CAPITULO 2
El personal que Serena había contratado la noche anterior había limpiado todo antes de irse. Y en la suave luz de la mañana, la casa de vidrio y cromados parecía haber recuperado su habitual aspecto sumamente frío y prolijo.
—Aquí —le indicó Darien con brusquedad, señalándole un banco de cuero blanco frente a una mesa con tapa de cristal—. Siéntate aquí, mientras yo te busco la aspirina y preparo el café.
Era agraviante aceptar órdenes de este hombre, pensó Serena con tristeza, pero parecían tener sentido y, en su lamentable estado, le resultaba muy difícil contrariarlas.
Oyó que él se movía con rapidez y eficacia mientras preparaba el desayuno. La cocina era muy grande y moderna, con una espectacular vista a la playa de La Jolla.
Darien Chiba había tenido éxito en el negocio de bienes raíces y la industria de la construcción, reflexionó ella. La casa de cedro y vidrio estaba ubicada en lo alto de un acantilado, mirando hacia el océano. Armonizaba a la perfección con las lujosas residencias vecinas del exclusivo barrio en las afueras de San Diego. La Jolla era un lugar muy pintoresco, lleno de elegantes boutiques y negocios de arte. El área de San Diego comprendía varias pequeñas y encantadoras ciudades balnearias de reminiscencia española, pero, sin duda, ésta era una de las más exóticas. Y Darien parecía encajar perfectamente en el exquisito estilo de vida local.
—Lo primero es lo primero —afirmó él, mientras arrojaba dos tabletas blancas sobre la mesa junto con un vaso de agua—. Aquí tienes las aspirinas. El café estará listo en un minuto.
—Darien, no sé si deba comer. No creo que pueda retener nada —comenzó a decir ella con franqueza.
—Al menos, trata —le ordenó él con voz áspera, y fue a buscar una cacerola. Una cacerola de cobre, advirtió Serena. Todo era de primera clase. Se preguntó si la ex mujer había decorado la cocina ella misma o si había contratado a algún profesional. Desechó esos pensamientos de la mente y se tragó las tabletas.
Hubo un momento de reconfortante silencio mientras Darien terminaba de preparar el café y apoyaba una taza humeante frente a ella. Serena la miró con cautela.
— ¿Es ésta la siguiente droga de la lista? —preguntó ella con sequedad.
—Lo intentaremos con todas —dijo Darien con una mueca—. Aspirina, cafeína y proteína. Alguna tiene que dar resultado. Pero ya se te ve mejor.
—No es posible.
—Bueno, al menos, tu estado de ánimo ha vuelto a la normalidad, después de salir de la ducha —insistió él con tono alegre, mientras sacaba unos huevos de la nevera.
—Querrás decir después de descubrir que anoche me quedé dormida en el momento oportuno —lo corrigió Serena sin poder resistirse. ¡No iba a dejar que él creyera que eran sus cuidados lo que la estaban reviviendo!
Darien cerró la puerta del refrigerador y la expresión helada de sus ojos se topó con la mirada de Serena.
—¿Y hubiera sido tan grave que hubiéramos hecho el amor anoche?
Ella sintió una ola de calor y luego de frío bajo la mirada severa de Darien.
—¡Sí! ¡Por Dios, Darien, apenas si nos conocemos! No eres más que un cliente recomendado por Andrew. —Apartó los ojos de él para concentrarse en el brillante reflejo del sol sobre el océano.
—¿Y acaso la Organización Serenity fija límites en sus favores para con los clientes? —bromeó Darien, al tiempo que rompía los huevos en un tazón.
—No tienes por qué ser ofensivo —replicó Serena con tono severo.
—Sigo esperando la respuesta a mi pregunta —le informó él con calma, mientras llenaba la cacerola de cobre con agua y la ponía sobre la hornilla—. ¿Por qué razón la presidenta de Organización Serenity bebió semejante cantidad de margaritas en la fiesta de anoche?
—Si no te importa, preferiría no hablar de eso —balbuceó ella, negándose a mirarlo.
