonio.

La expresión de Alibaba fue de absoluta sorpresa.

—Crees que seguir al lado de Sinbad es ir por el buen camino —continuó Kouen—, y estar conmigo es lo mismo elegir el camino de la oscuridad y el caos.

—N-No... yo no...

Kouen se puso de pie y plantó frente a Alibaba.

—Solo piensa esto: el que tomemos caminos diferentes no significa que uno sea bueno o malo. A veces las apariencias engañan, y puedes llegar a sorprenderte de quien menos lo esperas.

Dio media vuelta y regresó al castillo, dejando a Alibaba inquieto y desconcertado. No sabía si sus palabras las había dicho con algún propósito, o si en realidad intentaba advertirle algo que más adelante le podría pesar. Observó las estrellas que saturaban el cielo, y no pudo evitar pensar en Sinbad y la última conversación que tuvieron.

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A la mañana siguiente, Alibaba seguía sin olvidar las palabras de Kouen. Se repetían constantemente en su cabeza, pero intentó alejarlas jugando con los hijos menores del gobernador. Los pequeños de siete y nueve años querían que les mostrara sus habilidades como contendor de rey y lo que podía hacer con Amon. Alibaba no dudó en complacerlos, deslumbrándolos con su transformación; era casi como un espectáculo para ellos.

—Parece que se divierten —dijo el gobernador desde la terraza del castillo junto a Kouen, que observaba la escena—. El joven Alibaba es muy amable y se lleva muy bien con los niños.

—Es uno más de ellos. —Kouen lo comentó sin apartar la vista de Alibaba, que en esos momentos generaba llamaradas con su espada y la blandía con elegancia.

El gobernador sonrió complacido. Le tenía un cariño especial a Alibaba después de haberlo conocido cuando apenas era un niño. En aquel entonces, había logrado establecer importantes relaciones comerciales con Balbadd, mientras Alibaba participaba de las reuniones prestando un inusual interés para un niño de su edad.

—Estoy al tanto de lo que ocurrió en Balbadd —señaló—. La muerte del anterior rey y el golpe de estado. Ustedes... pretenden tomar el control de mi país.

Kouen negó con la cabeza, pero no desatendió el espectáculo que Alibaba les daba a los niños.

—Por ahora no. Me interesa cortar las líneas de comercio ilegal que se están perpetuando en el camino que conecta a ambos países. El territorio abarca una ruta de comercio importante, y los robos han aumentado; eso hay que eliminarlo de una vez por todas.

—La mayoría son bandidos que vienen del exterior. Y recientemente descubrimos que es una sola banda conformada por varios integrantes.

El gobernador lucía bastante tranquilo a pesar de los reiterados asaltos que sufrían sus transportes con mercancía. Kouen se dio cuenta de ello y quiso impregnarse de esa confianza y seguridad que transmitía.

—Entonces terminaremos con eso de una vez. —Se dirigió a Alibaba y desde el balcón lo llamó. —¡Oye, deja de jugar y ven a trabajar!

Alibaba logró escucharle y dejó su transformación. Los niños protestaron pero le permitieron marcharse, obligándole a prometer que volvería a mostrarles su equipo Djinn y todas sus técnicas y habilidades. Alibaba aceptó el trato y regresó al castillo. Durante la reunión permaneció en silencio, observando cómo Kouen se desenvolvía y daba ideas para terminar con el tráfico ilegal sin necesidad de recurrir a una masacre contra los ladrones. Había esperado una estrategia agresiva de su parte, pero le sorprendió verle dispuesto a mejorar el sistema de seguridad sin bajas de ninguno de los dos lados. Era inexplicable; la imagen que tenía de Kouen antes de conocerlo era casi un recuerdo, como si de pronto la venda que había tenido en los ojos durante tanto tiempo hubiera desaparecido, mostrándole al verdadero Kouen, al comandante general del ejército y primer príncipe del Imperio Kou.

A su mente vino lo que dijo anoche, cobrando sentido cada una de sus palabras, aunque aún le quedaba la sensación de que se refería a algo más.

Durante la tarde, luego del almuerzo —que consistió en otro banquete que Alibaba disfrutó—, se realizó un festival en el centro de la ciudad. Era muy llamativo por sus fuegos artificiales y desfiles por las calles principales del lugar. Alibaba estaba muy animado y compartía con los hijos del gobernador que no lo dejaban tranquilo y le obligaban a participar en las actividades recreativas distribuidas como pequeñas ferias en la plaza central. Una de ellas era realizar exposiciones de esgrima, donde Alibaba se lució con sus mejores técnicas, recibiendo aplausos de quienes presenciaron su demostración. Y solo cuando logró liberarse de los niños durante la cena, decidió alejarse para descansar un rato y recorrer el lugar en paz. Al hacerlo, le resultaba imposible ignorar los recuerdos que le venían a la mente de los festivales que se realizaban en Sindria. La comida, los bailes, los juegos, todos combinados en un mismo momento bajo un ambiente lleno de vida y familiaridad que le causaba nostalgia revivirlos en su memoria.