—Sí me importa —afirmó Darien con frialdad—. Creo que le debes una explicación a tu cliente.
—Como están las cosas, supongo que con una disculpa basta.
—Pero yo exijo una explicación. Y no se te ocurra decirme que tienes debilidad por los margaritas. Recuerda que ya sé que casi no bebes alcohol. Me enteré aquella noche en que insistí en reunirme contigo para discutir los planes de la fiesta.
Serena se acordaba muy bien de esa noche. Después de mucha discusión, Darien había logrado convencerla de que, durante el día, él no tenía tiempo para hablar de los preparativos de la fiesta. Estaba a cargo de una gran compañía, tal como le había recordado Darien con arrogancia. Ella tendría que aceptar que trataran sus asuntos durante la noche.
De muy mala gana, Serena se había dejado llevar en el Ferrari negra hasta un elegante restaurante mejicano. Le había costado un triunfo lograr que la conversación no se apartara de los negocios. Esa noche, Darien había dejado en claro que ella le atraía. No había hecho más que observarla desde el otro lado de la mesa con un brillo seductor en esos helados ojos azules.
Sin duda, Darien Chiba tenía cierto poder, reconoció Serena con pesar. Esa misma noche, algo en su interior le había aconsejado rehusarse a conducir esa fiesta. Sin embargo, había aceptado el trabajo. Se había dicho que lo hacía porque él le pagaba bien. Además, sería una buena oportunidad para conocer otros contactos importantes. Pero había habido mucho más que eso. Ella tendría que haber escuchado su propia advertencia.
Pero de haberlo hecho, pensó Serena con angustia, ¿cuánto tiempo más hubiese seguido convencida de que Seiya Kou estaba enamorado de ella...?
—¿Y bien, Serena? —insistió Darien con esa voz áspera y aterciopelada a la vez. Áspera, por la orden que llevaba implícita, y aterciopelada por el efecto calmante qué hacía que uno aceptara la orden sin protestar.
—Pensé que ya lo tenías todo resuelto, Darien —respondió ella con tono cansado. Todavía le seguía ese terrible dolor de cabeza—. Yo era la amante de Andrew Furuhata. ¿No habías llegado a esa conclusión?
—No te hagas la graciosa, querida —le advirtió él con aire superior—. No estás en condiciones de hacer bromas. Sólo dime lo que quiero saber. —Fingió estar muy concentrado en la preparación de los huevos, pero no logró engañarla. Darien pretendía una respuesta.
Serena se encogió de hombros, resignada. Después de todo, ¿qué le importaba si él se enteraba de la verdad? Además, Darien estaba en lo cierto: ella no tenía fuerzas para pelear esa mañana.
—Uno de tus invitados era el hombre con quien planeaba casarme —declaró Serena con franqueza.
Hubo un repentino y peligroso silencio. Ella miró cautelosamente hacia la estufa. Y cuando Darien volvió a hablar, Serena pudo percibir un dejo de amenaza en su voz.
—¿Y qué sucedió?
—El llegó con su mujer. No sabía que era casado. Supongo que... eh... reaccioné mal ante la sorpresa —agregó ella, tratando de fingir indiferencia.
—¿Quién era? —preguntó Darien con rudeza.
—¿Cómo? —Serena pestañeó, algo confusa.
—¿Qué invitado era? —le aclaró él, haciendo hincapié en cada palabra.
—Seiya Kou. No creo que te importe. Supongo que ni siquiera lo conoces. Llegó con el grupo de Andrew.— ¿Acaso el bueno de Andy lo sabía, o también había sido una sorpresa para él? ¿Era eso lo que había intentado decirle con todos esos gestos cuando llegó a la fiesta? Ella había visto su expresión extraña en el rostro de su amigo, pero no había sabido cómo interpretarla. No habían tenido oportunidad de hablar hasta que se hicieron las presentaciones y entonces, por supuesto, ya era demasiado tarde. Seiya, con su aplomo habitual, sólo había sonreído. Había fingido no conocerla, recordó Serena con pesar.
—Kou —repitió Darien en voz baja—. ¿El periodista?
Serena asintió con la cabeza, sin poder decir palabra.
—¿Te has acostado con él?
—¡Ese no es asunto tuyo!
—¡Quiero saber qué pito toco yo en tu vida! —exclamó él, irritado.
Revolvía los huevos con tanta violencia, que Serena se asustó.
—¡Ninguno!
—No te hagas la altiva conmigo, Serena Tsukino —le aconsejó Darien, mientras apoyaba el plato de huevos frente a ella, dando un golpe sobré la mesa—. Resulta que no estoy de humor para tolerarlo. Y cuando no estoy de buen humor, ¡puedo llegar a despedazar a niñitas como tú!
La amenaza la hizo girar la cabeza, hasta que los ojos de él atraparon su mirada. Darien estaba ofuscado, pero era una furia controlada. ¿Cómo sería cuando de veras perdía los estribos?, Se preguntó Serena con tristeza.
—No tienes derecho a meterte en mi vida privada —se arriesgó a decir ella deseando que la aspirina le hiciera efecto. El enorme tamaño de Darien, de pie al otro lado de la mesa, realmente la intimidaba. Ahora no era capaz de enfrentarlo, se lamentó Serena en silencio. Quizás en otro momento...
Darien debió de haber visto un dejo de rebeldía en la expresión de ella, porque enseguida se acercó para tomarle el rostro con sus ásperas manos. Serena pudo sentir el roce de esa rugosa piel sobre las mejillas. Los callos debían de ser un legado de aquellos días en que Darien Chiba construía con sus propias manos.
—Contéstame, Serena —gruñó él—. ¿Cuánto hace que tienes amoríos con Kou? ¿Cuánto tiempo te has estado acostando con él?
—¡Déjame en paz, Darien!
Él le apretó el rostro con más fuerza y Serena pensó que el dolor de cabeza la iba a aniquilar.
—¡Por favor, basta! ¡Me estás lastimando! —suplicó ella.
—¡Dime lo que quiero saber! ¡Maldición!
Ya había tenido que padecer bastante esta mañana. Le pareció más sencillo darle una respuesta. Y tildándose a sí misma de cobarde, decidió contarle la verdad.
—Conocí a Seiya hace sólo un mes. No somos... es decir, las cosas no han llegado a mayores —admitió ella con pena, esperando que ahora Darien le soltara la cabeza.
—¡Un mes! —exclamó él, realmente sorprendido—. ¿Has estado saliendo un mes y todavía no has ido a la cama con él?
—Ya sé que tú ni siquiera te molestarías en mirar a una mujer que alargara tanto las cosas —siseó Serena—. Pero Seiya es... ¡era diferente!
—Solo porque te ha estado engañando todo este tiempo —murmuró Darien, soltando el rostro de Serena y explorando los ojos color celeste con mirada curiosa—. Pero no creo que hubieras podido dar largas al asunto por mucho tiempo más. Anoche lo vi muy felizmente casado. No parecía estar a punto de divorciarse de su esposa. Sólo quería tener una aventura contigo, Serena. No hubiera esperado mucho tiempo antes de darte un ultimátum.
—No como tú, supongo —replicó ella con furia, metiéndose algo de comida en la boca. No tenía nada de hambre, pero le servía de excusa para no toparse con la mirada curiosa y penetrante de Darien.
—No como yo —asintió él con tono lacónico, y se volvió hacia la cocina para tomar su propio plato.
Ella permaneció callada mientras Darien se sentaba a su lado. De reojo, lo vio sazonar abundantemente su comida con un pimentero de madera tallada.
Serena tragó su bocado en medio de un inquietante silencio. Inquietante para ella. Su actual anfitrión y antiguo cliente parecía muy ensimismado en sus pensamientos. Y esto no era para nada alentador. Pero Darien enseguida le reveló lo que estaba meditando.
—Bueno, de cualquier forma, eso termina con las preguntas molestas —comentó, masticando una tostada.