Tras alejarse del bullicio y la aglomeración, llegó al castillo y se acomodó contra uno de los barandales del piso más alto, en una de las torres, de donde se podía contemplar perfectamente el festival. Lo hizo durante unos minutos, pero a sus labios acudió una sonrisa amarga y sus ojos se empañaron de tristeza. Estar allí le recordaba tanto a Sindria que le dolía. Después de tantos días creía haber superado aquello, pero el sentimiento seguía tan presente como el primer día que se embarcó a Balbadd.

Cerró los ojos unos momentos y dejó que la brisa fresca del bosque que rodeaba la ciudad lo sobrecogiera y consolara. Durante la cena más había bebido que comido, por lo que el vino se le había subido un poco a la cabeza. El aire le estaba sentando bien.

—Te extraño —murmuró con los ojos cerrados al recordar a Sinbad tan presente, que podía sentirlo a su lado—. Te extraño tanto, pero no te entiendo.

—¿A quién no entiendes?

Sobresaltado, Alibaba se volteó rápidamente, encontrando a Kouen a solo un par de pasos.

—¡¿Q-Qué hace aquí?! —exclamó, preocupándole cuánto había escuchado.

—No soy amigo de los festivales —respondió Kouen con un leve encogimiento de hombros—. Y al parecer tú también.

—N-No... —Alibaba esquivó la mirada y la fijó nuevamente en el festival. —Solo quería un minuto a solas.

Kouen se apoyó de espaldas contra el barandal y cruzó los brazos. Alibaba procuró seguir en su misma posición, pero seguía un tanto inquieto por lo que hubiera podido escuchar Kouen.

—Lo que dije antes que llegara...

—No me interesa entrometerme en tus asuntos personales —le interrumpió Kouen con premura. Sabía bien a quién Alibaba extrañaba, y no tenía intenciones de forzarlo a decirle algo evidente. Para ambos sería una situación incómoda, y cambiaría lo que estaban construyendo.

—Gracias. —La voz de Alibaba sonó tan suave, que Kouen tardó unos segundos en asimilarla.

—¿Por qué? —preguntó intrigado.

—Porque respeta mi intimidad, a pesar de todo.

—Lo dices como si no lo hiciera. —Los ojos de Kouen se entrecerraron con desconfianza.

Alibaba negó con la cabeza.

—No parece mucho de las personas que respeta los derechos de los demás.

Kouen lo acuchilló con la mirada.

—Definitivamente te hace falta aprender a ver más allá de las apariencias. Tú por ejemplo, tienes cara de idiota, pero no lo eres.

—¡Eso es un insulto! —exclamó Alibaba visiblemente ofendido.

—Te estoy elogiando al decir que eres alguien listo —le rebatió Kouen.

—¡Pero dijo que tengo cara de idiota!

Indiferente, Kouen cerró los ojos y soltó un pesado suspiro.

—Podría decir muchas otras cosas más de ti, como por ejemplo: ese cuerno que tienes en la cabeza.

—¡¿C-Cuerno?! —Alibaba se llevó rápidamente la mano a la cabeza—. ¡¿Qué tiene contra mi aspecto?!

—Nada, solo digo que tu cuerno me parece ridículo —comentó Kouen, observando con los párpados entornados el aspecto de su cabello—. ¿Nunca has pensado en cortártelo?

—¡Claro que no! —declaró Alibaba—. ¡Además usted tampoco es perfecto!

Kouen se apartó del barandal y se paró frente a Alibaba, casi desafiándolo.

—¿Qué puedes decir en contra de mi aspecto? —La mirada que le ofreció fue avasalladora e intimidante.

—Es... —Alibaba no sabía exactamente qué decir. La conversación lo había pillado desprevenido, y en todo este tiempo no se había preocupado de encontrarle defectos físicos, a diferencia de Kouen, que parecía tener muy claro qué era lo que le molestaba de su apariencia.

—No tienes nada que decir —dijo Kouen con un brillo de arrogancia en los ojos y una sonrisa presumida en los labios—. Soy perfecto.

—¡Está siendo arrogante! —se quejó Alibaba.

—Te equivocas; es confianza —le rebatió Kouen.

Alibaba frunció el ceño y los labios.

—¡Puedo decir muchas cosas de su apariencia! —declaró enérgico.

La expresión de Kouen se acentuó en arrogancia.

—Adelante, dilas.

Alibaba lo observó de pies a cabeza, intentando buscar algo que decir en su contra y ridiculizarlo como él lo estaba haciendo, pero no hallaba nada que pudiera usar en su defensa. Se detuvo en su rostro y finalmente encontró lo que necesitaba.

—Su barba —soltó seguro—. No me agrada.

Kouen se encogió de hombros con indiferencia.

—Cuestión de gustos, eso es todo.

—Lo mismo de mi cabello —dijo Alibaba—. A mí me agrada, a usted no.

La expresión de Kouen se volvió seria.

—Esta conversación se está volviendo infantil —soltó molesto—. Tú quédate con tu cuerno ridículo y yo con mi perfecta barba.