—Me alegra que ya estés satisfecho —bromeó ella sin levantar los ojos del plato. El primer bocado le había sentado muy bien. En cualquier momento, intentaría con otro.
—Fue muy astuto de tu parte usar a Andrew para despistarme —continuó diciendo Darien con tono cortés.
—No intentaba despistarte. Sólo dejé que creyeras lo que deseabas creer. ¡Jamás te dije que estaba enamorada de Andrew!
—¿Acaso estabas enamorada de Kou? —preguntó él con tono incrédulo y divertido.
—No parece gustarte mucho el término —comentó Serena con sequedad.
—¿Amor? No, para nada. Es una palabra falsa. Mucho peor que "relación". "Relación" es un término abiertamente ambiguo, que puede significar un montón de cosas diferentes. "Amor" no es más que una palabra tierna y engañosa, que por lo general se utiliza para encubrir un evidente deseo. Le da una connotación mística a algo que no deja de ser una simple relación basada en el sexo y la atracción mutua —afirmó Darien con clara convicción. Y coronó su discurso mordiendo otro bocado de tostada.
Serena giró la cabeza para mirarlo. Estaba sumamente asombrada.
—¿Y la palabra matrimonio? —susurró ella abriendo sus ojos.
—El matrimonio es una institución que actualmente sólo sirve para dar a los hijos un apellido honroso y una cierta solidez económica. Si no hay niños de por medio, no tiene sentido casarse. —Darien se encogió de hombros.
—Alguien te hizo mucho mal, ¿no es cierto? —comentó Serena con aire melancólico.
Él le lanzó una mirada burlona.
—No me digas que es compasión lo que veo en esos encantadores ojos. Si es así, te aseguro que no la necesito. No soy una amargada víctima del divorcio, mi pequeña Serena. Soy un realista. No fui al matrimonio con la idea de que duraría para siempre y, por supuesto, no duró. Lo que nunca imaginé es que el divorcio fuera un asunto tan molesto. Después de eso, decidí que me dedicaría a la monogamia en serie, sin complicarme con las ridículas obligaciones legales.
—¿Monogamia en serie?
—Sí. Contrariamente a lo que piensas, no tengo deseos de mezclarme con un sinfín de aventuras cortas. Prefiero tratar con una sola mujer a la vez. Así es que —se encogió de hombros—, soy un monógamo cuando estoy involucrado en alguna relación. Lo cual —agregó con tono mordaz— es bastante más de lo que se puede decir de tu querido Seiya Kou.
—Eres el modelo perfecto de honestidad, ¿no es verdad, Darien? —se apresuró a decir Serena, mortificada.
—Puedo llegar a darte una infinidad de razones para que me tildes de muchas cosas, Serena, ¡pero jamás me podrás llamar deshonesto! —aseveró él. Ella quedó consternada ante la firmeza de esas palabras.
Por primera vez, se le ocurrió que quizás se había apresurado al juzgar a Darien Chiba. Probablemente, él no se movía en la vida agitada de California. Probablemente, él se había trazado su propio camino. Pero esta idea no la enterneció en absoluto. A lo sumo, la volvió más cautelosa. Lo desconocido era siempre mucho más peligroso que lo familiar.
—No te preocupes, no pienso perder el tiempo en definirte —le aseguró ella con fervor—. Ahora si me disculpas, me voy a retirar. Gracias por el desayuno y las aspirinas —agregó con tono formal, al tiempo que se bajaba del banco y miraba a su alrededor para ver si encontraba su bolso. Lo necesitaba. Allí tenía las llaves del Porsche.
—Siéntate, Serena —le ordenó él con frialdad, sin moverse de su propio asiento—. Aún no hemos terminado de hablar.
—¡Es obvio que ya no queda nada por discutir! Mañana te enviaré la cuenta por mi trabajo. —Caminó tambaleándose hacia la sala. Ojalá recordara qué había pasado con el bolso. ¿Lo habría dejado en el vestíbulo, o en el cuarto de servicio? ¡Si tan sólo pudiera recordar más claramente todo lo que había ocurrido!
No lo oyó levantarse de su asiento y deslizarse hacia ella sobre la alfombra. Sólo lo advirtió cuando sintió el peso de una enorme y bronceada mano sobre el hombro, que le impedía seguir avanzando hacia el vestíbulo.
—Tu trabajo —le dijo él, irónico— aún no ha terminado. Vamos, Serena. Salgamos al balcón. El sol te haría sentir mejor. En este momento, lo que tu cuerpo necesita es descansar.
—¡Descansaré en mi casa! —sostuvo ella, sin lograr quitarse esa poderosa mano de encima. Darien la conducía hasta los ventanales de la sala. Por ellos se salía a un agradable balcón, con una magnífica vista a los acantilados.
—Harás lo que te dije, pequeña. No estás en condiciones de rebelarte.
Darien tenía razón. Le resultaba muy difícil contrariarlo. ¿En qué podía perjudicarla escuchar sus cínicos comentarios sobre el amor? De todas maneras, ella podría enfrascarse en sus propios pensamientos, ¿o no?
Segundos más tarde, Serena estaba recostada en un confortable sillón y, siguiendo los consejos de Darien, dejó que el sol le acariciara las piernas. Notó que él se sentaba frente a ella. Le echó una rápida mirada bajo sus enormes pestañas y lo vio inclinarse hacia adelante, apoyando los codos sobre las rodillas. No le agradó la expresión seria y resuelta de ese rostro austero. Había demasiada rudeza en este hombre.
—Por si todavía no te diste cuenta de lo que busco, Serena... —comenzó a decir Darien con tono severo.
—Sí, ya lo he captado perfectamente —murmuró ella con sarcasmo—. Y debo decir que es muy gentil de tu parte seguir honrándome con tu virtuoso deseo, después de la forma en que ensucié tu encantador baño.
—Serena, ¡quiero que seas mi amante! —la interrumpió Darien con voz chillona.
—¡Amante! —repitió ella con furia—. ¡Santo Dios! ¡Cómo odio esa palabra! ¡Una mantenida! ¡El juguete de un hombre! ¿Dónde has estado estos últimos años, Darien Chiba? Ya no se usa esa clase de palabras. No aquí en el sur de California, ¡el centro de la moral moderna!
—Llámalo como quieras. Tú sabes a qué me refiero —replicó él con tono amargo.
—No, no estoy muy segura de saberlo —dijo Serena en forma categórica—. Sin embargo, sé muy bien a lo que no te refieres. Tú no hablas ni de "amor" ni de "compromisos".
—¿Acaso Kou te mencionó esas palabras? —preguntó él, irritado.
—Eso fue un golpe bajo, señor Chiba —murmuró ella entre suspiros—. Un golpe muy bajo. Sí a decir verdad, ¡me las mencionó!
—Entonces, ya sabes lo mucho que significan, ¿no es cierto? —le hizo notar él con cierta indiferencia.
Ante estas palabras, Serena abrió los ojos, para toparse con la expresión helada de su mirada.
—Sé lo que se supone que deben significar, Darien. Y el hombre que pueda decirlas con la misma honestidad con que tú mencionas la palabra "amante", ¡será el hombre a quien ame de todo corazón!
—¿De la misma forma en que viniste a mi cama anoche? —preguntó él con brusquedad.
Serena se estremeció, arrugando la frente en un gesto de incertidumbre.
—¿Qué quieres decir con eso? —le inquirió.
—Sólo que creo que me podrías perdonar por haber pensado que anoche deseabas acostarte conmigo —respondió Darien con calma—. En la última arte de la fiesta, te pegaste a mí como una solapa. Estabas muy charlatana y efusiva. Y además, muy insinuante...
—Sólo estaba tratando de disimular. Había quedado muy aturdida al ver a Seiya con su esposa y...