Alibaba resopló y continuó viendo hacia el frente, bajándose con disimulo el pequeño cuerno que formaba su cabello en la parte alta de su cabeza. Hasta ahora, jamás había sido un tema para él, nadie se había burlado y ni siquiera dicho algo al respecto; solo su madre lidió en algunas ocasiones para peinarlo, pero siempre diciendo que había heredado el cabello de su padre, escuchando siempre aquello con orgullo. Volvió a resoplar y dejó su cabello tranquilo. Kouen en cambio se dedicó a observarlo con disimulo. Lo cierto era que no tenía nada que decir contra su aspecto. No le parecía en lo absoluto feo; antes ya había notado que tenía unos llamativos e interesantes ojos ambarinos. La forma de su nariz, pequeña y respingada se armonizaba perfectamente con el resto de sus rasgos; el color y la forma de sus labios también le resultaban agradables. La estructura del resto de su cuerpo era adecuada.

—¿Por qué la otra noche, antes de viajar, me hizo esa pregunta tan extraña? —Alibaba no pudo con la curiosidad.

Kouen regresó al barandal y apoyó la espalda en él.

—¿De qué pregunta hablas?

—¿Por qué me preguntó si sería capaz de matarlo? —preguntó Alibaba—. ¿Acaso me cree capaz?

—Que no te importes mis motivos —contestó Kouen.

—Me importan —insistió Alibaba—. Quiero saber si está poniéndome a prueba o si busca presionarme para que los traicione.

Con los ojos entornados, Kouen vio fijamente a Alibaba.

—¿Acaso piensas traicionarnos?

—No —contestó Alibaba sin una gota de vacilación—, pero parece que cree eso.

—Yo no creo nada —le rebatió Kouen—, solo lo que ven mis ojos.

—¿Y qué ve? ¿Qué ve en mí?

Kouen lo observó detenidamente. Pero rápidamente apartó la mirada y cerró los ojos con una postura indiferente.

—Solo veo un mocoso que perdió su reino y que habla innecesariamente.

Alibaba frunció el ceño.

—Esa no es una respuesta.

—Lo es para mí —dijo Kouen sin mirarle—. Ahora guarda silencio porque me duele la cabeza.

Contrariado, Alibaba apoyó los antebrazos en el barandal y prefirió continuar viendo el festival. Pero Kouen decidió observarlo en silencio y casi con un mal disimulado interés, hasta que Alibaba se percató de ello y le devolvió el gesto. Iba a preguntarle el porqué lo hacía, el porqué lo miraba sin decir nada, pero no supo cómo de pronto ambos se habían quedado mudos, permaneciendo absortos en el otro, como si hubieran descubierto algo que capturó su atención al punto de acallar sus palabras.

Alibaba no entendía lo que veía en Kouen más allá de una persona con capacidad de liderazgo, al igual que Sinbad. Pero había algo más, algo que al principio no había notado, y que ahora provocaba que su corazón se acelerara, como si un vértigo peligroso se apoderara de su cuerpo.

Observó detenidamente el rostro de Kouen, en especial sus ojos, y los latidos en su pecho se acrecentaron. Pero Kouen rompió el contacto fijó su vista más arriba; su mano derecha fue directamente a su cabello y lo sujetó.

—No puedo soportarlo; me molesta demasiado tu maldito cuerno.

—¡¿Qué le pasa?! ¡Suéltelo!

Comenzaron un ridículo forcejeo, hasta que se vieron interrumpidos por los hijos del gobernador, que se abalanzaron sobre Alibaba.

—¡Tío Alibaba! —exclamaron al unísono.

—No dejaban de preguntar dónde se encontraba. —El gobernador solo sonreía frente a la actitud de sus hijos.

Alibaba no tuvo más opción que acompañar a los niños y, antes de abandonar la terraza con ellos para regresar al festival, intercambió miradas con Kouen, sin saber porqué lo había hecho. Pero le había agradado, queriendo haberse quedado un poco más con él, a solas.

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Solo dos días después, Kouen y Alibaba debieron regresar a Balbadd. Las negociaciones finalmente se habían concretado, y los planes futuros para la prosperidad de ambos países habían llegado a buenos términos.

Tras despedirse del gobernador y su familia, abordaron el carruaje y dejaron el país que los acogió. En el camino Kouen y Alibaba no cruzaban palabra alguna; ambos iban sumido en sus pensamientos, pero tras unos minutos, Alibaba se percató de algo cuando desvió casualmente la mirada hacia Kouen: al igual que anoche, él lo observaba fijamente.

Continuó observando el paisaje en un intento por ignorarlo, pero su mirada lo turbaba.

—¿Le puedo preguntar algo? —soltó sin poder callar por más tiempo—. ¿Por qué me ve de esa forma?

Con los brazos cruzados, y una postura indiferente, Kouen respondió.

—¿De qué forma hablas?

—No lo sé, pero desde hace días que lo hace. ¿Tanto le molesta mi aspecto?

Kouen esquivó la mirada y la posó en el paisaje que dejaba ver su ventana.

—Yo no he dicho tal cosa.

—Pero la otra noche...

—Solo ignóralo y guarda silencio.

Alibaba apretó los labios con la expresión crispada. Eso era una de las cosas que detestaba de Kouen; así como se podía entablar un diálogo con él, de pronto se molestaba y daba por zanjada la conversación sin tener la oportunidad ni el derecho a protestar.

Contrariado, volvió el rostro con desprecio y pretendió continuar el resto del viaje ignorándolo. Estaba determinado a hacerlo, cuando el carruaje se detuvo repentinamente. Se asomó con curiosidad por la ventana y vio que el camino se encontraba obstruido por un árbol caído.

—Son ladrones —le dijo a Kouen, quien no parecía realmente preocupado ni mucho menos sorprendido—. Bajaré.

—Espera aquí —ordenó él.

—Voy a ayudar. —Alibaba estaba inquieto.

—No es necesario —insistió Kouen.

—¿Dejará que sus soldados se encarguen?

—Con ellos es suficiente.

Alibaba se incorporó de un salto.

—¡No me quedaré aquí sentado sin hacer nada!

Bajó rápidamente del carruaje y vio a la escolta del Imperio preparando sus armas contra la banda de ladrones que hizo su aparición tras dejar el escondite que le proporcionaron los árboles del bosque.

—¡Entréguenos todo lo que tengan! —exilió el líder del grupo de delincuentes.

—No haremos tal cosa —dijo Alibaba, parándose frente a ellos.

—¿Y tú quién diablos eres? ¡¿Quieres morir?!

—Bajen sus armas y les perdonaremos la vida.

Los ladrones se soltaron a reír.

—¡¿Acaso eres idiota?! ¡Nunca nos capturarán! —Apuntaron sus armas contra Alibaba y los soldados que escoltaban el carruaje—. ¡Disparen!

Alibaba se preparó para el ataque desenfundando rápidamente su espada, pero en un solo parpadeo los ladrones frente a él desaparecieron, dejando solo al líder de ellos de pie y sin su arma; esta había desaparecido junto con parte de su brazo derecho. El ladrón soltó un alarido y cayó al suelo, mientras lo que parecían ser enormes serpientes se desvanecían entre medio de los árboles del bosque.

—¡¿Qué fue eso?! —exclamó Alibaba sin entender lo que había sucedido.

—Solo necesitamos al líder para detener todo esto —dijo Kouen, bajando del carruaje con tranquilidad.

Alibaba estaba confundido, y cuando quiso preguntar lo que había sucedido, la tierra comenzó a retumbar. Los árboles alrededor crujieron y de entre ellos apareció Ri Seishuu, uno de los contenedores familiares de Kouen.

—Ya estaba aburriéndome esperando en el bosque —dijo, acercándose con los ladrones atrapados en su cabello, el cual eran las serpientes que habían aparecido repentinamente. Su cuerpo había crecido lo suficiente al usar los poderes de su contenedor y así lograr capturar a los ladrones, quienes gritaban y se agitaban pidiendo ser liberados.

Su líder en cambio permanecía de rodillas, temblando de temor mientras se aferraba el brazo mutilado.

—Ahora. —Kouen se paró frente a él. —No dirás cómo es que consiguieron esas armas y con quién están haciendo tratos sucios.

Alibaba, que había estado presente en las reuniones con el gobernador, no sospechó que Kouen había ideado un plan a sus espaldas. Viajar sin contenedores familiares, pasar la noche en el bosque y luego permanecer dos días en el país vecino, para finalmente regresar con calma a Balbadd cargando un baúl con oro había sido solo una estrategia para capturar a la banda de criminales que portaban armas mágicas y asesinaban por mercancía. Y aunque le molestaba ver que no había confiado lo suficiente en él como para contarle su plan, le sorprendía ver su capacidad innata como estratega sin necesidad de recurrir a la violencia extrema, que bien se hubiera generado de haber enfrentado con los ladrones, y que imaginaba que sucedería tratándose de Ren Kouen.

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Tras la captura de los criminales, regresaron a Balbadd pasada las diez de la noche, y Kouen libró a Alibaba del resto de sus actividades, por lo que él decidió pasarla con sus amigos en una de las tabernas de la ciudad. Pidieron mucha comida y vino para celebrar su regreso. Pero él, más allá de compartir, permanecía ausente y silencioso en un extremo de la mesa.

Mientras Olba y los demás competían por quién comía más, Morgiana se sentó a su lado.

—¿Qué pasa, Alibaba? Estás más callado que de costumbre.

—No es nada —respondió, intentando parecer casual y tranquilo en medio del bullicio generado alrededor.

—¿Ocurrió algo mientras estuviste fuera? —Morgiana lucía preocupada. —¿Kouen te hizo algo?

Alibaba negó moviendo levemente la cabeza.

—Solo estoy algo cansado. Será mejor que me vaya a dormir. —Se puso de pie y caminó hacia la salida.

—¿Ya te marchas, Alibaba? —preguntó Olba con la boca llena de comida. Él había sido el ganador de la competencia.

—Lo siento, muchachos, estoy cansado por el viaje.

Nadie le tomó importancia a su comportamiento, excepto Morgiana, que había notado un ligero cambio en su mirada y actitud. Tal vez había ocurrido algo durante el viaje, y estaba casi segura que el responsable era Kouen.

Alibaba regresó al palacio contando los pasos; había resistido solo una hora en la taberna, apenas probando un par de bocados, cuando sintió el deseo de salir de allí. Subió paulatinamente los peldaños de las escaleras centrales, pero en el primer rellano se detuvo, pensó unos segundos y, tras dar media vuelta, bajó hasta la biblioteca. No entendía realmente porqué quería estar allí; sabía que Kouen a esas horas se encontraba leyendo, pero su cuerpo se movió por instinto y antes de darse cuenta, ingresó tras llamar a la puerta.