—Y dejaste que creyera que por fin estabas respondiendo a mis insinuaciones. No fue un comportamiento muy honesto que digamos
—¡Por Dios! ¡Había bebido demasiado! ¡No puedes hacerme responsable de mis actos! —protestó ella con desesperación. Pero sabía muy bien que no tenía excusas. Había hecho el ridículo y la única culpable era Serena Tsukino.
—¿Mas pretextos? —se burló Darien.
—Si piensas que soy deshonesta, ¿por qué me quieres como pareja... perdón, como amante? —lo desafió ella.
El se calmó y pareció enternecerse al ver los ojos atormentados de Serena.
—Porque en realidad no creo que seas deshonesta. Sólo estaba tratando de hacerte ver que tu comportamiento también fue criticable.
—No necesitas decírmelo. —Serena se reclinó sobre el respaldo con mucha rabia.— Lamentablemente, soy conciente de ello. —Se llevó la mano a la frente para determinar si se le estaba yendo el dolor de cabeza.
—¿Por qué no me dijiste nada acerca de Seiya Kou? —preguntó él de repente.
Serena abrió apenas los ojos y los volvió a cerrar con rapidez. Darien parecía estar resuelto a recibir una respuesta y ella presintió que se avecinaba otro desastre.
—Pensé que, como tú y Andrew eran buenos amigos... —comenzó a decir Serena en forma pausada.
—Creíste que te iba a dejar en paz por ser la mujer de un amigo.
—Ojalá dejaras de hablar en esa forma —dijo ella, enfadada—. ¿Por qué tienes que ver todo de una manera tan... tan posesiva?
—Supongo que es por mi forma de ser —murmuró Darien sin disculparse—. ¡Ya te dije que tiendo a ser monógamo!
—En serie —agregó ella—. ¡Una mujer tras otra!
—Serena, sé que todavía tienes ilusiones de encontrar un amor grande y duradero, ¡pero ya deberías saber que el sur de California no es el lugar adecuado para ese tipo de sueños románticos! Al menos, lo que te ofrezco es honesto y sincero. Por lo visto, es más de lo que has encontrado hasta ahora. De lo contrario, ¡ya estarías casada con tu príncipe azul!
Serena respiró hondo. De repente, se dio cuenta de que, lamentablemente, Darien tenía razón. Tenía mucha razón. Para ser justos, él le estaba ofreciendo una relación honesta.
—Tendrás que elegir: o aprendes a entrever las pequeñas mentiras y el idioma tramposo de nuestros tiempos, o te decides a apreciar el tipo de relación que te estoy ofreciendo —la presionó Darien con crueldad—. De lo contrario, ¡los hombres como Seiya Kou se van a divertir mucho contigo!
—Se me ocurre que podríamos considerar una tercera opción —dijo ella entre dientes.
—¿Cuál? —preguntó él con desinterés.
—Me podría ir. Podría dejar la vida agitada de California y marcharme hacia un lugar donde la gente todavía sea capaz de sentir un amor verdadero. —Hablaba con mucha rabia, pero sus palabras parecían revelar una gran incertidumbre. Quizás ésa era la respuesta. Escapar de esta raza de ratas artificiales y volver al mundo real...
—Olvídalo, cariño —le dijo él con brusquedad—. Las cosas no son muy diferentes en otras partes. Es sólo que en California quizás estemos algo más adelantados. Además, tus negocios aquí marchan bien y tienes tu casa propia. Te gusta la buena vida como a cualquiera. ¡Jamás abandonarías esto por un comerciante de pueblo o un granjero!
—¿Y por qué crees saber tanto sobre mí? —Era obvio que Darien estaba resuelto a aniquilarla esta mañana, pensó Serena, sintiéndose atrapada. Tenía que juntar fuerzas para escapar de esa casa, ¡y pronto!
—Hace más de una semana que te conozco. En ese tiempo, un hombre puede aprender todo acerca de la mujer que le interesa. Eres astuta y ambiciosa, pero también eres muy tierna y encantadora. Como te dije antes, tú me atraes. Hay algo infinitamente seductor en esa mezcla de inteligencia y pasión. Tu principal problema es que aún estás viviendo en un mundo de fantasías. Si insistes en eso, vas a seguir destruyéndote con todos los Kou de este mundo. Y puede que algún día no te recuperes con tanta facilidad como esta vez.