—Te hacía bebiendo hasta la médula con tus amigos —dijo Kouen al verlo de pie frente a la mesa.

—Les dije que me sentía cansado —explicó.

—Y estás aquí en vez de tu habitación.

Alibaba se encogió de hombros.

—Supongo que camino al palacio se me quitó el sueño.

—Creí que después de pasar cuatro días juntos no querrías volver a ver mi rostro al menos por esta noche —dijo Kouen mientras regresaba la vista al libro que tenía en sus manos y leía con interés antes que Alibaba llegara y lo interrumpiera.

Alibaba se mordió el labio inferior y empuñó las manos sobre la tela de su ropa.

—Solo... quiero estar aquí —confesó, percibiéndose un tono de suplica en su voz.

Kouen creyó entender el motivo que le llevaba a actuar de esa manera, por lo que no tuvo objeción en que se quedara. Retomó su lectura pero notó que Alibaba buscaba algo en uno de los estantes junto a la mesa. Observó con detalle cada uno de sus movimientos y lo vio sacar un rollo de pergamino muy antiguo, el cual se le hizo muy familiar.

—¿Sabes lenguaje Toran? —preguntó con suspicacia mientras Alibaba se instalaba y desenrollaba el pergamino sobre la mesa.

—Cuando estuve viviendo en el palacio me lo enseñaron —explicó Alibaba.

—No son muchas las personas que dominan ese idioma. ¿Eres bueno?

—Claro que sí. —Alibaba infló el pecho con orgullo.

—Adelante, demuéstralo —pidió Kouen.

Alibaba leyó el pergamino y lo tradujo a la perfección en solo unos cuantos segundos. Su lectura había sido muy fluida y clara, dejando claro que no estaba fanfarroneando.

—Nada mal para un mocoso. —Kouen lucía satisfecho.

—¿Cómo es que sabe sobre el otro mundo? —preguntó Alibaba con curiosidad. En Magnostadt había demostrado conocer la existencia de Alma Toran, sorprendiendo a Aladdin por ser una historia que solo los Magis y Djinn conocían.

—Desde niño he querido entender el porqué de las cosas —explicó Kouen—, y una de ellas ha sido la existencia de la magia, el origen de las celdas y de dónde provienen los Magis. Nada ocurre porque sí, y yo quiero descubrir ese motivo.

—Cuando Aladdin me contó sobre la destrucción de aquel otro mundo y la existencia del punto oscuro que enfrentamos en Magnostadt, supe que tenía que ampliar mis objetivos. Cuidar Balbadd no es lo único que deseo hacer.

—¿Qué otra cosa deseas?

El rostro de Alibaba se ensombreció y adquirió una expresión seria.

—Destruir a Al-Thamen. —Kouen entornó la mirada tras su respuesta. —Por eso era importante que me dijera si usted tenía alguna conexión con ellos.

—Ya te expliqué lo que ellos representan —dijo Kouen con cierta indiferencia. No tenía intenciones de retomar aquel tema, aunque le intrigaba saber el motivo exacto por el cual Alibaba les guardaba tanto rencor.

—Lo sé, solo quiero que sepa que lucharé para destruirlos y borrar su existencia de este mundo —declaró Alibaba—. Ellos han causado mucho daño, han arrebatado vidas y sueños.

—Los odias por lo que hicieron aquí en Balbadd —señaló Kouen—. Seguro perdiste a alguien importante por su causa.

Alibaba asintió, recordando a Kassim y la batalla que tuvieron tras el golpe de estado.

—Ellos no deberían existir si solo traerán caos y muerte a este mundo.

—Si supiéramos la historia de lo que ocurrió en el otro mundo, entenderíamos los motivos que tiene Al-Thamen para todo lo que han hecho y harán. —Kouen habló con una honestidad tan directa y elocuente, que Alibaba no pudo evitar endurecer el ceño.

—¿Los está defendiendo? —preguntó, mirándole irritado.

—Solo digo lo que se aplica en estos casos —respondió—. Escuchar ambos lados de la verdad y sacar tus propias conclusiones.

—Nada justifica arrastrar a las personas a la oscuridad —rebatió Alibaba.

—Es decisión de cada uno aceptar o no.

Alibaba se levantó de golpe, apoyando los puños cerrados sobre la mesa.

—No lo entiendo. A veces parece una persona sensata y justa, pero otras parece que solo piensa en sí mismo.

La expresión de Kouen no cambió demasiado. En silencio, observó la expresión crispada de Alibaba sin preocuparse por ello.

—Pienso en lo que corresponde para el futuro de las personas —explicó—; y si eso implica apoyar lo que tú consideras malo, es tu problema, no el mío. Tenemos diferentes opiniones, y es precisamente esa diferencia de opinión que se generan las guerras. Debe existir un punto en el que todos logremos entendernos y mirar hacia un mismo horizonte, por eso solo debe existir un solo rey que se encargue de eso.

—Eso parece tan difícil. —Alibaba regresó a su asiento más calmado. —Me cuesta creer que se pueda lograr tal cosa. En este mundo existen personas fuertes, que no aceptarán que una sola persona gobierne.

—¿Lo dices por Sinbad?

Alibaba tensó el cuerpo.

—Si lo dices por él no te preocupes —continuó Kouen—. Algún día me encargaré de derrotarlo; a él y su alianza.

—¿Por qué lo odia? —Alibaba necesitaba saber la respuesta. Más allá de un sentimiento personal hacia Sinbad, necesitaba saber los motivos directos de Kouen por los cuales manifestaba un creciente odio hacia él.

—¿Odiarlo? No lo odio —le corrigió Kouen—, pero representa un obstáculo para mis planes. Y estoy seguro que él piensa exactamente lo mismo de mí.

Alibaba guardó silencio al ver que, muy a su pesar, Kouen tenía razón. Sinbad veía a Kouen como una amenaza, como el enemigo que debía derrotar por el solo hecho de ser el primer príncipe del Imperio Kou y tener vínculos con Al-Thamen. El Imperio en sí era una amenaza para la humanidad, pero al escuchar tantas cosas y estar en ambos lados, ya no sabía qué pensar ni esperar. Sinbad quería paz, y Kouen quería unificar el mundo. ¿No podían simplemente unir sus fuerzas para lograr aquel sueño que ambos tenían?

Kouen se levantó de su silla y, al pasar por el lado de Alibaba, apoyó la mano sobre el su hombro derecho.

—Fue una charla interesante —dijo—. Y si no tienes sueño y no sabes qué hacer con tu tiempo, traduce algunos textos para facilitarme las cosas. Quiero probar qué tan bueno eres en esto.

—Ya le dije que sé leer a la perfección el lenguaje Toran. —Alibaba alzó el rostro para mostrar su expresión segura.

—Por eso quiero que me lo demuestres.

Dejó su hombro y salió de la oficina. Alibaba suspiró y vio el pergamino que tenía sobre la mesa. La conversación con Kouen le había resultado interesante, pero también había despertado confusiones en su mente. ¿Realmente podía aliarse al Imperio creyendo que velaban por el bien de las personas? ¿No existían realmente otras intenciones que ponían en riesgo al mundo por el deseo de conquista y dominio absoluto? Hasta ahora Kouen había demostrado ser una persona sensata, pero aún había más por descubrir, y Alibaba estaba seguro que con el tiempo lo lograría.

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No supo en qué minuto se durmió, pero un aroma muy familiar llegó a sus sentidos, despertándolo. Se sentía tan cómodo y cálido, que se acomodó entre sus brazos y abrió pesadamente los ojos, reconociendo con la vista borrosa los estantes con los pergaminos almacenados en la biblioteca. Otra vez se había quedado dormido trabajando, y otra vez la capa de Kouen descansaba sobre sus hombros. No puedo evitar sonreír por eso y se arrebujó bajo ella, sintiendo el aroma de Kouen impregnado en la tela. ¿En qué minuto se la había colocado, si anoche él se había marchado antes que el cansancio lo venciera?

—Entonces él... ¿regresó? —pensó en voz alta mientras se la retiraba y la contemplaba.

Kouen lo confundía; a veces podía ser tan indiferente e insoportable, pero en otras ocasiones demostraba un interés y preocupación que lo convertía en otra persona. No era aquel comandante y príncipe arrogante y calculador que conocían los demás. Él era algo más que eso; en la intimidad era una persona divertida, extraña, excéntrica y obsesiva por el conocimiento.

Con eso en mente, dejó la biblioteca para devolverle la prenda a Kouen y encaminó sus pasos hacia su despacho, al final del pasillo. En el camino se detuvo frente a un espejo por si tenía tinta en el rostro; lo que menos quería era hacer el ridículo nuevamente. Una vez que vio su rostro libre de manchas, llamó a la puerta y entró al escuchar al otro lado la voz profunda de Kouen. Él estaba sentado detrás del escritorio, charlando con Koumei que se encontrado sentado del otro lado. Levantó la vista al ver entrar a Alibaba y clavó en él sus insondables ojos bermellones.

—Lamento interrumpir —dijo Alibaba al ver a Koumei—. Quería devolverle esto. —Se aproximó a Kouen y le entregó su capa.

—Ya era tiempo —dijo él, recibiéndola—. Supongo que te abrigó bien.

Alibaba se inclinó levemente.

—Sí, muchas gracias.

Ambos se observaron en silencio mientras Koumei los miraba de hito en hito, extrañado. Intentó pasar por alto aquello, pero quedó estupefacto al ver la expresión de Kouen cuando Alibaba le sonrió y le entregó la capa. Pudo incluso apreciar un ligero roce de manos al momento de recibir la prenda y un gesto casual de Alibaba cuando eso ocurrió.

Tras una breve reverencia, Alibaba se marchó y Koumei lo siguió con la mirada hasta que abandonó la habitación. Volvió el rostro y centró su atención en Kouen, que veía fijamente la puerta por donde Alibaba recién había salido.

—¿Sucede algo? —se atrevió a preguntar.

Kouen desvió su atención.

—¿A qué te refieres? —preguntó, acomodando su capa sobre el respaldo de su sillón.

—Nunca antes te había visto de ese modo.

—No sé de qué hablas. Soy el mismo de siempre.

Koumei se quedó pensativo, repasando la reciente situación.

—Ni siquiera a nosotros tus hermanos nos has arropado cuando dormimos —dijo—. Y ahora le prestas tu ropa a Alibaba.