—Y supongo que, con toda la bondad que hay en ti, te apenaría mucho ver que eso sucediera, ¿no es cierto? —lo atacó ella.
—Serena, conmigo siempre sabrás a qué atenerte. Nunca habrá esposas ni novias ocultas rondando por allí. Mientras seas mi mujer, ¡puedes estar segura de que serás la única en mi vida!
—No sabes lo mucho que eso me tranquiliza —dijo Serena con desdén— ¡No me vengas con eso, Darien! Tú no eres diferente de los otros y lo sabes. Puede que seas un poco más directo que los demás, pero eres tan egoísta como todos y tratas de conseguir lo que quieres ¡comprometiéndote lo menos posible! No quiero oír ni una sola palabra más. ¡Me marcho!
Le costó un enorme esfuerzo, pero logró ponerse de pie. Creyó recordar dónde estaba el bolso. Lo había dejado sobre la mesa del cuarto de servicio Pero cuando intentó caminar hacia la sala, Darien se levantó para bloquearle la salida. La tomó de los hombros y, con toda su increíble fuerza, le impidió moverse.
—No puedes prohibir que me vaya, Darien —se arriesgó a decir ella con valentía. Forzando una expresión arrogante, inclinó la cabeza hacia atrás para toparse con esos tormentosos ojos.
—Es demasiado tarde, Serena —fue todo lo que él dijo.
Ella observó la severa expresión en el rostro de Darien, percibió la implacable fuerza en esas poderosas manos y, súbitamente, sintió pánico.
—¿Demasiado tarde para qué, Darien? —logró balbucear, tratando de convencerse de que este grandote no podría intimidarla. Después de todo, si no se había aprovechado de ella anoche o esta mañana, probablemente no era tan peligroso.
—Sé demasiado...
—¡No! —La negativa pareció sorprenderlo y Serena se percató de que había protestado sin pensar. Al fin de cuentas, él no podía saber nada acerca de su pasado. ¡No era posible! Ya hacía cuatro años de eso. Ella había dejado atrás la pena y la humillación y el trauma, junto con el hombre que los había causado. Desesperada, trató de volverse atrás. No le gustaba nada la mirada calculadora en los ojos de Darien.
—No sé qué es lo que tratas de insinuar, Darien. Pero cualesquiera sean esos oscuros y profundos secretos que crees haber descubierto, ¡te aseguro que no serán suficientes para hacerme volver a tu cama!
El se quedó observándola con una sonrisa en los labios y, aunque sus palabras fueron tranquilizadoras, la expresión calculadora no desapareció de su rostro.
—No se trata de oscuros y profundos secretos, sino de perspicacia. Eso es todo. ¿Es que acaso hay algún secreto terrible que debería descubrir? —preguntó Darien con tono sugestivo.
—No seas ridículo —se burló ella—. Creí que ibas a decirme que como te enteraste de... de lo que pasó con otros hombres como Seiya, habías llegado a la conclusión de que soy presa fácil.
Eso no era lo que la había aterrorizado por un instante, ¡pero jamás podría decirle la verdad! ¡Jamás!
—¡Presa fácil! Lo dices como si fueras una indefensa criatura que trata de escapar de un enorme gato. Sinceramente, me ofende —dijo él con una mueca.
—¿Y no te ves como un enorme gato? —replicó Serena, tratando de desviar el tema de conversación.
—Por supuesto que no —declaró Darien con tono alegre. Pero la alegría no se extendió hasta los ojos—. Me veo sólo como un hombre que intenta proponerte una relación honesta.
—¿No te parece que te falta un toque de romanticismo? —preguntó ella con desdén.
—Tengo esperanzas de que mi oferta —afirmó él con rudeza— ¡te resulte vivificante después de la de Kou!
—¡Ya te dije que es diferente! —exclamó Serena.