—¿Qué tiene de malo? —preguntó Kouen con el semblante ceñudo—. Se quedó dormido por estar trabajando. ¿Por qué me estás interrogando de esa forma?

Koumei negó con la cabeza y alzó las manos en señal de paz.

—Disculpa, no voy a cuestionarte ni mucho menos interrogarte, solo me pareció extraño. ¿Acaso ocurrió algo durante el viaje?

—¿Algo como qué? —La postura de Kouen era clara: no tenía porqué explicar algo que carecía de importancia.

—No lo sé —dijo Koumei con tono reflexivo mientras se rascaba la cabeza—. Parece que ahora se llevan bien.

—Es lógico, tenemos que hacerlo —aclaró Kouen, comenzando a revisar los documentos que Koumei le había entregado a primera hora de la mañana.

—Alibaba no parece muy obligado, ni tú tampoco.

La expresión en el rostro de Kouen se endureció y clavó sus ojos en Koumei con severidad.

—Dijiste que no me cuestionarías.

—Está bien, está bien. No lo haré.

Koumei no quiso tentar su suerte, por lo que dio por zanjado el tema y retomó el que estaban tocando antes que Alibaba los interrumpiera. Y mientras hablaba sobre la sentencia que se les daría a los ladrones que capturaron durante el viaje, Kouen desvió su atención hacia su capa, al percatarse que el calor de Alibaba aún permanecía en ella.

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Después que dejó la oficina de Kouen, Alibaba desayunó algo ligero y fue a buscar a Morgiana a la playa. Desde que llegaron y se instalaron indefinidamente en Balbadd, ella, como Fanalis, entrenaba todos los días, eligiendo aquel lugar porque no se sentía cómoda en el palacio. Alibaba al divisarla bajó para hacerle compañía y se sentó en la arena a observarla ejercitar.

No pasó mucho rato cuando ella advirtió su presencia.

—Este lugar es ideal para entrenar —dijo Alibaba con una sonrisa amplia en los labios mientras Morgiana se le acercaba—. La brisa fresca ayuda.

—¿Antes venías aquí?

—No necesariamente a entrenar, pero sí cuando quería salir a pasear. —Alibaba apoyó las manos en la arena y enterró los dedos en esta. —Fueron pocas las veces que se me permitió salir del palacio, y cuando vivía en los suburbios no dejaba ese territorio.

Morgiana se sentó a su lado para contemplar el océano y los barcos que arribaban en el puerto. La brisa era fresca y soplaba con intensidad bajo un cielo sin nubes y un sol tibio en lo alto. Balbadd se caracterizaba por tener un buen clima casi todo el año. Los inviernos eran suaves pero los veranos frescos gracias a la corriente marina.

Una ráfaga de viento hizo que Morgiana respirara hondo para capturar el olor del océano, pero a su nariz llegó un aroma mezclado.

—¿Qué es ese olor? —preguntó, olisqueando a Alibaba al percibir en él un poco más fuerte aquel intenso perfume.

Alibaba se vio a sí mismo con curiosidad.

—¿Qué olor? —preguntó.

Morgiana se le acercó un poco más, casi rozando la nariz con su ropa.

—El que tienes. Hueles a... ese sujeto.

—¿Eh? —Alibaba se olió la ropa y supo a lo que se refería—. ¡Ah!, es que me quedé dormido en la biblioteca y Kouen me cubrió con su capa. Eso es todo. —Se encogió de hombros, restándole importancia a la situación, y continuó mirando el océano.

Morgiana entornó la mirada.

—¿En la biblioteca? ¿Qué hacías ahí? Se supone que anoche te marchaste porque tenía sueño.

Alibaba dio un respingo y comenzó a jugar nerviosamente con sus manos.

—Eh... lo que pasa es que camino al palacio se me quitó y decidí ir un momento a la biblioteca.

—¿Y él estaba ahí? —enfatizó Morgiana.

—¿Quién? ¡Ah! Sí, Kouen estaba ahí. —Alibaba soltó una risa nerviosa, pero no entendía el motivo de la misma. Actuaba como si hubiera hecho algo malo, pero a su juicio todo estaba bien, porque ¿qué tenía de malo estar con Kouen? —Charlamos un poco y luego me quedé dormido —explicó.

—Debes tener cuidado Alibaba. —La voz de Morgiana nuevamente arrastraba un tono latente de súplica. —Ese hombre no me agrada del todo.

Alibaba negó con la cabeza.

—Él es una buena persona. Quienes no lo conocen creen que es un tirano antipático. Es cierto que es un tanto extraño y no le toma el parecer a nadie, y que cuando se enoja da miedo, pero cuando llegas a conocerlo te das cuenta que detrás de esa coraza de frialdad se esconde un corazón sincero y bondadoso. —Su rostro se iluminó y una sonrisa acudió a sus labios. —Cuando sonríe, lo cual no lo hace muy a menudo, uno no puede evitar sorprenderse porque es en ese preciso instante cuando Kouen demuestra quién es en realidad.

La expresión de Morgiana era de absoluta sorpresa. Alibaba se dio cuenta de ello y se rascó la nuca.

—Algo así es él. Pero sigue teniendo el control de Balbadd y...

—No estoy de acuerdo contigo —le interrumpió Morgiana—, y me preocupa ver que has cambiado.

—¿A qué te refieres con cambiado? —preguntó Alibaba confundido—. No he cambiado.

—Lo hiciste. —Ella se puso de pie y lo enfrentó. —Parece que solo hace unas semanas estabas lamentándote por haber dejado Sindria, pero ahora luces muy cómodo junto a las personas del Imperio, en especial junto a Kouen. Olvidaste muy rápido a Sinbad.

Alibaba se incorporó de un salto.

—¡Te equivocas! —exclamó con la expresión dolida—. ¡No sabes lo que dices! ¡Yo no he olvidado a Sinbad! ¡Pero ya te dije que tengo que hacerlo! —Caminó de un lado a otro, estrujando la tela de su ropa entre sus manos. —¡Pienso en él todos los días! ¡No sabes cuánto lo extraño! ¡A veces quisiera regresar con él o contactarlo para escuchar su voz! ¡Pero no puedo! ¡No puedo hacerlo!

Morgiana no había medido sus palabras, cuestionando la voluntad y los sentimientos de Alibaba.

—Si es así como te sientes... —dijo ella.

—Así me siento —le aclaró Alibaba—. Y no porque me esté llevando mejor con Kouen significa que he olvidado lo que siento y pienso.

Morgiana se inclinó visiblemente apenada.

—Lamento si dudé de ti.

—N-No te disculpes. —Alibaba se sintió incómodo. —Tal vez es cierto lo que dices. Creo que me estoy involucrando demasiado con el Imperio. Tienen un poder extraño que absorbe a las personas. A veces siento como si llevara años en el palacio, pero solo han sido un par de semanas.

—¿Por qué no hablas con Aladdin?

Con un gesto de resignación, Alibaba inclinó la cabeza y negó.

—No puedo.

—Aladdin no es parte de Sindria —le aclaró Morgiana—, no pueden prohibirte que hables con él.

A Alibaba le pareció sensato el argumento de Morgiana. Era cierto que Aladdin no era parte de Sindria. Bien podría hablar con él y no romper el trato que hizo con el Impero Kou.

Confiado en esa idea, regresó al palacio y se encerró en su habitación. Fue hasta uno de los cajones del buró junto a su cama y, tras mirar a ambos lados, asegurándose que nadie lo viese, extrajo el "ojo del Rukh". Era un riesgo utilizarlo, pero necesitaba hablar con Aladdin. Intentó activar la piedra, pero se detuvo al convencerse una vez más que no estaba incumpliendo la condición de Kouen.

—Si lo hago en secreto nadie se enteraría —pensó en voz alta—. Pero estaría rompiendo con mi palabra. —Se mordió el labio y se paseó por el dormitorio. —Solo quiero hablar con Aladdin, no estaré rompiendo el trato si solo hablo con él.

Se sentó en el borde de la cama, de espaldas a la puerta del dormitorio, y activó el ojo.

—Aladdin. —Le habló cuando su imagen apareció en la piedra.

—¡Alibaba! ¡Qué gusto poder verte! ¿Cómo estás? —Risueño como siempre, Aladdin le saludó con entusiasmo.

—Muy bien —contestó Alibaba, intentando mantener un semblante tranquilo y contento—, aunque han pasado muchas cosas.

—Me lo imagino. Aquí también. Tengo mucho que contarte.

—Jeje, ya lo creo.

Aladdin escrutó la expresión de Alibaba.

—¿Estás bien en verdad?

La sonrisa de Alibaba se amplió forzosamente.

—¡Claro!, ahora que regresé a Balbadd me siento mejor.

—Tío Sinbad me contó algo de lo que conversaron.

—¿Eh?

—Me dijo que el Imperio tomó control de Balbadd. ¿Cómo estás tomando esa situación?

—La verdad... —Alibaba no sabía qué decir. No le parecía correcto contarle la verdad, porque estaba seguro que si lo hacía, Aladdin no dudaría en viajar hasta Balbadd para apoyarlo a costa de su propia seguridad. —Todo está en orden. No te preocupes.

—¿Tío Kouen te trata bien? Él me da miedo.

—Es buena gente. No te preocupes. —Se mordió el labio inferior y apretó el ojo entre sus manos. —Aladdin...

—¿Dime?

Alibaba quería hacer solo una pregunta, pero temía que si lo hacía, estaría traicionando su palabra con el Imperio. Luchaba por no doblegarse, pero su corazón dolía.

—Aladdin.

—Dime, Alibaba, ¿qué sucede?

Alibaba suspiró profundamente y, tras pasar saliva por su garganta, habló.

—Sinbad...

—¿Qué estás haciendo?

La voz fría y severa de Kouen tras él lo paralizó. La comunicación con Aladdin se perdió en ese instante y conteniendo el aliento volteó el rostro, encontrándose con el de Kouen. Su expresión era la de alguien que contenía a duras penas la furia.

—Y-Yo...

—Te hice una pregunta —bramó Kouen—, ¿qué estás haciendo? ¿Por qué tienes un artefacto de Sindria en el palacio?

Alibaba no supo qué responder. Quedó mudo y paralizado, con la mente en blanco, temiendo que sus esfuerzos por permanecer en Balbadd y protegerla se habían arruinado, al igual que su relación con Kouen.

...Continuará...