—Es más directa —la corrigió él, acariciándole los hombros con suavidad y echándole una mirada seductora—. Créeme, Serena, puedes confiar en mí.
—¿Mientras dure el amorío? —se mofó ella, sintiendo la amenazadora presión de Darien sobre los hombros.
—Si es que llega a terminar. Cuando eso ocurra...
—Sin duda, terminará. ¡Todos los amoríos llegan a su fin!
—Sin importar cómo termine —continuó él con un dejo de impaciencia en la voz—, no tendrás razones para dudar de mi honestidad. Nunca.
—¿Eso es todo lo que me ofreces? ¿Un hombre que honestamente me dirá que ha dejado de desearme? —Sus ojos brillaron con odio en la clara luz de la mañana.
—Prometo cuidarte, cariño. —La expresión en los ojos de Darien se suavizó al percibir la angustia de Serena.
—¡Veo que eres bastante anticuado con respecto a este tipo de cosas! —exclamó ella con ánimo vengativo. Giró la cabeza con furia y su cabellera pareció danzar sobre sus delicados hombros—. ¿Me estás ofreciendo una carta blanca? ¿No era eso lo que solían decir en el siglo pasado cuando un hombre...? —Hizo una pausa y entrecerró los ojos.— ¿Cómo era que se decía? ¡Ah, sí! Cuando un hombre tomaba a una mujer bajo su protección. ¡Creo que era ése el eufemismo!
—Bajo su protección —repitió Darien en forma pausada, sin duda reflexionando sobre esas palabras—. Sí, es correcto. Te estoy ofreciendo mi protección, Serena Tsukino.
Se lo veía tan odiosamente serio, que ella no pudo más que observarlo.
—¿Y la carta blanca? —dijo por fin Serena con dulzura. No sabía si abofetearlo o arrancarle los ojos.
—¿Qué te parece un cheque en blanco? —Le echó una mirada y el humor pareció retornar a sus ojos.— Bueno, dentro de los límites razonables, por supuesto. Puedo llegar a sorprenderte con un nuevo Porsche para reemplazar ese trasto viejo y abollado que tienes.
—Eres imposible. —Serena suspiró. Era inútil recurrir al sarcasmo contra este hombre. No hacía otra cosa que estimular aun más su crueldad.
—Soy un hombre que sabe lo que quiere —le aclaró Darien, atrayéndola con brusquedad hacia su poderoso pecho.
Serena sintió que él le acariciaba la espalda, presionándola contra ese duro e inflexible cuerpo. Se preguntó a qué se debería tanta insistencia. Ella no había sido precisamente agradable con Darien esta mañana y, después del fiasco de la noche, le pareció extraño que no deseara echarla de su casa. Los breves momentos de diversión y compañerismo que habían compartido en estos últimos días mientras preparaban la fiesta, no parecían ser suficientes para despertar semejante interés. Y en todo caso, tales momentos se habían esfumado casi instantáneamente, cuando se percató de cómo era en realidad Darien Chiba. Una realidad que Serena jamás debía olvidar.
Darien era otro exitoso empresario de la costa oeste, que obedecía el código de California al pie de la letra, aunque tratara de ser honesto. ¿De qué servía la honestidad, se preguntó Serena con tristeza, si él no dejaba de desear el mismo tipo de emociones baratas?
—Quiero irme a casa, Darien —dijo ella con calma. Ya no tenía fuerzas para continuar con esta escaramuza.
—Está bien, encanto —asintió él de modo apaciguador, enredando los dedos en la despeinada cabellera —. Te llevaré. Pero te aclaro que todo lo que dije fue muy en serio —le advirtió con suavidad, apartándola apenas de su pecho para hablarle.
—¿Cómo? —preguntó ella con cautela.
—Es demasiado tarde para evadirte de esta relación. Ya has estado una vez en mi cama y pronto vas a volver. Muy pronto. Pero la próxima vez —prometió Darien casi caprichosamente—, ¡vas a ser muy conciente de lo que estás haciendo!
